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miércoles, 6 de febrero de 2019

Comentario al Libro de Ezequiel: la visión de la Gloria de Yahveh (1: 4-28) (Marina Korotchenko)

Comentario al Libro de Ezequiel: la visión de la Gloria de Yahveh (1: 4-28)
Ezequiel pertenece a la generación de los profetas de la época del destierro, cuya actividad se desarrolló después de la caída de Jerusalén y desaparición del Reino de Judá, ocupado por el Imperio Babilónico. El Reino de Israel había desaparecido aún antes. El pueblo judío se quedó disperso, sin ninguna estructura política fuerte, central, el poder solamente se conservaba en el nivel local (el consejo de los ancianos) y en el nivel de la familia-estirpe. Las deportaciones en Babilonia tenían como su consecuencia la depresión y el declive del territorio de Judá . Entre la población desterrada a Babilonia de Jerusalén se encontraba el profeta Ezequiel, perteneciente a la estirpe sacerdotal, cuya figura era muy importante para la segunda deportación, podemos en este sentido compararle con Jeremías que era el líder espiritual de los judíos que se quedaron en su tierra . Está obvio que los textos de Ezequiel, igual que todas las obras proféticas de la época del exilio, habían sido redactadas por los teólogos deuteronomistas. La síntesis entre las teologías de la elección davídica y de la alianza con el pueblo elegido ya está presente en todos los textos .
En el Libro de Ezequiel se trata sobre el exilio, la destrucción del Templo, la alianza rota por el Dios a causa de los pecados del pueblo. Sin embargo, siempre se está subrayando que el pueblo es elegido, que las acusaciones y las amonestaciones de Yahveh son unas llamadas a la conversión, que el cambio positivo es inevitable y será tan plenamente milagroso como la famosa resurrección de los huesos secos que otra vez se convirtieron en un pueblo grande y fuerte.
Realmente el Libro de Ezequiel se trata sobre las relacionas con el Dios. Yahveh está omnipresente, hasta su abandono al pueblo está “ante el Dios”, como las vidas de los patriarcas que “andaban ante el Dios”, puesto que la Gloria de Yahveh puede alejarse, pero nunca se vuelve de espaldas, sino siempre “marcha de frente”. El propio abandono es la parte inherente de la experiencia religiosa de Israel, de sus relaciones con el Señor de la historia. El Libro de Ezequiel trata sobre el abandono, destrucción, salida de la Gloria Divina del Templo, pero por esto no aparece la impresión del vacío, de caos, de la ausencia divina. Al contrario, Yahveh está omnipresente, en sus acusaciones, aclamaciones, visiones. Las imágenes divinas tienen una simbólica realmente impresionante. En este abandono más nítidamente suena la voz divina. Quizá la ausencia de los reinos, la dispersión, la vuelta a los valores familiares, tradicionales, la ausencia del sacerdocio con el Templo eran necesarios para que el pueblo elegido otra vez viera a su Dios Salvador “de frente”, entrase en el fulgor de su Gloria de modo tan directo como lo ocurre con el nuestro profeta.
Realmente aquí el sufrimiento se convierte en el ámbito de la revelación divina, en una posibilidad de estructurar y articular todas las creencias que parecían olvidadas . Así el monoteísmo de los judíos, según la teología deuteronomista, definitivamente se formó durante su viaje por el desierto y del mismo modo la síntesis entre la elección y la alianza aparece cuando el pueblo elegido se sintió solo ante el Rostro Divino. Erik Peterson consideraba que los dioses antiguos hablaban con pueblos, no con personas, pero parece que el propio pueblo debería como Job perder a todos sus hijos, mujeres y rebaños para escuchar en el silencio a la Palabra Divina.
La visión de la Gloria de Yahveh por el profeta Ezequiel es un texto altamente simbólico, especialmente con esta comprensión de la noción del símbolo que podemos encontrar en las teorías del filósofo Alexei Losev y del antropólogo Dan Sperber: el símbolo es la propia presencia de la cosa. Como considera Sperber: “un sistema simbólico complejo puede muy bien funcionar sin que le acompañe ningún comentario exegético”, puesto que “muchas sociedades tienen un simbolismo pero sin ningún clave conocido” . Cualquier comentario exegético en este caso puede considerarse como un complimiento, pero no como una explicación. Podemos decir que en la visión de la Gloria de Yahveh Dios ya está presente, su símbolo significa presencia, coincidencia con su objeto en todos los niveles que está capaz abarcar nuestra comprensión.
Ezequiel recibe su visión en el año 594 a. C., el quinto año de cautividad de Joaquín, en las orillas del rio Quebar. El profeta está supuestamente junto con los otros exiliados. Sobre la cronología de la visión no existe una unánime opinión científica: unos investigadores suponen que ella es muy importante, porque ayuda a restaurar a los sábados y a los años de jubileos, lo que es muy significativo para la memoria histórica de Israel, pero los otros especialistas consideran que el problema de esta cronología es casi irresoluble, puesto que la datación exacta es más un resultado de la redacción postexílica que algo perteneciente a la propia primera profecía . Por eso nosotros no vamos a analizar a esta cronología, sino más ocuparemos de la estructura y del significado de la propia visión.
1:4 “Y miré, y he aquí que un viento huracanado venía del Norte, una enorme nube con un fuego relampagueante y un fulgor en torno, y en medio de él como un brillo de electro [que salía] del medio del fuego”. Se supone que el viento soplaba del Norte porque en esta parte judíos situaban al trono de Yahveh, como en el espacio, tanto en el Templo. Sin embargo, el viento norteño podría conservar y su significado directo como el aire frio, inhóspito, devastador, puesto que se trata de una situación del abandono de su pueblo por el Dios, de un acontecimiento trágico. La peculiaridad de la primera impresión consiste en el curioso hecho que no sabemos lo que realmente aparece ante el profeta: ¿viento, nube, fulgor, brillo? Todos los fenómenos surgen en el mismo momento, sin ningún intervalo temporal. Esto se nota muy bien en el texto eslavo, donde viento, nube, fuego y brillo aparecen como una enumeración: era esto, esto y también esto. Parece que toda la visión está hecha para derrumbar a nuestra lógica, para darnos comprender que la imagen escapa, no existe en su exactitud.
La primera imagen es de nube y relámpago, pero la nube no solo contiene el fuego dentro, sino está rodeada por el otro fuego, aparte que la luz de la visión tiene sus grados: fuego- fulgor en torno- brillo de electro. Ante nosotros aparece una gradación de las luces, problema que todas ellas están dadas en el mismo momento, demostrando que la Gloria de Yahveh no conoce ningún tipo de emanación, sino revela a una presencia total y completa. La imagen de nube, según E. Manning, aparece casi 140 veces en la Sagrada Escritura y se diferencia bastante en las detallas, dependiendo de la tradición concreta. Así la tradición yahvista ve en la teofanía de las dos columnas del Éxodo a la columna de niebla durante el día y la columna de fuego por la noche. La tradición elohista ve en la misma aparición a una nube oscura durante el día y a una nube clara, reluciente durante la noche. Y la tradición sacerdotal constata a la presencia de nube en el tiempo diurno, pero por la noche esta misma nube se convierte en la Gloria de Yahveh que es como el fuego que devora, lo que tiene sus asociaciones con el Día de Yahveh . Podemos suponer que Ezequiel posiblemente había sido redactado por la tradición sacerdotal, puesto que la simbólica de las imágenes resulta ser más parecida.
En lo que se trata de la enumeración de las luces es un antiguo método descriptivo, muy usado por la tradición teológica apofática, que consiste en que una imagen está reemplazando a la otra y asimismo en la memoria de lector no se queda ninguna imagen concreta. A este método usan las famosas descripciones de las cualidades de los santos que tienen todas las virtudes que existen y en el mismo tiempo no se les puede caracterizar con ninguna virtud concreta. Es que los hagiógrafos no querían dar a ningún retrato realista, sino un reflejo de la Gracia Divina. En este principio se construyen todos los estilos “floridos” y “de las palabras enlazadas” . Es que había un objetivo mucho más importante que simplemente entretener al lector con consonancias.
Este principio se repite en la descripción de los cuatro seres. En la primera frase de la visión aparecen cuatro fuerzas de naturaleza: nube, fuego, fulgor y brillo y ahora se describen los cuatro seres enigmáticos: 1:5-6 “Del centro del mismo [emergía] la forma de cuatro seres, cuyo aspecto era este: tenían forma humana, y cada uno poseía cuatro caras, y cuatro alas cada uno de ellos”. El texto eslavo en lugar de “forma” utiliza “semejanza”. O sea, no se trata de los seres corporales, sino de unas formas, en relación con esto podemos recordar que “formae separatae” en muchos sistemas teológicos (en San Tomas de Aquino) significaban a los ángeles o a las categorías . Pero aquí más importante resulta ser la repetición del número cuatro que aparece tres veces: “cuatro seres”-“cuatro caras” – “cuatro alas”. Cuatro, según Agustín, es el segundo número perfecto después de las tres. El cuatro había sido el número más venerado en los círculos pitagóricos. Las cuatro partes del mundo componen a una universalidad, a una estructura absolutamente integra y entera.
Podemos recordar la numerología de “Apocalipsis” (7:1) donde el visionario ve “cuatro ángeles de pie sobre los cuatro ángulos de la tierra; conteniendo a los cuatro vientos de la tierra” y aquí se trata sobre la unidad de todo universo que se presentaba al Juicio Final. También podemos recordar que según Florenski cuatro es un número antinómico, donde los objetos se oponen uno al otro, como en todos los números pares. Si el número tres representa a una síntesis perfecta: la unión de dos objetos que podrían u oponerse en contraposición, o unirse en unidad, si no habría el tercero elemento que une y separa al mismo tiempo. Por eso Trinidad es numerológicamente perfecta, puesto que los números dos y cuatro tienen esta tendencia hacia la oposición . Nos parece que esta reflexión podría algo explicar también en el nuestro caso, puesto que toda la visión del profeta es una continua descripción de las oposiciones.
En las siguientes partes de la visión aún más se subraya el número cuarto y se desarrolla su significado. La nueva oposición en la imagen aparece ya en 4:7, puesto que los “seres humanos” tienen “la planta de la pie de un ternero”. ¿Por qué aquí aparece el ternero? Si considerar que los querubines dirigen a un carroza celestial (en “Ezequiel” aparece el termino hebreo “merkabah”), pues resulta que aquí podemos ver el eco de las vacas sagradas que llevaban al carro con el tabernáculo y siempre marchaban recto y con calma. Sin embargo, los seres celestiales no reflejan solamente a la naturaleza de vacas, sino también tienen alas, manos del hombre por debajo de alas y las pies de ternero. Más bien se trata de la unión de las tres naturalezas: angelical (alas), animal (las pies de ternero) y humana (los manos del hombre).
Y sus rostros aún más acentúan a esta unidad. (1:10) “En cuanto a la forma de sus rostros era rostro de hombre y los cuatro poseían rostro de león a derecho, rostro de toro a la izquierda los cuatro y rostro de águila los cuatro”. Existen distintas explicaciones de la simbología de los rostros de los seres: unos ven en ellos un homenaje a los animales más grandes y fuertes, otros consideran que ante nosotros están alegorizadas virtudes del pueblo elegido, nosotros pensamos que los ecos pueden ser múltiples, pero todos ellos se surgían en el proceso de exegesis y cada explicación es sí misma es también un nuevo texto simbólico. Es que el exegesis en sí mismo es también un texto compuesto en ciertas circunstancias. Aquí está claro que se repite con la rítmica de homeuteleuton el número cuarto y que los seres tienen cuatro rostros: de hombre y de los tres representantes de la creación que en el futuro van a tener el significado del poder y de la realeza. No aparece ningún animal marino, puesto que el mar se comprendía en la mitología judía como la esfera del mal, su monstruo Rajab se asociaba con el demonio y no podría tener lugar en la visión de la presencia divina. Rajab incluso se comparaba con el faraón del “Éxodo” .
Nos parece que existe una cierta antinomia entre los rostros: los animales se oponen al hombre, león al toro, águila a los que no tienen alas, toro a los animales salvajes que no se utilizaban para el sacrificio. Es una unidad contradictoria que no está posible en el mundo del pecado, sino solo puede ser contemplada en el nivel celestial. La unidad de la creación solo puede ser recreada en el cuerpo de un querubín. Cuatro, como ya habíamos dicho antes, es el número de la creación. Cosme Indicoplevst incluso demuestra en su “Topografía cristiana” a la creación como un paralelepípedo, pero en el caso de Ezequiel no podemos ver a una imagen de cuadrado acentuado, estático, inmovible. Los seres se mueven y no se mueven en el mismo tiempo, así podemos explicar este “marcharse sin volverse a marchar”. (1:9) “Sus alas se tocaban las unas a las otras; al marchar no se volvían, mas cada uno marchaba de frente”; (1:12) “Cada uno marchaba de frente: hacia donde el Espíritu los movía a marchar marchaban sin volverse a marchar”. El movimiento que vemos no tiene una dirección precisa: ¿Qué significa “ir de frente”, cuando hay cuatros caras, cuatros “frentes”?; el movimiento no tiene la dirección atrás, la parte de atrás de los seres no existe, puesto que ellos siempre están “ante Dios” y por eso no tienen espaldas, no tienen ninguno pasado, porque habían sido creados antes del espacio y tiempo. Especialmente su imagen paradoxal e imposible subraya a su procedencia.
