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lunes, 18 de noviembre de 2019

Santa Isabel de Hungría. Patrona de los enfermos (17 de noviembre)

Santa Isabel de Hungría. Patrona de los enfermos

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Santa Isabel de Hungría es patrona de los enfermos y de la Tercera Orden Franciscana. Santa Isabel fue Madre, viuda y religiosa

  
Santa Isabel de Hungría o Santa Isabel de Turingia, fue una princesa del Reino de Hungría y una santa católica muy venerada, siendo ella una de los primeros miembros de la Tercera Orden de San Francisco, por el cual es honrada como su patrona. Santa Isabel de Hungría vivía entregada a la meditación de las cosas celestiales y, después de la muerte de su esposo, abrazó la pobreza y erigió un hospital en el que ella misma servía a los enfermos. Murió en Marburgo el año 1231

Fiesta: 17 de Noviembre

Santa Isabel de Hungría es recordada por sus obras de caridad, especialmente por el establecimiento de hospitales. Hoy, docenas de hospitales y centros médicos reciben su nombre, varios de ellos fundados por las Hermanas de San Francisco. Santa Isabel de Hungría vivió en un momento en que los desastres combinados del clima, la guerra, la peste y la pobreza causaron un gran sufrimiento, y se dedicó a ayudar a quienes no tenían a quién recurrir.

Biografía de Santa Isabel de Hungría.

Santa Isabel de Hungría, fue la hija de Andrés, rey de Hungría, nació en el año 1207. Siendo aún una niña de 15 años, fue dada en matrimonio por su padre el Rey de Hungría al príncipe Luis VI de Turingia, el matrimonio tuvo tres hijos.
Santa Isabel y su esposo se amaban tan intensamente que ella llegó a exclamar un día:
"Dios mío, si a mi esposo lo amo tantísimo, ¿Cuánto más debiera amarte a Ti?".
Su esposo aceptaba de buen modo las santas exageraciones que Isabel tenía en repartir a los pobres cuanto encontraba en la casa. Él respondía a los que criticaban:
"Cuanto más demos nosotros a los pobres, más nos dará Dios a nosotros".

Santa Isabel de Hungría y los sufrimientos.

Cuando Santa Isabel de Hungría apenas de veinte años y con su hijo menor recién nacido, su esposo, un cruzado, murió en un viaje a defender Tierra Santa. Isabel casi se desespera al oír la noticia, pero luego se resignó y aceptó la voluntad de Dios.
Santa Isabel rechazó varias ofertas de matrimonio y se decidió entonces a vivir en la pobreza y dedicarse al servicio de los más pobres y desamparados.
El sucesor de su marido la desterró del castillo y tuvo que huir con sus tres hijos, desprovistos de toda ayuda material. Santa Isabel de Hungría, que cada día daba de comer a 900 pobres en el castillo, ahora no tenía quién le diera para el desayuno. Pero confiaba totalmente en Dios y sabía que nunca la abandonaría, ni a sus hijos.
Finalmente algunos familiares la recibieron en su casa, y más tarde el Rey de Hungría consiguió que le devolvieran los bienes que le pertenecían como viuda, y con ellos construyó un gran hospital para pobres, y ayudó a muchas familias necesitadas.

Vida religiosa de Santa Isabel de Hungría.

