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miércoles, 9 de noviembre de 2016

CURSO “EL HOMBRE NUEVO” (A DIOS SE LE DEFIENDE AL DEFENDER AL HOMBRE, YA QUE ESTE ES PORTADOR DE CRISTO (HOMBRE-DIOS)) (HN-33)

A DIOS SE LE DEFIENDE AL DEFENDER AL HOMBRE,
YA QUE ESTE ES PORTADOR DE CRISTO (HOMBRE-DIOS) (HN-33)

Recordemos lo dicho en el resumen anterior sobre nuestra realidad: somos unos finitos que
caminamos hacia el infinito. Y recordemos también que, quienes suelen poner más trampas para que lo finito no vaya más rápido hacia el infinito suelen ser paradójicamente los que creen; si bien también hay que aclarar que estos que pregonan su forma de creer así, en realidad no están creyendo en el Dios de Cristo: y valgan como ejemplo de esto los fariseos. Y esta es la paradoja: que quienes dicen saber quién es Dios y cómo funciona, son precisamente los que están poniendo trampas al caminar del hombre (lo finito) hacia lo infinito (Dios). Y esto porque, al creer que saben quién es Dios, se instalan en una religión propia (en una religación con un dios particular que es muy distinto al de Cristo).

En Juan (8,1 y ss.) podemos ver uno de los casos más sonoros de esta paradoja, referida a la vida
de Jesús-Cristo y expuesta con toda intención: “Se fue Jesús al monte de los olivos... y los escribas y
fariseos –que salieron al encuentro del Señor– trajeron a una mujer sorprendida en adulterio, y,
poniéndola en medio, le dijeron:...” {Pero antes no olvidemos que para los judíos este era uno de los
pecados mayores y un caso de repudio directo. Tampoco perdamos de vista que son escribas y fariseos (teólogos y moralistas), representantes oficiales de la religión de su tiempo, los que traen a la adúltera. Y, ¿qué había que hacer cuando se cogía a una mujer en adulterio?: apedrearla como oveja negra y perdida, pero sin llegar a tocarla para no pringarse como con los leprosos. O sea a una mujer adúltera hay que matarla a pedradas, según la ley, pero sin tocarla para no quedar pringados para toda la vida.

Centrémonos ahora en la doble intención que manifiesta Juan, y que tenían los fariseos. En efecto,
queriendo matar dos pájaros de un tiro, planearon lo siguiente: La apedreamos a ella y, además, nos
quitamos de en medio a Jesús; aplicamos la justicia para ella, y tendemos una trampa para él. ¡Fíjense qué intención! Y, ¿quién va a tender la trampa al Señor? Pues, como la adúltera no es problema para Jesús (como vamos a ver a continuación), la verdadera trampa a la Religión (al Dios de Jesús-Cristo) la plantean los citados escribas y fariseos. ¿Nos damos cuenta, lo duro que es lo que está contando San Juan? Empieza situando a Jesús en medio, entre una adúltera y un grupo con teólogos y santos; y son precisamente estos los que le preparan la trampa. Y como contraste, es la adúltera quién le proporciona alegría a Jesús: pues se siente interpelado desde la indefensión de esta pobre mujer. Según San Juan, Jesús siempre estaba en malas compañías; pero no olvidemos que son precisamente los fariseos los que van con mala intención: pues como de paso y mientras la llevan a matar, hacen como que se topan con Jesús.} ... y poniéndola en medio, le dijeron: “Maestro, en la ley, Moisés nos ordena apedrear a las adúlteras; y tú, ¿qué dices?”... [He aquí la trampa; si dice que no la apedreen irá contra Moisés, y si dice que sí se apoyarán en esto para acusarle: ¡no resulta tan bondadoso vuestro Maestro cuando dice que la lapidemos!

Noten la malicia (el pecado) que cita Juan, tanto de los religiosos como de los creyentes de aquél grupo. Y resaltemos cómo, casi siempre, los creyentes creemos saber perfectamente a quién hay que “matar”; a quién hay que achacar las culpas de nuestros tropiezos, sin reconocer que el mal está realmente en nuestro interior]. Y, ¿cómo encaja Jesús la pregunta? Mientras ellos le preguntaban, “Jesús, inclinado, escribía con el dedo en la tierra”... [Pero, ¿qué escribía Jesús en la tierra? Porque hay libros enteros sobre esta frase. Podríamos imaginar que no escribía nada concreto y que lo que quería era desconcertar; contornear en el suelo algo indefinido que los fariseos no pudieran leer, como si estuviera pensando algo parecido a:
Moisés escribió en unas tablas cosas que vosotros sabéis leer, pero yo voy a escribir otras cosas en el
polvo de la tierra que no vais a saber interpretar.]

Y, “como ellos seguían insistiendo en preguntarle, Jesús se incorporó y dijo:...” [Pero antes y
como Jesús tardó realmente en contestar, a lo mejor es que el Señor quería que se ablandaran mientras escribía; que se les pasara el enfado, como cuando estas a punto de dar una bofetada y procuras contar antes hasta diez. Pero los fariseos, como todo lo urdido era para honor de Dios, no cejaron en su empeño:
¿cómo un fariseo iba a contar hasta diez y después perdonar a una adúltera?] .... Jesús se incorporó y dijo:
“El que de vosotros esté sin pecado, que tire la primera piedra”. Y San Juan, que es magistral, con dos pinceladas lo aclara todo: “soltaron las piedras y... fueron saliendo uno a uno, empezando por los más viejos”. Empezando por los más endurecidos, por los que más habían envejecido en su pecado;
empezando por los peores de todos, los oficialmente buenos. O sea, empezando por todos los que se
esforzaban por parecer buenos y además presumían de ello; en puro contraste con los verdaderamente
buenos, que no solo son humildes sino que cuanto más envejecen más niños se hacen y más tiernos.

Lo curioso es que a Jesús le bastara solo con una frase: “El que de vosotros esté sin pecado, que
tire la primera piedra”. Y solo con esta frase todos soltaron las piedras, y se marcharon; pues Jesús les
hizo ver que ninguno de ellos podía apedrear a la mujer. En efecto, sin que ellos fueran conscientes, Jesús les había llevado desde la ley hasta sus corazones; y tanto los fariseos como los escribas, sin darse cuenta pero intuyendo algo, “empezaron a verse por dentro”: empezaron a ver que el pecado de aquella mujer – fruto de la ignorancia y de la malicia humana– venía de lejos y pasaba por ellos. De hecho muchos adulterios se cuecen en el ambiente social, en el relativismo de una educación, en el desamparo consentido... en la soledad y falta de apoyo de los que nos rodean. Jesús les devolvió al fondo de sus corazones, y entendieron que no podían tirar piedras porque no tenían las manos limpias: las tenían bien sucias, y no de “un no se sabe qué” sino del tratamiento concreto de esa sociedad al problema personalizado en aquella mujer.

Nuestra conclusión es: Aquellos creyentes, teólogos y santos, que intentando defender a Dios
atacan al hombre, no solo no defienden a Dios sino que se están equivocando; pues, al ser todos
pecadores, ninguno puede tirar una sola piedra. Además, como Dios no necesita ser defendido por nadie, no tiene sentido que nos justifiquemos diciendo que tenemos que alabar a Dios; porque Dios no necesita de nuestra alabanza, y tampoco que le justifiquemos: ni con nuestro culto ni con nuestra doctrina.

Ahora nos damos cuenta, de que en el s. XVIII inventaron la Teodicea para justificar a Dios.
Leibnitz inventó esta palabra, que significa justificación de Dios: Teos-Dios, y Dike-justificar. Pero el
Dios de verdad no necesita justificaciones, porque si Dios necesitara alguna justificación sería por ser un dios sólo de alguna parte y no del todo. El Dios de Jesucristo no necesita justificación alguna. Por eso cuando los fariseos se fueron, dejando a la mujer sola en medio, Jesús que se había vuelto a inclinar y seguía escribiendo en la tierra “... incorporándose, dijo: Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?
Nadie Señor –dijo ella”. Y ahora viene lo bueno: “Yo tampoco te condeno, vete y no peques más”. Lo del “no peques más” no quiere decir que ella estuviera llena de pecado en ese momento; pues, si Jesús-Cristo (que es Dios) no la condena es que entonces no tiene pecado, aunque sea pecadora. No peques más, quiere decir: no te instales en el pecado como los que te han acusado, porque ese no es el camino. Cristo, una vez que ha desarmado a los que aparentemente defendían a Dios –escribas y fariseos–, ahora se arma él (como Dios) y le dice a lo humano: “Yo tampoco te condeno”. Y se lo dice precisamente en una mujer que, siendo pecadora como todo ser humano, no se planteaba si Dios necesita ser defendido o no (en el Cristo de cada uno).

Vamos ahora a recordar, resumidas, algunas de las conclusiones anteriores:
*A Dios se le defiende en el hombre; se le defiende al defender al hombre, portador de Cristo.

*Jesús, al justificar a esta mujer adúltera está defendiendo al Dios encarnado en ella; mientras
que los fariseos al condenarla, paradójicamente, no defienden Dios alguno.

*Hemos tratado de caminar por las profundidades del hombre y, en esas profundidades, hemos
sentido (y hasta sufrido) que Dios nos crece por dentro; si bien las religiones se han empeñado en
presentarnos las huellas de nuestro encuentro interior con Dios sólo como líneas continuas,
brillantes y gozosas. En cambio la realidad predicada por Jesucristo nos enseña, además: que el
mayor encuentro con Dios se hace en “los pozos del hombre”; en esas profundidades donde el
hombre más falla y donde más le duele. Jesús nos enseña que posiblemente sea por el pecado –por
la cara oscura de Dios, por las consecuencias de la ignorancia y malicia del hombre– por donde
Dios se nos acerca más: caso de la oveja perdida, de la oveja negra…

*Recordemos: Dios tiene más alegría por un hombre que –a pesar de estar en el fondo del pecado–
se esfuerza por ver el futuro que viene, que por el que está instalado sin futuro en una gran altura
de cualquier montaña: porque el hombre solo “es” cuando es un finito con sed de infinito.

*En la pequeñez del pecado, en la profundidad pecadora del hombre, es donde se instala el
infinito. Jesús no juzga al pecador por el hecho de ser pecador sino que, al revés, ve en él la
presencia de Dios: ve la cara negra de Dios.