Los rostros creaturales se oponen uno al otro y no nos dicen nada sobre los seres, sino explican a su estructura esencial: la unidad de las contradicciones. Les mueve el Espíritu (aquí, la presencia), pero en el mismo Espíritu podemos encontrar y movimiento, e inmovilidad, calma, silencio. Tenemos la impresión que los seres en su movimiento tienen una imagen más redonda que cuadrada y se mueven en el mismo sitio como unas esferas perfectas y relucientes. Lo que las esferas están quietas e inquietas en el mismo tiempo demuestra al fuego que está discurriendo entre ellas. (1:13) “Entre dichos seres [aparecía] una visión como de ascuas de fuego, a manera de antorchas, la cual discurría entre los seres”. Aquí tenemos un claro eco del fuego de los sacrificios que aparecía entre los trozos de las victimas consagradas, por ejemplo en la descripción del ritual del holocausto (Lev 1) o en la Alianza con Abraham (Gen 15:17) “Púsose, en tanto, el sol y sobrevino una densa oscuridad, y he aquí que surgió una fogata humeante y una antorcha de fuego, que pasó por entre aquellos trozos de las víctimas”. De este modo, los seres se entienden como las víctimas consagradas, un mediador es siempre víctima, todo el ser perfecto que retorna al pecaminoso mundo debe sacrificarse para su salvación.
El motivo de un movimiento circular en el mismo sitio se describe más esquemáticamente a través de las imágenes de las cuatro ruedas que están por debajo de los seres. (1:15-18) “Miré entonces a aquellos seres y divisé una rueda en el suelo junto a ellos, a las cuatro caras. El aspecto de las ruedas y su factura eran como si una rueda estuviese dentro de la otra. Cuando marchaban podían moverse en las cuatro dimensiones sin volverse a marchar”. Las teorías que afirman que aquí se describe la carroza (“merkabah”) de Yahveh dirigida por los cuatro querubines y que tiene cuatro aladas ruedas se encuentran con las varias contradicciones que no pueden ser explicadas de este modo. Primeramente, Ezequiel no describe absolutamente nada, su visión es precisamente “antidescriptiva” y la demostración de algún esquema cosmogónico necesita a la otra mentalidad. Segundamente, ninguno carro como tal no aparece, tenemos los tres niveles que están uno encima del otro: ruedas, seres y el trono de Dios que aparece “por encima” de los querubines, pero sería esta construcción carro, trono basado en los seres (como lo entendió la teología de icono) o pirámide jerárquica angelical, no lo podemos decir con exactitud. La visión no nos permite hacer esto. Y terceramente, el carro debe moverse y ser conducido, pero en la visión la Gloria de Yahveh no se mueve en ninguna dirección, aunque no para de moverse, ella “marcha sin marchar”. En este caso tendría toda la razón Dan Sperber diciendo que la explicación del fenómeno es mucho más complicada que el propio fenómeno.
Nosotros queremos proponer otra hipótesis, puesto que nos parece que se trata de la misma imagen repetida dos veces para la mejor comprensión del lector. Es que es bastante obvio que ruedas y seres se parecen mucho en sus características fundamentales: brillo y fulgor, “marchan sin volverse a marchar”, los ojos de los múltiples rostros y las llantas de ruedas que estaban llenas de ojos. Realmente ante nosotros aparece el mismo esquema solo más simplificado y esquematizado de estos querubines que “se tocan uno con otros” con sus alas, como se enganchan una con otra las aladas ruedas. Ezequiel demuestra que los seres son esféricos, circulares, que están unidos unos con otros que tienen muchos ojos y alas. Sus rostros pertenecen al mundo creado y pueden ser un reflejo de la creatura, pero como perfectas ruedas los seres demuestran a su esencia principal que estaba en ellos siempre, antes de la creación del mundo.
En el “Libro de Enoc” y en las leyendas apocríficas las ruedas reciben el nombre de “ofanimos”, como si fuese el otro tipo de los ejércitos celestes, desconocido por Dionisio Areopagita. ¿Por qué estas ruedas tienen tan pobre tradición en la teología y exégesis? Nos parece que especialmente por la causa que se hablaba de los mismos seres que ya tenían su lugar en jerarquía como los querubines y otra repetición no tenía mucho sentido. Si vamos a leer a la descripción de Ezequiel con detenimiento, podemos encontrar a esta dualidad no solamente en el aspecto, sino también en los movimientos: (1:19-20) “Al marchar los seres marchaban igualmente las ruedas junto a ellos, y cuando los seres se alzaban del suelo, alzábanse también las ruedas. Hacia donde el Espíritu los movía a marchar, marchaban, y las ruedas se alzaban a una con ellos, pues el espíritu de dichos seres [alentaba también] en las ruedas”. Todos los movimientos reflejan a una perfecta unión, y no se trata ni de carro, ni del otro medio de movimiento, es que las ruedas se mueven como las sombras de los seres, comparten a la misma esencia. Y lo más importante es el hecho que a todos mueve el mismo espíritu, o sea, no se ve ninguna gradación entre seres y ruedas y en la propia descripción de la visión unas y otros ocupan un sitio equiparable.
Ezequiel repite la descripción de esta simbólica común muchas veces, los seres y las ruedas están unidos incluso de modo rítmico, lo que podría en el hebreo sonar como un verso o como un homeoteleutón (1:21) “Al marchar ellos, marchaban ellas, y cuando ellos se paraban, parábanse ellas; cuando se alzaban ellos del suelo, alzábanse las ruedas al unísono, pues el espíritu de los seres estaba en las ruedas”. Realmente las ruedas nos están dadas para mejor comprender al “espíritu de los seres”, al modo de su presencia. Si seguir viendo en la visión a la carroza de Yahveh (que sigue siendo una de las posibles interpretaciones) se puede decir que las ruedas de esta eran los propios querubines y está obvio que el trono del Creador no podría estar basado en nada procedente de la creatura.
El propio basamento de trono que aparece sobre las cabezas de los seres es “el fulgor terrible del cristal”. La base del trono es un fulgor. (1:23) “debajo del basamento sus alas estaban derechas [emparejadas] una con otra”. Como vemos las alas enganchadas como ruedas están directamente por debajo del trono. Estas ruedas unidas es un símbolo del movimiento eterno, estático y dinámico en el mismo tiempo. Así describía Nocilás Punin al enigma del famoso icono de la Trinidad de Rublev, según este historiador del arte, la composición del icono es un círculo que suavemente se mueve, estando quieto en el mismo tiempo, la luz circulando sobre los seres les hunde en el movimiento, pero no elimina a su silencio estático, hierático. Parece que esto está escrito sobre la visión de Ezequiel.
Es curioso que las alas de seres producen un ruido que también parece vivir a una vida propia. (1:25) “Por encima del basamento que se hallaba sobre sus cabezas había un rumor”. Este ruido se convierte en la Presencia Divina, como las alas cubren a los seres, del mismo modo el ruido de sus plegamientos esconde dentro de sí al Señor (1:24) “un ruido de aguas caudalosas, como la voz de Sadday, como un ruido tumultuoso, como fragor de ejército”. Aquí aparece el antiguo nombre de Yahveh, Sadday, “el Señor de la montaña”, relacionado con la tradición abrahámica y con la posible influencia amorrea . Y otra vez tenemos a una enumeración descriptiva, donde las imágenes alegóricas solo subrayan a la fuerza de la Presencia, su grandeza, su altura y amplitud, puesto que aguas, truenos, tumultos y ruido de ejército se excluyen uno al otro en el campo visual y solo están dados para demostrar el nivel del asombro de profeta.
Y en el final de la visión aparece alguien que tiene una imagen única, sin enumeraciones y antinomias, “con el aspecto de un hombre”. Aquí en el texto eslavo en el lugar de “aspecto” otra vez aparece la palabra “semejanza”. Y en el final de la visión otra vez se repite la descripción de las luces-resplandores que rodean a la Gloria de Yahveh, uniendo asimismo al final con el principio, lo que parece muy lógico, cuando se trata de Dios que es Alfa y Omega y cuyo fin no existe, siempre convirtiéndose en el principio. (1:27) “Y vi como un fulgor de electro, como el aspecto de un fuego con halo alrededor de lo que parecía ser sus lomos para abajo; vi como una especie de fuego que tenía un fulgor todo en torno”. De este modo la otra vez encontramos al complejo: fulgor-fuego-electro. Pero en este cuadro el fuego abraza al hombre y el halo de la Gloria convierte al “hombre” en el eterno sacerdote y en una víctima consagrada, predicando asimismo el futuro de la economía divina, mostrando el camino de la única salvación de la humanidad abandonada por la Gloria Divina. Esta línea teológica encontrará su lugar en el arte religioso, igual en los iconos rusos del tipo “Cristo como el serafín (querubín) crucificado”, tanto y en el ciclo de Giotto sobre San Francisco de Asís, donde el crucificado Cristo con alas aparece en la composición “La estigmatización de San Francisco”. Podemos decir que la imagen de querubines y del “hombre” como de las victimas consagradas había sido comprendida y reflexionada por la tradición cristiana como en Oriente, tanto y en Occidente.
Y acaba la visión con la imagen del arco iris que es conocido símbolo de la Alianza como en Génesis (9:13-16), tanto y en Apocalipsis (4:3) y en los Números (10:33-36). (1:28) “Como el aspecto del arco que aparece en las nubes en día de lluvia; tal era el aspecto de resplandor que había en derredor: era la visión de la imagen de la Gloria de Yahveh”. La nube es un símbolo teofánico típico para el Antiguo Testamento que aparece como en las columnas del Éxodo, tanto en la dedicación del Templo por Salomón. El profeta Daniel contempla al “Hijo del Hombre” que viene sobre las nubes. ¿Qué significa este fulgor que esta encima de las nubes, dentro de la espesa niebla o rodeado por ella? A nuestra opinión, es otra corta repetición de todo lo que había visto Ezequiel. El fulgor entre las nubes es el propio Dios entre los seres que le rodean. Una simple explicación de la imagen visionaria muy complicada. Querubines con sus alas esconden al Dios, como las nueves esconden al fulgor o al arco iris que aparece a través de la niebla con todo su resplandor.
Nuestra conclusión puede ser apoyada en los otros textos bíblicos. En Deuteronomio (33:26) aparece Dios que cabalga en las nubes, la misma imagen se repite en Isaías (19:1) “Yahveh cabalga sobre nube ligera y viene a Egipto”. Lo que los querubines con alas representan al entorno de Yahveh, su asiento, se demuestra en la descripción del Arca de la Alianza, establecida en el Templo por Salomón (I Reyes 8:6): “Santo de los Santos, debajo de las alas de los querubines; pues los querubines desplegaban las alas sobre el lugar del Arca y cubrían los querubines el Arca”. Como vemos la descripción es muy parecida a la que aparece en Ezequiel. Los querubines, igual que las nubes, tienen una importante función que es cubrir a la Gloria Divina. Según el ciclo sobre Moisés y los relatos proféticos, el Dios se cubre con la nube para defender a los hombres de su resplandor. O sea, los querubines están al servicio de los hombres y les permiten ver al Señor sin ser quemados por su resplandor y fuego. De esto modo nubes se identifican con querubines por su función. El mismo Ezequiel define al Día de Yahveh como el “día de nubarrones” .
En el Nuevo Testamento la imagen de la nube aparece solo tres veces, pero durante los importantes acontecimientos en la vida del Cristo: Bautismo, Trasfiguración y Asunción. Son las tres teofanías más importantes en el Evangelio. Y nos parece muy lógico y significativo que la nube como imagen simbólica se relaciona por los padres con la encarnación del Cristo que cubre a su divinidad con la naturaleza humana. La comprensión de la nube del Éxodo como la predicción del Cristo encarnado es casi comúnmente reconocida, la podemos encontrar en la teología visigoda, en Gregorio el Grande, en Rubén Mauro, etc. De este modo los querubines que tienen los rostros del mundo creado se convierten en la teología cristiana en “caro Christi”, en la naturaleza humana del Cristo. En esta secuencia de las imágenes hay una cierta lógica y una impresionante belleza. Las dos ruedas enganchadas pueden algo explicar sobre el hombre que sigue siendo Dios, en que estas dos naturalezas están presentes y el tiempo se engancha con la eternidad para “marchar sin marcharse”. Esto describía San Isidoro de Sevilla en “Quaestiones in Exodo” (PL 83-296): “Nubes iste praecedens Christus est: iden etiam columna quia rectus et firmus et fulciens infirmitatem nostram”.
Nos pueden objetar que en esta imagen desaparece el otro elemento de la visión que es brillo-fulgor-fuego. Sin embargo, no es así, las imágenes de este nivel no desaparecen, sino se transfiguran, se trasforman en el otro contexto teológico-cultural. Cuando la columna de nube como el símbolo de la encarnación se convertirá en la vela pascual, cuya blanca cera empezará a significar a la naturaleza sin pecado del Cristo que había sido producida por las abejas que son vírgenes y angelicales (el eco de querubines), el fuego de la vela va a ser un símbolo de la voluntaria sacarificación del Hijo del Hombre. Aquí otra vez vemos a la victima divina, pero ya plenamente encarnada y el fuego ya no arde en el medio de los animales sacrificados, sino se une con la victima que santifica a la naturaleza humana a través de su voluntario sacrificio. La vela de su cuerpo ilumina al nuevo camino, al nuevo éxodo del mundo del pecado.
Ya habíamos dicho que los querubines y las ruedas aladas encontraron a su eco en la teología de los iconos. El “Cristo Rey en el trono” está rodeado por los querubines que se esconden en la mándala de su Gloria y debajo de sus pies podemos ver a las ruedas con alas y ojos. Las dos imágenes forman la unidad de la Gloria Divina que contempló el profeta Ezequiel, porque la definitiva vuelta de la Gracia ya no consiste en la construcción del Templo, sino en la adoración del Templo-Cuerpo del Cristo, cuya obra hizo posible a una alianza eterna que ya no depende de las circunstancias históricas, de los pecados de pueblos, porque los hombres ya están contemplando al Rostro de Dios encarnado al que no cubren ni alas, ni nubes. En el icono los querubines y las ruedas se quedan como el séquito de Cristo, pero ya no son una niebla o una muralla de fuego que cubre a su imagen.

