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domingo, 8 de marzo de 2020

San Juan de Dios, religioso y fundador (8 de marzo)


San Juan de Dios, religioso y fundador
fecha: 8 de marzo
n.: 1495 - †: 1550 - país: España
canonización: 
B: Urbano VIII 21 sep 1630 - C: Alejandro VIII 16 oct 1690
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: San Juan de Dios, religioso, nacido en Portugal, que, después de una vida llena de peligros en la milicia humana, prestó ayuda con constante caridad a los necesitados y enfermos en un hospital fundado por él, y se asoció a compañeros con los que constituyó después la Orden Hospitalaria San Juan de Dios. En este día, en la ciudad de Granada, en España, pasó al eterno descanso.
Patronazgos: patrono de Granada, de los hospitales, las enfermeras, fabricantes de papel, imprentas y libreros; protector de los enfermos, alcohólicos y desvalidos.
refieren a este santo: San Juan Grande
Oración: ¡Glorioso San Juan de Dios, caritativo protector de los enfermos y desvalidos! Mientras viviste en la tierra no hubo quien se apartase de ti desconsolado: el pobre halló amparo y refugio; los afligidos consuelo y alegría; confianza los desesperados y alivio en sus penas y dolores todos los enfermos. Si tan copiosos fueron los frutos de tu caridad estando aún en el mundo, ¿qué no podremos esperar de ti ahora que vives íntimamente unido a Dios en el cielo? Animado con este pensamiento, espero me alcances del Señor la gracia de ... si es para mayor gloria de Dios y bien de mi alma. Amén.

