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domingo, 30 de diciembre de 2018

Ángelus: Asombro y angustia, dos elementos en los que centra su atención el Papa 30122018



Ángelus 16 Dic. ©Vatican Media

Ángelus: Asombro y angustia, dos elementos en los que centra su atención el Papa

Antes del Ángelus (texto completo)
(ZENIT – 30 dic. 2018).- A las 12 del mediodía de hoy, en la fiesta de la Sagrada Familia, el Papa Francisco recita el Ángelus desde la ventana del estudio en el Palacio Apostólico ante 50.000 fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.
Estas son las palabras del Papa al presentar la oración mariana:
Palabras del Papa antes del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia y la liturgia nos invita a reflexionar sobre la experiencia de María, José y Jesús, unidos por un intenso amor y animados por una gran confianza en Dios. El pasaje del Evangelio de hoy (cf. Lc 2,41-52 ) narra el camino de la familia de Nazaret a Jerusalén, para la fiesta de la Pascua. Pero, en el viaje de regreso, los padres se dan cuenta de que su hijo de doce años no está en la caravana. Después de tres días de búsqueda y temor, lo encuentran en el templo, sentado entre los doctores, intentando debatir con ellos. Al ver al Hijo, María y José se “maravillaron” (v. 48) y la Madre expresó su temor diciendo: “Tu padre y yo, angustiados, te buscamos” (ibid.).
Asombro y angustia son los dos elementos sobre los que me gustaría llamar su atención.
En la familia de Nazaret, no ha faltado nunca el asombro, ni siquiera en un momento dramático como el de la pérdida de Jesús: es la capacidad de maravillarse ante la manifestación gradual del Hijo de Dios. Es el mismo asombro que también afecta a los doctores del templo admirado “por su inteligencia y sus respuestas” (v.47). Pero ¿ qué es el estupor, qué es el maravillarse? Asombrarse y maravillarse es lo contrario de dar todo por sentado, es lo contrario de interpretar la realidad que nos rodea y los acontecimientos de la historia solo según nuestros criterios. Una persona que hace esto  no sabe lo que es la admiración, lo que es el estupor. Sorprenderse es abrirse a los demás, comprender las razones de los demás: esta actitud es importante para curar las relaciones comprometidas entre las personas y también es indispensable para curar heridas abiertas dentro de la familia. Cuando hay problemas en las familias, damos por sentado que tenemos razón y cerramos la puerta a los demás, en cambio es necesario pensar qué tiene de bueno esta persona y maravillarse por eso. Si ustedes tienen problemas en la familia, piensen en las cosas buenas que tiene la persona de la familia con la cuál tienen problemas, y maravíllense de esto y esto ayudará a sanar las heridas familiares.
El segundo elemento que me gustaría tomar del Evangelio es la angustia que experimentaron María y José cuando no pudieron encontrar a Jesús. Esta angustia manifiesta la centralidad de Jesús en la Sagrada Familia. La Virgen y su esposo habían acogido a ese Hijo, lo custodiaban y lo veían crecer en edad, sabiduría y gracia en medio de ellos, pero sobre todo crecía dentro de sus corazones; Y, poco a poco, su afecto y comprensión por él aumentaron. Por eso la familia de Nazaret es santa: porque estaba centrada en Jesús, a él se dirigían todas las atenciones y preocupaciones de María y José. Esa angustia que sintieron en los tres días de la pérdida de Jesús, también debería ser nuestra angustia cuando estamos lejos de Él. Debemos sentir angustia cuando por más de tres días nos olvidamos de Jesús, sin orar, sin leer el Evangelio, sin sentir la necesidad de su presencia y su amistad consoladora. Y muchas veces pasan los días sin que yo recuerde a Jesús, es muy feo, es muy feo. Deberíamos sentir la angustia cuando suceden estas cosas. María y José lo buscaron y lo encontraron en el templo mientras enseñaba: nosotros también, es sobre todo en la casa de Dios que podemos encontrarnos con el divino Maestro y aceptar su mensaje de salvación. En la celebración eucarística hacemos experiencia viva de Cristo; Él nos habla, nos ofrece su Palabra que ilumina nuestro camino, nos da su Cuerpo en la Eucaristía, del cual obtenemos fuerzas para enfrentar las dificultades de cada día.
Hoy regresemos a casa con estas dos palabras, maravilla y angustia, así maravillarme cuando veo las cosas buenas de los demás y resolver así los problemas familiares yo siento angustia cuando estoy alejado de Jesús.
Recemos por todas las familias del mundo hoy, especialmente por aquellas en las que, por diversas razones, hay una falta de paz y armonía. Y los confiamos a la protección de la Sagrada Familia de Nazaret.

Ángelus: “La familia es un tesoro, debemos protegerlo, defenderlo” 30122018

Ángelus 9 dic. 2018 © ©atican Media
Ángelus 9 Dic. 2018 © ©Atican Media

Ángelus: “La familia es un tesoro, debemos protegerlo, defenderlo”

Aplausos y oración del Papa a todas las familias del mundo
(ZENIT – 30 dic. 2019.- El Papa Francisco hizo aplaudir a todas las familias presentes en la Plaza de San Pedro en el Ángelus de este domingo, 30 de diciembre de 2018, y a todos los que siguieron al Ángelus viven desde sus casas, con motivo del Domingo de la Sagrada Familia.
“La familia es un tesoro, debemos protegerlo, defenderlo”, insistió el papa que había dedicado su catequesis, antes del Ángelus al evangelio de la Sagrada Familia, invitando a actitudes que sanen las relaciones familiares. 
El Papa luego saludó a varios grupos presentes en la plaza: “Os saludo a todos, romanos y peregrinos; Grupos parroquiales, asociaciones y jóvenes”.
E invitó a todos a aplaudir: “Hoy, envío un saludo especial a las familias presentes aquí. Aplaudamos a todas las familias que están aquí, así como a quienes participan en sus hogares por televisión y radio. La familia es un tesoro, siempre hay que protegerlo, defenderlo. Que la Sagrada Familia de Nazaret proteja e ilumine siempre su camino”.
El Papa luego publicó este tweet para las familias, en su cuenta @Pontifex_es: “Que Jesús, María y José bendigan y protejan a todas las familias del mundo, para que reinen el amor, la alegría y la paz”.
Saludó, haciendo un signocon la mano en la dirección, de dos grupos de monjas que agitaban banderas españolas y polacas.
“Saludo a los religiosos mercedarios que se han reunido con ministros de varias regiones de Italia, así como con los fieles de Legnaro y Gragnano. Saludo a los exploradores de Villabate. los muchachos de la Confirmación de la Unidad Pastoral de Codognè (diócesis de Vittorio Veneto) y los de algunas parroquias de la diócesis de Bérgamo: Curno, Palazzago, Gromlongo, Barzana, Almenno “, agregó el Papa.
Deseaba que todos terminaran el año con serenidad: “Les deseo a todos un buen domingo y un final pacífico para el año. Termina el año con serenidad. Les agradezco nuevamente por sus deseos y por sus oraciones. Y por favor continúa orando por mí. Buen almuerzo y adiós!”