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martes, 11 de julio de 2017

Una existencia incondicional (Marina Korotchenko)




Una existencia incondicional

“todo lo que necesita una condición para su existencia,
realmente no existe”
( una oración budista)

La plenitud del mundo
estaba en esta celda.
La redondez de la tierra
surgía de la oscuridad.
Este preso era un mago
que iba detrás de la Estrella.
Un condenado a la muerte
que poseía a la eternidad.
Rezando entre los piedras y pinos,
él como un árbol sagrado
configuraba al mundo real.
Y estas raíces y ramas
no eran una leña aún no cortada,
sino una liturgia y sus himnos,
la bóveda de la catedral.

Todos ellos aún no se convirtieron en las estatuas de la abadía que en sus nichos se reúne a los mártires cristianos de los tiempos y confesiones distintos, pero esto nunca había sido importante para ellos. Muchos de ellos no sobrevivirán y nunca sabremos nada sobre su experiencia en el Getsemaní de su celda o sobre una liturgia en el bosque que rodeaba al campo de la concentración. Los sobrevivientes nos dejaron algunas palabras muy lacónicas y escasas. Quizá no habría mucho sobre que hablar, sino simplemente abrir los ojos del entendimiento: “y no que viene alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas (San Ignacio de Loyola “El peregrino” 30)”. En este entendimiento se podría ver las cosas como en el tiempo cuando el espíritu divino revoloteaba sobre las aguas y el mundo surgía como un milagro y misterio, cuyo fin último había sido la unión con Dios.


Dietrich Bonhoeffer escribía que no abría la posibilidad de soportar el silencio y la incertidumbre de su reclusión, sin “poner mi destino cada día en los manos del Señor, sin ninguna condición” (“Resistencia y sumisión”). Realmente era un servicio que ya no pertenecía a la persona, una obediencia del Hijo en su misión. El hombre sufriente solo podría proponer su fidelidad, pero el destino ya se trasformaba en el camino de esta oración en Getsemaní hacia un final que solo existía para este mundo dividido, porque en las manos del Señor ya había sido cumplida la plenitud de los tiempos y la vida de un ahorcado o fusilado se convertía en la eternidad. “El poeta dejó a su horca con el cuerpo inerte y se puso andar hacia el horizonte, donde le esperaban los seres parecidos a él” (Vladimir Nabokov “La invitación para una ejecución”).