Señor, tú que infundiste en san Juan de Dios espíritu de misericordia, haz que nosotros, practicando las obras de caridad, merezcamos encontrarnos un día entre los elegidos de tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
San Juan nació en Portugal. Pasó su primera juventud en Castilla, al servicio de un alto empleado del conde de Oropesa. En 1522, formó parte del ejército del conde y luchó al lado de los españoles contra los franceses y después, en Hungría, contra los turcos. Su amistad con sus licenciosos compañeros del ejército le llevó, poco a poco, al abandono de la práctica de la religión y cayó en pecados muy graves. Cuando el ejército se desbandó, Juan fue a dar a Andalucía, donde entró a servir como pastor en la casa de una noble sevillana. Hacia los cuarenta años de edad, acosado por los remordimientos de su vida pasada, decidió cambiar y empezó a pensar cuál sería la mejor manera de consagrarse a Dios. Compadecido de los afligidos, decidió ir al África para socorrer a los esclavos cristianos, con la esperanza de alcanzar la corona del martirio. En Gibraltar conoció a un caballero portugués que había sido desterrado a Ceuta y se dirigía allá con su esposa y sus hijos. Juan se compadeció de ellos y entró gratuitamente a su servicio. El caballero enfermó en Ceuta, y Juan tuvo que trabajar como obrero para ganar algún dinero con qué ayudar a la familia. La apostasía de uno de sus compañeros de trabajo impresionó mucho a Juan. Por otra parte, su confesor le dio a entender que buscar el martirio era una ilusión del demonio. Esto movió al santo a volver a la península.
En Gibraltar se le ocurrió que, como vendedor ambulante de imágenes y libros piadosos, podría hacer el bien a sus clientes. El negocio prosperó y en 1538, a los cuarenta y tres años de edad, Juan pudo abrir una tienda en Granada. Ahora bien, el día de San Sebastián, que era una de las grandes fiestas de la ciudad, el famoso Juan de Ávila llegó a predicar y entre la multitud que acudió a escucharle se hallaba Juan. El sermón le llegó tanto al alma, que empezó a implorar en voz alta la misericordia divina, golpeándose el pecho; echó a correr por las calles como un loco, mesándose los cabellos; las gentes le apedrearon y se burlaron de él; Juan llegó a su casa en un estado lamentable. Tras de regalar toda su mercancía, empezó a errar por las calles, absorto en sus pensamientos, hasta que las gentes le condujeron a san Juan de Avila. El santo predicador conversó con él en privado, le dio algunos consejos y le prometió su ayuda. Esto pacificó durante algún tiempo a Juan; pero pronto empezó nuevamente a conducirse en forma extravagante y hubo que encerrarle en un manicomio. Como es bien sabido, en aquella época se empleaban los más brutales métodos para curar a los enfermos mentales. Cuando llegó a oídos de san Juan de Ávila la noticia de lo sucedido, fue a ver a su penitente y le dijo que ya había practicado suficientemente esa penitencia singular y que haría bien en ocuparse en algo que redundase en mayor provecho espiritual suyo y mayor bien de sus prójimos. La exhortación calmó instantáneamente a Juan, con gran sorpresa de sus guardianes; pero permaneció en el hospital hasta el día de Santa Úrsula de 1539, cuidando a los enfermos.
Al salir del hospital, estaba decidido a hacer algo por los pobres. Así pues, empezó a vender leña en el mercado para dar de comer a los hambrientos. Poco después, alquiló una casa para albergar a los enfermos pobres, a los que servía y alimentaba con tal celo, prudencia y economía, que era la admiración de toda la ciudad. Esos fueron los primeros pasos en la fundación de la Orden de los Hermanos de San Juan de Dios, que actualmente ejercen su ministerio en toda la cristiandad. Juan pasaba el día entero cuidando a los enfermos; por la noche salía a buscar nuevos pacientes. Como las gentes empezaran a llevarle espontáneamente cuanto le hacía falta para sostener su pequeño hospital, Juan no tuvo ya que salir a pedir limosna de puerta en puerta. El arzobispo de Granada, que veía con buenos ojos la obra, la favoreció con grandes sumas de dinero. Su ejemplo animó a otros, y la modestia y paciencia del santo, así como su extraordinaria habilidad, contribuyeron mucho a hacer popular el hospital. El obispo de Tuy invitó a comer a san Juan; las respuestas de éste a sus preguntas impresionaron favorablemente al prelado, por su sabiduría y sentido común. El obispo le dio el nombre de «Juan de Dios» y le impuso una especie de hábito, aunque el santo no había pensado hasta entonces en fundar una orden religiosa. Las reglas que llevan su nombre fueron redactadas seis años después de su muerte. Los votos religiosos no fueron introducidos sino hasta 1570, es decir, veinte años después de la desaparición del fundador.
