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viernes, 17 de marzo de 2017

Campo de batalla… el alma del hombre.(Reflexión de Eduardo Jiménez Becerro)

Campo de batalla… el alma del hombre.
La vida es y seguirá siendo un campo de batalla para nosotros: en la perspectiva general del mundo y en lo particular de cada hombre, se desarrolla día a día y hasta el final de nuestra vida y del mundo, un combate entre el bien y el mal, entre Dios y el demonio.
Jesucristo primero y luego muchos de nuestros hermanos en la Fe que nos precedieron y sufrieron esta  lucha interior en sus propias vidas, nos lo anuncian con sus testimonios iluminados por el Espíritu Santo, enseñándonos cómo proceder ante el combate que se desarrolla en el alma para no ceder y confiar en nuestro Salvador, Jesucristo,  primicia y autor en el recorrido de la Salvación y que, mediante su sacrificio santo, venció la batalla por nosotros, por cada uno de nosotros.
Pero el mal sigue su curso y aunque se sabe vencido, no por ello no deja de tentar al hombre, a cada uno de nosotros, aprovechando las oportunidades y circunstancias que algunas veces ingenuamente le proporcionamos cuando no estamos cerca de Dios, caminando al lado de Jesucristo y decidimos “probar suerte” fuera del camino de la vida, lejos de la mirada de Dios.
La manzana tentadora que comieron Adán y Eva en el relato del Génesis, sigue siendo atractiva para muchos de nosotros y, a pesar de la continua llamada y advertencia de Dios Padre y de las enseñanzas de su Hijo Jesucristo, muchos de sus hijos siguen cayendo en la tentación…, algunos para no levantarse jamás.
Para poder vencer este combate, primero hay que reconocer que dicha lucha existe, que hay bien, que hay mal y quien encarna cada uno de los bandos en litigio, para así poder elegir el camino adecuado: la salvación o la condenación eterna del alma. Muchos de los ya caídos y con la perspectiva final de sus vidas  concluida y conocida, se puede presuponer que ya en vida estaban muertos: son  aquellos que negaron este principio y todo aquello que puso en entredicho su inclinación a hacer lo que su voluntad deseaba.
También se debe conocer al enemigo: en un principio básico en el combate. Saber cómo éste actúa, como seduce y cómo nos aleja de Dios. El mal tiene muchas caras: unas las reconocemos fácilmente, pero otras se esconden en la apariencia errónea de un bien para nosotros ó los demás y algunas veces como un “mal necesario” para conseguir un “bien deseado” para nosotros pero no por Dios. Tan solo en la unión diaria y paciente con Jesucristo (oración, sacramentos…) podemos darnos cuenta de la seducción que nos viene sin darnos cuenta, para así poder rechazarla.
Por otro lado y muy importante: no debemos de confiar en nuestras fuerzas sino en las de Dios, pues son insuficientes frente a un enemigo que nos conoce, que sabe nuestras debilidades y que, una vez que caemos en su tentación, no deja de humillarnos y culparnos para que sigamos rechazando la Misericordia de Dios que nos da Jesucristo con su sacrificio, cayendo otra vez en su tentación,  para no volver a la amistad de Dios (sacramento de la Penitencia) y así  salvarnos.
Resulta igualmente valioso, recordar que siempre podemos ser “trigo” o “cizaña” en cualquier momento de nuestra vida y que tan solo la Misericordia de Dios nos permite ese tiempo de gracia para el crecimiento interior y poder aprender y cambiar nuestro camino antes de que sea tarde, siguiendo las enseñanzas de su Hijo  Jesucristo y teniendo como meta llegar a ser trigo en la época de la cosecha, aunque sea en el último instante: sólo Dios nos puede ayudar a salvarnos, ya que por nuestros méritos solos no podríamos.
Finalmente y por lo comentado anteriormente, nunca confiar en que ya estamos salvados, pues mientras estemos en el mundo, siempre estaremos sometidos a las tentaciones y consecuentemente, a perder el combate en el último momento. Pero igualmente debemos ayudar a otros a conseguir su salvación, pues como nos enseña Jesucristo: …”Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa”.
La imagen final nuestra de este combate debe de ser la del centinela que vigila, día y noche su alma, no dejando que entre enemigo alguno en su campo y esperando la llegada del alba donde nuestro Señor recompensará nuestra vigilia y total dedicación de su obra, que no es otra que nuestra vida y alma creada por Él para gloria suya.
Eduardo JB

miércoles, 15 de marzo de 2017

La muerte no es el final…., tan solo es el principio de la eternidad (Reflexión de Eduardo Jiménez Becerro).

