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miércoles, 22 de mayo de 2019

Catequesis del Papa (“Nunca dejemos de hablar al Padre de nuestros hermanos y hermanas”) 22052019


Audiencia General, 22 Mayo 2019 © Vatican Media

“Nunca dejemos de hablar al Padre de nuestros hermanos y hermanas” – Catequesis completa

Fin del ciclo sobre el Padre Nuestro

(ZENIT – 22 mayo 2019).- El Papa Francisco ha exhortado a que, en la oración, “nunca dejemos de hablar al Padre de nuestros hermanos y hermanas en la humanidad, para que ninguno de ellos, especialmente los pobres, permanezca sin un consuelo y una porción de amor”.
En la catequesis de hoy, miércoles 24 de abril de 2019, el Santo Padre ha finalizado el ciclo de catequesis sobre el Padre Nuestro. A lo largo de ella, el Pontífice ha subrayado la necesidad de cultivar la oración y de dirigirnos a Dios como Padre, siendo el Espíritu Santo el que nos hace rezar verdaderamente como hijos de Dios.
Audacia de llamar a Dios “Padre”
Francisco ha señalado en primer lugar que esta oración cristiana nace de la audacia de llamar a Dios “Padre”.
Jesús el que nos introduce en este rezo, que no es una fórmula, sino una manera de introducirnos por medio de la gracia en la “intimidad filial” con el Señor.
Efectivamente, el Papa ha remarcado que el texto del Padre Nuestro recuerda a las expresiones de oración que aparecen en el Evangelio y ha enumerado algunos ejemplos.
Así, en Getsemaní, Jesús reza y se dirige a Dios con el término “Abbà” (Padre) y san Pablo también utilizó está invocación.
Espíritu Santo, protagonista
Francisco ha subrayado que el primer protagonista de toda oración cristiana es el Espíritu Santo: “Él  sopla en el corazón de cada uno de nosotros que somos discípulos de Jesús. El Espíritu nos hace capaces de orar como hijos de Dios, como realmente somos por el Bautismo. El Espíritu nos hace rezar en el “surco” que Jesús excavó para nosotros. Este es el misterio de la oración cristiana: la gracia nos atrae a ese diálogo de amor de la Santísima Trinidad”.
“Dios mío, Dios mío”
Asimismo, el Pontífice ha recordado que, aunque el Padre celestial no abandonaría a su Hijo, el amor de Jesús por nosotros le llevó  “al punto de experimentar el abandono de Dios, su lejanía, porque había tomado sobre sí todos nuestros pecados”.
En el momento de la cruz, cuando Jesús experimenta el mayor dolor, enuncia “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27:46). Y en ese “mío”,  que reitera  la consabida relación filial, “está el núcleo de la relación con el Padre, está el núcleo de la fe y de la oración”, explica el Obispo de Roma.
Orar en cualquier situación
A partir de este núcleo, continuó el Pontífice, “un cristiano puede rezar en cualquier situación”, con las expresiones de la Biblia o con cualquiera de las que han surgido a lo largo de la historia.
Finalmente, el Papa Francisco ha propuesto repetir la siguiente oración de Jesús: “Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a  pequeños” (Lc 10:21 ).
Para rezar, concluyó el Obispo de Roma, “tenemos que hacernos pequeños, para que el Espíritu Santo venga a nosotros y sea Él quien nos guíe en la oración”.
A continuación exponemos la catequesis completa del Santo Padre.
***
Catequesis del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy terminamos el ciclo de catequesis sobre el “Padre Nuestro”. Podemos decir que la oración cristiana nace de la audacia de llamar a Dios con el nombre de “Padre”. Esta es la raíz de la oración cristiana: llamar “Padre” a Dios. ¡Hace falta valor! No se trata  tanto de una fórmula, como de una intimidad filial en la que somos introducidos por gracia: Jesús es el revelador del Padre y nos da familiaridad con Él. ” No nos deja una fórmula para repetirla de modo mecánico). Como en toda oración vocal, el Espíritu Santo, a través de la Palabra de Dios, enseña a los hijos de Dios a hablar con su Padre. “(Catecismo de la Iglesia Católica, 2766). Jesús mismo usó diferentes expresiones para rezar al Padre. Si leemos con atención los Evangelios descubrimos que estas expresiones de oración que emergen en los labios de Jesús recuerdan el texto del “Padre Nuestro”.
