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martes, 18 de septiembre de 2018

El psiquiatra Megglé tiene la fórmula de la felicidad: «Se resume en dos palabras: gracias y perdón» 18092018

«Lo que peor soporta el ser humano es la mala conciencia»

El psiquiatra Megglé tiene la fórmula de la felicidad: «Se resume en dos palabras: gracias y perdón»

Agradecer lo mucho que recibimos y liberarnos del resentimiento mediante el perdón: es la clave de la felicidad, según el doctor Dominique Megglé.
Agradecer lo mucho que recibimos y liberarnos del resentimiento mediante el perdón: es la clave de la felicidad, según el doctor Dominique Megglé.
El doctor Dominique Megglé es psiquiatra, especialista en hipnosis ericksoniana, y autor de numerosas obras de psicología, entre ella Les thérapies brèves (Le Germe, 2011). En una entrevista de Christophe Geffroy publicada en La Nef habla se extiende sobre el concepto de "terapeuta cristiano": dicho de otro modo, ¿hay un modo cristiano de ser terapeuta en psicología?
El doctor Dominique Megglé, de 64 años, es francés nacido en Casablanca (hoy Marruecos), está casado y tiene 7 hijos y 6 nietos. Su currículum incluye abundantes méritos profesionales y reconocimentos públicos, además de varios libros convertidos en bestseller.
-En el ámbito de la psicología, ¿tiene sentido la idea de "terapeuta cristiano"? O, dicho de otro modo, el hecho de ser cristiano ¿proporciona un punto de vista concreto a la práctica de la psicología o la psiquiatría?
-En griego, "terapia" es el cuidado, es decir, todas las técnicas que alivian y, si es posible, que curan. Eran los médicos quienes, al haber estudiado la naturaleza y guiados por el Juramento de Hipócrates, se ocupaban de curar. Los cristianos de los primeros siglos eran llamados "terapeutas" porque el mensaje de amor de Jesucristo que ellos transmitían aliviaba a las gentes de bien de sus miserias físicas y mentales. Al convertirlos, les proporcionaban felicidad. Aliviaban los corazones y los cuerpos. En este sentido, podemos hablar de "terapia cristiana" por medio de la conversión. La psicología moderna retoma el sentido primigenio de "terapia", el de los griegos. Se trata, por tanto, de técnicas que sanan la naturaleza humana. Pío XII describía al médico como "ministro de Dios sobre la naturaleza". No le pedía intervenir a nivel religioso, hacer de sacerdote. En este sentido, no puede haber ni terapia ni terapeuta cristiano.
»Sin embargo, cuando un médico cura el psiquismo, su concepción de la naturaleza humana tiene un papel fundamental en los cuidados que proporciona. Si cree que no hay naturaleza humana, que el hombre está totalmente condicionado por sus pulsiones, que no es inmortal y que su único objetivo razonable no puede ser otro más que gozar de los sucesivos placeres mientras viva, no llevará a cabo su terapia de la misma manera que el médico que cree que existe una ley natural, que el hombre es libre -aunque se trate de una libertad obstaculizada-, que puede dominar sus pulsiones y, por consiguiente, cambiar, que está en constante transformación y que está destinado a una felicidad eterna en Dios. El primero ve en el hombre a un mamífero superior; el segundo ve a una persona. El primero cree que la vida y el sufrimiento no tienen sentido; para el segundo, sí lo tienen. El resultado será que la visión pesimista del primero afectará a sus resultados terapéuticos en comparación con el segundo. ¿Cómo dar esperanza a un deprimido si pensamos que la vida es absurda?
»Por todas estas razones, las nociones de terapia cristiana y de terapeuta cristiano tienen un sentido. El hecho de ser cristiano aporta un enfoque muy eficaz a la práctica de la psicología y la psiquiatría. Un enfoque, es decir, una inspiración subyacente y una orientación estratégica. En cambio, el hecho de ser cristiano no aporta nada a la materialidad de las técnicas terapéuticas utilizadas: estas son únicamente competencia de la ciencia. En resumen: no nos presentamos como "terapeutas cristianos". Si uno es malo a nivel técnico, ¡seguirá siendo malo aunque sea cristiano! Es mejor que el cristiano que desee iniciar una terapia se dirija a un buen terapeuta no creyente, que a uno malo que se presenta como cristiano. He conocido a algunos maravillosos, llenos de humanidad y dedicación, hombres de buena voluntad.
-¿Qué actitud le parece que es indispensable en un terapeuta en el ejercicio de su profesión?
-La amabilidad. Los estudios científicos han demostrado que sólo el 15% de la eficacia de las terapias descansa en las técnicas específicas; el 85% descansa en factores llamados no específicos: bondad y honestidad del terapeuta, motivación del paciente.
»La amabilidad es considerar a la persona que pide la consulta como única, tan única como sus huellas digitales; es decirnos a nosotros mismos que, por muy extraño que nos parezca su comportamiento, seguramente tiene buenos motivos para actuar así; asegurarnos que tiene, en su interior, los recursos para avanzar y que, dado que los ignora, es nuestro trabajo ayudarla a descubrirlos; y, con este fin, debemos unirnos a esta persona en su sufrimiento para que se sienta comprendida de verdad. Así, cuando esta persona se diga a sí misma: "Este tipo me ha comprendido", de golpe, no se sentirá sola, su sufrimiento empezará a aliviarse y estará dispuesta a colaborar.
-Actualmente, debido a la disminución en la práctica, las personas ya no confían en los sacerdotes, sino en su psicólogo o psiquiatra: los segundos han reemplazado a los primeros. ¿Ejercen la misma función con las personas?
-Es innegable que hemos reemplazado a los sacerdotes. Ciertamente, a menudo, los sacerdotes no están preparados, o lo están poco, ante los problemas psicológicos; pero, sobre todo, no es su vocación y nuestra función no es la misma. Conmigo, el paciente no viene a encontrarse con el hombre de Dios, sino con el técnico del psiquismo, con la persona que volverá a enderezar su cerebro. Conmigo nunca acabará de rodillas con un Ego te absolvo.