El Padre Ioann Krestiankin llamó sus cinco años de la prisión como “la escuela de mi oración”. Para una persona torturada, con todos los dedos rotos por un oficial que le entrevistaba, había sido muy extraño que la cárcel y el campo de los presos solo aparecieran en las conversaciones sobre la oración: “Ahora ya no hay esta oración, porque la oración de este tipo solo puede enseñar una vida difícil. Siendo el preso, yo tenía una oración de verdad, porque podría morir cada día. Mi oración me defendía como una valle de todas las desgracias y esta experiencia de la fe viva se guarda a lo largo de toda la vida” (T. Smirnova “La memoria del corazón. Los materiales para la biografía del archimandrita Ioann Krestiyankin”). Desde el principio el Padre Ioann entregó su destino a la providencia divina e incluso negó a la posibilidad de escapar, deseando libremente pasar por todo lo que el Señor le había mandado.

El sacerdote jesuita Walter Joseph Ciszec que llegó a Rusia Soviética con una misión evangelizadora en el año 1941, pasó por los cárceles y por los campos de los presos durante casi veinte tres años, toda su vida en nuestra país, de ellos cinco años había sido un preso en Lubyanka, diariamente entrevistado como un espía del Vaticano. Le decían: “Es muy fácil fusilar a Usted, más fácil que convencerle en algo, porque va una guerra y en los campos de las batallas se matan a los millones. ¿Usted piensa que alguien va a molestarse sobre su destino?”. Sin embargo, el Padre Walter consideraba que todo lo que ocurría en los campos de batallas y en su propia celda eran las consecuencias del cuidado del Señor, de su amor hacia el pueblo cristiano: “Cuando Israel empezaba a entender el amor de Yahvé como algo debido y se acostumbraba ver a sí mismo como a alguien más importante en el mundo, percibir a su apoyo y a su fundamento en el orden de las cosas prácticas y cotidianas y olvidar sobre su misión del Pueblo Divino, es estos periodos Yahvé con la caída de los reinos otra vez recordaba a ellos que solo Él debe ser su único apoyo y esperanza” (Walter J. Ciszec “Él guía a mí”).

Como decía el Cristo en el Sermón de la Montaña: “Buscad al Reino de Dios ante todo”. Las tormentas del mundo y de la Iglesia eran para Ciszek las señales del amor divino, de un Dios que quería devolver en su reino a los hijos pródigos. Aún en los tiempos de la persecución de Antíoco IV la afirmación “tu Dios te abandonó” se consideraba por el “Libro de Sabiduría” como una blasfemia, porque “los juicios humanos no tienen la última palabra sobre el hombre” (J. Ramón Busto Saiz “La justicia es inmortal”). Y el católico Ciszek ponía a su destino en las manos del Señor, como lo hacía el protestante Bonohoeffer, el pope ortodoxo Padre Krestiankin y como muchos creyentes que pasaron por este Getsemaní: “El único objetivo de nuestra vida es el cumplimento de la Voluntad Divina. Pero no es alguna Voluntad a nuestra medida, que nos debería gustarse, no es una voluntad como nosotros la representamos a veces, según nuestra limitada sabiduría humana, sino debemos cumplir la Voluntad que está de acuerdo con el propio Dios, demostrada por Él a nosotros en las situaciones de cada día”. Solo diciendo: “¡Que sea tu Voluntad, el Padre!” el jesuita Walter encontró la llave de los acontecimientos. Las palabras evangélicas se convirtieron en la vida y él vivió los años de su encarcelamiento como un hombre de Dios que siempre estaba andando ante su Rostro: “Realmente estamos participando en el acto de la creación y pedimos que todas nuestras acciones se convirtieron en una oración permanente” (Ciczek).

La vida humana, según el Padre Walter, “se libra de la basura y se convierte en una misión”. A esta misión subraya en sus palabras el otro preso el Padre Mijail Mitrozkiy (uno de los pocos representantes de la Iglesia en nuestro primero parlamento), viendo como los obispos y los sacerdotes ortodoxos se dirigen hacia la iglesia que estaba cerca del cementerio, la única aún no cerrada por la administración del campo de Solovki, él reflexiona: “Pienso que llegó el tiempo, cundo nuestra Iglesia necesita a los confesores. A través de ellos nosotros limpiaremos y llegaremos hacia la Gloria. El castigo del Señor fortalece a la fe. Los flojos y inseguros en su fe se apartaron, pero los que se quedarán van a ser como los mártires de los primeros tiempos. Aquí cada no creyente nota a esta fe en el aire y yo no tengo miedo con ella ni en el horno ardiente” (O. Volkov “El hundimiento en la oscuridad”).

Lo mismo piensa el obispo de Vaytka Víctor y dice, despidiéndose con un preso: “¡Mira en esta tierra, donde siempre hay un atardecer en el cielo, pero no olvida que aquí, aunque es difícil y hay mucho miedo, más fácil vuele el Espíritu!”. Confiando solamente a su oración y a la Voluntad de Dios, él piensa como si volviera en el Edén otra vez, pasando por el Getsemaní, porque la crucifixión, el sufrimiento y la Resurrección no son los acontecimientos separados, sino una unidad única e indivisible. La experiencia de los Padres Ioann, Walter, Víctor, Mijaíl, de los otros presos cristianos les acercaba al Getsemaní y al Gólgota y esto no podía ser separado de la Resurrección que era una entrada en los misterios de la vida trinitaria.

En la cuarta semana de los Ejercicios Espirituales San Ignacio de Loyola subraya en el primer preámbulo a esta unión de la muerte- el descenso al infierno- la Resurrección. Todo pasa tan rápido que cabe en la misma frase, en la misma contemplación: “después que Cristo expiró en la cruz y el cuerpo quedó separado del ánima y con él siempre unida la divinidad, la ánima beata descendió al infierno, asimismo unida con la divinidad, de donde sacando a las animas justas, y viniendo al sepulcro, y resucitado, apareció a su bendita Madre en cuerpo y en anima” (“Ejercicios Espirituales” 219). En este texto vemos a la unidad perfecta que se concluye en la nueva creación de la naturaleza humana que otra vez se hace capaz de “reflejar a la Gloria Divina” (T. García-Huidobro “El regreso al jardín del Edén como símbolo de salvación”). Todos los que están en esta unidad pueden repetir las palabras del Pablo 2 (Cor 3:18): “reflejamos, como un espejo, la gloria del Señor”. No es que las imágenes de los objetos, las cosas desaparezcan de la vista, sino se trasforman, abren ante el orante a su esencia, dejando de ser un caos o una mera suma de algo no comprendido, y convirtiéndose en una unidad, en la perfección de su destino eterno (V. Bibijin “El mundo”).

Un hombre santo entiende el sentido del mundo entero, de su alma, vibrante y viva, él está capaz realmente ver a Dios en todas las cosas, configurando a lo creado no como los objetos o medios, sino como la belleza primordial. En las “Constituciones” de San Ignacio sobre el estado de los hombres de este tipo se dice que “sean exhortados a menudo a buscar en todas las cosas a Dios nuestro Señor, apartando en cuanto es posible de sí el amor de todos las criaturas, por ponerle en el criador dellas, a Él en todas amando y a todas en Él, conforme a su santísima y divina voluntad” (“Constituciones” 289, en el “Mundo” de J. A. Guerrero, “Diccionario de Espiritualidad Ignaciana”).


Aquí un místico se convierte en un profeta o en el poeta que está capaz de ver a las almas de las cosas, a su belleza aún no destruida por el pecado: “El mundo era sencillo y cariñoso como una paloma y si le diesen unas caricias, hubiese empezado a volar. Pero le ataron a su yugo, le encerraron en el cárcel y él se convirtió en un mercado y en un juzgado para los sencillos, tiernos y capaces de amar” (H. Guro “Los camellitos celestiales”). La gente de Getsemaní se apartaron de este “yo” que vende y juzga, trasformando a sí mismos por el ejemplo del Cristo y el mundo empezó a cambiarse ante sus ojos.

En el apócrifo el “Tercero Libro de Enoc” el cuerpo del protagonista crece hasta el tamaño de todo lo creado, incluyendo en sí a todo el mundo: “Cada mi ala cubría a todo el mundo”. Enoc en los libros de los apócrifos se comprendía como un mediador (igual que Moisés o Melquisedec), en el cristianismo este papel definitivamente pertenece al Cristo que convirtió a toda la humanidad salvada en los hijos mediadores para el mundo de las creaturas (T. García-Huidobro, A. Orlov “Los mediadores divinos: las fuentes judías de la cristología primera”). Ver al mundo entero es posible: es sentir a su unidad, a su fragilidad, a su belleza primera y eterna. Los santos no ven al mundo como al conjunto caótico de las cosas, sino como “la redondez de la tierra” (una frase famosa de los “Ejercicios”).

Bonhoeffer veía con los ojos nuevos a los cuadros de Renacimiento, imaginando en el centro de las ruinas de una ciudad bombardeada a un belén de Altdorfer. Y sonaban para él de otro modo los poemas de Helderlin y los cantos de la liturgia. Él mismo reconoce que nunca antes veía a la belleza de estos textos con esta claridad y profundidad. Jesús asciende al sufriente y en este dinamismo ascendente otorga a sus fieles el acceso de la experiencia de la plenitud trinitaria (S. Arzubialde “Humanidad de Cristo, lógica del amor y Trinidad”). La situación de la tentación por el mal se convierte en una prueba para la libertad humana. Pero si el hombre se encierra en su desgracia, el Señor no le puede forzar a descubrir este camino, y esto ocurre paradójicamente no por la debilidad divina (que es un pensamiento mentiroso y calumniador, como ya hemos visto en el “Libro de Sabiduría”), sino por la omnipotencia de Dios que amo hasta tal nivel a nosotros, a su imagen y semejanza, que no puede privarnos de la libertad bajo ninguna condición. La muerte no existe para nosotros porque poseemos al alma inmortal y libre, pero la privación de la libertad nos convertiría automáticamente en los objetos que ya no reflejasen al Creador y que pudieron ser destruidos como todas las cosas del mundo creado.