jueves, 27 de diciembre de 2018

El Papa pide a los jóvenes del Encuentro de Taizé en Madrid «estar cerca de esta humanidad herida» 27122018

El Papa pide a los jóvenes del Encuentro de Taizé en Madrid «estar cerca de esta humanidad herida»


El Papa ha querido dirigirse a los miles de jóvenes que desde el viernes al próximo martes estarán reunidos en Madrid
El Papa ha querido dirigirse a los miles de jóvenes que desde el viernes al próximo martes estarán reunidos en Madrid
De cara al Encuentro Europeo de Taizé que desde este viernes atraerá a Madrid a más de 15.000 jóvenes, el Papa Francisco ha querido enviar un mensaje a los participantes en el que les pide estar “cerca de esta humanidad herida y de aquellos que se quedan atrás, rechazados y excluidos, pequeños y pobres”.
En el mensaje, firmado por el secretario de Estado vaticano, el cardenal Parolin, el Papa pide a los jóvenes que acepten "el desafío de la hospitalidad" y los invita a “abrir la puerta del corazón al Señor y su Palabra" y "promover una cultura de encuentro", dando la bienvenida y respetando a los demás.
"Vivir una hospitalidad generosa"
El Papa recuerda el Sínodo sobre los Jóvenes que se celebró en Roma y asegura que “los cristianos auténticos no temen abrirse a los demás, compartir sus espacios vitales transformándolos en espacios de fraternidad”.
Por lo tanto, Francisco insta a los jóvenes a descubrir que "es posible vivir una hospitalidad generosa, aprender a enriquecerse con las diferencias de los demás y hacer que los talentos se vuelvan fructíferos para convertirse en constructores de puentes entre Iglesias, religiones y pueblos".
En este encuentro de Taizé participan protestantes, católicos y ortodoxos. Por ello, el Papa pide al Espíritu Santo que ayude a los jóvenes a aceptar las diferencias del otro como "un viaje de comunión" y los invita a "usar sus talentos, su energía y su fuerza para mejorar el mundo y asegurarse que cada persona pueda encontrar su lugar dentro de la gran familia humana”, poniendo como ejemplo a María.

martes, 25 de diciembre de 2018

Misa de Navidad: “Jesús, Tú, recostado en un pesebre, eres el pan de mi vida” 24122018


El papa besa la imagen del Niño Jesús al inicio del Te Deum 2016

El Papa Besa La Imagen Del Niño Jesús Al Inicio Del Te Deum 2016

Misa de Navidad: “Jesús, Tú, recostado en un pesebre, eres el pan de mi vida”