-Como psiquiatra, ¿cómo establece usted la distinción entre problemas espirituales y psicológicos? ¿Hay sacerdotes que le han enviado pacientes? Y, a la inversa, ¿ha enviado usted a pacientes a ver a un sacerdote?
-A menudo, hay sacerdotes que me envían pacientes, laicos, seminaristas u otros sacerdotes. A veces son los propios sacerdotes los que vienen a mi consulta. La patología psiquiátrica más común entre los sacerdotes es el burn out [agotamiento], como sucede en Orange o en otras grandes empresas, y como sucede actualmente en todas partes cuando tenemos la suerte de trabajar. La gente está estresada, agotada. Sería necesario que estos sacerdotes rezaran más, acogieran más a menudo a su grey y tuvieran menos reuniones, concelebraran menos y, sobre todo, que se sintieran más rodeados de afecto. Volverían a recuperar su vocación. ¡Qué vuelvan a leer a Dom Chautard
Jean-Baptiste Chautard (1858-1935) fue un monje trapense autor de un libro de espiritualidad ya clasico, El alma de todo apostolado, un libro de 1907 en torno a la idea de que el apostolado es imposible sin la oración y la vida interior.
»Los rectores de seminarios y los maestros de novicios a menudo se desesperan con sus jóvenes, producto de una sociedad desorientada y a quienes faltan puntos de referencia. Como en el siglo V, cuando San Benito escribió su Regla en un mundo romano en decadencia: en el capítulo IV pide a sus monjes "no matar". A monjes, que deberían estar en el camino de la santificación, ¡les pide que no maten! Aún no estamos a este nivel con nuestros jóvenes.
»¿Si envío a pacientes para que hablen con un sacerdote? Claro. El duelo, los conflictos de conciencia morales y religiosos… Sí, envío a personas que creo que necesiten una ayuda más elevada que mi pequeña psicología y que pueda sanar la suya.
»Termino con la primera parte de su pregunta. Como psiquiatra, no tengo los elementos para distinguir entre problemas psicológicos y espirituales. No existen criterios. Admito que se habla de "problemas psicológicos". Cuando usted tiene un problema, tiene que resolverlo. Es lo que nosotros intentamos hacer. Pero un problema es algo que concierne a la matemática, la física, la ciencia o la técnica, lo que usted quiera. Tiene que encontrar una explicación lógica rigurosa que lo explique y lo resuelva.
»Pero, ¿cómo hablar de un "problema espiritual"? ¿Cómo hablar de "problema" cuando se trata del Mal? ¿Acaso es un "problema" que ese joven de veinte años haya muerto fulminado por un infarto en un partido de tenis, o que esa mujer de cincuenta años haya muerto de un cáncer de pulmón dejando a cinco hijos, o que ese anciano muera de Alzheimer sin reconocer a sus hijos? ¿Puede usted resolver esto? ¿Tiene usted una explicación? No. Estos no son "problemas", sino un misterio, el del Mal. Debemos inclinar la cabeza, aceptar y entrar en el misterio. Es a lo que nos invita Nuestro Señor, en la Cruz, como única actitud inteligente y fructífera.
»Los planos espiritual y psicológico no están al mismo nivel. Cuando tenemos un problema psíquico o físico, por un lado tenemos que intentar resolverlo con un técnico, un terapeuta y, por el otro, por medio de la oración, tenemos que intentar aceptarlo y discernir qué quiere Dios para nosotros y ofrecérselo. Cuando veo a un paciente le ayudo a solucionar su problema, pero veo también a un hombre por el que Jesús derramó Su Sangre, y a Jesús sufriendo en este hombre. Este es el motivo por el que rezo por mis pacientes.
-¿Dónde se sitúa el problema de la posesión diabólica y la distinción entre el papel del exorcista y el del psicólogo?
-No le corresponde al psiquiatra plantearse la cuestión de una probable posesión diabólica. Dicho esto, si es cristiano, sabe que la posesión siempre es posible sobre todo porque el demonio, ejercitando la imaginación, puede fingir todos los escenarios de la patología mental; sin embargo, la mayoría de ellos tienen una causa natural. No obstante, sucede que con ciertos pacientes tengo la firme suposición de que el diablo está presente. Creo que esta percepción ocasional viene de mi confirmación. En estos casos aconsejo consultar al exorcista diocesano para saber qué piensa. Pero, ¡nunca le digo a la persona que está poseída o infestada! No soy competente en materia.
-Nuestras sociedades modernas deconstruyen sistemáticamente toda la antropología tradicional de nuestra civilización, hasta el punto de que incluso los conceptos de hombre y mujer ya no están claros (ideología de género). ¿Qué impacto tiene todo esto en términos psicológicos sobre la población?
-Actualmente, ya nadie sabe lo qué es ser hombre o ser mujer. Hay una des-diferenciación de los roles correspondientes. Las mujeres, "liberadas" por la anticoncepción, ya no tienen ningún límite. Algunas son presa de una ambición profesional desenfrenada, la misma que antes reprochaban a los hombres. Antes de los 60 años, la aplastante mayoría de los divorcios los solicitan las mujeres. Esta des-diferenciación e inestabilidad de los hogaresson causa de un enorme sufrimiento psíquico, tanto para los adultos como para los niños (depresión, problemas de ansiedad). Los hombres tienen miedo de las mujeres de un modo nuevo. Lo vemos en especial en la evolución de la histeria, que es una patología del deseo. La histeria se ha agravado y los hombres adoptan, hoy en día, los comportamientos histéricos que tenían las mujeres hace un siglo, cuando eran el sexo oprimido. Los profesionales están perplejos.
James Dean, borracho, monta un número en comisaría en Rebelde sin causa (1955), de Nicholas Ray.
