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martes, 15 de diciembre de 2015

Medicina regenerativa y reparadora, la gran esperanza terapéutica del siglo XXI 14122015

Medicina regenerativa y reparadora, la gran esperanza terapéutica del siglo XXI 
 Fecha: 14 de Diciembre de 2015



Que la medicina regenerativa y reparadora es, y sobre todo puede ser, la gran esperanza terapéutica del siglo XXI en el que estamos, parece admitido por la gran mayoría de los expertos dedicados a estos temas. En este sentido, el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos, en su Informe  2020: Una Nueva Visión. El futuro de la Medicina Regenerativa, define a ésta como  «el paso inmediato de los tratamientos médicos» y predice que la medicina regenerativa será la «vanguardia del cuidado de la salud de este siglo XXI» (JAMA 313; 1413-1414, 2015). Pero estas prácticas médicas implican problemas éticos que merecen ser considerados.

Normalmente todo nuestro tejido celular y orgánico con el paso del tiempo se va deteriorando. A esta degradación fisiológica normal, se le puede añadir la degradación patológica inherente a las enfermedades que podemos ir sufriendo y que hace que nuestros órganos se deterioren.

Dicho deterioro puede acompañarse de trastornos funcionales de los órganos afectados que pueden comprometer nuestra salud, y en ocasiones, si no se resuelve, incluso llevar a la muerte.

Por ello, se plantea la necesidad de reparar los órganos afectados, objetivo que se puede conseguir o bien sustituyendo el órgano lesionado por un trasplante o bien tratando de regenerarlo.

Esta segunda posibilidad da pie a la denominada medicina regenerativa y reparadora.

Los órganos afectados se pueden esencialmente reparar por dos mecanismos, activando su propio sistema de reparación, o tratando de hacerlo por procedimientos externos, esto es por la denominada terapia celular, que esencialmente consiste en transferir al órgano lesionado células sanas de su propia estirpe que puedan regenerar el tejido dañado. Aquí nosotros vamos a denominar a las células transferidas, células reparadoras.

Las células reparadoras y su valoración ética

Para conseguir los objetivos reparadores, lo primero que hay que lograr es producir u obtener células del tejido del órgano afectado; si por ejemplo, es el corazón, células cardiacas, que son las que podrían transferirse al corazón lesionado.  En función de dónde se obtengan las células reparadoras será la valoración ética que estas prácticas merezcan.

Las células reparadoras esencialmente se pueden obtener de tres orígenes: células madre embrionariascélulas madre adultas o células adultas reprogramadas, las denominadas células  iPS, por las siglas en inglés definidoras del proceso reprogramador.

Vamos en primer lugar a referirnos a estas últimas, las células iPS. Las células adultas de nuestro organismo, por ejemplo las células de piel, son células completamente diferenciadas para cumplir el fin que tienen determinado, y ya no pueden hacer, y ya es suficiente, nada más. Pero estas células pueden ser desdiferenciadas hasta ir adquiriendo características similares a las células madre embrionarias, pero sin llegar a ser células embrionarias. A estas células indeferenciadas, similares a las células madre embrionarias, es a las que se denominan células iPS. A uno de los investigadores que pusieron a punto este proceso de desdiferenciación, Shinya Yamanaka, se le concedió el premio Nobel de Medicina en el año 2012, lo que refleja la importancia que a este logro se le atribuyó.

Pues bien, de las células madre embrionarias, de las madre adultas y de las células iPS, sometidas a procedimientos técnicos concretos, se pueden obtener células de prácticamente todo tipo de tejidos, son las que aquí hemos denominado células reparadoras, y con ellas se podrán reparar los órganos lesionados.

Indudablemente no podemos, y creemos que no procede, comentar las técnicas que todos estos procedimientos metodológicos conllevan, solo nos detendremos a evaluar cómo afecta éticamente a su uso la fuente de donde se obtienen las células reparadoras, las que se van a utilizar para regenerar el órgano lesionado.

Hemos dicho que se pueden obtener de las células madre embrionarias, de las células madre adultas y de las células iPS. Las células madre embrionarias se obtienen de embriones de 60 a 200 células, blastocistos, que hay que destruir para obtenerlas. Consecuentemente si se utilizan células madre embrionarias, el que haya que destruir embriones humanos para obtenerlas afectará a la eticidad de todo lo que posteriormente se realice con dichas células. Es decir, cualquier logro que se consiga utilizando células madre embrionarias será éticamente negativo, por muy positivo que sea el fin para el que se utilicen, aunque sea reparar un órgano lesionado de un individuo adulto. El fin nunca justifica los medios utilizados para conseguirlo.

El uso de las células reparadoras obtenidas de cualquiera de las otras dos fuentes de células madre, las adultas y las iPS, no conlleva ninguna dificultad ética, pues para obtenerlas no hay que destruir embriones humanos, que es la razón última del por qué no se puede utilizar éticamente las células madre embrionarias.

