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domingo, 3 de noviembre de 2019

La salvación se decide en la práctica (Padre Nicolás Schwizer) 03112019

La salvación se decide en la práctica
Los primeros para Dios son con frecuencia los últimos para los hombres


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Retiros y homilías del Padre Nicolás Schwizer



En el libro de Isaías del Antiguo Testamento se anuncia la reunión de todas las naciones, lenguas y razas en un solo pueblo elegido. En el Nuevo Testamento, Jesús dice a sus paisanos que vendrán extranjeros del norte y del Sur, de Oriente y Occidente, para sentarse a la mesa del Reino de Dios.

Esta universalidad de la salvación de Dios nos deja todavía sin saber nada acerca del número de los que se salvarán. Nos basta con saber que Dios llama a todos, que la puerta que conduce al Reino es estrecha y puede cerrarse en cualquier momento. Lo único importante es la conversión al Evangelio. Todo lo demás es simple curiosidad que nos distrae peligrosamente.

El Evangelio es salvación para los que lo escuchan responsablemente, sean o no descendientes de Abrahán o católicos desde su nacimiento. Escuchar responsablemente el Evangelio es vivirlo, practicarlo en la vida de cada día.

Y esto no es nada fácil. Por eso dice Jesús que la puerta es estrecha y que sólo los que se esfuerzan entraran por ella en el Reino de Dios.

No basta con escuchar sermones o ir a misa todos los domingos. No son las prácticas piadosas las que nos van a salvar. Todo esto tiene su valor, pero sólo cuando nos ayuda y anima a vivir nuestra fe en la vida de cada día: en nuestra vida personal y familiar, nuestra vida social y profesional, nuestra vida política...

El último día, el Señor reconocerá sólo a aquellos que ahora y aquí lo reconocen en los hombres. Reconocer a Jesús en los hombres, es reconocer la dignidad de cada ser humano, respetar sus derechos, tener en cuenta sus necesidades y, sobre todo, solidarizarse con los pobres, los marginados, los oprimidos. Cualquier cosa que hagamos a uno de estos, al Señor mismo se lo estamos haciendo.

“Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”. Llegará el gran Día del juicio, y entonces vendrá la sorpresa implacablemente sobre muchos que se creyeron los verdaderos cristianos.

Y estos, que se tuvieron a sí mismos por los primeros, dirán: “Señor, ábrenos”. Y el Señor les contestará: “No sé quienes sois”. Y ellos comenzarán a decir: “Hemos comido tu pan y bebido tu sangre, tu Evangelio se ha predicado en nuestras iglesias.”
Pero el recuerdo de todas estas prácticas religiosas no servirá de nada si no va acompañando de la prueba verdaderamente decisiva en el juicio: del amor a los demás, sobre todo a los necesitados.

Llegará el gran Día del juicio, y entonces vendrá felizmente la sorpresa sobre muchos hombres de oriente y occidente, del norte y del sur. Son los que practicaron en el mundo el mensaje cristiano del amor.
Por eso, el Señor les abrirá la puerta, los sentará a su mesa y les dirá: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui peregrino, y me acogisteis...”
Los primeros para Dios son con frecuencia los últimos para los hombres. Porque Dios no juzga según las apariencias, sino que ve en el corazón.

Hay un cristianismo oficial que es bueno cuando expresa auténticamente en palabras y obras las actitudes de la fe, la esperanza y el amor pero que es vana hipocresía cuando no es así.
En cambio, hay otro cristianismo sin nombre, anónimo, que no se expresa en ritos y palabras, pero que realiza en la vida el mensaje de Cristo.

La verdad cristiana es eminentemente práctica. Consiste en la conversión del hombre hacia un orden nuevo, en el que habita la justicia, la paz, la fraternidad y el amor. Los hombres que trabajan por estos valores, se salvarán y ascenderán a los primeros puestos.

Queridos hermanos, esforcémonos para que Dios nos encuentre también entre ellos y nos deje entrar en su Reino celestial.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Cómo vivo mi cristianismo durante la semana?
2. ¿Qué acciones hago en pro de los necesitados?
3. ¿Se nota mi cristianismo en mi ambiente laboral, familiar…?

lunes, 21 de enero de 2019

Amar al enemigo (Meditación para hoy) 21012019

Amar al enemigo
El amor al enemigo, es el signo del verdadero cristiano, es lo que debe distinguirlo de los demás. 


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer 



1. En el Evangelio de hoy, Jesús sigue enseñándonos sobre la nueva justicia. En ella se contrapone la ley judía a las exigencias cristianas. Hoy nos habla sobre el amor a los enemigos.

La ley judía exigía amar sólo al prójimo: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Significa amar al que está cerca, al que vive conmigo, al hermano, pariente, amigo.

En cambio, el judío no está obligado a amar al que se encuentra lejos de él - lejos interior o exteriormente. Sobre todo, no ha de amar al enemigo personal, al enemigo de su pueblo (p.ej. pueblos vecinos hostiles), al enemigo de Dios. Ésta es la ley judía.

2. Porque al cristiano se le exige mucho más que al judío. Jesús habla muy claro sobre ello, en el Evangelio de hoy: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian”.

El amor al enemigo, es el signo del verdadero cristiano, es lo que debe distinguirlo de los demás. En eso tenemos que imitar a Dios-Padre: Él trata igual a buenos y malos, da sus dones a justos e injustos, no distingue entre santos y pecadores, porque todos son sus hijos queridos.

3. Parece que Jesús no conoce más que una ley, la ley del amor, y que saca de ella todas sus consecuencias, y hasta los últimos detalles. Este rigor del Señor, a algunos los entusiasma y a otros los llena de indignación.