-Nuestra sociedad incita enormemente a considerar el propio interés más que el interés del otro, y la literatura psicológica muestra que cada vez más tenemos que afrontar fenómenos de perversión, hasta llegar a los "perversos narcisistas". En su opinión, ¿a qué se debe esta evolución y que se puede hacer para frenarla?
-Esta sociedad individualista y con deseos sin límite favorece la aparición y la multiplicación de perversos. Se utiliza al otro para el propio gozo narcisista y cuando ya lo hemos estrujado del todo, lo hemos consumido y agotado, lo tiramos. Al otro sólo le quedan los ojos para llorar. Lo vemos en las empresas y en las relaciones hombre-mujer. Es el resultado del mayo del 68. Al término psicologizante y tan vulgarizado de "perversos narcisistas", prefiero el término antiguo, más simple, de "persona cruel". Queda todo más claro. Un perverso narcisista no es más que una persona cruel. Entonces, en definitiva, lo que usted me pregunta es cómo frenar la maldad en el mundo… Pregúntele a Jesús. Hay un sólo camino: hacer avanzar el amor. Es el Evangelio.
-¿Hay un vínculo entre problemas como la depresión o la ansiedad y el mal uso de la libertad? La libertad, ¿puede ser un peligro?
-Todo lo que acabamos de decir lo demuestra. Es debido a un mal uso de nuestra libertad por lo que esta sociedad ha pasado a ser una sociedad individualista, desenfrenada, productora de personas crueles a diestro y siniestro, una sociedad que destroza cada vez más hogares, que acosa a las personas en los lugares de trabajo. Todo esto es el resultado de múltiples actos personales, libres, inmorales. Pero esto va más allá.
»Como usted bien sabe, existe una psiquiatría veterinaria. Los caballos y los perros pueden tener depresiones. Tienen un psiquismo (memoria, imaginación, inteligencia estimativa), que puede sufrir antes ciertas experiencias dolorosas, de su educación o de su biología. Los humanos tienen este mismo tipo de sufrimiento, pero tienen, además, otra forma de sufrimiento psíquico que los animales no tienen. Son todos los desórdenes provocados en ellos por las perturbaciones de la conciencia moral. Nunca hemos visto a un perro teniendo que responder de sus actos de justicia, como los nazis en Nuremberg. Recuerdo un hombre que tuvo una severa depresión tras haber sido condenado injustamente a prisión, pero con libertad condicional: había sido acusado falsamente por su ex mujer de haber abusado de su hija y el tribunal había dado la razón a la mentirosa.
»Lo que peor soporta el ser humano es la mala conciencia. Un solo ejemplo. Una mujer de 40 años vino a mi consulta porque sufría de depresión. Su vida era un fracaso. Desde hacía quince años tenía relaciones sentimentales que no llevaban a ninguna parte, empezaba cursos de formación profesional que nunca acababa. Me pregunté si no tendría un problema de conciencia y le planteé la pregunta: "¿No será que en su vida usted hizo en una ocasión algo malo, verdaderamente malo?". Tras negarlo inicialmente, se echó las manos a la cabeza y empezó a llorar. Cuando tenía 25 años, había sido estudiante de enfermería (su primera formación). El día de su evaluación tenía que pinchar a un enfermo. Entre la sala de curas y la habitación del paciente se dio cuenta de que se había equivocado de medicación inyectable. A pesar de todo pinchó al paciente para no tener una mala nota en su evaluación. Y, de nuevo, quince días después, volvió a hacerlo y pinchó deliberadamente a un enfermo con la medicación equivocada. Su conciencia la había juzgado: era una mujer mala, ya no era fiable ante sus propios ojos. Abandonó sus estudios de enfermería y, a partir de entonces, su conciencia la perseguía.
»Entonces, sí, claro que sí, la libertad puede ser peligrosa para nuestra salud psíquica cuando la utilizamos para el mal; y, evidentemente, es beneficiosa cuando la utilizamos para el bien. ¿Sabe una cosa? Tengo la fórmula de la felicidad.
-¿Cómo que tiene usted la fórmula de la felicidad?
-Sí, se resume en dos palabras: gracias y perdón. Una persona capaz de gratitud, que se da cuenta de todo lo que ha recibido desde su nacimiento, y de lo que recibe diariamente de Dios y de los otros, y que lo expresa con frecuencia, tendrá el corazón lleno de alegría. Estará bien.
»En lo que respecta al perdón, no es una pizarra mágica gracias a la cual borramos el mal que nos han hecho y que, así, ya no existiría. No, es condonar las ofensas. Cuando alguien nos hace daño, nos coge algo que nos pertenece (dinero, reputación, etc.), se convierte en nuestro deudor y nosotros en su acreedor, hasta que él nos devuelva lo que nos ha quitado: es la justicia. Pero nosotros podemos decidir condonarle la deuda, la ofensa: es el perdón. ¿Por qué perdonar? Porque la mayor parte de nuestros deudores no nos devolverán jamás lo que nos han cogido. Entonces, es inútil torturarnos persiguiendo una justicia ilusoria. Mientras nosotros no perdonemos le daremos vueltas y vueltas a nuestro crédito, seremos presa de un resentimiento que puede hacernos enfermar. Resentidos, nuestra mente no podrá dejar de pensar en la persona que nos ha ofendido, en el deudor, seremos sus esclavos y los papeles se habrán invertido injustamente. Al perdonarle, rompemos la cadena que nos mantiene esclavizados, somos liberados y nos sentimos aliviados. Claro está, humanamente hablando no todo se puede perdonar. A los cristianos que sufren porque no creen que puedan perdonar el mal que les han causado, les aconsejo que lo depositen en el Corazón abierto de Jesús en la Cruz, y de no ocuparse más de ese mal. Aunque su psiquismo mantenga la impresión de no haber perdonado, en realidad, con la fe, han perdonado porque Jesús ha cogido en brazos su horror y ha perdonado en su nombre. De esta manera empieza, para ellos, el camino de un apaciguamiento cada vez mayor.
»Muchas gracias, querido amigo, por haber dejado que me expresara para sus lectores y pido perdón por haberme extendido tanto.
Traducción de Elena Faccia Serrano.

