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domingo, 4 de noviembre de 2018

San Carlos Borromeo. Patrono contra enfermedades, úlceras y el cáncer (4 de noviembre)

San Carlos Borromeo. Patrono contra enfermedades, úlceras y el cáncer

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San Carlos estuvo muy preocupado por las necesidades de la Iglesia y para la formación del clero convocó sínodos y erigió seminarios

 
San Carlos Borromeo fue un arzobispo de Milán de 1564 a 1584 y cardenal. Fue una figura destacada en el combate contra la Reforma Protestante junto con San Ignacio de Loyola y San Felipe Neri. Fue responsable de importantes reformas en la Iglesia Católica, incluida la fundación de seminarios para la educación de los sacerdotes. Dedicó toda su vida a ayudar al pueblo de Dios a ser más como Jesús, más como el Reino del Padre. Con su testimonio, él nos dice que cada uno de nosotros puede hacer una gran diferencia en el Cuerpo de Cristo. San Carlos Borromeo es el santo patrono contra las úlceras, cáncer, trastornos intestinales, cólicos, soportar enfermedades, enfermos, ancianos, obispos, seminaristas, catequistas, catecúmenos, directores espirituales; líderes espirituales.

Fiesta: 04 de Noviembre

Martirologio Romano: Memorial de San Carlos Borromeo, obispo, quien se hizo cardenal debido a su tío, el papa Pío IV y elegido obispo de Milán, en donde fue un verdadero pastor atento y fiel a las necesidades de la Iglesia de su tiempo: convocó sínodos y estableció talleres para impartir formación al clero, visitó muchas veces a todo su rebaño para fomentar el crecimiento de la vida cristiana, y emitió varios decretos con el fin de salvar a las almas.

Biografía de San Carlos Borromeo

San Carlos Borromeo nació el 02 de octubre 1538, cerca de los Alpes en el Lago Maggiore, Italia. Él era el segundo hijo de unos padres muy ilustres y ricos que lo criaron en un ambiente muy religioso.
Cuando tenía doce años, se le dio la tonsura, que es el corte de pelo en la parte superior de la cabeza. Esto lo marcó para el sacerdocio y fue educado con ese objetivo en mente.
Carlos estudió teología y también obtuvo su licenciatura en derecho en la Universidad de Pavía, en Milán. Tres semanas después de haber recibido su título, el hermano de su madre, el Cardenal Médicis, se convirtió en el Papa y admirado por las grandes cualidades de su sobrino joven y brillante, lo mandó a llamar para que se fuese a Roma con él.
Casi de inmediato, y por el talento resaltante del Joven Carlos, quien contaba con 22 años, el Papa Pío IV, lo hizo nombrar cardenal de la Iglesia. .

Obispo trabajador, humilde y generoso

Debido a sus habilidades de organización y trato con la gente, el Papa promovió a San Carlos Borromeo a la oficina del Secretario de Estado, cardenal protector de varios países y de seis órdenes religiosas, así mismo, lo nombró arzobispo de Milán
En 1562, Carlos fue nombrado por el Papa para ayudar a organizar el próximo Concilio de Trento. Durante esta planificación, el hermano de Carlos murió, lo que le indujo a ver y estudiar el significado y el propósito de su vida.
Decidió ser santos y hacer de la Iglesia, si estaba en sus manos, un lugar más santo, también. Él realizó varios cambios:
  • Reescribió el catecismo que las personas aprendieron.
  • Comenzó reformas en la preparación de los candidatos al sacerdocio.
  • Realizó cambios ordenados en el libro de oraciones de la Iglesia.
  • Pidió al Papa decretar que, en la Iglesia, ya no se pudiesen hacer nombramientos políticos.
Muchas de estas reformas, y otros más que se le acreditan a San Carlos Borromeo, se hicieron valer a partir del Concilio de Tridentino

Atención y cuidado de los enfermos

En 1566, el Papa envió a San Carlos Borromeo de regreso a Milán para que fuese Arzobispo a tiempo completo. Él continuó su trabajo pastoral y lleno de caridad con las personas, cuidando y protegiendo a las personas sin hogar, sobre todo cuando la plaga azotó a Milán.
San Carlos Borromeo cuidó a los enfermos como si estuviese cuidando a cristo mismo. Vendió las cortinas de su palacio, su ropa y otras posesiones para así, convertidos en dinero, comprar medicina y todo lo que les hacía falta a los pobres.
San Carlos Borromeo, el gran arzobispo de Milán, se le solía ver en las calles vestido con harapos, ropa vieja. Él enseñó el catecismo, le encontró un lugar donde quedarse a todos los enfermos y a los ancianos abandonados, estableció escuelas y echó a correr a toda su diócesis atendiendo las necesidades de la gente.
Él vivió una vida llena de oración, dormía y comía muy poco
El una vez dijo:
"Aquí, todo tipo de pobres serán alojados, tanto extranjeros como milaneses; hombres, mujeres, niños, porque la caridad no conoce distinción de naciones, y todos somos hermanos y hermanas en el Señor"

Arduo trabajo como fundador

San Carlos Borromeos reunió cinco sínodos provinciales y once diocesanos. Visitó a todas sus parroquias enérgicamente. Cuando alguno de sus obispos les decía que ya habían hecho mucho trabajo y "no tenían nada que hacer", San Carlos Borromeo les enviaba una larga lista de las obligaciones episcopales, añadiendo después de cada punto: "¿Cómo puede decir un obispo que no tiene nada que hacer?"
El santo fundó tres seminarios en la arquidiócesis de Milán, para otros tantos tipos de jóvenes que se preparaban al sacerdocio y exigió en todas partes que se aplicasen las disposiciones del Concilio Tridentino acerca de la formación sacerdotal, y redactó para esos institutos unos reglamentos tan sabios, que muchos obispos los copiaron para organizar según ellos sus propios seminarios.

Su muerte

Hacia el final de octubre en el año 1584, San Carlos Borromeos había estado viajando hacia algunos sectores de su diócesis. En el camino a casa cayó enfermo con fiebre pesada y tuvo que ser regresado de vuelta a Milán en una camilla. Murió a los pocos días.
Él murió joven y pobre, habiendo enriquecido enormemente a muchos con la gracia. En su lecho de muerte decía:
"Ya voy, Señor, ya voy".
Fue canonizado por el Papa Paulo V el 01 de noviembre de 1610

San Carlos Borromeo, obispo (4 de noviembre)


San Carlos Borromeo, obispo

fecha: 4 de noviembre
n.: 1538 - †: 1584 - país: Italia
canonización: 
B: Clemente VIII 1602 - C: Pablo V 1610
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Elogio: Memoria de san Carlos Borromeo, obispo, que nombrado cardenal por su tío materno, el papa Pío IV, y elegido obispo de Milán, fue en esta sede un verdadero pastor fiel preocupado por las necesidades de la Iglesia de su tiempo. Para la formación del clero convocó sínodos y erigió seminarios, visitó muchas veces toda su diócesis con el fin de fomentar las costumbres cristianas y dio muchas normas para bien de los fieles. Pasó a la patria celeste en la fecha de ayer.
Patronazgos: patrono de los pastores, catequistas, catecúmenos y seminaristas; protector contra la peste.