Por ejemplo, en la noche de Getsemaní, Jesús reza así: “¡Abba, Padre! Todo es posible para ti: ¡aparta de mí esta copa! pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú “(Mc 14:36). Ya hemos recordado este texto del Evangelio de Marcos. ¿Cómo podemos dejar de reconocer en esta oración, por muy breve que sea, un rastro del “Padre Nuestro”? En medio de las tinieblas, Jesús invoca a Dios con el nombre de “Abbà”, con confianza filial y, aunque sienta temor y angustia, pide que se cumpla su voluntad.
En otros pasajes del Evangelio, Jesús insiste con sus discípulos para que cultiven un espíritu de oración. La oración debe ser insistente, y sobre todo, debe recordar a los hermanos, especialmente cuando vivimos relaciones difíciles con ellos. Jesús dice: “Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad, si tienes algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone vuestras ofensas” (Mc 11, 25). ¿Cómo podemos dejar de reconocer la similitud con el “Padre Nuestro” en estas expresiones? Y los ejemplos podrían ser numerosos, también para nosotros.
En los escritos de San Pablo no encontramos el texto del “Padre Nuestro”, pero su presencia emerge en esa estupenda síntesis donde la invocación del cristiano se condensa en una sola palabra: “Abbà” (véase Rom 8:15; Gal 4 , 6). En el Evangelio de Lucas, Jesús satisface plenamente la petición de los discípulos que, al verlo a menudo aislarse y sumergirse en la oración, un día deciden preguntarle: “Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan (el  Bautista) a sus discípulos” ( 11.1). Y entonces el Maestro les enseñó la oración al Padre.
Considerando el Nuevo Testamento en conjunto, resalta claramente que el primer protagonista de toda oración cristiana es el Espíritu Santo. No lo olvidemos: el protagonista de toda oración cristiana es el Espíritu Santo. Nosotros no podríamos rezar nunca sin la fuerza del Espíritu Santo. Es él quien reza en nosotros y nos mueve a rezar bien. Podemos pedir al Espíritu Santo que nos enseñe a rezar, porque Él es el protagonista, el que hace la verdadera oración en nosotros. Él  sopla en el corazón de cada uno de nosotros que somos discípulos de Jesús. El Espíritu nos hace capaces de orar como hijos de Dios, como realmente somos por el Bautismo. El Espíritu nos hace rezar en el “surco” que Jesús excavó para nosotros. Este es el misterio de la oración cristiana:  la gracia nos atrae a ese diálogo de amor de la Santísima Trinidad.
Jesús rezaba así. A veces usaba expresiones que ciertamente están muy lejos del texto del “Padre Nuestro”. Pensad en las palabras iniciales del Salmo 22, que Jesús pronuncia en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27:46). ¿Puede el Padre celestial abandonar a su Hijo? No, desde luego. Y sin embargo, el amor por nosotros, los pecadores, llevó a Jesús a este punto: al punto de experimentar el abandono de Dios, su lejanía, porque había tomado sobre sí todos nuestros pecados. Pero incluso en el grito de angustia, permanece el ” Dios mío, Dios mío“. En ese “mío” está el núcleo de la relación con el Padre, está el núcleo de la fe y de la oración.
Por eso, a partir de este núcleo, un cristiano puede rezar en cualquier situación. Puede asumir todas las oraciones de la Biblia, especialmente de los Salmos; pero puede rezar también con tantas expresiones que en milenios de historia han brotado del corazón de los hombres. Y nunca dejemos de hablar al Padre de nuestros hermanos y hermanas en la humanidad, para que ninguno de ellos, especialmente los pobres, permanezca sin un consuelo y una porción de amor.
Al final de esta catequesis, podemos repetir esa oración de Jesús: “Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a   pequeños” (Lc 10:21 ). Para rezar tenemos que hacernos pequeños, para que el Espíritu Santo venga a nosotros y sea Él quien nos guíe en la oración.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Catequesis del Papa (Jesús resucitado promete librarnos del mal) 15052019


