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domingo, 25 de diciembre de 2022

¿Quién quiso asesinar a la Navidad? Tres intentos fallidos y tres resurrecciones gloriosas

 

Siempre encontró en su defensa grandes valedores: escritores, reyes, pueblo llano...

¿Quién quiso asesinar a la Navidad? Tres intentos fallidos y tres resurrecciones gloriosas

George Scott como Mr. Scrooge.
En 1984, George Scott interpretó a Mr. Scrooge en la película para televisión 'Un cuento de Navidad [A Christmas Carol]', dirigida por Clive Donner.

Jorge Soley / ACdP*

Afortunadamente aún no es muy frecuente en nuestro país, pero ya no es imposible cruzarse con alguien malhumorado que proclama que la Navidad es horrorosa, deprimente, un periodo del año a evitar en lo posible. Pero antes de la aparición de estos malajes, antes incluso de los “Scrooge” que reducen la Navidad a meras “paparruchas”, hubo un gobierno que se atrevió a prohibir la Navidad.

El ataque de los «Cabezas redondas»

Si la celebración de la Navidad ha tenido altibajos a lo largo de la historia, sin duda la Inglaterra de mediados del siglo XVII tocó fondo. ¿Los responsables? Los puritanos inspirados en las ideas de Calvino y liderados por Oliver Cromwell. Para aquellos puritanos los doce días de festividades navideñas eran un despilfarro inaceptable y, sobre todo, un lamentable residuo de papismo para el que no había suficiente base bíblica: el calendario litúrgico medieval era considerado demasiado católico y una distracción respecto de lo único importante, la «sola Biblia».

Fue en 1647 cuando el Parlamento, controlado Cromwell y sus seguidores, los llamados “Roundheads”, en plena guerra civil contra el rey Carlos I, decretó la prohibición de lo que ellos llamaban el “Día del Jolgorio de los Paganos”, es decir, de la Navidad. Se decretó que las tiendas debían permanecer abiertas durante esos días y se prohibió también la asistencia a celebraciones religiosas vinculadas a la Navidad, la exhibición de decoraciones navideñas, las fiestas, los villancicos, el intercambio de regalos, el consumo de alcohol e incluso la fabricación de los tradicionales mince pies, un dulce típico de la Navidad británica a base de hojaldre relleno de frutas, pasas, almendras, especias y licor. De hecho, en el decreto se podía leer que: “habiéndose juzgado la celebración de la Navidad un Sacrilegio, el intercambio de regalos y felicitaciones, el vestir con ropas bonitas, las fiestas y otras prácticas satánicas similares quedan prohibidas”. Para dar ejemplo, el propio Parlamento celebró sesión en el mismo día de Navidad desde el año 1644 hasta 1656.

Cartel prohibiendo la Navidad en Boston en 1659.

Este cartel prohibiendo la Navidad corresponde a 1659 en Boston, entonces bajo dominio británico. Prohíbe la celebración de la Navidad por considerarla "sacrílega" y sus prácticas "satánicas".

Asegurar el cumplimiento de estas medidas no fue tarea fácil. Se produjeron disturbios y enfrentamientos en muchas ciudades, especialmente sonados en Canterbury y en todo el condado de Kent. Incluso en el propio Westminster, en la iglesia de Santa Margarita, varias personas fueron arrestadas al participar en una celebración y el alcalde de Londres fue agredido mientras intentaba arrancar adornos navideños. Pero donde la situación tomó tintes de mayor dramatismo fue en Norwich: en los disturbios que enfrentaron a vecinos con hombres armados que querían hacer cumplir la ley, explotó el almacén de municiones de la ciudad causando la muerte de al menos 40 personas. Pero a pesar de todos los enfrentamientos, lo cierto es que durante 13 años en Inglaterra no se pudo entonar un villancico, colocar una guirnalda o preparar un copioso festín para celebrar el nacimiento del Niño Jesús. Una prohibición que se mantuvo hasta dos años después del fallecimiento de Cromwell, cuando en 1660, nada más asumir el poder, el rey Carlos II reinstauró la celebración de la Navidad en todo su esplendor.

Cuando Dickens desbarató la ofensiva de la Revolución Industrial

Dos siglos después tuvo lugar un nuevo ataque contra la Navidad, esta vez en el contexto de la Revolución Industrial, aunque recuperando alguno de los argumentos de los puritanos, como que dejar de trabajar con ocasión de la Navidad era un despilfarro inadmisible en el siglo de la productividad. Pero en esta ocasión la Navidad tuvo un paladín que la defendió con una obra cuya popularidad se ha mantenido hasta nuestros días: nos referimos a Charles Dickens y su Cuento de Navidad.