Oración: Conserva, Señor, en tu pueblo el espíritu que infundiste en san Carlos Borromeo, para que tu Iglesia se renueve sin cesar y, transformada en imagen de Cristo, pueda presentar ante el mundo el verdadero rostro de tu Hijo. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
Entre los grandes hombres de la Iglesia que, en los días turbulentos del siglo XVI, lucharon por llevar a cabo la verdadera reforma que tanto necesitaba la Iglesia y trataron de suprimir, mediante la corrección de los abusos y malas costumbres, los pretextos que aprovechaban en toda Europa los promotores de la falsa reforma, ninguno fue, ciertamente, más grande ni más santo que el cardenal Carlos Borromeo. Junto con san Pío Vsan Felipe Neri y san Ignacio de Loyola, es una de las cuatro figuras más grandes de la contrarreforma. Era un noble de alta alcurnia. Su padre, el conde Gilberto Borromeo, se distinguió por su talento y sus virtudes. Su madre, Margarita, pertenecía a la noble rama milanesa de los Médicis. Un hermano menor de su madre llegó a ceñir la tiara pontificia con el nombre de Pío IV. Carlos era el segundo de los dos varones entre los seis hijos de una familia. Nació en el castillo de Arona, junto al lago Maggiore, el 2 de octubre de 1538. Desde los primeros años, dio muestras de gran seriedad y devoción. A los doce años, recibió la tonsura, y su tío, Julio César Borromeo, le cedió la rica abadía benedictina de San Gracián y San Felino, en Arona, que desde tiempo atrás estaba en manos de la familia. Se dice que Carlos, aunque era tan joven, recordó a su padre que las rentas de ese beneficio pertenecían a los pobres y no podían ser aplicadas a gastos seculares, excepto lo que se emplease en educarle para llegar a ser, un día, digno ministro de la Iglesia. Después de estudiar el latín en Milán, el joven se trasladó a la Universidad de Pavía, donde estudió bajo la dirección de Francisco Alciati, quien más tarde sería promovido al cardenalato a petición del santo. Carlos tenía cierta dificultad de palabra y su inteligencia no era deslumbrante, de suerte que sus maestros le consideraban como un poco lento; sin embargo, el joven hizo grandes progresos en sus estudios. La dignidad y seriedad de su conducta hicieron de él un modelo de los jóvenes universitarios, que tenían la reputación de ser muy dados a los vicios. El conde Gilberto sólo daba a su hijo una parte mínima de las rentas de su abadía y, por las cartas de Carlos, vemos que atravesaba frecuentemente por períodos de verdadera penuria, pues su posición le obligaba a llevar un tren de vida de cierto lujo. A los veintidós años, cuando sus padres ya habían muerto, obtuvo el grado de doctor. En seguida retornó a Milán, donde recibió la noticia de que su tío, el cardenal de Médicis, había sido elegido Papa en el cónclave de 1559, a raíz de la muerte de Pablo IV.
A principios de 1560, el nuevo Papa hizo a su sobrino cardenal diácono y, el 8 de febrero siguiente, le nombró administrador de la sede vacante de Milán, pero, en vez de dejarle partir, le retuvo en Roma y le confió numerosos cargos. En efecto, Carlos fue nombrado, en rápida sucesión, legado de Bolonia, de la Romaña y de la Marca de Ancona, así como protector de Portugal, de los Países Bajos, de los cantones católicos de Suiza y además, de las órdenes de San Francisco, del Carmelo, de los Caballeros de Malta y otras más. Lo extraordinario es que todos esos honores y responsabilidades recaían sobre un joven que no había cumplido aún veintitrés años y era simplemente clérigo de órdenes menores. Es increíble la cantidad de trabajo que san Carlos podía despachar sin apresurarse nunca, a base de una actividad regular y metódica. Además, encontraba todavía tiempo para dedicarse a los asuntos de su familia, para oír música y para hacer ejercicio. Era muy amante del saber y lo promovió mucho entre el clero, para lo que fundó en el Vaticano, con el objeto de instruir y deleitar a la corte pontificia, una academia literaria compuesta de clérigos y laicos, algunas de cuyas conferencias y trabajos fueron publicados entre las obras de san Carlos con el título de «Noctes Vaticanae». Por entonces, juzgó necesario atenerse a la costumbre renacentista que obligaba a los cardenales a tener un palacio magnífico, una servidumbre muy numerosa, a recibir constantemente a los personajes de importancia y a tener una mesa a la altura de las circunstancias: pero en su corazón estaba profundamente desprendido de todas esas cosas. Había logrado mortificar perfectamente sus sentidos y su actitud era humilde y paciente. Muchas almas se convierten a Dios en la adversidad; san Carlos tuvo el mérito de saber comprobar la vanidad de la abundancia al vivir en ella y, gracias a eso, su corazón se despegó cada vez más de las cosas terrenas. Había hecho todo lo posible por proveer al gobierno de la diócesis de Milán y remediar los desórdenes que había en ella; en este sentido, el mandato del papa de que se quedase en Roma le dificultó la tarea. El beato Bartolomé de los Mártires, arzobispo de Braga, fue por entonces a la Ciudad Eterna y san Carlos aprovechó la oportunidad para abrir su corazón a ese fiel siervo de Dios, a quien indicó: «Ya veis la posición que ocupo. Ya sabéis lo que significa ser sobrino, y sobrino predilecto, de un papa, y no ignoráis lo que es vivir en la corte romana. Los peligros son inmensos. ¿Qué puedo hacer yo, joven inexperto? Mi mayor penitencia es el fervor que Dios me ha dado y, con frecuencia, pienso en retirarme a un monasterio a vivir como si sólo Dios y yo existiésemos». El arzobispo disipó las dudas del cardenal, asegurándole que no debía soltar el arado que Dios le había puesto en las manos para el servicio de la Iglesia, sino que debía, más bien, tratar de gobernar personalmente su diócesis en cuanto se le ofreciese oportunidad. Cuando san Carlos se enteró de que Bartolomé de los Mártires había ido a Roma precisamente con el objeto de renunciar a su arquidiócesis, le pidió explicaciones sobre el consejo que le había dado, y el arzobispo hubo de usar de todo su tacto en tal circunstancia.
Pío IV había anunciado poco después de su elección que tenía la intención de volver a reunir el Concilio de Trento, suspendido en 1552. San Carlos empleó toda su influencia y su energía para que el Pontífice llevase a cabo su proyecto, a pesar de que las circunstancias políticas y eclesiásticas eran muy adversas. Los esfuerzos del cardenal tuvieron éxito, y el Concilio volvió a reunirse en enero de 1562. Durante los dos años que duró la sesión, el santo tuvo que trabajar con la misma diplomacia y vigilancia que había empleado para conseguir que se reuniese. Varias veces estuvo a punto de disolverse la asamblea, dejando la obra incompleta, pero, con su gran habilidad y con el constante apoyo que prestó a los legados del Papa, logró que la empresa siguiese adelante. Así pues, en las nueve reuniones generales y en las numerosísimas reuniones particulares se aprobaron muchos de los decretos dogmáticos y disciplinarios de mayor importancia. El éxito se debió a san Carlos más que a cualquier otro de los personajes que participaron en la asamblea, de suerte que puede decirse que él fue el director intelectual y el espíritu rector de la tercera y última sesión del Concilio de Trento. En el curso de las reuniones murió el conde Federico Borromeo, con lo cual san Carlos quedó como jefe de su noble familia y su posición se hizo más difícil que nunca. Muchos supusieron que iba a abandonar el estado clerical para casarse, pero el santo ni siquiera pensó en ello. Renunció a sus derechos en favor de su tío Julio y se ordenó sacerdote en 1563. Dos meses más tarde, recibió la consagración episcopal, aunque no se le permitió trasladarse a su diócesis. Además de todos sus cargos, se le confió la supervisión de la publicación del Catecismo del Concilio de Trento y la reforma de los libros litúrgicos y de la música sagrada; él fue quien encomendó a Palestrina la composición de la «Missa Papae Marcelli».