*El sufrimiento pertenece a la condición humana y, por tanto, cuanto más perfecto es el hombre
más sufre: más le duele el mal y la injusticia, en el trato con los hermanos.

*Estamos avanzando hacia un mundo nuevo: En el que captar y sentir a Dios como realidad total,
significa captarlo como blanco y negro a la vez. Y para esto hay que ser capaces de afirmarlo y
negarlo, no solo por la cara que nos gusta sino también por la que no nos gusta.

miércoles, 12 de octubre de 2016

CURSO “EL HOMBRE NUEVO” (DIOS SE ENCARNA, JUSTO EN LA PEQUEÑEZ PECADORA DEL HOMBRE) (HN-32)

  DIOS SE ENCARNA, JUSTO EN LA PEQUEÑEZ PECADORA DEL HOMBRE (HN-32)

Cuando el hombre destruye al hombre en nombre de los dioses de las religiones, está haciendo
ateísmo; y cuando el hombre destruye a los dioses de las religiones en nombre del hombre, lo que está haciendo es humanismo vacío. ¡Suena duro, verdad? ¡La destrucción de los dioses de las religiones, justo en nombre del hombre! Pero resulta que esta paradójica barbaridad es la que lleva a cabo precisamente nuestro Señor Jesucristo: si bien esto lo hace en nombre del Hombre (recordemos que Cristo es, Hombre- Dios), y lo hace para que podamos conocer mejor a Dios; superando así los dioses de las religiones.

La destrucción de los dioses de las religiones la lleva a cabo Jesucristo con las parábolas de los
banquetes. El texto de Marcos y los que vamos a ver después, anuncian la destrucción de estos dioses
distintos al Dios de Cristo. Veamos:
En Marcos 2, 15-17, leemos: “Estando sentado a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y
pecadores estaban recostados con Jesús y con sus discípulos; pues eran muchos los que le seguían. Los escribas y fariseos, viendo que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos: ¿por qué vuestro maestro come y bebe con pecadores y publicanos?” {La comida participativa es uno de los símbolos más grandes, no solamente en Oriente sino en Occidente; sobre todo cuando invitas a los
amigos y transeúntes a la mesa. En estas condiciones la comida es siempre una profecía de la eternidad; porque para Jesucristo, que es hebreo, el reino de los cielos es un banquete al cual están invitados todos.

¿Quiénes? ¿También los ricos y los oficialmente buenos? Sí, éstos también, pero recordemos que
precisamente fueron éstos los que no acudieron a la invitación. Y los que sí acuden son los recogidos en esquinas y plazas: los tullidos, los cojos... Y estos son los que se hacen amigos de Jesús: prostitutas, publicanos, leprosos, adúlteras... ¡Qué elenco!} Justo el mismo elenco que nos va a tocar cuando nos reunamos en el banquete del Reino de los cielos. O sea, lo mejor que se le ocurre a Jesús es presentar los banquetes de esta vida como profecía del gran banquete: del que Cristo tiene preparado, suculento y fraternal, para la eternidad. Por lo que Jesús, sabiendo esta profecía, acude a los banquetes aunque le llamen “comilón y bebedor” (Mt. 11, 19). Y por tanto acude a la invitación de Zaqueo –un publicano, recaudador de Hacienda–, al que convierte tras dejarse invitar a comer con él; y también convierte a Leví –que es San Mateo en persona– de quien también se deja invitar. Y a estas invitaciones acuden, con Jesús, los amigos de los anfitriones: o sea, muchos recaudadores de Hacienda que eran casi todos ladrones. Hay que destacar que todos estos publicanos eran gente marginada, que no sabían teología ni practican; o sea, enemigos de los teólogos de entonces y también de los oficialmente santos: los fariseos.

Si volvemos al gran banquete –al que dice Jesús está llamado todo el mundo– resulta que los
instalados no acuden; resulta que los instalados no aceptan la invitación: unos porque habían comprado hacienda, otros porque se habían casado... y todos estos se van excusando. El que se casó perdió de vista el banquete, pues rechazó la invitación; el que había comprado una finca tuvo que ir a medirla, pues al ser tan grande había pasado a ser su infinito-finito y por él rechaza el reino infinito de los Cielos; y como estos muchos más, con excusas variadas de instalación. En cambio Jesús come con publicanos, pecadoresy..., porque no entra a hacer juicios humanos sobre estos marginados. Y no hace juicios negativos sobre ellos, porque los ve como presencia de Dios. ¿Vemos aquí la cara negra de Dios? Jesús no juzga al pecador por el hecho de ser pecador sino que, al revés, ve en él la presencia de Dios: precisamente la presencia de la cara negra de Dios. Ante lo cual, nos brotan una serie de preguntas: ¿Y por qué Dios permite el pecado? ¿Por qué Dios ha permitido que yo hiciera aquella barbaridad, de...? ¿Por qué Dios ha permitido que San Agustín se moviera en el lodo durante 20 años? Si nos parásemos aquí no veríamos nada porque, donde no entendamos es que hay un pozo y este siempre es un designio de Dios. Es decir que, aunque revolcarse en el barro lo hacen los cerdos y esto siempre es parte de su forma habitual de ser, en el caso de los hombres es solo un designio (en tiempo limitado) de la cara negra de Dios; y sobre todo, no hay que olvidar que estos pozos también forman parte de la salvación total de cada uno en Dios.

Al aplicar esto a la Religión de Jesús, resulta que: Los dioses de las religiones no permiten el
pecado, pero el Dios de Cristo sí. Más todavía, ¿qué hacen las religiones con las ovejas negras?: las
agarran con cuidado para no mancharse demasiado, y las echan fuera; las excomulgan. ¿Y por qué las
expulsan? Porque apestan, según lo que entienden como suciedad espiritual. Y esto ocurre en las
religiones, porque sus dioses no permiten suciedades en el clan; pero llega Jesús y les expone otra
aparente paradoja: “Un pastor tenía cien ovejas...”, y una se le volvió negra –o sea se le perdió–. ¿Y qué hizo el pastor? ¿quedarse con las instaladas? ¡No!, abandonó las noventa y nueve y fue a buscar a la oveja perdida –sabiendo de su vulnerabilidad, su suciedad y su necesidad en ser atendida–. Pero esto no lo pueden admitir los dioses de las religiones: que Jesús deje a las ovejas blancas –a las calificadas por la religión vigente como ejemplos instalados y a imitar, como ejemplos de la obediencia borreguil y del caminar con la vista pegada a la tierra (de forma que si fuesen hombres incluso quedarían calificados de justos)– y que Jesús se vaya en busca de la oveja negra-perdida; esto es lo que no pueden admitir. Pero Jesús se fue a buscar a la negra, sin reparar en riesgos ni sufrimientos; la encontró –llena de suciedad y arañazos del camino–, se la cargó sobre sus hombros y la devolvió al redil. “Y os digo que hay más alegría en el pastor por la oveja negra recuperada que por las otras noventa y nueve” (Mt. 18, 12). Este es el Dios de Jesus-Cristo: Este es el infinito que se acerca y entra hasta lo más hondo del pozo; y no ya a la profundidad del pozo de cada desgracia sino hasta “el pozo del pozo del pecado”, que es una desgracia aún mayor. Este Dios de Cristo, es precisamente el que se alegra más por un pecador que hace penitencia que por noventa y nueve justos; y es por esto que Cristo acepta comer con pecadores. Recordemos: Los pecadores están en “el banquete”, y los que se creen justos no. ¿Por qué? Porque el que se cree justo hace de su justicia una cabaña cerrada y segura, perdiendo de vista al infinito; sin sentir que éste sigue llamando a sus pozos. En cambio el pecador, que sabe muy bien que tiene pecado y también experiencia de ser finito, no solo puede sentir al infinito que llama a las puertas de sus pozos sino también dejarle paso. Hasta este punto es paradójico el hombre; como también lo son la verdad, la religión y la revelación del pecado.

Y en cuanto a este último, el sentido del pecado en la Escritura es pura presencia misteriosa de Dios: Cristo (Dios encarnado en el hombre) viene a salvar a los pecadores, no a los justos. Si bien los que se creen justos podrían llegar a decir: Cristo viene porque los justos nos merecemos la salvación.

¡Pues intentarlo los que así lo creáis, a ver si os podéis “colar” solo con vuestra cerrada justicia! Los que estamos realmente salvados somos los pecadores. Entendiendo por pecado: limitación y finitud, pero paradójicamente también con capacidad (libertad) para rechazar al infinito. Y es justamente ahí, en el pecado, en esa profundidad pecadora del hombre, donde viene y se instala el infinito. Y como los textos del Evangelio hay que leerlos bajo este prisma de contraste, entre lo establecido por los dioses de las religiones y la Religación con el Dios de Jesús-Cristo, es por lo que hay que dejar claro: Cristo (Dios encarnado en el hombre) no viene a condenar sino a salvar, y por esto tiene que destruir los dioses de las religiones que lo impiden; y por tanto, detrás del paso de Cristo nunca quedan religiones sino presencia del Dios de Jesús-Cristo: o si queremos llamarlo así, solo queda Religión. Leamos ahora a San Mateo 8, 1-4: “Al bajar del monte le siguió una gran muchedumbre...” [Seguir implica despedirse de uno para pasar adelante, despedirse de uno en cualquier situación –yo hoy no soy el de ayer, pues me he despedido–. El cristiano es el que sigue a Cristo; que es el camino y también el infinito. Y la gran muchedumbre que camina, se va desinstalando de lo finito hacia el infinito]. “Y en aquel momento se le acercó un leproso (es decir un marginado, pues los echaban fuera de la muchedumbre) que acercándosele se postró ante él diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y él, extendiendo la mano, le tocó y dijo:
Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de su lepra” (Mt. 8, 3). Es decir, queda limpia la
persona que, partiendo de su marginación, se junta al caminar de la muchedumbre que sigue a Cristo.
Ahora nos podemos plantear las consideraciones siguientes. Primera: Si este marginado no lo
hubiera sido, ¿habría salido al encuentro de Jesús? ¿Habría caído de rodillas con la misma oración y fe, con ese “Señor si quieres puedes limpiarme”? Segunda: Los no marginados de aquel tiempo nunca
hicieron una oración tan hermosa. Y tercera: Si no hubiese sido leproso, ¿de qué le habría curado Jesús?