Siguiendo al libre albedrio, a este Don de Dios, nosotros elegimos que hacer: callar, blasfemar, encerrarse en las desgracias o salir al otro nivel y entrar en el dialogo. “Sólo el hombre que puede reunirse con su verdad puede resistir en este campo de miedo. Sólo el hombre puede encontrar a sí mismo, Dios no puede hacer esto, porque en su bondad ya creó a nosotros a su imagen y semejanza. Nosotros tenemos a esta imagen con la misma certeza que no la tenemos. Solo en el vertiginoso salto de la fe nosotros podemos igualarnos con lo que nunca nos será igual” (V. Bibijin “Conoce a sí mismo”). Es lo que Karl Rahner definió como un salto trascendental: “Concédenos en la experiencia de la decepción de nuestra vida la fe de que tu amor, que eres Tú mismo y que Tú nos has dado, sea la eterna juventud de nuestra verdadera vida” (K. Rahner “Oraciones de vida”). Lo imposible es el único camino verdadero, lo incondicional se convierte en el fundamento de la existencia, al Padre Walter le parece que la Voluntad Divina le lleva como las aguas de un río, repitiendo asimismo a una experiencia verdadera del encuentro con Dios, ya descrita en los himnos de Simeón el Nuevo Teólogo. La “caritas” divina es el dialogo permanente entre Dios y el hombre, es el instrumento de la trasformación radical que construye a la humanidad nueva.

La fidelidad nos lleva al Reino, en la relación intradivina que es el Espíritu Santo, este eón se acaba y la eternidad se convierte en nuestro fundamento histórico. Siendo el Espíritu Santo una fuerza que aporta la universalidad a la obra divina, el hombre entra en este “todo”, viendo una bondad universal y una irrupción del Reino en todo lo que le rodea. Su vida no se cambia simplemente, sino se trasforma, se configura, el tiempo se acaba: “el espacio limitado se trasforma en total inmediatez y concentración” (Arzubialde). Podemos ver como Filón de Alejandría o San Agustín de Hipona que cada cosa tiene su logos, su sentido. Un caos se convierte en el sistema porque en estas esencias trascendentales la naturaleza de la Trinidad nos demuestra su orden y su dinámica: “es una comunión eterna y estrecha, una relación y cohabitación de las hipostasis” (Santo Gregorio de Nisa en A. Fokin “La formación de la doctrina trinitaria en la patrística latina”).

Para santo Ambrosio de Milán el famoso “vinculo verbi” significaba que todas las cosas creadas están unidas, se ven como un sistema: “Por su fuerza se contienen dentro de Él y en Él esta morando la plenitud de todo” (en Fokin). El jesuita Padre Walter está llevando por las aguas de Simeón el Nuevo Teólogo, por el camino de la Providencia Divina. Lo mismo pasa con el Padre Ioann Krestiankin que veía a la oración como una valle que le separaba de los horrores que le rodeaban, y él entraba en el mundo donde “Dios sabe las cosas creadas de un modo inalcanzable para nosotros” (San Agustín en Fokin). Un hombre que guarda a su identidad cristiana se convierte en el testigo de la irrupción del Reino y reconoce en el Espíritu Santo a “una essentia” y a “unum regnum” (Santo Fulgencio de Ruspe en Fokin) y en este Reino solo existe el único poder y la única grandeza que es la Trinidad.

Las imágenes que vemos por alrededor de nosotros siempre están separadas, nos llevan hacia los pensamientos contradictorios, la lejanía de la unidad es la consecuencia que nuestros corazones no están limpios y unidos con el Cristo. ¿Qué es el corazón limpio? Es una fidelidad incondicional. Lo entendía muy buen el santo orador y visionario Ioann de Kronchtadt: “Dios es uno Ojo que ve todo, es el Sol inteligente que se eleva por encima del mundo, que penetra con sus ojos sabios en los pensamientos y en los corazones de las personas, que ilumina a todo lo creado. Ahora no vemos nada porque los ojos están enfermos por el pecado, pero al librarse de este, vamos a ver a nuestro Sol inteligente, a este Ojo infinito, tan claro y tan incomparable por su fuerza con el sol natural” (Ioann de Kronchtadt “Mi vida en el Cristo”).

Un famoso escritor ortodoxo Iván Shmelev reflexiona sobre el mismo tema en uno de sus relatos: “Nos parece que todo no tiene el sentido, pero nosotros estamos en los marcos de lo finito, mis amigos. Entre los marcos de lo que se llama “sentir ahora” y el Sentido es algo que no podemos tener en nuestra conciencia. La vida como una esencia ontológica graba sus proyecciones en algún sentido que no está nada claro para nosotros, pero se puede sentir “por debajo” de esta cacofonía caótica un susurro de la existencia verdadera. Este Absurdo, este derrumbe de todos los sentidos habituales… ¿no es un reflejo de la Eternidad que esconde a este Gran Sentido?” (I. Shmelev “El paseo”).
Para nosotros, para los que no estuvimos en este mundo, nos puede parecer hasta absurda la ausencia de cualquier deseo de la venganza, el mal está eliminado de la mente y del alma de una persona trasformada. Ioann Krestiyankin hasta la muerte rezaba por su torturador: “Yo sé que aún está vivo y enfermo, se llama con el mismo nombre que yo”. Dietrich Bonhoeffer describía a los carceleros espantados por el bombardeo con una compasión: “Cada tiene en la ciudad su casa, su familia, todos estamos juntos en el suelo, espantados por los golpes del bombardeo”. Walter Ciszik veía en los criminales que le pagaban y le robaban todo “a la gente desgraciada, insegura que intenta establecer algo parecido en una amistad, teniendo el miedo de la soledad”. El arzobispo de Voronej Petr Zverev barría con su escoba al espacio ente las baracas, bendiciendo a cada persona que pasaba, sea esta un carcelero o incluso alguien de la administración militar. Ellos se sentían incómodos ante un jerarca: algunos se escaparon, otros incluso inclinaban a sus cabezas, siguiendo al viejo costumbre. El mundo y sus valores no se cambiaron para el arzobispo y esto significaba una derrota total de sus adversarios. El mundo nuevo era él y no ellos que tanto pretendían a eso. Le llevaron a fusilar con una ausencia del respeto y con una brutalidad extrema, todo esto había sido una señal de la impotencia (O. Volkov “El hundimiento en la oscuridad”). Sin embargo, no se cambió nada: el arzobispo esta igual de seguro en su icono con la cruz y con la palma del mártir, bendiciendo a todos que se acercan: “¡Padre, no saben lo que hacen!”.

“¡Yo voy a perdonar todo,
no pedid nada!
Yo no tengo nada que perdonar a vosotros.
Porque todo lo que duele es mi cuerpo, la cruz de mi espalda.
Porque todo lo que duele en esta tierra quemada
es mi bendición. Todo está regalado.
En mi corazón se esconde el mundo creado.
Yo soy responsable por todo,
no me debéis nada”
(Helena Guro “El sueño del otoño”).

La entrega incondicional del Cristo regalo al mundo la posibilidad de existir. Y estas entregas incondicionales mantienen a todos nosotros en la unión con Dios, la vida de esta gente que no toman en cuenta a su “Yo” y a sus intereses, sino están capaces simplemente tener “la impronta de Dios en las almas” (una frase de San Ignacio de los “Ejercicios Espirituales”). “Esta gente no tiene su lugar en el mundo donde la personalidad se autodefine de un modo negativo, cuando todo entero se separa en Yo y No-Yo, en lo suyo y lo ajeno, encontrando a sí mismos solo entre estas rivalidades y antinomias. Esta gente es distinta, ellos tiene una percepción espiritual diferente, otra comprensión del humano Yo, esta gente no tiene nada que ver con nuestro Yo animal. A través de su nuevo Yo, absolutamente trasparente para la Luz, podemos respirar la cercanía del Cristo” (Viatcheslav Ívanov, una reflexión sobre las obras de Helena Guro).

Quiero expresar mis agradecimientos a los Padres Victor Zhuk SJ y Tomas García-Huidobro SJ, los profesores del Instituto de Santo Tomas en Moscú, por sus consejos sobre la literatura.

Fotos: Padre Ioann Krestiyankin, P. Ioann Krestiankin en el cárcel, P. Walter Cizsek SJ, P. Mijail Mitrozkiy, P. Víctor Ostrovidov, Dietrich Bonhoeffer en el cárcel, P. Petr Zverev, la iglesia en el cementerio del campo Solo.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Los guardianes de las puertas del Paraíso (Marina Korotchenko)

Los guardianes de las puertas del Paraíso
(sobre los que creen que solo ellos poseen a la verdad única).

                De niña yo miraba con el miedo a los iconos del Juicio Final: una gran serpiente que rodea al infierno, los demonios dibujados con unas líneas de tinta negra que se parecían a unos esquemas o sombras, los martirios insufribles de los pecadores y la columna de fuego con el arcángel Miguel dentro que aguardaba a las puertas, luchando con los pecadores como con las fuerzas de Satanás. No menos miedo daban las imágenes góticas o romanas: unos monstruos del infierno se convertían en los animales fantásticos en las paredes de las catedrales, ellos destrozaban y devoraban a los cuerpos de los infieles, una mujer pecadora, cuyos senos comían los dragones y serpientes que representaba a la imagen de la lujuria. Algo terrible y enigmático estaba en el propio nombre del demonio, no traducido en la Biblia rusa, sino escrito con el cursivo “legión”. El mal  parecía tan poderoso que no tenía el nombre propio, igual que no lo tenía  Dios.