Milán, que había estado durante ochenta años sin obispo residente, se hallaba en un estado deplorable. El vicario de san Carlos había hecho todo lo posible por reformar la diócesis con la ayuda de algunos jesuitas, pero sin gran éxito. Finalmente, san Carlos consiguió permiso para reunir un concilio provincial y visitar su diócesis. Antes de que partiese, el Papa le nombró legado a latere para toda Italia. El pueblo de Milán le recibió con el mayor gozo y el santo predicó en la catedral sobre el texto «Con gran deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros». Diez obispos sufragáneos asistieron al sínodo, cuyas decisiones sobre la observancia de los decretos del Concilio de Trento, sobre la disciplina y la formación del clero, sobre la celebración de los divinos oficios, sobre la administración de los sacramentos, sobre la enseñanza dominical del catecismo y sobre muchos otros puntos, fueron tan atinados, que el Papa escribió a san Carlos para felicitarle. Cuando el santo se hallaba en el cumplimiento de su oficio como legado en Toscana, fue convocado a Roma para asistir a Pío IV en su lecho de muerte, donde también le asistió san Felipe Neri. El nuevo Papa, san Pío V, pidió a san Carlos que se quedase algún tiempo en Roma para desempeñar los oficios que su predecesor le había confiado, pero el santo aprovechó la primera oportunidad para rogar al Papa que le dejase partir y, supo hacerlo con tal tino, que Pío V le despidió con su bendición.
San Carlos llegó a Milán en abril de 1566 y, en seguida empezó a trabajar enérgicamente en la reforma de su diócesis. Su primer paso fue la organización de su propia casa. Puesto que consideraba el episcopado como un estado de perfección, se mostró sumamente severo consigo mismo. Sin embargo, supo siempre aplicar la discreción a la penitencia para no desperdiciar las fuerzas que necesitaba en el cumplimiento de su deber, de suerte que aun en las mayores fatigas conservaba toda su energía. Las rentas de que disfrutaba eran pingües, pero dedicaba la mayor parte a las obras de caridad y se oponía decididamente a la ostentación y al lujo. En cierta ocasión en que alguien ordenó que le calentasen el lecho, el santo dijo, sonriendo: «La mejor manera de no encontrar el lecho demasiado frío es ir a él más frío de lo que pueda estar». Francisco Panigarola, arzobispo de Asti, dijo en la oración fúnebre por san Carlos: «De sus rentas no empleaba para su propio uso más que lo absolutamente indispensable. En cierta ocasión en que le acompañé a una visita del valle de Mesolcina, que es un sitio muy frío, le encontré por la noche estudiando, vestido únicamente con una sotana vieja. Naturalmente le dije que, si no quería morir de frío, tenía que cubrirse mejor y él sonrió al responderme: `No tengo otra sotana. Durante el día estoy obligado a vestir la púrpura cardenalicia, pero ésta es la única sotana realmente mía y me sirve lo mismo en el verano que en el invierno'». Cuando san Carlos se estableció en Milán, vendió la vajilla de plata y otros objetos preciosos en 30.000 coronas, suma que consagró íntegramente a socorrer a las familias necesitadas. Su limosnero tenía orden de repartir entre los pobres 200 coronas mensuales, sin contar las limosnas extraordinarias, que eran muy numerosas. La generosidad de san Carlos dejó un recuerdo imperecedero. Por ejemplo, supo ayudar tan liberalmente al Colegio inglés de Douai, que el cardenal Allen solía llamar a san Carlos, fundador de la institución. Por otra parte, el santo organizó retiros para su clero. El mismo hacía los Ejercicios Espirituales dos veces al año y tenía por regla confesarse todos los días antes de celebrar la misa. Su confesor ordinario era el Dr. Crifiith Roberts, de la diócesis de Bangor, autor de la famosa gramática galesa. San Carlos nombró a otro galés (el Dr. Owen, quien más tarde llegó a ser obispo de Calabria) vicario general de su diócesis, y llevaba siempre consigo una pequeña imagen de san Juan Fisher. Tenía el mayor respeto por la liturgia, de suerte que jamás decía una oración ni administraba ningún sacramento apresuradamente, por grande que fuese su prisa o por larga que resultase la función.
Su espíritu de oración y su amor de Dios dejaban en los otros un gran gozo espiritual, le ganaban los corazones, e infundían en todos el deseo de perseverar en la virtud y de sufrir por ella. Tal fue el espíritu que san Carlos aplicó a la reforma de su diócesis, empezando por la organización de su propia casa. Su casa estaba compuesta de unas cien personas; la mayor parte eran clérigos, a los que el santo pagaba generosamente para evitar que recibiesen regalos de otros. En la diócesis se conocía mal la religión y se la comprendía aún menos; las prácticas religiosas estaban desfiguradas por la superstición y profanadas por los abusos. Los sacramentos habían caído en el abandono, porque muchos sacerdotes apenas sabían cómo administrarlos y eran indolentes, ignorantes y de mala vida. Los monasterios se hallaban en el mayor desorden. Por medio de concilios provinciales, sínodos diocesanos y múltiples instrucciones pastorales, san Carlos aplicó progresivamente las medidas necesarias para la reforma del clero y del pueblo. Aquellas medidas fueron tan sabias, que una gran cantidad de prelados las consideran todavía como un modelo y las estudian para aplicarlas. San Carlos fue uno de los hombres más eminentes en teología pastoral que Dios enviara a su Iglesia para remediar los desórdenes producidos por la decadencia espiritual de la Edad Media y por los excesos de los reformadores protestantes. Empleando por una parte la ternura paternal y las ardientes exhortaciones y, poniendo rigurosamente en práctica, por la otra, los decretos de los sínodos, sin distinción de personas, ni clases, ni privilegios, doblegó poco a poco a los obstinados y llegó a vencer dificultades que habrían desalentado aun a los más valientes. San Carlos tuvo que superar su propia dificultad de palabra, a base de paciencia y atención, pues tenía un defecto en la lengua. A este propósito, decía su amigo Aquiles Gagliardi: «Muchas veces me he maravillado de que, aun sin poseer elocuencia natural alguna, sin tener ningún atractivo especial en su persona, haya conseguido obrar tales cambios en el corazón de sus oyentes. Hablaba brevemente, con suma seriedad y apenas se podía oír su voz; sin embargo, sus palabras producían siempre efecto». San Carlos ordenó que se atendiense especialmente a la instrucción cristiana de los niños. No contento con imponer a los sacerdotes la obligación de enseñar públicamente el catecismo todos los domingos y días de fiesta, estableció la Cofradía de la Doctrina Cristiana, que llegó a contar, según se dice, con 740 escuelas, 3.000 catequistas y 40.000 alumnos. San Carlos se valió particularmente de los clérigos regulares de San Pablo («barnabitas»), cuyas constituciones él mismo había ayudado a revisar y, en 1578, fundó una congregación de sacerdotes seculares, llamados Oblatos de San Ambrosio que, por un voto simple de obediencia a su obispo, se ponían a disposición de éste para que los emplease a su gusto en la obra de la salvación de las almas. Pío XI formó parte más tarde de esa congregación, cuyos miembros se llaman actualmente Oblatos de San Ambrosio y de San Carlos.