Dickens era muy consciente de que la Navidad estaba desapareciendo en su país a causa del impacto social de la industrialización. Miles de personas abandonaban sus pueblos para ir a trabajar a las grandes ciudades fabriles, abandonando también sus tradiciones por el camino. En muchas fábricas eran reacios a dar días festivos, y aún menos retribuidos, mientras que las largas jornadas, los salarios bajos y las míseras condiciones de vida de quienes estaban engrosando las filas de lo que se llamaría “proletariado” hacían que la celebración de la Navidad fuera quedando arrinconada. Un viaje de Dickens a Manchester en octubre de 1843, donde contempló de primera mano las condiciones de vida de las familias obreras (algunas, quizás, empleadas en durísimas condiciones por Ermer & Engels, la fábrica copropiedad de la familia de Engels de la que vivieron tan ricamente Carlos Marx y el propio Federico Engels, los firmantes del Manifiesto Comunista), le decidió a escribir un relato que iba a rescatar y dar nuevo vigor a la Navidad.

Charles Dickens, en una lectura pública de sus obras.

Charles Dickens, en una lectura pública de sus obras.

El Cuento de Navidad fue publicado el 19 de diciembre de 1843 y los 6.000 ejemplares de la primera edición se vendieron en solo cuatro días. Hubo reimpresiones varias, se hicieron versiones dramáticas y el mismo Dickens realizó lecturas públicas de la obra ante aforos repletos. Pronto llegarían las traducciones y el efecto Cuento de Navidad se extendió por Europa y América en lo que fue una auténtica fiebre navideña. Una moda, si se quiere, que volvió a situar la Navidad como una fiesta principal en el calendario y que la asoció definitivamente a las reuniones familiares, con buena comida y villancicos, y a la generosidad hacia los pobres. Dickens no inventó nada de esto, pero sí lo recuperó y popularizó.

¿A qué se debe el inmenso éxito de esta obra? Probablemente a que en el nuevo y a menudo desalmado mundo de la primera Revolución industrial eran muchos quienes anhelaban recuperar algo de humanidad. Además, Dickens lo bordó, con un relato que combina suspense, fantasmas, humor y buenos sentimientos y unos personajes creíbles e inolvidables. Un relato que expone también algunas ideas brillantes. Como que lo que les ocurre a los demás también es responsabilidad nuestra: cuando Scrooge le dice al fantasma de su antiguo socio, Jacob Marley, que mientras había estado con vida había sido un buen hombre de negocios, éste le responde: “¡Negocios!, la humanidad era mi negocio. El bienestar común era mi negocio; la caridad, la misericordia, la tolerancia y la benevolencia eran, todas, mi negocio. Los negocios de mi comercio no eran más que una gota de agua en el amplio océano de mi negocio”.

O como el proceso de conversión del propio Scrooge, que nos muestra primero el camino por el que se convirtió en el ser egoísta que ha llegado a ser al inicio del relato, alguien que prefiere la seguridad del dinero al más arriesgado amor de su novia, transformando su corazón en un témpano de hielo. Es interesante notar que Dickens, más allá de los accidentes de la vida de Scrooge, responsabiliza de su corrupción a esa ideología que considera que no hay que apiadarse de los pobres porque se lo tienen merecido. Por eso nos pone ante una escena, al inicio de la obra, en la que dos caballeros le piden una aportación para obras caritativas: Scrooge responde con cajas destempladas sugiriendo que los pobres lo mejor que pueden hacer es morirse, “reduciendo así la sobrepoblación”.

Una expresión que se pudo escucharen público y en la vida real un par de años después de la publicación de la obra de Dickens, cuando en 1845 se desató la Gran Hambruna en Irlanda en la que murió alrededor de un millón de personas y otro millón hubo de emigrar. Puro maltusianismo, vigente aún hoy en día en muchos ambientes, que no es más que una excusa para justificar la codicia y falta de compasión hacia los pobres. Eso sí, la transformación de Scrooge al final de la obra es total… pero imposible sin la intervención de lo sobrenatural, una gracia que le ha hecho enfrentarse a la verdad sin remilgos y le ha cambiado hasta el punto de hacerlo irreconocible.