Resumiendo:  a) la medicina regenerativa y reparadora puede ser una importante arma terapéutica del siglo XXI en el que estamos; b) la eticidad de estas prácticas esta condicionada por el tipo de células madre que se utilicen para obtener las células reparadoras y c) consecuentemente, sean éticamente admisibles todas las prácticas que utilicen células madre adultas o iPS y no serán éticamente aceptables las que usen células madre embrionarias, pues su obtención conlleva ineludiblemente destruir embriones humanos, algo éticamente inaceptable.

 

Justo Aznar

Observatorio de Bioética

Universidad Católica de  Valencia

justo.aznar@ucv.es

El sentido de la religión para científicos e ingenieros (Tema actual)

El sentido de la religión para científicos e ingenieros
La mecánica de Dios

El astrónomo vaticano Guy Consolmagno, analiza en un libro, la convivencia entre tecnología y religiosidad desde la perspectiva cristiana


Por: Olga Castro-Perea | Fuente: tendencias21.net 



El astrónomo Guy Consolmagno, que actualmente trabaja en el Observatorio Vaticano, ha publicado un libro en el que analiza la posibilidad de conciliar, a nivel individual, ciencia y fe. Basado en entrevistas realizadas a docenas de “tecnólogos” creyentes, Consolmagno ha conseguido establecer un conjunto de directrices que reflejan los problemas a los que se enfrentan los científicos e ingenieros que, además, se sienten religiosos. La presión cultural para este grupo de especialistas hace que rechacen sus propias creencias y, también, que no encuentren palabras para expresar sus experiencias con lo trascendente
En su libro titulado God's Mechanics: How Scientists and Engineers Make Sense of Religion (La mecánica de Dios: el sentido de la religión para científicos e ingenieros), analiza la convivencia entre tecnología y religiosidad desde la perspectiva cristiana.

Publicado por la editorial Jossey-Bass, esta obra cuenta las historias de aquéllos que, identificados con la mentalidad científica de nuestra época, al mismo tiempo son creyentes o se sienten religiosos.

Consolmagno, en cuya vida la religión juega un papel central, al igual que la tecnología y la ciencia, realiza en dicho libro algunas reflexiones filosóficas, al tiempo que lleva a cabo entrevistas con docenas de técnicos, para presentar un conjunto de directrices con las que enfrentar problemas “tipo”, con los que han de convivir todas las personas que pretenden compaginar fe y ciencia.

Variedad de experiencias

Escrito con humor, el libro expone la manera que tienen una serie de científicos e ingenieros creyentes, con conocimientos tecnológicos, de mezclar la cultura tecnológica con profundas creencias religiosas, imposibles de “probar” desde el punto de vista de la ciencia.

En la revista Boingboing.net se comenta del libro que Consolmagno, un científico jesuita, devoto de la ciencia ficción, ha conseguido desarrollar una explicación de la convivencia entre ciencia y fe desde una perspectiva extremadamente variada y detectivesca.

“La exegesis de Consolmagno acerca de la fe con una organización sistemática en la exploración de la experiencia humana de lo numinoso resulta fascinante. El autor formula un minucioso y sorprendente viaje a través de una variedad de experiencias personales de la espiritualidad y de la religión”.

El propio autor, en la revista de la Asociación de Alumnos del MIT (el Instituto Tecnológico de Massachussets, en el que se formó), señala que para los técnicos, la religión conlleva connotaciones negativas: para muchos significa una jerarquía insensible, una burocracia torpe y un conjunto de normas demasiado restrictivas.

Presión cultural

Según Consolmagno, los costes y riesgos de Cualquier Cosa Inmensa son reales y resultan familiares para cada especialista en tecnología y ciencia, como la incapacidad de controlarlo. Sin embargo, afirma, aunque muchos científicos actuales se queden fríos con los ritos y rituales de sus iglesias, eso no significa que no los necesiten. De hecho, el autor señala que estos técnicos responderían a una liturgia que diera sentido a lo que hacen en la ciencia.

Como resultado a las entrevistas que realizó para dar forma a su libro, Consolmagno ha descubierto además que los técnicos carecen de herramientas filosóficas y lingüísticas que describan sus experiencias religiosas.

De hecho, en numerosas ocasiones, señala, tuvo que descifrar lo que intentaban explicarle en dichas entrevistas acerca de religiosidad y vivencias en este ámbito. Según él, “una experiencia de Dios es muy difícil de expresar para un poeta y los ingenieros, en muy raras ocasiones, desarrollan nuevas metáforas”.

Por otro lado, los científicos aún se ven atrapados por la cultura que les dice que un individuo realmente “técnico” no puede ser religioso, por lo que se sienten presionados para no expresar ideas de este tipo. Por eso no suelen hacerlo, ni siquiera en ámbitos íntimos, con amigos o familiares.

Muchas preguntas

Según Consolmagno, él sí puede expresar sus experiencias religiosas gracias a su formación como jesuita, que le ha proporcionado el vocabulario y las categorías –así como el permiso cultural- para hablar de las cosas trascendentales que todo el mundo experimenta y que no todo el mundo puede describir, por falta de palabras adecuadas.

Consolmagno señala que ha tenido una estrecha relación con los científicos, dada su formación, durante años. Las preguntas de éstos sobre cómo consigue que “funcionen” en convivencia su religiosidad y su cultura científica podrían estar en el origen de la concepción de la presente obra.