No habría hecho el milagro, porque el milagro de Jesús lo hace sobre la marginación (sobre la lepra que estaba marginada por la religión judaica). ¡Y hoy, todavía hay marginaciones en la religión cristiana!

Retomando la clave (somos finitos caminando hacia el infinito), vemos que los que ponen más
trampas al finito para que no llegue a infinito suelen ser los que creen; si bien estos, los que suelen
pregonar que creen –como los fariseos–, en realidad no creen en el Dios de Cristo. Y esta es la paradoja:
que aquéllos que dicen saber quién es Dios, y cómo funciona, sean los que están poniendo trampas al
caminar del hombre hacia Dios. ¿Y esto, por qué? Porque al creer que saben quién es Dios, se instalan en la religión. Pero, resulta que en la Religión –en la de Cristo– no sabemos quién es Dios; ni sabemos quién camina de verdad y quién no camina; ni tampoco quién es justo o pecador: no lo sabemos. No sabemos cuándo el hombre camina, porque aun pecando puede estar en camino hacia Dios; y tampoco lo podemos saber en los hombres que se tienen por no pecadores, pues al engreírse en su justicia pueden poner dificultades a su propio caminar: y de aquí viene la enemistad de los fariseos contra Jesús

martes, 27 de septiembre de 2016

CURSO “EL HOMBRE NUEVO” (DIOS SE ENCARNA, JUSTO EN LA PEQUEÑEZ PECADORA DEL HOMBRE) (HN-32)

DIOS SE ENCARNA, JUSTO EN LA PEQUEÑEZ PECADORA DEL HOMBRE (HN-32)

Cuando el hombre destruye al hombre en nombre de los dioses de las religiones, está haciendo
ateísmo; y cuando el hombre destruye a los dioses de las religiones en nombre del hombre, lo que está haciendo es humanismo vacío. ¡Suena duro, verdad? ¡La destrucción de los dioses de las religiones, justo en nombre del hombre! Pero resulta que esta paradójica barbaridad es la que lleva a cabo precisamente nuestro Señor Jesucristo: si bien esto lo hace en nombre del Hombre (recordemos que Cristo es, Hombre- Dios), y lo hace para que podamos conocer mejor a Dios; superando así los dioses de las religiones.

La destrucción de los dioses de las religiones la lleva a cabo Jesucristo con las parábolas de los
banquetes. El texto de Marcos y los que vamos a ver después, anuncian la destrucción de estos dioses
distintos al Dios de Cristo. Veamos:
En Marcos 2, 15-17, leemos: “Estando sentado a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y
pecadores estaban recostados con Jesús y con sus discípulos; pues eran muchos los que le seguían. Los escribas y fariseos, viendo que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos: ¿por qué vuestro maestro come y bebe con pecadores y publicanos?” {La comida participativa es uno de los símbolos más grandes, no solamente en Oriente sino en Occidente; sobre todo cuando invitas a los
amigos y transeúntes a la mesa. En estas condiciones la comida es siempre una profecía de la eternidad; porque para Jesucristo, que es hebreo, el reino de los cielos es un banquete al cual están invitados todos.

¿Quiénes? ¿También los ricos y los oficialmente buenos? Sí, éstos también, pero recordemos que
precisamente fueron éstos los que no acudieron a la invitación. Y los que sí acuden son los recogidos en esquinas y plazas: los tullidos, los cojos... Y estos son los que se hacen amigos de Jesús: prostitutas, publicanos, leprosos, adúlteras... ¡Qué elenco!} Justo el mismo elenco que nos va a tocar cuando nos reunamos en el banquete del Reino de los cielos. O sea, lo mejor que se le ocurre a Jesús es presentar los banquetes de esta vida como profecía del gran banquete: del que Cristo tiene preparado, suculento y fraternal, para la eternidad. Por lo que Jesús, sabiendo esta profecía, acude a los banquetes aunque le llamen “comilón y bebedor” (Mt. 11, 19). Y por tanto acude a la invitación de Zaqueo –un publicano, recaudador de Hacienda–, al que convierte tras dejarse invitar a comer con él; y también convierte a Leví –que es San Mateo en persona– de quien también se deja invitar. Y a estas invitaciones acuden, con Jesús, los amigos de los anfitriones: o sea, muchos recaudadores de Hacienda que eran casi todos ladrones. Hay que destacar que todos estos publicanos eran gente marginada, que no sabían teología ni practican; o sea, enemigos de los teólogos de entonces y también de los oficialmente santos: los fariseos.

Si volvemos al gran banquete –al que dice Jesús está llamado todo el mundo– resulta que los
instalados no acuden; resulta que los instalados no aceptan la invitación: unos porque habían comprado hacienda, otros porque se habían casado... y todos estos se van excusando. El que se casó perdió de vista el banquete, pues rechazó la invitación; el que había comprado una finca tuvo que ir a medirla, pues al ser tan grande había pasado a ser su infinito-finito y por él rechaza el reino infinito de los Cielos; y como estos muchos más, con excusas variadas de instalación. En cambio Jesús come con publicanos, pecadores y..., porque no entra a hacer juicios humanos sobre estos marginados. Y no hace juicios negativos sobre ellos, porque los ve como presencia de Dios. ¿Vemos aquí la cara negra de Dios? Jesús no juzga al pecador por el hecho de ser pecador sino que, al revés, ve en él la presencia de Dios: precisamente la presencia de la cara negra de Dios. Ante lo cual, nos brotan una serie de preguntas: ¿Y por qué Dios permite el pecado? ¿Por qué Dios ha permitido que yo hiciera aquella barbaridad, de...? ¿Por qué Dios ha permitido que San Agustín se moviera en el lodo durante 20 años? Si nos parásemos aquí no veríamos nada porque, donde no entendamos es que hay un pozo y este siempre es un designio de Dios. Es decir que, aunque revolcarse en el barro lo hacen los cerdos y esto siempre es parte de su forma habitual de ser, en el caso de los hombres es solo un designio (en tiempo limitado) de la cara negra de Dios; y sobre todo, no hay que olvidar que estos pozos también forman parte de la salvación total de cada uno en Dios.

Al aplicar esto a la Religión de Jesús, resulta que: Los dioses de las religiones no permiten el
pecado, pero el Dios de Cristo sí. Más todavía, ¿qué hacen las religiones con las ovejas negras?: las
agarran con cuidado para no mancharse demasiado, y las echan fuera; las excomulgan. ¿Y por qué las
expulsan? Porque apestan, según lo que entienden como suciedad espiritual. Y esto ocurre en las
religiones, porque sus dioses no permiten suciedades en el clan; pero llega Jesús y les expone otra
aparente paradoja: “Un pastor tenía cien ovejas...”, y una se le volvió negra –o sea se le perdió–. ¿Y qué hizo el pastor? ¿quedarse con las instaladas? ¡No!, abandonó las noventa y nueve y fue a buscar a la oveja perdida –sabiendo de su vulnerabilidad, su suciedad y su necesidad en ser atendida–. Pero esto no lo pueden admitir los dioses de las religiones: que Jesús deje a las ovejas blancas –a las calificadas por la religión vigente como ejemplos instalados y a imitar, como ejemplos de la obediencia borreguil y del caminar con la vista pegada a la tierra (de forma que si fuesen hombres incluso quedarían calificados de justos)– y que Jesús se vaya en busca de la oveja negra-perdida; esto es lo que no pueden admitir. Pero Jesús se fue a buscar a la negra, sin reparar en riesgos ni sufrimientos; la encontró –llena de suciedad y arañazos del camino–, se la cargó sobre sus hombros y la devolvió al redil. “Y os digo que hay más alegría en el pastor por la oveja negra recuperada que por las otras noventa y nueve” (Mt. 18, 12). Este es el Dios de Jesus-Cristo: Este es el infinito que se acerca y entra hasta lo más hondo del pozo; y no ya a la profundidad del pozo de cada desgracia sino hasta “el pozo del pozo del pecado”, que es una desgracia aún mayor. Este Dios de Cristo, es precisamente el que se alegra más por un pecador que hace penitencia que por noventa y nueve justos; y es por esto que Cristo acepta comer con pecadores. Recordemos: Los pecadores están en “el banquete”, y los que se creen justos no. ¿Por qué? Porque el que se cree justo hace de su justicia una cabaña cerrada y segura, perdiendo de vista al infinito; sin sentir que éste sigue llamando a sus pozos. En cambio el pecador, que sabe muy bien que tiene pecado y también experiencia de ser finito, no solo puede sentir al infinito que llama a las puertas de sus pozos sino también dejarle paso. Hasta este punto es paradójico el hombre; como también lo son la verdad, la religión y la revelación
del pecado. Y en cuanto a este último, el sentido del pecado en la Escritura es pura presencia misteriosa de Dios: Cristo (Dios encarnado en el hombre) viene a salvar a los pecadores, no a los justos. Si bien los que se creen justos podrían llegar a decir: Cristo viene porque los justos nos merecemos la salvación.

¡Pues intentarlo los que así lo creáis, a ver si os podéis “colar” solo con vuestra cerrada justicia! Los que estamos realmente salvados somos los pecadores. Entendiendo por pecado: limitación y finitud, pero paradójicamente también con capacidad (libertad) para rechazar al infinito. Y es justamente ahí, en el pecado, en esa profundidad pecadora del hombre, donde viene y se instala el infinito. Y como los textos del Evangelio hay que leerlos bajo este prisma de contraste, entre lo establecido por los dioses de las religiones y la Religación con el Dios de Jesús-Cristo, es por lo que hay que dejar claro: Cristo (Dios encarnado en el hombre) no viene a condenar sino a salvar, y por esto tiene que destruir los dioses de las religiones que lo impiden; y por tanto, detrás del paso de Cristo nunca quedan religiones sino presencia del Dios de Jesús-Cristo: o si queremos llamarlo así, solo queda Religión. Leamos ahora a San Mateo 8, 1-4: “Al bajar del monte le siguió una gran muchedumbre...” [Seguir implica despedirse de uno para pasar adelante, despedirse de uno en cualquier situación –yo hoy no soy el de ayer, pues me he despedido–. El cristiano es el que sigue a Cristo; que es el camino y también el infinito. Y la gran muchedumbre que camina, se va desinstalando de lo finito hacia el infinito]. “Y en aquel momento se le acercó un leproso (es decir un marginado, pues los echaban fuera de la muchedumbre) que acercándosele se postró ante él diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y él, extendiendo la mano, le tocó y dijo:
Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de su lepra” (Mt. 8, 3). Es decir, queda limpia la
persona que, partiendo de su marginación, se junta al caminar de la muchedumbre que sigue a Cristo.
Ahora nos podemos plantear las consideraciones siguientes. Primera: Si este marginado no lo
hubiera sido, ¿habría salido al encuentro de Jesús? ¿Habría caído de rodillas con la misma oración y fe, con ese “Señor si quieres puedes limpiarme”? Segunda: Los no marginados de aquel tiempo nunca
hicieron una oración tan hermosa. Y tercera: Si no hubiese sido leproso, ¿de qué le habría curado Jesús? No habría hecho el milagro, porque el milagro de Jesús lo hace sobre la marginación (sobre la lepra que estaba marginada por la religión judaica). ¡Y hoy, todavía hay marginaciones en la religión cristiana!