lunes, 6 de febrero de 2017

JORDI DOMINGO. PSIQUIATRA. UN HOMBRE BUENO

JORDI DOMINGO. PSIQUIATRA. UN HOMBRE BUENO

Escrito por  

Creó el servicio de psiquiatría del hospital General de Catalunya y el del Centro Médico Delfos. Es psiquiatra del Cottolengo y especialista en acompañamiento a la muerte. En la Fundación Nepp (fundacionepp.org), que él preside y abierta a quien quiera colaborar, ayudan a integrar el trastorno mental en España con diferentes programas. Han trabajado y trabajan (creando hospitales, orfanatos, dando apoyo farmacológico, formación médica...) en Haití, Guinea Ecuatorial, Turquía, Mozambique... Ahora se embarcan en la organización de una marcha integrada por niños a los campos de refugiados saharauis para recaudar fondos y reconstruir un hospital pediátrico en la zona liberada, porque “ningún niño debería morir”.
Soy un psiquiatra biologista conductual clásico.
Lo sé. Y puedo asegurar que curo más con el amor que con los fármacos, así que combino ambas cosas.
Sufrimos una epidemia de ansiedad.
Sí, de ansiedad y de depresión. Mi teoría es que se debe a la falta de valores. La clave está en potenciar tu alma, la capacidad de amar y de dar.
La clase media venida a menos sobrevivimos entre interminables obligaciones.
Ese exceso de obligaciones y trabajo nos impide crecer espiritualmente.
No cabe en la agenda.
Por eso olvidamos que nacemos con la felicidad dentro. Crecemos y la buscamos fuera, y así apagamos el entusiasmo y la satisfacción de dar lo que tenemos. Desesperados, hacemos meditación para reducir nuestra ansiedad, pero en general no para crecer. Estamos en mínimos.
Necesitamos a los otros para crecer.
Sí, necesitamos ser amables con los demás, poner en práctica nuestra generosidad, paciencia y capacidad de comprensión para desarrollarlas; esto es crecimiento interior.
Amar es un verbo que se debe conjugar.
Los estudios demuestran que los niños que crecen con sus abuelos en casa son más felices y equilibrados. Pero hoy, como molestan y no producen, los dejamos en residencias.
Hábleme como psiquiatra.
Le estoy hablando como psiquiatra. Le aseguro que la mejor medicina para acabar con la propia ansiedad o depresión es dar amor, a tus plantas, a tu perro, a tu gente..., y si puedes, a todo aquel con quien te cruzas. Pero dar amor para recibir amor..., eso es un contrato.
Perdone, pero si das y no recibes nada, eso es el desierto.
El otro será el desierto, no tú. Le aseguro que ayudar a morir a una persona te llena de vida. Nosotros lo hacemos y no cobramos por ello, lo que nos causa problemas en el hospital, que es privado. El concepto de amor está muy equivocado en nuestra sociedad. Amor es dar.
Creía que los psiquiatras no deben involucrarse emocionalmente con sus pacientes.
Yo quiero a mis enfermos, tengo 55.000 historias abiertas, e intento curarlos con pastillas, con psicología y con amor. “Doctor –me dicen–, que usted quiera que yo esté bien me da fuerza para estar bien”.
Es usted un extraño psiquiatra.
He pasado muchos años y muchas horas en manicomios con enfermos muy graves y medicados, pero a los que el amor también les llega.
Ahora viven en hospitales psiquiátricos.
Sí, han perdido los jardines. Son enfermos que viven encerrados en sí mismos, esquizofrénicos graves, pero responden al amor. Yo he tenido la suerte de buscar siempre la bondad.
¿Por qué?
Mi madre me regaló una gran lección. Tuvimos una cocinera durante 40 años en casa; cuando se hizo viejecita se quedó inválida y mi madre nos dijo: “María se queda en casa”. Hasta que murió, siete años después, mi madre le limpió el culo. Teníamos servicio, así que le pregunté: “Mamá, ¿por qué no lo hace la asistenta?”.
¿Y qué le contestó?
“Porque no es su trabajo. El trabajo de cuidar a María es mío”. Fue una lección absoluta de valores humanos que me ayudó a crecer.
¿Un científico creyente?
Yo no creo en Dios, ojalá, pero sí en la bondad, y en su carencia, que se parece mucho al mal. A los 18 años trabajé en un orfanato en Barcelona; los niños me contaron que sufrían abusos sexuales; cuando dije a la dirección que lo iba a denunciar me amenazaron, me asusté y lo dejé.
Una carga.
Empecé a ir a África como psiquiatra voluntario. En Guinea Ecuatorial trabajé en la leprosería de Micomeseng. Me acercaba a ellos, les acariciaba y se les iluminaba la cara, había leprosos a los que hacía cuarenta años que nadie tocaba.
Con el tiempo creó la Fundación Nepp y levantó un orfanato en Mozambique.
Sí, en una zona asolada por el sida donde había miles de niños huérfanos. Hicimos pozos de agua, una casa de salud... Luego el pueblo saharaui me pidió que tratara a sus enfermos, y me ocupé de montarles un hospital psiquiátrico, enviar medicinas y formar personal.
Los campos de refugiados saharauis están llenos de niños...
Hay 50.000 en muy malas condiciones. En el último viaje vi como les arrancaban los dientes sin anestesia. Les compré un buen equipo y les envié anestesia, y pude ver como le sacaban un diente a una niñita sin que le doliera..., me emocioné, podría ser mi nieta.
Entiendo.
Estamos organizando una marcha multitudinaria para octubre a través del muro minado que divide el desierto del Sáhara, una fortificación de más de 2.800 kilómetros rodeada por más de siete millones de minas que matan a diario, sobre todo a niños, para dar a conocer al mundo los tan olvidados valores humanos.
¿Cuál es el objetivo?
Construir un hospital pediátrico en la zona liberada. Necesitamos un euro por mina para evitar el sufrimiento infantil. Haremos la marcha con niños de distintos países, para que niños ayuden a niños. Ellos no están en guerra. Son el futuro. Hay que darles valores, la posibilidad de que construyan un mundo más justo en el que vivir, que conozcan la sensación de dar.