Homilía del Papa Francisco
(ZENIT – 24 dic. 2018).- A las 21:30 horas, en la Basílica Vaticana, el Santo Padre Francisco ha celebrado la Santa Misa de la Noche en la Solemnidad del Nacimiento del Señor, el 24 de diciembre de 2018.
En la Celebración Eucarística, después de la proclamación del Santo Evangelio, el Papa ha pronunciado la homilía, que ofrecemos a continuación:
***
Homilía del Papa Francisco
José, con María su esposa, subió «a la ciudad de David, que se llama Belén» (Lc 2,4). Esta noche, también nosotros subimos a Belén para descubrir el misterio de la Navidad. 
1. Belén: el nombre significa casa del pan. En esta “casa” el Señor convoca hoy a la humanidad. Él sabe que necesitamos alimentarnos para vivir. Pero sabe también que los alimentos del mundo no sacian el corazón. En la Escritura, el pecado original de la humanidad está asociado precisamente con tomar alimento: «tomó de su fruto y comió», dice el libro del Génesis (3,6). Tomó y comió. El hombre se convierte en ávido y voraz. Parece que el tener, el acumular cosas es para muchos el sentido de la vida. Una insaciable codicia atraviesa la historia humana, hasta las paradojas de hoy, cuando unos pocos banquetean espléndidamente y muchos no tienen pan para vivir.
Belén es el punto de inflexión para cambiar el curso de la historia. Allí, Dios, en la casa del pan, nace en un pesebre. Como si nos dijera: Aquí estoy para vosotros, como vuestro alimento. No toma, sino que ofrece el alimento; no da algo, sino que se da él mismo. En Belén descubrimos que Dios no es alguien que toma la vida, sino aquel que da la vida. Al hombre, acostumbrado desde los orígenes a tomar y comer, Jesús le dice: «Tomad, comed: esto es mi cuerpo» (Mt 26,26). El cuerpecito del Niño de Belén propone un modelo de vida nuevo: no devorar y acaparar, sino compartir y dar. Dios se hace pequeño para ser nuestro alimento. Nutriéndonos de él, Pan de Vida, podemos renacer en el amor y romper la espiral de la avidez y la codicia. Desde la “casa del pan”, Jesús lleva de nuevo al hombre a casa, para que se convierta en un familiar de su Dios y en un hermano de su prójimo. Ante el pesebre, comprendemos que lo que alimenta la vida no son los bienes, sino el amor; no es la voracidad, sino la caridad; no es la abundancia ostentosa, sino la sencillez que se ha de preservar. 
El Señor sabe que necesitamos alimentarnos todos los días. Por eso se ha ofrecido a nosotros todos los días de su vida, desde el pesebre de Belén al cenáculo de Jerusalén. Y todavía hoy, en el altar, se hace pan partido para nosotros: llama a nuestra puerta para entrar y cenar con nosotros (cf. Ap 3,20). En Navidad recibimos en la tierra a Jesús, Pan del cielo: es un alimento que no caduca nunca, sino que nos permite saborear ya desde ahora la vida eterna. 
En Belén descubrimos que la vida de Dios corre por las venas de la humanidad. Si la acogemos, la historia cambia a partir de cada uno de nosotros. Porque cuando Jesús cambia el corazón, el centro de la vida ya no es mi yo hambriento y egoísta, sino él, que nace y vive por amor. Al estar llamados esta noche a subir a Belén, casa del pan, preguntémonos: ¿Cuál es el alimento de mi vida, del que no puedo prescindir?, ¿es el Señor o es otro? Después, entrando en la gruta, individuando en la tierna pobreza del Niño una nueva fragancia de vida, la de la sencillez, preguntémonos: ¿Necesito verdaderamente tantas cosas, tantas recetas complicadas para vivir? ¿Soy capaz de prescindir de tantos complementos superfluos, para elegir una vida más sencilla? En Belén, junto a Jesús, vemos gente que ha caminado, como María, José y los pastores. Jesús es el Pan del camino. No le gustan las digestiones pesadas, largas y sedentarias, sino que nos pide levantarnos rápidamente de la mesa para servir, como panes partidos por los demás. Preguntémonos: En Navidad, ¿parto mi pan con el que no lo tiene? 
2. Después de Belén casa de pan, reflexionemos sobre Belén ciudad de David. Allí David, que era un joven pastor, fue elegido por Dios para ser pastor y guía de su pueblo. En Navidad, en la ciudad de David, los que acogen a Jesús son precisamente los pastores. En aquella noche —dice el Evangelio— «se llenaron de gran temor» (Lc2,9), pero el ángel les dijo: «No temáis» (v. 10). Resuena muchas veces en el Evangelio este no temáis: parece el estribillo de Dios que busca al hombre. Porque el hombre, desde los orígenes, también a causa del pecado, tiene miedo de Dios: «me dio miedo […] y me escondí» (Gn 3,10), dice Adán después del pecado. Belén es el remedio al miedo, porque a pesar del “no” del hombre, allí Dios dice siempre “sí”: será para siempre Dios con nosotros. Y para que su presencia no inspire miedo, se hace un niño tierno. No temáis: no se lo dice a los santos, sino a los pastores, gente sencilla que en aquel tiempo no se distinguía precisamente por la finura y la devoción. El Hijo de David nace entre pastores para decirnos que nadie estará jamás solo; tenemos un Pastor que vence nuestros miedos y nos ama a todos, sin excepción. 
Los pastores de Belén nos dicen también cómo ir al encuentro del Señor. Ellos velan por la noche: no duermen, sino que hacen lo que Jesús tantas veces nos pedirá: velar(cf. Mt 25,13; Mc 13,35; Lc 21,36). Permanecen vigilantes, esperan despiertos en la oscuridad, y Dios «los envolvió de claridad» (Lc 2,9). Esto vale también para nosotros. Nuestra vida puede ser una espera, que también en las noches de los problemas se confía al Señor y lo desea; entonces recibirá su luz. Pero también puede ser una pretensión, en la que cuentan solo las propias fuerzas y los propios medios; sin embargo, en este caso el corazón permanece cerrado a la luz de Dios. Al Señor le gusta que lo esperen y no es posible esperarlo en el sofá, durmiendo. De hecho, los pastores se mueven: «fueron corriendo», dice el texto (v. 16). No se quedan quietos como quien cree que ha llegado a la meta y no necesita nada, sino que van, dejan el rebaño sin custodia, se arriesgan por Dios. Y después de haber visto a Jesús, aunque no eran expertos en el hablar, salen a anunciarlo, tanto que «todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores» (v. 18). 
Esperar despiertos, ir, arriesgar, comunicar la belleza: son gestos de amor. El buen Pastor, que en Navidad viene para dar la vida a las ovejas, en Pascua le preguntará a Pedro, y en él a todos nosotros, la cuestión final: «¿Me amas?» (Jn 21,15). De la respuesta dependerá el futuro del rebaño. Esta noche estamos llamados a responder, a decirle también nosotros: “Te amo”. La respuesta de cada uno es esencial para todo el rebaño. 
«Vayamos, pues, a Belén» (Lc 2,15): así lo dijeron y lo hicieron los pastores. También nosotros, Señor, queremos ir a Belén. El camino, también hoy, es en subida: se debe superar la cima del egoísmo, es necesario no resbalar en los barrancos de la mundanidad y del consumismo. Quiero llegar a Belén, Señor, porque es allí donde me esperas. Y darme cuenta de que tú, recostado en un pesebre, eres el pan de mi vida. Necesito la fragancia tierna de tu amor para ser, yo también, pan partido para el mundo. Tómame sobre tus hombros, buen Pastor: si me amas, yo también podré amar y tomar de la mano a los hermanos. Entonces será Navidad, cuando podré decirte: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo” (cf. Jn 21,17). 
© Librería Editorial Vaticano

viernes, 21 de diciembre de 2018

El Papa felicita a la Curia: La Navidad es la fiesta del “gran Dios que se hace pequeño” (Discurso del Papa a cardenales y obispos) 21122018


Discurso del Papa a la Curia Romana © Vatican Media


Discurso Del Papa A La Curia Romana © Vatican Media

El Papa felicita a la Curia: La Navidad es la fiesta del “gran Dios que se hace pequeño”