Guy Consolmagno es un astrónomo que observa los meteoritos en el Observatorio Vaticano, institución de investigación astronómica dependiente del Papa. Se licenció en el MIT, y posteriormente se doctoró en astronomía en la Universidad de Arizona. Ha sido investigador en el Centro Harvard/Smithsonian de Astrofísica y en el MIT, y también ha servido en los Cuerpos de Paz de Estados Unidos en misiones en Kenya. Además de haber publicado más de un centenar de artículos científicos, es autor de varios libros, como Turn Left at Orion (editado por Cambridge University Press en 1989).

miércoles, 26 de agosto de 2015

Lo que hay detrás del fraude científico (Tema actual)

Lo que hay detrás del fraude científico
El engaño científico no es un fenómeno moderno: ¿por qué, cuánto y cómo se realiza?


Por: Javier Jiménez | Fuente: m.magnet.xataka.com 



Estamos enamorados de la ciencia: colados, prendados, totalmente seducidos. Nos tiene loquitos: según las 'Encuestas de la Percepción Social de la Ciencia', cuanto más científica es una profesión, más respeto social acumula. Es lógico, pese a sus pequeños fallos, sus manías y sus bombas nucleares, nos ha dado un mundo que nunca habríamos soñado tener. Pero como demuestran todas las series sobre institutos americanos, el amor está indeleblemente unido a la traición y el engaño. En ciencia también.
Hablar de fraude científico puede parecer un tema menor, un tipo de 'dopaje académico' que sólo afecta a los investigadores y a los aficionados a la divulgación científica. Pero es algo un pelín más serio. No debemos olvidar que la que muchos consideran como causa del revival actual del "movimiento antivacunas" fue un fraude científico que tardamos más de 12 años en retirar: el estudio que Andrew Wakefield publicó en 1998 relacionando la vacuna de la triple vírica con el autismo. Poca broma.

¿Qué es el fraude científico?

El fraude científico es la distorsión intencionada del proceso investigador. Es decir, "Mentir como bellacos: Sección Ciencia". Con esta etiqueta nos referimos a los casos más graves: fabricación, falsificación y plagio.
La fabricación conlleva la creación de datos falsos, la falsificación se refiere a la manipulación en uno u otro sentido de datos verdaderos y el plagio, hacer pasar un trabajo ajeno (o fragmentos de él) como propio.
"El fraude científico es la distorsión intencionada del proceso investigador"
Aunque esa es la Santísima Trinidad del mal científico, también usamos del concepto más amplio de 'mala praxis científica' (scientific misconduct) que incluye prácticas como el uso de escritores (y analistas de datos) fantasma, la manipulación de los índices de impacto, la violación de los principios éticos (sean experimentos humanos o animales) y la no publicación (o directamente ocultamiento) de resultados relevantes.

¿Cómo está de extendido?

Medir el fraude es complejo. La distinción entre error y engaño no es evidente: un científico al que "han pillado con el carrito del helado", siempre pueden recurrir a la 'equivocación' o al 'yo-no-sabía-nada'. En definitiva, salvo defraudadores en serie o denuncias directas de colaboradores, en fraude científico se suele pillar antes al cojo que al mentiroso.
"El fraude es un fenómeno tremendamente complejo de medir"
Por eso, las estimaciones varían muchísimo. En Estados Unidos, hay una horquilla entre el 0'001, según los datos confirmados por el Gobierno, y el 10-20% de 'serias deficiencias' detectadas por la FDA americana entre el 77 y el 90 - y que llevaron a** ser condenados por mala praxis a un 2% de los investigadores clínicos supervisados por dicha agencia** federal. Otros indicadores que suelen usarse son los artículos retirados de revistas científicas, lo que nos situarían entre el 0'02 y el 1%.
Como podéis observar, es un tema difícil de medir, en el que existen grandes intereses y donde hay muchos indicadores distintos que nos ofrecen cifras muy dispares. Lo que, en lenguaje técnico, denominamos 'un follón de tres pares de narices'.
Para dar un poco de claridad al asunto, Daniele Fanelli sacó la artillería pesada: el metaanálisis. Veréis: como pasa con las encuestas electorales, cada estudio científico tiene sus fallos, sus problemas de muestreo, sus sesgos y sus aciertos. Por eso, la estrategia más razonable es coger todos los estudios y compararlos para depurar fallos y hacer brillar los aciertos. A eso le llamamos 'metanálisis'. Fanelli recogió todas las encuestas que se habían hecho sobre fraude científico (unas 18 que trataban fundamentalmente sobre fabricación y falsificación) y las metaanalizó para ver qué nos podían contar.
"Un 33'7% de los científicos reconocen haber realizado algún tipo de mala práctica científica"
Y nos cuentan cosas interesantes: Si se les preguntaba por su propia conducta, un 1,97% de los científicos reconocieron haber fabricado o falsificado datos al menos una vez y un 33,7% reconocieron haber realizado algún otro tipo de práctica cuestionable. Pero si se les preguntaba por la conducta de sus colegas, las cifras ascendían a un 14,12% y 72% respectivamente. Curioso, ¿verdad? O hay un hombre que lo hace todo en España (fraudes científicos incluídos) y es muy popular o el efecto 'viga-en-ojo-ajeno' se da aquí en todo su esplendor.
En nuestro país, como decía hace unos años Joaquim Elcacho, "no lidera el ranking mundial de investigadores fraudulentos; no obstante, empezamos a contar con alguna figura de renombre internacional". El lado negativo es que esto se debe más a nuestro relativo infradesarrollo científico que a otros factores dignos de orgullo.

