jueves, 20 de octubre de 2016

Las seguridades nos impiden ver a Dios (Reflexión)

Las seguridades nos impiden ver a Dios
El hombre, en su afán de controlar su destino, busca continuamente y tenazmente seguridades en su vida.
Para ello va tejiendo y desarrollando una personalidad a lo largo de su vida, donde las circunstancias de la misma hacen que se acentúen determinados hábitos o costumbres que nos impiden ver más allá  y nos priva de darnos cuenta de lo que acontece a nuestro alrededor. Es como una “coraza” que nos fabricamos nosotros mismos y nos da una cierta seguridad de que lo que hacemos está bien o al menos nos sirve para justificarnos delante de todos, porque todos hacen lo mismo…
Jesucristo no quiere eso de nosotros, si eso nos impide ver la verdad  y nos pone como ejemplo la parábola de Lázaro y el rico Epulón.
Ya desde el principio del pasaje del Evangelio, llama la atención como Jesús pone nombre al necesitado, al hermano nuestro (Lázaro)  y deja sin nombre al rico, como dejando en el aire a todos los que podamos sentirnos identificados con este personaje en algún momento de nuestra vida.
El rico disfrutaba de la vida y de los dones que esta la daba: posición, vestidos de lujo y ricos banquetes, donde  invitaba a los de su clase social. Esos bienes le daban seguridad al rico y  muchos aduladores que le hacía crecer día a día esa coraza de seguridades pero le impedían ver lo que tenía a su alrededor.
No es que las riquezas o los bienes recibidos por Dios sean malos en sí mismo, sino la forma de emplearlos, de gestionarlos en el medio de las circunstancias en las que nos movemos y así creo que Dios nos los da y nos los concede, para que sepamos utilizarlos y hagamos el Reino de Dios ya aquí en la tierra.
Dios Padre nos conoce, pues Él mismo nos ha creado y busca nuestra salvación a través de su Hijo Jesucristo y es aquí, precisamente en este Evangelio, donde Jesucristo pone de manifiesto cómo la obra de Dios actúa para salvarnos a todos, incluso a los ricos.
El Evangelio nos cuenta cómo “a su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro…” y un poco más adelante nos dice cuando el rico estaba sufriendo en la morada de los muertos cómo éste exclamó  pidiendo a  Abraham que Lázaro le ayudase en su tormento. Deducimos pues, que el rico conocía a Lázaro: siempre había estado en su puerta esperando no ya  comida, sino al menos las migajas que caían de su mesa… pero ni siquiera esto tuvo de él.
Dios busca nuestra salvación a través de tantos Lázaros que nos pone en el camino, con nombre y apellidos, que tenemos muy cerca, continuamente en nuestras puertas y que nos piden, no ya sólo comida, sino  luz para iluminar sus vidas perdidas de Fe, llenarlas del alimento eterno que nos da Jesucristo y así todos podamos conducirnos a la morada de Dios Padre.
Al final del Evangelio,  Jesucristo nos remarca el único camino a seguir, pues la dureza del corazón humano no tiene límites: es tal la misma, que aunque nos visitara un muerto y nos avisara de nuestro error, no nos arrepentiríamos, dado que con la “coraza” que nos proporciona las seguridades, no le dejaríamos entrar. Solo hay un camino: escuchar a Jesucristo, acercarnos a Él para poder darnos cuenta de nuestros errores y pecados, arrepentirnos y así poder reconocer a Lázaro en nuestros hermanos necesitados que tenemos alrededor.
Eduardo JB


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