Para probar el desinterés del santo, el marqués de Tarifa se disfrazó de mendigo y fue a pedirle limosna; San Juan le dio veintiún ducados, que era todo lo que poseía. El marqués no sólo le devolvió esa suma, sino que le regaló 150 coronas de oro y, durante su estancia en Granada, envió diariamente al hospital pan, corderos y pollos. San Juan era muy generoso, no sólo por lo que se refiere al dinero, sino de todas las maneras posibles. Durante un incendio del hospital, el santo sacó en brazos a los enfermos. Aunque tuvo que meterse muchas veces entre las llamas, salió completamente ileso. Su corazón no tenía preferencias, de suerte que su caridad no se limitaba a su hospital; por el contrario, el santo se sentía obligado a socorrer a todos los afligidos. Para ello, se informaba cuidadosamente sobre todos los necesitados de la provincia; a unos les asistía en su propia casa, a otros les conseguía trabajo. Así, con singular tacto y prudencia, pudo remediar las necesidades de innumerables miembros de Cristo. Se interesaba particularmente por las jóvenes abandonadas para protegerlas de las tentaciones a las que se veían forzosamente expuestas. Pero esto no era todo: con el crucifijo en la mano, san Juan iba en busca de los más endurecidos pecadores y los exhortaba con muchas lágrimas a arrepentirse. Esta vida de perpetua actividad iba acompañada de constante oración y penitencias corporales. Los éxtasis frecuentes y el espíritu de contemplación coronaban las virtudes del santo; pero la mayor de sus cualidades era indudablemente su extraordinaria humildad en la acción, que se manifestó sobre todo en medio de los honores que le prodigaba la corte de Valladolid, cuando los negocios obligaban al santo a ir allí.
Consumido por diez años de incansable trabajo, san Juan cayó enfermo. La causa inmediata de la enfermedad fue el esfuerzo sobrehumano que hizo el siervo de Dios para salvar los muebles y objetos domésticos de los pobres y rescatar a un hombre que se estaba ahogando, durante una inundación. El santo trató de ocultar los primeros síntomas de su mal para no verse obligado a interrumpir el trabajo. Al mismo tiempo, revisó cuidadosamente el inventario de los bienes y las cuentas del hospital, así como las reglas, los horarios y las prescripciones sobre los ejercicios de devoción. Por aquella época le mandó llamar el arzobispo, pues había recibido quejas de que el santo albergaba a los vagos y a las mujeres de mal vivir. Al oír estas acusaciones, san Juan cayó de rodillas a los pies del prelado, y le dijo: «El Hijo del hombre vino a salvar a los pecadores y nosotros estamos obligados a seguir su ejemplo. Yo no soy fiel a mi vocación, pues no sigo suficientemente su ejemplo; pero confieso a Vuestra Excelencia que en el hospital no hay nadie más malo que yo, que soy indigno de comer el pan de los pobres». El santo dijo esto con tal acento de sinceridad, que el arzobispo le despidió respetuosamente, dejando el asunto a su discreción.
Cuando los síntomas de la enfermedad se agravaron, el santo no pudo ya ocultarlos por más tiempo. La noticia se propagó rápidamente. Doña Ana Osorio fue en su carruaje a visitarle; le encontró acostado en su estrecha celda, revestido con su hábito; un viejo abrigo le servía de cobertor y, en la cabecera había una cesta. La buena dama, cuyo espíritu práctico igualaba a su bondad, despachó a un mensajero a ver al arzobispo, quien inmediatamente envió a san Juan la orden de obedecer a Doña Ana como a él mismo. Valiéndose de su autoridad, la dama consiguió que abandonase el hospital. El santo nombró superior a Antonio Martín y fue a hacer una visita al Santísimo Sacramento antes de salir; la visita se prolongó hasta que Doña Ana ordenó a sus criados que cargaran en brazos al santo hasta el coche y le condujesen a su casa. Allí se encargó ella de cuidarle con gran delicadeza. San Juan se quejaba de que el Salvador en la cruz sólo había bebido hiel, en tanto que un miserable pecador como él tenía todos los manjares deseables. Los magistrados le pidieron que bendijese a la ciudad. El santo se negaba a hacerlo, diciendo que sus pecados eran el escándalo de la ciudad, pero que pediría por sus hermanos los pobres y por todos los que le habían prestado algún servicio. Finalmente, a instancias del arzobispo, bendijo a la ciudad. San Juan de Dios murió arrodillado ante el altar, el 8 de marzo de 1550, cuando tenía exactamente cincuenta y cinco años de edad. El arzobispo presidió su entierro y todo el pueblo de Granada acudió en procesión.
La canonización tuvo lugar en 1690. En 1886, el Papa León XIII le declaró patrón de todos los hospitales y enfermos, junto con san Camilo de Lelis. En 1930, el Papa Pío XI nombró también patronos a otros santos enfermeros y enfermeras. Los libreros e impresores honran también especialmente a san Juan de Dios, por los años en que ejerció dicho oficio. Las imágenes representan generalmente al santo con un fruto y una pequeña cruz; el fruto es una granada y simboliza la ciudad del mismo nombre. Se trata de una alusión a la aparición en que el Niño Jesús dijo a San Juan: «En Granada encontrarás tu cruz».
Los hechos están tomados de la biografía escrita por Francisco de Castro, rector del hospital de San Juan, en Granada, unos veinte años después de la muerte del fundador. Dicha biografía, sustancialmente fidedigna, escrita originalmente en castellano, se halla en latín en Acta Sanctoram (marzo, vol. I). En la actualidad existen numerosas adaptaciones de esa vida. Las más conocidas son las de A. de Govea (1624) y L. del Pozo (1908), en español, y las de Sagnier (1877) y R. Meyer (1897), en francés.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_807

viernes, 8 de marzo de 2019

San Juan de Dios. Religioso. Patrono de los enfermos y de los hospitales (8 de marzo)

