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viernes, 12 de octubre de 2018

¿Qué es la Iglesia? (Meditación para hoy) 12102018

¿Qué es la Iglesia?
Lo descubriremos si, con un corazón sencillo, nos acercamos a Jesús y le preguntamos: Tú, ¿quién eres?


Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net 



Palestina, siglo I. Doce galileos acompañan a Jesús, un nazareno. Para ellos es un profeta. Hace milagros, predica con fuego, acaricia a los niños, limpia la conciencia del pecado.

Pasan los meses. Los fariseos rechazan a Jesús, lo persiguen y acosan con denuedo.

Jesús va a Jerusalén. Después de una cena íntima, densa, llena de misterios, el Maestro va a rezar al Huerto de los Olivos. Es arrestado, condenado a muerte, crucificado. Uno de sus seguidores le ha traicionado. Los otros escapan, huyen lejos.

Han pasado poco más de 50 días desde aquellos momentos dramáticos. Jesús ha resucitado, se ha aparecido a las mujeres, a Simón Pedro, a otros discípulos. Luego se elevó por encima de los cielos. En una casa de Jerusalén, de repente, se oye un ruido intenso y baja el fuego. Llega el Espíritu Santo. Los apóstoles, unidos a María, llenos de valor y de confianza, empiezan a difundir el mensaje cristiano. Ha nacido la Iglesia.

Planeta tierra, primeros años del siglo XXI. Las estadísticas nos hablan de una Iglesia grande, numerosa, presente en todas partes. Nos dicen que hay más de 1000 millones de católicos. Entre ellos, encontramos hombres y mujeres muy distintos: apasionados como san Pedro, fieles y entusiastas como san Juan, traidores como Judas...

¿Qué sabemos de la Iglesia? Podemos informarnos a partir de lo que nos dicen los medios de comunicación. Algunos presentan una Iglesia en decadencia, una institución que está “en peligro de extinción”.

Otros dejan hablar a los que critican a la Iglesia o al Papa, a los que querrían una Iglesia a su medida, a los que desearían que las mujeres católicas abortasen libremente... Otros sacan a la luz escándalos sin fin, como si la Iglesia fuese la sociedad más corrompida del planeta.

Otros, de un modo casi obsesivo, señalan con el dedo algunas páginas de su historia, no siempre estudiadas con justicia, para acusarla de enemiga de la humanidad, de la ciencia y del progreso: nos hablan de la Iglesia de la Inquisición, de la Iglesia que condenó a Galileo y que quemó a los herejes, de la Iglesia que organizó cruzadas y que discriminó a las mujeres...

Si nos quedamos con estos datos, parecería que la Iglesia es una institución que debería desaparecer pronto... ¿Es así la Iglesia? Preguntemos a los de dentro, a los que la sirven, al próximo Papa, a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos, a los millones de bautizados de los cinco continentes.

¿Qué es la Iglesia? Ellos nos dirán que es la continuación en la Tierra de la acción salvadora de Cristo; que es el único camino para llegar, con certeza y sin errores, a Dios Padre; que es una Madre y Maestra que enseña, con los sacramentos, con la oración, con la vida cristiana, a vivir en plenitud cerca de Dios; a amar, de corazón, al prójimo, incluso al enemigo.

Preguntemos a la historia: ¿qué es la Iglesia? Nació débil, pobre, en un rincón del imperio romano. Pocos se dieron cuenta de su riqueza, de sus energías, de su entusiasmo. En los primeros años, algunos poderosos quisieron aplastarla con la fuerza. Cientos, miles de mártires morían con una sonrisa, con un canto, con una esperanza.

Pronto empezaron las herejías, el engaño que divide y que separa a los creyentes. No fueron pocos los que se alejaron, los que rompieron la unidad. Los siglos siguieron adelante, y la Iglesia, cada vez más libre, pudo reunirse en concilios para aclarar dudas, establecer criterios, promover el gran regalo del Evangelio.

El resto de la historia es un sucederse de aventuras. Amor que lleva a la santidad de los mártires, al servicio heroico de quienes ayudan al enfermo, a la generosidad de los que sostienen a los pobres, las viudas y los huérfanos. Odio que, fuera de ella, ha regado casi todos los rincones de la tierra con millones de mártires. Traición que, dentro de ella, ha apartado a muchos de la unidad en la fe, de la vida de amor, de la fidelidad al Papa y a los obispos.

Es una historia apasionante y dramática. Aun así, el estudio de los acontecimientos y protagonistas principales no nos dice todo lo que es este gran árbol que nació, humilde, en un rincón de Tierra Santa.

Si olvidamos la semilla no comprenderemos nada. Si dejamos a un lado a Cristo, al Padre, al Espíritu Santo, la Iglesia se nos hará similar a otros grandes movimientos culturales o religiosos que han tenido o tienen todavía su importancia en la historia del planeta. Intuimos que, en Ella, hay mucho más. Pero sólo lo descubriremos si, con un corazón sencillo, como la Virgen María, como Pedro o Juan, nos acercamos de nuevo a Jesús y le preguntamos: Tú, ¿quién eres? La respuesta nos dirá lo que es la Iglesia. Nos llevará a amarla con sencillez, con alegría, como un regalo magnífico que nos viene del cielo, y que nos permite caminar, seguros, de su mano, hacia la casa paterna.


 

lunes, 12 de febrero de 2018

¿Qué ha traído Jesús al mundo? (Meditación para hoy) 12022018

¿Qué ha traído Jesús al mundo?
Jesucristo

Me ha traído la esperanza, el perdón, la salvación, el Amor...me ha traído a Dios.


Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net 



Cada generación se siente invitada a ponerse ante Jesús de Nazaret para preguntarse: tú, ¿quién eres?

Después de 2000 años, también nosotros sentimos la necesidad de resolver la pregunta sobre Jesucristo, sobre su Persona, sobre su Misión, sobre su Obra.

El Papa Benedicto XVI concreta aún más la pregunta para nuestro tiempo, para nuestro mundo sumergido en guerras, pobreza, injusticias, miedos. “¿Qué ha traído Jesús realmente, si no ha traído la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo mejor? ¿Qué ha traído?” (Benedicto XVI, “Jesús de Nazaret”, p. 69).

La respuesta surge desde una experiencia profunda, desde la oración que descubre en Jesucristo al Salvador del mundo. “La respuesta es muy sencilla: a Dios. [Jesús] ha traído a Dios. Aquel Dios cuyo rostro se había ido revelando primero poco a poco, desde Abraham hasta la literatura sapiencial, pasando por Moisés y los profetas; el Dios que sólo había mostrado su rostro en Israel y que, si bien entre muchas sombras, había sido honrado en el mundo de los pueblos...” (“Jesús de Nazaret”, pp. 69-70).

Ante Cristo toda la historia humana adquiere su sentido más profundo, más pleno. Los reinos humanos, los imperios poderosos, los que triunfan en el dinero o en el poder, pasan y se esfuman, uno tras otro. En silencio, con una presencia humilde, con una fuerza pacífica, la gloria de Dios sigue entre nosotros, supera la contingencia del tiempo, ofrece esa salvación auténtica que cada hombre desea con ansiedad inextinguible.

Desde que Jesús ha traído a Dios, todo es distinto. “Ahora conocemos el camino que debemos seguir como hombres en este mundo. Jesús ha traído a Dios y, con Él, la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino; la fe, la esperanza y el amor” (“Jesús de Nazaret”, p. 70).

¿Qué ha traído Jesús al mundo? La pregunta puede hacerse en primera persona: ¿qué ha traído Jesús para mí, para mi familia, para mis amigos, para la ciudad y la nación en las que vivo? La respuesta también se hace en singular: me ha traído la vista, me ha traído la esperanza, me ha traído el perdón, me ha traído la salvación, me ha traído el Amor, me ha traído a Dios...

En la marcha diaria hacia lo eterno, Jesús nos acompaña, nos guía, nos levanta, nos cuida. Como el apóstol santo Tomás, abrimos el corazón lleno de alegría para decir, ante tanto Amor, unas palabras de fe humilde y total: “Señor mío y Dios mío”...


 








 

sábado, 11 de marzo de 2017

Menos católicos, ¿edulcorar el Evangelio?

Menos católicos, ¿edulcorar el Evangelio?
Cristo fue claro: o estamos con Él o estamos contra Él 

Necesitamos aprender testimoniar y ofrecer el Evangelio íntegramente, con alegría y esperanza.


Por: P.Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Catholic.net 



En algunos lugares disminuye fuertemente el número de católicos. En otros, muchos que se declaran católicos viven como si no lo fueran.
Ante este tipo de fenómenos, no falta quien acusa a la Iglesia de rigidez y de falta de tacto. Si la gente no está lista para vivir una moral como la católica, ¿no habría que edulcorar el Evangelio?
La pregunta, a veces, está vestida de realismo. Se dice que no todos tienen vocación de héroes, que la vida es muy difícil, que hay que adecuarse a los tiempos, que la rigidez provoca deserciones...
Afrontar así este tema supone apartarse del Evangelio e implica una especie de pacto con la mentalidad del mundo. Es decir, va contra el modo de enseñar de Cristo y contra la verdadera acción misionera de la Iglesia.
Porque Cristo fue claro: o estamos con Él o estamos contra Él (cf. Mt 12,30). Tras el sermón sobre el pan de vida, no buscó un compromiso con los escandalizados. Simplemente preguntó a sus discípulos: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,67)


Sobre todo, Jesús explicó que no podemos servir a dos señores, a Dios y al dinero (cf. Mt 6,24). Además, recalcó que si algo en nosotros nos lleva al pecado, hay que cortarlo con firmeza (cf. Mt 5,29-30).
Así se vivió la fe en las primeras comunidades, en las que san Pablo no dudaba en decir con franqueza: “¿No sabéis que ningún malhechor heredará el Reino de Dios? No os hagáis ilusiones: los immorales, idólatras, adúlteros, lujuriosos, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el Reino de Dios” (1Co 6,9 10).
Frente a quienes dejan la Iglesia, o frente quienes se dicen católicos pero están lejos del Evangelio, lo correcto es actuar como el Maestro: buscar a las ovejas perdidas, curar a las enfermas, ayudar a las débiles, iluminar a las confundidas, rezar por todas con auténtico afecto de hermanos. Todo ello sin edulcorar el Evangelio.
En medio de grupos y sociedades caracterizadas por la tibieza, el pacto, la condescendencia, la cobardía, la simulación, el verdadero discípulo de Cristo vive unido a la vid y se convierte, entonces, en sal que purifica y luz que ilumina. Porque, “si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres” (Mt 5,13).
Por lo tanto, en vez de buscar adaptaciones y edulcuraciones que hipotéticamente detendrían la fuga de tantos bautizados, hay que saber testimoniar y ofrecer el Evangelio íntegramente, con alegría y esperanza. Solo así ayudaremos a nuestros hermanos, porque a través de nosotros podrán redescubrir la belleza del mensaje de misericordia que Cristo ofrece a cada generación humana.