Y a nosotros, ¿nos ha entusiasmado o nos ha indignado Jesús con sus exigencias? Esto sería, por lo menos, una señal de que las hemos entendido. Porque lo peor que podría sucedemos es escucharlas con unos oídos tan distraídos y tan habituados, que ni siquiera nos impresionaran.

Es grave escuchar la palabra de Dios y rechazarla. Pero, ¿qué decir de los que la aceptan, la aclaman litúrgicamente, y ni siquiera se dan cuenta de ella? Para los que no creen en Jesús, todavía queda una oportunidad: el futuro sigue abierto para ellos y pueden convertirse. Pero, ¿qué pasa con aquellos que se imaginan que creen y que, sin embargo, ni siquiera se les ocurre pensar que podrían y que deberían cambiar?

4. Las exigencias duras de Cristo son para nosotros palabras de salvación únicamente cuando empiezan por hacemos daño: ¡Amar a los enemigos, cuando resulta ya tan difícil amar realmente a los que nos aman! ¡Hacer el bien a los que nos odian, cuando nos cuesta ya tanto poner buena cara a los que nos hacen el bien!

¡Rezar por los que nos persiguen y calumnian, si apenas nos tomamos tiempo para rezar por los nuestros! En cuanto a presentar la otra mejilla y ofrecerle nuestra camisa al que ya nos ha quitado el saco, no será una exageración que ninguna persona con sentido común piensa practicar.

5. En una palabra: estos consejos del Señor atentan contra toda nuestra realidad humana. La ley de este mundo, después de más de 2000 años de cristianismo, sigue siendo el “ojo por ojo, diente por diente”. Parece que a la violencia sólo se puede responder con la violencia.

Pero la verdad es que así no se consigue nada. La espiral de la venganza, del odio y de la violencia se irá adelante indefinidamente. Hay que salir de este cerco. Hay que romper ese círculo vicioso de actos de violencia con un “hecho nuevo”. Hay que adoptar una actitud distinta de la del adversario.

6. Feliz el que sabe dar el primer paso para acercarse. Porque no hay nada mejor que, de repente, en un conflicto uno perdone al otro, abandone su posición, deje de devolver el golpe. No hay más que una salida: que uno de los dos tenga la idea prodigiosa de comenzar a amar al enemigo.

Cuando se recibe un bofetón en la mejilla y se devuelve otro, éste no es más que el eco del anterior. Pero si el que lo recibe no lo devuelve, sino que perdona, entonces hace aparecer sobre la tierra algo inesperado. Si tomamos a alguien su saco, podemos decir de antemano que nos negará la camisa. Pero si en lugar de negarla nos la da, entones quedaremos estupefactos, porque es una cosa totalmente nueva, imprevista.

Lo que se nos pide es hacer algo nuevo en nuestra vida, ser creadores en el amor, no dejarnos esclavizar por el pecado. Significa convertir el enemigo, el adversario en un hermano. Significa acercamos a él, hacerlo prójimo, amarlo como a sí mismo. Significa descubrir en el enemigo, como en cada hombre, a Jesucristo mismo.

7. Queridos hermanos, el cristianismo no es una religión fácil. Ser un cristiano auténtico exige sacrificio, heroísmo, renuncia al odio, al rencor y a la venganza...
Examinémonos, por eso:

• ¿Cuál es nuestra reacción a calumnias, ofensas e injusticias?
• ¿Reaccionamos con odio, rencor, venganza, resentimientos?
• ¿O logramos comprensión, aceptación, perdón y olvido? ¡Pensémoslo un momento!

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.


Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt


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jueves, 3 de enero de 2019

El amor al prójimo es amor a Dios (Meditación para hoy) 03012019

El amor al prójimo es amor a Dios
Somos llamados a ser testigos de nuestro cristianismo en este mundo, ante todos los hombres.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer 



Mateo 5, 13-16
Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. " Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Reflexión
“Vosotros sois la sal de la tierra”. “Vosotros sois la luz del mundo”. El Señor dirige hoy estas palabras a todos los cristianos, a cada uno de nosotros.

Somos llamados a ser testigos de nuestro cristianismo en este mundo, ante todos los hombres.
Y este testimonio debe realizarse no tanto en muchas palabras, sino sobre todo en nuestras acciones y obras. Porque el mundo moderno quiere que las palabras se traduzcan en hechos; los principios, en efectos; la fe y la caridad, en obras.

El mundo actual no se convertirá nunca a Dios, si no encuentra en nosotros, en nuestras vidas cristianas, un signo y testimonio de la presencia de Dios. Sabemos que después de su ascensión, Cristo no tiene ya más que una aparición posible, la nuestra. El único rostro que Él puede mostrar a nuestros contemporáneos, para llamarlos y convertirlos, es el nuestro, el de nuestras familias, el de nuestras comunidades y grupos.

Entonces, ¿cómo podemos ser luz del mundo? ¿Cómo podemos dar testimonio de Cristo en medio de los hombres?

El signo característico del cristiano auténtico es el amor, el amor a Dios y el amor a los hermanos.
Seremos sal de la tierra, luz del mundo en la medida en que seamos testigos fieles del amor sin límites de Jesucristo, en nuestra propia vida.

Es la única prueba convincente de que Él sigue vivo: que nuestra comunidad cristiana, nuestras familias, cada uno de nosotros vivamos con tanto amor y entrega servicial, que los demás sientan ganas de unirse a nosotros. Que ellos sólo puedan explicarse nuestra entrega cristiana, admitiendo que Cristo se ha hecho vivo de nuevo en nosotros.