Audiencia General, 15 Mayo 2019 © Vatican Media

Jesús resucitado promete librarnos del mal – Catequesis del Santo Padre

“Del perdón de Jesús en la cruz brota la paz”

(ZENIT – 8 mayo 2019).- “El Señor nos da la paz, nos da el perdón, pero nosotros tenemos que pedir ‘líbranos del mal’, para no caer en el mal. Esa es nuestra esperanza, la fuerza que nos da Jesús resucitado, que está aquí, entre nosotros: está aquí. Está aquí con la fuerza que nos da para seguir adelante y nos promete librarnos del mal”. Estas son las palabras finales del Papa Francisco durante la catequesis de hoy sobre la última parte del Padre Nuestro.
La audiencia general ha tenido lugar esta mañana en la plaza de San Pedro y en ella el Santo Padre ha reflexionado sobre la séptima petición del Padre Nuestro, “Mas líbranos del mal” (Mt 6,13b).
En primer lugar, el Papa ha señalado que en este rezo no solo se pide a Dios que no nos abandone en el momento de la tentación, sino que también es necesario que nos libre del mal y de la presencia del maligno, que nos rodea “para devorarnos”.
Doble súplica
El Pontífice ha destacado también que, como demuestra la doble súplica “No nos abandones” y “líbranos”, el Padre Nuestro no es ajeno a la vida y reconoce que la existencia del hombre está llena de dificultades. Además, el Papa prosigue: “Si no existieran los últimos versículos del “Padre Nuestro”, ¿cómo podrían rezar los pecadores, los perseguidos, los desesperados, los moribundos? La última petición es precisamente la petición de nosotros cuando estaremos en el límite, siempre.”
El mal está presente
El mal existe inevitablemente en la vida de las personas, “no es obra de Dios”, dice Francisco, pero está presente “en los pliegues de la historia”, añade, y a veces dicha presencia puede ser más fuerte que la de la misericordia del Señor.
Para el Obispo de Roma todos “sabemos que es el mal; todos nosotros sabemos que es la tentación; todos hemos experimentado en carne propia la tentación, de cualquier pecado. Pero es el tentador que nos mueve y nos empuja al mal, diciéndonos: ‘Haz esto, piensa esto, ve por ese camino’”.
Protesta contra el mal
Así,  esta última parte del Padre Nuestro supone una protesta desde el corazón de las personas contra el mal y contra todas las experiencias negativas que comporta “el luto del hombre, el dolor inocente, la esclavitud, la explotación del otro, el llanto de los niños inocentes”, enumera el Pontífice.
La lucha de Jesús
Francisco ha hecho referencia al hecho de que Jesús, como nosotros, también experimentó “la cuchillada del mal”, en su pasión y muerte, cuando experimentó la soledad y la crueldad.
No obstante, igualmente, el Papa expone que Jesús luchó para convertir el mal y librarnos de él: “En la hora del combate  a final, le dice a Pedro que vuelva a colocar la espada en su vaina, al ladrón arrepentido le asegura el cielo, a todos los hombres que lo rodean, y no se daban cuenta de la tragedia que estaba ocurriendo, les ofrece una palabra de paz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”(Lucas 23:34)”.
De este perdón de Jesús proviene la paz que viene de la cruz, “la paz auténtica viene de la cruz; es el don del Resucitado, un don que nos da Jesús”, explica el Santo Padre.
A continuación exponemos la catequesis completa del Papa Francisco.
***
Catequesis del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Llegamos a la séptima petición del “Padre Nuestro”: “Mas líbranos del mal” (Mt 6,13b). Con esta expresión, el que ora no pide solamente que no se le abandone en el momento de la tentación, sino también que se le libre del mal. El verbo original en griego es muy fuerte: evoca la presencia del maligno que tiende a agarrarnos y mordernos (ver 1 P. 5: 8) y del cual pedimos a Dios que nos libre- El apóstol Pedro dice también que el maligno, el diablo, nos rodea como un león enfurecido, para devorarnos y nosotros pedimos a Dios que nos libre de él.