Un Viernes Santo, después de las ceremonia, cuando ya habían desvestido los altares en la iglesia, se arrodilló ante uno y delante de varios religiosos hizo voto de renuncia de todos sus bienes y voto de pobreza, como San Francisco de Asís, y consagró su vida al servicio de los más pobres y desamparados.
Santa Isabel de Hungría cambió sus vestidos de princesa por un simple hábito de hermana franciscana, de tela burda y ordinaria, y los últimos cuatro años de su vida (de los 20 hasta los 24 años) se dedicó a atender a los pobres enfermos del hospital que había fundado.
Santa Isabel se propuso recorrer calles y campos pidiendo limosna para sus pobres, y vestía como las mujeres más pobres del campo.Vivía en una humilde choza junto al hospital. Tejía y hasta pescaba, con tal de obtener con qué compararles medicinas a los enfermos.
Tenía un director espiritual que para ayudarla en su camino a la santidad, la trataba duramente. Ella exclamaba:
"Dios mío, si a este sacerdote le tengo tanto temor, ¿cuánto más te debería temer a Ti, si desobedezco tus mandamientos?"
Un día, cuando todavía era princesa, fue al templo vestida con los más exquisitos lujos, pero al ver una imagen de Jesús crucificado pensó:
"¿Jesús en la Cruz despojado de todo y coronado de espinas, y yo con corona de oro y vestidos lujosos?".
Santa Isabel de Hungría nunca más volvió con vestidos lujosos al templo de Dios.
Una vez se encontró un leproso abandonado en el camino, y no teniendo otro sitio en dónde colocarlo por el momento, Santa Isabel lo acostó en la cama de su marido que estaba ausente.
Llegó este inesperadamente y le contaron el caso. Se fue furioso a regañarla, pero al llegar a la habitación, vio en su cama, no el leproso, sino un hermoso crucifijo ensangrentado. Recordó entonces que Jesús premia nuestros actos de caridad para con los pobres como hechos a Él mismo.

Santa Isabel de Hungría: mamita buena.

Un sacerdote de aquella época escribió:
"Afirmo delante de Dios que raramente he visto una mujer de una actividad tan intensa, unida a una vida de oración y de contemplación tan elevada".
Algunos religiosos franciscanos que la dirigían en su vida de total pobreza, afirman que varias veces, cuando ella regresaba de sus horas de oración, la vieron rodeada de resplandores y que sus ojos brillaban como luces muy resplandecientes.
El mismo emperador Federico II afirmó:
"La venerable Isabel, tan amada de Dios, iluminó las tinieblas de este mundo como una estrella luminosa en la noche oscura".

Una muerte prematura

Cuando apenas cumplía 24 años, el 17 de noviembre del año 1231, Santa Isabel pasó de esta vida a la eternidad.
A sus funerales asistieron el emperador Federico II y una multitud tan grande formada por gentes de diversos países y de todas las clases sociales, que los asistentes decían que no se había visto ni quizá se volvería a ver en Alemania un entierro tan concurrido y fervoroso como el de Isabel de Hungría, la patrona de los pobres.

Santa Isabel de Hungría y las curaciones milagrosas.

El mismo día de la muerte de Santa Isabel a un hermano lego se le destrozó un brazo en un accidente y estaba en cama sufriendo terribles dolores. De pronto vio a parecer a Isabel en su habitación, vestida con trajes hermosísimos. Él dijo:
"¿Señora, Usted que siempre ha vestido trajes tan pobres, por qué ahora tan hermosamente vestida?". Y ella sonriente le dijo: "Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado".
El paciente estiró el brazo que tenía totalmente destrozado, y la curación fue completa e instantánea.
Dos días después de su entierro, llegó al sepulcro de la santa un monje cisterciense el cual desde hacía varios años sufría un terrible dolor al corazón y ningún médico había logrado aliviarle de su dolencia.
Se arrodilló por un buen rato a rezar junto a la tumba de la santa, y de un momento a otro quedó completamente sanado de su dolor y de su enfermedad.
Estos milagros y muchos más, movieron al Sumo Pontífice a declararla santa, cuando apenas habían pasado cuatro años de su muerte.
Santa Isabel de Hungría ha sido erigida como Patrona de la Tercera Orden Franciscana y de los enfermos y son muchas las congregaciones religiosas dedicadas a la caridad que llevan su nombre, y más de setenta los templos que la tienen por Patrona.

Oración a Santa Isabel de Hungría.