Discurso del Papa a cardenales y obispos

(ZENIT – 21 dic. 2018).- El Papa Francisco ha felicitado la Navidad en audiencia con los cardenales y superiores de la Curia Romana, este viernes, 21 de diciembre de 2018, a las 10:30 horas, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico Vaticano.
El Santo Padre ha ofrecido un discurso a los sacerdotes, que ofrecemos a continuación:
***
«La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz» (Rm13,12).
Inundados por el gozo y la esperanza que brillan en la faz del Niño divino, nos reunimos nuevamente este año para expresarnos las felicitaciones navideñas, con el corazón puesto en las dificultades y alegrías del mundo y de la Iglesia.
Os deseo sinceramente una santa Navidad a vosotros, a vuestros colaboradores, a todas las personas que prestan servicio en la Curia, a los Representantes pontificios y a los colaboradores de las nunciaturas. Y deseo agradeceros vuestra dedicación diaria al servicio de la Santa Sede, de la Iglesia y del Sucesor de Pedro. Muchas gracias.
Permitidme también darle una cálida bienvenida al nuevo Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Edgar Peña Parra, que el pasado 15 de octubre comenzó su delicado e importante servicio. Su origen venezolano refleja la catolicidad de la Iglesia y la necesidad de abrir cada vez más el horizonte hasta abarcar los confines de la tierra. Bienvenido, Excelencia, y buen trabajo.
La Navidad es la fiesta que nos llena de alegría y nos da la seguridad de que ningún pecado es más grande que la misericordia de Dios y que ningún acto humano puede impedir que el amanecer de la luz divina nazca y renazca en el corazón de los hombres. Es la fiesta que nos invita a renovar el compromiso evangélico de anunciar a Cristo, Salvador del mundo y luz del universo. Porque si «Cristo, “santo, inocente, inmaculado” (Hb 7,26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5,21), sino que vino únicamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2,17), la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación. La Iglesia “va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios”, anunciando la cruz del Señor hasta que venga (cf. 1 Co 11,26). Está fortalecida, con la virtud del Señor resucitado, para triunfar con paciencia y caridad de sus aflicciones y dificultades, tanto internas como externas, y revelar al mundo fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras, hasta que se manifieste en todo el esplendor al final de los tiempos» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,8).
Apoyándonos en la firme convicción de que la luz es siempre más fuerte que la oscuridad, me gustaría reflexionar con vosotros sobre la luz que une la Navidad (primera venida en humildad) alaParusía(segundavenidaenesplendor)ynosconfirmaenlaesperanzaquenuncadefrauda.Esa esperanza de la que depende la vida de cada uno de nosotros y toda la historia de la Iglesia y del mundo.
Jesús, en realidad, nace en una situación sociopolítica y religiosa llena de tensión, agitación y oscuridad. Su nacimiento, por una parte esperado y por otra rechazado, resume la lógica divina que no se detiene ante el mal, sino que lo transforma radical y gradualmente en bien, y también la lógica maligna que transforma incluso el bien en mal para postrar a la humanidad en la desesperación y en la oscuridad: «La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió» (Jn1,5).
Sin embargo, la Navidad nos recuerda cada año que la salvación de Dios, dada gratuitamente a toda la humanidad, a la Iglesia y en particular a nosotros, personas consagradas, no actúa sin nuestra voluntad, sin nuestra cooperación, sin nuestra libertad, sin nuestro esfuerzo diario. La salvación es un don que hay que acoger, custodiar y hacer fructificar (cf. Mt 25,14-30). Por lo tanto, para el cristiano en general, y en particular para nosotros, el ser ungidos, consagrados por el Señor no significa comportarnos como un grupo de personas privilegiadas que creen que tienen a Dios en el bolsillo, sino como personas que saben que son amadas por el Señor a pesar de ser pecadores e indignos. En efecto, los consagrados no son más que servidores en la viña del Señor que deben dar, a su debido tiempo, la cosecha y lo obtenido al Dueño de la viña (cf. Mt20,1-16).
La Biblia y la historia de la Iglesia nos enseñan que muchas veces, incluso los elegidos, andando en el camino, empiezan a pensar, a creerse y a comportarse como dueños de la salvación y no como beneficiarios, como controladores de los misterios de Dios y no como humildes distribuidores, como aduaneros de Dios y no como servidores del rebaño que se les ha confiado.
Muchas veces ―por un celo excesivo y mal orientado― en lugar de seguir a Dios nos ponemos delante de él, como Pedro, que criticó al Maestro y mereció el reproche más severo que Cristo nunca dirigió a una persona: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» (Mc8,33).
Queridos hermanos y hermanas:
Este año, en el mundo turbulento, la barca de la Iglesia ha vivido y vive momentos de dificultad, y ha sido embestida por tormentas y huracanes. Muchos se han dirigido al Maestro, que aparentemente duerme, para preguntarle: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4,38); otros, aturdidos por las noticias comenzaron a perder la confianza en ella y a abandonarla; otros, por miedo, por intereses, por un fin ulterior, han tratado de golpear su cuerpo aumentando sus heridas; otros no ocultan su deleite al verla zarandeada; muchos otros, sin embargo, siguen aferrándose a  ella con la certeza de que «el poder del infierno no la derrotará» (Mt16,18).
Mientras tanto, la Esposa de Cristo continúa su peregrinación en medio de alegrías y aflicciones, externas e internas, éxitos y dificultades. Ciertamente, las dificultades internas siguen siendo siempre las más dolorosas y destructivas.
Las aflicciones
Son muchas las aflicciones: cuántos inmigrantes —obligados a abandonar sus países de origen y arriesgar sus vidas— hallan la muerte, o sobreviven pero se encuentran con las puertas cerradas y sus hermanos de humanidad entregados a las conquistas políticas y de poder. Cuánto miedo y prejuicio. Cuántas personas y cuántos niños mueren cada día por la falta de agua, alimentos y medicinas. Cuánta pobreza y miseria. Cuánta violencia contra los débiles y contra las mujeres. Cuántos escenarios de guerras, declaradas y no declaradas. Cuánta sangre inocente se derrama cada día. Cuánta inhumanidad y brutalidad nos rodean por todas partes. Cuántas personas son sistemáticamente torturadas todavía hoy en las comisarías de policía, en las cárceles y en los campos de refugiados en diferentes lugares del mundo.
Vivimos también, en realidad, una nueva era de mártires. Parece que la persecución cruel y atroz del imperio romano no tiene fin. Continuamente nacen nuevos Nerones para oprimir a los creyentes, solo por su fe en Cristo. Nuevos grupos extremistas se multiplican, tomando como punto de mira a iglesias, lugares de culto, ministros y simples fieles. Viejos y nuevos círculos y conciliábulos viven alimentándose del odio y la hostilidad hacia Cristo, la Iglesia y los creyentes.
Cuántos cristianos, en tantas partes del mundo, viven todavía hoy bajo el peso de la persecución, la marginación, la discriminación y la injusticia. Sin embargo, siguen abrazando valientemente la muerte para no negar a Cristo. Qué difícil es vivir hoy libremente la fe en tantas partes del mundo donde no hay libertad religiosa y libertad de conciencia.
Por otro lado, el ejemplo heroico de los mártires y de numerosos buenos samaritanos, es decir, de los jóvenes, de las familias, de los movimientos caritativos y de voluntariado, y de muchas personas fieles y consagradas, no nos hace olvidar, sin embargo, el antitestimonio y los escándalos de algunos hijos y ministros de la Iglesia.
Me limito aquí solo a las heridas de los abusos y de la infidelidad.
Desde hace varios años, la Iglesia se está comprometiendo seriamente por erradicar el mal de los abusos, que grita la venganza del Señor, del Dios que nunca olvida el sufrimiento experimentado por muchos menores a causa de los clérigos y personas consagradas: abusos de poder, de conciencia y sexuales.
Pensando en este tema doloroso me vino a la mente la figura del rey David, un «ungido del Señor» (cf. 1 S 16,13 – 2 S 11-12). Él, de cuyo linaje deriva el Niño divino —llamado también el “hijo de David”—, a pesar de ser un elegido, rey y ungido por el Señor, cometió un triple pecado, es decir, tres graves abusos a la vez: abuso sexual, de poder y de conciencia. Tres abusos distintos, que sin embargo convergen y se superponen.
La historia comienza —como sabemos— cuando el rey, siendo un guerrero experto, se quedó holgazaneando en casa en vez de ir a la batalla en medio del pueblo de Dios. David se aprovecha, para su conveniencia y su interés, de ser el rey (abuso de poder). El ungido, abandonándose a la comodidad, comienza un irrefrenable declive moral y de conciencia. Y es precisamente en este contexto que él, desde la terraza del palacio, ve a Betsabé, mujer de Urías, el hitita, mientras se bañaba y se siente atraído (cf. 2 S 11). Manda llamarla y se une a ella (otro abuso de poder, más abuso sexual). Así, abusa de una mujer casada y sola, para cubrir su pecado, llama a Urías e intenta sin conseguirlo convencerlo de que pase la noche con su mujer. Y, posteriormente, ordena al jefe del ejército que exponga a Urías a una muerte segura en la batalla (otro abuso de poder, más abuso de conciencia). La cadena del pecado se alarga como una mancha de aceite y rápidamente se convierte en una red de corrupción.
De las chispas de la pereza y de la lujuria, y del “bajar la guardia” comienza la cadena diabólica de pecados graves: adulterio, mentira y homicidio. Presumiendo que al ser rey puede hacer todo y obtener todo, David también trata de engañar al marido de Betsabé, a la gente, a sí mismo e incluso a Dios. El rey descuida su relación con Dios, infringe los mandamientos divinos, daña su propia integridad moral sin siquiera sentirse culpable. El ungido seguía ejerciendo su misión como si nada hubiera pasado. Lo único que le importaba era salvaguardar su imagen y su apariencia. «Porque quienes sienten que no cometen faltas graves contra la Ley de Dios, pueden descuidarse en una especie de atontamiento o adormecimiento. Como no encuentran algo grave que reprocharse, no advierten esa tibieza que poco a poco se va apoderando de su vida espiritual y terminan desgastándose y corrompiéndose» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 164). De pecadores acaban convirtiéndose en corruptos.
También hoy hay “ungidos del Señor”, hombres consagrados, que abusan de los débiles, valiéndose de su poder moral y de la persuasión. Cometen abominaciones y siguen ejerciendo su ministerio como si nada hubiera sucedido; no temen a Dios ni a su juicio, solo temen ser descubiertos y desenmascarados. Ministros que desgarran el cuerpo de la Iglesia, causando escándalo y desacreditando la misión salvífica de la Iglesia y los sacrificios de muchos de sus hermanos.
También hoy, muchos David, sin pestañear, entran en la red de corrupción, traicionan a Dios, sus mandamientos, su propia vocación, la Iglesia, el pueblo de Dios y la confianza de los pequeños y sus familiares. A menudo, detrás de su gran amabilidad, su labor impecable y su rostro angelical, ocultan descaradamente a un lobo atroz listo para devorar a las almas inocentes.
Los pecados y crímenes de las personas consagradas adquieren un tinte todavía más oscuro de infidelidad, de vergüenza, y deforman el rostro de la Iglesia socavando su credibilidad. En efecto, también la Iglesia, junto con sus hijos fieles, es víctima de estas infidelidades y de estos verdaderos y propios “reatos de malversación”.

