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martes, 12 de marzo de 2019

San Luis Orione. Fundador de la Pequeña Obra de la Divina Providencia (12 de marzo)

San Luis Orione. Fundador de la Pequeña Obra de la Divina Providencia

san luis orione fundador de la pequena obra de la divina providencia

San Luis Orione fue un Predicador, confesor, organizador de misiones y peregrinaciones. Fundó la pequeña obra de la Divina Providencia

San Luis Orione fue un sacerdote muy entregado al servicio y a las obras de Dios. a la edad de 13 años entró entre los Frailes Menores de Voghera, pero que dejó por enfermedad. En 1886 ingresó en el oratorio de Turín dirigido por San Juan Bosco. En 1889 entró en el seminario de Tortona para continuar con sus estudios teológicos y se alojó allí en una pequeña habitación en la parte de arriba de la catedral. Allí tuvo la oportunidad de traer a los muchachos a los que les impartió lecciones de catecismo. Fundó la Congregación de los Hijos de la Divina Providencia y las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad; los Ermitaños de la Divina Providencia y la Hermanas Sacramentinas. Murió en San Remo en 1940.

Fiesta: 12 de marzo

Martirologio romano: En Sanremo en Liguria, San Luis Orione, sacerdote, fundador de la Pequeña Obra de la Divina Providencia para el bien de los jóvenes y de todos los marginados.

Biografía de San Luis Orione

San Luis Orione nació en Pontecurone en la diócesis de Tortona 23 de junio 1872. De padres honestos y sencillos, sobre todo la madre era una sabia educadora.
En su infancia trabajó en el campo con su papá. Asistía a la escuela y estuvo dedicado a las prácticas religiosas. A la edad de 13 años ingresó entre los Frailes Menores de Voghera, pero por desgracia, debido a una neumonía grave, tuvo que regresarse con sus familiares.
Ya reestablecido en salud, ayudó a su padre en la pavimentación de carreteras, experiencia que le fue muy beneficiosa para entender el sufrimiento y la mentalidad de los trabajadores.
En 1886, San Luis Orione ingresó en el oratorio de Turín dirigido por San Juan Bosco, donde permanecerá durante tres años.
Las enseñanzas recibida y la experiencia que logró con el santo innovador, nunca se borraron de su alma, la cual pasarán a ser parte esencial en sus futuras actividades en el ámbito de la juventud.

Obras y fundaciones de San Luis Orione

Inesperadamente, San Luis Orione tuvo que dejar la comunidad salesiana y en 1889 entró en el seminario de Tortona para estudiar filosofía durante dos años, al final del curso, continuó sus estudios teológicos, se alojó en una pequeña habitación encima de la catedral, y allí mismo tuvo la oportunidad de traer a jóvenes para impartirle lecciones de catecismo.
Más tarde, San Luis Orione se dio cuenta que su pequeña habitación no era suficiente para albergar a tantos alumnos que se sumaban día a día, por lo que el obispo, dándose cuenta de la ardiente vocación de San Luis y muy consciente de la importancia de esa iniciativa, le dio acceso para que utilizara el jardín del obispado
El 3 de julio de 1892, abrió en Tortona el primer Oratorio para cuidar la educación cristiana de los jóvenes. Al año siguiente, el 15 de octubre de 1893, con tan sólo 21 años, abrió un colegio para chicos pobres en el barrio San Bernardino.
El 13 de abril de 1895, San Luis Orione fue ordenado sacerdote y, al mismo tiempo, el Obispo impuso el hábito clerical a seis alumnos de su colegio.En poco tiempo, Don Orione abrió nuevas casas en Mornico Losana (Pavía), en Noto (Sicilia), en Sanremo, en Roma.

Pequeña obra de la Divina Providencia

Alrededor del joven Fundador San Luis Orione, crecieron clérigos y sacerdotes que formaron el primer núcleo de la Pequeña Obra de la Divina Providencia.
En 1899 inició la rama de los ermitaños de la Divina Providencia. El Obispo de Tortona, Mons. Igino Bandi, con Decreto del 21 de marzo de 1903, reconoció canónicamente a los Hijos de la Divina Providencia (sacerdotes, hermanos coadjutores y ermitaños), congregación religiosa masculina de la Pequeña Obra de la Divina providencia, dedicada a «colaborar para llevar a los pequeños, los pobres y el pueblo a la Iglesia y al Papa, mediante las obras de caridad», profesando un IV voto de especial «fidelidad al Papa».
En las primeras Constituciones de 1904, entre los fines de la nueva Congregación aparece el de trabajar para alcanzar la unión de las Iglesias separadas.
Animado por una gran pasión por la Iglesia y por la salvación de las almas, San Luis Orione se interesó activamente por los problemas emergentes en aquel tiempo, como la libertad y la unidad de la Iglesia, la cuestión romana, el modernismo, el socialismo, la cristianización de las masas obreras.
Socorrió heroicamente a las poblaciones damnificadas por los terremotos de Reggio y de Messina (1908) y por el de la Marsica (1915). Por deseo de Pío X fue Vicario General de la diócesis de Messina durante tres años.