Retomando la clave (somos finitos caminando hacia el infinito), vemos que los que ponen más
trampas al finito para que no llegue a infinito suelen ser los que creen; si bien estos, los que suelen
pregonar que creen –como los fariseos–, en realidad no creen en el Dios de Cristo. Y esta es la paradoja: que aquéllos que dicen saber quién es Dios, y cómo funciona, sean los que están poniendo trampas al caminar del hombre hacia Dios. ¿Y esto, por qué? Porque al creer que saben quién es Dios, se instalan en la religión. Pero, resulta que en la Religión –en la de Cristo– no sabemos quién es Dios; ni sabemos quién camina de verdad y quién no camina; ni tampoco quién es justo o pecador: no lo sabemos. No sabemos cuándo el hombre camina, porque aun pecando puede estar en camino hacia Dios; y tampoco lo podemos saber en los hombres que se tienen por no pecadores, pues al engreírse en su justicia pueden poner dificultades a su propio caminar: y de aquí viene la enemistad de los fariseos contra Jesús.

martes, 23 de agosto de 2016

CURSO “EL HOMBRE NUEVO” (TODA CONVERSIÓN NACE EN LOS “AGUJEROS”, ...) (HN-28)

TODA  CONVERSIÓN  NACE  EN  LOS  “AGUJEROS”,   EN  LOS  “POZOS”, COMO FRUTO DE NUESTRAS EXPERIENCIAS NEGATIVAS AL CAMINAR POR ELLOS  (HN-28)

A lo largo de este curso, al principio hemos ido visitando y meditando pilares de la teología fundamental; y más tarde otros de la teología de la encarnación. Y es en los seis últimos resúmenes –pertenecientes a esta teología– donde hemos visto cómo el caminar del hombre puede identificarse con una línea recta pero discontinua; pues la línea de nuestro existir se va quebrando según aparecen “agujeros” y “pozos”: o sea, las experiencias negativas de la vida del hombre. Y esto es de lo que nos vamos a ocupar en este resumen y en algunos posteriores: vamos a pasar de hablar de los pequeños del Evangelio –o sea de los más grandes delante de Dios– a hacerlo de los pecadores y las malas compañías con las que convivía Jesús. También, y para dar perspectiva a estos temas, anticiparemos algo del contenido glorioso de los últimos capítulos del curso: sobre las fuentes de agua viva, y la fe como dimensión de la experiencia mística de Dios. Pero en tanto llegamos a los temas gloriosos aludidos, hemos de afrontar la negatividad; sobre la que deberemos caminar con pies muy asentados y lentos –tanto al exponer las ideas como al tratar de comprenderlas–, porque las experiencias negativas son la parte más oscura del curso. En efecto, cuando se trata de una teología lineal y gloriosa no suele haber muchos problemas porque el hilo se sigue más o menos, pero cuando la línea recta se dobla abruptamente y caemos en la oscuridad, uno se encuentra perdido del todo y no sabe cómo salir; hasta que con el paso del tiempo recuperamos otra vez altura y todo vuelve a marchar. Pero esta recuperación sólo será una tregua, hasta que una nueva caída nos sorprenda aún más; por lo que ni acabamos de acostumbrarnos ni aceptamos los “pozos” o caídas, aunque sepamos que al final volveremos a subir y a subir más todavía.  Para empezar, primero hay que entender bien lo que se quiere decir con las palabras negativo y negatividad. Pues en realidad, lo negativo no es negativo sino el lugar donde nace y crece lo positivo; y por tanto, sin lo negativo lo positivo no existiría. Es peligroso decir esto, porque alguien podría pensar que todo lo positivo tiene que haber pasado por un abismo o por un pozo; y que Dios mismo, siendo totalmente positivo, podría querer lo negativo de alguna manera. Acordémonos de lo que decía Jesús-Cristo: “Quien quiera conservar su vida la perderá, y el que pierda su vida la ganará” (Mt. 16, 25). Según esto, toda vida ganada nace en un “pozo”. Lo que sucede es que, por limitaciones de vocabulario, los humanos llamamos negativa a cualquier situación de pozo; de agujero, de nube del no saber, de noche oscura, de desierto, de ausencia de Dios... Palabras recuperadas gracias a los místicos, pues estos son los que más y mejor han hablado de estos pozos; pues han pasado por ellos. Los pozos son, los “lugares de siembra” de la positividad; y esta es la razón por la que los místicos, al haber pasado por ellos, sean los más positivos de los teólogos. La realidad es que los teólogos no suelen hablar demasiado de las negatividades. Incluso en cursos desarrollados aquí, en tanto se haya presentado algún concepto demasiado positivamente será el testigo de que lo habremos expuesto de forma superficial. Pero esto ya no debe pasarnos, porque ahora también podemos hablar del valor de las negatividades  –podemos entrar de lleno en los “pozos”–  sin correr riesgos de que no se nos entienda.   
   
Por tanto nuestro primer titular es: lo positivo arranca de lo negativo. Y como el lenguaje humano no permite expresar lo contradictorio, es por lo que ya San Juan de la Cruz trató de que lo  captásemos con su “entender no entendiendo”. Pues si uno solamente dice que entiende cuando entiende todo de golpe, es porque lo que puede ser entendido es pequeño. Y al contrario, cuando uno entiende no entendiendo más que un poco y muy poco a poco, es porque lo que trata de entender es tan infinitamente grande que no puede ser entendido más que por infinitésimos: o sea un infinitésimo detrás de otro y de cuando en cuando, por aquí y por allá. Además el que algo infinito no pueda ser entendido más que por infinitésimos dispersos, no quiere decir que ese infinito no exista sino que no cabe en el vaso de nuestro corto entender humano. Pero no nos preocupemos mucho si no podemos comprender esto ahora, pues bastará esperar unos cuantos años –o unas décadas– y veremos cómo todo el pensar humano seguirá su marcha por este nuevo camino. Para los que vengan de otras filosofías, quizá sientan dificultades para admitir que lo negativo puede no serlo; pero al menos ya estamos en una vertiente de la cultura en la que podemos experimentar lo siguiente: las grandes cosechas vienen de semillas que fueron sembradas y podridas en el pasado; en la humedad de los surcos y en la oscuridad de la noche.  Y a esto es a lo que llamamos negatividad o pozo: Un nido de vuelos posteriores”; donde  siempre hay semillas  sacrificándose en cada surco, y así se van convirtiendo en algo nuevo y volador.  

En el Evangelio de S. Marcos (8, 34), Jesús dice lo siguiente: “El que quiera venir detrás de mí que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga”. Esta "y" no es copulativa, sino consecutiva: El que quiera venir detrás de mí, deberá negarse a sí mismo y (en consecuencia) tomar su cruz; si es que quiere ser hombre de verdad (pues esto es lo que quiere decir seguirle). Todo seguimiento de Cristo –Hombre y Dios al mismo tiempo, y meta de todo hombre– lleva al hombre a su máxima altura: le lleva a ser hombre de verdad. Si quieres seguir a Cristo porque es hombre verdadero, o si quieres seguirle como hombre que desemboca en Dios, no te quedará más remedio que negarte a ti mismo. ¿Vemos el pozo? Todo seguimiento de Cristo, todo camino que lleve al hombre hasta Dios, pasa por un pozo inicial: el pozo de “la propia negación”. ¿Y eso por qué? Tratemos de dibujar el primer pozo (nido) de un hombre que camina a ser Hombre: que está en A, y quiere ir a B como meta. Podemos intentar señalar los dos puntos en un papel pero, la realidad es que el punto B no es dibujable; porque este ideal –al que debe llegar a ser– se pierde en el infinito. Si yo camino a ser el que debo ser, esta meta no es un punto que pueda realizarse completamente en esta tierra pues acaba en la eternidad. Por tanto, lo que se me pide es que me niegue a mí mismo en mi realidad terrena e histórica. O sea, el caminar del hombre hacia su plenitud pone su meta  final en Dios; lo que implica la negación de sí mismo durante toda su existencia. Y ahora viene la pregunta: ¿Y por qué razón he de ir yo al punto B estando a gusto en A? ¿qué necesidad tengo yo de caminar si estoy bien, instalado y feliz, donde estoy? La respuesta la da una experiencia humana fundamental y dolorosa: yo necesito seguir caminando porque no me basta con lo que voy siendo y teniendo; y, además, lo que no voy siendo todavía lo necesito como lo más mío y fundamental. O sea, yo soy y me siento pequeño en cada comparación sucesiva conmigo mismo. Por ejemplo, los alardes que hace el ser humano a lo largo de su vida –ponerse tacones, adornarse…– todo eso son búsquedas de sí mismo. La experiencia básica de todo ser humano es que no termina de coincidir consigo mismo: con eso que debe llegar a ser al final. Y si yo no soy todavía Yo, ¿qué he de hacer para llegar a serlo?: pues dejar cada yo actual y seguir caminando; ya que todo caminar hacia el futuro implica un descontento sucesivo con cada yo actual, y en cada descontento se produce al menos una negación propia. Negarse a sí mismo es una disposición del ser humano, pero no solamente como punto de partida. Esta negación es lo que llamamos ahora “pozo”: mientras me voy afirmando en una posición ya estoy teniendo ganas de pasar a otra, y percibo que resurgiré mejor en esa otra en tanto me niegue más en la primera.  Esta negación tan clara, a la que Cristo alude en San Marcos, la afirma San Juan de otra manera cuando dice: “Si el grano de semilla no cae en el surco no da fruto, y si cae en el surco da mucho fruto” (Jn. 12, 24). Esta es la belleza de una verdad que hoy está en auge: el hombre es un “todavía-no”;  el hombre es, un “ya pero todavía-no”. Y esto aunque se trate de un viejo de 99 años a punto de expirar, porque todavía no ha llegado a ser completamente sí mismo: “llegarse”, es la palabra. Gramaticalmente está muy bien dicho este "ya, pero todavía-no”, porque está comenzando a definir lo positivo con el “ya” (necesito empezar a ser el que quiero ser, y esto “ya”).  Y cuando yo llegue del todo al “Ya” que aspiro ser en el futuro, quedará desmontado para mí ese negativo “todavía-no” de la historia. Según esto, aquí sólo podemos hablar de Dios desde el “todavía-no”: desde la negatividad del “no ser todavía”.  Y al final, en el “Ya”, tampoco se puede hablar de Dios porque ya “se es” en Él.