La muerte no es el final….,  tan solo es el principio de la eternidad.
Nunca deja de sorprendernos cualquier noticia que nos llega sobre la muerte de alguien: ya sea de un ser conocido o no, que está cerca o lejos de nosotros, en esta u otra determinada circunstancia. Los sentimientos que en ese momento nos surgen también pueden variar, desde la indiferencia de la noticia hasta el más profunda pesar por la pérdida de un ser querido al que la vida  ha concluido ya.
Sabemos que la muerte es una verdad: tal y como que nacemos, hemos de morir algún día, pues vivimos con esa certeza que experimentamos a nuestro alrededor y algún día seremos nosotros esa “noticia” para otros que, indiferentes o no, les sorprenderemos en nuestro día de partida.
Esta realidad a la que todos seremos llamados nos tiene que hacer pensar en cómo queremos enfrentarnos a ese momento y de alguna manera también reflejará cómo hemos vivido la vida que nos ha tocado vivir…
Podemos caer en la tentación de no querer pensar en ello, de no querer hablar de ello, de renunciar a la búsqueda de la verdad sobre nuestra vida, llenándonos de todo lo que nos ofrece el mundo (aunque nunca termine por saciarnos) y  apoyándonos en los ejemplos que vemos de gente “triunfadora y despreocupada”, cuyas imágenes y vida son sobradamente conocidas y aireadas por los medios de comunicación. Y cuando irremediablemente nos llegue nuestro turno, intentar por todos los medios de que sea sin dolor, rápida para evitar entristecer y molestar a los allegados, pues bastante es la carga que les dejamos en ese momento…
Si…, en nuestra libertad dada, podemos “esconder la cabeza como el avestruz”, pero la muerte llega,  forma parte del tiempo que se nos ha dado, como un “final de obra” donde el telón se cierra y ya no cabe repetir una escena o prolongar la representación.
Ante esta realidad inexorable de la llegada de la muerte,  cabe otra alternativa, que Dios nos ofrece a todos: fiarse de Jesús y  fijarse en Jesús crucificado.
El Hijo de Dios, hecho hombre, tal y como somos todos nosotros menos en el pecado, nos enseña su camino, su verdad, su vida para que aprendiendo de Él, siguiéndole, cultivando su amistad, podamos vencer al dolor, a la muerte, a ese miedo que está en todos nosotros y compartir con Él su promesa eterna.
Aceptando esta realidad, esta verdad desde la Fe, el miedo por el sufrimiento y la muerte no debe de asustarnos, sino más bien nos permite poder llegar a aceptarla en la confianza puesta en  Jesús,  quien la venció por todos nosotros y nos espera.
Como todo en esta vida, ese momento no se puede improvisar: hay que saber estar preparado en todo momento y cuando nos  llegue, aceptarla, poner nuestro sufrimiento a los pies de la cruz, ofreciéndonos confiadamente a la voluntad de Dios Padre, tal y como nos enseñó Jesucristo antes de su partida.
Pedir siempre a Dios Padre poder estar en gracia para  afrontar con éxito ese último combate y ayudar a otros en su mismo trance, pues hasta los más santos sufrían tentaciones, pero su perseverancia les llevó al triunfo, a ser recibidos en la casa de Dios Padre.
Por eso es tan importante no despreciar los sacramentos de la Iglesia, en especial, para los familiares que están en esta circunstancia, el sacramento de  la Unción de enfermos, donde se nos dan las últimas gracias para esa recta final de la carrera. No somos conscientes del bien tan grande que hacemos al alma de nuestro ser querido, el poder proporcionar este auxilio antes de partir y que nos hará sentirnos confortados y confiados ante su despedida.
Eduardo JB

Jesucristo tiene sed… de ti y de mí.(Reflexión de Eduardo Jiménez Becerro)

Jesucristo tiene sed… de ti y de mí.
Jesucristo no deja de sorprenderte… En el camino Cuaresmal que nos invita a seguirle, uno no para de aprender muchas cosas al caminar a su lado:
Primero nos pide que  nos alejemos un poco de nosotros mismos: de nuestras comodidades, de nuestras seguridades. Que salgamos  y que nos adentremos con Él en el desierto de la oración, de la penitencia y el ayuno. Así se aprende a fortalecer el espíritu: al negarnos a nuestras apetencias diarias, dejamos un hueco para buscar y profundizar en la relación con Dios Padre y poder así empezar a caminar en nuestro camino de conversión. Dios Padre quiere que realicemos nuestro  camino particular por el que fuimos creados, antes de regresar a su casa y “necesita” de nuestra voluntad para que lo aprendamos: para ello tenemos que prepararnos, tal y como nos enseña Jesucristo.
Luego nos muestra su gloria ya aquí en la Tierra: para que le reconozcamos y sepamos que Él, el Hijo de Dios vivo, viene por  cada uno de nosotros para que ninguno se pierda en el camino. Pero al hacerlo, se hace de carne, tan frágil como cualquiera de nosotros, pero a la vez tan cercano… y en esa debilidad, nos muestra que no debemos de confiar en nosotros mismos, en nuestras fuerzas, sino en Dios Padre quien se encarga de todo y tan solo nos pide la confianza de abandonarnos en sus manos y en su voluntad. Es la cara opuesta de lo que nos ofrece el mundo (poder, seguridades…pero todo efímero), de tal manera que así nos enseña con su ejemplo que  “lo grande se hace pequeño, para llegar a todo y servir a todos”.
Y ahora se nos hace el encontradizo: nos espera en un lugar donde habitualmente solemos ir, ya sea en el trabajo, en una comida, en una  salida con los amigos o visitando la Casa de Dios Padre en una eucaristía de Domingo. Nos habla pidiendo algo de nosotros que no dejará de sorprendernos, pues Él que lo puede todo, nos  pide a  ti  y a mí, una cosa en particular y lo hace interpelando nuestra curiosidad por haber optado a seguirle… a conocerle.
“Dame de beber…” son las palabras del inicio de un diálogo de conversión a quien lo escucha. Jesucristo tiene sed… sed de que nosotros tengamos sed de Él y así en este diálogo, comienza a mover nuestro corazón hacia Dios Padre, hacia nuestro camino de salvación.
Ahora yo me pregunto, en mi cuaresma 2016… ¿tengo sed de Él?. Al encontrarle, ¿le pediré que me  dé de beber de su agua viva para no volver a tener sed y conducirme a la vida eterna?
Eduardo JB