San Juan de Dios. Religioso. Patrono de los enfermos y de los hospitales

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San Juan de Dios es el fundador de la Orden Hospitalaria San Juan de Dios. Se dedicó a ayudar a los necesitados y enfermos

 
San Juan de Dios fue un religioso muy piadoso entregado al servicio que fundó un hospital para atender a los más necesitados y a todos los enfermos. Nació y murió un 8 de marzo. Nace en Portugal en 1495 y muere en Granada, España, en 1550 a los 55 años de edad.

Fiesta: 08 de marzo

Martirologio Romano: San Juan de Dios, religioso, nacido en Portugal, que, después de una vida llena de peligros en la milicia humana, prestó ayuda con constante caridad a los necesitados y enfermos en un hospital fundado por él, y se asoció a compañeros con los que constituyó después la Orden Hospitalaria San Juan de Dios. En este día, en la ciudad de Granada, en España, pasó al eterno descanso.

Biografía de San Juan de Dios

San Juan de Dios es proveniente de familia pobre pero muy piadosa. Su madre murió cuando él era todavía joven. Su padre murió como religioso en un convento.
En su juventud fue pastor de ovejas, muy apreciado por el dueño de la finca donde trabajaba.
Le propusieron que se casara con la hija del patrón y así quedaría como heredero de aquellas posesiones, pero él dispuso permanecer libre de compromisos económicos y caseros pues deseaba dedicarse a labores más espirituales.
San Juan de Dios estuvo de soldado bajo las órdenes del genio de la guerra, Carlos V en batallas muy famosas. La vida militar lo hizo fuerte, resistente y sufrido.
La Santa Virgen lo salvó de ser ahorcado, pues una vez lo pusieron en la guerra a cuidar un gran depósito y por no haber estado lo suficientemente alerta, los enemigos se llevaron todo.
Su coronel dispuso mandarlo ahorcar, pero Juan se encomendó con toda fe a la Madre de Dios y logró que le perdonaran la vida. Y dejó la milicia.

Una revelación celestial

Al salir del ejército, San Juan de Dios quiso hacer un poco de apostolado y se dedicó a hacer de vendedor ambulante de estampas y libros religiosos.
Cuando iba llegando a la ciudad de Granada vio a un niñito muy pobre y muy necesitado y se ofreció bondadosamente a ayudarlo. Aquel "pobrecito" era la representación de Jesús Niño, el cual le dijo: "Granada será tu cruz", y desapareció.
Estando San Juan de Dios en Granada de vendedor ambulante de libros religiosos, de pronto llegó a escuchar una predica del famoso Padre San Luis de Avila.
San Juan de Dios asistió a uno de sus elocuentes sermones, y en pleno sermón, cuando el predicador hablaba contra la vida de pecado, nuestro hombre se arrodillo y empezó a gritar: "Misericordia Señor, que soy un pecador", y salió gritando por las calles, pidiendo perdón a Dios. Tenía unos 40 años.
San Juan de Dios, en ese momento se confesó con San Juan de Ávila y se propuso una penitencia muy especial: hacerse el loco para que la gente lo humillara y lo hiciera sufrir muchísimo.
Tocado profundamente por el amor de Dios en su corazón, San Juan de Dios repartió entre los pobres todo lo que tenía en su pequeña librería, empezó a deambular por las calles de la ciudad pidiendo misericordia a Dios por todos su pecados. La gente lo creyó loco y empezaron a atacarlo a pedradas y golpes.
En una oportunidad, las personas del pueblo, agarraron a San Juan de Dios y lo llevaron al manicomio y los encargados le dieron fuertes palizas, pues ese era el medio que tenían en aquel tiempo para calmar a los locos: azotarlos fuertemente.
Pero ellos notaban que San Juan de Dios no se disgustaba por los azotes que le daban, sino que lo ofrecía todo a Dios. Pero al mismo tiempo corregía a los guardias y les llamaba la atención por el modo tan brutal que tenían de tratar a los pobres enfermos.
Aquella estadía de San Juan en ese manicomio, que era un verdadero infierno, fue verdaderamente providencial, porque se dio cuenta del gran error que es pretender curar las enfermedades mentales con métodos de tortura.
Y cuando quede libre fundó un hospital, y allí, aunque él sabe poco de medicina, demostrará que él es mucho mejor que los médicos, sobre todo en lo relativo a las enfermedades mentales, y enseñará con su ejemplo que a ciertos enfermos hay que curarles primero el alma si se quiere obtener después la curación de su cuerpo. (Actualmente, sus religiosos atienden enfermos mentales en todos los continentes y con grandes y maravillosos resultados, empleando siempre los métodos de la bondad y de la comprensión, en vez del rigor de la tortura)
Cuando San Juan de Avila volvió a la ciudad y supo que a su discípulo convertido lo tenían en un manicomio, fue y logró sacarlo y le aconsejó que ya no hiciera más la penitencia de hacerse el loco para ser martirizado por las gentes.
Ahora se dedicará a una verdadera "locura de amor": gastar toda su vida y sus energías a ayudar a los enfermos más miserables por amor a Cristo Jesús, a quien ellos representan.
San Juan de Dios alquila una casa vieja y allí empieza a recibir a cualquier enfermo, mendigo, loco, anciano, huérfano y desamparado que le pida su ayuda.
Durante todo el día atiende a cada uno con el más exquisito cariño, haciendo de enfermero, cocinero, barrendero, mandadero, padre, amigo y hermano de todos. Por la noche se va por la calle pidiendo limosnas para sus pobres.
Pronto, San Juan de Dios se hizo popular en toda Granada el grito de Juan en las noches por las calles. El iba con unos morrales y unas ollas gritando: ¡Haced el bien hermanos, para vuestro bien! Las gentes salían a la puerta de sus casas y le regalaban cuanto les había sobrado de la comida del día.
Al volver cerca de medianoche se dedicaba a hacer aseo en el hospital, y a la madrugada se echaba a dormir un rato debajo de una escalera. Un verdadero héroe de la caridad.
El señor obispo, admirado por la gran obra de caridad que San Juan de Dios estaba haciendo, le añadió dos palabras a su nombre de pila ,y empezó a llamarlo "Juan de Dios", y así lo llamó toda la gente en adelante.
Luego, como este hombre cambiaba frecuentemente su vestido bueno por los harapos de los pobres que encontraba en las calles, el prelado le dio una túnica negra como uniforme; así se vistió hasta su muerte, y así han vestido sus religiosos por varios siglos.