Pero no en todas partes se acogió bien la obra reformadora del santo, quien en ciertos casos tuvo que hacer frente a una oposición violenta y sin escrúpulos. En 1567, tuvo una dificultad con el senado. Ciertos laicos que llevaban abiertamente una vida poco edificante y se negaban a prestar oídos a las exhortaciones del santo, fueron aprisionados por orden suya. El senado amenazó, por ese motivo, a los funcionarios de la curia del arzobispo, y el asunto llegó hasta el Papa y Felipe II de España. Entre tanto, el alguacil episcopal fue golpeado y expulsado de la ciudad. San Carlos, después de considerar la cosa maduramente, excomulgó a los que habían participado en el ataque. Finalmente, el fallo sobre este conflicto de jurisdicción favoreció a san Carlos, ya que en la ley de la época un arzobispo gozaba de cierto poder ejecutivo; pero el gobernador de Milán se negó a aceptar esa decisión. San Carlos partió por entonces a visitar tres valles alpinos: el de Levantina, el de Bregno y La Riviera, que los anteriores arzobispos habían dejado completamente abandonados y donde la corrupción del clero era todavía mayor que la de los laicos, con los resultados que pueden imaginarse. El santo predicó y catequizó por todas partes, destituyó a los clérigos indignos y los reemplazó por hombres capaces de restaurar la fe y las costumbres del pueblo y de resistir a los ataques de los protestantes zwinglianos. Pero sus enemigos de Milán no le dejaron mucho tiempo en paz. Como la conducta de algunos de los canónigos de la colegiata de Santa Maria della Scala (que pretendían estar exentos de la jurisdicción del ordinario) no correspondiese a su dignidad, san Carlos consultó a san Pío V, quien le contestó que tenía derecho a visitar dicha iglesia y a tomar contra los canónigos las medidas que juzgase necesarias. San Carlos se presentó entonces en la iglesia a hacer la visita canónica; pero los canónigos le dieron con la puerta en las narices y alguien hizo un disparo contra la cruz que el santo había alzado con la mano durante el tumulto. El senado se puso en favor de los canónigos y presentó a Felipe II de España las más virulentas acusaciones contra el arzobispo, diciendo que se había arrogado los derechos del rey, porque la colegiata estaba bajo el patronato regio. Por otra parte, el gobernador de Milán escribió al Papa, amenazando con desterrar al cardenal Borromeo por traidor. Finalmente, el rey escribió al gobernador para que apoyase al arzobispo y los canónigos ofrecieron resistencia algún tiempo, pero acabaron por doblegarse.
Antes de que ese asunto se solucionase, la vida de san Carlos corrió un peligro todavía mayor: la orden religiosa de los humiliati, que contaba ya con muy pocos miembros pero poseía aún muchos monasterios y tierras, se había sometido a las medidas reformadoras del arzobispo, pero los humiliati estaban totalmente corrompidos y su sumisión había sido aparente. En efecto, intentaron por todos los medios conseguir que el Papa anulase las disposiciones de san Carlos y, al fracasar sus intentos, tres priores de la orden tramaron un complot para asesinar a san Carlos. Un sacerdote de la orden, llamado Jerónimo Donati Farina, aceptó hacer el intento de matar al santo por veinte monedas de oro. Se obtuvo esa suma con la venta de los ornamentos de una iglesia. El 26 de octubre de 1569, Farina se apostó a la puerta de la capilla de la casa de san Carlos, en tanto que éste rezaba las oraciones de la noche con los suyos. Los presentes cantaban un himno de Orlando di Lasso y, precisamente en el momento en que entonaban las palabras «Ya es tiempo de que vuelva a Aquél que me envió», el asesino descargó su pistola contra el santo. Farina consiguió escapar en el tumulto que se produjo, en tanto que san Carlos, pensando que estaba herido de muerte, encomendaba su alma a Dios. En realidad la bala sólo había tocado sus ropas y su manto cardenalicio había caído al suelo, pero el santo estaba ileso. Después de una solemne procesión de acción de gracias, san Carlos se retiró unos días a un monasterio de la Cartuja para consagrar nuevamente su vida a Dios.
Al salir de su retiro, visitó otra vez los tres valles de los Alpes y aprovechó la oportunidad para recorrer también los cantones suizos católicos, donde convirtió a cierto número de zwinglianos y restauró la disciplina en los monasterios. La cosecha de aquel año se perdió y, al siguiente, Milán atravesó por un período de carestía. San Carlos pidió ayuda para procurar alimentos a los necesitados y, durante tres meses, dio de comer diariamente a tres mil pobres con sus propias rentas. Como había estado bastante mal de salud, los médicos le ordenaron que modificase su régimen de vida, pero el cambio no produjo ninguna mejoría. Después de asistir en Roma al cónclave que eligió a Gregorio XIII, el santo volvió a su antiguo régimen y así, pronto se recuperó. Al poco tiempo, tuvo un nuevo conflicto con el poder civil de Milán, pues el nuevo gobernador, Don Luis de Requesens, trató de reducir la jurisdicción local de la Iglesia y de poner en mal al arzobispo con el rey. San Carlos no vaciló en excomulgar a Requesens quien, para vengarse, envió un pelotón de soldados a patrullar las cercanías del palacio episcopal y prohibió que las cofradías se reuniesen cuando no estuviera presente un magistrado. Felipe II acabó por destituir al gobernador. Pero esos triunfos públicos no fueron, por cierto, la parte más importante del «cuidado pastoral» que ensalza el oficio de la fiesta de san Carlos. Su tarea principal consistió en formar un clero virtuoso y bien preparado. En cierta ocasión en que un sacerdote ejemplar se hallaba gravemente enfermo, las gentes comentaron que el arzobispo se preocupaba demasiado por él. El santo respondió: «¡Bien se ve que no sabéis lo que vale la vida de un buen sacerdote!» Ya mencionamos arriba la fundación de los oblatos de San Ambrosio, que tanto éxito tuvieron. Por otra parte, san Carlos reunió cinco sínodos provinciales y once diocesanos. Era infatigable en la visita a las parroquias. Cuando uno de sus sufragáneos le dijo que no tenía nada que hacer, el santo le mandó una larga lista de las obligaciones episcopales, añadiendo después de cada punto: «¿Cómo puede decir un obispo que no tiene nada que hacer?» El santo fundó tres seminarios en la arquidiócesis de Milán, para otros tantos tipos de jóvenes que se preparaban al sacerdocio y exigió en todas partes que se aplicasen las disposiciones del Concilio Tridentino acerca de la formación sacerdotal. En 1575, fue a Roma a ganar la indulgencia del jubileo y, al año siguiente, la instituyó en Milán. Acudieron entonces a la ciudad grandes multitudes de peregrinos, algunos de los cuales estaban contaminados con la peste, de suerte que la epidemia se propagó en Milán con gran virulencia.