Y sabemos: El amor al prójimo es amor a Dios.
Porque a partir de la encarnación de Cristo, el segundo mandamiento es semejante, es igual al primero. ¡No separemos pues el amor a Dios del amor a los hermanos!

San Juan Crisóstomo nos explica: “Quien acepta uno de los dos preceptos, observa también el otro. Ni un alma sin cuerpo, ni un cuerpo sin alma pueden constituir un hombre. Así, pues, no se puede hablar de amor a Dios, si no se tiene como compañero el amor al prójimo.”

Cuando, por eso, amamos a nuestros hermanos, estamos amando a Dios de un modo auténtico y directo. Y, además, la prueba de que amamos a Dios es que nos amamos los unos a los otros. Cristo ha revelado que tenemos las mismas relaciones con Dios que con cualquiera de nuestros hermanos. Estamos tan cerca de Dios, como de cualquiera de nuestros prójimos.

San Juan nos explica en su primera carta: “El que dice que ama a un Dios, a quien no ve, sin amar a su hermano, a quien ve, es un mentiroso” (4.20). El amor a Dios se presta a muchas ilusiones, a mucha imaginación. Pero el amor a nuestros hermanos es extraordinariamente realista.

Podemos saber en cualquier momento en que punto nos encontramos. Así nuestro amor a los demás es nuestra manera concreta de entrar en el amor a Dios. El prójimo es Cristo al alcance de nuestro amor. No amamos verdaderamente a Cristo, si no lo amamos en el hermano.

Ese amor fraternal es el gran signo del cristiano, el único testimonio que aceptan los demás, la única invitación convincente para los de afuera.

Así ya ocurrió con los cristianos de la primera hora, tal como nos cuentan los Hechos de los Apóstoles: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma, y nadie llamaba propia, cosa alguna de cuantas poseía, sino que tenían en común todas las cosas”. Por eso “no había entre ellos indigentes” (Hech 4, 32ss). Este testimonio de amor no podía explicarse más que porque Cristo seguía viviendo en cada uno de ellos.

Esa misma actitud la exige también el profeta Isaías en la primera lectura de hoy: “Comparte tu pan con el hambriento y recibe en tu casa a los pobres sin techo; cubre al que veas desnudo y no te desentiendas de tu hermano. Entonces irrumpirá tu luz como la aurora.” Con ese amor generoso actúa aquel que quiere ser testigo fecundo de Cristo en este mundo.

Queridos hermanos, tratemos, pues, que esta Eucaristía ahonde en nosotros ese amor a Dios en los hermanos, y nos haga descubrir y superar todos los obstáculos para que sea más pleno. De este modo, seremos testigos del amor que en este sacramento se vive, y nuestra vida será cada vez más sal de la tierra y luz del mundo.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt


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sábado, 22 de diciembre de 2018

El Magnificat (Meditación para hoy) 22122018


 

El Magnificat
La Virgen expresa su inmensa alegría por todo lo que Dios ha hecho en su humilde esclava


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer 



Lucas 1, 46-56
En aquel tiempo, María dijo: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abraham y su descendencia para siempre. María permaneció con Isabel unos tres meses, y se volvió a su casa.

Reflexión
El Evangelio de hoy nos presenta el gran cántico de la Sma. Virgen en su visita a la casa de Santa Isabel: el Magnificat. Expresa su inmensa alegría por todo lo que Dios ha hecho en su humilde esclava.

En el canto, en realidad, María dice pocas cosas nuevas. Casi todas sus frases encuentran numerosos paralelos en los salmos y en otros libros del Antiguo Testamento. Pero - como escribe un teólogo - si las palabras provienen en gran parte del antiguo testamento, la música pertenece ya a la nueva alianza. En las palabras de María estamos leyendo ya un anticipo de las bienaventuranzas y una visión de la salvación que rompe todos los moldes establecidos. En el canto, María dice cosas que deberían hacernos temblar.

El canto es como un espejo del alma de María. Es, sin duda, el mejor retrato de María que tenemos. Su canto es, a la vez, bello y sencillo. Sin alardes literarios, sin grandes imágenes poéticas, sin que en él se diga nada extraordinario. Y sin embargo, ¡qué impresionantes resultan sus palabras!

Es, ante todo, un estallido de alegría. Las cosas de Dios parten del gozo y terminan en el entusiasmo. Dios viene a llenar, no a vaciar. Pero ese gozo no es humano. Viene de Dios y en Dios termina. La alegría de María no es de este mundo. No se alegra de su maternidad humana, sino de ser la madre del Mesías, su Salvador (M. Thurian). No de tener un hijo, sino de que ese hijo sea Dios.

Por eso se sabe llena María, por eso se atreve a profetizar que todos los siglos la llamarán bienaventurada, porque ha sido mirada por Dios. Nunca entenderemos los occidentales lo que es para un oriental “ser mirado por Dios”. Para éste - aún hoy - la santidad la transmiten los santos por medio de su mirada. La mirada de un hombre de Dios es una bendición. ¡Cuánto más si el que mira es Dios!

La cuarta estrofa del himno de María resume su visión de la historia. Y se reduce a una sola idea: el reino de Dios, que su hijo trae, no tiene nada que ver con el reino de este mundo. Y ésta es la parte subversiva del himno que no podemos disimular: para María el signo visible de la venida del Reino de Dios es la humillación de los soberbios, la derrota de los potentados, la exaltación de los humildes y los pobres, el vaciamiento de los ricos.
Estas palabras no deben ser atenuadas: María anuncia lo que su Hijo predicará en las bienaventuranzas: que Él viene a traer un plan de Dios que deberá modificar las estructuras de este mundo de privilegio de los más fuertes y poderosos.