viernes, 10 de marzo de 2017

“Sin mí no podéis hacer nada…”(reflexión de Eduardo Jiménez Becerro)

“Sin mí no podéis hacer nada…”
Cada vez se nos hace más común escuchar entre la gente que conocemos e incluso entre los familiares más cercanos, expresiones como estas: “Creo en Dios, pero no creo en los curas…”, “Soy católico, pero lo justito…, o “Creo en Dios, pero no en la Iglesia…” y así un montón de afirmaciones que nos dan “unas pistas” de los que las dicen… como la falta de Fe.
Me pone triste oírlas e intento, en la medida de mis posibilidades, no de convencerlos, pero sí dejar claro lo que siento y lo que mi fe me dice al respecto: desde que somos bautizados, entramos a formar parte de la Iglesia Universal inaugurada por Jesucristo y  nada más recibir este sacramento, se nos dan tres títulos para ejercerlos a lo largo de toda la vida: sacerdote, profeta y rey.
Sé que es difícil generalizar o hablar sin saber, sin conocer en profundidad al interlocutor que realiza estas afirmaciones y menos aún, cuando no hay casi tiempo para nada en esta sociedad que no sea consumir y que se mueve en otros valores, de los cuales,  muchos de ellos chocan frontalmente con la enseñanzas de Jesús.
Cada persona es “su yo y su circunstancia” y llevaría mucho tiempo el conocer dónde esa persona  “rompió o dejó de lado su amistad con Jesucristo y con Dios”, caminando ajeno a la verdad de la vida que nos ofrece Jesús y quizás, lejos de su salvación.
La vida es una escuela donde se aprende a caminar, a superar metas, algunas tan difíciles y dolorosas que pocas veces podemos comprenderlas o entenderlas desde la perspectiva humana, quedándonos tan solo la Fe y la confianza en la promesa de Jesucristo para poder superarlas.
Ante estos desafíos que nos vienen, algunos al tener que sufrirlos, optan por alejarse aún más de Dios, al que de alguna manera culpan por no haberlas evitado y otros, sin embargo, aún no entendiéndolo, ni comprendiendo nada, se aferran más a la Fe, piden ayuda al Señor y su confianza es recompensada con una paz, que solo Jesús puede darnos.
¿Qué diferencia hay entre unos y otros?...  Si en las mismas circunstancias, cuando el dolor es el mismo, la carne la sufre igual y el razonamiento humano ante la tragedia venida, no nos puede dar una respuesta coherente. ¿Por qué algunos reaccionan de manera completamente opuesta? ¿Porqué unos optan por acercarse y otros por alejarse de Dios?.
Es entonces cuando debemos preguntarnos: ¿Cuán cerca de Dios estamos en ese momento de nuestra vida?, ¿Hemos vivido y caminado con Cristo todo este tiempo? O también  ¿Hemos aprendido de su vida, sus palabras, de su perdón, de la entrega de su cuerpo y sangre por nosotros…?
 Jesucristo nos lo dice claramente: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada…”
Podemos deducir entonces que sólo cuando estamos unidos a Él, es cuando nuestra Fe vivida en la Iglesia (en comunidad), la frecuencia en acudir a los sacramentos y en la escucha de la Palabra de Dios, hace de nosotros esa vasija de barro, frágil como cualquier cuerpo humano, pero con un tesoro en su interior que nos conduce a la vida eterna: Jesucristo hace el milagro de estar con nosotros y en nosotros, recordándonos diariamente su pasión, muerte y resurrección para nunca alejarse de nuestro lado, por muy duro y difícil que resulte el camino que nos toque recorrer, hasta el encuentro glorioso y definitivo con Dios Padre.



domingo, 5 de marzo de 2017

De la mano de María hacia el Cielo.(reflexión de Eduardo Jiménez Becerro)