Queridos hermanos y hermanas:
Está claro que, ante estas abominaciones, la Iglesia no se cansará de hacer todo lo necesario para llevar ante la justicia a cualquiera que haya cometido tales crímenes. La Iglesia nunca intentará encubrir o subestimar ningún caso. Es innegable que algunos responsables, en el pasado,por ligereza, por incredulidad, por falta de preparación, por inexperiencia o por superficialidad espiritual y humana han tratado muchos casos sin la debida seriedad y rapidez. Esto nunca debe volver a suceder. Esta es la elección y la decisión de toda la Iglesia.
En el próximo mes de febrero, la Iglesia reiterará su firme voluntad de continuar, con toda  su fuerza, en el camino de la purificación. La Iglesia se cuestionará, valiéndose también de  expertos, sobre cómo proteger a los niños; cómo evitar tales desventuras, cómo tratar y reintegrar a las víctimas; cómo fortalecer la formación en los seminarios. Se buscará transformar los errores cometidos en oportunidades para erradicar este flagelo no solo del cuerpo de la Iglesia sino también de la sociedad. De hecho, si esta gravísima desgracia ha golpeado algunos ministros consagrados, la pregunta es: ¿Cuánto podría ser profunda en nuestra sociedad y en nuestras familias? Por eso, la Iglesia no se limitará a curarse a sí misma, sino que tratará de afrontar este mal que causa la muerte lenta de tantas personas, a nivel moral, psicológico y humano.