¿Es un fenómeno nuevo?

Habrá que aclarar que el fraude científico no es algo nuevo. En 1702, William Charlton mandó una mariposa (la Papilio ecclipsis) a James Petiver, uno de los primeros grandes entomólogos ingleses, y éste lo dio por bueno. Pasaron 91 años, hasta que Fabricius se dio cuenta de que era otra mariposa, la muy común Gonepteryx rhamni, pintada con puntos negros.
En 1830, Charles Babbage publicó sus "Reflexiones sobre el Declive de la Ciencia en Inglaterra y algunas de sus causas". En él, aunque hay quien piensa que su mayor motivación era personal, ajusta cuentas con el establishment científico de la época y hace un repaso muy jugoso de la situación del momento con frases que podrían haber sido escritas hace un cuarto de hora.
"En los últimos 40 años, el fraude científico no ha hecho sino aumentar"
Pese a que como decía este no es un fenómeno moderno, parece cierto que en los últimos 40 años el fraude científico ha aumentado (y con él la atención mediática y la preocupación política).
Hwang Woo-Suk dijo haber sido el primer científico en clonar un embrión humano; Joachim Boldt falsificó más de 90 artículos; la revista National Geographic dijo haber encontrado al Archaeoraptor, el eslabón perdido entre las aves y los dinosaurios; Marcial Losada publicó unos delirantes análisis sobre la felicidad que, en fin, no me tiréis de la lengua... Podríamos dedicar un post a repasar solo los fraudes científicos más raros y sorprendentes. Sin ir más lejos, en España, quizá el caso más llamativo fue el de Jesús Ángel Lemus, un veterinario que colaboraba con el CSIC y que se inventó 24 artículos científicos entre 2007 y 2011. Lemus, tras ser cazado por sus propios compañeros, declaró a El País que "hay mucha presión por publicar".

¿Por qué los científicos comenten fraude?

La clave del fraude reside en que, según parece, los científicos son personas. Y las personas responden a incentivos y consecuencias.
Como lleva defendiendo mucho tiempo el profesor Jesús Zamora Bonilla las decisiones de los científicos sobre qué investigar, qué métodos usar, cuándo aceptar una teoría y cuándo rechazarla o cómo interpretar un experimento no ocurren en el vacío, no son neutrales y, por supuesto, no son inocentes.
"Los científicos, según algunas polémicas investigaciones, son personas. Flipa."
Sydney Brenner, Nobel de medicina en 2002, reflexionaba hace unos años sobre como dejar la ciencia a los científicos había provocado una deriva del sistema académico que estaba destruyendo las bases de la ciencia.
La imagen de los científicos suele ser la de 'buscadores de la verdad', pero, si lo pensamos un poco, veremos que en realidad los científicos buscan un montón de cosas más. Buscan dinero, reconocimiento, respeto, realización personal, seguridad y un largo etcétera.
Por eso, necesitamos una mayor implicación de la sociedad en el debate científico. En primer lugar, porque las sociedades democráticas tienen en sus manos decisiones muy importantes sobre como se organiza y desarrolla la ciencia.
Y, en segundo lugar, porque todos los que nos hemos dedicado a ésta tenemos claro que el éxito de la ciencia depende de nuestra capacidad para alinear objetivos personales y colectivos y para lograr que la única forma de conseguir reconocimiento, poder y dinero en el mundo científico sea buscando la verdad. Y eso es algo que solo podemos lograr todos juntos.

domingo, 23 de agosto de 2015

La historia del niño obligado a ser niña (Tema actual)

La historia del niño obligado a ser niña
Su historia muestra el verdadero rostro de la ideología de género y de sus promotores, cuyo objetivo es el ataque a las bases de la cultura occidental a través de la ingeniería social