De la mano de María hacia el Cielo.
Creo que todos tenemos un momento en nuestra vida especial donde se produce en nosotros ese cambio, tan esperado y deseado, de acercarnos a Dios.
Dios no deja de llamarnos, pero somos nosotros los que no le escuchamos poniéndole todo tipo de barreras para no oírle y además, el mundo tampoco  nos ayuda a prestar atención al mensaje de amor que nos quiere dar y conducirnos así hacia nuestra salvación.
Hay “algo” que facilita ese momento especial que yo desconocía y que depende, en mi humilde opinión,  de una disposición abierta del corazón y una petición sincera de amor a Dios.
Él nos conoce, mejor que nosotros mismos, pues nos ha creado y nos ha amado antes  de que naciéramos y espera pacientemente y amorosamente ese momento, para que despertemos de ese letargo tan grande donde hemos caído y volvamos a Él, siguiendo el camino que nos indica su Hijo Jesucristo, para ya nunca más soltarle de su mano hasta nuestro encuentro definitivo con su Padre, cuando regresemos a su casa.
A mí me sucedió no hace mucho tiempo y quisiera compartirlo, con la idea de que mis palabras puedan  ayudar a otros en su camino.
Era una situación difícil en mi vida: a nivel profesional, me había embarcado en una aventura como autónomo y las cosas no salían nada bien. Los gastos se incrementaban mucho y las ganancias, no se veían por ninguna parte. Había puesto mis esperanzas y mis recursos, (incluyendo mi pequeña Fe en las iníciales del nombre, pensando que así era imposible que fuera mal…), pero todo hacía aguas. Posteriormente logré entender el porqué  de esta situación al leer en el Evangelio las palabras: “… mis caminos son más altos que  vuestros caminos…”.
Todos tenemos una mochila que hemos ido haciendo a lo largo de nuestra vida y que cuando hay algo no entendemos y nos hace sufrir, tiramos de ella y vemos que podemos encontrar. Hoy doy gracias Dios que mis padres me educaron en la Fe Católica y siempre recuerdo con cariño, que cuando era pequeño, rezábamos en familia el rosario. Mis padres son muy devotos de la Virgen María y continúan rezándola, ahora mi padre desde el cielo y mi madre en su casa.
Se lo plantee a mi mujer y empezamos a rezar el rosario los dos juntos, todas las noches,  confiando en la intercesión de la Madre de Dios. Continuamos así durante meses, pero nada parecía cambiar y yo me iba hundiendo cada vez más, sin entender  porqué la situación no cambiaba… hasta que llegó un momento en que recé a Dios de una manera muy especial (desde dentro, con sinceridad, dando todo lo que sentía) y aunque no recuerdo las palabras exactas, solo sé que mi oración fue escuchada.
Al poco tiempo, un familiar me envió un libro de una autora, una conversa contemporánea y cuyo  testimonio despertó en mí algo que me hizo cambiar, a confiar en Dios y me permitió, no solo  continuar rezando con mas devoción, sino hacer y decir cosas que antes nunca hubiera podido ni imaginar. Encontré un nuevo trabajo y mi Fe empezó a crecer,  lo que me hizo leer  libros y entender muchas cosas que antes ni me planteaba. A veces me parece todo como un gran puzle, cuyas piezas parecen unirse unas a otras, dando sentido al cuadro de la salvación que nos ofrece Jesucristo.
Actualmente, continuamos rezando juntos el rosario e invitando a nuestros hijos a hacerlo los fines de semana, repartiéndose ellos las letanías y los misterios (por turnos, sin pelearse…) y aunque las situaciones en nuestras vidas van y vienen, ahora sí que ya no queremos soltarnos de la mano de nuestra Madre que está en el Cielo y pide por nosotros, sus hijos, delante de Dios.


Eduardo JB

martes, 28 de febrero de 2017

Papá… ¡cuéntanos otra vez el cuento de Jesús! (Reflexión de Eduardo Jiménez Becerro)

Papá… ¡cuéntanos otra vez el cuento de Jesús!
No es fácil ser padres, ni tampoco ser una persona consagrada. El proyecto de Dios con cada uno de nosotros ha de descubrirse y revelarse caminando, tropezándose y aprendiendo a levantarse. En este viaje no estamos solos y siempre hay personas que, conformando la Iglesia Universal y ayudados por los dones del Espíritu, nos ayudarán en nuestro caminar para encontrar a Jesús y  así Él nos guie hacia la casa del Padre, realizando el proyecto que tenemos encargado.
En este misterio de la Salvación, los padres tenemos una bendición muy especial al compartir con Dios su obra de amor, permitiendo que, sus proyectos de vida y amor realizados en la llegada de nuestros hijos al mundo, se vaya renovando, generación a generación, a lo largo de la historia de la Humanidad.
Este mandato “creced y multiplicaros” lleva implícito una responsabilidad muy grande y que nos concierne a nosotros, como padres, con respecto a nuestros hijos: su manutención, educación y proporcionarles un hogar, con lo que eso ha llevado y sigue llevando de dificultad en todos los tiempos, no es ni de lejos suficiente para cumplir con nuestra obligaciones, si no somos capaces de guiarles para descubrir a Jesús. Los padres somos los primeros  tutores en el camino de salvación de nuestros hijos.
Hay una escena del Evangelio donde Jesucristo nos lo dice claramente: “Dejad que los niños se acerquen a mí y no se lo impidáis: porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos”. Ante esta afirmación tan rotunda, Jesús nos interpela a todos los padres a preguntarnos: ¿cómo les acercamos a Él? ¿Estamos realmente dejando que nuestros hijos se acerquen a Jesús? o incluso ¿es suficiente con llevarles a la misa dominical y prepararles para la comunión?
En mi humilde actuación como padre y respecto a mis hijos: a la enseñanza de las oraciones cuando eran pequeños, repitiéndolas con ellos antes de dormirse,  les contaba breves cuentos y entre ellos, “el cuento de Jesús”, donde les hablaba, con palabras sencillas, las escenas más comunes del Evangelio: “la Anunciación”, “el Nacimiento”, “la Pasión, muerte y Resurrección de Jesús”, etc.…. Es un dialogo muy bonito entre padres e hijos, donde se hace presente el espíritu de Dios en sus almas y al que invito a participar a todos los padres que comienzan con su tarea.
Reconozco, que en esos momentos, muchas veces me he encontrado como uno más de ellos, disfrutando del gozo de saberme amado y querido por nuestro Padre Dios, redimido por su Hijo y acompañado por su Madre, haciendo presente así esas palabras de Jesús en el Evangelio “quien no recibe  el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”
Hoy en día continuamos con el “cuento de Jesús”, eligiendo ahora ellos los pasajes del Evangelio, creciendo en el diálogo, profundizando en el misterio de la Salvación y con la esperanza de que nunca se olviden de Jesús y si alguna vez se alejan, sepan como volver a Él.