Santo Tomás de Aquino, que era místico y teólogo, decía que de Dios sabemos más por lo que negamos que por lo que afirmamos; lo cual tiene unas consecuencias increíbles que los creyentes no terminamos de saber; y los incrédulos tampoco, aunque sean inteligentes. De Dios sabemos más por lo que negamos que por lo que afirmamos, porque a Dios no podemos alcanzarlo; solamente llegamos a él depurando conceptos y diciendo cosas como: Dios es bueno pero no bueno como la bondad que yo conozco, como la de mi padre o mi madre... Dios es grande pero no en el sentido de Km. cúbicos... se trata de una grandeza que yo no puedo imaginar. A Dios llegamos en la medida en que somos capaces de negar algo, no de afirmarlo; por eso Jesús habla de la destrucción de esa religión hecha por los hombres, la que dogmatiza sobre quién es Dios y como comportarnos con él. Pero ¡esto es un pozo!, es decir una kénosis. Sí, esta es la primera doctrina de Cristo: vaciar. Cristo con su doctrina (con la mano de Dios), cuando se introduce dentro de ti te vacía de todo aquello que no sea él; y esto aunque no nos agrade ser  pozo. Pero como a los hombres nos cuesta entender lo anterior, preferimos llegar a Dios a través de positividades y rechazamos los momentos duros de la vida; preguntándonos, ¿por qué Dios permitirá esto? Esto lo explicó muy bien Santo Tomás, con la teología negativa. Y sobre todo, hemos de liberarnos del concepto de que la negatividad es un castigo de Dios; porque si no, no podremos progresar y nunca entenderemos la pasión y la muerte de Cristo.

sábado, 23 de julio de 2016

CURSO “EL HOMBRE NUEVO” (MIS SUFRIMIENTOS Y MUERTE, SON PASIÓN Y MUERTE DEL CRISTO PERSONALIZADO EN MÍ: SON PRESENCIAS DE DIOS EN MÍ) (HN- 29)

MIS  SUFRIMIENTOS Y  MUERTE ,  SON PASIÓN Y MUERTE DEL CRISTO PERSONALIZADO  EN MÍ:    SON  PRESENCIAS  DE  DIOS  EN  MÍ     (HN- 29)

El título de este resumen es tan difícil de entender, que durante mil largos años (desde la Edad Media) la Iglesia ha mantenido una misma explicación de la pasión y muerte de Jesús-Cristo: como redención de nuestros pecados. Y esto no es fundamentalmente así, pues Cristo aún sin el pecado humano hubiera padecido y muerto igual: Cristo padece y muere, sencillamente porque es hombre. Ahora, recordando que Cristo (Hombre-Dios) es Hombre verdadero y Dios verdadero, vamos a tratar de profundizar sobre la presencia de Dios en la cara oscura de la vida. Mis sufrimientos personales y muerte, son pasión y muerte del Cristo-hombre personalizado en mí;  y al estar Cristo en mí según lo anterior  –y siendo Cristo presencia de Dios en el hombre– es por lo que mis sufrimientos y muerte son presencias sufrientes de Dios en mis “vacíos” de Hombre. Y como esto es difícil de asimilar, se ha preferido seguir diciendo: Cristo padece y muere, con muerte ignominiosa, a causa del montón y gravedad de los pecados que tenía que redimir. ¡Pues no!, aunque siga siendo radicalmente verdad que Jesús-Cristo nos redime con su muerte, y que la cruz y la muerte de todo ser humano son redentoras: como cruz y muerte del Cristo personalizado en cada uno; que a su vez es presencia y sufrimiento de Dios en cada uno.  Continuemos con “los vacíos de cada uno”: Cuanto más profunda y cercana sea la experiencia que tengamos de la presencia de Dios en cada uno, más nos habremos vaciado de nosotros mismos; de nuestros condicionantes y apegos finitos a ras de tierra. Porque al ser el hombre un finito con sed de infinito, cuanto más infinito le entre más espacio ocupará este infinito en la finitud del vaso humano; de forma que el infinito terminará por agrietar y destruir, rompiendo y haciendo morir, el vaso finito que somos. Bien entendido que esta es la visión desde la argumentación negativa, porque la realidad positiva es: cuando Dios llega a cada uno llega como plenitud, que es a la que todos aspiramos. Y según Dios me vaya llenando, no es que yo me iré convirtiendo en Dios sino que me iré trasformando en Yo mismo: necesito que mi ser se llene, hasta rebosar, de la misma esencia del ser de Dios, para llegar a ser Yo.  Y esto es tan así que, si entendiésemos a Dios como algo opuesto o diferente a nuestro ser lo entenderíamos mal; pero ya veremos esto mejor con los místicos. Por ejemplo, cuando San Agustín dice: “Señor, nos hiciste para ti”. Donde este “ti” no lo puede entender una sociedad individualista como la nuestra, donde cada uno se afirma en la medida que se opone a los contrarios; donde yo seré yo en cuanto no sea tú, y en cuanto seamos cosas distintas tú y yo. Y esto no lo pueden entender los individualistas, porque de lo que hablamos ahora es: Si mi ser fuera el mismo que el tuyo seríamos una misma cosa; si para ser yo mismo te necesitase a ti y a tu ser, es que nuestro ser sería la misma cosa.  Pero por contra y según nuestro lenguaje actual, la afirmación de cada individuo significa el afianzado de las propias fronteras, donde la afirmación de uno equivale a la negación del otro;  típico del individualismo heredado de la Revolución Francesa del siglo XVIII.  Pero ahora resulta que, al final de esta cultura individualista, hemos descubierto (se nos ha desvelado) lo poco que somos cada uno; la pequeñez que encierra cada frontera humana. 

Hemos descubierto que el hombre se hace grande en la medida en que va comunicando su “ser”, y esta es la base psicológica de la teoría de los pozos: El hombre encerrado en su frontera, aislado en su agujero, es un hombre pobre por rico que sea; y su única salida es la del intercambio de “ser”. La carne, la sangre y el alma del hombre se estremecen al contacto con los otros; y ya dentro de los otros al contacto con Dios. Esto sí lo solemos ver con una cierta claridad en el plano del amor y de la sexualidad, pero no en el plano total de lo humano aunque también sea así.  Freud tuvo la intuición de que la sexualidad lo es todo, pues afecta al hombre en su totalidad; que el hombre no solo es sexual en un momento de su vida o en una parte de su cuerpo, sino que lo es en toda su persona y siempre. 

Es decir que los humanos, al entrar en contacto con los otros sufrimos siempre un estremecimiento; pues al romperse nuestras barreras dejamos vía libre a la posibilidad de que pueda producirse un éxtasis amoroso. Si bien, y antes de Freud, fueron los místicos quienes hablaron primero de esta experiencia arrobadora; del éxtasis por amor de Dios. Recordemos cómo Jesús, cuando quiere decir algo sobre la experiencia de Dios, habla del matrimonio; y cómo la Iglesia y los místicos, cuando hablan del amor de Dios –por ejemplo S. Juan de la Cruz–, se refieren a las bodas del alma. Sabemos que cuando dos personas coinciden en el amor, cuando entran en el corazón y en la vida o en el cuerpo del otro, se produce siempre un estremecimiento; y este las hace “salir de sí” en un éxtasis en el que pierden la noción del tiempo y del espacio, y así “son”: “son felices,  experimentan la felicidad de la vida”. Justamente esto, felicidad, es lo que experimentamos en el momento en que salimos de nosotros; si bien podría parecer lo contrario: que los momentos felices tienen cuando uno se vuelve hacia sí mismo, cuando uno goza de su despensa al sol. ¡Pues no, así solo se vuelve egoísta y solitario! El supremo éxtasis se produce en la salida de uno, en el éxtasis compartido. No obstante, se anhela tanto el éxtasis que hoy hasta hemos inventado drogas para lograrlo; y además en solitario. 

Drogas, para no tener que depender –aparentemente– de otros y poder conseguir el éxtasis sin compartir; y sin llegar a percibir lo destructivo que es realmente esto. Es tan importante este tema y es tal el empobrecimiento que produce en los egoístas –y más si se refuerzan con drogadicción–, que lleva hasta la destrucción de la propia vida. El éxtasis constructivo solamente puede darse en la invasión amorosa del territorio de otro, y de este en el tuyo.  Por esto decía Freud: la cuestión del amor es tan seria que cuando el hombre ama puede llegar a quedar extasiado. Por ejemplo, ante un paisaje que no veía desde hacía muchos años, ante una sinfonía... o incluso hasta puede llegar a sentir pasión por un animal (algo tan especial como un caballo). Pero la experiencia total del hombre, a la que se refiere Freud, no se da ante cosas o animales sino ante personas; pues, al vibrar en la misma frecuencia, se generan resonancias mutuas en cada ser. Además Freud entiende que esto sólo se da en experiencias carnales, y por tanto limita así mucho el éxtasis aludido.