Por: La gaceta | Fuente: fraynelson.com 



La base de la teoría de género tiene un nombre: David Reimer. Su historia muestra el verdadero rostro de la ideología de género y de sus promotores, cuyo objetivo no es la defensa de los "derechos sexuales" como pretenden hacer creer, sino el ataque a las bases de la cultura occidental a través de la ingeniería social. David Reimer fue obligado por sus padres y el doctor John Money, padre de la ideología de género, a criarse como si fuera una niña para poder demostrar que las diferencias entre el hombre y la mujer son tan sólo culturales.
La traumática historia de David Reimer comienza el 22 de agosto de 1965. Ese día nacieron en el hospital St. Boniface de Winnipeg (Canadá) dos gemelos, Bruce y Brian Reimer, a los que tuvieron que realizar una circuncisión por un problema de fimosis. A los siete meses, los pequeños fueron operados y, mientras realizaba la intervención, el médico cometió una negligencia y a uno de los dos gemelos, Bruce, le quemó el pene más allá de la reparación quirúrgica.
Esta negligencia médica fue la que desencadenó la pesadilla de Bruce. Buscando desesperadamente ayuda, los padres de los pequeños acudieron al doctor John Money, dedicado a la "reasignación sexual" por aquel entonces en el Hospital  Johns Hopkins de Baltimore y director de una clínica pionera en cirugía transexual.
El Dr. Money había sido uno de los primeros en oponer el género al sexo biológico, asegurando que las diferencias entre el hombre y la mujer son culturales e independientes del sexo. Money fue definido por The New York Times como "un agente provocador de la revolución sexual" y no se cansó de aparecer en los medios de comunicación de la época para defender "la liberación sexual".
Por esta razón, cuando el pequeño Bruce llegó a sus manos, vio la oportunidad de demostrar las teorías que defendía. Sin mostrar ningún tipo de escrúpulo por experimentar con la vida de un ser humano, Money aconsejó a los padres del pequeño el cambio de sexo en el que él mismo era experto. "Yo puedo proporcionaros una vagina, pero para que el cambio sea completo necesito vuestra colaboración", fue la petición de Money a los jóvenes padres de Bruce, que apenas tenían 20 años y a los que este doctor les parecía "un dios". Así que con 22 meses, a Bruce le extirparon los testículos y sus padres se dedicaron desde entonces a criarla como si fuera una niña.

A los 11 años, el primer intento de suicidio

De esta forma, Bruce se convirtió en Brenda y su caso se conoció por todo Estados Unidos gracias a la propaganda que de él hizo el Dr. Money. En su libro publicado en 1972, Man & Woman, Boy & Girl, Money alardeó del "éxito rotundo" de su experimento y se dedicó a proclamar a los cuatro vientos que este caso era "la prueba concluyente" de que "no se nace hombre o mujer, sino que uno se convierte en hombre o mujer".
Sin embargo, el Dr. Money no hacía otra cosa que vender humo, ya que el éxito del que alardeaba no era tal. La pequeña Brenda nunca quiso ser una niña: cambiaba las muñecas que le regalaban por las peleas con sus amigos e incluso intentaba orinar de pie en el baño. Los primeros años de colegio sólo consiguieron empeorar la situación: sus compañeros se burlaban de la pequeña llamándola "marimacho" y "gorila" por su comportamiento masculino. Poco a poco, Brenda desarrolló conductas agresivas que dificultaron su educación. A los 11 años, intentó suicidarse al comenzar su tratamiento de estrógenos para que le crecieran los pechos.
Ajeno a la realidad del pobre niño que había sido obligado a ir contra su propia naturaleza, el mundo aceptó de buen grado las teorías del Dr. Money y la ideología de género fue imponiéndose poco a poco en la mentalidad de la sociedad. De tal forma, que hoy en día se ve con naturalidad que una persona decida obviar su propia naturaleza y cambie su sexo. Ser hombre o mujer puede ser una decisión personal. Sin embargo, muy pocos recuerdan que esta ideología se construyó sobre el dolor de un niño al que forzaron a perder su identidad.
Por si la frustración de este niño obligado a ser niña para probar una teoría no fuera suficiente, fue obligado a ver escenas de sexo explícitas, tanto en la consulta del Dr. Money como en su propia casa, y a simular actos sexuales con su propio hermano. Estos actos formaban parte de su "liberación sexual", así como el acostumbrarse a que sus padres fueran frecuentemente desnudos por la casa.

Volver a recuperar la identidad perdida

En 1980, el padre de este "niño experimento" decidió contarle la verdad sobre su origen y, por primera vez, Brenda sintió algo de paz al entender que "no estaba loca". Tras conocer la verdad, Brenda decidió volver a su sexo biológico y lo primero que hizo fue cambiarse el nombre. Eligió llamarse David porque este es el personaje bíblico que, siendo un niño, vence al gigante y poderoso Goliat.
Así comenzó su lucha por recuperar lo que le habían arrebatado. Empezó a inyectarse testosterona, le crecieron los primeros pelos en el rostro y a los dieciséis años se sometió a la primera operación para la creación de un pene. Mientras esperaba la mayoría de edad, permaneció escondido dos años en el sótano de su casa.
Sin embargo, este camino tampoco fue fácil de recorrer. David se sentía frustrado por su historia personal y su pasado le perseguía, hasta el punto de volver a intentar suicidarse en dos ocasiones. Finalmente, el trauma psicológico unido al suicidio de su hermano gemelo pudieron con él y se suicidó a los 38 años de edad, después de haber conseguido reconstruir en parte su vida al casarse y ser padre de tres niños.
David Reimer fue una víctima de la ideología de género
El padre de estas teorías, John Money, experimentó sin escrúpulos con su vida y le convirtió en una cobaya humana con el consentimiento de sus padres. El dolor de un niño vendido como "el triunfo del género frente al sexo" ayudó a la extensión de una ideología que aún hoy intenta imponerse en la sociedad. Frente al intento de hacer creer que ser hombre o mujer se elige porque sólo es una estructura cultura, es importante recordar que a David Reimer le arrebataron su identidad y su vida quedó destrozada.