Con esta doble súplica: “No nos abandones” y “líbranos”, surge una característica esencial de la oración cristiana. Jesús enseña a sus amigos a anteponer la invocación del Padre a todo, incluso y especialmente cuando el maligno hace sentir su presencia amenazadora. En efecto, la oración cristiana no cierra los ojos a la vida. Es una oración filial y no una oración infantil. No está tan infatuada de la paternidad de Dios como para olvidar que el camino del hombre está plagado de dificultades. Si no existieran los últimos versículos del “Padre Nuestro”, ¿cómo podrían rezar los pecadores, los perseguidos, los desesperados, los moribundos? La última petición es precisamente la petición de nosotros cuando estaremos en el límite, siempre.
Hay un mal en nuestra vida, que es una presencia indiscutible. Los libros de historia son el catálogo  desolador de cuánto nuestra existencia en este mundo haya sido a menudo  un fracaso. Hay un mal misterioso, que ciertamente no es obra de Dios, pero que penetra silenciosamente en los pliegues de la historia. Silencioso como la serpiente que lleva el veneno, silenciosamente. A veces parece predominar: algunos días su presencia parece incluso más aguda que la de la misericordia de Dios.
La persona que reza no está ciega, y ve con claridad este mal tan pesado y tan contradictorio con el misterio de Dios. Lo ve en la naturaleza, en la historia, incluso en su mismo corazón. Porque no hay nadie entre nosotros que pueda decir que está exento del mal, o al menos que no ha sido tentado. Todos nosotros sabemos que es el mal; todos nosotros sabemos que es la tentación; todos hemos experimentado en carne propia la tentación, de cualquier pecado. Pero es el tentador que nos mueve y nos empuja al mal, diciéndonos: “Haz esto, piensa esto, ve por ese camino”.
El último grito del “Padre Nuestro” se lanza contra este mal “de ancha capa”, que guarda bajo su manto las experiencias más diversas: el luto del hombre, el dolor inocente, la esclavitud, la explotación del otro, el llanto de los niños inocentes. Todos estos eventos protestan en el corazón del hombre y se hacen voz en la última palabra de la oración de Jesús.
Precisamente en los relatos de la Pasión algunas frases del “Padre Nuestro” hallan su eco más impresionante. Dice Jesús: “¡Abba! Padre! Todo es posible para ti: ¡aparta de mí esta copa! Pero no sea lo que quiero, sino lo que quieras tú “(Mc 14:36). Jesús experimenta plenamente la cuchillada del mal. No solo la muerte, sino la muerte de cruz. No solo la soledad, sino también el desprecio, la humillación. No solo la animosidad, sino también la crueldad, el ensañamiento contra él.  He aquí lo que es el  hombre: un ser amante a la vida, que sueña con el amor y el bien, pero que se expone a sí mismo y expone sus semejantes continuamente al mal, hasta el punto de que podemos sentirnos tentados de desesperar del  hombre.
Queridos hermanos y hermanas: Así, el “Padre Nuestro” se asemeja a una sinfonía que pide resonar en cada uno de nosotros. El cristiano sabe lo abrumador que es el poder del mal, y al mismo tiempo siente cómo Jesús, que nunca ha sucumbido a sus lisonjas, está de nuestro lado y nos ayuda.
Así, la oración de Jesús nos deja la herencia más preciosa: la presencia del Hijo de Dios que nos ha librado del mal, luchando por convertirlo. En la hora del combate  a final,  le dice a Pedro que vuelva a colocar la espada en su vaina, al ladrón arrepentido le asegura el cielo, a todos los hombres que lo rodean, y no se daban cuenta de la tragedia que estaba ocurriendo, les ofrece una palabra de paz: “Padre, perdónalos  porque no saben lo que hacen”(Lucas 23:34).
Del perdón de Jesús en la cruz brota la paz, la paz auténtica viene de la cruz; es  don del Resucitado, un don que nos da Jesús. Pensad que el primer saludo de Jesús resucitado es “paz a vosotros”, paz a vuestras almas, a vuestros corazones, a vuestras vidas.  El Señor nos da la paz, nos da el perdón, pero nosotros tenemos que pedir. “líbranos del mal”, para no caer en el mal. Esa es nuestra esperanza, la fuerza que nos da Jesús resucitado, que está aquí, entre nosotros: está aquí. Está aquí con la fuerza que nos da para seguir adelante y nos promete librarnos del mal.
© Librería Editorial Vaticana