Eduardo JB

lunes, 27 de febrero de 2017

“Dolor humano… camino de salvación” (reflexión de Eduardo Jiménez Becerro)

“Dolor humano… camino de salvación”
De los muchos milagros que Jesús hizo cuando estaba con nosotros, me quiero parar en uno, pues siempre me ha llamado la atención de cómo Jesús, siendo Dios hecho hombre, sabía ver el corazón humano de cada persona y no era indiferente al sufrimiento que Él veía en cada alma que se le acercaba.
Me refiero al milagro del ciego de nacimiento: esta vez no fueron los fariseos quienes le preguntaron a Jesús, sino sus mismos discípulos, quienes necesitaban saber quién había pecado,  siguiendo así lo que establecía la tradición judía, para que fuera ciego de nacimiento… “¿Quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?”
La respuesta de Jesús, nos sigue dejando hoy todavía descolocados: “Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús: nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios”…
Todo lo que crea Dios lo hace por amor: nos hace hombres desde el primer momento por amor, con un proyecto de vida y amor hasta que nos manda llamar de nuevo ante su presencia, una vez concluida nuestro peregrinaje por la Tierra. En este envío o misión individual que todos tenemos, se nos dan unos regalos, para poder llevarla a cabo (reflejados en la parábola de los talentos) y de ellos se habrá de responder al final, siendo el amor, amor a Dios y al prójimo, la clave de nuestra misión sobre la Tierra.
Los dones o capacidades que nos expone Jesús en esa parábola de los talentos, son “fácilmente” entendibles, desde el razonamiento humano, pero nos resulta más difícil comprenderlos, cuando a algunos hombres sus talentos, no son como los demás, o más bien, o no los tienen, o no somos capaces de verlos con nuestra condición y criterio humano:  sabiendo que Dios es justo e infinitamente misericordioso con cada una de sus criaturas, y que nos ama individualmente de una manera especial, ¿Por qué no le entendemos?¿Porque no los vemos como dones o regalos? Podemos llegar a pensar incluso que son desgracias.
En los tiempos actuales,  siguiendo  esa visión humana de la vida como un accidente o un azar caprichoso y no como un proyecto de Dios que debemos respetar, nos hemos permitido  llegar a condicionar cuando no a terminar la vida de muchos de nuestros semejantes, antes incluso de que nacieran, sencillamente porque serían diferentes y sus talentos o su “falta de talentos” nos hace señalarlos como indignos de vivir con nosotros…
La pregunta de los discípulos vuelve a interpelarnos: ¿Pecó él  o pecaron sus padres? Ahora sabemos que, por Jesús, no pecaron ninguno, sino para que se manifiesten las obras de Dios en él… y aunque no lo entendamos, así Dios lo quiere: siendo lo que somos, todos Hijos de Dios, ¿Quiénes somos nosotros para erigirnos jueces de las obras de Dios? Si lo hacemos, negamos así la manifestación del amor de Dios con nosotros… y ahora sí, somos nosotros los que pecamos contra su voluntad.
“Mientras es de día debemos trabajar en las obras del que me ha enviado…” dice Jesús más adelante: Jesús nos habla de trabajar en las obras de Dios Padre, haciéndose presente,  en este caso, en el ciego de este pasaje del Evangelio, como también en el resto de los hermanos, en los impedidos, en las gentes necesitadas que siempre están con nosotros, cerca o lejos, para que en nosotros se manifieste el amor de Dios hacia ellos, su obra y hagamos entre todos el Reino de Dios aquí en la Tierra.
Al hacer presente este amor de Dios a nuestro prójimo más pequeño, nosotros mismos, nos acercamos al misterio de salvación de nuestra alma, pero si los ignoramos o nos declaramos jueces para decidir su vida antes de nacer, ¿Quién nos dará “ese trabajo” de las obras de Dios con nuestro prójimo para santificarnos?, ¿Cuántas personas ahora no nacidas podrían haber salvado multitud de almas, al tener que atenderlas, cuidarlas, amarlas, como Jesucristo hizo con tantos ciegos, paralíticos, leprosos etc..? y nosotros mismos nos hemos privado de nuestros camino de salvación.
El amor a Dios no se concibe sin el amor al prójimo, y especialmente, al más necesitado, al más débil, aquellos cuyos “talentos” o “no talentos” son menos comprendidos por el mundo actual: precisamente, son nuestros hermanos menores, los más apreciados por Dios para la salvación de cada uno… como dice Jesús en el Evangelio  “Y el Rey les dirá: En verdad os digo que cuantas veces lo hicisteis a uno de mis hermanos menores, a Mi me lo hicisteis” …
En el otro lado de la balanza, están los “ricos” de este mundo, aquellos cuyos dones no los utilizan para las obras de Dios, sino para enriquecerse, para gastar su vida inútilmente, no aportando nada a los demás: lo tienen más difícil,  pues son pobres para las obras de Dios, llegando a decir Jesús “Es más fácil que un camello entre por el ojo de una cerradura, que un rico entre en el Reino de Dios”
Por eso, sin llegar a saber lo “rico” o “pobres” que podamos ser, debemos trabajar y esforzarnos en las obras de Dios, según nuestras capacidades y oportunidades que tengamos, antes de que se nos eche la noche encima … “cuando nadie puede trabajar” y no podamos hacer nada ya para remediarlo.