• Casa para tu fe católica

lunes, 29 de diciembre de 2014

La partícula de Dios (Temas actuales)

La partícula de Dios
El bosón de Higgs
La comprobación de la existencia de esta partícula señala como la ciencia y la fe, no están en contraposición, sino que se complementan


Por: Mons. Pedro Agustín Rivera Díaz | Fuente: es.gaudiumpress.org



Un amigo periodista, sabiendo que además de sacerdote, soy químico de profesión, me entrevistó en radio y me preguntó que si la expresión "partícula de Dios" , referida a una partícula sub atómica, más adecuadamente llamada "bosón de Higgs", no era un intento de negar la existencia de Dios y le comenté que no era así, pues incluso, quien acuñó el término de "partícula de Dios", para una novela de divulgación científica, el Premio Nobel de Física (1988), Leon Lederman, había señalado que demostrar la existencia del "bosón de Higgs" ayudaría a comprender mejor "cómo Dios hizo el universo".

La intención de los científicos europeos que dieron a conocer en Ginebra que habían comprobado la existencia de "la partícula de Dios", contando con la presencia del Doctor George Higgs, quien en los años sesenta propuso la existencia del "bosón", no es negar la existencia de Dios o distorsionar la imagen que de Él tenemos los creyentes.

Ciertamente la utilización del término "partícula de Dios", con el que también es conocido el "bosón de Higgs", a más de alguno le podría hacer pensar que Dios es materia y tiene partículas y por lo mismo es "medible" y "manipulable"; a otros les podría hacer suponer una especie de un "panteísmo", donde el conjunto del todo "hace a Dios" e incluso algunos podrían llegar a afirmar que "Dios no existe".

Contrario a esas posturas, la comprobación de la existencia de esta partícula señala como la ciencia y la fe, no están en contraposición, sino que se complementan, pues tienen como objeto común la verdad, a la cual se acercan de diversos modos. La ciencia a través de las causas segundas y la religión a través de la causa primera que es Dios. La ciencia pretende saber "el cómo", la religión nos dice "Quien".

Dios es el creador de todo cuanto existe, visible e invisible y se distingue de su creatura. Es Espíritu y por lo mismo es inmensurable, es decir no medible. Sin embargo esto no significa que no podamos reconocer su existencia a través de la razón y de la ciencia, las cuales nos proporcionan algunos datos sobre Dios. Él mismo, se autorevela veladamente en el Antiguo Testamento y plenamente lo hace en la persona de Cristo. Como un acto libérrimo de amor, se limita y toma nuestra condición humana, sin dejar de ser Dios, para redimirnos, para que lo conozcamos mejor, experimentemos su amor y sepamos que estamos llamados a la Vida Eterna; datos que conocemos porque el mismo Dios nos lo reveló por su amado Hijo, Jesucristo.


El mundo en un orden maravilloso

El orden maravilloso que encontramos en el mundo de las partículas subatómicas, así como la belleza macrocósmica de las imágenes de las constelaciones en los límites del Universo captadas por el Telescopio Espacial "Hubble" y dadas a conocer en el 2009, nos hablan no sólo de un orden y una perfecta armonía, contarios al caos o al azar, sino de una mente creadora, que para los católicos es mucho más que "una mente" o "una energía", pues es persona y es nuestro Padre que se revela en la naturaleza y en cada ser humano, pues Dios mismo asume nuestra condición humana en su Hijo Jesucristo. Por lo mismo, este hallazgo científico como creyentes nos alegra, pues habla de la capacidad del hombre de escudriñar el mundo material, para conocer sus secretos y a través de ellos tener mayor número de evidencias la existencia de Dios.

El 4 de julio del 2012 para los físicos del mundo será recordado como el día en que pudieron comprobar hipótesis sobre las "partículas subatómicas" y que su visión de la "materialidad" del mundo era correcta, pues encontraron el "eslabón perdido" que le da sustento a las hipótesis que desde la segunda mitad del siglo pasado habían propuesto para explicar la manera en que las partículas subatómicas interactúan, se mantienen unidas para dar consistencia a la materia y se comportan de la manera en que lo hacen.

En 1972, junto con algunos amigos de la Preparatoria 8 de la UNAM en la que estudié, presentamos en una exposición universitaria, la figura tridimensional de un "Orbital D"; dato científico que en ese entonces era una novedad, pues después de los descubrimientos que dieron pie a la utilización de la energía atómica aún faltaba mucho por conocer sobre la constitución subatómica de la materia y su comportamiento, por lo que contaba con diversas hipótesis, como la que ahora se ha comprobado.

En general, desde la secundaria y en la preparatoria también, a todos, se nos habla de los elementos de la Tabla Periódica, de los átomos, de los protones, neutrones y electrones y quizá, cuando se estudia el proceso de vida de las plantas, se menciona a los fotones. En estudios más especializados sobre el mundo de las partículas subatómicas se habla de los "quarks" y "leptones" que son de seis variedades cada uno. Los "leptones" aparecen de manera individual y los "quarks" en pares, los cuales están unidos por "gluones". Recordemos que estos nombres se fueron dando a las partículas según se iban "suponiendo" y descubriendo.