El gobernador y muchos de los nobles abandonaron la ciudad. San Carlos se consagró enteramente al cuidado de los enfermos. Como su clero no fuese suficientemente numeroso para asistir a las víctimas, reunió a los superiores de las comunidades religiosas y les pidió ayuda. Inmediatamente se ofrecieron como voluntarios muchos religiosos, a quienes san Carlos hospedó en su propia casa. Después escribió al gobernador, Don Antonio de Guzmán, echándole en cara su cobardía, y consiguió que volviese a su puesto, con otros magistrados, para esforzarse en poner coto al desastre. El hospital de San Gregorio resultaba demasiado pequeño y siempre estaba repleto de muertos, moribundos y enfermos a quienes nadie se encargaba de asistir. El espectáculo arrancó lágrimas a san Carlos, quien tuvo que pedir auxilio a los sacerdotes de los valles alpinos, pues los de Milán se negaron, al principio, a ir al hospital. La epidemia acabó con el comercio, lo cual produjo la carestía. San Carlos agotó literalmente sus recursos para ayudar a los necesitados y contrajo grandes deudas. Llegó al extremo de transformar en vestidos para los pobres, los toldos y doseles de colores que solían colgarse desde el palacio episcopal hasta la catedral, durante las procesiones. Se colocó a los enfermos en las casas vacías de las afueras de la ciudad y en refugios improvisados; los sacerdotes organizaron cuerpos de ayudantes laicos, y se erigieron altares en las calles para que los enfermos pudiesen asistir a la misa desde las ventanas. Pero el arzobispo no se contentó con orar, hacer penitencia, organizar y distribuir, sino que asistió personalmente a los enfermos, a los moribundos y acudió en socorro de los necesitados. Los altibajos de la peste duraron desde el verano de 1576 hasta principios de 1578. Ni siquiera en ese período dejaron los magistrados de Milán de hacer intentos para poner en mal a san Carlos con el Papa. Tal vez algunas de sus quejas no eran del todo infundadas, pero todas ellas revelaban, en el fondo, la ineficacia y estupidez de quienes las presentaban. Cuando terminó la epidemia, san Carlos decidió reorganizar el capítulo de la catedral sobre la base de la vida común. Los canónigos se opusieron y el santo determinó entonces fundar sus oblatos. En la primavera de 1580, hospedó durante una semana a una docena de jóvenes ingleses que iban de paso hacia la misión de Inglaterra y uno de ellos predicó ante él: era san Rodolfo Sherwin, quien un año y medio más tarde había de morir por la fe en Londres. Poco después, san Carlos le dio la primera comunión a san Luis Gonzaga, que tenía entonces doce años. Por esa época viajó mucho y las penurias y fatigas empezaron a afectar su salud. Además, había reducido las horas de sueño y el Papa hubo de recomendarle que no llevase demasiado lejos el ayuno cuaresmal. A fines de 1583, san Carlos fue enviado a Suiza como visitador apostólico y en Grisons tuvo que enfrentarse no sólo contra los protestantes, sino también contra un movimiento de brujas y hechiceros. En Roveredo, el pueblo acusó al párroco de practicar la magia y el santo se vio obligado a degradarle y entregarle al brazo secular. No se avergonzaba de discutir pacientemente sobre puntos teológicos con las campesinas protestantes de la región y, en cierta ocasión, hizo esperar a su comitiva hasta que consiguió hacer aprender el Padrenuestro y el Avemaría a un ignorante pastorcito. Habiéndose enterado de que el duque Carlos de Saboya había caído enfermo en Vercelli, fue a verle inmediatamente y le encontró agonizante. Pero, en cuanto entró en la habitación del duque, éste exclamó: «¡Estoy curado!» El santo le dio la comunión al día siguiente. Carlos de Saboya pensó siempre que había recobrado la salud gracias a las oraciones de san Carlos y, después de la muerte de éste, mandó colgar en su sepulcro una lámpara de plata.
En el año de 1584 decayó más la salud del santo. Después de fundar en Milán una casa de convalecencia, san Carlos partió en octubre, a Monte Varallo para hacer su retiro anual, acompañado por el P. Adorno, S. J. Antes de partir, había predicho a varias personas que le quedaba ya poco tiempo de vida. En efecto, el 24 de octubre se sintió enfermo y, el 29 del mismo mes, partió de regreso a Milán, a donde llegó el día de los fieles difuntos. La víspera había celebrado su última misa en Arona, su ciudad natal. Una vez en el lecho, pidió los últimos sacramentos «inmediatamente» y los recibió de manos del arcipreste de su catedral. Al principio de la noche del 3 al 4 de noviembre, murió apaciblemente, mientras pronunciaba las palabras «Ecce venio». No tenía más que cuarenta y seis años de edad. La devoción al santo cardenal se propagó rápidamente. En 1601, el cardenal Baronio, quien le llamó «un segundo Ambrosio», mandó al clero de Milán una orden de Clemente VIII para que, en el aniversario de la muerte del arzobispo, no celebrasen misa de requiem, sino una misa solemne. San Carlos fue oficialmente canonizado por Paulo V en 1610.
Se puede decir, con verdad, que hasta la fecha no se ha publicado ninguna biografía de san Carlos basada en un estudio serio de los materiales que se encuentran en los archivos privados, diplomáticos y eclesiásticos. Los lectores modernos conocen al santo, sobre todo, a través de la biografía de Giussano (1610), cuya edición latina anotó Oltrocchi en 1751 y la del P. Sylvain, Histoire de Saint Charles Borromée (3 vols, 1884). Tal vez la más valiosa de las fuentes, dado que se trata de la obra de un amigo que conoció íntimamente a san Carlos, es el libro del barnabita Bascape, De vita et rebus gestis Caroli cardinalis (1592). En el siglo XX se han publicado muchos estudios históricos sobre los resultados del Concilio de Trento en materia de contrarreforma, y muchos de ellos arrojan luz sobre la vida y las actividades de san Carlos. En este sentido, podríamos dar aquí una bibliografía inmensa; pero nos contentaremos con citar las obras principales. Entre las obras de tipo general, conviene ver la Historia de los Papas de Pastor, y la vasta colección de documentos iniciada por Merkle y Ehses acerca de las sesiones del Concilio de Trento. J. A. Sassi editó en 1747 los escritos de San Carlos en cinco volúmenes; pero en aquella época, no se conocía o no se podía publicar, una gran parte de la correspondencia del santo. Acerca de la acusación que se hizo a San Carlos de perseguir despiadadamente a los herejes, cf. The Tablet, 29 de julio de 1905. Sobre la falla de precauciones sanitarias durante la gran epidemia, véase el importantísimo estudio del P. A. Gemelli, en Scuola Cattolica (1910).
Cuadros:G. Lanfranchi: San Carlos Borromeo en éxtasis, s. XVII y Carlos Saraceni: San Carlos Borromeo asiste a un apestado, 1618.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_4029