viernes, 3 de mayo de 2019

Catequesis del Papa Francisco (“No nos dejes caer en la tentación”) 01052019


“No nos dejes caer en la tentación”- Catequesis del Papa Francisco

“Dios vela con nosotros”

(ZENIT –  3 mayo 2019).- En la catequesis del miércoles, 1 de mayo de 2019, el Papa Francisco ha señalado que es el maligno el que pone trampas a nuestra libertad a través de la tentación. No obstante, el Señor es un aliado constante para las personas: “Dios vela con nosotros, Dios lucha con nosotros, siempre está cerca de nosotros” porque es nuestro Padre.
Durante la audiencia general, el Santo Padre ha reanudado la catequesis dedicada al Padre Nuestro, centrándose esta vez en la a la penúltima invocación: «No nos dejes caer en la tentación» (Mateo 6, 13).
***
Catequesis del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Continuamos en la catequesis sobre el Padre Nuestro, llegando ahora a la penúltima invocación: «No nos dejes caer en la tentación» (Mateo 6, 13). Otra versión dice: «No nos abandones a la tentación». El Padre Nuestro comienza de una manera serena: nos hace desear que el gran proyecto de Dios se pueda realizar entre nosotros. Luego mira la vida y nos pregunta qué necesitamos cotidianamente: el «pan de cada día». Luego, la oración se dirige a nuestras relaciones interpersonales, a menudo contaminadas por el egoísmo: pedimos perdón y nos comprometemos a darlo. Pero es con esta penúltima invocación con la que nuestro diálogo con el Padre celestial entra, por así decirlo, en el corazón del drama, es decir, en el terreno de la confrontación entre nuestra libertad y las trampas del maligno.
Como es bien sabido, la expresión griega original contenida en los Evangelios es difícil de representar con exactitud, y todas las traducciones modernas resultan un tanto cojas. Sin embargo, en un elemento podemos converger unánimemente: de cualquier modo en el que se entienda el texto, debemos excluir que es Dios el protagonista de las tentaciones que se ciernen sobre el camino del hombre. Como si Dios estuviese al acecho para poner trampas y escollos sobre sus hijos. Una interpretación de este tipo contrasta sobre todo con el texto mismo, y está lejos de la imagen de Dios que Jesús nos reveló. No olvidemos: el Padre Nuestro comienza con Padre. Y un padre no pone trampas a sus hijos. Los cristianos no tienen nada que ver con un Dios envidioso, en competición con el hombre, o que disfruta poniéndolo a prueba. Esas son las imágenes de muchas deidades paganas. Leemos en la Carta del Apóstol Santiago: «Ninguno, cuando sea probado, diga: “es Dios quien me prueba”; porque Dios ni es probado por el mal ni prueba a nadie»» (1, 13). Más bien al contrario: el Padre no es el autor del mal, a ningún hijo que pide un pez le da una culebra (cf. Lucas 11, 11), como enseña Jesús, y cuando el mal aparece en la vida del hombre, lucha contra él, a su lado, para que pueda ser liberado. Un Dios que siempre lucha por nosotros, no contra nosotros. ¡Él es el Padre! Es en este sentido en el que rezamos el Padre Nuestro.