Prodigios de Dios en San Juan de Dios

Un día su hospital se incendió y San Juan de Dios entró varias veces por entre las llamas a sacar a los enfermos y aunque pasaba por en medio de enormes llamaradas no sufría quemaduras, y logró salvarle la vida a todos aquellos pobres.
Otro día el río bajaba enormemente crecido y arrastraba muchos troncos y palos. San Juan de Dios necesitaba abundante leña para el invierno, porque en Granada hace mucho frío y a los ancianos les gustaba calentarse alrededor de la hoguera.
Entonces se fue al río a sacar troncos, pero uno de sus compañeros, muy joven, se adentró imprudentemente entre las violentas aguas y se lo llevó la corriente.
San Juan de Dios, sin pensarlo dos veces, se lanzó al agua a tratar de salvarle la vida, y como el río bajaba supremamente frío, esto le hizo daño para su enfermedad de artritis y empezó a sufrir espantosos dolores.

Su muerte

Después de tantísimos trabajos, ayunos y trasnochadas por hacer el bien y resfriados por ayudar a sus enfermos, la salud de San Juan de Dios se debilitó totalmente.
Él hacía todo lo posible porque nadie se diera cuenta de los espantosos dolores que lo atormentaban día y noche, pero al fin ya no fue capaz de simular más. Sobre todo la artritis le tenía sus piernas retorcidas y le causaba dolores indecibles.
Entonces una venerable señora de la ciudad obtuvo del señor obispo autorización para llevarlo a su casa y cuidarlo un poco.
San Juan de Dios se fue ante el Santísimo Sacramento del altar y por largo tiempo rezó con todo el fervor antes de despedirse de su amado hospital. Le confió la dirección de su obra a Antonio Martín, un hombre a quien él había convertido y había logrado que se hiciera religioso, y colaborador suyo, junto con otro hombre a quien Antonio odiaba; y después de amigarlos, logró el santo que le ayudaran en su obra en favor de los pobres, como dos buenos amigos.
Al llegar al la casa de la rica señora, San Juan de Dios exclamó:
"Oh, estas comodidades son demasiado lujo para mí que soy tan miserable pecador".
Allí trataron de curarlo de su dolorosa enfermedad, pero ya era demasiado tarde.
El 8 de marzo de 1550, sintiendo que le llegaba la muerte, San Juan de Dios se arrodilló en el suelo y exclamó: "Jesús, Jesús, en tus manos me encomiendo", y quedó muerto, así de rodillas.
Había trabajado incansablemente durante diez años dirigiendo su hospital de pobres, con tantos problemas económicos que a veces ni se atrevía a salir a la calle a causa de las muchísimas deudas que tenía; y con tanta humildad, que siendo el más grande santo de la ciudad se creía el más indigno pecador.
El que había sido apedreado como loco, fue acompañado al cementerio por el obispo, las autoridades y todo el pueblo, como un santo
San Juan de Dios es el Santo patrono de los hospitales y de todas las personas que allí trabajan, además de ser el patrono también de todos los enfermos del mundo
 

jueves, 7 de marzo de 2019

San Juan de Dios, religioso y fundador (8 de marzo)


San Juan de Dios, religioso y fundador

fecha: 8 de marzo
n.: 1495 - †: 1550 - país: España
canonización: 
B: Urbano VIII 21 sep 1630 - C: Alejandro VIII 16 oct 1690
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: San Juan de Dios, religioso, nacido en Portugal, que, después de una vida llena de peligros en la milicia humana, prestó ayuda con constante caridad a los necesitados y enfermos en un hospital fundado por él, y se asoció a compañeros con los que constituyó después la Orden Hospitalaria San Juan de Dios. En este día, en la ciudad de Granada, en España, pasó al eterno descanso.
Patronazgos: patrono de Granada, de los hospitales, las enfermeras, fabricantes de papel, imprentas y libreros; protector de los enfermos, alcohólicos y desvalidos.
refieren a este santo: San Juan Grande

Oración: ¡Glorioso San Juan de Dios, caritativo protector de los enfermos y desvalidos! Mientras viviste en la tierra no hubo quien se apartase de ti desconsolado: el pobre halló amparo y refugio; los afligidos consuelo y alegría; confianza los desesperados y alivio en sus penas y dolores todos los enfermos. Si tan copiosos fueron los frutos de tu caridad estando aún en el mundo, ¿qué no podremos esperar de ti ahora que vives íntimamente unido a Dios en el cielo? Animado con este pensamiento, espero me alcances del Señor la gracia de ... si es para mayor gloria de Dios y bien de mi alma. Amén.