Los pobres y humildes de los que habla María son los que sólo cuentan con Dios en su corazón: los humildes, los que temen a Dios, los que se refugian en él, los que le buscan, los corazones quebrantados y las almas oprimidas. María no habla tanto de clases sociales, sino más bien de clases de almas. ¿Y quién podrá decir de sí mismo que es uno de esos pobres de Dios?

María no habla solamente de la pobreza material o de la pobreza espiritual. Habla de la suma de las dos. Y al mismo tiempo ofrece un programa de reforma de las injusticias de este mundo y de elevación de los ojos al cielo. Son dos partes esenciales de su Magnificat y del evangelio, dos partes inseparables.

María, en el Magnificat, no separa lo que Dios ha unido por medio de su Hijo: los problemas temporales de los celestiales. Su canto es, verdaderamente, un himno revolucionario, pero de una revolución integral. Por eso María puede predicar esa revolución con alegría.

Queridos hermanos, pienso que es necesario que también todos nosotros cantemos con ella, y como ella, atreviéndonos a decir toda la verdad de esa revolución que María anuncia. Esa revolución que hubiera hecho temblar a Herodes y Pilato, si la hubieran oído. Y que debería hacernos sangrar hoy a cuantos, de un modo o de otro, multiplicamos el mensaje de María.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt

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domingo, 18 de noviembre de 2018

El fin del mundo (Meditación para hoy) 18112018

El fin del mundo
Reunirá a los elegidos de los cuatro vientos.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer 



En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Pasado el sufrimiento de aquellos días, el sol se oscurecerá y la luna no dará resplandor; las estrellas caerán del cielo y las fuerzas celestiales se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre entre nubes con gran poder y gloria; él enviará entonces a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra al extremo del cielo. Fíjense en el ejemplo de la higuera: cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, saben que el verano está cerca. Pues lo mismo ustedes, cuando vean que suceden estas cosas, sepan que el Hijo del hombre ya está cerca, a la puerta. Les aseguro que no pasará esta generación sin que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto al día aquel y a la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre».

Reflexión
Se acerca el fin del año litúrgico. Por eso, los textos bíblicos de hoy nos hablan, como todos los años, de la vuelta gloriosa de Cristo, del fin del mundo, del juicio universal. Estas promesas entusiasmaban a los primeros cristianos. Era esta fe, esta espera activa, la que impresionaba a sus contemporáneos. Porque aquellos cristianos no vivían como los demás, es decir, como gente sin esperanza.

¿Y nosotros? La verdad es que muchos de nosotros no se sienten familiarizados con estos pensamientos. Nosotros no nos sentimos ni animados con estas promesas, ni inquietados por estas amenazas tan lejanas. Pocos de nosotros alimentan su vida religiosa con estos pensamientos. Sin embargo, estos sucesos tendrán lugar, algún día:
o Es cuestión de fe que Nuestro Señor ha de volver;
o Es cuestión de fe que este mundo tendrá fin;
o Es cuestión de fe que todos nosotros seremos juzgados.

Se puede dividir a los cristianos de nuestro tiempo en dos categorías, según su actitud frente a estos grandes sucesos que nos revela la fe.

1. Los que no esperan nada. Tenemos en primer lugar al grupo inmenso de cristianos que no velan, que no esperan nada, que no aguardan nada.

Son aquellos que se han instalado en el mundo y que viven confundidos con él, con todo lo que esto significa. Son cristianos por educación y por algunas prácticas, con las cuales creen haberse asegurado firmes derechos en la otra vida.

La vuelta gloriosa de Cristo, el fin y el juicio de este mundo no son más que cosas exageradas, que no están al alcance de su mentalidad. Ellos, desde luego, no las esperan. Lo que esperan es todo lo contrario: que continúe lo más posible su pobre vida y sus pobres caprichos de aquí abajo.

No es que no creen en esos sucesos que el Evangelio anuncia. Los aceptan con docilidad, pero sin interés, porque no ven en ellos nada que les pueda interesar.

2. Los que esperan la vuelta del Señor. La verdadera fe de un cristiano en la Parusía no tiene nada que ver con esa actitud. Un auténtico cristiano aguarda con valentía y esperanza la vuelta del Señor.

“Toda la creación gime en la espera de la manifestación de los hijos de Dios” dice San Pablo. También nosotros: nuestra vida verdadera está oculta en Dios y sólo se revelará cuando el Señor aparezca.
Pero mientras espera esta aparición definitiva del Señor, el cristiano auténtico no está inactivo. Por el contrario, esta fe en la Parusía le da ánimo para trabajar en la preparación del Reino.

San Pablo creía que el Señor volvería al mundo, cuando toda la tierra fuera evangelizada. Creía que podía evangelizarla en el espacio de una vida humana. Y esta esperanza lo lanzaba por todos los caminos del Imperio Romano.
También los primeros cristianos esperaban a Cristo de un momento a otro. Por este motivo ponían todos sus bienes en común. Por este motivo se alegraban también de las persecuciones y del martirio. Cristo podía venir en cada instante y ¡ojalá que los encontrara sufriendo y muriendo por Él!
Esto era lo que le dio a la Iglesia primitiva aquel dinamismo tan extraordinario que convenció y convirtió a los contemporáneos.