Estos dos momentos —la prueba y la tentación—, han estado misteriosamente presentes en la vida del mismo Jesús. En esta experiencia, el Hijo de Dios se hizo completamente hermano nuestro, de una manera que casi roza el escándalo. Y son precisamente estos pasajes del Evangelio los que nos muestran que las invocaciones más difíciles del Padre Nuestro, las que cierran el texto, ya han tenido respuesta: Dios no nos ha dejado solos, sino que en Jesús se manifiesta como el «Dios con nosotros» hasta las consecuencias extremas. Él está con nosotros cuando nos da la vida, está con nosotros durante la vida, está con nosotros en la alegría, está con nosotros en las pruebas, está con nosotros en las tristeza, está con nosotros en las derrotas, cuando pecamos, pero siempre está con nosotros porque es Padre y no puede abandonarnos.
Si estamos tentados a hacer el mal, negando la fraternidad con los demás y deseando un poder absoluto sobre todo y sobre todos, Jesús ya ha luchado contra esta tentación por nosotros: las primeras páginas de los Evangelios lo atestiguan. Inmediatamente después de recibir el bautismo de Juan, en medio de la multitud de pecadores, Jesús se retira al desierto y es tentado por Satanás. Así comienza la vida pública de Jesús, con la tentación que viene de Satanás. Satanás estaba presente. Mucha gente dice: «¿Pero por qué hablar del diablo que es una cosa antigua? El diablo no existe». Pero mira lo que el Evangelio te enseña: Jesús se enfrentó al diablo, fue tentado por Satanás. Pero Jesús rechaza toda tentación y sale victorioso. El Evangelio de Mateo tiene una nota interesante que cierra el duelo entre Jesús y el enemigo: «Entonces el diablo le deja, y he aquí que se acercan unos ángeles a él y le servían» (4, 11).
Pero incluso en el momento de la prueba suprema, Dios no nos deja solos. Cuando Jesús se retira a orar en Getsemaní, su corazón es invadido por una angustia indecible —así les dice a sus discípulos— y siente la soledad y el abandono. Solo, con la responsabilidad de todos los pecados del mundo sobre sus hombros; solo, con una angustia indecible. La prueba es tan desgarradora que sucede algo inesperado. Jesús no mendiga nunca amor para sí mismo, pero esa noche siente que su alma está triste hasta la muerte, y entonces pide a sus amigos que estén cerca de él: «Quedaos aquí y velad conmigo» (Mateo 26, 38). Como sabemos, los discípulos, entorpecidos por un agotamiento causado por el miedo, se quedaron dormidos. En el momento de la agonía, Dios pide al hombre que no lo abandone, y el hombre en cambio duerme. En el tiempo en que el hombre conoce su prueba, Dios en cambio vela. En los peores momentos de nuestras vidas, en los momentos más dolorosos, en los momentos más angustiosos, Dios vela con nosotros, Dios lucha con nosotros, siempre está cerca de nosotros. ¿Por qué? Porque es Padre. Así  habíamos empezado la oración: Padre nuestro. Y un padre no abandona a sus hijos. Aquella noche de dolor de Jesús, de lucha, son el último sello de la Encarnación: Dios desciende para encontrarnos en nuestros abismos y en las tribulaciones que constelan la historia.
Es nuestro consuelo en la hora de la prueba saber que ese valle, desde que Jesús lo cruzó, ya no está desolado, sino que está bendecido por la presencia del Hijo de Dios. ¡Él nunca nos abandonará!
Aleja, pues, de nosotros, oh Dios, el tiempo de la prueba y de la tentación. Pero cuando llegue ese momento, Padre nuestro, muéstranos que no estamos solos. Tú eres el Padre. Muéstranos que Cristo ya ha tomado sobre sí también el peso de esa cruz. Muéstranos que Jesús nos llama a llevarla con él, abandonándonos confiados a tu amor de Padre. Gracias.
© Librería Editorial Vaticana

miércoles, 1 de mayo de 2019

Audiencia general del Papa: «Cuando el mal aparece, Dios lucha con nosotros, no contra nosotros» 01052019