Oh Dios misericordioso, alumbra los corazones de tus fieles; y por las súplicas gloriosas de Santa Isabel, haz que despreciemos las prosperidades mundanales, y gocemos siempre de la celestial consolación.
Concédenos que, siguiendo su ejemplo, podamos servir con amor y alegría a quienes tienen alguna necesidad o problema.
Por nuestro Señor Jesucristo. 
Amén.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Santa Isabel de Hungría, viuda (17 de noviembre)


Santa Isabel de Hungría, viuda

fecha: 17 de noviembre
fecha en el calendario anterior: 19 de noviembre
n.: 1206 - †: 1231 - país: Alemania
canonización: 
C: Gregorio IX 27 may 1235
hagiografía: Directorio Franciscano
Elogio: Memoria de santa Isabel de Hungría, que siendo casi niña se casó con Luis, landgrave de Turingia, a quien dio tres hijos, y al quedar viuda, después de sufrir muchas calamidades y siempre inclinada a la meditación de las cosas celestiales, se retiró a Marburgo, en la actual Alemania, en un hospital que ella misma había fundado, donde, abrazándose a la pobreza, se dedicó al cuidado de los enfermos y de los pobres hasta el último suspiro de su vida, que fue a los veinticinco años de edad.
Patronazgos: patrona las viudas y los huérfanos, los mendigos, los enfermos, los necesitados, los inocentes perseguidos, de bordadores y panaderos, de Cáritas y organizaciones de beneficencia, y de varias ciudades y diócesis, protectora contra el dolor de muelas.

Oración: Oh Dios, que concediste a santa Isabel de Hungría la gracia de reconocer y venerar en los pobres a tu Hijo Jesucristo, concédenos, por su intercesión, servir con amor infatigable a los humildes y a los atribulados. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
Dietrich de Apolda refiere en la biografía de esta santa que, una noche del verano de 1207, Klingsohr de Transilvania anunció al landgrave Herman de Turingia, que el rey de Hungría acababa de tener una hija que había de distinguirse por su santidad y contraería matrimonio con el hijo de Herman. En efecto, esa misma noche, Andrés II de Hungría y su esposa, Gertrudis de Andech-Meran, tuvieron una hijita que nació en Presburgo (Bratislava) o en Saros-Patak. El matrimonio profetizado por Klingsohr ofrecía grandes ventajas políticas, por lo cual, la recién nacida Isabel fue prometida en matrimonio al hijo mayor de Herman. Cuando la niña tenía unos cuatro años, sus padres la enviaron al castillo de Wartburg, cerca de Eisenach, para que se educase en la corte de Turingia con su futuro esposo. Durante su juventud, Isabel hubo de soportar la hostilidad de algunos miembros de la corte que no apreciaban su bondad; pero en cambio, el joven Luis se enamoró cada vez más de ella. Se cuenta que siempre que Luis pasaba por una ciudad compraba un regalo para su prometida, ya fuese una navaja, o una bolsa, o unos guantes, o un rosario de coral. «Cuando se acercaba el momento de la llegada de Luis, Isabel salía a su encuentro; el joven le daba el brazo amorosamente y le entregaba el regalo que le había traído». En 1221, cuando Luis tenía veintiún años y había heredado ya de su padre la dignidad de landgrave e Isabel tenía catorce, se celebró el matrimonio, a pesar de que algunos habían aconsejado a Luis que hiciese volver a Isabel a Hungría, pues la unión no le convenía. El joven declaró que estaba dispuesto a perder una montaña de oro antes que la mano de Isabel. Según los cronistas, Isabel era «muy hermosa, elegante, morena, seria, modesta, bondadosa en sus palabras, fervorosa en la oración, muy generosa con los pobres y llena siempre de bondad y de amor divino». Se dice también que era bella y «modesta como una doncella», prudente, paciente y leal; los hombres tenían confianza en ella y su pueblo la amaba. Pero la vida de matrimonio de la santa sólo duró seis años.
Un escritor inglés califica ese lapso de «idilio de arrebatado amor, de ardor místico, de felicidad casi infantil, como rara vez se encuentra en las novelas que se leen, ni en la experiencia humana». Dios concedió tres hijos a la pareja: Herman, que nació en 1222 y murió a los diecinueve años, Sofía, que fue más tarde duquesa de Brabante, y la beata Gertrudis de Aldenhurg. A diferencia de otros esposos de santas, Luis no opuso obstáculo alguno a las obras de caridad de Isabel, a su vida sencilla y mortificada, ni a sus largas oraciones. Una de las damas de compañía de Isabel escribió: «Mi señora se levanta a orar por la noche y mi señor la tiene por la mano, como si temiera que eso le haga daño y le suplica que no abuse de sus fuerzas y que vuelva a descansar. Ella solía decir a sus doncellas que fuesen a despertarla sin ruido cuando él estuviese durmiendo y las doncellas tenían algunas veces la impresión de que él fingía estar dormido». La liberalidad de Isabel era tan grande, que en algunas ocasiones provocó graves críticas. En 1225, el hambre se dejó sentir en aquella región de Alemania, y la santa acabó con todo su dinero y con el grano que había almacenado en su casa para socorrer a los más necesitados. El landgrave estaba entonces ausente. Cuando volvió, algunos de sus empleados se quejaron de la liberalidad de santa Isabel. Luis preguntó si su esposa había vendido alguno de sus dominios y ellos le respondieron que no. Entonces el landgrave declaró: «Sus liberalidades atraerán sobre nosotros la misericordia divina. Nada nos faltará mientras le permitamos socorrer así a los pobres». El castillo de Wartburg se levantaba sobre una colina muy empinada, a la que no podían subir los inválidos. (La colina se llamaba «Rompe-rodillas»). Así pues, Santa Isabel construyó un hospital al pie del monte, y solía ir allí a dar de comer a los inválidos con sus propias manos, a hacerles la cama y a asistirlos en medio de los calores más abrumadores del verano. Además, acostumbraba pagar la educación de los niños pobres, especialmente de los huérfanos. Fundó también otro hospital en el que se atendía a veintiocho personas y, diariamente alimentaba a novecientos pobres en su castillo, sin contar a los que ayudaba en otras partes de sus dominios. Por lo tanto, puede decirse con verdad que sus bienes eran el patrimonio de los pobres. Sin embargo, la caridad de la santa no era indiscreta. Por ejemplo, en vez de favorecer la ociosidad entre los que podían trabajar, les procuraba tareas adaptadas a sus fuerzas y habilidades. Existe un incidente tan conocido que apenas habría por qué repetirlo aquí; sin embargo, vamos a citarlo, porque el P. Delehaye lo trae como un ejemplo de la forma en que los hagiógrafos suelen embellecer la verdad histórica para impresionar a sus lectores:

«Todo el mundo conoce la leyenda donde se relata que santa Isabel de Hungría acostó a un leproso en el lecho que compartía con su marido ... El landgrave, furioso, penetró en la habitación y arrancó las sábanas de la cama. 'Pero -para decirlo con las nobles palabras del historiador-, en ese instante Dios le abrió los ojos del alma y, en vez del leproso vio a Jesucristo crucificado sobre su lecho.' Los biógrafos posteriores encontraron demasiado sencillo este admirable relato de Dietrich de Apolda y transformaron esta sublime visión de fe en una aparición material. 'Tunc aperuit Deus interiores principis oculos', había escrito el historiador (cuando abrió Dios los ojos interiores del príncipe). En cambio los hagiógrafos posteriores afirman que en el sitio en que había descansado el leproso sangraba un crucifijo con los brazos abiertos.» (Delehaye, Leyenda de los Santos, p. 90).
Por entonces se predicó en Europa una nueva Cruzada, y Luis de Turingia tomó el manto marcado con la cruz. El día de san Juan Bautista, se separó de santa Isabel y fue a reunirse con el emperador Federico II en Apulia. El 11 de septiembre de ese mismo año murió en Otranto, víctima de la peste. La noticia no llegó a Alemania sino hasta el mes de octubre, cuando acababa de nacer su segunda hija. La suegra de santa Isabel, para darle la funesta nueva en forma menos violenta, le habló vagamente de «lo que había acontecido» a su esposo y de «la voluntad de Dios». La santa entendió mal y dijo: «Si está preso, con la ayuda de Dios y de nuestros amigos conseguiremos ponerlo en libertad». Cuando le explicaron que no estaba preso sino que había muerto, la santa exclamó: «El mundo y cuanto había de alegre en el mundo está muerto para mí». En seguida echó a correr por todo el castillo, gritando como una loca. Lo que sucedió después es bastante oscuro. Según el testimonio de Isentrudis, una de sus damas de compañía, Enrique, el cuñado de santa Isabel, que era el tutor de su único hijo, echó fuera del castillo a la santa, a sus hijos y a dos criados, para apoderarse del gobierno. Se cuentan muchos detalles de la forma degradante en que la santa fue tratada, hasta que su tía Matilde, abadesa de Kitzingen, la sacó de Eisenach. Unos afirman que fue despojada de su casa de Marburgo de Hesse, y otros que abandonó voluntariamente el castillo de Wartburg. Desde Kitzingen fue a visitar a su tío Eckemberto, obispo de Bamberga, quien puso a su disposición su castillo de Pottenstein. La santa se trasladó allí con su hijo Herman y su hijita de brazos, dejando a Sofía al cuidado de las religiosas de Kitzingen. Eckemberto, movido por la ambición, proyectaba un nuevo matrimonio, pero santa Isabel se negó absolutamente, pues antes de la partida de su esposo a la Cruzada se habían prometido mutuamente no volver a casarse.
A principios de 1228, se trasladó el cadáver de Luis a Alemania para sepultarlo en la iglesia abacial de Reinhardsbrunn (en Alemania recibe culto local, como santo, el 11 de septiembre). Los parientes de santa Isabel le proporcionaron lo necesario para vivir. El Viernes Santo de ese año, la viuda renunció formalmente al mundo en la iglesia de los franciscanos de Eisenach. Más tarde, tomó la túnica parda y la cuerda que constituían el hábito de la tercera orden de San Francisco. En todo ello desempeñó un papel muy importante Maese Conrado de Marburgo, quien ocupó un puesto de primera importancia en lo que quedaba de vida a santa Isabel. Dicho sacerdote había sustituido, desde 1225, al franciscano Rodinger en el cargo de confesor de la santa. Tanto el esposo de ésta, como el papa Gregorio