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miércoles, 6 de febrero de 2019

San Pablo Miki y compañeros mártires de Japón (6 de febrero)

San Pablo Miki y compañeros mártires de Japón

san pablo miki y companeros martires de japon

San Pablo Miki y sus compañeros de misiones fueron clavados en cruces, llenos de gozo por haber merecido morir como Jesús

 
San Pablo Miki fue un misionero jesuita nativo de japón, que se convirtió en el más conocido de entre los mártires de Japón. Nació hacia 1562 en una familia bien establecida. Se educó con los jesuitas y llegó a ser un servidor incansable de la fe hasta dar la vida en el martirio a causa de difundir el amor de Dios a todo su pueblo

Fiesta: 06 de febrero

Martirologio Romano: En Nagasaki, en Japón, pasión de los santos Pablo Miki junto con veinticinco compañeros, Declarada una persecución contra los cristianos, ocho presbíteros o religiosos de la Compañía de Jesús o de la Orden de los Hermanos Menores, procedentes de Europa o nacidos en Japón, junto con diecisiete laicos, fueron apresados, duramente maltratados y, finalmente, condenados a muerte. Todos, incluso los adolescentes, por ser cristianos fueron clavados en cruces, llenos de gozo por haber merecido morir como Jesús (1597).

San Pablo Miki y compáñeros mártires de Japón

En la ciudad de Nagasaki (Japón), tres siglos y medio antes de que en ella explotara la segunda bomba nuclear, 26 mártires de Japón fueron crucificados en una colina conocida como la Montaña Sagrada, desde la que se divisaba Nagasaki, que en aquel entonces, era la ciudad japonesa con mayor número de cristianos
Durante este periodo de persecutorio contra la fe cristiana, un grupo de ellos fueron capturados y obligados a viajar más de 900 kilómetros desde la ciudad de Kyoto, en la que se encontraban, hasta Nagasaki.
Entre ellos habían sacerdotes, hermanos y laicos, franciscanos, jesuitas y miembros de la orden franciscana secular; catequistas, doctores, artesanos, sirvientes, ancianos y niños inocentes.
Todos caminaban en procesión sombría, pero unidos por el amor a Jesús y a la fe católica. Cuenta la tradición que llegaron cantando el Te Deum.
San Pablo Miki, fue crucificado, y mientras estaba allí colgado y clavado en la cruz, predicó a la gente que contemplaba la ejecución, unas palabras hermosas de declaración de fe, que hasta estos tiempos resuenan en todo el pueblo de Japón:
"La sentencia del juicio dice que estos hombres vinieron a Japón procedentes de Filipinas, pero yo no procedo de otro país. Soy un verdadero japonés. La única razón por la que soy asesinado es porque he enseñado la doctrina de Cristo. Efectivamente, he enseñado su doctrina. Le doy gracias a Dios porque muero por ello. Creo que antes de morir solo digo la verdad. Sé que me crees y les repito una vez más: pregunten a Cristo cómo pueden ser felices. Yo le obedezco. Según el ejemplo de Cristo perdono a mis verdugos, no los odio. Le pido a Dios que tenga compasión de ellos, y espero que mi sangre caiga sobre mis compañeros como una lluvia fructífera."
Luego de esta declaración, San Pablo Miki empezó a darles ánimos a sus compañeros en estos últimos momentos de su vida; todos estaban alegre en el sufrimiento. A muchos de ellos se les oía decir continuamente:
"Jesús, José y María, les doy el corazón y el alma mía".
Varios de los crucificados alentaban a todos los presentes que permanecieran fieles a la fe católica.