Para explicar algunos "comportamientos de estas partículas", el científico Inglés George Higgs propuso la existencia de una partícula más a la que llamó "bosón", por lo que desde 1964, esta partícula hipotética fue llamada "bosón de Higgs". Años después, en una novela de divulgación científica, esta partícula fue denominada por Leon Lederman como "la partícula de Dios", sin ninguna connotación de tipo religioso, sino solamente analógico, con la idea de que se sabía que existía, pero que nadie la había visto.

Por Mons. Pedro Agustín Rivera Díaz
Rector del Templo Expiatorio a Cristo Rey
Antigua Basilica de Guadalupe

viernes, 7 de noviembre de 2014

La dignidad del moribundo (S.S. Juan Pablo II) 07112014

La dignidad del moribundo
Una línea de conducta moral
El tiempo en que vivimos exige de todas las fuerzas de la caridad cristiana y de la solidaridad humana


Por: S.S. Juan Pablo II | Fuente: Vatican.va


Deseo expresar mi satisfacción por toda la actividad de investigación rigurosa y de amplia información, que la Academia pontificia ha sabido preparar y realizar durante este primer quinquenio de vida. El tema que habéis elegido para vuestra reflexión, «La dignidad del moribundo», pretende llevar luz de doctrina y de sabiduría a una frontera que, en algunos aspectos, es nueva y crucial. En efecto, la vida de los moribundos y de los enfermos graves está expuesta hoy a una serie de peligros que se manifiestan, unas veces, en forma de tratamientos deshumanizadores y, otras, en la desconsideración e incluso en el abandono, que puede llegar hasta la solución de la eutanasia.
El fenómeno del abandono del moribundo, que se está extendiendo en la sociedad desarrollada, tiene diversas raíces y múltiples dimensiones, bien presentes en vuestro análisis.
 
Hay una dimensión sociocultural, definida con el nombre de «ocultación de la muerte»: las sociedades, organizadas según el criterio de la búsqueda del bienestar material, consideran la muerte como algo sin sentido y, con el fin de resolver su interrogante, proponen a veces su anticipación indolora. La llamada «cultura del bienestar» implica frecuentemente la incapacidad de captar el sentido de la vida en las situaciones de sufrimiento y limitación, que se dan mientras el hombre se acerca a la muerte. Esa incapacidad se agrava cuando se manifiesta dentro de un humanismo cerrado a la trascendencia, y se traduce a menudo en una pérdida de confianza en el valor del hombre y de la vida.
 
Hay, además, una dimensión filosófica e ideológica, basándose en la cual se apela a la autonomía absoluta del hombre, como si fuera el autor de su propia vida. Desde este punto de vista, se insiste en el principio de la autodeterminación y se llega incluso a exaltar el suicidio y la eutanasia como formas paradójicas de afirmación y, al mismo tiempo, de destrucción del propio yo.
 
Hay, asimismo, una dimensión médica y asistencial, que se expresa en una tendencia a limitar el cuidado de los enfermos graves, enviados a centros de salud que no siempre son capaces de proporcionar una asistencia personalizada y humana. Como consecuencia, la persona internada muchas veces no tiene ningún contacto con su familia y se halla expuesta a una especie de invasión tecnológica que humilla su dignidad.
 
Existe, por último, el impulso oculto de la llamada «ética utilitarista», por la cual muchas sociedades avanzadas se regulan según los criterios de productividad y eficiencia: desde esta perspectiva, el enfermo grave y el moribundo necesitado de cuidados prolongados y específicos son considerados, a la luz de la relación costo-beneficios, como cargas y sujetos pasivos. En consecuencia, esa mentalidad lleva a disminuir el apoyo a la fase declinante de la vida.
 
Éste es el marco ideológico en que se fundan las campañas de opinión, cada vez más frecuentes, que pretenden la instauración de leyes en favor de la eutanasia y del suicidio asistido.
 
Los resultados ya obtenidos en algunos países, unas veces con sentencias del Tribunal supremo y otras con votos del Parlamento, confirman la difusión de ciertas convicciones.
 
Se trata de la avanzada de la cultura de la muerte, que se manifiesta también en otros fenómenos atribuibles, de un modo u otro, a una escasa valoración de la dignidad del hombre, como, por ejemplo, las muertes causadas por el hambre, la violencia, la guerra, la falta de control en el tráfico y la poca atención a las normas de seguridad en el trabajo.
 
Frente a las nuevas manifestaciones de la cultura de la muerte, la Iglesia tiene la obligación de mantenerse fiel a su amor al hombre, que es «el primer camino que (...) debe recorrer» (Redemptor hominis, 14). A ella le compete hoy la tarea de iluminar el rostro del hombre, en particular el rostro del moribundo, con toda la luz de su doctrina, con la luz de la razón y de la fe; tiene el deber de convocar, como ya ha hecho en diversas ocasiones cruciales, a todas las fuerzas de la comunidad y de las personas de buena voluntad para que, alrededor del moribundo, se establezca con renovado calor un vínculo de amor y solidaridad.
 