Queridos hermanos y hermanas:
Hablando de esta herida, algunos, también dentro de la Iglesia, se alzan contra ciertos agentes de la comunicación, acusándolos de ignorar la gran mayoría de los casos de abusos, que no son cometidos por ministros de la Iglesia, las estadísticas hablan de más del 95%, y acusándolos de querer dar de forma intencional una falsa imagen, como si este mal golpeara solo a la Iglesia Católica. En cambio, me gustaría agradecer sinceramente a los trabajadores de los medios que han sido honestos y objetivos y que han tratado de desenmascarar a estos lobos y de dar voz a las víctimas. Incluso si se tratase solo de un caso de abuso ―que ya es una monstruosidad por sí mismo― la Iglesia pide que no se guarde silencio y salga a la luz de forma objetiva, porque el mayor escándalo en esta materia es encubrir la verdad.
Todos recordamos que fue solo a través del encuentro con el profeta Natán como David entendió la gravedad de su pecado. Hoy necesitamos nuevos Natán que ayuden a muchos David a despertarse de su vida hipócrita y perversa. Por favor, ayudemos a la santa Madre Iglesia en su difícil tarea, que es reconocer los casos verdaderos, distinguiéndolos de los falsos, las acusaciones de las calumnias, los rencores de las insinuaciones, los rumores de las difamaciones. Una tarea muy difícil porque los verdaderos culpables saben esconderse tan bien que muchas esposas, madres y hermanas no pueden descubrirlos entre las personas más cercanas: esposos, padrinos, abuelos, tíos, hermanos, vecinos, maestros… Incluso las víctimas, bien elegidas por sus depredadores, a menudo prefieren el silencio e incluso, vencidas por el miedo, se ven sometidas a la vergüenza y al terror de ser abandonadas.
A los que abusan de los menores querría decirles: convertíos y entregaos a la justicia humana, y preparaos a la justicia divina, recordando las palabras de Cristo: «Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos, ¡pero ay del hombre por el que viene el escándalo!» (Mt18,6-7).

Queridos hermanos y hermanas:
Ahora permitidme hablar también de otra aflicción, a saber, la infidelidad de quienes traicionan su vocación, su juramento, su misión, su consagración a Dios y a la Iglesia; aquellos que se esconden detrás de las buenas intenciones para apuñalar a sus hermanos y sembrar la discordia, la división y el desconcierto; personas que siempre encuentran justificaciones, incluso lógicas y espirituales, para seguir recorriendo sin obstáculos el camino de la perdición.
Esto no es nada nuevo en la historia de la Iglesia. San Agustín, hablando del trigo bueno y de la cizaña, afirma: «¿Pensáis, hermanos, que la cizaña no sube a las cátedras episcopales?
¿Pensáis que está abajo y no arriba? Ojalá no seamos cizaña. […] En las cátedras episcopales hay trigo y hay cizaña; y en las comunidades de fieles hay trigo y hay cizaña» (Sermo 73, 4: PL 38, 472).
Las palabras de san Agustín nos exhortan a recordar el proverbio: «El camino del infierno está lleno de buenas intenciones»; y nos ayudan a comprender que el Tentador, el Gran Acusador, es el que divide, siembra la discordia, insinúa la enemistad, persuade a los hijos y los lleva adudar.
En realidad, las treinta monedas de plata están casi siempre detrás de estos sembradores de cizaña. Aquí la figura de David nos lleva a la de Judas el Iscariote, otro elegido por el Señor que vende y entrega a su maestro a la muerte. David el pecador y Judas Iscariote siempre estarán presentes en la Iglesia, ya que representan la debilidad que forma parte de nuestro ser humano. Son iconos de los pecados y de los crímenes cometidos por personas elegidas y consagradas. Iguales en la gravedad del pecado, sin embargo, se distinguen en la conversión. David se arrepintió, confiando en la misericordia de Dios, mientras que Judas se suicidó.
Para hacer resplandecer la luz de Cristo, todos tenemos el deber de combatir cualquier corrupción espiritual, que «es peor que la caída de un pecador, porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Co 11,14). Así acabó sus días Salomón, mientras el gran pecador David supo remontar su miseria» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 165).

Las alegrías
Han sido numerosas este año, por ejemplo la feliz culminación del Sínodo dedicado a los jóvenes. Los pasos que se han dado hasta ahora en la reforma de la Curia, ¿cuándo terminará? no terminará nunca, pero los pasos son buenos. Los ejemplos son: los trabajos de clarificación y transparencia en la economía; los encomiables esfuerzos realizados por la Oficina del Auditor General y del AIF; los buenos resultados logrados por el IOR; la nueva Ley del Estado de la Ciudad del Vaticano; el Decreto sobre el trabajo en el Vaticano, y tantos otros logros menos visibles. Recordamos los nuevos beatos y santos que son las “piedras preciosas” que adornan el rostro de la Iglesia e irradian esperanza, fe y luz al mundo. Es necesario mencionar aquí los diecinueve mártires de Argelia: «Diecinueve vidas entregadas por Cristo, por su evangelio y por el pueblo argelino… modelos de santidad común, la santidad de la “puerta de al lado”» (Thomas Georgeon, Nel segno della fraternitàL’Osservatore Romano, 8 diciembre 2018, p. 6); el elevado número de fieles que reciben el bautismo cada año y renuevan la juventud de la Iglesia como una madre siempre fecunda, y los numerosos hijos que regresan a casa y abrazan de nuevo la fe y la  vida cristiana; familias y padres que viven seriamente la fe y la transmiten diariamente a sus hijos a través de la alegría de su amor (cf. Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia, 259-290); el testimonio de muchos jóvenes que valientemente eligen la vida consagrada y el sacerdocio.
Un gran motivo de alegría es también el gran número de personas consagradas, de obispos y sacerdotes, que viven diariamente su vocación en fidelidad, silencio, santidad y abnegación. Son personas que iluminan la oscuridad de la humanidad con su testimonio de fe, amor y caridad. Personas que trabajan pacientemente por amor a Cristo y a su Evangelio, en favor de los pobres, los oprimidos y los últimos, sin tratar de aparecer en las primeras páginas de los periódicos o de ocupar los primeros puestos. Personas que, abandonando todo y ofreciendo sus vidas, llevan la luz de la fe allí donde Cristo está abandonado, sediento, hambriento, encarcelado y desnudo (cf. Mt 25,31-46). Pienso especialmente en los numerosos párrocos que diariamente ofrecen un buen ejemplo al pueblo de Dios, sacerdotes cercanos a las familias, que conocen los nombres de todos y viven su vida con sencillez, fe, celo, santidad y caridad. Personas olvidadas por los medios de comunicación pero sin las cuales reinaría la oscuridad.