Los verdugos, ya molestos porque no comprendían la razón de alegría de los cristianos, sacaron sus lanzas y a cada uno de los crucificados les atravesaron con ellas, acabando así con sus vidas terrenales pero inmortalizándolos para siempre.
Cuando los misioneros Jesuitas volvieron a Japón en la década de 1860, no hallaron rastros del cristianismo allí. Pero después de establecerse descubrieron que miles de cristianos vivían en las montañas de Nagasaki secretamente, y habían conservado la fe. De esto, el Papa Francisco ha expresado la belleza de este testimonio:
"A propósito de la importancia del Bautismo para el Pueblo de Dios, es ejemplar la historia de la comunidad cristiana en Japón. Ésta sufrió una dura persecución a inicios del siglo XVII. Hubo numerosos mártires, los miembros del clero fueron expulsados y miles de fieles fueron asesinados.
No quedó ningún sacerdote en Japón, todos fueron expulsados. Entonces la comunidad se retiró a la clandestinidad, conservando la fe y la oración en el ocultamiento. Y cuando nacía un niño, el papá o la mamá, lo bautizaban, porque todos los fieles pueden bautizar en circunstancias especiales.
Cuando, después de casi dos siglos y medio, 250 años más tarde, los misioneros regresaron a Japón, miles de cristianos salieron a la luz y la Iglesia pudo reflorecer. Habían sobrevivido con la gracia de su Bautismo. Esto es grande: el Pueblo de Dios transmite la fe, bautiza a sus hijos y sigue adelante.
Y conservaron, incluso en lo secreto, un fuerte espíritu comunitario, porque el Bautismo los había convertido en un solo cuerpo en Cristo: estaban aislados y ocultos, pero eran siempre miembros del Pueblo de Dios, miembros de la Iglesia. Mucho podemos aprender de esta historia." (Papa Francisco, audiencia general. 15 de enero de 2015)
Todos estos mártires de Japón fueron beatificados en 1627 y, finalmente fueron canonizados por el papa Pío IX en 1862.
Compañeros en el martiro: Juan de Goto Soan, Jacobo Kisai, religiosos de la Compañía de Jesús; Pedro Bautista Blásquez, Martín de la Ascensión Aguirre, Francisco Blanco, presbíteros de la Orden de los Hermanos Menores; Felipe de Jesús de Las Casas, Gonzalo García, Francisco de San Miguel de la Parilla, religiosos de la misma Orden; León Karasuma, Pedro Sukeiro, Cosme Takeya, Pablo Ibaraki, Tomás Dangi, Pablo Suzuki, catequistas; Luis Ibaraki, Antonio, Miguel Kozaki y su hijo Tomás, Buenaventura, Gabriel, Juan Kinuya, Matías, Francisco de Meako, Ioaquinm Sakakibara y Francisco Adaucto, neofitos.(1597)
 

martes, 5 de febrero de 2019

Santos Pablo Miki y veinticinco compañeros, mártires (6 de febrero)