Chesterton, paladín de la Navidad

Vayamos ahora hasta el día de Navidad de 1931. Dickens había pasado de moda y el ateísmo “científico” era el último grito. La Navidad había pasado a ser algo propio de mentes infantiles, supersticiosas, poco sofisticadas. La gente a la última despreciaba las viejas historias de abuelas sobre un niño nacido en Belén y Dickens era considerado un trasnochado sentimental. Pero aquel día, miles de hogares en Estados Unidos sintonizaron la radio y oyeron estas palabras: “Me han pedido que les hable durante un cuarto de hora sobre Dickens y la Navidad”. ¿Quién podía ser el responsable de algo tan provocador y en apariencia demodé?

Chesterton, 'El espíritu de la Navidad'.

'El espíritu de la Navidad' recoge la forma en la que Chesterton entendía el misterio del nacimiento del Niño Dios.

Un entusiasta de ambos: el gran Gilbert Keith Chesterton, quien tras los pasados embates del puritanismo y el utilitarismo, defendió con su voz y con su pluma a la Navidad de las arremetidas del ateísmo del siglo XX, ese que nos promete placeres sin fin en una vida definitivamente liberada de toda atadura religiosa. No es casualidad que Chesterton fuera también responsable de la renovada popularidad de Dickens, causante de que se reeditaran libros que llevaban años agotados: ambos gigantes de la literatura compartían una visión del hombre y de la vida con muchos puntos en común.

En su breve charla radiofónica Chesterton defendió que la Navidad es insustituible. Ninguna nueva religión, incluyendo las políticas, ha creado una nueva fiesta no ya que se le parezca, sino que le llegue a la suela de los zapatos. Ninguna nueva filosofía ha sido lo suficientemente popular como para crear una fiesta tan popular. Aquellos que se supone que viven en búsqueda del último placer, en realidad son gente profundamente triste, infeliz. Algunos les acusan de ser paganos, Chesterton responde que eso es injusto… para los paganos.

“Los dioses y poetas paganos del pasado -afirma Chesterton - nunca fueron tan ordinarios, de décima división, como las ofertas rápidas y los que se las dan de inteligentes del presente. Venus nunca fue tan vulgar como lo que ahora llaman Sex Appeal. Cupido nunca fue tan burdo y ordinario como una novela realista moderna. Los antiguos paganos eran imaginativos y creativos; hacían cosas y construían cosas. De alguna manera ese hábito desapareció del mundo... Los paganos modernos son simplemente ateos que no adoran nada y por lo tanto no crean nada. No podrían, por ejemplo, ni siquiera hacer un sustituto del Día de Acción de Gracias. Porque la mitad de ellos son pesimistas que dicen no tener nada que agradecer, y la otra mitad son ateos que no tienen a nadie a quien agradecer”.

Frente a esta fría tristeza, Chesterton lee con fervor a Dickens porque escribe sobre la felicidad, porque incluso “Dickens sigue siendo el único hombre que exagera la felicidad”. Algo inaudito en una literatura moderna cuyos autores de más fama “si algo exageran, es la desesperación, el espíritu de la muerte”. Frente a este espíritu, el Niño Jesús lleva consigo precisamente “esa misteriosa revelación que trajo la alegría al mundo”.

Es ésta una idea muy nuclear en Chesterton, que ya se encuentra en el artículo que publicó en The Illustrated London News el 9 de enero de 1909 (recogido en la recopilación de artículos recientemente publicada bajo el título La amenaza de los peluqueros) y que le hace escribir que “El mundo moderno tendrá que encajar con la Navidad o morir”.

Chesterton, 'La amenaza de los peluqueros'.

Por ello puede escribir en El hombre eterno (recogido en ese tesoro de citas chestertonianas que es Un buen puñado de ideas) que “cualquier agnóstico o ateo que haya conocido de niño una auténtica Navidad tendrá después y para siempre, le guste o no, una asociación en su mente que la mayoría de la humanidad debe considerar como remota: la idea de un recién nacido y la idea de una fuerza desconocida que sostiene las estrellas”. Lo más poderoso y lo más frágil y vulnerable, algo que concebimos de manera natural como polos opuestos, es en Navidad lo mismo. Una vez expuestos a esta idea, ya nunca miraremos igual, ni a los potentados, ni a los miserables. El pasmo, la admiración, se repetirán por generaciones: “Un sinfín de leyendas y literatura, que aumenta y no terminará nunca, ha repetido y repite variaciones sobre esa única paradoja: que las manos que habían hecho el sol y las estrellas eran demasiado pequeñas para alcanzar las enormes cabezas del buey y la mula”.