Eduardo JB

lunes, 13 de febrero de 2017

"Dios es todo Amor" (Reflexión de Eduardo Jiménez Becerro)

 "Dios es todo Amor"


Dios es todo amor: nos creó a su imagen y semejanza por amor. Concretamente, nos creo en un alma y un cuerpo, que por el pecado se hizo mortal, envejece, sufre, etc... pero al morir, nos queda el alma, imagen de Dios, que es la que se presenta ante Dios.
 
El alma, al estar en presencia de Dios, reconoce a su creador y al verse inmersa en tal brutalidad de amor que es Dios, si esta en gracia, reconoce inmediatamente sus faltas cometidas y Dios, en su infinita misericordia y amor, nos permite que nos "limpiemos o nos lavemos" de nuestras miserias a través del Purgatorio, para así poder disfrutar completamente del amor de Dios en su reino. Esto, que aparentemente  no lo entendemos si Dios es todo amor, tiene una lógica humana, nadie va a un convite, teniendo un dolor de estómago, o acudiendo con la ropa sucia: antes uno se toma la medicina ó se lava la ropa para así poder disfrutar en plenitud de la fiesta y, en nuestro caso, entrar en el reino de Dios.

San Pablo decía algo así "ni el ojo vio  y el oído oyó lo que Dios tiene reservado para los que lo aman..." Sencillamente, es inimaginable y lo tenemos todos regalado, gratis total porque Jesucristo se ofreció como cordero santo al sacrificio de todos los pecados de todos los hombres, de los tuyos y de los míos, dejando así la puerta abierta para los que quieran entrar... y podemos todos, si queremos.
 
Si el alma está condenada, al estar en presencia de Dios, todo amor, lo aborrece, lo odia y no quiere estar allí, no tiene opción de arrepentirse, porque no quiere ... el demonio ya tiene su alma y Dios no puede hacer nada por ella, por lo que se va directa al infierno, donde es "el llanto y rechinar de dientes", la total ausencia de Dios, un castigo eterno de una brutalidad inimaginable pero que los santos lo describen y lo han dejado en sus escritos, para que los hombres lo sepamos y por misericordia de Dios.
 
Actualmente, hay un problema grande de creencia en Dios: la gente no cree, por lo que le es más fácil al demonio realizar su trabajo, pues los hombres somos débiles y pecamos, pero al no arrepentirnos, no tenemos esa gracia de volver a Dios, que siempre nos perdona, siempre y siempre  y está esperando a que volvamos a Él. Por otro lado, tampoco pensamos que el demonio y el infierno existan (esa es la gran victoria del demonio), y así todo se desvirtúa: no hay Dios, no hay demonio, se puede hacer lo que uno quiera, con tal de que no te pillen (pensando en la justicia humana solamente, pero no en la justicia Divina).

"Dios es todo amor y sabrá perdonarnos....", dicen algunos, sí, eso es cierto, pero al igual que su amor y su misericordia es infinita, también lo es su justicia, por lo que sin arrepentimiento verdadero (sacramento de la penitencia) no hay perdón: solo Dios sabe hasta el fin último de cada hombre y por eso no conviene juzgar a los demás, pues eso es algo entre esa persona y Dios.
 