Ya estamos en el primen paso para poder llegar a las puertas de una experiencia importante, a la que alude Cristo y que analizaremos luego: Cuando el hombre se encierra en su frontera, está confesando su pequeñez y está diciendo que se conforma con poco. Pero cuando el hombre rompe su frontera y sale de sí completamente, es porque se dice: yo no solo necesito mi persona, sino que  necesito los miles de millones que viven en el mundo; y no solo estos, sino también todos los abuelos que pasaron ya más todos los niños que vendrán. Necesito a todos para poder vibrar con todos ellos (con toda la comunidad humana); de forma que al final, una vez rotas todas las fronteras, podamos entrar así en el éxtasis total de la resonancia-salvación universal. Está claro que la posibilidad de una salida así, es la afirmación de la grandeza del hombre; pero ¿que significa realmente salir de sí? Ya la palabra es sospechosa porque, aun cuando salir de sí lleve al éxtasis –al gozo–, uno se puede preguntar: ¿y para qué quiero yo salir de mí, si estoy tan calentito dentro? La respuesta es: yo quiero salir de mí para poder gozarme completamente, pues yo no entro en vibración si no es en contacto con... Quiero salir de mí porque estar dentro no me basta, ya que necesito vibrar con otros y estando dentro me caen lejos sus almas; quiero salir de mí porque entiendo por primera vez que yo no soy todavía Yo, y que mi yo actual no puede vibrar él sólo en mi interior. Yo solo resueno, en cuanto soy capaz de entrar en contacto con los demás y con el universo. La pobreza y pequeñez del hombre consiste en quedarse dentro de sus propias fronteras. Cuando (asomándonos primero desde la infancia) descubrimos la familia... más tarde los paisajes... la amistad, el amor, la experiencia de aventuras por el mundo... llegamos a descubrir que: al haber salido de nosotros, al estar en relación con el mundo entero, nos hemos convertido en hombres ricos. La soledad empobrece siempre; y por eso lo mejor es emprender camino, saliendo de nosotros por todos los senderos del mundo.

Segundo paso para poder llegar a… Entonces, ¿por qué llamamos desgracias al abandono (despedidas) de uno mismo; a las experiencias de salir de sí? Quizás por una superficialidad que ahora estamos empezando a entender. Todos hemos pasado por algunas experiencias dolorosas de despedida –de amigos, familia, paisajes queridos...–,  por experiencias dolorosas y duras de abandono –como las de compañeros y hasta amigos que nos traicionaron...–, experiencias estas no deseadas que nos situaron en pozos y que una vez pasadas quedaron archivadas genéricamente como desgracias de la vida. Y todos somos conscientes que al cabo del tiempo –una vez salidos del pozo– volvemos a lo que solemos entender como normal: a las líneas rectas de las rutinas de nuestra vida. La humanidad lleva archivadas muchas experiencias de despedidas y tristezas, sin darse cuenta de que cada línea recta nueva –que viene después de cada pozo– es fruto de los sufrimientos, esfuerzos y entregas anteriores. No somos conscientes de que las experiencias sufridas en nuestras desgracias anteriores, son el origen de la felicidad que experimentamos hoy. No nos damos cuenta bien, y ahí está el error, pues si lo viéramos comprenderíamos que las despedidas forman parte de nuestra vida igual que los recuerdos positivos; y seríamos capaces de reconocer que yo no sería el que soy sin las experiencias negativas de mi vida. Se trata de entender las experiencias negativas de hoy como los pilares de las positivas de mañana.

Tercer paso.  Para que Dios –al cual nos acercamos más por las circunstancias negativas que por las positivas y que además es infinito– vaya entrando en mi vaso finito, me lo vaya llenando y termine por agrietarlo hasta su ruptura total; o sea para que acabe por completarme ese Yo al que aspiro como meta personal. Ese Yo que voy siendo de verdad –por infinitésimos de infinito– y que se va logrando con el llenado y rasgado (como partos) en mis pozos sucesivos, terminando por llenarse totalmente de infinito: llegando a la rotura final de mi vaso finito. Y todo esto, gracias a mis pozos y a mis esfuerzos.  Dios, a quien me acerco más por los pozos que por las líneas de positividades, va llegando a mí a través de las negatividades; de las circunstancias que me cuestan: o sea, por cualquier advenimiento que lo sienta como algo que desgarra y que me sitúa en un pozo; algo que me destruya de alguna manera... Negatividades que, como simientes, mueren en el surco del pozo y dan sus frutos: dan vida desde cada pozo; hacen nacer algo desde lo destruido; permiten el paladeo de nuevas líneas (una vez superadas las negatividades por sus frutos) y alcanzar una altura nueva que no teníamos antes. Hablamos de lo positivo gracias a que hemos superado muchos pozos negativos, sin darnos cuenta de que gozamos precisamente lo que así nos ha nacido.  Pero hay que advertir dos cosas. Una, que con todo esto lo que se pretende es llegar a la experiencia que nos propone el Evangelio puro: a la experiencia de la teología del gozo. Y dos, que no se trata de hacer propaganda de los pozos sino de invitarnos a la reflexión siguiente: cuando estemos disfrutando de una larga etapa de felicidad, deberíamos preguntarnos sobre lo que puede estarnos preparando Dios. En efecto, si yo llevo muchos años disfrutando nadie me garantiza que esté avanzando de verdad; porque para avanzar hay que despedirse de algo y toda despedida duele; algo se rompe en toda despedida. Cada vez que tú caminas hacia delante –que siempre es una positividad– lo haces dejando un pozo desgarrado detrás; y cuando no caminas, porque solo gozas tu alegría inmóvil, no hay desgarrón ni dolor creativo porque no hay negatividad.  Las rupturas y los desgarrones siempre nos duelen, y por tanto llamamos experiencias negativas a estas experiencias de los pozos; y, por la misma razón, llamamos teología negativa a la acción redentora de esta encarnación de Dios. Por tanto, estamos mal acostumbrados por llamar dolor a lo que duele; pero esto solamente funciona en el pensamiento: Lo que duele de verdad en la vida no se queda en el dolor, sino que siempre engendra nueva vida; y esta vida nueva es el gozo. El dolor, aparentemente es sólo dolor fisiológico pero en realidad es una fuente de gozo. Y al revés, el gozo que es sólo fisiológico no es gozo pleno; porque el gozo de verdad siempre prepara un nuevo pozo, del que terminará saliendo mucho más gozo.   Cuando Dios adviene, decimos que se nos presenta como –y todas estas palabras son del Evangelio–: como padre, amigo, hermano, camino, verdad, vida, alegría, cielo, ilusión... ; todo esto decimos que es Dios. Y si se presenta así, entonces solemos decir que Dios está con nosotros; pero Dios también tiene la cara de la negatividad: una cara oscura que sólo ha visto muy poca gente –los místicos– y que es más de Dios que la brillante (según dice Tomás de Aquino). Estamos hablando de la experiencia mística. Y decía Santa Teresa: cuando Dios se presenta de verdad,  maltrata a sus amigos; cuando Dios se presenta de verdad, empuja de tal manera que lo que tú ibas a hacer en dos días lo haces en medio minuto. Así que, cuanto más te duele es que más cerca tienes la cara de Dios.  

Dios  (que es nuestro “ser” y por tanto nos quiere) va entrando en el hombre como infinito, y para asumir lo positivo del hombre le va quemando (agrietando, desgarrando) lo que este tiene de finito; con lo cual nuestro verdadero caminar hacia el futuro suele hacerse duro y con dolor. Y mal acostumbrados como estamos al bienestar, cuando llega una desgracia solemos decir: “Vamos a esperar que pase rápidamente”. Esto está muy mal dicho. ¡Rápidamente no! Agota el cáliz y bébelo hasta el fondo, porque si no bajas hasta el fondo no habrá máxima ascensión. Dios nos suele salir al paso, y en su cara oscura, cuando no caminamos a la velocidad que debemos; y es así como nos enseña de nuevo a caminar. Visto así, el pozo no es más que una invitación a seguir caminando; para evitar que te instales y no llegues donde debes llegar.  Cuando más se acerca a nosotros la cara oscura de Dios es cuando más se purifica lo que tenemos de finito, preparando en nosotros la invasión del infinito. Si lo infinito entra en un finito no hay más posibilidad de hacerlo que destruyéndolo, y esto sucede completamente en la muerte. Y Jesús tiene que morir, evidentemente, porque si no muere no resucita; pues sólo la muerte produce resurrección. La explicación de la muerte no es la cruz, sino la resurrección; y por tanto, cuando tú sufres no sufres por sufrir: el sufrimiento es el crecimiento, es el gozo del estremecimiento luminoso que adviene después como resurrección. Vivimos entre penas y alegrías, a sabiendas de que las alegrías se alimentan desde “los pozos”.

CURSO “EL HOMBRE NUEVO” (TODA CONVERSIÓN NACE EN LOS “AGUJEROS”, EN LOS “POZOS”,COMO FRUTO DE NUESTRAS EXPERIENCIAS NEGATIVAS AL CAMINAR POR ELLOS) (HN-28)

TODA  CONVERSIÓN  NACE  EN  LOS  “AGUJEROS”,   EN  LOS  “POZOS”, COMO FRUTO DE NUESTRAS EXPERIENCIAS NEGATIVAS AL CAMINAR POR ELLOS  (HN-28)

A lo largo de este curso, al principio hemos ido visitando y meditando pilares de la teología fundamental; y más tarde otros de la teología de la encarnación. Y es en los seis últimos resúmenes –pertenecientes a esta teología– donde hemos visto cómo el caminar del hombre puede identificarse con una línea recta pero discontinua; pues la línea de nuestro existir se va quebrando según aparecen “agujeros” y “pozos”: o sea, las experiencias negativas de la vida del hombre. Y esto es de lo que nos vamos a ocupar en este resumen y en algunos posteriores: vamos a pasar de hablar de los pequeños del Evangelio –o sea de los más grandes delante de Dios– a hacerlo de los pecadores y las malas compañías con las que convivía Jesús. También, y para dar perspectiva a estos temas, anticiparemos algo del contenido glorioso de los últimos capítulos del curso: sobre las fuentes de agua viva, y la fe como dimensión de la experiencia mística de Dios. Pero en tanto llegamos a los temas gloriosos aludidos, hemos de afrontar la negatividad; sobre la que deberemos caminar con pies muy asentados y lentos –tanto al exponer las ideas como al tratar de comprenderlas–, porque las experiencias negativas son la parte más oscura del curso. En efecto, cuando se trata de una teología lineal y gloriosa no suele haber muchos problemas porque el hilo se sigue más o menos, pero cuando la línea recta se dobla abruptamente y caemos en la oscuridad, uno se encuentra perdido del todo y no sabe cómo salir; hasta que con el paso del tiempo recuperamos otra vez altura y todo vuelve a marchar. 