Ima Sanchís
La Vanguardia

viernes, 30 de diciembre de 2016

«Por qué dejamos de hacer operaciones de cambio de sexo»: ciencia real contra ideología de género

Paul R. McHugh fue director de psiquiatría del John Hopkins

«Por qué dejamos de hacer operaciones de cambio de sexo»: ciencia real contra ideología de género

«Por qué dejamos de hacer operaciones de cambio de sexo»:  ciencia real contra ideología de género
Siendo director de psiquiatría del John Hopkins Hospital, el doctor Paul McHugh hizo investigar la ciencia real tras los cambios de sexo

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6 junio 2015
Paul R. McHugh es Catedrático de Servicios Distinguidos en Psiquiatría en la Universidad Johns Hopkins. Escribe sobre el cambio de sexo en FirstThings.com .
Cuando la práctica de cambio de sexo mediante cirugía surgió por primera vez, a principios de los años 70, solía recordarles a menudo a los psiquiatras que defendían este tipo de operación que con otros pacientes, especialmente con los alcohólicos, ellos solían citar la Oración por la Serenidad: "Dios, concédeme la serenidad de aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquellas que puedo y sabiduría para reconocer la diferencia".

¿De dónde sacaron la idea de que nuestra identidad sexual ("género" es el término que ellos prefieren) como hombres o mujeres estaba en la categoría de cosas que se pueden cambiar?

Su respuesta habitual era mostrarme a sus pacientes. Los hombres (y hasta poco antes eran todos hombres) con los que hablaba antes de ser operados me decían que sus cuerpos e identidad sexual estaban en desacuerdo; con los que hablaba después de la operación me decían que la cirugía y los tratamientos de hormonas que les habían convertidos en "mujeres" les habían proporcionado felicidad y satisfacción.

Sin embargo, ninguno de estos encuentros era convincente.

Los sujetos post-quirúrgicos me parecían caricaturas de mujeres. Llevaban zapatos de tacón alto, mucho maquillaje y vestidos llamativos; me explicaban cómo se sentían al poder dar rienda suelta a sus inclinaciones naturales por la paz, la domesticidad y la dulzura.

Pero sus grandes manos, sus prominentes nueces de Adán y sus evidentes rasgos faciales eran incongruentes y lo serían cada vez más a medida que envejecieran.

Las psiquiatras a las que los enviaba para que hablaran con ellos conseguían ver intuitivamente a través del disfraz y la exageración en los gestos. "Las chicas conocen a las chicas", me dijo una de ellas, "y eso es un chico".

Tres rasgos de estas "nuevas mujeres"
Los sujetos antes de la cirugía me llamaban la atención aún más cuando veía que intentaban convencer a cualquiera que quisiera influirles sobre su operación.

Primero, dedicaban una increíble cantidad de tiempo a pensar y hablar sobre sexo y sus experiencias sexuales; su hambre sexual y sus aventuras parecían preocuparles.

Segundo, hablar de bebés y niños no les interesaba demasiado; incluso parecían indiferentes a los niños.

Y tercero y más importante, muchos de estos hombres-que-declaraban-ser-mujeres decían que encontraban a las mujeres sexualmente atractivas y que se veían como "lesbianas".

Cuando les decía a sus defensores que sus inclinaciones psicológicas se parecían más a las de los hombres que a las de las mujeres, recibía varias respuestas, pero la mayoría me decía que haciendo esta clase de juicios estaba recurriendo a estereotipos sexuales.



Hasta 1975, cuando me convertí en jefe de psiquiatría del John Hopkins Hospital, no solía compartir mis sugerencias sobre estas cuestiones. Pero cuando se me dio autoridad sobre todos los casos en el Departamento de Psiquiatría me di cuenta de que si era pasivo estaría eligiendo tácitamente impulsar la cirugía de cambio de sexo en el departamento que la había propuesto en origen, y que seguía defendiéndola.

Decidí desafiar lo que yo consideraba ser una mala dirección de la psiquiatría y exigir más información, tanto antes como después de las operaciones.

Dos "dogmas de género" a estudio
Dos cuestiones se presentaron como objetivo de estudio. Primero, quería examinar la declaración según la cual los hombres que habían sido operados de cambio de sexo habían encontrado la solución a sus muchos problemas psicológicos.

Segundo (y esto era más ambicioso), quería ver si los niños con genitales ambiguos que eran transformados quirúrgicamente en niñas y educados como tales, como afirmaba la teoría (del Hopkins), se normalizaban con facilidad en la identidad sexual que se había elegido para ellos.

Estas afirmaciones habían generado la opinión en círculos psiquiátricos de que el "sexo" y el "género" de una persona eran cosas distintas: el sexo estaba determinado genética y hormonalmente desde la concepción, mientras que el género estaba modelado por la cultura mediante la acción de la familia y otros durante la infancia.

La primera cuestión era más fácil y sólo requería que yo impulsara la investigación continua en comportamiento sexual humano de un miembro de la facultad que fuera un estudiante con capacidad.

El psiquiatra y psicoanalista Jon Meyer ya estaba desarrollando un método para hacer el seguimiento de adultos que habían sido operados de cambio de sexo en el Hopkins para ver en qué medida la cirugía les había ayudado.

Encontró que la mayoría de los pacientes que había localizado años después de la cirugía estaban satisfechos con lo que habían hecho; sólo unos cuantos se arrepentían. Pero en el resto de los aspectos habían cambiado poco en lo que se refiere a sus condiciones psicológicas. Seguían teniendo los mismos problemas que antes con las relaciones, el trabajo y las emociones. La esperanza que tenían de superar sus dificultades emocionales para mejorar psicológicamente no se había cumplido.

Arreglar sus mentes, no sus genitales
Leímos los resultados como demostración de que del mismo modo que estos hombres disfrutaban del travestismo antes de la operación, después de ella les gustaba vivir en el sexo opuesto, pero no se sentían mejor en su integración psicológica ni la vivían mejor.

Con estos hechos en la mano llegué a la conclusión de que el Hopkins estaba fundamentalmente colaborando con una enfermedad mental.

Pensé que nosotros, los psiquiatras, teníamos que concentrarnos en intentar arreglar sus mentes y no sus genitales.

