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viernes, 11 de enero de 2019

El extraño (María Guadalupe GAITÁN CORTÉS) Último cuento publicado

El extraño

María Guadalupe GAITÁN CORTÉS



Acuérdate, Rosita, de aquella conversación que tuvimos hace quince años. ¡Qué te vas a acordar, si tenías sólo tres añitos de edad! Pero yo te hablaba a ti como persona mayor, como si de todo me entendieras, porque no tenía a nadie más para decirle mi pena, esa pena enorme que me destruyó el amor. Digo mal, Rosita, hija mía, destruyó el amor que le tenía al hombre que fue tu padre, porque mi amor no se destruyó, sólo se desvió para volcarse todito en ustedes mis tres niñas, mis muchachitas.
Ahora somos tres, te dije aquel día, con esta pequeña hermanita que Dios te ha dado. Pero, ¿de veras fue Dios? Yo pienso que fue la debilidad que tuve al abrirle mi cuerpo a tu padre, cuando ya no tenía ningún derecho: y así nació Teresita.
¿Cuándo se fue tu padre por primera vez al norte? Todavía estaba recién casada, mis ilusiones como flores mañaneras asomaban a la vida, con el amor brotando como yerba fresca, verde y prometedora. Un mal día se fue a trabajar al norte, dijo que a conseguir más dinero para las dos, para ti, Rosita, que ya empezabas a hacerte notar en mis entrañas. Las mujeres del pueblo me decían: “No dejes que se vaya, amárralo con tu amor ahora que es tiempo; por allá la ambición y la distancia los devoran y no vuelven más”. Pero ya el gusanito verde del dólar había picado su corazón. Eso es lo que te dije hace quince años, y mira cómo ha pasado el tiempo.
Tal vez desde entonces para mí todos los hombres son bichos raros, a los que se me ocurre aplastar lentamente, para hacerlos sufrir y cobrarme lo que uno de ellos a nombre de todos me hizo.
Ahora, Teresita, que la Mela y tú son unas señoritas, la gente del pueblo sale con que ustedes son unas ingratas, que no tendrán cabida en el cielo, que son malas hijas. ¡Si para mí son las mejores hijas del mundo! ¡Y ustedes no tienen padre, se murió hace mucho tiempo, se mató él sólito!
Cuando tú viniste al mundo estaba yo sola. Mi madre ya había muerto. Una vecina por caridad vino a acompañarme, doña Chole, la atolera, que se detuvo aquí un día completo ayudándome a que nacieras. Después me mandaba todas las mañanas mi atolito para que tú lo bebieras luego convertido en leche. Esa fue toda nuestra compañía. Ya para entonces se habían terminado todos los ahorros, y empecé a vender lo poco que teníamos: las ollas, la licuadora, aquella colcha de percal hecha con pedacitos de amor y con hilos de suspiros, aquélla que todas me envidiaban y yo la guardaba para estrenarla cuando él viniera. Vendí todo, hasta las sillas. Sólo quedó en un rincón la cama, que encontró él cuando regresó al año, sin dinero porque todo lo había gastado en regresar para conocerte. Con qué amor lo recibimos las dos. Tú dibujaste al verlo tu primera sonrisa y no cesabas de platicarle con gorgoritos de pajarito mañanero; pero ni eso lo amarró: se fue de nuevo, y otra vez el olvido. Ni una carta, ni un centavo.
Pronto me di cuenta de que venía la Mela y que no teníamos ni para comer. Fue entonces cuando me decidí y trabajé como sirvienta un año, lavando ropa con mis manos, de las que primero brotó sangre, y luego se me hicieron rudas como las de un campesino y ya se acostumbraron. A lo que no se acostumbraron nunca fue a no mecerte cuando te dejaba sola con la buena doña Chole, que siempre me decía: -Vaya con Dios; la criatura sabe que es huerfanita, y se queda siempre muy quietecita viéndome hacer el atole.
Así que cuando vino tu padre otra vez, ahora sin dinero, pero con muchas presunciones, encontró su escudo, y me dijo: “Ah, ya tienes tu máquina y otra chiquilla, que a lo mejor ni es mía. Qué casualidad, y hasta pá lujitos tienes, ¡éh!”.