Queridos hermanos y hermanas:
Cuando hablaba de la luz, de las aflicciones, de David y de Judas, quise evidenciar el valor de la conciencia, que debe transformarse en un deber de vigilancia y de protección de quienes ejercen el servicio del gobierno en las estructuras de la vida eclesiástica y consagrada. En realidad, la fortaleza de cualquier institución no reside en la perfección de los hombres que la forman (esto es imposible), sino en su voluntad de purificarse continuamente; en su habilidad para reconocer humildemente los errores y corregirlos; en su capacidad para levantarse de las caídas; en ver la luz de la Navidad que comienza en el pesebre de Belén, recorre la historia y llega a la Parusía.
Por lo tanto, nuestro corazón necesita abrirse a la verdadera luz, Jesucristo: la luz que puede iluminar la vida y transformar nuestra oscuridad en luz; la luz del bien que vence al mal; la luz del amor que vence al odio; la luz de la vida que derrota a la muerte; la luz divina que transforma todo  y a todos en luz; la luz de nuestro Dios: pobre y rico, misericordioso y justo, presente y oculto, pequeño ygrande.
Recordamos las maravillosas palabras de san Macario el Grande, padre del desierto egipcio del siglo IV que, hablando de la Navidad, afirma: «Dios se hace pequeño. Lo inaccesible e increado, en su bondad infinita e inimaginable, ha tomado cuerpo y se ha hecho pequeño. En su bondad descendió de su gloria. Nadie en el cielo y en la tierra puede entender la grandeza de Dios y nadie en el cielo y en la tierra puede entender cómo Dios se hace pobre y pequeño para los pobres y los pequeños. Igual que su grandeza es incomprensible, también lo es su pequeñez» (cf. Homilías IV, 9- 10; XXXII, 7: en Spirito e fuoco. Omelie spirituali. Colección II, Qiqajon-Bose, Magnano 1995, pp.88-89.332-333).
Recordemos que la Navidad es la fiesta del «gran Dios que se hace pequeño y en su pequeñez no deja de ser grande. Y en esta dialéctica, lo grande es pequeño: está la ternura de Dios. El grande que se hace pequeño y lo pequeño que es grande» (Homilía en Santa Marta, 14 diciembre 2017; cf. Homilía en Santa Marta, 25 abril 2013).
La Navidad nos da cada año la certeza de que la luz de Dios seguirá brillando a pesar de nuestra miseria humana; la certeza de que la Iglesia saldrá de estas tribulaciones aún más bella, purificada y espléndida. Porque, todos los pecados, las caídas y el mal cometidos por algunos hijos de la Iglesia nunca pueden oscurecer la belleza de su rostro, es más, nos ofrecen la prueba cierta de que su fuerza no está en nosotros, sino que está sobre todo en Cristo Jesús, Salvador del mundo y Luz del universo, que la ama y dio su vida por ella. La Navidad es una manifestación de que los graves males cometidos por algunos nunca ocultarán todo el bien que la Iglesia realiza gratuitamente en el mundo. La Navidad nos da la certeza de que la verdadera fuerza de la Iglesia y de nuestro trabajo diario, a menudo oculto, reside en el Espíritu Santo, que la guía y protege a través de los siglos, transformando incluso los pecados en ocasiones de perdón, las caídas en ocasiones de renovación, el mal en ocasión de purificación y victoria.
Muchas gracias y Feliz Navidad a todos.

Abusos: El Papa reitera que “la Iglesia nunca intentará encubrir o subestimar ningún caso”


El Papa insiste en no encubrir los abusos en la Iglesia © Vatican Media

El Papa Insiste En No Encubrir Los Abusos En La Iglesia © Vatican Media

Abusos: El Papa reitera que “la Iglesia nunca intentará encubrir o subestimar ningún caso”