IX y otros personajes, tenían una opinión muy alta de Maese Conrado, y el landgrave había permitido a su esposa hacer un voto de obediencia al sacerdote en todo aquello que no se opusiese a su propia autoridad marital. Sin embargo, hay que reconocer que la experiencia de Conrado como inquisidor contra los herejes, así como su carácter dominador y severo, por no decir brutal, hacían de él una persona muy poco apta para dirigir a la santa. Algunos críticos de Maese Conrado le han acusado más por instinto que por motivos sólidos y sus defensores y apologistas han hecho lo propio. Subjetivamente, se puede decir que Conrado ayudó realmente a Isabel a santificarse, oponiéndole obstáculos que la santa consiguió superar (aunque tal vez un director más humano la hubiese conducido a mayores alturas), pero, objetivamente, sus métodos eran injuriosos. Los frailes menores habían inculcado a santa Isabel un espíritu de pobreza que en sus años de landgravina no podía practicar plenamente. Ahora, sus hijos tenían todo lo necesario y la santa se vio obligada a abandonar Marburgo y a vivir en Wehrda, en una cabaña, a orillas del río Lahn. Más tarde, construyó una casita en las afueras de Marburgo y allí fundó una especie de hospital para los enfermos, los ancianos y los pobres y se consagró enteramente a su servicio.
En cierto sentido, Conrado refrenó razonablemente el entusiasmo de la santa en aquella época, ya que no le permitió pedir de puerta en puerta, desposeerse definitivamente de todos sus bienes, dar más que determinadas limosnas, ni exponerse al contagio de la lepra y otras enfermedades. En eso, Maese Conrado procedió con prudencia y discernimiento. Pero, por otra parte, «probó su constancia de mil maneras, al obligarla a proceder en todo contra su voluntad», escribió más tarde Isentrudis; «para humillarla más, la privó de aquellos de sus criados a los que mayor cariño tenía. Una de ellas fui yo, Isentrudis, a quien ella amaba; me despidió con gran pena y con muchas lágrimas. Por último, despidió también a mi compañera, Jutta, que la había servido desde la niñez y a quien ella amaba particularmente. La bendita Isabel la despidió con lágrimas y suspiros. Maese Conrado, de piadosa memoria, hizo todo esto con buena intención, para que no le hablásemos de su antigua grandeza ni la hiciésemos echar de menos el pasado. Además, la privó del consuelo que nosotros podíamos darle para que sólo Dios pudiese consolarla». En vez de sus queridas damas de compañía, Conrado le dio dos «mujeres muy rudas», encargadas de informarle de las menores desobediencias de la santa a sus mandatos. Conrado castigaba esas desobediencias con bofetadas y golpes «con una vara larga y gruesa», cuyas marcas duraban tres semanas en el cuerpo de Isabel. La santa comentó amargamente con Isentrudis: «Si yo puedo temer tanto a un hombre mortal, ¡cuánto más temible será el Señor y Juez de este mundo!» El método de Conrado de quebrantar más bien que dirigir la voluntad, no tuvo un éxito completo. Refiriéndose a sus métodos, santa Isabel se comparaba a una planta arrastrada por las olas durante una inundación: las aguas la derribaban; pero, una vez pasado el período de lluvias, la planta vuelve a echar raíces y se yergue tan sana y fuerte como antes. En cierta ocasión en que Isabel hizo una visita contra la voluntad de Conrado, éste la mandó llamar. La santa comentó: «Soy como el caracol que se mete en su concha cuando va a llover. Por eso obedezco y no hago lo que iba a hacer». Como se ve, poseía la confianza en sí misma que se observa con frecuencia en aquéllos que unen a la entrega a Dios el sentido del humor.