El venía con ropa nueva, con un reloj que hablaba la hora en un idioma que nadie entendía, con una grabadora que cargaba para todas partes, como para que todos se dieran cuenta de que ganaba muy bien. Mientras tú, la Mela y yo comiendo a veces las sobras de la casa a donde iba a lavar la ropa.
Y así fue cuando tenías tres años nació Teresita, frágil y debilucha porque ya mis pulmones empezaban a resentir tanta lavadera. Desde entonces me duele mucho la espalda, y luego esa tos que nunca se me quita.
Tu padre regresó al año, siempre al año, cuando en el norte hace frío, la nieve cubre todo y no hay trabajo en el campo. Estaba con nosotras en ratitos, porque se iba a la cantina a gastar lo que nos había traído, pero que no nos lo daba porque quién sabe de quién fueran tus hermanitas y él no iba a mantener hijos ajenos, eso me decía. Y aunque era muy fácil sacar las cuentas de los nacimientos de ellas, que fueron siempre a los nueve meses de sus visitas, eso decía él, como pretexto para emborracharse ese año que trajo tantito dinero.
En el pueblo nadie hablaba mal de mí. Al contrario, decían que ya parecía una santa de todo lo que le aguantaba a tu padre y de lo mucho que me dedicaba a ustedes; pero santa y todo, ya ese año había tomado precauciones para no salir embarazada, e hice muy bien a pesar de lo que decía el señor cura, de que debíamos tener los hijos que Dios nos mandara, y la mera verdad no tuve ningún remordimiento. Por eso a los dos años que él regresó no encontró niño nuevo, y se fue a gastar su dinero en las cantinas, pretextando que yo no quería darle más que “viejas”, y que cuando tocaba hombrecito no había sabido atraparlo, y que por la decepción tardaría mucho, mucho en regresar.
No me extrañó eso ni todas sus habladas, porque ya su amor era un rescoldo, y porque me habían informado de que por allá se había buscado una gringa a la que le daba por ley de aquel país casi todo su dinero, y con la cual no tenía hijos porque ella no quería tenerlos; que se había juntado con ella para tener derechos, y así ganaba mucho más dinero del que nunca nos tocó ni una tandita.
Pasaron años. Nos manteníamos ya muy bien con mis costuras, pues en el pueblo me mandaban hacer todos los vestidos; tú estabas mayorcita y me ayudabas a pegar botones y a hacer bastillas.
Hasta que un año vino tu padre con su gringa. Ya no llegó a nuestra casa. Esa vez que vino con la otra llegó en un carro grande, casi nuevo, gastando más que nunca y con mejores ropas. A todos le trajo regalos, menos a nosotras. A mí apenas si me saludó, y como a escondidas de la mujer gringa. Un día que yo no estaba él vino a verlas a ustedes, -¿Te acuerdas Rosita? ¿Y qué les dijo? Que esa señora era su prima. Esa vez no se emborrachó, y cuando se fue ni siquiera se despidió. Se fue para no volver ya nunca.
Porque sí, Rosita, tú y tus hermanas y yo tenemos razón, digan lo que digan en el pueblo. El hombre que tocó hace dos días en esta puerta, no es tu padre. Dijiste bien, hija mía: en esta casa no hay padre. Son ustedes de tierra, como los huevos de algunas gallinas, ya sí como a ellas nadie les reclama por no tener gallo, nadie tiene por qué reclamarnos que después de una vida de estar solas, sin hombre; ese extraño, enfermo, pobre, hambriento que tocó a nuestra puerta, y que les dijo a ustedes mis hijas, que era su padre, y que venía a quedarse para siempre con nosotras, y al que tú, Rosita, y también tus hermanitas, le contestaron que en esta casa no tenemos esposo ni padre, y le cerraron la puerta; ese hombre no tenía por qué pedir clemencia, pues perfectamente sabía que la puerta de nuestro corazón hace mucho está cerrada para cualquier extraño que quiera entrar por ella, y ese hombre es un extraño.