Señor, tú que infundiste en san Juan de Dios espíritu de misericordia, haz que nosotros, practicando las obras de caridad, merezcamos encontrarnos un día entre los elegidos de tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
San Juan nació en Portugal. Pasó su primera juventud en Castilla, al servicio de un alto empleado del conde de Oropesa. En 1522, formó parte del ejército del conde y luchó al lado de los españoles contra los franceses y después, en Hungría, contra los turcos. Su amistad con sus licenciosos compañeros del ejército le llevó, poco a poco, al abandono de la práctica de la religión y cayó en pecados muy graves. Cuando el ejército se desbandó, Juan fue a dar a Andalucía, donde entró a servir como pastor en la casa de una noble sevillana. Hacia los cuarenta años de edad, acosado por los remordimientos de su vida pasada, decidió cambiar y empezó a pensar cuál sería la mejor manera de consagrarse a Dios. Compadecido de los afligidos, decidió ir al África para socorrer a los esclavos cristianos, con la esperanza de alcanzar la corona del martirio. En Gibraltar conoció a un caballero portugués que había sido desterrado a Ceuta y se dirigía allá con su esposa y sus hijos. Juan se compadeció de ellos y entró gratuitamente a su servicio. El caballero enfermó en Ceuta, y Juan tuvo que trabajar como obrero para ganar algún dinero con qué ayudar a la familia. La apostasía de uno de sus compañeros de trabajo impresionó mucho a Juan. Por otra parte, su confesor le dio a entender que buscar el martirio era una ilusión del demonio. Esto movió al santo a volver a la península.
En Gibraltar se le ocurrió que, como vendedor ambulante de imágenes y libros piadosos, podría hacer el bien a sus clientes. El negocio prosperó y en 1538, a los cuarenta y tres años de edad, Juan pudo abrir una tienda en Granada. Ahora bien, el día de San Sebastián, que era una de las grandes fiestas de la ciudad, el famoso Juan de Ávilallegó a predicar y entre la multitud que acudió a escucharle se hallaba Juan. El sermón le llegó tanto al alma, que empezó a implorar en voz alta la misericordia divina, golpeándose el pecho; echó a correr por las calles como un loco, mesándose los cabellos; las gentes le apedrearon y se burlaron de él; Juan llegó a su casa en un estado lamentable. Tras de regalar toda su mercancía, empezó a errar por las calles, absorto en sus pensamientos, hasta que las gentes le condujeron a san Juan de Avila. El santo predicador conversó con él en privado, le dio algunos consejos y le prometió su ayuda. Esto pacificó durante algún tiempo a Juan; pero pronto empezó nuevamente a conducirse en forma extravagante y hubo que encerrarle en un manicomio. Como es bien sabido, en aquella época se empleaban los más brutales métodos para curar a los enfermos mentales. Cuando llegó a oídos de san Juan de Ávila la noticia de lo sucedido, fue a ver a su penitente y le dijo que ya había practicado suficientemente esa penitencia singular y que haría bien en ocuparse en algo que redundase en mayor provecho espiritual suyo y mayor bien de sus prójimos. La exhortación calmó instantáneamente a Juan, con gran sorpresa de sus guardianes; pero permaneció en el hospital hasta el día de Santa Úrsula de 1539, cuidando a los enfermos.
Al salir del hospital, estaba decidido a hacer algo por los pobres. Así pues, empezó a vender leña en el mercado para dar de comer a los hambrientos. Poco después, alquiló una casa para albergar a los enfermos pobres, a los que servía y alimentaba con tal celo, prudencia y economía, que era la admiración de toda la ciudad. Esos fueron los primeros pasos en la fundación de la Orden de los Hermanos de San Juan de Dios, que actualmente ejercen su ministerio en toda la cristiandad. Juan pasaba el día entero cuidando a los enfermos; por la noche salía a buscar nuevos pacientes. Como las gentes empezaran a llevarle espontáneamente cuanto le hacía falta para sostener su pequeño hospital, Juan no tuvo ya que salir a pedir limosna de puerta en puerta. El arzobispo de Granada, que veía con buenos ojos la obra, la favoreció con grandes sumas de dinero. Su ejemplo animó a otros, y la modestia y paciencia del santo, así como su extraordinaria habilidad, contribuyeron mucho a hacer popular el hospital. El obispo de Tuy invitó a comer a san Juan; las respuestas de éste a sus preguntas impresionaron favorablemente al prelado, por su sabiduría y sentido común. El obispo le dio el nombre de «Juan de Dios» y le impuso una especie de hábito, aunque el santo no había pensado hasta entonces en fundar una orden religiosa. Las reglas que llevan su nombre fueron redactadas seis años después de su muerte. Los votos religiosos no fueron introducidos sino hasta 1570, es decir, veinte años después de la desaparición del fundador.
Para probar el desinterés del santo, el marqués de Tarifa se disfrazó de mendigo y fue a pedirle limosna; San Juan le dio veintiún ducados, que era todo lo que poseía. El marqués no sólo le devolvió esa suma, sino que le regaló 150 coronas de oro y, durante su estancia en Granada, envió diariamente al hospital pan, corderos y pollos. San Juan era muy generoso, no sólo por lo que se refiere al dinero, sino de todas las maneras posibles. Durante un incendio del hospital, el santo sacó en brazos a los enfermos. Aunque tuvo que meterse muchas veces entre las llamas, salió completamente ileso. Su corazón no tenía preferencias, de suerte que su caridad no se limitaba a su hospital; por el contrario, el santo se sentía obligado a socorrer a todos los afligidos. Para ello, se informaba cuidadosamente sobre todos los necesitados de la provincia; a unos les asistía en su propia casa, a otros les conseguía trabajo. Así, con singular tacto y prudencia, pudo remediar las necesidades de innumerables miembros de Cristo. Se interesaba particularmente por las jóvenes abandonadas para protegerlas de las tentaciones a las que se veían forzosamente expuestas. Pero esto no era todo: con el crucifijo en la mano, san Juan iba en busca de los más endurecidos pecadores y los exhortaba con muchas lágrimas a arrepentirse. Esta vida de perpetua actividad iba acompañada de constante oración y penitencias corporales. Los éxtasis frecuentes y el espíritu de contemplación coronaban las virtudes del santo; pero la mayor de sus cualidades era indudablemente su extraordinaria humildad en la acción, que se manifestó sobre todo en medio de los honores que le prodigaba la corte de Valladolid, cuando los negocios obligaban al santo a ir allí.
Consumido por diez años de incansable trabajo, san Juan cayó enfermo. La causa inmediata de la enfermedad fue el esfuerzo sobrehumano que hizo el siervo de Dios para salvar los muebles y objetos domésticos de los pobres y rescatar a un hombre que se estaba ahogando, durante una inundación. El santo trató de ocultar los primeros síntomas de su mal para no verse obligado a interrumpir el trabajo. Al mismo tiempo, revisó cuidadosamente el inventario de los bienes y las cuentas del hospital, así como las reglas, los horarios y las prescripciones sobre los ejercicios de devoción. Por aquella época le mandó llamar el arzobispo, pues había recibido quejas de que el santo albergaba a los vagos y a las mujeres de mal vivir. Al oír estas acusaciones, san Juan cayó de rodillas a los pies del prelado, y le dijo: «El Hijo del hombre vino a salvar a los pecadores y nosotros estamos obligados a seguir su ejemplo. Yo no soy fiel a mi vocación, pues no sigo suficientemente su ejemplo; pero confieso a Vuestra Excelencia que en el hospital no hay nadie más malo que yo, que soy indigno de comer el pan de los pobres». El santo dijo esto con tal acento de sinceridad, que el arzobispo le despidió respetuosamente, dejando el asunto a su discreción.
Cuando los síntomas de la enfermedad se agravaron, el santo no pudo ya ocultarlos por más tiempo. La noticia se propagó rápidamente. Doña Ana Osorio fue en su carruaje a visitarle; le encontró acostado en su estrecha celda, revestido con su hábito; un viejo abrigo le servía de cobertor y, en la cabecera había una cesta. La buena dama, cuyo espíritu práctico igualaba a su bondad, despachó a un mensajero a ver al arzobispo, quien inmediatamente envió a san Juan la orden de obedecer a Doña Ana como a él mismo. Valiéndose de su autoridad, la dama consiguió que abandonase el hospital. El santo nombró superior a Antonio Martín y fue a hacer una visita al Santísimo Sacramento antes de salir; la visita se prolongó hasta que Doña Ana ordenó a sus criados que cargaran en brazos al santo hasta el coche y le condujesen a su casa. Allí se encargó ella de cuidarle con gran delicadeza. San Juan se quejaba de que el Salvador en la cruz sólo había bebido hiel, en tanto que un miserable pecador como él tenía todos los manjares deseables. Los magistrados le pidieron que bendijese a la ciudad. El santo se negaba a hacerlo, diciendo que sus pecados eran el escándalo de la ciudad, pero que pediría por sus hermanos los pobres y por todos los que le habían prestado algún servicio. Finalmente, a instancias del arzobispo, bendijo a la ciudad. San Juan de Dios murió arrodillado ante el altar, el 8 de marzo de 1550, cuando tenía exactamente cincuenta y cinco años de edad. El arzobispo presidió su entierro y todo el pueblo de Granada acudió en procesión.
La canonización tuvo lugar en 1690. En 1886, el Papa León XIII le declaró patrón de todos los hospitales y enfermos, junto con san Camilo de Lelis. En 1930, el Papa Pío XI nombró también patronos a otros santos enfermeros y enfermeras. Los libreros e impresores honran también especialmente a san Juan de Dios, por los años en que ejerció dicho oficio. Las imágenes representan generalmente al santo con un fruto y una pequeña cruz; el fruto es una granada y simboliza la ciudad del mismo nombre. Se trata de una alusión a la aparición en que el Niño Jesús dijo a San Juan: «En Granada encontrarás tu cruz».
Los hechos están tomados de la biografía escrita por Francisco de Castro, rector del hospital de San Juan, en Granada, unos veinte años después de la muerte del fundador. Dicha biografía, sustancialmente fidedigna, escrita originalmente en castellano, se halla en latín en Acta Sanctoram (marzo, vol. I). En la actualidad existen numerosas adaptaciones de esa vida. Las más conocidas son las de A. de Govea (1624) y L. del Pozo (1908), en español, y las de Sagnier (1877) y R. Meyer (1897), en francés.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_807