La Navidad pervive contra cualquier intento de hacerla desaparecer porque es el milagro sobre el que se fundan nuestras vidas. Frente a puritanos, utilitaristas, ateos y lo que esté por venir, siempre aparecerán adalides como Dickens o Chesterton para clamar que está más viva que cualquier moda aparentemente incontenible. Como explicaba Chesterton en un pasaje que sigue resonando en nuestro tiempo, “si un hombre quiere adorar a la Fuerza Vital por el mero hecho de que es una Fuerza, puede adorarla muy naturalmente en la batería eléctrica. Estoy tentado de decir que le servirá de algo si finalmente adora a la fuerza vital en la silla eléctrica. Pero si quiere adorar la vida porque está viva, no encontrará nada en la historia tan vivo como esa pequeña vida que comenzó en la gruta de Belén y que ahora vive, visiblemente, para siempre”.

*Este artículo se publicó originalmente en el primer número de La Antorcha, la nueva revista gratuita impulsada por la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) para ofrecer una mirada cristiana para iluminar la realidad.

lunes, 10 de octubre de 2022

Enrique Rojas, premio especial Religión en Libertad por su «psicología abierta a la trascendencia» 08102022

 

Enrique Rojas, premio especial Religión en Libertad por su «psicología abierta a la trascendencia»

Enrique Rojas.
Tras la recepción del "Premio especial del año" de Religión en Libertad, el exitoso psiquiatra Enrique Rojas transmitió una breve lección magistral en torno a la felicidad, que el mismo expresó por la entrega del premio.

ReL

El pasado miércoles 28 de septiembre, el catedrático y psiquiatra Enrique Rojas recibió el Premio Especial del Año Religión en Libertad en reconocimiento a su aplicación de una "psicología práctica abierta a la trascendencia".

Rojas, que dirige el Instituto Español de Investigaciones psiquiátricas, es autor de best sellers de éxito internacional como Quién eres y ha vendido más de tres millones de libros de divulgación psicológica con un trasfondo marcadamente influido por la cosmovisión cristiana.

Tras recibir el premio, Rojas sorprendió a los asistentes en la Universidad San Pablo CEU con una breve lección magistral en torno a la felicidad. Un concepto que a su juicio sufre actualmente una "hipertrofia" y que es tratado en muchas ocasiones con superficialidad, pasando por alto que esta consiste ante todo "en hacer algo grande que merezca la pena con la vida".

Quién eres de Enrique Rojas.

Descubre aquí los 10 consejos de Enrique Rojas para alcanzar la felicidad. 

Destacó en primer lugar el componente temporal de la felicidad. Respecto al pasado, explicó, esta consiste en tener "buena salud y mala memoria" evitando rencores, mientras que de cara al presente puede definirse en "sacar el máximo partido al día a día". Culminó esta consideración de cara al futuro, viéndose marcada por "mirar más hacia atrás que hacia adelante", sustituyendo "las ilusiones por recuerdos".

Por último, abordó la felicidad en su aspecto cualitativo, refiriéndose al "proyecto de vida personal": "La felicidad consiste en tener un proyecto de vida realista y coherente con las cuatro notas del amor, el trabajo, la cultura y la amistad".

"Cada uno es hijo de sus obras, por eso la felicidad es un programa de vida donde residen, suben y bajan estas cuatro notas, la vida afectiva, al profesional, la cultural y la amistad", subrayó.

En este sentido, el mismo Rojas agradeció la recepción del premio y reconoció ante decenas de asistentes que su "mayor premio" es su familia, presente en la ceremonia.

Concluyó transmitiendo su agradecimiento a los presentes y al equipo de Religión en Libertad citando las palabras del emperador y rey Carlos V: "Hablo de negocios en inglés, con los caballos en alemán, del amor en francés, canto en italiano y rezo en español. Muchas gracias".

jueves, 9 de diciembre de 2021

El color de España (Chesterton) 09122021

 

El color de España

G.K. Chesterton.
Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) comprendió que la aversión a España entre los progres de su tiempo tenía una raíz espiritual.