María Guadalupe Gaitán Cortés
Michoacán, México

martes, 16 de octubre de 2018

El canto del caracol: preguntitas a Dios (Ernesto RESÉNDIZ OIKIÓN)

El canto del caracol: preguntitas a Dios

Ernesto RESÉNDIZ OIKIÓN




- A ver, toma éste más grande, póntelo en la oreja.
-Sí.
-¿Oyes algo?- preguntó el niño con emoción.
-Sí, un ruidito.
-¿Cuál ruidito?
-La voz del caracol.
-¿Qué dice, Celia?
-Le canta al mar…
El hombre recordaba aquella conversación con su hermana, como si hubiese sido ayer. Fidel nunca supo qué fue lo que le dijo el caracol, pero debió haber sido algo realmente hermoso. Celia siempre fue una chica muy hermosa con unos ojos de obsidiana. Ella con sus ojos negros, se dedicaba a observar todo y un buen día también volteó a ver la miseria en una mirada que decía más que el canto del caracol a la mar embravecida. Celia era rebelde, de causa y de corazón; pronto chocó con la ideología de sus padres conservadores, que habían terminado por tener seco el corazón. La muchacha se fue de casa antes de cumplir dieciocho años, ella tomó con rumbo al sur.
Los años pasaron y Fidel decidió dedicar su labor a la Iglesia. Al joven se le comenzaron a abrir sus ojos y decidió que su vocación serían las misiones. Un buen día, al Seminario donde trabajaba Fidel llegó una convocatoria para apoyar una misión en los Altos de Chiapas. Fidel no lo dudó un instante y así comenzó su aventura…
- ¡Despierta, cabrón, es hora de que te tragues esta mierda!
Fidel despertó de sus pensamientos, era hora de comer aquella porquería que le aventaban todos los días. Abrió los ojos y pudo ver que por la ventana entró una paloma con una ramita. El ave estaba construyendo su casita en la cárcel, igual que Fidel tenía su encierro ahí. La prisión, tristemente, era ahora su jaula, pero su corazón vivía lejos, en ese paraíso llamado Chiapas, y que los españoles junto con su doctrina religiosa fueron moldeando hasta convertirlo en un infierno para sus pobladores, hermanos indígenas. La paloma salió por la ventana y extendió sus alas, Fidel comenzó a volar de regreso al edén.
A esa tierra de contrastes él llegó a trabajar con la ilusión de acabar con la injusticia, sabía que Dios no lo abandonaría en su misión por lo que se sentía lleno de energía. La primera encomienda de Fidel fue ir a curar a varios heridos en la comunidad zapatista de La Garrucha. Cuando llegó la comitiva aquello era un lugar asqueroso en donde el olor a muerte se había impregnado al sabor de la selva. Fidel se acercó al cuerpecito de una niña y le cogió del brazo para tomarle el pulso, pero ya era demasiado tarde, la pequeña había fallecido. Aquello era una carnicería. Se acercó al cuerpo de un zapatista, le tomó el brazo sin esperanzas. En ese momento sintió cómo algo misterioso lo atravesaba por todo su cuerpo, y como si fuese un milagro regresó el pulso de aquel hombre que ocultaba su cara con un pasamontañas negro.
-¡Está vivo!, vengan a ayudarme.
Aquel hombre zapatista fue el único que se salvó. Fidel seguía buscando algún sobreviviente y, de pronto, sintió el brutal golpe de todo el mar en su pecho. Enfrente de él estaba una mujer que tapaba su rostro con un paliacate rojo, aquella joven tenía sus ojos de obsidiana. Fidel le quitó lentamente el paliacate de su cara y después estalló en un grito salvaje:
-¡NO!, Dios, ¡no!, ¿por qué, por qué mi hermana?
Fidel se tumbó sobre el cuerpo inerte de ella, estaba destrozado; Celia había muerto en la interminable lucha por la dignidad y el respeto de los que también eran hijos de Dios. Después de algún tiempo la herida cerró, pero la cicatriz siguió ahí para siempre.
Cuando Fidel despertó, notó que la paloma le tomaba de su cabello con el pico, el hombre acarició al ave. Al recordar la muerte de su hermana pensó que Dios era muy injusto.
-Vuela, palomita, sube al cielo y exígele al Señor y al mundo entero la justicia en Chiapas.
Y el ave comenzó su vuelo perdiéndose en el horizonte…
Fidel fue asignado para trabajar en la comunidad zapatista de Chenalhó, Acteal. Ahí se vivía en la miseria más grande y con la fe más grande. Niños, mujeres y hombres trabajaban sin distinción con la misma energía, para poder sobrevivir en la espesura de la selva. Los hombres, acariciando la tierra con sus arados y cuidando los cochinitos en la loma, y las mujeres y niños, además de cocinar, llevando a cuestas en sus frágiles espaldas un bulto de madera más pesado que su propio cuerpo indígena. Los habitantes de Acteal trabajaban mucho pero vivían con miedo, se rumoraba que el ejército estaba cerrando un cerco. La gente se armaba porque era la única posibilidad de defender lo poco que tenían: sus chozas, sus parcelas, sus animalitos, sus sueños. En ese ambiente Fidel profesaba la religión católica a los feligreses indígenas de Chenalhó.