Pero esta recuperación sólo será una tregua, hasta que una nueva caída nos sorprenda aún más; por lo que ni acabamos de acostumbrarnos ni aceptamos los “pozos” o caídas, aunque sepamos que al final volveremos a subir y a subir más todavía.  Para empezar, primero hay que entender bien lo que se quiere decir con las palabras negativo y negatividad. Pues en realidad, lo negativo no es negativo sino el lugar donde nace y crece lo positivo; y por tanto, sin lo negativo lo positivo no existiría. Es peligroso decir esto, porque alguien podría pensar que todo lo positivo tiene que haber pasado por un abismo o por un pozo; y que Dios mismo, siendo totalmente positivo, podría querer lo negativo de alguna manera. Acordémonos de lo que decía Jesús-Cristo: “Quien quiera conservar su vida la perderá, y el que pierda su vida la ganará” (Mt. 16, 25). Según esto, toda vida ganada nace en un “pozo”. Lo que sucede es que, por limitaciones de vocabulario, los humanos llamamos negativa a cualquier situación de pozo; de agujero, de nube del no saber, de noche oscura, de desierto, de ausencia de Dios... Palabras recuperadas gracias a los místicos, pues estos son los que más y mejor han hablado de estos pozos; pues han pasado por ellos. Los pozos son, los “lugares de siembra” de la positividad; y esta es la razón por la que los místicos, al haber pasado por ellos, sean los más positivos de los teólogos. La realidad es que los teólogos no suelen hablar demasiado de las negatividades. Incluso en cursos desarrollados aquí, en tanto se haya presentado algún concepto demasiado positivamente será el testigo de que lo habremos expuesto de forma superficial. Pero esto ya no debe pasarnos, porque ahora también podemos hablar del valor de las negatividades  –podemos entrar de lleno en los “pozos”–  sin correr riesgos de que no se nos entienda.    
  
Por tanto nuestro primer titular es: lo positivo arranca de lo negativo. Y como el lenguaje humano no permite expresar lo contradictorio, es por lo que ya San Juan de la Cruz trató de que lo  captásemos con su “entender no entendiendo”. Pues si uno solamente dice que entiende cuando entiende todo de golpe, es porque lo que puede ser entendido es pequeño. Y al contrario, cuando uno entiende no entendiendo más que un poco y muy poco a poco, es porque lo que trata de entender es tan infinitamente grande que no puede ser entendido más que por infinitésimos: o sea un infinitésimo detrás de otro y de cuando en cuando, por aquí y por allá. Además el que algo infinito no pueda ser entendido más que por infinitésimos dispersos, no quiere decir que ese infinito no exista sino que no cabe en el vaso de nuestro corto entender humano. Pero no nos preocupemos mucho si no podemos comprender esto ahora, pues bastará esperar unos cuantos años –o unas décadas– y veremos cómo todo el pensar humano seguirá su marcha por este nuevo camino. Para los que vengan de otras filosofías, quizá sientan dificultades para admitir que lo negativo puede no serlo; pero al menos ya estamos en una vertiente de la cultura en la que podemos experimentar lo siguiente: las grandes cosechas vienen de semillas que fueron sembradas y podridas en el pasado; en la humedad de los surcos y en la oscuridad de la noche.  Y a esto es a lo que llamamos negatividad o pozo: Un nido de vuelos posteriores”; donde  siempre hay semillas  sacrificándose en cada surco, y así se van convirtiendo en algo nuevo y volador.  

En el Evangelio de S. Marcos (8, 34), Jesús dice lo siguiente: “El que quiera venir detrás de mí que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga”. Esta "y" no es copulativa, sino consecutiva: El que quiera venir detrás de mí, deberá negarse a sí mismo y (en consecuencia) tomar su cruz; si es que quiere ser hombre de verdad (pues esto es lo que quiere decir seguirle). Todo seguimiento de Cristo –Hombre y Dios al mismo tiempo, y meta de todo hombre– lleva al hombre a su máxima altura: le lleva a ser hombre de verdad. Si quieres seguir a Cristo porque es hombre verdadero, o si quieres seguirle como hombre que desemboca en Dios, no te quedará más remedio que negarte a ti mismo. ¿Vemos el pozo? Todo seguimiento de Cristo, todo camino que lleve al hombre hasta Dios, pasa por un pozo inicial: el pozo de “la propia negación”. ¿Y eso por qué? Tratemos de dibujar el primer pozo (nido) de un hombre que camina a ser Hombre: que está en A, y quiere ir a B como meta. Podemos intentar señalar los dos puntos en un papel pero, la realidad es que el punto B no es dibujable; porque este ideal –al que debe llegar a ser– se pierde en el infinito. Si yo camino a ser el que debo ser, esta meta no es un punto que pueda realizarse completamente en esta tierra pues acaba en la eternidad. Por tanto, lo que se me pide es que me niegue a mí mismo en mi realidad terrena e histórica. O sea, el caminar del hombre hacia su plenitud pone su meta  final en Dios; lo que implica la negación de sí mismo durante toda su existencia. Y ahora viene la pregunta: ¿Y por qué razón he de ir yo al punto B estando a gusto en A? ¿qué necesidad tengo yo de caminar si estoy bien, instalado y feliz, donde estoy? La respuesta la da una experiencia humana fundamental y dolorosa: yo necesito seguir caminando porque no me basta con lo que voy siendo y teniendo; y, además, lo que no voy siendo todavía lo necesito como lo más mío y fundamental. O sea, yo soy y me siento pequeño en cada comparación sucesiva conmigo mismo. Por ejemplo, los alardes que hace el ser humano a lo largo de su vida –ponerse tacones, adornarse…– todo eso son búsquedas de sí mismo. La experiencia básica de todo ser humano es que no termina de coincidir consigo mismo: con eso que debe llegar a ser al final. Y si yo no soy todavía Yo, ¿qué he de hacer para llegar a serlo?: pues dejar cada yo actual y seguir caminando; ya que todo caminar hacia el futuro implica un descontento sucesivo con cada yo actual, y en cada descontento se produce al menos una negación propia. Negarse a sí mismo es una disposición del ser humano, pero no solamente como punto de partida. Esta negación es lo que llamamos ahora “pozo”: mientras me voy afirmando en una posición ya estoy teniendo ganas de pasar a otra, y percibo que resurgiré mejor en esa otra en tanto me niegue más en la primera.  Esta negación tan clara, a la que Cristo alude en San Marcos, la afirma San Juan de otra manera cuando dice: “Si el grano de semilla no cae en el surco no da fruto, y si cae en el surco da mucho fruto” (Jn. 12, 24). Esta es la belleza de una verdad que hoy está en auge: el hombre es un “todavía-no”;  el hombre es, un “ya pero todavía-no”. Y esto aunque se trate de un viejo de 99 años a punto de expirar, porque todavía no ha llegado a ser completamente sí mismo: “llegarse”, es la palabra. Gramaticalmente está muy bien dicho este "ya, pero todavía-no”, porque está comenzando a definir lo positivo con el “ya” (necesito empezar a ser el que quiero ser, y esto “ya”).  Y cuando yo llegue del todo al “Ya” que aspiro ser en el futuro, quedará desmontado para mí ese negativo “todavía-no” de la historia. Según esto, aquí sólo podemos hablar de Dios desde el “todavía-no”: desde la negatividad del “no ser todavía”.  Y al final, en el “Ya”, tampoco se puede hablar de Dios porque ya “se es” en Él.


Santo Tomás de Aquino, que era místico y teólogo, decía que de Dios sabemos más por lo que negamos que por lo que afirmamos; lo cual tiene unas consecuencias increíbles que los creyentes no terminamos de saber; y los incrédulos tampoco, aunque sean inteligentes. De Dios sabemos más por lo que negamos que por lo que afirmamos, porque a Dios no podemos alcanzarlo; solamente llegamos a él depurando conceptos y diciendo cosas como: Dios es bueno pero no bueno como la bondad que yo conozco, como la de mi padre o mi madre... Dios es grande pero no en el sentido de Km. cúbicos... se trata de una grandeza que yo no puedo imaginar. A Dios llegamos en la medida en que somos capaces de negar algo, no de afirmarlo; por eso Jesús habla de la destrucción de esa religión hecha por los hombres, la que dogmatiza sobre quién es Dios y como comportarnos con él. 

Pero ¡esto es un pozo!, es decir una kénosis. Sí, esta es la primera doctrina de Cristo: vaciar. Cristo con su doctrina (con la mano de Dios), cuando se introduce dentro de ti te vacía de todo aquello que no sea él; y esto aunque no nos agrade ser  pozo. Pero como a los hombres nos cuesta entender lo anterior, preferimos llegar a Dios a través de positividades y rechazamos los momentos duros de la vida; preguntándonos, ¿por qué Dios permitirá esto? Esto lo explicó muy bien Santo Tomás, con la teología negativa. Y sobre todo, hemos de liberarnos del concepto de que la negatividad es un castigo de Dios; porque si no, no podremos progresar y nunca entenderemos la pasión y la muerte de Cristo.

jueves, 7 de julio de 2016

CURSO “EL HOMBRE NUEVO” (ES EN LA INSEGURIDAD DEL CORAZÓN, EN LA INESTABILIDAD DE LOS SENTIMIENTOS HUMANOS, DONDE ENCONTRAREMOS A DIOS) (HN - 27)

ES EN  LA  INSEGURIDAD  DEL CORAZÓN, EN LA INESTABILIDAD DE LOS  SENTIMIENTOS HUMANOS,  DONDE  ENCONTRAREMOS  A DIOS    (HN - 27)

Hemos visto, en el resumen anterior, la opinión del papa Juan Pablo II sobre cómo le fueron reveladas a Jesús las grandes decisiones:  “...se comprometió tan tiernamente con la realidad humana –dice el Papa– que, si bien su inteligencia iba evolucionando y la historia le iba diciendo (a través de la Encarnación) lo que debía hacer o decir, las grandes decisiones nunca le fueron reveladas por la razón sino por el sentimiento: por el amor”. También sabemos que el sentimiento proviene de la vibración de la parte femenina de cada uno, y que suele identificarse como: “lo que nos dice el corazón”.