jueves, 8 de marzo de 2018

San Juan de Dios, religioso y fundador (8 de marzo)


San Juan de Dios, religioso y fundador

fecha: 8 de marzo
n.: 1495 - †: 1550 - país: España
canonización: 
B: Urbano VIII 21 sep 1630 - C: Alejandro VIII 16 oct 1690
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Elogio: San Juan de Dios, religioso, nacido en Portugal, que, después de una vida llena de peligros en la milicia humana, prestó ayuda con constante caridad a los necesitados y enfermos en un hospital fundado por él, y se asoció a compañeros con los que constituyó después la Orden Hospitalaria San Juan de Dios. En este día, en la ciudad de Granada, en España, pasó al eterno descanso.
Patronazgos: patrono de Granada, de los hospitales, las enfermeras, fabricantes de papel, imprentas y libreros; protector de los enfermos, alcohólicos y desvalidos.
refieren a este santo: San Juan Grande

Oración: ¡Glorioso San Juan de Dios, caritativo protector de los enfermos y desvalidos! Mientras viviste en la tierra no hubo quien se apartase de ti desconsolado: el pobre halló amparo y refugio; los afligidos consuelo y alegría; confianza los desesperados y alivio en sus penas y dolores todos los enfermos. Si tan copiosos fueron los frutos de tu caridad estando aún en el mundo, ¿qué no podremos esperar de ti ahora que vives íntimamente unido a Dios en el cielo? Animado con este pensamiento, espero me alcances del Señor la gracia de ... si es para mayor gloria de Dios y bien de mi alma. Amén.