Fidel miró a través de la ventana buscando a la paloma que hacía varios días había partido, el regreso del ave era la única razón que lo motivaba a seguir vivo en esos momentos. Al octavo día el pájaro regresó con un regalo para él. Había viajado cientos de kilómetros, el obsequio era algo pesado para el ave, pero no importaba. La paloma había soportado día y noche, simplemente para devolverle una alegría de su infancia a aquel hombre, se acercó al preso y soltó de su pico un caracol blanco que había traído desde el Golfo de México. Ese mar que en algunos momentos era tranquilo y hasta sumiso y que en otros se revelaba como el rugir sonoro de un rifle revolucionario que estallaba para defenderse ante el cómplice silencio del abandono…
El hombre tomó entre sus manos el caracol y se lo colocó en su oído. Fidel se sumergió nuevamente en sus recuerdos, era lo único que tenía, y que nadie le podía quitar.
La matanza se dio en Acteal como tantas que se han dado en este mundo de humanos, que resulta inhumano. Todo comenzó con los gritos de las mujeres tzeltales que exigían a los soldados que se fueran de su comunidad. Fidel salió de la ermita y vio como los niños más grandes cargaban a sus hermanitos en sus espaldas y corrían desesperadamente hacia el monte, mientras sus padres tomaban los rifles para defender lo único que tenían: su dignidad. Pronto la balacera fue cobrándose la vida de mujeres, niños y hombres sin distinción. Fidel tomó entre sus brazos a una pequeña y se escondió en la ermita. Al poco rato los líderes de la comunidad fueron acorralados a la entrada de la choza y ahí fueron acribillados con el tiro de gracia de los paramilitares. Fidel fue obligado a salir junto con la niña tzeltal que sostenía entre sus brazos.
-¿Por qué Papá Dios no estuvo para defender a su familia afuera de esta su casita? ¿Por qué cuando rezamos paz al cielo nos llueven balas?- le preguntaba insistentemente llorando la pequeñita, mientras los soldados la separaban de Fidel.
Esa era la historia de Fidel. Ahí estaba encerrado, pensando qué le podía responder a esa niña tzeltal.
Pasaron los días y la paloma puso su primer huevo. El ave y Fidel se habían hecho en cierto modo amigos. Aquella tarde la palomita, después de estar revolviendo el pelo del hombre decidió despedirse con un pío muy agradable. En ese momento, mientras Fidel observaba el vuelo de la palomita, un rugido rompió el silencio, y el preso vio con desesperación como el ave iba cayendo por el impacto de una bala que el mismo diablo había hecho disparar. Fidel se llenó de cólera, ya no podía más.
-¡Maldito Dios!, ¿qué has hecho?; ¡respóndeme, cobarde!, ¿por qué has castigado al pueblo que más te ha querido a ti?, te exijo que me respondas si es que en verdad existes, o ¿acaso eres otra estúpida mentira que hemos inventado por nuestro afán de responder todo?, comienzo a pensar que mi hermana tenía razón, ¡tú no existes, eres tan sólo una absurda ilusión!, ¿por qué no demuestras tu bondad y terminas con este maldito sufrimiento que tus hijos, tu propia sangre, tu carne, tu piel indígena, tu color a tierra tiene que soportar tus caprichos injustos?
Fidel pateó con ira el caracol. En ese momento el cielo se empezó a llenar de nubes y en la noche comenzó a llover, pero aquello no era una lluvia tormentosa sino el llanto de un padre al ver que su hijo le había perdido la fe. Pasaron los días, Fidel también lloraba desconsoladamente, estaba harto de todo, quería morir de una vez, a su parecer su Dios le había engañado, lo había abandonado…
Un rayo de sol atravesó la celda de Fidel. Había dejado de llover. Y en el nidito un milagro estaba ocurriendo, en el más completo abandono terrenal más no divino, un pichoncito de paloma había nacido de un diminuto huevo de paloma. Fidel se dio cuenta de aquello y sin saber porqué: se alivió por dentro, estaba avergonzado. El hombre tomó con cariño el caracol.
El pichón se convirtió en paloma y el ave emprendió su vuelo, perdiéndose en el horizonte llevando en su pico un caracol. Fidel se durmió tenía la respuesta para la niña tzeltal.
En el 2003, después de la muerte de Fidel, surgieron en Chiapas los caracoles de la esperanza zapatista. Las conchas llevan el canto de la selva Lacandona, pero también el llanto de los pueblos indígenas; tienen la canción del mar, la voz de los sin voz, quizá la voz de Dios que nos quiere decir a cada uno lo tanto que nos quiere. Los caracoles le cantan al océano, a los hombres, a la vida. El canto del caracol es seguramente la respuesta a todas esas preguntitas que le hacemos a Dios…

Ernesto Reséndiz Oikión
Jacona, Michoacán, México