Más obras para la caridad

A los veinte años de la fundación de los Hijos de la Divina Providencia, como en «una única planta con muchas ramas», el 29 de junio de 1915, San Luis Orione dio inicio a la Congregación de las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad, animadas por el mismo carisma fundacional y, en el 1927, las Hermanas adoratrices Sacramentinas invidentes, a las que se añadirán después las Contemplativas de Jesús Crucificado.
San luis Orione organizó a los laicos en las asociaciones de las «Damas de la Divina Providencia», los «Ex Alumnos» y los «Amigos». Después tomará cuerpo el Instituto Secular Orionino y el Movimiento Laical Orionino.
Después de la primera guerra mundial (1914-1918) se multiplicaron las escuelas, colegios, colonias agrícolas, obras caritativas y asistenciales.
Entre las obras más características, creó los «Pequeños Cottolengos», para los que sufren y los abandonados, surgidos en la periferia de las grandes ciudades como «nuevos púlpitos» desde los que hablar de Cristo y de la Iglesia, «faros de fe y de humanidad».
El celo misionero de Don Orione, que ya se había manifestado con el envío a Brasil en 1913 de sus primeros religiosos, se extendió después a Argentina y Uruguay (1921), Inglaterra (1935) y Albania (1936). En 1921-1922 y en 1934-1937, él mismo realizó dos viajes a América Latina, Argentina, Brasil y Uruguay, llegando hasta Chile.
Gozó de la estima personal de los Papas y de las autoridades de la Santa Sede, que le confiaron numerosos y delicados encargos para resolver problemas y curar heridas tanto dentro de la Iglesia como en las relaciones con el mundo civil.
San Luis Oriene fue predicador, confesor y organizador infatigable de peregrinaciones, misiones, procesiones, «belenes vivientes» y otras manifestaciones populares de la fe.
Muy devoto de la Virgen, promovió su devoción por todos los medios y, con el trabajo manual de sus clérigos, construyó los santuarios de la Virgen de la Guardia en Tortona y de la Virgen de Caravaggio en Fumo.

Su muerte

En el invierno de 1940, intentando aliviar los problemas de corazón y pulmones que sufría, San Luis Orione fue a la casa de Sanremo, aunque, como decía, «no es entre las palmeras donde deseo vivir y morir, sino entre los pobres que son Jesucristo».
Después de tan sólo tres días, rodeado del afecto de sus hermanos, Don Orione falleció el 12 de marzo de 1940, suspirando «!Jesús! !Jesús! Voy».
Su cuerpo, intacto en el momento de la primera exhumación en 1965, fu puesto en un lugar de honor en el santuario de la Virgen de la Guardia de Tortona, después de que, el 26 de octubre de 1980, Juan Pablo II inscribiera su nombre en el elenco de los Beatos.

San Luís Orione, 12 de marzo


Cuerpo incorrupto de san Luis Orione, expuesto en el Santuario Nuestra Señora de la Guardia en Tortona, Italia.
(Wikipedia)

