Las seguridades nos
impiden ver a Dios
El hombre, en su afán de controlar su destino, busca continuamente
y tenazmente seguridades en su vida.
Para ello va tejiendo y
desarrollando una personalidad a lo largo de su vida, donde las
circunstancias de la misma hacen que se acentúen determinados hábitos o
costumbres que nos impiden ver más allá y nos priva de darnos cuenta de
lo que acontece a nuestro alrededor. Es como una “coraza” que nos fabricamos
nosotros mismos y nos da una cierta seguridad de que lo que hacemos está
bien o al menos nos sirve para justificarnos delante de todos, porque todos
hacen lo mismo…
Jesucristo no quiere eso
de nosotros, si eso nos impide ver la verdad y nos pone como
ejemplo la parábola de Lázaro y el rico Epulón.
Ya desde el principio
del pasaje del Evangelio, llama la atención como Jesús pone nombre al
necesitado, al hermano nuestro (Lázaro) y deja sin nombre al rico, como
dejando en el aire a todos los que podamos sentirnos identificados con este
personaje en algún momento de nuestra vida.
El rico disfrutaba de la
vida y de los dones que esta la daba: posición, vestidos de lujo y ricos
banquetes, donde invitaba a los de su clase social. Esos bienes le daban seguridad
al rico y muchos aduladores que le hacía crecer día a día esa coraza de
seguridades pero le impedían ver lo que tenía a su alrededor.
No es que las riquezas o
los bienes recibidos por Dios sean malos en sí mismo, sino la forma de emplearlos,
de gestionarlos en el medio de las circunstancias en las que nos movemos y así
creo que Dios nos los da y nos los concede, para que sepamos utilizarlos y
hagamos el Reino de Dios ya aquí en la tierra.
Dios Padre nos conoce,
pues Él mismo nos ha creado y busca nuestra salvación a través de su Hijo
Jesucristo y es aquí, precisamente en este Evangelio, donde Jesucristo pone de
manifiesto cómo la obra de Dios actúa para salvarnos a todos, incluso a los
ricos.
El Evangelio nos cuenta
cómo “a su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro…” y un
poco más adelante nos dice cuando el rico estaba sufriendo en la morada de los
muertos cómo éste exclamó pidiendo a Abraham que Lázaro le ayudase
en su tormento. Deducimos pues, que el rico conocía a Lázaro: siempre
había estado en su puerta esperando no ya comida, sino al menos las
migajas que caían de su mesa… pero ni siquiera esto tuvo de él.
Dios busca nuestra
salvación a través de tantos Lázaros que nos pone en el camino, con nombre y
apellidos, que tenemos muy cerca, continuamente en nuestras puertas y que nos
piden, no ya sólo comida, sino luz para iluminar sus vidas perdidas de
Fe, llenarlas del alimento eterno que nos da Jesucristo y así todos podamos
conducirnos a la morada de Dios Padre.
Al final del Evangelio,
Jesucristo nos remarca el único camino a seguir, pues la dureza del
corazón humano no tiene límites: es tal la misma, que aunque nos visitara un
muerto y nos avisara de nuestro error, no nos arrepentiríamos, dado que con la
“coraza” que nos proporciona las seguridades, no le dejaríamos entrar.
Solo hay un camino: escuchar a Jesucristo, acercarnos a Él para poder darnos
cuenta de nuestros errores y pecados, arrepentirnos y así poder reconocer a
Lázaro en nuestros hermanos necesitados que tenemos alrededor.
Eduardo JB
No hay comentarios:
Publicar un comentario