También a nosotros, la esperanza en el triunfo final de Cristo debería entusiasmarnos en la preparación de su Reino. Tenemos en nuestras manos los medios para salvar al mundo: los sacramentos, la oración, el trabajo, fuentes inagotables de gracias.
El fin de los tiempos no debe ser una catástrofe, sino una realización y una culminación. Dios no quiere aniquilar este mundo, que tanto ha amado, sino que quiere perfeccionarlo y salvarlo.
Y esta perfección y salvación del mundo tiene que ser obra nuestra, obra de todos los cristianos. Nosotros somos los responsables de humanizar, transformar, evangelizar y divinizar el mundo.

Queridos hermanos, hoy el Señor nos invita a hacer un acto de fe en su victoria eterna y definitiva y, a convertirnos en colaboradores incansables en su Reino.
¡No rechacemos esta invitación del Señor del mundo!

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt

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lunes, 29 de octubre de 2018

Libre de mi propio yo (Meditación para hoy) 29102018

Libre de mi propio yo
Si miramos el mundo de hoy, nos damos cuenta que la libertad es uno de los grandes valores del hombre moderno


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Retiros y homilías del Padre Nicolás Schwizer 



El anhelo de la libertad es muy fuerte. La libertad es el bien supremo del hombre de hoy, raíz de su dignidad humana.

¿Qué es la libertad?
En el libro “Triunfo” de Michel Quoist, leemos: “Si te sometes a la voluntad de tu instinto, tienes una ´libertad´ de animal. Si te sometes a la voluntad de la sensibilidad, de tu imaginación, de tu orgullo, de tu egoísmo... tienes una libertad de hombre viciado y limitado por el pecado. Si te sometes a la voluntad de Dios, tienes una libertad de hombre divinizado, una libertad de hijo de Dios”.

La libertad DE - PARA
La libertad no es para nosotros un fin en sí mismo, sino que la libertad es el gran medio para alcanzar nuestra vocación, nuestra felicidad. Es libertad para. Por eso, la libertad del cristiano es fundamentalmente una libertad atada. No es la libertad de la hoja al viento que permanece estéril, sino que es la libertad de la semilla: enraizada en aquella tierra que la va alimentar y hacer crecer. La libertad nos permite crecer. Pero para crecer tenemos que atarnos, enraizarnos. Y nuestro dilema como hombres es: o nos atamos como hijos a la voluntad de Dios, o nos atamos como esclavos a falsos dioses, a ídolos. La libertad de significa, entonces, ser libres de todas aquellas ataduras que son cadenas y que me impiden crecer.

Los rivales de Dios son los ídolos, que me prometen felicidades engañosas y que me convierten en esclavo. En el fondo hay un único gran ídolo: mi propio yo. El dilema de mi libertad es: la doy amando a otro que no soy yo, o la repliego egoístamente entorno a mi yo. Y entonces pueden surgir una cantidad de ídolos.

Los ídolos de la comodidad, la flojera y la irresponsabilidad. El voluntarismo, el deseo de hacer mi voluntad y que no sea contrariada. El activismo, esa tendencia a hacer, más que acoger, es muy fuerte en nosotros, sobre todo en el varón. Otro ídolo es el naturalismo que nos impulsa a rechazar algo clave en la fe que es el misterio de la cruz. Y son también ídolos algunos impulsos que no controlamos y que nos tiranizan: el mal genio, la impaciencia y tantas otras cosas que no hemos logrado dominar.

Entonces, si queremos ser libres interiormente, tenemos que luchar contra nosotros mismos, debemos conquistar nuestra libertad paso a paso. No seremos libres mientras estemos atados a las cosas o a las personas. No son las cosas que se atan a nosotros, sino somos nosotros los que nos atamos a las cosas, que nos entregamos a ellas como esclavos.

Para ponernos en camino hacia la libertad interior, debemos conocernos a nosotros mismos: nuestras posibilidades, nuestras limitaciones y ataduras.
Y así empieza la lucha de librarnos de todo aquello que entorpece nuestra verdadera personalidad. Desprendernos de muchas cosas: complejos, angustias, tiranía de los instintos, desórdenes, faltas de carácter, etc. Es todo el campo de la autoeducación.

Pero la libertad no termina aquí. Queremos ser libres para alguien. La posesión de sí mismo tiene por fin la donación, el compromiso.
El sentido de la libertad interior es la entrega al Tú, la solidaridad para los hermanos, la donación a Dios. Entre ambos aspectos (libre de - a fin de ser libre para) resulta una tensión, una polaridad creadora: libertad - vínculo.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Cuáles son mis ídolos?
2. ¿Trabajo regularmente en mi autoeducación?
3. ¿Le ofrezco a Dios mis esfuerzos por mi autoformación?



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jueves, 25 de octubre de 2018

La segunda conversión (Meditación para hoy) 25102018

La segunda conversión
Darse cuenta de que ser cristiano es algo más que vivir costumbres, tradiciones y hasta rutinas cristianas


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Retiros y homilías del Padre Nicolás Schwizer 



La Iglesia nos invita a los cristianos a la conversión permanente, perfecta, definitiva. Es un desafío para todos nosotros. Nos estimula a revisar nuestro propio camino de conversión, nuestros progresos personales hacia la santidad.

¿Qué significa conversión para nosotros?
Es un cambio serio, profundo, total, que abarca toda la persona. Cambio de mentalidad, cambio interior, de actitudes interiores que nos lleva a transformar también toda la vida exterior.

La primera conversión. En la vida de cada cristiano existe una primera conversión. El día de nuestro Bautismo, todos fuimos convertidos. Dios cambió radicalmente nuestra vida, por la gracia y fuerza divina. Nos llamó a vivir como redimidos, como hijos queridos de Dios. Pero no tuvimos mucha participación todavía en esa conversión.