Audiencia general del Papa: «Cuando el mal aparece, Dios lucha con nosotros, no contra nosotros»

No es Dios quien nos tienta, sino quien nos ayuda a superar la tentación, explicó el Papa en su catequesis sobre el Padre Nuestro.
No es Dios quien nos tienta, sino quien nos ayuda a superar la tentación, explicó el Papa en su catequesis sobre el Padre Nuestro.
La catequesis del Papa en la audiencia general de este miércoles 1 de mayo en la Plaza de San Pedro continuó explicando la oración del Padre Nuestro, en este caso la penúltima de sus peticiones: "No nos dejes caer en la tentación".
"Esta petición se encuentra en el centro del drama entre nuestra libertad y las insidias del Maligno", dijo Francisco: "Dios no es el que nos tienta, como si Él fuera el que busca hacernos caer en el momento de la prueba... Cuando el mal aparece en la vida del hombre, Dios lucha a su lado, para que pueda ser liberado. Es un Dios que siempre combate con nosotros, no contra nosotros. En este sentido rezamos el Padre Nuestro”.
"Los cristianos", insistió, "no tienen nada que ver con un Dios envidioso, en competencia con el hombre, o que disfruta poniéndolo a prueba", que es una imagen propia "de muchas divinidades paganas”.
En la prueba y tentación, explicó el Papa, Dios vela junto a nosotros porque Él mismo ha conocido esa experiencia: “También Jesús vivió momentos de prueba y tentación, pero supo vencerlos. Se impuso al demonio durante las tentaciones en el desierto, y cuando experimentó la desolación más absoluta en el huerto de Getsemaní, dio testimonio de que confiaba en su Padre Dios. En aquel instante previo a su Pasión, cuando sentía un gran abandono, pidió a sus discípulos que velasen y orasen con Él, pero ellos no fueron capaces de hacerlo. Sin embargo, cuando nosotros somos probados y tentados por el maligno, Él vela y está junto a nosotros. De este modo, sabemos que no estamos solos en el momento de prueba y dificultad, sino que estamos recorriendo, junto a Jesús, el camino que el bendijo con su presencia salvadora”.
“Es nuestro consuelo en la hora de la prueba", añadió: "Saber que ese valle, desde que Jesús lo atravesó, ya no está desolado, sino que es bendecido por la presencia del Hijo de Dios. Él nunca nos abandonará”.
Por último, el Papa pidió a Dios que nos aleje de las tentaciones y nos ayude cuando las tentaciones lleguen: "Oh Dios, aleja de nosotros el tiempo de la prueba y de la tentación. Pero cuando llegue este tiempo para nosotros, muéstranos que no estamos solos, que Cristo ya ha asumido el peso de esa cruz, y nos llama a llevarla con Él, abandonándonos confiados al amor del Padre”.

jueves, 28 de marzo de 2019

Catequesis del Papa sobre el ‘Padre Nuestro’ (“Danos hoy nuestro pan de cada día”) 27032019


Francisco saluda a unos niños en la audiencia genera, 27 marzo 2019 © Vatican Media
Francisco Saluda A Unos Niños En La Audiencia Genera, 27 Marzo 2019 © Vatican Media

“Danos hoy nuestro pan de cada día” – Catequesis del Papa Francisco

“No somos criaturas autosuficientes”