¿Qué lleva a pedir el cambio de sexo quirúrgico?
Gracias a su investigación, el Dr. Meyer pudo dar algo de sentido a los trastornos mentales que estaban llevando a solicitar este tratamiento inusual y radical. La mayoría de los casos cayeron dentro de uno de estos dos grupos que menciono a continuación, bastante diferentes entre ellos.

Un grupo consistía en hombres homosexuales conflictivos y guiados por un sentido de culpa que veían en el cambio de sexo un modo de resolver sus conflictos sobre la homosexualidad, pues les permitiría comportarse sexualmente como mujeres con hombres.

El otro grupo -la mayoría, hombres más mayores- estaba formado por varones heterosexuales (y algunos bisexuales) que sentían gran excitación sexual al travestirse de mujeres. A medida que envejecían, estaban cada vez más deseosos de añadir verosimilitud a sus disfraces y buscaban o se les sugería una transformación quirúrgica que incluía implantes mamarios, amputación del pene y reconstrucción pélvica para parecerse a una mujer.

Posteriores estudios sobre sujetos similares en los servicios de psiquiatría del Clark Institute de Toronto identificaron a estos hombres por la auto-excitación que sentían al imitar a mujeres seductoras sexualmente.

Muchos de ellos imaginaban que sus demostraciones podían ser excitantes también para los espectadores, sobre todo las mujeres.

Esta idea, una forma de "sexo en la cabeza" (D. H. Lawrence), era lo que provocaba su primera aventura al disfrazarse con ropa interior femenina, llevándolos después a considerar la opción quirúrgica.

La mayoría de ellos veían en las mujeres el objeto de su interés, por lo que al hablar con los psiquiatras se identificaban a sí mismos como lesbianas.

El término que con el tiempo acuñaron en Toronto para describir esta forma de mala dirección sexual fue "autoginefilia".



Autoginefilia: hombres que se excitan vistiéndose como mujeres... y buscando gustar a mujeres; después de usar ropa de mujer, buscan un cuerpo de mujer

De nuevo concluí que alterar quirúrgicamente el cuerpo de estas personas desgraciadas era colaborar con un trastorno mental en lugar de tratarlo.

Esta información y una mejor comprensión de lo que habíamos estado haciendo nos hizo tomar la decisión de dejar de prescribir las operaciones de cambio de sexo para adultos en el Hopkins —para gran alivio, tengo que decirlo, de varios de nuestros cirujanos plásticos que habían recibido orden previamente de llevar adelante este tipo de intervención.

El caso de los bebés con genitales deformes
Y con esta solución en lo que respecta a la primera cuestión, puedo ahora hablar sobre la segunda, a saber: la práctica de asignar un sexo femenino a recién nacidos varones que al nacer tenían genitales malformados y ambiguos sexualmente, como también defectos severos en el pene.

Esta práctica, que pertenece más al campo de la pediatria que al mío propio, era sin embargo motivo de preocupación para los psiquiatras porque las opiniones que se habían generado alrededor de estos casos contribuían a formar la opinión de que la identidad sexual era una cuestión de condicionamiento cultural más que algo esencial en la constitución humana.

Varias enfermedades, afortunadamente raras, pueden llevar a defectos en la formación del tracto genitourinario durante la vida embrionaria. Cuando esto ocurre en un varón, la forma más simple de cirugía plástica -con la idea de corregir la anormalidad y ganar una apariencia estética satisfactoria- es quitar todas las partes masculinas, incluyendo los testículos, y construir una vagina y unos labios con los tejidos disponibles.

Esto proporciona a estos bebés malformados una anatomia genital de apariencia femenina sin importar su sexo genético. Dada la afirmación de que la identidad sexual de un niño seguirá fácilmente a su apariencia genital si está apoyado por la familia y el entorno cultural, los cirujanos pediátricos se aficionaron a construir genitales de apariencia femenina tanto a niñas con una constitución cromosómica XX como a niños con una XY, para que así todos tuvieran aspecto de niñas pequeñas, a la vez que eran educadas como tales por sus progenitores.

Los psicólogos persuadían a los padres
Todo esto se hacía, desde luego, con el consentimiento de los padres que, afligidos por las graves malformaciones de sus bebés, eran persuadidos por los endocrinólogos pediátricos y los psicólogos que los asesoraban a aceptar la cirugía de transformación de sus hijos.

Se les decía que la identidad sexual de sus hijos (de nuevo, su “género”) simplemente se amoldaría al condicionamiento ambiental.

Si los padres sistemáticamente respondían al niño como si fuera una niña ahora que su estructura genital parecía la de una niña, él aceptaría este rol sin mucho esfuerzo.

Esta propuesta les planteaba a los padres una decisión crítica. Los médicos aumentaban la presión después de hacer la propuesta diciendo a los padres que la decisión había que tomarla pronto porque la identidad sexual de un niño se establece a los dos o tres años de vida.

El proceso de inducir al niño en un rol femenino debía empezar rápidamente con el nombre, el certificado de nacimiento, la parafernalia para el bebé, etc.

Con los cirujanos preparados para la operación y los médicos seguros, a los padres se les ofrecía algo que era difícil de rechazar (a pesar de que, y esto es interesante, unos cuantos padres, pocos, rechazaron este consejo y decidieron que la naturaleza hiciera su curso).

Pienso que estas opiniones profesionales y la elección con la que se presionaba a los padres estaban basadas en pruebas anecdóticas difíciles de verificar y más difíciles aún de reproducir. A pesar de la seguridad que demostraban sus defensores, les faltaba un apoyo empírico sustancial.

Animé a unos de nuestros psiquiatras residentes, William G. Reiner (que estaba ya interesado en el tema porque antes de su formación psiquiátrica había sido urólogo infantil y había sido testigo del problema desde el otro lado) a empezar un seguimiento sistemático de estos niños, en particular de los niños transformados en niñas durante su infancia, para así determinar hasta qué punto llegaban a estar integrados sexualmente como adultos.