Cierto día, un noble húngaro fue a Marburgo y pidió que le dijesen dónde vivía la hija de su soberano, de cuyas penas había oído hablar. Al llegar al hospital, encontró a Isabel sentada, hilando, vestida con su túnica burda. El pobre hombre casi se fue de espaldas y se santiguó asombrado: «¿Quién había visto hilar a la hija de un rey?» El noble intentó llevar a Isabel a Hungría, pero la santa se negó: sus hijos, sus pobres y la tumba de su esposo estaban en Turingia y ahí quería pasar el resto de su vida. Por lo demás, le quedaban ya pocos años en la tierra. Vivía muy austeramente y trabajaba sin descanso, ya fuese en el hospital, ya en las casas de los pobres o pescando en el río a fin de ganar un poco de dinero para sus protegidos. Cuando la enfermedad le impedía hacer otra cosa, hilaba o cardaba la lana. En cierta ocasión en que estaba en la cama, la persona que la atendía la oyó cantar dulcemente. «Cantáis muy bien, señora», le dijo. La santa replicó: «Os voy a explicar por qué. Entre el muro y yo había un pajarillo que cantaba tan alegremente que me dieron ganas de imitarlo». La víspera del día de su muerte, a media noche, entre dormida y despierta murmuró: «Es ya casi la hora en que el Señor nació en el pesebre y creó con su omnipotencia una nueva estrella. Vino a redimir el mundo, y me va a redimir a mí». Y cuando el gallo comenzó a cantar, dijo: «Es la hora en que resucitó del sepulcro y rompió las puertas del infierno, y me va a librar a mí». Santa Isabel murió al anochecer del 17 de noviembre de 1231, antes de cumplir veinticuatro años.
Su cuerpo estuvo expuesto tres días en la capilla del hospicio. Allí mismo fue sepultada y Dios obró muchos milagros por su intercesión. Maese Conrado empezó a reunir testimonios acerca de su santidad, pero murió antes de que Isabel fuese canonizada, en 1235. Al año siguiente, las reliquias de la santa fueron trasladadas a la iglesia de Santa Isabel de Marburgo, que había sido construida por Conrado, su cuñado. A la ceremonia asistieron el emperador Federico II y «una multitud tan grande, formada por gentes de diversas naciones, pueblos y lenguas, que probablemente no se había visto ni se volverá a ver en estas tierras alemanas algo semejante». La iglesia en que reposaban las reliquias de la santa fue un sitio de peregrinación hasta 1539, año en que el landgrave protestante, Felipe de Hesse, las trasladó a un sitio desconocido.
Basta consultar someramente la bibliografía de Biblioteca Hagiográfica Latina, nn. 2488-2514, para darse cuenta de lo mucho que se escribió sobre santa Isabel poco después de su muerte. Los materiales más importantes se encuentran en el Libellus de dictis IV ancillarum (que es un resumen de las deposiciones de las cuatro doncellas de Isabel); en las cartas de Conrado al Papa; en los relatos de milagros y otros documentos que se enviaron a Roma con miras a la canonización; en la biografía escrita por Cesáreo de Heisterbach, en la que hay también un sermón sobre la traslación (ambos documentos datan de antes de 1240); y en la biografía escrita por Dietrich de Apolda que data de 1297, pero es muy importante por la amplia difusión que alcanzó. Con motivo del séptimo centenario del nacimiento de Santa Isabel, Karl Wrenck y Huyskens publicaron varios de estos textos. Se encontrará una crítica muy detallada en Analecta Bollandiana, vols. XXVIII, pp. 493.497, y vol. XXVIII, pp. 333-335. Puede leerse más textos sobre la santa en el santoral franciscano.
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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_4197