San Luís Orione, 12 de marzo

Insigne bienechor de la humanidad dolorida

«Este peón de la divina providencia tuvo claro que la caridad es lo único que puede salvar al mundo y encarnó esta virtud admirablemente. Por eso Pío XII lo denominó padre de los pobres e insigne bienechor de la humanidad dolorida»
Hay personas que pasan por el mundo sembrando tanto bien que el anhelo común de las buenas gentes sería que no desaparecieran jamás. Luís fue una de ellas.Entregado a las necesidades ajenas no hubo nada que pudiera hacer que dejara al azar, lo ignorase o diese prioridad a personales afanes. Por eso, su conmovedora existencia ha dejado una huella imborrable y conquistó la eternidad. «Sufrir, callar, orar, amar, crucificarse y adorar»eran los pilares de su vida.
Sus cuatro pasiones: Jesús, la Virgen María, el papa y el género humano redimido por CristoLa idea de que «solo la caridad salvará al mundo»guió el acontecer de este gran santo, que se calificó a sí mismo como «el peón de la divina Providencia». Pío XII lo denominó «Padre de los pobres e insigne bienhechor de la humanidad dolorida y desamparada», y Juan Pablo II al canonizarlo ensalzó su vida diciendo que fue «una maravillosa y genial expresión de caridad cristiana»al tiempo que lo calificaba como «estratega» de la misma.
Nació en Pontecurone, Italia, el 23 de junio de 1872. Tenía 13 años cuando se abrazó a la vida religiosa ingresando en el convento franciscano de Voghera, Pavía. Pero graves problemas de salud dieron al traste momentáneamente con su sueño. Su destino sería otro. Durante tres años, los que median entre 1886 y 1889, tuvo la gracia de formar parte de los discípulos de Don Bosco en el Oratorio turinés de Valdocco. Y concluida allí su formación, ingresó en el seminario de Tortona. Lo que aprendió en Valdocco, con el testimonio de Don Bosco, dejó en él una huella imborrable. Antes de ser sacerdote ya había puesto en marcha el Oratorio «San Luis», y un colegio en el barrio de San Bernardino. Eran los primeros signos de su impronta apostólica con niños y jóvenes que no tenían recursos económicos.
Fue ordenado en abril de 1895. Ese año fundó la Pequeña Obra de la Divina Providencia. Y en 1899los Ermitaños de la Divina Providencia, integrada por el grupo de clérigos y sacerdotes que se aglutinaron en torno a él. En 1903 el obispo de Tortona, monseñor Bandi, se apresuró a reconocer canónicamente estas fundaciones que tenían como objeto de su acción los desposeídos, los humildes, los afectados por lesiones físicas y morales, etc., atendidos en sus «Pequeños Cottolengos». Para los enfermos y ancianos, entre otros, Luís puso en marcha hospitales diversos. El admirable plan de vida que se había trazado, basado exclusivamente en el evangelio: «hacer el bien siempre a todos, el mal nunca a nadie», estaba dando sus frutos. Aspiró a tener «un corazón grande y generoso capaz de llegar a todos los dolores y a todas las lágrimas», y lo consiguió.
En 1915 vio la luz otra de sus obras: las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad, y creó el primer Cottolengo. Los frutos se multiplicaban. Se había implicado de lleno en la Sociedad de Mutuo Socorro San Marciano y en la Conferencia de San Vicente, y toda acción que lleva a cabo un apóstol redunda en numerosas bendiciones. Surgieron casas en Pavía, Sicilia, Roma… Prestó su ayuda a los damnificados en los terremotos que asolaron las regiones de Reggio, Messina y Marsica. Desempeñó la misión de vicario general de Messina a petición de Pío X, ante quien realizó sus votos perpetuos en 1912. Y entre 1920 y 1927 fundó las Hermanas adoratrices Sacramentinas invidentes, y las Contemplativas de Jesús crucificado.
Este prolífico fundador no fue ajeno a las dificultades histórico-sociales que afectaron a la Iglesia y al mundo en la época que le tocó vivir. Para contrarrestarlas solo cabía la santidad, y así lo dijo: «Tenemos que ser santos, pero no tales que nuestra santidad pertenezca solo al culto de los fieles o quede solo en la Iglesia, sino que trascienda y proyecte sobre la sociedad tanto esplendor de luz, tanta vida de amor a Dios y a los hombres que más que ser santos de la Iglesia seamos santos del pueblo y de la salvación social».
Envió misioneros a diversos países de Europa y de América del Sur. Y él mismo viajó por distintos lugares del Cono Sur en 1921. Volvió después, y entre 1934 y 1937 permaneció en esta zona impulsando las fundaciones y asociaciones para laicos, entre las que también se cuentan las «Damas de la Divina Providencia», los «Ex Alumnos» y los «Amigos».
Su edificante existencia fue la de un hombre de oración, devoto de María, sencillo, humilde, intrépido. Un apóstol entregado a Cristo por completo, que viendo su rostro en el sufrimiento de las personas que conoció, hizo todo lo que estuvo en su mano para asistirlas. Un insigne predicador y confesor. Un fundador que gozó de la confianza de la Santa Sede, pero al que no faltaron incomprensiones, oposiciones, dificultades, y sufrimientos a todos los niveles. Su amor al Santo Padre le llevó a incluir un cuarto voto de fidelidad a él. Fue impulsor de dos santuarios. A lo largo de su vida llegó a «ver y sentir a Cristo en el hombre».
Con gran visión se adelantó a los tiempos, fomentando todas las vías de la nueva evangelización. Decía a los suyos: «¿Son tiempos nuevos? Fuera los miedos. No dudemos. Lancémonos en las formas nuevas, en los nuevos métodos… No nos fosilicemos: basta conseguir sembrar, basta poder arar a Jesucristo en la sociedad y fecundarla de Cristo». Estaba claro que quería combatir el inmovilismo y la rutina, enemigos del apóstol. Murió el 12 de marzo de 1940 en la casa de San Remo, exclamando: «¡Jesús! ¡Jesús! Voy».
Fue beatificado por Juan Pablo II el 26 de octubre de 1980, quien glosó su existencia recordando que fue: «un hombre tierno y sensible hasta las lágrimas; infatigable y valiente hasta el agotamiento; tenaz y dinámico hasta el heroísmo; afrontando peligros de todo género; iluminando a hombres sin fe; convirtiendo a pecadores; siempre recogido en continua y confiada oración…». Este mismo pontífice lo canonizó el 16 de mayo de 2004.