Un caso a estudio: la extrofia vesical
Los resultados fueron aún más sorprendentes que en el trabajo de Meyer. Reiner escogió estudiar intensamente la extrofia vesical porque pondría mejor a prueba la idea de que la influencia cultural tiene el papel principal en la identidad sexual.

La extrofia vesical es una deformación embrionaria que produce una gruesa anormalidad de la anatomia pélvica, por lo que la vejiga y los genitales están terriblemente deformados en el momento del nacimiento. El pene masculino no se ha formado del todo y la vejiga y el tracto urinario no están claramente separados del tracto gastrointestinal. Fue crucial para el estudio de Reiner el hecho de que el desarrollo embrionario de estos desafortunados varones no es hormonalmente distinto al de los varones normales. Ellos se desarrollan dentro de un ambiente hormonal prenatal típicamente masculino proporcionado por su cromosoma Y y su función testicular normal.

Esto expone a estos embriones/fetos en desarrollo a la hormona masculina de la testosterona, como les sucede a todos los otros varones en los vientres de sus madres.

A pesar de que la investigación sobre animales ha demostrado hace tiempo que el comportamiento sexual masculino deriva directamente de su exposición a la testosterona durante su vida embrionaria, este hecho no impidió la práctica pediátrica de tratar quirúrgicamente a estos bebés varones que tienen esta severa anomalía mediante castración (amputando sus testículos y cualquier otro vestigio de estructuras genitales masculinas) y la reconstrucción de una vagina, para que así pudieran crecer como niñas. A mediados de los años 70 esta práctica se había convertido prácticamente en universal.

Estos casos ofrecieron a Reiner la mejor prueba de los dos aspectos que son el trasfondo de este tratamiento: (1) que los humanos cuando nacen serían neutrales en lo que se refiere a su identidad sexual y (2) que para los humanos son las influencias posnatales y culturales y no hormonales, especialmente en la primera infancia, las que más influirían en su identidad sexual última. Los varones con extrofia vesical eran modificados habitualmente mediante cirugía para parecerse a niñas; a los padres se les instruía para que los educaran como tales.

Pero, el hecho de que habían sido expuestos por completo a la testosterona en el útero ¿derrotaba el intento de educarlos como niñas? Las respuestas serían más evidentes con el cuidadoso seguimiento que Reiner estaba empezando.



Antes de describir los resultados, quiero señalar que los médicos que proponían este tratamiento para los varones con extrofia vesical entendían y eran conscientes de que estaban introduciendo nuevos y severos problemas físicos a estos varones.

Obviamente, estos niños no tenían ovarios y sus testículos habían sido quirúrgicamente amputados, lo que significaba que tenían que recibir hormonas exógenas durante toda su vida. La misma cirugía les negaba cualquier posibilidad de fertilidad en el futuro. Y uno no podía preguntar al pequeño paciente si quería pagar este precio.

Los médicos que asesoraban a los padres las consideraban cargas aceptables con el fin de evitar la angustia en la infancia de unas estructuras genitales malformadas y se esperaba que pudieran seguir un rumbo sin conflictos hacia su maduración como niñas y mujeres.

Educados como niñas, pero actuaban como chicos
Sin embargo, Reiner descubrió que estos varones re-diseñados nunca se sintieron cómodos como mujeres cuando fueron conscientes de ellos mismos y del mundo.

Desde el principio de su vida infantil de juegos actuaban espontáneamente como chicos y eran claramente distintos a sus hermanas y otras niñas; les divertían más las riñas de chavales que las muñecas y "jugar a las casitas".

Más tarde, muchos de estos individuos, cuando supieron que genéticamente eran varones, desearon reconstituir sus vidas como tales (algunos incluso pidieron reconstrucción quirúrgica y tomar hormonas masculinas) -todo ello a pesar de los sinceros esfuerzos de sus padres para tratarlos como niñas.

Vale la pena relatar los resultados de Reiner, de los que informaba la edición del 22 de enero de 2004 del New England Journal of MedicineHizo un seguimiento a dieciséis varones genéticos afectos de extrofia vesical vistos en el Hopkins, de los cuales catorce fueron sometidos, en el periodo neonatal, a reasignación al sexo femenino social, legal y quirúrgicamente. Los padres de los otros dos niños rechazaron el consejo de los pediatras y educaron a sus hijos como varones.

Ocho de los catorce sujetos reasignados como mujeres declararon ser varones. Cinco vivían como mujeres y uno vivía sin una identidad sexual clara. Los dos que fueron educados como varones permanecieron varones.

Los dieciséis tenían intereses que eran típicamente masculinos, como la caza, el jockey sobre hielo, el karate y el bobsleigh.

De este trabajo Reiner sacó la conclusión de que la identidad sexual sigue a la constitución genética. Las tendencias masculinas (juegos de fuerza, sentirse excitados por las mujeres y agresividad física) son el resultado del desarrollo intrauterino fetal rico en testosterona de los individuos estudiados, a pesar de los esfuerzos por socializarlos como mujeres desde el nacimiento.

Después de examinar los estudios de Reiner y Meyer, nosotros, en el Departamento de Psiquiatría del Johns Hopkins llegamos a la conclusión de que la identidad sexual humana está construida en nuestra constitución por los genes que heredamos y la embriogénesis que experimentamos. Las hormonas masculinas sexualizan el cerebro y la mente.

A disgusto con el propio sexo
La disforia sexual -un sentido de inquietud respecto al rol sexual de uno mismo- ocurre naturalmente en esos raros casos de varones que crecen como mujeres en un esfuerzo por corregir un problema estructural genital infantil. Una inquietud similar puede ser socialmente inducida en hombres aparentemente normales desde un punto de vista de la constitución, en asociación con (y presumiblemente motivados por) serias aberraciones en el comportamiento, entre las cuales están la orientación homosexual conflictiva y la notable desviación masculina llamada ahora autoginefilia.

Estaba claro, entonces, que los psiquiatras debíamos trabajar para disuadir a los adultos que buscaban la cirugía de reasignación de sexo.