                Pero a lo largo de la vida el conocimiento iluminó a estas sombras, porque su procedencia pertenecía al área de los conocimientos humanos, ya analizados y descritos. El misterioso “legión” se convirtió en la crítica del poder romano, de los legionarios romanos nombrados por el evangelista. El poder colonial romano oprimía al pueblo judío y por eso había sido comparado con las fuerzas del mal. O sea, se trataba de una polémica casi de índole político. Y la mujer devorada por los serpientes empezó su origen en la diosa griega Tellus- Deméter y resultó que su comprensión en la Alta Edad Media aún había sido más que positiva, puesto que en los rótulos de Exultet esta diosa representaba a la tierra redimida, a la nueva creación salvada por el Cristo y se ponía junto a la imagen de la mujer coronada que simbolizaba a la Iglesia. En la Italia lombarda la tierra y el cielo aún vivían en la armonía y los animales alimentados por la Tierra-Madre demostraban a la nuestra reconciliación con el Dios. La paz dada por el Cristo se expandía por toda la creación pascual. Sólo en la gótica la imagen de Tellus va a sufrir esta deformación, demostrando la separación entre la naturaleza y la salvación que reinaba en este tiempo en la conciencia eclesiástica, de este modo lo que antes había sido la luz, se convirtió en una sombra infernal.




                Y esta columna de fuego que guardaba a las puertas del paraíso de los pecadores e infieles no siempre desempeñaba a este papel, en el principio ella guiaba al pueblo elegido del Éxodo de la esclavitud egipcia a la tierra prometida, mostrándole el camino a través del Mar Rojo. Este fuego iluminaba, pero no cerraba las puertas ante nadie, al contrario, invitaba ir detrás siendo visible para todos. Todos nuestros miedos están engendrados por el sueño de la razón y por la falta de la fe. “No temáis, pequeño rebaño, que es decisión de vuestro Padre reinar sobre vosotros” (Lc 12, 32). Una posición cerrada solo nos lleva hacia la separación de la humanidad a los fieles e infieles, donde una parte se sienta más santa y protegida, acusando a los demás.

                En la realidad, cada conflicto, cada separación tiene sus raíces en el pecado original: la voluntad propia conduce a una persona o a una institución al enfrentamiento con los demás. Y el lugar de amor fraterno ocupa la guerra por las almas que nunca tiene sentido o la búsqueda de los infieles hasta en la propia iglesia para hundirse en la acusación mutua. Enfrentándose a los romanos el evangelista inventó el nombre del demonio. El pecado original consiste en desconfianza en la fuerza todopoderosa de Dios, porque Dios para este tipo de la gente no es un fundamento de todo y el Espíritu Santo no es omnipresente en la historia, al contrario, su Dios se parece a una fortaleza vieja y aislada que hay que defender constantemente, porque sin estas fuerzas todo se derrumbará y llegará el fin del mundo. La propia inseguridad y flojera se proyecta al Dios.

                Los guardianes de la fe de este tipo conocen todo sobre el Juicio Final y saben con una exactitud asombrosa quien se quedará fuera del paraíso: los herejes (poner los nombres de los que no os gustan), los apostatas (Usted decide quienes son), los que tienen una liturgia distinta (aquí va la mayoría de los cristianos, porque sus peculiaridades tienen casi todos los pueblos), los que no se comulguen de tal o cual manera, los que crucificaban al Cristo, etc. En el apócrifo eslavo “El peregrinaje de la Virgen por el infierno” ella concede el descanso a todos los pecadores para el tiempo pascual, pero no para los que crucificaron a su hijo. Está más que claro porque este texto se quedó entre los apócrifos: los enemigos del Cristo más graves no eran los soldados romanos, sino los fariseos que guardaban con el celo el acceso a su Templo-Paraíso, pero ellos eran perdonados y salvados con toda la humanidad, porque “no sabían lo que hacían”. En el Cristo no existen las separaciones, él murió por todos, se adaptó a la naturaleza humana en general y en ella no estaba separado un judío de un griego o un fariseo de un apóstol. Cristo murió por toda la humanidad y salvó a todos para siempre, haciéndolo solamente con su libre entrega, sin merecimiento nuestro alguno.



                Cualquier persona que piensa que solo ella, su Iglesia, o su congregación merezca esta salvación, pero no los otros, porque no viven de un modo parecido, esta pecando con soberbia y orgullo, apropiándose de los poderes divinos para sus fines y demostrando una inflación clara de la conciencia que no está capaz de discernir a los espíritus. Nuestro Dios creador y salvador deja de ser todopoderoso porque sus capacidades se limitan por los “ritos correctos”, por la cantidad de las especies, por las costumbres que pertenecen a una situación histórica concreta o a una concreta congregación. El demonio gasta una broma muy mala: en un separado se convierte en él que acusa en la separación a los demás, porque el propio juicio sobre el próximo siempre nos separa del mundo, agrietando a la cristiandad y a toda la humanidad, unida y salvada en el único Dios.  

                Una mirada costumbrista convierte al Dios en un ídolo, cuyas actuaciones, lógica y hasta el juicio ya están claros y descubiertos. Asimismo el Dios pierde a su misterio  y se convierte en un objeto más para manejar por la gente mundana. En este caso no estamos hablando con el Dios, sino con su imagen condicionado por nuestra historia, cultura y nuestro sitio en la Iglesia. De este modo nosotros no salimos hacia un horizonte que nos permite ver este mundo de un modo objetivo. Estamos ciegos, el camino del conocimiento se cierra, porque si alguien ya está maldito, no debemos ni escucharle, ni conocer a sus pensamientos, ni tenerle respeto. Este planteamiento mata en el origen no sólo a cualquier ecumenismo, sino en general a cualquier misión, porque todo el trato con la gente de las culturas distintas supone un amor y un respeto hacia ellos, una total ausencia de la altivez y de la soberbia cultural y religiosa, igual que un estudio de sus costumbres. No podemos ir por el mundo de las culturas como por un descampado vacio y sin estructuras previas. No tenemos derecho suponer que sin nosotros aquí nada tiene sentido. Ahora toda la misión nos resulta ser imposible sin la inculturación, el cristianismo ya no va detrás de las conquistas del poder colonial y estatal, estando ya separado de todo el poder político, sino debe convencer por su Palabra. En este caso podemos decir que volvimos a los tiempos de los primeros cristianos.

                La unión con el poder estatal oficial liga a la Iglesia a un Estado y a un territorio concreto y la invade con esta sutil soberbia del orden luchador y vencedor, resucitando a la antigua terminología de la Guerra Santa. En este caso casi siempre baja el nivel de la espiritualidad, reducido a los casos personales aislados, porque una mística no es algo separado de nuestra vida, de la justicia, de la posición social. La posición de la continua acusación no tiene nada que ver con el Evangelio: Cristo curaba a los pecadores, les alimentaba, les daba consejos, porque todos somos pecadores, incluidos los apóstoles con su negación del Cristo, y por esta humanidad murió el Salvador.

                La presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones no puede depender solamente de las condiciones exteriores,  de una fe expresada y explicita, sino de nuestra apertura al Dios que ya había llegado a nosotros de un modo incondicional. El Espíritu Santo posea a la tierra entera y no baja a los lugares concretos  previamente señalados, porque llegó a este mundo después de la Crucifixión del Cristo de un modo absoluto, llenando nuestras vidas con sus dones. Y es una presencia regalada gratuitamente a todos. Un absurdo muy grande es pensar que alguien podía merecer estos dones “por el derecho”, o existen tierras más santas o menos santas, porque no es una reflexión teológica, sino una soberbia que limita al hombre a tal nivel que éste llega a limitar al Dios. Enfrentándose a los demás no vamos por el camino divino, porque Dios no puede ser dividido y separado, siendo la máxima unidad y simplicidad.

                Esta conciencia que solo podemos ser salvados en este lugar o en esta congregación es una soberbia que se expande por toda la institución, paralizando o distorsionando a su actividad cristiana, la separa de los hermanos y del mundo cristiano. Como decía Vasily  Rozanov con su ironía amarga: “Toda la plenitud está presente en el Lunes Limpio y en la compra de los pepinillos salados para el ayuno. Más no queremos nada” (“Las hojas caídas”). Una posición cerrada acarrea a una apologética falsa, a las distorsiones de la historia, el desconocimiento de las Escrituras en sus fuentes. El conocimiento es rechazado como algo que lleva hacia la peligrosa apertura, cuando una casa debe permanecer cerrada bajo el viento de la permanente herejía.




                Nosotros no estamos contra las diferencias entre las tradiciones o carismas, al contrario, en esto consiste la riqueza de la Iglesia, la diversidad de su pastoral, pero sólo podemos guardar algo teniendo en la vista a la gente real, una tradición debe servir a las personas reales, no encadenándoles al pasado lejano. Cristo murió por todos y el Espíritu Santo vuela donde quiere, no está condicionado. Nikolay Leskov era un escritor ruso más interesado por la vida eclesiástica y en sus obras podemos encontrar a los santos cuáqueros, junto con los santos ortodoxos o los santos indígenas. En el relato “En el fin de la tierra” un misionero reconoce que su criado, un indígena pagano, está más cercano al Dios que él: “Dios salvará a él, con o sin bautismo, porque él ya está con el Cristo, agarrando a su manto divino. Y mucho se agarrarán a ello”. Leskov tiene varios relatos dedicados a la vida cristiana y justa  de los cuáqueros ingleses, a los que conocía muy bien en su trabajo. Es que no solo “La leyenda sobre el Gran Inquisidor” tiene su lugar en la literatura rusa, sino también en las obras de Leskov. La cultura es polifuncional y sus partes son inseparables, sin antinomias desaparece el sentido y la tensión que sujeta a su estructura. La cultura y la espiritualidad rusa siempre eran misericordiosas,  de Gracia más que de la Ley (“La Palabra” del metropolita Hilarión), comprensible y respetuosa con las culturas de los otros pueblos, con la tendencia de adopción de lo ajeno y de su asimilación. En su arenga “A la memoria de Pushkin” Dostoievski habla sobre nuestra “internacionalidad”, en su “Peregrinaje tras los tres mares” el mercader de Nóvgorod Afanacio  Nikitin demuestra esta cualidad con los musulmanes y con los indios: “Solo Dios sabe que fe es la verdadera”. Es que con esta posición cerrada no solo perdemos a los hermanos nuestros, sino también a nosotros mismos: “Él que quiere guardarse, perderá todo”.