La Segunda conversión. Por eso, en la vida de cada cristiano auténtico, debería haber una segunda conversión: Darse cuenta de que ser cristiano es algo más que vivir costumbres, tradiciones y hasta rutinas cristianas. Tomar una decisión muy personal de vivir una vida cristiana, vida entregada, generosa, comprometida - por convicción personal, no solo por decisión de los papás, como en el Bautismo.

Esta conversión definitiva es un volverse, un abrirse con todo el ser a Dios y a los hermanos. Y la mejor expresión de ello es la confesión, sacramento de la reconciliación y la conversión. Nuestras confesiones de Cuaresma han de ser pasos decisivos hacia un cambio sincero y radical.

Conversión radical. Quizás tenemos un concepto demasiado simplista de lo que es conversión: pasar de una situación de ateísmo o de corrupción moral a la fe o a una vida recta. Y es verdad, existen conversiones de este tipo: un cambio radical de camino, la decisión por una vida nueva. Un ejemplo preclaro de ello tenemos en San Pablo. Otros ejemplos son San Agustín, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, Charles de Foucauld, etc.

Hasta podemos decir que la historia de la Iglesia es la historia de sus conversiones y renovaciones, la historia de sus grandes convertidos a lo largo de los siglos.

También en nuestro tiempo actual encontramos movimientos que impulsan a la conversión radical: p.ej. Cursillos de cristiandad, Movimiento de Renovación Carismática, etc.

Conversión permanente. Pero existe también otra forma, una forma más corriente de conversión. Se trata de personas que no cambian su vida de un modo tan drástico, tan instantáneo, que no hacen virajes tan espectaculares.

Todos sabemos que la conversión normalmente no se da de un día a otro. Es un proceso largo de cambio, una conversión permanente. Consiste en pequeñas conversiones, conversiones diarias.

Son personas que elevan sin cesar su vida, que cada año se les ve más generosas, más profundas, más entregadas. Son los hombres y mujeres de las pequeñas conversiones, de la “conversión diaria”. Supongo y espero que todos nosotros pertenezcamos a este tipo de convertidos.

El fuego de la conversión. Podríamos expresar estas dos formas de conversión a través de una imagen: la conversión es como un fuego. Recordemos la palabra de Jesús: “Vine a traer fuego a la tierra” (Lc 12,49). Y todos los convertidos se han visto atraídos por ese fuego de Jesús: Para algunos es como un fuego que parece abrasarlos de repente y todo cambia.
Para otros, sin duda la gran mayoría, el fuego es discreto, lento, interior, pero constante; un fuego que ilumina, calienta, acrisola; que permanentemente se reanima y extiende.

Pidámosle a María y a Jesús, que despierten en nosotros un gran anhelo de cambiar, y que nos regalen la gracia de la transformación permanente.


Preguntas para la reflexión
1. ¿Estoy en la primera o segunda conversión?
2. ¿En qué punto concreto puedo esforzarme para cambiar?
3. ¿Conozco la vida de los grandes convertidos?


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jueves, 20 de septiembre de 2018

La salvación se decide en la práctica (Meditación para hoy) 20092018

La salvación se decide en la práctica
Los primeros para Dios son con frecuencia los últimos para los hombres


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Retiros y homilías del Padre Nicolás Schwizer 



En el libro de Isaías del Antiguo Testamento se anuncia la reunión de todas las naciones, lenguas y razas en un solo pueblo elegido. En el Nuevo Testamento, Jesús dice a sus paisanos que vendrán extranjeros del norte y del Sur, de Oriente y Occidente, para sentarse a la mesa del Reino de Dios.

Esta universalidad de la salvación de Dios nos deja todavía sin saber nada acerca del número de los que se salvarán. Nos basta con saber que Dios llama a todos, que la puerta que conduce al Reino es estrecha y puede cerrarse en cualquier momento. Lo único importante es la conversión al Evangelio. Todo lo demás es simple curiosidad que nos distrae peligrosamente.

El Evangelio es salvación para los que lo escuchan responsablemente, sean o no descendientes de Abrahán o católicos desde su nacimiento. Escuchar responsablemente el Evangelio es vivirlo, practicarlo en la vida de cada día.

Y esto no es nada fácil. Por eso dice Jesús que la puerta es estrecha y que sólo los que se esfuerzan entraran por ella en el Reino de Dios.

No basta con escuchar sermones o ir a misa todos los domingos. No son las prácticas piadosas las que nos van a salvar. Todo esto tiene su valor, pero sólo cuando nos ayuda y anima a vivir nuestra fe en la vida de cada día: en nuestra vida personal y familiar, nuestra vida social y profesional, nuestra vida política...

El último día, el Señor reconocerá sólo a aquellos que ahora y aquí lo reconocen en los hombres. Reconocer a Jesús en los hombres, es reconocer la dignidad de cada ser humano, respetar sus derechos, tener en cuenta sus necesidades y, sobre todo, solidarizarse con los pobres, los marginados, los oprimidos. Cualquier cosa que hagamos a uno de estos, al Señor mismo se lo estamos haciendo.

“Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”. Llegará el gran Día del juicio, y entonces vendrá la sorpresa implacablemente sobre muchos que se creyeron los verdaderos cristianos.

Y estos, que se tuvieron a sí mismos por los primeros, dirán: “Señor, ábrenos”. Y el Señor les contestará: “No sé quienes sois”. Y ellos comenzarán a decir: “Hemos comido tu pan y bebido tu sangre, tu Evangelio se ha predicado en nuestras iglesias.”
Pero el recuerdo de todas estas prácticas religiosas no servirá de nada si no va acompañando de la prueba verdaderamente decisiva en el juicio: del amor a los demás, sobre todo a los necesitados.