Ahora, recordemos el problema al que se enfrenta Jesús-Cristo: pues tiene que decirle al pueblo de Israel que su Dios (que es el mismo Dios de los padres de Jesús) es un Dios universal; es un Dios que supera toda vocación parcial o particular. Es decir, Cristo (Dios en Jesús) tenía que decirles a los israelitas –que esperaban al Salvador– que esta salvación es para todo el mundo y no solamente para los que ellos entendían como elegidos. ¿Y cómo saber el momento justo para anunciarlo? ¡pues será justo el corazón el que te lo dirá!    Y ahora aparece la samaritana (una mujer que no es judía, una gentil que pertenece a la gente marginada) justo cuando Jesús estaba sentado en el brocal del pozo más antiguo del mundo (en Siquem); al mediodía y cuando los discípulos habían ido a comprar comida. Es ahora cuando llega la samaritana, con “sed” y en busca de agua, cuando Jesús comienza a dialogar con ella. Es entonces cuando se le abrieron “los ojos” a la mujer –a lo femenino de la mujer–, y ella dijo: “Tú que eres profeta, dime: ¿dónde hay que adorar a Dios, en el Templo de Jerusalén (el único lugar donde creían se encontraba Dios para ser adorado) o en la montaña del Garizim?” Esta pregunta le ilumina el corazón a Jesús, le interpela en su parte femenina y siente que este es el momento de la revelación: “Mira mujer, a Dios no se le adora ni en el templo ni en la montaña  –que son dos seguridades– sino en el corazón. Los verdaderos adoradores, adoran a Dios en su corazón” (Jn. 4, 1 y ss.). Es en la inseguridad del corazón, en la inestabilidad de los sentimientos humanos, donde encontraremos a Dios.  Pero, ¿quién le ha hecho decir esto a Jesús?: la mujer, lo femenino. Y, ¿cuándo lo dijo Jesús-Cristo?: cuando lo femenino le interpeló, y sintió –a su vez  por su parte femenina– que era la hora de declararlo… y Cristo lo reveló.

Recordemos otro caso más serio todavía, pues extiende la curación-salvación más allá de los suyos. En efecto Jesús, que predicaba en Israel y nunca había salido de sus fronteras, un buen día y sin darse cuenta pasó al territorio de al lado; a Tiro y Sidón. Entonces, y apenas cruzada la frontera, se encuentra con una mujer sirofenicia que le dice: “Señor, tengo una hija que está muy mal, ¿me la quieres curar?”  Y Jesús –muy seguro todavía de las ideas existentes, porque ella no era judía sino siria–  responde: “Me han enviado sólo a las ovejas descarriadas de Israel, y no es bueno quitar el pan a los hijos para dárselo a los perros” (Mt. 15, 21ss.) ¡Vaya piropo para la pobre mujer!, de un Jesús que todavía es muy masculino. Entonces la mujer –femenina y humilde– responde: “Sí, es verdad Señor, pero también los cachorrillos... (dado que la había llamado perra)... también los cachorrillos comen migajas; las que caen de la mesa de los señores”. Aquí aparece otra vez el momento, aparece la hora oportuna. Y curó a la hija: sucedió la primera curación de una pagana.  Aquel día y por la mujer, Cristo entendió que había llegado la hora de hacer llegar la salvación también a los paganos.  Y quién se lo dijo fue su sentimiento.   Cristo, que está disponible en el hombre como un niño, le preguntaría a su Padre: -¿Cómo sabré hacer y decir los signos del Reino?  Y la respuesta la percibe con el corazón abierto y disponible; o sea, por la parte más inválida de lo humano: por la sensibilidad, la intuición, el amor... por lo femenino. Bastaría subrayar que cuando Dios vino a lo humano, vino por María Santísima que es una mujer; pero vamos a seguir poniendo ejemplos. Recordemos el caso de Magdalena, la pecadora. ¿En qué momento debía Jesús anunciar su muerte, decir que había llegado su hora? “Te lo dirán cualquier día”: y un buen día en casa del fariseo, una mujer de mala vida (Lc. 7, 37) –ésta es la mujer de la que había expulsado siete demonios (y siete significa todos, como en el caso de los maridos de la samaritana)– se puso a lavarle los pies con sus lágrimas; y se los ungió con perfume. El Señor la deja hacer al notar el cariño (el de la mujer pecadora que le lavaba y perfumaba los pies) y así le llega la revelación; le invade Dios por el afecto, y dice: “Dejadla, no la maldigáis; se adelantó a perfumar mi cuerpo, para la  sepultura” (Mc. 14, 6-8).

Y así hay once o doce casos de mujeres que aparecen siempre en los grandes momentos de la vida de Jesús. La mayoría de ellas, si se quita a María Santísima, son mujeres poco recomendables; es decir que además de mujeres son pecadoras: lo que equivale a doblemente necesitadas, a doblemente débiles. ¿Vemos el niño otra vez? Si nos hubieran presentado mujeres santas y fuertes, las veríamos como seguridades a las que aferrarnos los humanos; por ejemplo Santa Teresa de Jesús –aunque también conoció la noche oscura del alma y el desierto–, o Agustina de Aragón, otra mujer fuerte. Estas mujeres no representan lo débil y, por tanto, no valdrían como sujeto interpelador: sería como apoyarse en la grandeza, en la valentía, en lo masculino de todo ser humano; y eso no vale, porque eso son seguridades.

El Evangelio de Jesús nos advierte que lo que nos quiera decir Dios nos lo revelará desde el amor, desde el temblor de nuestro corazón; porque cuando uno ama está indefenso, y por tanto está disponible (en su pesebre) para que se lo coman los demás. En los momentos grandes de tu vida, será el amor –el amor de verdad, ese amor que no puede engancharse en ninguna parte que no sea el infinito– quien te lo dirá.  

Otro caso típico es el de la mujer adúltera,  pillada en adulterio flagrante; según lo dice así San Mateo para que no haya duda: ni de la debilidad y fallo de esta mujer, ni de su condición de pecadora.  [Aquí Jesús tira a dar aún más y en profundidad porque, además de la debilidad propia (como suma de nuestra tendencia personal y de la debilidad añadida que nos induzca el ambiente), está la inmoralidad propia del hecho (está el fruto resultante de nuestra permisividad: tanto por ser permisivos con la debilidad propia como con los factores externos que nos hayan forzado a la corrupción)]   

He aquí un fallo humano –un agujero, un hueco humano–, de los que San Agustín definió como agujeros de la historia. El pecado es un fallo humano, un agujero humano.  Y San Pablo lo tiene tan claro que dirá: “Jesús, que no tenía pecado, se hizo por nosotros pecado”. Bien entendido que, Jesús se hizo pecado y no pecador. [Conviene recordar que cuando se habla de pecado se está haciendo referencia a: las consecuencias de un efecto combinado de la ignorancia y la malicia humana. Por tanto Cristo, que “se hizo por nosotros pecado” –que se metió hasta el fondo de las consecuencias de los fallos humanos, introduciéndose hasta el fondo de los agujeros de lo humano– resulta que es así como nos redimió]

Volvamos al caso de la mujer adúltera (donde hay debilidad y fallo pecador), a la que van a arrastrar hasta un lugar adecuado para apedrearla; ya que es lo que humanamente correspondía según las leyes al uso. Pero, se van a topar con la sensibilidad de Jesús. Es otra ocasión, en la que Jesús aprovecha un momento maduro de su vida para decir una gran verdad. Y son los fariseos –que no son niños sino teóricamente hombres maduros en religión– los que vieron que allí tenían la ocasión de matar dos pájaros de un tiro: a ella apedreándola y a él comprometiéndole. Ya que según la Ley, el Deuteronomio, “Moisés dice que a la mujer adúltera hay que apedrearla”. Y si Cristo afirmase que hay que apedrearla, ¿dónde quedaría su misericordia? Y si dijese que no, le podrían denunciar por violar la Ley e incitar a la rebelión. Pero a Jesús se le abrieron los ojos, sintió interpelada su sensibilidad desde la indefensión de la mujer y pensó: ¡ésta es la hora! Pero quién se lo dijo fue la indefensión de la pecadora ante el pecado.  ¿Y de qué era la hora? Sencillamente la hora de la revelación.  Y Mateo es claro cuando lo narra: Jesús, que se hace el tonto, se agacha y escribe en la arena; después levanta la cabeza, mira y dice: “El que de vosotros esté sin pecado, arrójele la piedra el primero... y fueron marchándose uno a uno, empezando por los más viejos...” (Jn. 8, 3 y ss.) ¿Dónde están los niños? Como allí solo había personas endurecidas por la vida, y no había niños...  se alejaron todos; no quedó nadie para tirar una piedra, porque ninguno estaba libre de fallo.

Primera conclusión: Nadie puede tirar una piedra contra otro pecador, porque todos somos pecadores y cometemos fallos. En este caso el adulterio no empieza en la mujer, sino en los que hacen que la mujer sea objeto de adulterio. Y, segunda conclusión: La sensibilidad se quedó sola en un frente a frente, porque todos los duros se fueron.  O sea, hay un verdadero careo directo de lo femenino en el que Jesús dice: “Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?” Y la pobre, temblorosa todavía por el miedo al apedreamiento, dice: “Ninguno Señor”, y Jesús declara: "Yo tampoco te condeno, vete y...”


Hay que provechar este momento, para decirle a lo humano que el pecado de una persona suele nacer en la colectividad: es lo que hoy se llama el pecado estructural. Hay pecadores porque hay quienes, directa o indirectamente, hacen pecar. Por tanto, ¿quién puede realmente tirar piedras? Jesús aprovechó la ocasión para revelarnos: ¡cuidado con condenar a gente concreta!, pues los pecados empiezan mucho más lejos de lo que parece. Se cometen en un lugar determinado, pero ese responsable final no es más que la terminación de un pecado que viene de lejos: la ignorancia y la maldad humana vienen de lejos