                Karl Rahner escribía sobre la necesidad de descubrir al Cristo en las religiones no cristianas,  porque si la salvación depende sólo del Cristo, no podemos negar su presencia en la historia de ninguna persona verdaderamente religiosa. Esta religiosidad depende de la voluntad y del amor, pero no de una tematización  obligatoria de la acción salvífica: “en el logro de salvación por parte de un hombre no cristiano a través de la fe, la esperanza y el amor, las religiones no cristianas no pueden presentarse de manera que ellas no desempeñen ninguna función o sólo desempeñen una función negativa en ese logro de la justificación y d la salvación” (“Curso fundamental sobre la fe”).

                Para hacer la labor pastoral en la sociedad existen unas condiciones mínimas que son el conocimiento de esta sociedad y el respeto hacia la gente, incluyendo la comprensión que nadie nos es ajeno, ni es un hereje malvado. Nuestra maldición permanecerá con nosotros y no haremos nada, aparte de la palabrería de un bajo nivel, aparte de una separación en la que vamos contra el Dios que es un Salvador de todos. No somos los responsables, ni los funcionarios que distribuyan a su salvación. Nos pidieron predicar la Palabra, pero no esconderla y no apropiarse de ella. Todo discernimiento “debería apoyarse en el de la evolución de la sociedad en su conjunto” (Bernard Sesboüé “No tengáis miedo”), así que sin la realidad multicultural y polifacética desaparece el discernimiento como tal y vivimos en la nube del humo que ya no sólo esconde al Dios, sino a nuestras falsas representaciones  de él que se llaman los ídolos.


                Las puertas que guardan con tanto celo simplemente no existen, porque están abiertas a todos con la Cruz y con la Resurrección, y nuestra puerta cerrada sólo conduce a la cárcel del pecado de la soberbia. Mejor no guardar tanto para sí mismo, sino sacrificarse en el favor de los demás, en esto consiste nuestra misión y nuestro servicio al Cristo. Y sobre el Juicio Final bien dijo la Santa Matrona de Moscú: “Cada oveja estará colgada por su cola. ¿Por qué miras y juzgas a la cola del otro, tú tienes la propia?”.                                                  

martes, 24 de enero de 2017

Todo lo que reflejamos (Reflexión del ciclo “La Ciudad Peregrina” de Marina Korotchenkol)







Todo lo que reflejamos
 (mi reflexión sobre los prisioneros de los espejos y la luz de la Ciudad Peregrina) 

                 Los máscaras del mundo subterráneo

           son como los volcanes apagados. 

       Espejos no reflejan a las almas,

          sino nuestros rostros condenados.

      Y toda la condena es la muerte,

     y todo el enigma es el abismo.

        Es un absurdo que aún viviendo

            nos reflejamos a nosotros mismos.

        Como un dios griego que desvía

a la propia imagen fugitiva.

Realidad es la otra jerarquía:

                de Areopagita, con las luces de la vida.

Los sueños y los miedos se convierten en la realidad, cuando no existe nada más, aparte de los miedos y de los sueños. Está obvio que hombre vive entre los signos, imágenes y representaciones, pero todo nuestro discurso siempre está dirigido a los otros, puesto que ninguna sistema de signos no vive fuera del contexto o de un código cultural, sino solamente entrando en el dialogo con los otros sistemas. A pesar de la genialidad de Calderón sería imposible corregir a una persona solo a través de un sueño o de una representación de este, quizá por eso su Segismundo no sabe en el final si está despierto o aún está soñando: “que no sé si estoy despierto” (Calderón “La vida es sueño”). Y todos recordamos al famoso monologo que nos explica con el contraste agudo de la poética barroca que tipo de sueño es esta vida:

  Y la experiencia me enseña

      que el hombre que viva sueña

lo que es, hasta despertar.

La pregunta eterna siempre será: ¿en qué consiste este despertar? ¿Y cuando uno debe despertarse? En una novela de Víctor Pelevin el famoso filosofo chino Chuang Tzu que imaginaba que era una mariposa había sido despertado por un fusilamiento y “siguió volando más lejos”. Es una respuesta budista, los cristianos creemos que la vida es única y que solo 2 tenemos la única oportunidad de escoger a nuestro camino que nunca será repetida. Así que la muerte no es la salida, como decía un sacerdote a una persona con el deseo de suicidarse, sino una entrada. Parece que uno debe despertarse antes de ella, por lo menos para no confundir a las puertas.

Los ascetas en los desiertos y los isiquastas intentaban evitar a toda la imagen, a toda la palabra, porque cualquier signo les incluía en el sistema de las representaciones mundanas, traía sus ecos y asociaciones, y esto interrumpía a la contemplación como las canciones de la vida alegre confundían a la mente de Santa María de Egipcio: “Yo quería olvidar a sus palabras, pero repetía a las melodías involuntariamente”. Unas palabras por sí mismas no eran peligrosas, pero le traían los recuerdos de los cuales ella quería liberarse. Liberarse para atravesar a un río por el aire, como lo cuenta su Vida, dejando para siempre a la otra imagen sugestiva que va a entrar en el distinto sistema de los signos y de los valores. ¿Esto había sido una representación? Si. ¿Pero tenía algo de verdad? Obviamente. En la conciencia de esta santa tenía lugar el dialogo entre las dos culturas, los dos mundos, entre los canciones alegres y el recitar de los salmos. La vida pasada se chocaba con sus aspiraciones nuevas y entre estas contradicciones ella libremente escogía a su camino, a una representación del mundo tal como le gustaría verlo.


Su vida como un texto entró en la cultura configurándola, cambiándola, construyéndola en los otros fundamentos, como los hicieron las vidas de los otros santos ascetas y mártires. Sus muertes eran unas representaciones que construían a los modelos diferentes de la vida y su aceptación de lo nuevo demostraba a su capacidad para la apertura, a esta sed enorme para comprender y aceptar. Sabemos muy bien que solo una imagen abierta configura a la malla de las relaciones sociales. En el espacio imperial del orden y mando ya desapareció este principio dialógico. Sergei Averintzev demuestra como en el poema sobre Dionisio de Nonno de Panopolis el dios se multiplica en sus reflejos que son sus otras imágenes: Dionisio como otro Zagreo, Zagreo como segundo Dionisio, Yakch como tercero Dionisio (“Poética de la literatura bizantina”; “El mundo como el enigma y la respuesta”). Nosotros vemos a los espejos puestos uno enfrente del otro que nos produce la ilusión de un mundo interminable, pero es una trampa que no existe en la realidad, porque su realización sería una eternidad enfermiza y espantosa, donde siempre se repetían las mismas paredes y la misma sala. Podemos decir que un pecador en la novela de Dostoievski que imaginaba a la eternidad como a una sauna sucia con las arañas tenía una visión mucho más viva y amena que esta reproducción interminable sin fin ni final.



Es una verdad que en el sentido cultural y social todos nosotros somos los espejos, porque siempre reflejamos y estamos reflejados. Si nuestro reflejo es verdadero o completamente falso solo depende de la luz y de la perspectiva en el fondo de la cual vemos a los objetos y a los individuos. Dionisio Areopagita en el siglo V describió a las Jerarquías Terrenal y Celestial que imaginaba como a una montaña de los espejos situados cada uno en su nivel, pero sus vidrios eran limpios y no estaban puestos uno enfrente del otro, sino levantados hacia la luz eterna que les iluminaba desde la cima de la montaña.

Así que de la representación, igual que del signo no depende absolutamente nada, todo el valor consiste en el contenido de estas vasijas de barro que nos pueden traer al agua 3 bendita, igual que a un liquido venenoso o a una suciedad de fango. Definir a la representación en sí como buena o perjudicadle no tiene ningún sentido, con el mismo resultado podemos opinar si malas o buenas son palabras. Está claro que de los verbos o de las preposiciones no depende nada, sino todo el valor se esconde en el contenido. Yuri Lotmán reconocía solo a los textos como unos sistemas autónomos que siempre expresan algo, sea este comprendido o no, y que viven solamente si entran en las relaciones con el lector y con los otros textos guardados en su memoria. Un texto que no se circula en la sociedad de manera dinámica y abierta realmente deja de existir, no le copian ni imprimen. Y ninguno texto nunca puede ser comprendido hasta el último punto, en toda su profundidad, sino siempre deja un espacio vacío para que reflexionemos, comparemos y opinaremos.

Nos consta que ya podemos ver a unos principios de la percepción verdadera: es una imagen abierta, una estructura de los signos que siempre entra en el dialogo, es un texto que está en las relaciones continuas con sus lectores y con los otros niveles culturales a través de ellos. Asimismo, para percibir una luz verdadera solo debemos tener una apertura, la capacidad de comprender y de percibir, la curiosidad amorosa hacia el mundo. Sin esto todas nuestras palabras siempre serán vacías y repetitivas. Nadie habla consigo mismo, nadie mantiene la conversación sin escuchar al otro y nadie pierde el tiempo con los textos inútiles que no le aportan nada ni le hacen mejor.

Sin embargo, aquí se esconde un problema muy grave: ¿tienen todos estos textos y representaciones alguna referencia al mundo real? ¿nosotros podemos afirmar a través de ellas que tal mundo existe y cuáles son sus características? Y dar una respuesta a estas preguntas es casi imposible. El protagonista-visionario de la novela “Ultima Thule” de Vladimir Nabokov diría: “¡Usted no debe buscar bajo la silla, sino en el otro sitio!”. Esto pasa porque ningún texto por sí mismo no nos da las respuestas, sino siempre necesita nuestra interpretación. Toda la semántica textual es siempre una polivalencia de los sentidos. Incluso las sagradas Escrituras existen solo encarnadas en el exegesis de un tiempo concreto. Quizá por eso la búsqueda del Cristo histórico siempre había sido un fracaso, es que Cristo entra en toda la historia. Ningún texto contiene la verdad reflejada en toda su plenitud, sino necesita a nuestra comprensión y a nuestra fe.