San Carlos Borromeo, 4 de noviembre


San Carlos Borromeo
San Carlos Borromeo

San Carlos Borromeo, 4 de noviembre

Cardenal arzobispo de Milán

«Cardenal arzobispo de Milán, otra de las grandes figuras de la Iglesia. Ascendió al cardenalato apenas entrado en la veintena. Ejerció su fecunda misión pastoral sellándola con su gran caridad, ardor apostólico, piedad y devoción»
Entre otros santos, este ilustre cardenal fue contemporáneo de Felipe Neri, Ignacio de Loyola, y Francisco de Borja. Se convertiría en una de las figuras representativas de la Contrarreforma. California honra su memoria con una misión que lleva su nombre gracias al gran apóstol franciscano y santo mallorquín, fray Junípero Serra, que lo eligió para nominar su segunda fundación en 1770. Los restos mortales de este heroico misionero, que fue beatificado por Juan Pablo II el 25 de septiembre de 1988, se custodian en el Duomo de Milán.
Carlos nació el 2 de octubre de 1538 en la fortaleza de Arona, propiedad de sus padres, los nobles Gilberto Borromeo y Margarita de Médicis, hermana del papa Pío IV. Era el tercero de seis vástagos, aunque la familia vivió la tragedia de la desaparición del primogénito que se cayó de un caballo. Precisamente este suceso fue interpretado por el santo como una señal del cielo que le invitaba a centrarse en la búsqueda del bien, para no ser sorprendido por la postrera llamada de Dios sin estar preparado. Fue un niño devoto, prematuro en su vocación, muy responsable, como lo fue en la asunción de las altas misiones que le serían confiadas. Con solo 12 años recibió la tonsura. Luego cursó estudios en Milán y en la universidad de Pavía, formación que completó provechosamente, a pesar de que no era excesivamente brillante, y además tenía una seria dificultad para expresarse. Su conducta intachable, en la que se advertía su gran madurez, le convirtió en modelo para otros estudiantes.
Ya había muerto su hermano mayor, cuando determinó ser ordenado sacerdote después de renunciar a sus derechos sucesorios y a los bienes que llevaba anejos. También se alejó de una vida, que sin ser disipada, era bastante despreocupada, por así decir. El lujo, la música, y el ajedrez formaban parte de su acontecer. Se doctoró a los 22 años. Unos meses antes, en enero de 1560, su tío Giovanni, elegido pontífice Pío IV tras la muerte de Pablo IV, lo designó cardenal diácono. Con posterioridad le encomendó la sede de Milán, a la que ascendió como arzobispo a la edad de 25 años, y en la que permaneció hasta el fin de sus días. Evidentemente, su carrera estaba siendo meteórica. Por si fuera poco, el pontífice añadió nuevas misiones como legado de Bolonia, de la Romagna, de la Marca de Ancona, del protectorado de Portugal, de los Países Bajos, de los cantones de Suiza y otras. Fueron tantas y de tal envergadura las responsabilidades que recayeron sobre él que no pueden sintetizarse en este espacio. Asumió todas con dignidad, y lo más sorprendente: aún sacaba tiempo para ocuparse de asuntos familiares, hacer ejercicio y escuchar música.
Como Pío IV lo retuvo junto a él, inicialmente no pudo afrontar in situlos graves desórdenes que había en Milán. Un día el arzobispo de Braga, Bartolomé de Martyribus, acudió a Roma, y Carlos le confesó: «Ya veis la posición que ocupo. Ya sabéis lo que significa ser sobrino, y sobrino predilecto de un papa, y no ignoráis lo que es vivir en la corte romana. Los peligros son inmensos. ¿Qué puedo hacer yo, joven inexperto? Mi mayor penitencia es el fervor que Dios me ha dado y, con frecuencia, pienso en retirarme a un monasterio a vivir como si solo Dios y yo existiésemos».El consejo que le dio el noble prelado luso fue que se mantuviese fiel a su misión. Pero más tarde, Carlos supo que el motivo del viaje de este obispo había sido renunciar a la suya, y naturalmente le pidió una explicación, que aquél le proporcionó con sumo tacto y delicadeza.
Gracias a su fe, tesón y energía logró que salieran adelante proyectos de gran calado en circunstancias adversas y sumamente difíciles. Fue un hombre de oración, caritativo, exigente y severo consigo mismo, piadoso y misericordioso con los demás, muy generoso con los pobres a los que constantemente daba limosna; un gran diplomático y defensor de la fe, así como restaurador del clero. Convocó sínodos, erigió seminariosy casas de formación para los sacerdotes,  construyó hospitales y hospicios donando sus bienes, visitó en distintas ocasiones la diócesis, alentó en la vivencia de las verdades de la fe a todos, etc. Fue un ejemplar pastor entregado a su grey que luchó contra la opresión de los poderosos, e hizo frente también a las herejías, además de cercenar las costumbres licenciosas. «Las almas se conquistan con las rodillas», solía decir, sabiendo el valor incomparable que tiene la oración, siempre bendecida por Dios.
Pío IV murió en 1565 y Carlos pudo regresar a Milán. Desempeñó un papel decisivo en el Concilio de Trento y no tuvo reparos en sujetar a los religiosos y al clero con una severa disciplina. Por este motivo, los violentos se cebaran en él al punto de atentar contra su vida, como hizo Farina en su fallido intento el 26 de octubre de 1569, después de haberla tasado en veinte monedas de oro. Durante la epidemia de peste su objetivo principal fue atender a los enfermos acogidos en su propia casa; palió las carencias que tenían para poder vestirse utilizando los cortinajes del palacio episcopal. En 1572 participó en el cónclave que eligió a Gregorio XIII. Ese mismo año se convirtió en miembro de la Penitenciaría Apostólica.
Cuando en Milán se desató la epidemia de peste en 1576, socorrió a los damnificados, consoló a los afligidos enfermos en los lazaretos y ayudó a dar sepultura a los fallecidos. En 1578 fundó los Oblatos de San Ambrosio, congregación de sacerdotes seculares, las «escuelas dominicanas», una academia en el Vaticano, fundó el Colegio helvético para ayudar a los católicos suizos, y encomendó a Palestrina la composición de la Missa Papae Maecelli, entre otras acciones. Maestro y confesor de san Luís Gonzaga, le dio la primera comunión en julio de 1580. Sus conferencias y reflexiones se hallan compendiadas en la obra Noctes Vaticanae. Murió el 3 de noviembre de 1584. Pablo V lo beatificó el 12 de mayo de 1602, y también lo canonizó el 1 de noviembre de 1610.

lunes, 5 de febrero de 2018

7 fallos de nuestra cultura de seminarios para formar a los líderes católicos del siglo XXI (05022018)

Catholic Missionary Disciples habla de pasar de la «gestión» a la «misión»

7 fallos de nuestra cultura de seminarios para formar a los líderes católicos del siglo XXI

7 fallos de nuestra cultura de seminarios para formar a los líderes católicos del siglo XXI
Los sacerdotes siguen apostando en general por una pastoral de conservación y de gestión antes que por la evangelización

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5 febrero 2018
“Id pues y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Este fue el mandato de Jesús a sus apóstoles que recoge el Evangelio de San Mateo y que resume la misión de la Iglesia fundada en Pentecostés.