Señor, tú que infundiste en san Juan de Dios espíritu de misericordia, haz que nosotros, practicando las obras de caridad, merezcamos encontrarnos un día entre los elegidos de tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
San Juan nació en Portugal. Pasó su primera juventud en Castilla, al servicio de un alto empleado del conde de Oropesa. En 1522, formó parte del ejército del conde y luchó al lado de los españoles contra los franceses y después, en Hungría, contra los turcos. Su amistad con sus licenciosos compañeros del ejército le llevó, poco a poco, al abandono de la práctica de la religión y cayó en pecados muy graves. Cuando el ejército se desbandó, Juan fue a dar a Andalucía, donde entró a servir como pastor en la casa de una noble sevillana. Hacia los cuarenta años de edad, acosado por los remordimientos de su vida pasada, decidió cambiar y empezó a pensar cuál sería la mejor manera de consagrarse a Dios. Compadecido de los afligidos, decidió ir al África para socorrer a los esclavos cristianos, con la esperanza de alcanzar la corona del martirio. En Gibraltar conoció a un caballero portugués que había sido desterrado a Ceuta y se dirigía allá con su esposa y sus hijos. Juan se compadeció de ellos y entró gratuitamente a su servicio. El caballero enfermó en Ceuta, y Juan tuvo que trabajar como obrero para ganar algún dinero con qué ayudar a la familia. La apostasía de uno de sus compañeros de trabajo impresionó mucho a Juan. Por otra parte, su confesor le dio a entender que buscar el martirio era una ilusión del demonio. Esto movió al santo a volver a la península.
En Gibraltar se le ocurrió que, como vendedor ambulante de imágenes y libros piadosos, podría hacer el bien a sus clientes. El negocio prosperó y en 1538, a los cuarenta y tres años de edad, Juan pudo abrir una tienda en Granada. Ahora bien, el día de San Sebastián, que era una de las grandes fiestas de la ciudad, el famoso Juan de Ávilallegó a predicar y entre la multitud que acudió a escucharle se hallaba Juan. El sermón le llegó tanto al alma, que empezó a implorar en voz alta la misericordia divina, golpeándose el pecho; echó a correr por las calles como un loco, mesándose los cabellos; las gentes le apedrearon y se burlaron de él; Juan llegó a su casa en un estado lamentable. Tras de regalar toda su mercancía, empezó a errar por las calles, absorto en sus pensamientos, hasta que las gentes le condujeron a san Juan de Avila. El santo predicador conversó con él en privado, le dio algunos consejos y le prometió su ayuda. Esto pacificó durante algún tiempo a Juan; pero pronto empezó nuevamente a conducirse en forma extravagante y hubo que encerrarle en un manicomio. Como es bien sabido, en aquella época se empleaban los más brutales métodos para curar a los enfermos mentales. Cuando llegó a oídos de san Juan de Ávila la noticia de lo sucedido, fue a ver a su penitente y le dijo que ya había practicado suficientemente esa penitencia singular y que haría bien en ocuparse en algo que redundase en mayor provecho espiritual suyo y mayor bien de sus prójimos. La exhortación calmó instantáneamente a Juan, con gran sorpresa de sus guardianes; pero permaneció en el hospital hasta el día de Santa Úrsula de 1539, cuidando a los enfermos.
Al salir del hospital, estaba decidido a hacer algo por los pobres. Así pues, empezó a vender leña en el mercado para dar de comer a los hambrientos. Poco después, alquiló una casa para albergar a los enfermos pobres, a los que servía y alimentaba con tal celo, prudencia y economía, que era la admiración de toda la ciudad. Esos fueron los primeros pasos en la fundación de la Orden de los Hermanos de San Juan de Dios, que actualmente ejercen su ministerio en toda la cristiandad. Juan pasaba el día entero cuidando a los enfermos; por la noche salía a buscar nuevos pacientes. Como las gentes empezaran a llevarle espontáneamente cuanto le hacía falta para sostener su pequeño hospital, Juan no tuvo ya que salir a pedir limosna de puerta en puerta. El arzobispo de Granada, que veía con buenos ojos la obra, la favoreció con grandes sumas de dinero. Su ejemplo animó a otros, y la modestia y paciencia del santo, así como su extraordinaria habilidad, contribuyeron mucho a hacer popular el hospital. El obispo de Tuy invitó a comer a san Juan; las respuestas de éste a sus preguntas impresionaron favorablemente al prelado, por su sabiduría y sentido común. El obispo le dio el nombre de «Juan de Dios» y le impuso una especie de hábito, aunque el santo no había pensado hasta entonces en fundar una orden religiosa. Las reglas que llevan su nombre fueron redactadas seis años después de su muerte. Los votos religiosos no fueron introducidos sino hasta 1570, es decir, veinte años después de la desaparición del fundador.
Para probar el desinterés del santo, el marqués de Tarifa se disfrazó de mendigo y fue a pedirle limosna; San Juan le dio veintiún ducados, que era todo lo que poseía. El marqués no sólo le devolvió esa suma, sino que le regaló 150 coronas de oro y, durante su estancia en Granada, envió diariamente al hospital pan, corderos y pollos. San Juan era muy generoso, no sólo por lo que se refiere al dinero, sino de todas las maneras posibles. Durante un incendio del hospital, el santo sacó en brazos a los enfermos. Aunque tuvo que meterse muchas veces entre las llamas, salió completamente ileso. Su corazón no tenía preferencias, de suerte que su caridad no se limitaba a su hospital; por el contrario, el santo se sentía obligado a socorrer a todos los afligidos. Para ello, se informaba cuidadosamente sobre todos los necesitados de la provincia; a unos les asistía en su propia casa, a otros les conseguía trabajo. Así, con singular tacto y prudencia, pudo remediar las necesidades de innumerables miembros de Cristo. Se interesaba particularmente por las jóvenes abandonadas para protegerlas de las tentaciones a las que se veían forzosamente expuestas. Pero esto no era todo: con el crucifijo en la mano, san Juan iba en busca de los más endurecidos pecadores y los exhortaba con muchas lágrimas a arrepentirse. Esta vida de perpetua actividad iba acompañada de constante oración y penitencias corporales. Los éxtasis frecuentes y el espíritu de contemplación coronaban las virtudes del santo; pero la mayor de sus cualidades era indudablemente su extraordinaria humildad en la acción, que se manifestó sobre todo en medio de los honores que le prodigaba la corte de Valladolid, cuando los negocios obligaban al santo a ir allí.
Consumido por diez años de incansable trabajo, san Juan cayó enfermo. La causa inmediata de la enfermedad fue el esfuerzo sobrehumano que hizo el siervo de Dios para salvar los muebles y objetos domésticos de los pobres y rescatar a un hombre que se estaba ahogando, durante una inundación. El santo trató de ocultar los primeros síntomas de su mal para no verse obligado a interrumpir el trabajo. Al mismo tiempo, revisó cuidadosamente el inventario de los bienes y las cuentas del hospital, así como las reglas, los horarios y las prescripciones sobre los ejercicios de devoción. Por aquella época le mandó llamar el arzobispo, pues había recibido quejas de que el santo albergaba a los vagos y a las mujeres de mal vivir. Al oír estas acusaciones, san Juan cayó de rodillas a los pies del prelado, y le dijo: «El Hijo del hombre vino a salvar a los pecadores y nosotros estamos obligados a seguir su ejemplo. Yo no soy fiel a mi vocación, pues no sigo suficientemente su ejemplo; pero confieso a Vuestra Excelencia que en el hospital no hay nadie más malo que yo, que soy indigno de comer el pan de los pobres». El santo dijo esto con tal acento de sinceridad, que el arzobispo le despidió respetuosamente, dejando el asunto a su discreción.
Cuando los síntomas de la enfermedad se agravaron, el santo no pudo ya ocultarlos por más tiempo. La noticia se propagó rápidamente. Doña Ana Osorio fue en su carruaje a visitarle; le encontró acostado en su estrecha celda, revestido con su hábito; un viejo abrigo le servía de cobertor y, en la cabecera había una cesta. La buena dama, cuyo espíritu práctico igualaba a su bondad, despachó a un mensajero a ver al arzobispo, quien inmediatamente envió a san Juan la orden de obedecer a Doña Ana como a él mismo. Valiéndose de su autoridad, la dama consiguió que abandonase el hospital. El santo nombró superior a Antonio Martín y fue a hacer una visita al Santísimo Sacramento antes de salir; la visita se prolongó hasta que Doña Ana ordenó a sus criados que cargaran en brazos al santo hasta el coche y le condujesen a su casa. Allí se encargó ella de cuidarle con gran delicadeza. San Juan se quejaba de que el Salvador en la cruz sólo había bebido hiel, en tanto que un miserable pecador como él tenía todos los manjares deseables. Los magistrados le pidieron que bendijese a la ciudad. El santo se negaba a hacerlo, diciendo que sus pecados eran el escándalo de la ciudad, pero que pediría por sus hermanos los pobres y por todos los que le habían prestado algún servicio. Finalmente, a instancias del arzobispo, bendijo a la ciudad. San Juan de Dios murió arrodillado ante el altar, el 8 de marzo de 1550, cuando tenía exactamente cincuenta y cinco años de edad. El arzobispo presidió su entierro y todo el pueblo de Granada acudió en procesión.
La canonización tuvo lugar en 1690. En 1886, el Papa León XIII le declaró patrón de todos los hospitales y enfermos, junto con san Camilo de Lelis. En 1930, el Papa Pío XI nombró también patronos a otros santos enfermeros y enfermeras. Los libreros e impresores honran también especialmente a san Juan de Dios, por los años en que ejerció dicho oficio. Las imágenes representan generalmente al santo con un fruto y una pequeña cruz; el fruto es una granada y simboliza la ciudad del mismo nombre. Se trata de una alusión a la aparición en que el Niño Jesús dijo a San Juan: «En Granada encontrarás tu cruz».
Los hechos están tomados de la biografía escrita por Francisco de Castro, rector del hospital de San Juan, en Granada, unos veinte años después de la muerte del fundador. Dicha biografía, sustancialmente fidedigna, escrita originalmente en castellano, se halla en latín en Acta Sanctoram (marzo, vol. I). En la actualidad existen numerosas adaptaciones de esa vida. Las más conocidas son las de A. de Govea (1624) y L. del Pozo (1908), en español, y las de Sagnier (1877) y R. Meyer (1897), en francés.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_807