Llegará el gran Día del juicio, y entonces vendrá felizmente la sorpresa sobre muchos hombres de oriente y occidente, del norte y del sur. Son los que practicaron en el mundo el mensaje cristiano del amor.
Por eso, el Señor les abrirá la puerta, los sentará a su mesa y les dirá: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui peregrino, y me acogisteis...”

Los primeros para Dios son con frecuencia los últimos para los hombres. Porque Dios no juzga según las apariencias, sino que ve en el corazón.

Hay un cristianismo oficial que es bueno cuando expresa auténticamente en palabras y obras las actitudes de la fe, la esperanza y el amor pero que es vana hipocresía cuando no es así.
En cambio, hay otro cristianismo sin nombre, anónimo, que no se expresa en ritos y palabras, pero que realiza en la vida el mensaje de Cristo.

La verdad cristiana es eminentemente práctica. Consiste en la conversión del hombre hacia un orden nuevo, en el que habita la justicia, la paz, la fraternidad y el amor. Los hombres que trabajan por estos valores, se salvarán y ascenderán a los primeros puestos.

Queridos hermanos, esforcémonos para que Dios nos encuentre también entre ellos y nos deje entrar en su Reino celestial.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Cómo vivo mi cristianismo durante la semana?
2. ¿Qué acciones hago en pro de los necesitados?
3. ¿Se nota mi cristianismo en mi ambiente laboral, familiar…?

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viernes, 14 de septiembre de 2018

El Hijo del hombre será elevado (Meditación para hoy) 14092018

El Hijo del hombre será elevado
Nuestra mirada a Cristo en la Cruz habrá de ser una mirada de fe, una mirada de confianza.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer 




Juan 3, 14-21. Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios.

Reflexión
El texto evangélico que acabamos de escuchar constituye el trozo final del diálogo que, en horas de la noche, mantuvo Jesús con Nicodemo. En el transcurso de esa conversación, Jesús le había enseñado la necesidad de nacer de nuevo, de nacer de lo alto, de renacer del agua y del Espíritu, para poder entrar en el Reino de Dios.

Y luego le siguió diciendo, ya en la parte que hemos escuchado hoy: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre para que todo el que cree en Él tenga vida eterna”. Probablemente Nicodemo no comprendió a fondo lo que Jesús acababa de revelarle, si bien algo habrá podido intuir. Respecto a él nosotros somos privilegiados, porque estamos en condiciones de captar mejor el significado de las palabras del Señor.

Alude Jesús a la serpiente de bronce que Moisés hizo erigir en el desierto. Sucedió cuando los judíos, cansados ya de tantas tribulaciones, comenzaron a murmurar contra Dios y contra Moisés: “¿Por qué nos habéis hecho subir de Egipto para morir en el desierto?”. Dios, indignado, envió contra el pueblo terribles serpientes, muriendo mucha gente de Israel. Entonces recurrieron a Moisés para que intercediese por ellos delante de Dios.

Conmovido por la súplica del caudillo, el Señor le mandó hacer una serpiente de bronce y colocarla sobre un poste. Y cuando alguien era mordido por una víbora le bastaba con mirar la imagen de bronce para evitar la muerte. Fue una manifestación del poder de Dios, capaz de librar de todo mal. Y ahora el Señor se aplica a sí mismo la imagen de la serpiente del Antiguo Testamento: también Él será elevado en el mástil de la cruz, de manera parecida a la serpiente de bronce y con efectos similares.

En ese sentido, la crucifixión de Cristo no tiene solamente un aspecto doloroso sino que es, a la vez, el comienzo de su glorificación. Según lo consigna el evangelista San Juan, autor del Evangelio de hoy, el mismo Señor dijo en otra ocasión: “Cuando hayáis elevado al Hijo del hombre, entonces, sabréis que yo soy”. Y también: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. La “elevación” de Cristo es, así, el comienzo de su victoria: desde la cruz, como un imán divino, ejercerá una influencia universal, todo lo atraerá hacia Sí.

Jesús será allí la nueva serpiente, no como aquella del Génesis que en el Paraíso terrenal sedujo a nuestros primeros padres, y siguió seduciendo al pueblo elegido a lo largo de su historia. Jesús se hizo a sí mismo serpiente para librarnos de la antigua serpiente por cuya envidia, la muerte se introdujo en el mundo. Se hizo muerte para librarnos de la muerte. Por eso su elevación sobre la cruz es ya el preludio de la victoria, es la esencia del Misterio Pascual: proceso de muerte y de glorificación. Del seno del sepulcro brota la vida, vida que de la tierra se eleva, asciende, hasta el cielo.

Durante la Cuaresma, queridos hermanos, nos encaminamos a la celebración, de este misterio, que encuentra su momento, más relevante en la Semana Santa. Levantemos los ojos hacia Cristo, elevado en la cruz, con la misma confianza con que los judíos del desierto miraron a serpiente de bronce. Y así no pereceremos. Miremos a Cristo y creamos firmemente en Él, porque como nos dice el Evangelio de hoy: “Tanto amó Dios al mundo que entregó su Hijo Único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna”.

Nuestra mirada a Cristo en la Cruz habrá de ser, entonces, una mirada de fe, una mirada de confianza. Porque sabemos que Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar a los hombres, sino para que se salven por Él. Por eso, acerquémonos nosotros a Cristo, nuestra luz, nuestra serpiente, como lo llama San Ambrosio, con toda confianza, con toda humildad, mirémosle en los ojos... y creamos.