Sin embargo, en Occidente la Iglesia Católica pierde cada año millones de fieles siendo África y Asia  las que frenan esta caída y gracias a las cuales el catolicismo sigue creciendo en número.

Mientras tanto, en buena parte de las diócesis y parroquias de Europa y en menor medida de Estados Unidos se siguen manteniendo las mismas estructuras desde hace décadasapostando por una pastoral de conservación y no de evangelización. Todo ello en medio de una sangría de fieles que está vaciando las iglesias.

Muchos sacerdotes se sienten abrumados y no saben qué hacer, tampoco en los seminarios se ha dado una respuesta a este nuevo paradigma mientas la falta de líderes católicos impide o ralentiza una remontada de esta situación.


Marcel Lejeune, laico casado y padre de cinco hijos, dirige Catholic Missionary Disciples

Marcel Lejeune analiza esta situación en Catholic Missionary Disciples, iniciativa de formación de líderes católicos para la Nueva Evangelización, y habla de 7 fallos que se producen en el seno de la Iglesia y que provocan que el catolicismo siga cayendo en número, sobre todo en Occidente.

En su opinión, en la Iglesia actual “hay una cultura de gestión, no de misión”, “poca visión para el crecimiento, poca transformación y mucho status quo”.

Pero lo más grave para Lejeune es que “vemos una falta de líderes, qué hacer al respecto y querer cambiar”. Estos son 7 motivos que él considera que provocan esta situación:

1. Los seminarios no forman líderes para la parroquia moderna.  La formación del seminario es un entorno hiperacadémico, donde los hombres jóvenes pasan la mayor parte del tiempo con sus compañeros, aprendiendo de hombres (en su mayoría) mayores, que los forman en filosofía, teología, sacramentos, asuntos pastorales. Cuando estos hombres entran en contacto con una parroquia, sin embargo, lidian con asuntos multigeneracionales: familias, mujeres, y la mayor parte de ellos (los sacerdotes) viven solos. Raramente llegan a utilizar plenamente sus estudios de filosofía y teología.

Pero este problema no sólo atañe a los seminarios sino a las instituciones católicas en las que deben formarse los líderes católicos laicos.  En ambos sitios, en general, no preparan para las situaciones reales que vivirán.

2. La capacitación pastoral rara vez ayuda a comprender la verdadera evangelización. Con demasiada frecuencia, afirma Lejeune, se ve a los líderes actuando como gerentes de status quo. En su opinión, no tienen la respuesta para romper el declive en las parroquias, pues es algo creativo y transformador. Esto se debe a que su experiencia en la pastoral se ha centrado en catequesis, sacramentos, eventos… No entienden cómo multiplicarse espiritualmente o cómo formar discípulos misioneros, porque no han aprendido de nadie que hiciera estas cosas. Son para ellos conceptos extraños que muchos de los que deben ser líderes católicos no han experimentado personalmente.


Las iglesias de Occidente se siguen vacíando rápidamente

3. Los cambios son siempre difíciles y todo el mundo prefiere la comodidad. Es algo que afecta a todos pero se debe cambiar la forma en que se está trabajando o la Iglesia seguirá cayendo. Pone como ejemplo Estados Unidos donde por cada persona que se une a la Iglesia, cuatro católicos la abandonan. No se puede seguir aceptando esto sin más y simplemente continuar “gestionando” las parroquias y diócesis.

4. Falta de apertura a la “experimentación” y los nuevos movimientos.  Lejeune aclara que no se trata de cambiar la doctrina sino que se necesitan nuevas formas de actuar, nuevos movimientos y un nuevo espíritu misionero. Sin embargo, sigue habiendo en general una resistencia a estas nuevas formas de hacer las cosas. Se trata de miedo. Miedo al cambio. Miedo a tener que humillarse para probar algo nuevo, temor a que el trabajo realizado no haya sido fructífero. Todos somos humanos y nadie hace las cosas de manera perfecta pero con humildad y valentía la cosa puede ir a mejor.

5. Cultura de la enseñanza, no de la evangelización. Es necesario e imprescindible mostrar lo que Jesús enseñó. Pero Lejeune considera que la enseñanza no es la clave para que el corazón de alguien se convierta a Cristo. Más bien, se trata de un encuentro con Jesús, donde se da una oportunidad de elegir seguirlo, y una invitación al arrepentimiento y a la conversión. Esto es para él la evangelización. Y es precisamente lo que se está perdiendo.

A su juicio, cuando muchos líderes se encargan de la planificación pastoral, recurren a lo que conocen y muchos terminan convirtiendo la enseñanza en el núcleo de todo. Y así se vuelve al problema de siempre: “¡catequizar y administrar sacramentos no es igual a evangelizar”.


Cada vez hay más iniciativas en las que participan sacerdotes enfocadas a esta necesaria renovación parroquial enfocada a la evangelización

6. Parar después de hacer conversos. Ahora se habla mucho de discipulado, y se convierte en objetivo. Pero el hacer discípulos no es el objetivo final. “Necesitamos apuntar hacia los discípulos que hacen otros discípulos, que hacen otros discípulos. Esta es una cultura de multiplicar discípulos".

7. No se hacen cambios porque hacerlo significaría reconocer que no siempre se ha actuado correctamente. El cambio requiere humildad y la rendición de cuentas más todavía. ¿Se imaginan –pregunte Lejeune- que un obispo admitiera que no tiene todas las respuestas, que necesita ayuda y que está tratando de aprender de los demás cuál sería la mejor manera de cambiar su diócesis, que se está desangrando? Personalmente, lo admiraría mucho por tanta humildad”.