Santa Isabel de Hungría, 17 de noviembre

Santa Isabel de Hungría. Óleo de Marcos da Cruz
Santa Isabel De Hungría. Óleo De Marcos Da Cruz

Santa Isabel de Hungría, 17 de noviembre

Joven esposa, madre y viuda
«Princesa de Hungría, landgrave de Turingia. Joven esposa, madre y viuda. El rostro de la ternura hacia los enfermos y los pobres. Patrona de la Tercera Orden franciscana, de Bogotá y de las enfermeras españolas, entre otras»
El 17 de noviembre de 2007 Benedicto XVI dio inicio al año internacional dedicado a esta santa que vivió experiencias intensísimas de amor y de dolor en su corta existencia. Es muy venerada y querida. Patrona de la Tercera Orden franciscana, de Bogotá, de las enfermeras españolas, de las niñas y mujeres alemanas, proclamación esta última efectuada por León XIII. Ostenta el patronazgo de la Orden Teutónica, junto a María y a san Jorge. Tiene dedicadas numerosas iglesias y capillas, y el arte ha multiplicado su imagen y milagros. Su primera biografía la publicó en 1237 el cisterciense Cesáreo de Heisterbach y han seguido proliferando otras muchas.
Nació en 1207, puede que en el castillo de Sàrospatak, Hungría; no hay más datos. Era hija del monarca Andrés II, dueño de gran fortuna, y de Gertrudis de Andechs-Merania descendiente de reyes; tenía dos hermanos prelados. En el árbol genealógico de Isabel había ejemplos de excelsa virtud. Santa Eduvigis de Silesia fue su tía materna, y lazos de sangre la vinculaban a santa Isabel de Portugal. Además, su propia hija Gertrudis, abadesa de Altenberg, es beata. Acordado su matrimonio por razones de estado cuando tenía 4 años, con Hermann, hijo del landgrave de Turingia, la trasladaron allí para instruirla; era la costumbre.
Enseguida se desencadenaron trágicos acontecimientos. En 1213 su madre fue asesinada, en 1216 murió su prometido y al año siguiente lo hizo el landgrave, que le profesaba gran afecto. Entonces quedó en manos de Sofía Wittelsbach de Baviera, la segunda esposa de éste. Tanto a ella como a Hermann les agradaba la cultura haciendo de la corte un escenario perfecto para artistas y poetas. Entre tanto, Isabel había dado muestras de piedad, una tendencia muy marcada a ejercer la caridad y alejamiento de los oropeles de palacio. Implicada en un entramado político, aunque estaba muy lejos de conflictos, se decidió que regresara a su país, pero Luís IV, nuevo landgrave tras la muerte de su padre, que había tenido ocasión de tratarla en palacio, se desposó con ella en 1221.
La idílica compenetración entre ambos sembró sus vidas de inenarrable felicidad. Isabel había hallado en Luís su alma gemela, un hombre generoso, desprendido de sí mismo, que respetó en todo momento sus intensas prácticas de oración y piedad. Velaba sus noches de vigilia de forma solícita teniendo cuidado de que las penitencias de su esposa no minaran su salud. Y mostraba público reconocimiento hacia sus constantes gestos de caridad con los necesitados defendiéndola de las críticas que alguna vez llovieron sobre ella por parte de quienes no supieron apreciar su proverbial espíritu de pobreza y magnanimidad, que Dios bendecía ya con signos extraordinarios. La idea en la que se inscribe el momento en el que Isabel portaba panes para los pobres, asegurando que un desconfiado Luís le pidió que le mostrara lo que llevaba, y solo vio rosas, es fruto de la leyenda, como otras que se han tejido en torno a la santa.