Queridos hermanos, pronto llegará el momento de la consagración y de la elevación. Una vez más Cristo será “levantado en alto”, esta vez por el sacerdote, para atraer a todos hacia Sí. La misa es la renovación del sacrifico de la Cruz, de ese sacrifico que implicó la primera y cruel “elevación” de tres horas interminables, en la cima del monte Calvario.

Luego nos acercaremos a recibir el Cuerpo del Señor inmolado. Su luz va penetrar en nosotros: Que ilumine todas las regiones oscuras de nuestra alma. Y que la contemplación de sus misterios pascuales sea para nosotros fuente de vida y de salvación.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt

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jueves, 13 de septiembre de 2018

Amar al enemigo (Meditación para hoy) 13092018

Amar al enemigo
El amor al enemigo, es el signo del verdadero cristiano, es lo que debe distinguirlo de los demás. 


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer 



1. En el Evangelio de hoy, Jesús sigue enseñándonos sobre la nueva justicia. En ella se contrapone la ley judía a las exigencias cristianas. Hoy nos habla sobre el amor a los enemigos.

La ley judía exigía amar sólo al prójimo: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Significa amar al que está cerca, al que vive conmigo, al hermano, pariente, amigo.

En cambio, el judío no está obligado a amar al que se encuentra lejos de él - lejos interior o exteriormente. Sobre todo, no ha de amar al enemigo personal, al enemigo de su pueblo (p.ej. pueblos vecinos hostiles), al enemigo de Dios. Ésta es la ley judía.

2. Porque al cristiano se le exige mucho más que al judío. Jesús habla muy claro sobre ello, en el Evangelio de hoy: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian”.

El amor al enemigo, es el signo del verdadero cristiano, es lo que debe distinguirlo de los demás. En eso tenemos que imitar a Dios-Padre: Él trata igual a buenos y malos, da sus dones a justos e injustos, no distingue entre santos y pecadores, porque todos son sus hijos queridos.

3. Parece que Jesús no conoce más que una ley, la ley del amor, y que saca de ella todas sus consecuencias, y hasta los últimos detalles. Este rigor del Señor, a algunos los entusiasma y a otros los llena de indignación.

Y a nosotros, ¿nos ha entusiasmado o nos ha indignado Jesús con sus exigencias? Esto sería, por lo menos, una señal de que las hemos entendido. Porque lo peor que podría sucedemos es escucharlas con unos oídos tan distraídos y tan habituados, que ni siquiera nos impresionaran.

Es grave escuchar la palabra de Dios y rechazarla. Pero, ¿qué decir de los que la aceptan, la aclaman litúrgicamente, y ni siquiera se dan cuenta de ella? Para los que no creen en Jesús, todavía queda una oportunidad: el futuro sigue abierto para ellos y pueden convertirse. Pero, ¿qué pasa con aquellos que se imaginan que creen y que, sin embargo, ni siquiera se les ocurre pensar que podrían y que deberían cambiar?

4. Las exigencias duras de Cristo son para nosotros palabras de salvación únicamente cuando empiezan por hacemos daño: ¡Amar a los enemigos, cuando resulta ya tan difícil amar realmente a los que nos aman! ¡Hacer el bien a los que nos odian, cuando nos cuesta ya tanto poner buena cara a los que nos hacen el bien!

¡Rezar por los que nos persiguen y calumnian, si apenas nos tomamos tiempo para rezar por los nuestros! En cuanto a presentar la otra mejilla y ofrecerle nuestra camisa al que ya nos ha quitado el saco, no será una exageración que ninguna persona con sentido común piensa practicar.

5. En una palabra: estos consejos del Señor atentan contra toda nuestra realidad humana. La ley de este mundo, después de más de 2000 años de cristianismo, sigue siendo el “ojo por ojo, diente por diente”. Parece que a la violencia sólo se puede responder con la violencia.

Pero la verdad es que así no se consigue nada. La espiral de la venganza, del odio y de la violencia se irá adelante indefinidamente. Hay que salir de este cerco. Hay que romper ese círculo vicioso de actos de violencia con un “hecho nuevo”. Hay que adoptar una actitud distinta de la del adversario.

6. Feliz el que sabe dar el primer paso para acercarse. Porque no hay nada mejor que, de repente, en un conflicto uno perdone al otro, abandone su posición, deje de devolver el golpe. No hay más que una salida: que uno de los dos tenga la idea prodigiosa de comenzar a amar al enemigo.

Cuando se recibe un bofetón en la mejilla y se devuelve otro, éste no es más que el eco del anterior. Pero si el que lo recibe no lo devuelve, sino que perdona, entonces hace aparecer sobre la tierra algo inesperado. Si tomamos a alguien su saco, podemos decir de antemano que nos negará la camisa. Pero si en lugar de negarla nos la da, entones quedaremos estupefactos, porque es una cosa totalmente nueva, imprevista.

Lo que se nos pide es hacer algo nuevo en nuestra vida, ser creadores en el amor, no dejarnos esclavizar por el pecado. Significa convertir el enemigo, el adversario en un hermano. Significa acercamos a él, hacerlo prójimo, amarlo como a sí mismo. Significa descubrir en el enemigo, como en cada hombre, a Jesucristo mismo.

7. Queridos hermanos, el cristianismo no es una religión fácil. Ser un cristiano auténtico exige sacrificio, heroísmo, renuncia al odio, al rencor y a la venganza...
Examinémonos, por eso:

• ¿Cuál es nuestra reacción a calumnias, ofensas e injusticias?
• ¿Reaccionamos con odio, rencor, venganza, resentimientos?
• ¿O logramos comprensión, aceptación, perdón y olvido? ¡Pensémoslo un momento!

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.


Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt


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