“La solución no es fácil, necesitamos cambios en la forma en que trabajamos en nuestras parroquias y diócesis. Esto comienza con humildad y oración. Entonces podremos realmente discernir qué necesita cada uno de nosotros para crecer como líderes. Necesitamos la visión adecuada. Necesitamos ayuda. La razón es que Dios quiere renovar nuestra Iglesia para que podamos cumplir su misión. Recuerda que un puñado de discípulos cambió el mundo en pocas generaciones después de Pentecostés, ¿qué pasa con nosotros?”.

martes, 15 de marzo de 2016

El Vaticano estudia que sólo se ordenen hombres de 27 años o más: muchos jóvenes son muy inmaduros 14032016


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Estudiarían teología y filosofía 7 años, no cinco como hasta ahora

El Vaticano estudia que sólo se ordenen hombres de 27 años o más: muchos jóvenes son muy inmaduros

El Vaticano estudia que sólo se ordenen hombres de 27 años o más: muchos jóvenes son muy inmaduros
La Iglesia está estudiando retrasar la edad mínima para la ordenación sacerdotal, estableciéndola en los 27 años, y alargar los años de estudio

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14 marzo 2016
Obispos, rectores, formadores y directores espirituales de seminarios estudian cómo contrarrestar la creciente inmadurez con la que los jóvenes llegan al seminario.

La Santa Sede quiere ampliar la edad mínima para ordenarse, mientras en España se profesionaliza la formación humana y afectiva que reciben los candidatos al sacerdocio

Más de mil jóvenes se preparan en los seminarios de España para ser sacerdotes. A pesar de la sequía de vocaciones en Europa, España sigue siendo cantera de seminaristas, cuyo número, tras años de duro descenso, comienza a remontar. Según las estadísticas de la Conferencia Episcopal (CEE), la cifra de candidatos al sacerdocio se ha incrementado lentamente en los últimos ocho años, hasta los 1.300 de este curso.

La cifra total es algo menor que el año pasado (cuando había 1.357 seminaristas), pero esto es debido a que muchos de ellos acaban de ordenarse. Sí hay aumento con respecto al ingreso de nuevos seminaristas. De hecho, ya hay más nuevos seminaristas que curas recién ordenados: por los 150 sacerdotes que recibieron la consagración el año pasado,este curso han ingresado en los seminarios de España 270 jóvenes.

Jóvenes como los demás

Con todo, el problema que más inquieta a la Iglesia en relación con los seminaristas no tiene que ver con los números. Como explica a Alfa y Omega el presidente de la Comisión de Seminarios y Universidades de la CEE, el obispo de Urgell, monseñor Joan Enric Vives, «los seminaristas son jóvenes como los demás, hijos de nuestra sociedad, y llegan con las mismas carencias afectivas, humanas y de maduración que sufren el resto de los jóvenes, y que son cada vez mayores».

Carencias que se ejemplifican en casos como el de C., incapaz de concentrarse en la oración por la costumbre de mirar Whatsapp cada poco tiempo; como R., que hablaba porteléfono con una amiga cada noche desde su habitación del seminario, ocultándoselo a su formador; o como el de M., hijo de divorciados y con grandes dificultades para mantener relaciones afectivas sanas. Todos ellos son casos reales, relatados a este semanario por distintos formadores y rectores de seminarios de España.

Y aunque, como explica monseñor Vives, «Dios no llama a personas perfectas para el sacerdocio, sino a hombres que están en un proceso continuo de maduración», desde los seminarios se trabaja para ver «cómo podemos ayudar a los seminaristas a hacer un mejor discernimiento de su vocación, y a formarlos para ser sacerdotes maduros, equilibrados y capaces de ser ministros de la misericordia de Dios».



Nuevas directrices desde Roma
La cuestión de la inmadurez humana y afectiva de los candidatos al sacerdocio no es exclusiva de España.

Según ha podido saber Alfa y Omega, la Santa Sede está ultimando una nueva Ratio fundamentalis (el documento que explica cómo debe ser la formación de los futuros sacerdotes), en la que, entre otras novedades, se plantea retrasar dos años –hasta los 27– la edad mínima para recibir la ordenación, o exigir que todos los seminarios incluyan un curso introductorio previo al ingreso definitivo.

También pone el acento más en «la configuración con Cristo» que en la formación académica; distribuye en siete años los estudios de Teología y Filosofía –que serán más profundos–, frente a los cinco actuales; y refuerza la etapa pastoral de los últimos años,insistiendo en la dimensión comunitaria para evitar el aislamiento y la soledad.

Integrar psicología y espíritu

Antes de ser publicada, probablemente a lo largo de este año, la nueva Ratio está siendo analizada por obispos y responsables de seminarios de todo el mundo. También los de España. Todas estas novedades sonaron como música de fondo durante el Encuentro nacional de formadores de seminarios que organizó en septiembre la CEE, y cuyo ponente principal fue el jesuita Adrián López Galindo.

En declaraciones a este semanario, López Galindo –psicólogo, psicoterapeuta, director del máster Discernimiento vocacional y acompañamiento espiritual de la Universidad Pontificia de Comillas y miembro de la Escuela de Formadores de Salamanca– explica que «es muy importante que en la formación de los seminaristas se integren la vida espiritual y los aspectos humanos, afectivos y psicológicos. Para eso hace falta que los formadores estén bien preparados, que trabajen en equipo junto a los directores espirituales y rectores, y que cuenten –como ya hacen algunos– con psicoterapeutas de confianza, sensibles a la acción de Dios pero capaces de hacer una valoración médica».

Ni psicoanálisis, ni ingenuidad
Como señala López Galindo, no se trata de sustituir el acompañamiento espiritual por el psicoanálisis, ni de «jugar a ser psicólogos dando consejitos», sino de «llevar a cabo un acompañamiento personalizado que valore, de forma objetiva, la evolución en la vida espiritual y eclesial de la persona, su apertura a Dios y su entrega a los demás, y también las posibles patologías que pueda tener y que le impidan vivir con el equilibrio que necesita la vocación, o detectar las necesidades psicológicas y las carencias afectivas que con un buen diagnóstico y un buen tratamiento pueden irse superando».

Porque «no es serio tratar una depresión como una desolación espiritual; ni pensar que un joven que está todo el tiempo a la gresca y es incapaz de hacer amigos es solo un poco seco; o que hay un problema de pureza cuando se dan relaciones heterosexuales, homosexuales y masturbación, todo a la vez», añade, mencionando casos reales que han pasado por sus manos.

Transparencia y apertura a Dios

Uno de los seminarios donde se están reforzando estas líneas de trabajo es el conciliar de Madrid. Su rector, Jesús Vidal, explica que «el trabajo de acompañamiento personal es imprescindible para verificar la llamada de Dios, pero también la madurez de la persona, desde cuatro ángulos: humano, intelectual, espiritual y pastoral».

Un radio de trabajo personal que para el seminarista puede resultar un puzle amplio y, en ocasiones, complicado e introspectivo, pero que a la postre resulta útil y liberador. «Vamos hacia un modelo de formación que trasciende el ritmo de la formación académica, porque, por ejemplo, un joven puede terminar la Teología en menos años de los que necesita para integrar y sanar las heridas afectivas que arrastra desde niño», explica.

Para ello es clave «la transparencia con el formador y el director espiritual» y, sobre todo, no perder de vista que, «como decía Benedicto XVI, el seminario no es un lugar, sino un tiempo en el que la gracia de Dios ayuda a cada seminarista a crecer, a madurar, a conocerse para vivir en la verdad de su vida, y a descubrir si está llamado a ser otro Cristo, capaz de entregarse por completo a Él y a los demás, con libertad, con alegría y con decisión», concluye Jesús Vidal.
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