Cuando el Hopkins anunció que pararía estos procedimientos en adultos con disforia sexual, muchos otros hospitales le imitaron, pero algunos centros médicos siguen realizando este tipo de cirugía. Tailandia tiene varios centros que realizan esta cirugía "sin preguntar" nada; basta tener el dinero para pagarla y medios para viajar a Tailandia.

Estoy decepcionado pero no sorprendido por esto, dado que algunos cirujanos y centros médicos pueden ser persuadidos de llevar a cabo cualquier tipo de cirugía si son presionados por pacientes con desviaciones sexuales, sobre todo si esos pacientes encuentran un psiquiatra que responde por ellos.

El ejemplo más asombroso es el del cirujano de Inglaterra que estaba dispuesto a amputar las piernas de pacientes que declaran excitarse sexualmente observando y exhibiendo muñones de piernas amputadas.

De todas formas, nosotros en el Hopkins sostenemos que la psiquiatría oficial tiene pruebas suficientes para dar razones contra este tipo de tratamientos y debe empezar a clausurar esta práctica en todas partes.
Para bebés: ayuda urológica, esperar a que crezca
Para los niños con defectos de nacimientos el enfoque más racional en este momento es corregir lo antes posible cualquiera de los principales defectos urológicos que tienen, pero posponiendo cualquier decisión sobre identidad sexual para mucho más tarde, mientras se educa al niño según su sexo genético.

Los cuidadores médicos y los padres deben procurar que el niño sea consciente de que los aspectos de la identidad sexual pueden surgir mientras él o ella crece. Decidir lo que se debe hacer debe esperar a la maduración y el reconocimiento del niño o de la niña de su propia identidad.

Cuidados adecuados, incluyendo un buen acompañamiento por parte de los progenitores, significa ayudar al niño a través de las dificultades médicas y sociales presentadas por la anatomía genital, pero protegiendo en el proceso los tejidos que pueden ser útiles, en especial las gónadas.

Hay que continuar este esfuerzo hasta que el niño pueda ver el problema de su rol en la vida de un modo más claro a medida que el individuo diferenciado sexualmente surge de su interior.

Entonces, a medida que el joven adquiere un sentido de responsabilidad en lo que atañe al resultado, él o ella puede ser ayudado mediante cualquier construcción quirúrgica que desee.

Un verdadero consentimiento informado lo proporciona sólo la persona que va a vivir con el resultado y no se apoya en las decisiones tomadas por otros que creen "que saben más".



Detrás del maquillaje y los colores llamativos, hay un dolor y sufrimiento psíquico y espiritual que es el que necesita ser atendido

La ideología de los activistas transgénero
¿Cómo se reciben ahora estas ideas? Creo que medianamente bien. Los activistas "transgéneros" (ahora a menudo aliados de los movimientos de liberación gay) siguen defendiendo que sus miembros tiene derecho a cualquier cirugía que ellos quieran y siguen declarando que su disforia sexual representa una concepción verdadera de su identidad sexual. Han protestado algo contra el diagnóstico de autoginefilia como mecanismo para generar peticiones de operaciones de cambio de sexo, pero han ofrecido pocas pruebas que refuten este diagnóstico.

Los psiquiatras están recibiendo mejores historias sexuales de las personas que piden el cambio de sexo y están descubriendo más ejemplos de esta extraña tendencia al exhibicionismo masculino.

Gran parte del entusiasmo relacionado con un arreglo rápido de los defectos de nacimiento terminó cuando la prueba anecdótica sobre un caso que recibió mucha publicidad acerca de un varón gemelo educado como una niña resultó ser falso. El psicólogo responsable escondió, mediante la utilización de una mala información, el hecho de que el niño, a pesar de los esfuerzos de su familia para tratarlo y educarlo como una niña, había desafiado constantemente el tratamiento, averiguando al final el engaño y restableciendo su masculinidad. Desgraciadamente, tenía un diagnóstico adicional de depresión grave y cometió suicidio [ReL publicó este caso estremecedor aquí].

Hostilidad para defender que "todo es maleable"
Pienso que, desde el otro lado, ya no se puede decir mucho acerca de la cuestión del cambio de sexo para los hombres. Pero he aprendido de la experiencia que el desafío más duro es intentar obtener conformidad para buscar pruebas empíricas sobre opiniones relativas al sexo y al comportamento sexual, incluso cuando las opiniones parecen claramente sinsentido.

Uno esperaría de las personas que declaran que la identidad sexual no tiene una base biológica o física ofrecerían más pruebas para persuadir a los otros. Pero según he aprendido, hay una gran hostilidad y se favorece la idea de que la naturaleza es totalmente maleable.

Sin una posición fija sobre qué es la naturaleza humana cualquier posición puede entonces defenderse como legítima. Una práctica que parece que le da a la gente lo que quiere -y que algunos de ellos reclaman ruidosamente- es difícil de combatir con una experiencia profesional ordinaria y la sabiduría. Incluso a menudo se ofrece resistencia -rechazando sus resultados- a ensayos controlados y estudios de seguimiento meticuloso realizados para asegurar que la práctica no sea perjudicial en sí misma.

El gran daño del cambio de sexo
He sido testigo del gran daño que puede provocar la reasignación de sexo. Los niños que han visto transformada su constitución masculina en un rol femenino sienten mucho sufrimiento y tristeza pues son conscientes de su disposición natural.

Sus progenitores normalmente viven con sentimiento de culpa por las decisiones tomadas -cuestionándolas a posteriori y avergonzados de algún modo por la fabricación, tanto quirúrgica como social, que han impuesto en sus hijos.

Y respecto a los adultos que vienen a nosotros declarando que han descubierto su "verdadera" identidad sexual y que han oído hablar de las operaciones de cambio de sexo, nosotros los psiquiatras nos hemos olvidado de estudiar las causas y la naturaleza de su trastorno mental y nos hemos dedicado sólo a prepararlos para la operación y una vida en el otro sexo.

Hemos malgastado recursos científico y técnicos y dañado nuestra credibilidad profesional colaborando con la locura en lugar de intentar estudiarla, curarla y, en última instancia, prevenirla.
(Traducción de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares)

Artículo publicado originalmente en 
First Things.

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