La Iglesia es consciente de que el momento de la muerte va acompañado siempre por sentimientos humanos muy intensos: una vida terrena termina; se produce la ruptura de los vínculos afectivos, generacionales y sociales, que forman parte de la intimidad de la persona; en la conciencia del sujeto que muere y de quien lo asiste se da el conflicto entre la esperanza en la inmortalidad y lo desconocido, que turba incluso a los espíritus más iluminados. La Iglesia eleva su voz para que no se ofenda al moribundo, sino que, por el contrario, se lo acompañe con amorosa solicitud mientras se prepara para cruzar el umbral del tiempo y entrar en la eternidad.
 
 «La dignidad del moribundo» está enraizada en su índole de criatura y en su vocación personal a la vida inmortal.
La mirada llena de esperanza transfigura la decadencia de nuestro cuerpo mortal. «Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: la muerte ha sido absorbida por la victoria» (1 Co 15, 54; cf. 2 Co 5, 1).
 
Por tanto, la Iglesia, al defender el carácter sagrado de la vida también en el moribundo, no obedece a ninguna forma de absolutización de la vida física; por el contrario, enseña a respetar la verdadera dignidad de la persona, que es criatura de Dios, y ayuda a aceptar serenamente la muerte cuando las fuerzas físicas ya no se pueden sostener. En la encíclica Evangelium vitae escribí: «La vida del cuerpo en su condición terrena no es un valor absoluto para el creyente, sino que se le puede pedir que la ofrezca por un bien superior. (...) Sin embargo, ningún hombre puede decidir arbitrariamente entre vivir o morir. En efecto, sólo es dueño absoluto de esta decisión el Creador, en quien "vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 28)» (n. 47).
 
De aquí brota una línea de conducta moral con respecto al enfermo grave y al moribundo que es contraria, por una parte, a la eutanasia y al suicidio (cf. ib., 61), y, por otra, a las formas de «encarnizamiento terapéutico» que no son un verdadero apoyo a la vida y a la dignidad del moribundo.
Es oportuno recordar aquí el juicio de condena de la eutanasia entendida en sentido propio como «una acción o una omisión que, por su naturaleza y en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor», pues constituye «una grave violación de la ley de Dios» (ib., 65). Igualmente, hay que tener presente la condena del suicidio, dado que, «bajo el punto de vista objetivo, es un acto gravemente inmoral, porque conlleva el rechazo del amor a sí mismo y la renuncia a los deberes de justicia y de caridad para con el prójimo, para con las distintas comunidades de las que se forma parte y para la sociedad en general. En su realidad más profunda, constituye un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y sobre la muerte» (ib., 66).
 
El tiempo en que vivimos exige la movilización de todas las fuerzas de la caridad cristiana y de la solidaridad humana.
En efecto, es preciso afrontar los nuevos desafíos de la legalización de la eutanasia y del suicidio asistido. Para este fin, no basta luchar contra esta tendencia de muerte en la opinión pública y en los parlamentos; también es necesario comprometer a la sociedad y a los organismos de la Iglesia en favor de una digna asistencia al moribundo.
 
Desde esta perspectiva, apoyo de buen grado a cuantos promueven obras e iniciativas para la asistencia de los enfermos graves, de los enfermos mentales crónicos y de los moribundos. Si es necesario, deben tratar de adecuar las obras asistenciales ya existentes a las nuevas exigencias, para que ningún moribundo sea abandonado o se quede solo y sin asistencia ante la muerte. Ésta es la lección que nos han dejado numerosos santos y santas a lo largo de los siglos y, también recientemente, la madre Teresa de Calcuta con sus oportunas iniciativas. Es preciso educar a toda comunidad diocesana y parroquial para asistir a sus ancianos, y para cuidar y visitar a sus enfermos en sus casas y en los centros específicos, según las necesidades.
 
La delicadeza de las conciencias en las familias y en los hospitales favorecerá seguramente una aplicación más general de los «cuidados paliativos» a los enfermos graves y a los moribundos, para aliviar los síntomas del dolor, llevándoles al mismo tiempo consuelo espiritual con una asistencia asidua y diligente. Deberán surgir nuevas obras para acoger a los ancianos que no son autosuficientes y se encuentran solos; pero, sobre todo, deberá promoverse una amplia organización de apoyo económico, además de moral, a la asistencia prestada a domicilio: en efecto, las familias que quieren mantener en su casa a la persona gravemente enferma, afrontan sacrificios a veces muy costosos.
 
Las Iglesias particulares y las congregaciones religiosas tienen la oportunidad de dar en este campo un testimonio de vanguardia, conscientes de las palabras del Señor a propósito de cuantos se prodigan por aliviar a los enfermos: «Estaba enfermo y me visitasteis» (Mt 25, 36).
María, la Madre dolorosa que asistió a Jesús moribundo en la cruz, infunda en la madre Iglesia su Espíritu y la acompañe en el cumplimiento de esta misión.
 
Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a la Pontificia Academia para la Vida (27 de febrero de 1999)