por Juan Manuel de Prada

 Opinión 

Leo en estos días una magnífica recopilación de G. K. Chesterton titulada El color de España, publicada por Espuela de Plata, uno de los sellos de mi bienamada Editorial Renacimiento, que se ha embarcado en la misión benemérita de rescatar la obra de aquel gordo genial. En El color de España se congrega un ramillete de artículos en los que volvemos a paladear al Chesterton más genuino, siempre dispuesto a combatir todas las falsas filosofías que se presentan a los ojos de sus contemporáneos con el engolosinador marchamo de ‘progresistas’. En Chesterton es constante el esfuerzo por mostrar al lector que toda filosofía que carece de tesis es puro diletantismo, o un mero intento de arrojar al hombre hacia el caos; y también es constante el empeño por demostrar que la recuperación de la tradición no es, como pretende el moderno, la vuelta a un pasado de oscurantismo y barbarie, sino el único modo de aclarar nuestro futuro.

Chesterton insistió mucho en esta cuestión: para salvarse, al hombre no le bastará con bajarse del tren del progreso que trata de moldear su alma, sino que tendrá que desandar parte del camino, hasta llegar a la encrucijada donde tomó el camino errado. Esa fortaleza para desandar el camino errado la halló Chesterton en la tradición, que le mostró el modo de iluminar el futuro con una luz traída del pasado. Pretender que el pasado sea un páramo de barbarie, como pretende la modernidad, es una falacia semejante a la del hombre «que dijera al amanecer que si estaba más oscuro cuatro horas antes tendría que estar todavía más oscuro catorce horas antes», ignorando que esas catorce horas lo devolverían al día anterior, en el que lució un sol radiante. Chesterton sabe que las modas son una falsificación de la costumbre; y se enfrenta a las filosofías falsas que triunfaban en su época (versiones medrosas y germinales de las que hoy campean) con la certeza de que los hombres terminarían abjurando de ellas, porque cuando los hombres han hecho cosas realmente dignas han deseado siempre que perduren. Y, para que algo perdure, tiene que afianzar al hombre en la búsqueda de sentido, no arrojarlo al extravío y el desconcierto, como hacen siempre las filosofías falsas.

Claro que, para desmontar el trampantojo de las filosofías falsas, Chesterton sabe que los hombres tienen que recuperar antes su capacidad para espantarse de las monstruosidades morales. «La gente sencilla no siente horror por las monstruosidades físicas, así como la gente culta no lo siente por las monstruosidades morales». Tal vez la simpatía que Chesterton muestra en este libro hacia los españoles (y, según el propio autor nos aclara, ‘simpatía’ significa sufrir con el otro, no sólo lamentar su sufrimiento, como hace la filantropía) tenga mucho que ver, precisamente, con su simpatía hacia la gente sencilla que todavía siente horror ante las monstruosidades morales. Ese tipo de español sencillo que Chesterton encontró tan admirable podía vestir de negro, pero poseía una alegría mayor que la de ningún hombre culto, porque sabía mezclar las diversiones y los misterios religiosos de una forma chocante «para aquellas personas que no creen en los misterios religiosos» (y tampoco en la auténtica diversión, nos atreveríamos a añadir). Chesterton descubre que los españoles, tan devotos de las corridas de toros, se muestran sin embargo bondadosos con los niños; afirmación que no podría decirse de la España de hogaño, tan civilizadamente animalista, pero terriblemente cruel con los niños (a los que aniquila cuando apenas son una semilla y pervierte antes de que florezcan).

A Chesterton no se le escapa que la aversión que provoca España entre sus compatriotas no es más que una expresión del «odio sincero y salvaje que sienten muchos europeos por la religión de su propio pasado europeo», un fenómeno que no se ha dado en ninguna otra época ante el ocaso de ninguna otra religión. Los paganos se tornaron cada vez más indiferentes ante su religión declinante, pero jamás se revolvieron contra sus reliquias. Si hoy los europeos se empeñan con tanto encono furibundo en arrancar los vestigios cristianos es porque saben que la religión de Cristo nunca podrá ser una reliquia. Y ese mismo odio furibundo fue el que nos dedicaron a los españoles, cuando aún conservábamos aquel color restallante de la fe, que tanto nos hacía desentonar entre todos los europeos. Como afirma Chesterton en otro pasaje de esta suculenta recopilación: «Hemos perdido nuestros instintos nacionales porque hemos perdido la idea de aquel cristianismo que dio origen a las naciones. Y, al liberarnos del cristianismo, nos hemos liberado de la libertad. Ahora no podemos volver a un humorismo meramente pagano, pues el nuevo paganismo es cualquier cosa menos humorístico».

Publicado en XL Semanal.