Los nobles sentimientos que vinculaban a la pareja elevaban el espíritu de Isabel, que por encima de todo ansiaba unirse con Dios. «Si yo amo tanto a una criatura mortal, ¿cómo debería amar al Señor inmortal, dueño de mi alma?», confidenció a una de sus damas. Lo que vivía en su hogar junto al piadoso landgrave no era más que una simple imagen de ese otro amor con mayúsculas que ardía en su interior. Tuvieron tres hijos: Sofía, Gertrudis y Hermann, que murió en 1241. Gertrudis vino al mundo en 1227 al poco de fallecer su padre a causa de la peste cuando iba a embarcarse como cruzado junto al emperador Federico II. Isabel tenía 20 años cuando afrontó esta nueva tragedia que laceró su corazón: «El mundo con todas sus alegrías está ahora muerto para mí».
 Desde que los frailes se afincaron allí a finales de 1221 estaba vinculada a la espiritualidad franciscana. En 1223 comenzó a ser dirigida por ellos. Al enviudar la acompañaba en este itinerario Conrado de Marburgo. En aras de la obediencia que prometió, como tenía vía libre para hacer uso de sus bienes, siguió sembrando la estela de caridad entre los pobres. Con la excusa de que dilapidaba su fortuna siendo inepta para el gobierno, su cuñado Enrique Raspe la expulsó de la corte en pleno invierno. Buscó cobijo en un humilde granero. Y al clarear el alba se dirigió al convento de los franciscanos entonando a Dios un Te Deum en acción de gracias. Luego en Eisenach vivió en una modesta cabaña construida en la rivera del río, y continuó socorriendo a los pobres con el fruto de su trabajo: costura e hilado. Cuando su tía materna, abadesa de las benedictinas de Kitzingen, supo de sus penalidades, la confió a su hermano Eckbert, obispo de Bamberg. La idea de su tío era que Isabel contrajese nuevo matrimonio, pero ella se negó en aras de la promesa que hizo al enviudar.
Se afincó en el castillo de Pottenstein. A su tiempo, sus hermanos le restituyeron la dote y se estableció en Marburgo, seguida por su riguroso director espiritual. Su heroico ejemplo de caridad sería ya imborrable. Fue artífice de dos hospitales, en uno de los cuales, abierto en su castillo, procuró atención cotidiana a centenares de indigentes; el otro lo mandó erigir en la colina de Wartburg. En 1228, año en que tomó el hábito gris de los penitentes en la capilla de los franciscanos de Eisenach, impulsó un tercer hospital en Marburgo y allí sirvió a los enfermos, muchos de los cuales estaban aquejados de graves úlceras; lo hizo sin temer al contagio. Los pobres y los desvalidos, hospitalizados o no, en quienes siempre vio el rostro de Cristo, nunca cesaron de recibir sus tiernos consuelos. Ella misma, dando muestras de su amor al carisma franciscano, había hecho de la pobreza su forma de vida, desprendida de todo, hasta que murió con fama de santidad en Marburgo, presa de altas fiebres, la madrugada del 17 de noviembre de 1231. Gregorio IX la canonizó cuatro años después, el 27 de mayo de 1235, ante la presencia de miles de fieles, entre otros, el emperador Federico II.