Santos Pablo Miki y veinticinco compañeros, mártires

fecha: 6 de febrero
†: 1597 - país: Japón
canonización: 
B: Urbano VIII 14 sep 1627 - C: Pío IX 8 jun 1862
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: Memoria de los santos Pablo Miki y compañeros, mártires en Nagasaki, ciudad de Japón. Allí, declarada una persecución contra los cristianos, fueron apresados, duramente maltratados y, finalmente, condenados a muerte ocho presbíteros o religiosos de la Orden de la Compañía de Jesús y de la Orden de los Hermanos Menores, procedentes de Europa o nacidos en Japón, junto con diecisiete laicos. Todos ellos, incluso los adolescentes, por ser cristianos fueron clavados cruelmente en cruces, mas manifestaron su alegría al haber merecido morir como murió Cristo. Sus nombres son: Juan de Goto Soan, Jacobo Kisai, religiosos de la Orden de la Compañía de Jesús; Pedro Bautista Blásquez, Martín de la Ascensión Aguirre, Francisco Blanco, presbíteros de la Orden de Hermanos Menores; Felipe de Jesús de Las Casas, Gonzalo García, Francisco de San Miguel de la Parilla, religiosos de la misma Orden; León Karasuma, Pedro Sukeiro, Cosme Takeya, Pablo Ibaraki, Tomás Dangi, Pablo Suzuki, catequistas; Luis Ibaraki, Antonio, Miguel Kozaki y su hijo Tomás, Buenaventura, Gabriel, Juan Kinuya, Matías, Francisco de Meako, Ioaquim Sakakibara y Francisco Adaucto, neófitos. El día de su martirio fue ayer.
Oración: Oh Dios, fortaleza de todos los santos, que has llamado a san Pablo Miki y a sus compañeros a la vida eterna por medio de la cruz; concédenos, por su intercesión, mantener con vigor, hasta la muerte, la fe que profesamos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
San Francisco Javier sembró el cristianismo en Japón, adonde llegó en 1549. Él mismo convirtió y bautizó a considerable número de paganos. Posteriormente provincias enteras recibieron la fe. Se dice que en 1587 había en Japón más de doscientos mil cristianos. En 1588, el altivo Ministro Hideyoshi, habiéndose arrogado los honores de una deidad, ordenó que todos los misioneros deberian abandonar sus dominios en un término de seis meses. Algunos obedecieron, pero muchos permanecieron ocultos. En 1596, Hideyoshi, uno de los hombres más orgullosos y llenos de vicios, se enfureció por la jactancia del capitán de un barco español que dijo que el propósito de los misioneros era facilitar la conquista de Japón a los portugueses o españoles, y al año siguiente tres jesuitas y seis franciscanos fueron crucificados en una colina cerca de Nagasaki. Los franciscanos eran san Pedro Bautista, comisario de los frailes en Japón, san Martín De Aguirre, san Francisco Blanco, san Francisco de San Miguel (un hermano lego), todos ellos españoles; además san Felipe de Jesús, nacido en la ciudad de México, que aún no estaba ordenado, y san Gonzalo García. La nacionalidad del último nombrado, también hermano lego, es tema de discusión, ya que nació en Bassein, cerca de Bombay, se cree que de padres portugueses; pero otros declaran que sus padres eran hindúes conversos que tomaron nombres portugueses. De los jesuitas, uno era san Pablo Miki, un japonés de noble alcurnia y eminente predicador; los otros dos, san Juan Goto y Santiago Kisai, habían sido admitidos a la orden como hermanos coadjutores, poco antes de su martirio. Los diecisiete mártires restantes eran también japoneses; varios de ellos eran catequistas e intérpretes, y todos eran terciarios franciscanos. Incluían a un soldado, san Cayo Francisco; a un médico, san Francisco De Miako; a un natural de Corea, san Leon Karasuma, y a tres muchachos de unos trece años que ayudaban la misa a los frailes, santos Luis Ibarki, Antonio Deynan y Tomás Kasaki, cuyo padre también fue martirizado.
Después de haberles cortado parte de la oreja izquierda, con las mejillas manchadas de sangre, veinticuatro de los mártires fueron llevados a través de varias poblaciones para aterrorizar a los demás. Al llegar al sitio de la ejecución cerca de Nagasaki, se les permitió confesarse con los dos jesuitas. Después los sujetaron a las cruces con cuerdas y cadenas en los brazos y piernas; con una argolla de hierro alrededor de sus gargantas, fueron levantados en alto, y se dejó caer el pie de cada cruz dentro de un agujero excavado en el suelo. Las cruces se pusieron en una fila, a un metro poco más o menos de distancia entre sí. Junto a cada mártir había un verdugo presto a atravesarle el costado con una lanza, de acuerdo con el método de crucifixión japonés. Tan pronto como todas las cruces estuvieron plantadas, los verdugos elevaron sus lanzas a una señal dada, y mataron a los mártires casi en el mismo instante. Sus paisanos cristianos conservaron como un tesoro su sangre y sus vestidos, a los cuales se les atribuyen muchos milagros. Estos veintiséis testigos de Cristo fueron canonizados en 1862. El heroísmo de los niños nos llena siempre de admiración, pero en este caso hay un elemento más digno de ella. Conviene recordar, que era costumbre practicada en el Japón que cuando el que hacía cabeza en la familia era acusado, el castigo recaía sobre todos los miembros de ella. Un historiador moderno de Japón, el capitán Brinkley, dice que el "castigo de este género se contaba como una de las armas más efectivas del administrador".
Tomado, aunque con algunas variantes, del Butler-Guinea, 1964. El cuadro reproducido en primer lugar, el «Martirio de Pablo Miki, Juan Goto y Santiago Kisai», está atribuido (aunque su autoría cierta se desconoce) a Mosén Pedro García Ferer, pintor aragonés de formación valenciana, y tiene el valor de ser contemporáneo de los hechos, ya que fue pintado entre el 1600 y el 1650, actualmente se encuentra en la colección permanente del Museo de Bellas Artes de Valencia.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
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