Habla de las heridas de los “abusos” y de la “infidelidad”
(ZENIT – 21 dic. 2018).- Francisco ha reiterado, una vez más, que “incluso si se tratase solo de un caso de abuso –que ya es una monstruosidad por sí mismo– la Iglesia pide que no se guarde silencio y salga a la luz de forma objetiva, porque el mayor escándalo en esta materia es encubrir la verdad”.
Esta mañana, viernes, 21 de diciembre de 2018, el Papa Francisco ha hecho referencia a los abusos de poder, de conciencia y sexuales dentro de la Iglesia Católica, en su discurso a los cardenales y obispos de la Curia Romana, con motivo de su felicitación de Navidad.
Hombres consagrados que abusan 
El Papa denuncia que “hoy hay ‘ungidos del Señor’, hombres consagrados, que abusan de los débiles, valiéndose de su poder moral y de la persuasión. Cometen abominaciones y siguen ejerciendo su ministerio como si nada hubiera sucedido; no temen a Dios ni a su juicio, solo temen ser descubiertos y desenmascarados. Ministros que desgarran el cuerpo de la Iglesia, causando escándalo y desacreditando la misión salvífica de la Iglesia y los sacrificios de muchos de sus hermanos”.
“Sin pestañear, entran en la red de corrupción, traicionan a Dios, sus mandamientos, su propia vocación, la Iglesia, el pueblo de Dios y la confianza de los pequeños y sus familiares”, indica Francisco.
La Iglesia no intentará encubrir
Ante estas abominaciones, “la Iglesia no se cansará de hacer todo lo necesario para llevar ante la justicia a cualquiera que haya cometido tales crímenes. La Iglesia nunca intentará encubrir o subestimar ningún caso”.
Es innegable que algunos responsables, en el pasado, por “ligereza”, por “incredulidad”, por “falta de preparación”, por “inexperiencia” o por “superficialidad espiritual y humana” han tratado muchos casos “sin la debida seriedad y rapidez”. Esto “nunca debe volver a suceder”. “Esta es la elección y la decisión de toda la Iglesia”, afirma el Papa.
Antitestimonio
En su discurso de Navidad a los cardenales y superiores de la Curia Romana, el Papa ha expresado ha mencionado las aflicciones y las alegrías que vive la Iglesia: “Este año, en el mundo turbulento, la barca de la Iglesia ha vivido y vive momentos de dificultad, y ha sido embestida por tormentas y huracanes”.
Mientras tanto, la Esposa de Cristo continúa su peregrinación en medio de alegrías y aflicciones, externas e internas, éxitos y dificultades. Ciertamente, “las dificultades internas siguen siendo siempre las más dolorosas y destructivas”, ha asegurado.
El ejemplo heroico de los mártires y de numerosos buenos samaritanos, es decir, de los jóvenes, de las familias, de los movimientos caritativos y de voluntariado, y de muchas personas fieles y consagradas, no nos hace olvidar, sin embargo, el “antitestimonio” y los “escándalos” de algunos hijos y ministros de la Iglesia.
Abusos e infidelidad
En concreto, enmarcadas en las aflicciones que describe el Pontífice, ha profundizado en las “heridas de los abusos y de la infidelidad”.
“Desde hace varios años, la Iglesia se está comprometiendo seriamente por erradicar el mal de los abusos, que grita la venganza del Señor, del Dios que nunca olvida el sufrimiento experimentado por muchos menores a causa de los clérigos y personas consagradas: abusos de poder, de conciencia y sexuales”.
“A los que abusan de los menores querría decirles”, insiste el Papa Francisco: “Convertíos y entregaos a la justicia humana, y preparaos a la justicia divina, recordando las palabras de Cristo: ‘Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar'”.
Cizaña
Francisco ha señalado la infidelidad de “quienes traicionan su vocación, su juramento, su misión, su consagración a Dios y a la Iglesia”; aquellos “que se esconden detrás de las buenas intenciones para apuñalar a sus hermanos y sembrar la discordia, la división y el desconcierto”.
De las chispas de la pereza y de la lujuria, y del bajar la guardia, denuncia el Papa, “comienza la cadena diabólica de pecados graves: adulterio, mentira y homicidio”.
“¿Pensáis, hermanos, que la cizaña no sube a las cátedras episcopales?”: El Santo Padre ha recordado las palabras de San Agustín.
Encuentro de febrero
Los próximos días del 21 al 24 de febrero de 2019, la Iglesia “reiterará su firme voluntad de continuar, con toda  su fuerza, en el camino de la purificación”. En el encuentro, al que asistirán los presidentes de todas la Conferencias Episcopales, la Iglesia se cuestionará, valiéndose también de expertos, sobre cómo proteger a los niños; cómo evitar tales desventuras, cómo tratar y reintegrar a las víctimas; cómo fortalecer la formación en los seminarios.
El Santo Padre ha anunciado que la pregunta que se hará en este foro será: “Si esta gravísima desgracia ha golpeado algunos ministros consagrados, la pregunta es: ¿Cuánto podría ser profunda en nuestra sociedad y en nuestras familias?”.
La Iglesia “no se limitará a curarse a sí misma, sino que tratará de afrontar este mal que causa la muerte lenta de tantas personas, a nivel moral, psicológico y humano”, ha añadido el Pontífice.
Gracias a los medios
Asimismo, el Papa ha agradecido “sinceramente” a los trabajadores de los medios “que han sido honestos y objetivos y que han tratado de desenmascarar a estos lobos y de dar voz a las víctimas”.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Santa Marta: La Anunciación es el “momento decisivo de la historia” 18122018


El Papa predica el Misterio de la Anunciación © Vatican Media


El Papa Predica El Misterio De La Anunciación © Vatican Media

Santa Marta: La Anunciación es el “momento decisivo de la historia”

Evangelio de Lucas (Lc 1, 26-38)
(ZENIT – 20 dic. 2018).- Es el “momento decisivo de la historia, el más revolucionario”: El Santo Padre ha reflexionado en la Eucaristía sobre el misterio de la Anunciación, en el que el “Dios de las sorpresas” cambia el destino del hombre, ha descrito.
La Misa matutina ha sido celebrada por el Papa Francisco este jueves, 20 de diciembre de 2018, en la Capilla de la Casa Santa Marta. Hoy, el Pontífice ha leído el capítulo del Evangelio de Lucas (Lc 1, 26-38), en el que se relata el “sí” de la Virgen María al ángel Gabriel, un pasaje “difícil de predicar”.
“Es el momento en que todo cambia, todo, desde la raíz”, ha revelado el Papa Francisco. Litúrgicamente hoy es el día de la raíz. La Antífona que hoy marca el sentido es la raíz de Jesé, “de la que nacerá un brote”. Dios se agacha, Dios entra en la historia y lo hace con su estilo original: una sorpresa. El Dios de las sorpresas nos sorprende una vez más.
El Pontífice ha relatado que “es una situación convulsa, todo cambia, la historia se invierte”. Es aquí donde se nos relata el “momento decisivo de la historia, el más revolucionario”. Por ello, cuando en Navidad o en el día de la Anunciación profesamos la fe para decir este misterio nos arrodillamos.
“He aquí la esclava del Señor”
El Pontífice durante su homilía releyó el Evangelio del día a fin de que la asamblea pudiera reflexionar acerca de la envergadura del Anuncio:
“El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios no hay nada imposible”. Entonces María contestó: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y el ángel se retiró.