Por eso, estimado compañero, se puede vivir de otra manera, pensando en esa vida eterna que Dios nos regala, gratis por el nacimiento y sacrificio santo de su Hijo Jesucristo. Y así,  viviéndolo de esta forma, se siente uno querido, amado por el Padre, acompañado por su Hijo Jesucristo en nuestra vida y ayudado de su madre, la Virgen María,  a pesar de nuestros pecados y de nuestras debilidades.

El Espíritu Santo actúa, todos los días, haciendo posible muchos milagros, muchas conversiones y curaciones, pero eso la gente no lo queremos ver..., no le damos importancia a las buenas noticias, porque no son noticias, no salen en la televisión... y tan solo vemos y nos fiamos de lo que nos dicen en la televisión, que en el mejor de los casos, nos distrae pero puede llegar a alejarnos de lo verdaderamente importante.

Eduardo JB

domingo, 12 de febrero de 2017

"Tener Fe" (Reflexión de Eduardo Jiménez Becerro)

"Tener Fe"

 
"
Tener Fe"... es un don de Dios, pero que se regala a todo el mundo, tan solo hay que desearla, buscarla...perseguirla con paciencia, y al encontrarla, hay que alimentarla continuamente, pues... al tener esa Fe, y estar en el mundo, ya no seremos del mundo y los agobios, los trabajos, las tentaciones, pueden debilitar ese deseo de seguir profundizando en su conocimiento y conservarla. Lo que para algunos les sirve, puede que para otros les ayude o no, pero el camino, aun siendo el mismo (Jesucristo), cada uno lo tiene que recorrer solo, siendo lo que somos cada uno, con nuestros defectos y virtudes.
 
En este mundo, hay 2 verdades que todos conocemos:

- una es tangible, predecible y que nadie cuestiona (creyentes o no creyentes): estamos en un tiempo, un espacio, vivimos una vida pero tenemos que morir. Todos tenemos una caducidad. 
- La segunda verdad, hay que buscarla en este tiempo que tenemos, antes de que "se no eche el tiempo encima", pues no sabemos cuánto nos queda:
Unos aprovechan el tiempo para enriquecerse, para poner su corazón en los bienes de la tierra, sabiendo que éstos se acaban, que no le sacian y que siempre se quiere mas, y pensando que después vendrá la muerte y no habrá más. No quieren mas, no quieren saber más y se niegan a saber más. Ponen su previsión en la vida, en una buena jubilación y en morir lo antes posible, cuando no puedan disfrutar más o antes de que empiecen los dolores de la vejez.
 
Otros creemos, que Dios nos ha dado el don de la vida, un regalo en un tiempo y un lugar para que cumplamos nuestro proyecto de vida y amor, antes de optar a regresar a la casa del Padre, cuando nos llame.
 
El Santo Padre Francisco decía recientemente algo parecido a esto: " que nunca había visto que detrás del féretro de un funeral, fueran los camiones de la mudanza, con todos los enseres de la persona fallecida"
 
Todos tenemos al menos una oportunidad de conocer la Verdad (cuando no muchas) pero depende de cómo tengamos dispuesto el corazón en ese momento cuando Dios nos habla: Él lo hace a través de los acontecimientos que nos suceden, de lo que nos dicen otras personas, de lo que nos dice Jesucristo, día a día en La Biblia, en las misas, a través de los sacramentos etc... Hay un ejemplo muy claro que es válido incluso hoy en la actualidad: cuando Jesucristo hacía un milagro, había gente que le creía y otros no. Viendo lo mismo, escuchando lo mismo, unos creen y otros no. Depende de cómo estaba su corazón, abierto, esperanzado, buscando la verdad o saciado, cerrado, agobiado por el mundo...
 
En la libertad que Dios nos ha dado a cada uno, para hacer el bien, para hacer el mal, con nuestras capacidades repartidas según su criterio, nos da la oportunidad de conocer a Jesús, seguirle y poder optar a la vida eterna. Pero también nos permite que podamos negarnos y condenarnos para siempre. Solo aquellos que le niegan conscientemente, pecando, no arrepintiéndose, ni pidiendo su infinita misericordia, ellos mismos se condenan. Dios padre, no lo quiere, pero ellos mismos lo deciden así y Él respeta nuestra decisión. Para Dios es "mas difícil entrar en el corazón humano que resucitar un muerto", sencillamente, porque Él nos deja esa libertad para decidir, para seguirle o no seguirle, para hacer el bien o para hacer el mal.

jueves, 20 de octubre de 2016

Las seguridades nos impiden ver a Dios (Reflexión)