Con el surgimiento de la novela realista que en el caso europeo había sido engendrada en el núcleo contradictorio de barroco y en el caso de la literatura rusa en el dialogo con las influencias europeas, las antinomias y los contrastes es un eje estructural de realismo. Digamos que si buscar una verdad absoluta en la novela, vamos a comprender que ella no está en ninguna parte fija y concreta: ni en las novelas caballerescas sobre los “amadices” ni en la plebe que se ríe de un caballero andante. La vida como tal no puede ser demostrada de un modo didáctico, sino debe ser vivida. El principio de la contradicción construye al texto realista que suele mostrar a un mundo opuesto a todos los tópicos y a todos los cánones. En el capítulo de “Eugenio Onegin” donde Tatiana se enamora en el protagonista Puchkin pone en fila a las varias concepciones del amor que contrarrestan una a la otra, dialogan y nos dejan sin respuesta. Aparece el amor romántico-sentimental de su hermana Olga, los amores descritos por las novelas francesas e ingleses que leía Tatiana, la vida de su madre, donde el amor había sido sustituido por el costumbre, y la respuesta de la vieja niñera-esclava que considera que el amor es algo prohibido, porque se casó en los trece años y en la edad de enamorarse ya tenía 4 a su familia. Entonces: ¿Qué es amor? ¿Bella Olga con los poemas en su álbum? ¿Los pensamientos de alguna Julia o Clarisa en la novela sentimental? ¿La inquietud que Tatiana sienta ahora? ¿Un deber frio ante su marido? ¿O quizá algo peligroso para una familia campesina? Puchkin no da ninguna respuesta, sino nos mete en esta polifonía, porque el amor es todo y se expande a todas las comprensiones. El lector tiene su libertad de escoger a la noción del amor que más le gusta o mejor sería expresar a su propia opinión como una de las posibles.

Lo más importante en el principio de las contradicciones no es el deseo de mostrar la verdad, un escritor realista sabe que es un objetivo imposible, puesto que la verdad es siempre algo propio, sino despertar a la mente del lector, provocándole pensar sobre la diversidad de mundo, la inutilidad de los juicios vanos y fijos. Y todo esto abre al lector, haciéndole más compasivo y más comprensible. ¿Dónde está la verdad? En el hombre y cada una de las personas refleja a ella, así que más entendiendo al próximo más amplio y más profundo se hace nuestra propia imagen verdadera. Es como una especie de la apofática, un buen libro realista libera a la persona de los prejuicios y nunca le fuerza a reconocer alguna interpretación del mundo, sino le invita a oír a la polifonía de las voces.




Nuestras representaciones del mundo existen solo para ser refutadas. Ni ética, ni filosofía, ni literatura no pueden mostrarnos la verdad. En un momento de la prueba, de sufrimiento se rompen todas las representaciones, aparte que todo que solamente expresa a nosotros mismos nos priva de la libertad peor que cualquiera dictadura. La más fuerte y la más dura esclavitud es estar satisfecho con su propia verdad:

                              Sueña el rey, que es rey, y vive

                        con este engaño mandado, 

                         disponiendo y gobernando;

                     y este aplauso que recibe

prestado… 

            (“Vida es el sueño”)

Seguridad de poder en su grandeza y en su significado eterno solo pueden dejar atónita y perpleja a una persona que contempla a los torneos o a las ceremonias funerales reales con la mirada libre de los prejuicios. Un espejo puro niega de reflejar a los fantasmas y en el soneto de Cervantes “Al túmulo del Rey Felipe II” suena este asombro irónico:

               Voto a Dios que me espanta esta grandeza

             y que diera un doblón por describilla… 

     Apostaré que el ánima del muerto, 

   por gozar este sitio, hoy ha dejado

 la gloria donde vive eternamente.

         Esto oyó un valentón, y dijo “Es cierto

cuando dice voacé, señor soldado

 y él que dijere lo contrario, miente.

Un túmulo de la grandeza cae como una torre babilónica, empujado por la ironía del poeta y después por la ambigua opinión de un transeúnte: “él que dijere lo contrario, miente”, aunque el poeta lo que dice es precisamente lo contrario. Una opinión contrarresta a la otra y las dos a todo el cuadro con el túmulo, y el soneto se acaba con el silencio: “no hubo nada”, dejando en el lugar de la respuesta otra vez una puerta abierta. ¿Quién miente? ¿Él que mandó construir al túmulo? ¿El poeta? ¿O un valentón que no sabemos, si se ríe, si lo dice en serio? La grandeza de un triunfo se desvanece como humo y estamos ante la única indescriptible realidad: muerte.

En el silencio sobre el amor y la muerte se nos demuestra que no hay ninguna verdad que depende de las representaciones y palabras, porque la única verdad inquebrantable está escrita en el corazón del hombre y todos los textos solo nos mueven a buscarla. Y esta superior realidad humana que rompe a todo lo rígido y artificial es cristiana, regalada a nosotros como un don de Dios por el Hijo del Hombre que nos salvó de todas las trampas y de todos los espejos: “la verdad, de la que nos habla Jesús, no es una doctrina, sino una realidad, es decir, Él mismo: “Yo soy la verdad”. He aquí una profunda trasformación del significado habitual de la verdad… los hombres pueden poseer o no poseer la verdad; pero ¿Cómo pueden ser verdad e incluso la verdad?” (Paul Tillich “¿Qué es la verdad?”). Esta verdad es la presencia de Dios en el Cristo y, siendo él el camino para todos, también nosotros somos la verdad en la medida en que Dios está presente en nosotros. Por eso, como dice Tillich, Jesús es más que sus palabras y sus enseñanzas, porque él es la misma presencia.



Asimismo los textos nos enseñan a buscar la verdad dentro de nosotros, no hacer a los ídolos de los objetos exteriores o de las relaciones causales, sino saber escuchar al fundamento de nuestro ser que mantiene a nosotros vivos y existentes. Todas las antinomias textuales son solo los trampolines para un salto trascendental. ¿Qué es la vida? Sois vosotros. ¿Qué es el amor? Sois vosotros. ¿Qué es la muerte? Sois vosotros. Sois la realidad que guiada por la luz verdadera nunca va a perderse en el interminable laberinto de los espejos. A través de las opiniones y los sistemas de los signos se revela ante nosotros el Reino que crece en el silencio.


Según San Agustín el Poder Divino nos otorga como el saber inmanente, tanto y a los objetos de conocimiento que nosotros expresamos en los verbos interiores (pensados) y en los verbos exteriores (pronunciados). De este modo el conocimiento inmanente no niega a las representaciones, sino colabora con ellas: “Todo el mundo busca cierta semejanza en su manera de significar, de manera que los signos mismos reproduzcan, en los posible, la cosa significada. Pero como una cosa puede asemejarse a otra de muchas maneras, tales signos sólo pueden tener entre los hombres un sentido determinado cuando se suma a ellos un asentimiento unánime” (“Doctrina cristiana”, II, XXV: 38). Por algo Todorov nombró a Agustín un primero semiótico (T. Todorov “Teorías del símbolo”). “Nada de lo que se hace o se dice en 6 un sentido figurado es mentira. Toda palabra debe referirse a lo que designa para quienes están en situación de comprender su significado” (DC; V: 7).

El signo circula entre la gente, construye a las sociedades y a las instituciones, pero siempre necesita a un asentimiento unánime. Sin embargo, nunca debemos olvidar que la fuente de todo el conocimiento, según Agustín, es el Poder Divino. Todo el conocimiento nos está dado. El pecado original que seguimos cometiendo es la creación de los mundos imaginarios que no se rigen por las leyes divinas. Como lo considera Bonhoeffer, el conocimiento del bien y del mal no es un conocimiento en el sentido estricto de la palabra, sino el deseo de reemplazar a las leyes divinas por nuestra propia arbitrariedad, la creación divina por nuestras representaciones. Ser como Dios es definir al bien y al mal a su medida, actuando de modo individualista y egoísta. En la caída hombre pone a sí mismo en el centro del mundo, su pensamiento se encierra en el circulo vicioso de los intereses propios. Asimismo el bien y el mal se definen según el deseo del individuo, dependiendo de lo que él quiere conseguir en una situación concreta. Ya no existen el bien y el mal objetivos, sino todo ya está hecho “para mí” y a “mi medida”, sin tener en cuenta al otro. Se rompe el dialogo con el Dios y con el próximo (D. Bonhoeffer “¿Quién es y quién fue Jesucristo?”). Sólo la resurrección del Cristo nos da el conocimiento de nuestro verdadero ser, liberado del “pavor de los espejos” (Borges).

Pero no somos liberados de algo, sino para algo, para el servicio, para el seguimiento. Y toda la representación es una trampa, si existe solo en sí y para sí y es una revelación, si descubre a nuestro ser verdadero. Todo el poder y todas las máscaras son solo prestados. Si vivimos para los objetos que no son nuestros y no dependen de nosotros, nuestra vida no se diferencia de un sueño. El príncipe dice, al despertarse: “Si es sueño, si es vanagloria, ¿Quién por vanagloria humana pierde una divina gloria?”.

      Entre las citas, entres los esbozos

estamos condenados y atados.

      No somos nada, los espejos rotos,

           los hijos pródigos del Padre alejados.

 Para volver al mundo existente

         buscamos en las sombras el camino,

    pero como un faro la luz ardiente

      alumbra a la Ciudad del peregrino.

Ilustraciones: Atanasius Kircher “Mundus Subterranea”; el icono de Santa María de Egipto; Tatiana de “Eugenio Onegin”