Las seguridades nos impiden ver a Dios
El hombre, en su afán de controlar su destino, busca continuamente y tenazmente seguridades en su vida.
Para ello va tejiendo y desarrollando una personalidad a lo largo de su vida, donde las circunstancias de la misma hacen que se acentúen determinados hábitos o costumbres que nos impiden ver más allá  y nos priva de darnos cuenta de lo que acontece a nuestro alrededor. Es como una “coraza” que nos fabricamos nosotros mismos y nos da una cierta seguridad de que lo que hacemos está bien o al menos nos sirve para justificarnos delante de todos, porque todos hacen lo mismo…
Jesucristo no quiere eso de nosotros, si eso nos impide ver la verdad  y nos pone como ejemplo la parábola de Lázaro y el rico Epulón.
Ya desde el principio del pasaje del Evangelio, llama la atención como Jesús pone nombre al necesitado, al hermano nuestro (Lázaro)  y deja sin nombre al rico, como dejando en el aire a todos los que podamos sentirnos identificados con este personaje en algún momento de nuestra vida.
El rico disfrutaba de la vida y de los dones que esta la daba: posición, vestidos de lujo y ricos banquetes, donde  invitaba a los de su clase social. Esos bienes le daban seguridad al rico y  muchos aduladores que le hacía crecer día a día esa coraza de seguridades pero le impedían ver lo que tenía a su alrededor.
No es que las riquezas o los bienes recibidos por Dios sean malos en sí mismo, sino la forma de emplearlos, de gestionarlos en el medio de las circunstancias en las que nos movemos y así creo que Dios nos los da y nos los concede, para que sepamos utilizarlos y hagamos el Reino de Dios ya aquí en la tierra.
Dios Padre nos conoce, pues Él mismo nos ha creado y busca nuestra salvación a través de su Hijo Jesucristo y es aquí, precisamente en este Evangelio, donde Jesucristo pone de manifiesto cómo la obra de Dios actúa para salvarnos a todos, incluso a los ricos.
El Evangelio nos cuenta cómo “a su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro…” y un poco más adelante nos dice cuando el rico estaba sufriendo en la morada de los muertos cómo éste exclamó  pidiendo a  Abraham que Lázaro le ayudase en su tormento. Deducimos pues, que el rico conocía a Lázaro: siempre había estado en su puerta esperando no ya  comida, sino al menos las migajas que caían de su mesa… pero ni siquiera esto tuvo de él.
Dios busca nuestra salvación a través de tantos Lázaros que nos pone en el camino, con nombre y apellidos, que tenemos muy cerca, continuamente en nuestras puertas y que nos piden, no ya sólo comida, sino  luz para iluminar sus vidas perdidas de Fe, llenarlas del alimento eterno que nos da Jesucristo y así todos podamos conducirnos a la morada de Dios Padre.
Al final del Evangelio,  Jesucristo nos remarca el único camino a seguir, pues la dureza del corazón humano no tiene límites: es tal la misma, que aunque nos visitara un muerto y nos avisara de nuestro error, no nos arrepentiríamos, dado que con la “coraza” que nos proporciona las seguridades, no le dejaríamos entrar. Solo hay un camino: escuchar a Jesucristo, acercarnos a Él para poder darnos cuenta de nuestros errores y pecados, arrepentirnos y así poder reconocer a Lázaro en nuestros hermanos necesitados que tenemos alrededor.
Eduardo JB


miércoles, 19 de octubre de 2016

Entrar por la Puerta Santa (Reflexión) 19102016

Entrar por la Puerta Santa
                El pasado domingo me encaminé, junto a mi familia, a la catedral de la Almudena para poder ganar el Jubileo de la Misericordia. Con ello, cumplíamos una promesa hecha a mi hija pequeña que no pudo conseguirla cuando visitamos  la Catedral de San Pedro de Roma dado que, por aquel entonces, aún no había realizado la primera comunión.
Ella tenía mucha ilusión y de vez en cuando, nos lo recordaba cada vez que mencionábamos nuestro viaje a Roma o cuando entrabamos por alguna otra Puerta Santa. Así que fuimos todos juntos y todos lo conseguimos…  así de fácil: tus pecados quedan perdonados y ganas la indulgencia plenaria para ti o para un familiar ya difunto.
¡Qué fácil nos lo pone Jesús y todavía no somos capaces de darnos cuenta lo que ganamos con ello! ¿verdad? Pareciera que para conseguir algo importante, hay que hacer un esfuerzo igualmente importante… pero no es así, tan solo hace falta tener un poquito de Fe en Dios.
Esta idea no es nueva: lo podemos observar en el Antiguo Testamento, en los pasajes donde nos describen dos hechos muy significativos y que nos pueden ayudar a entenderlo:
·         Naamán el sirio, enfermo de lepra, curado mediante la indicación del profeta Eliseo al lavarse siete veces en el río Jordán.
·         Josué ante las murallas de Jericó: hizo recorrer su ejército alrededor de las mismas tocando las trompetas, el número de veces indicado por Dios para que éstas se desplomaran.
Dios no busca hombres superdotados o sabios, sino personas humildes a las que les pueda hacer llegar su anuncio de salvación que realizó por medio de Jesucristo. Así obra Dios en nosotros: en la sencillez y pureza de un corazón de niño a quien le indican lo que debe de hacer y éste no lo cuestiona, pues viene de Dios Padre.
Es en esa confianza plena, donde Dios nos espera y obra sus designios en nosotros.
Por todo ello, invitemos pues a todos nuestros familiares y amigos a participar de la Misericordia de Dios que tiene con nosotros, en la figura de su Hijo Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros y crucemos ese umbral de la Puerta Santa, donde Dios nos perdona y se reconcilia con cada uno de nosotros para conducirnos a nuestra salvación.

Eduardo JB