(ZENIT – 27 marzo 2019).- “La comida no es propiedad privada – sino providencia que debe compartirse, con la gracia de Dios”, ha insistido el Santo Padre en la audiencia general. “El pan que el cristiano pide en oración no es ‘mío’, sino ‘nuestro’. Jesús “nos enseña a pedirlo no solo para nosotros, sino para toda la fraternidad del mundo”.
La audiencia general ha tenido lugar esta mañana a las 9:20 horas en  la Plaza de San Pedro, donde el Papa ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo y, retomando el ciclo de catequesis sobre el Padre nuestro, se ha centrado en el tema “Danos hoy nuestro pan de cada día  (Pasaje bíblico: Evangelio según San Mateo, 14, 15-19).
La oración de Jesús comienza con una petición impelente, que se parece mucho a la imploración de un mendigo: “¡Danos nuestro pan de cada día!”: Esta oración proviene de una evidencia que a menudo olvidamos, es decir, que “no somos criaturas autosuficientes y que necesitamos alimentarnos todos los días”, ha recordado el Pontífice en la catequesis ofrecida.
Así, el Papa ha pedido a todos los presentes en la audiencia general detenerse un momento y pensar en los niños hambrientos: “Pensemos en los niños que están en los países en guerra: en los niños hambrientos de Yemen, en los niños hambrientos de Siria, en los niños hambrientos de todos esos países donde no hay pan, en Sudán del Sur”.
Pensando en los niños hambrientos del mundo, Francisco ha invitado a todos a decir juntos, en voz alta, la oración: “Padre, danos hoy nuestro pan de cada día”.
La audiencia general ha terminado con el canto del Pater Noster y la bendición apostólica.
***
Catequesis del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas, buenos días :
Hoy pasamos a analizar la segunda parte del “Padre nuestro”, en la que presentamos nuestras necesidades a Dios. Esta segunda parte comienza con una palabra que huele a vida cotidiana: el pan.
La oración de Jesús comienza con una petición impelente, que se parece mucho a la imploración de un mendigo: “¡Danos nuestro pan de cada día!” Esta oración proviene de una evidencia que a menudo olvidamos, es decir, que no somos criaturas autosuficientes y que necesitamos alimentarnos todos los días.
Las Escrituras nos muestran que para tanta gente, el encuentro con Jesús se realiza partiendo de una petición. Jesús no pide invocaciones refinadas, al contrario, toda existencia humana, con sus problemas más concretos y cotidianos, puede convertirse en oración. En los evangelios encontramos una multitud de mendigos que suplican liberación y salvación. Hay quien pide pan, hay quien pide curación; algunos la purificación, otros la vista. o que un ser querido pueda volver a vivir … Jesús nunca pasa indiferente ante estas peticiones y estos dolores.
Así, Jesús nos enseña a pedirle al Padre el pan de cada día. Y nos enseña a hacerlo unidos con tantos hombres y mujeres para quienes esta oración es un grito, – que a menudo  se lleva dentro- y que acompaña la ansiedad de cada día. ¡Cuántas madres y padres, incluso hoy, se van a dormir con el tormento de no tener mañana pan suficiente para sus hijos! Imaginemos esta oración rezada no en la seguridad de un apartamento cómodo, sino en la precariedad de una habitación en la que uno se  las arregla,  donde falta lo necesario para vivir. Las palabras de Jesús adquieren nueva fuerza. La oración cristiana comienza desde este nivel. No es un ejercicio para ascetas; parte de la realidad, del corazón y de la carne de las personas que viven en necesidad, o que comparten la condición de quienes no tienen lo necesario para vivir. Ni siquiera los más altos místicos cristianos pueden prescindir de la simplicidad de esta pregunta. “Padre, haz que tengamos hoy el pan necesario para nosotros y para todos”. Y “pan” es también para agua, medicinas, hogar, trabajo… Pedir lo necesario para vivir.
El pan que el cristiano pide en oración no es “mío”, sino “nuestro”. Esto es lo que quiere Jesús. Nos enseña a pedirlo no solo para nosotros, sino para toda la fraternidad del mundo. Si no se reza de esta manera, el “Padre Nuestro” deja de ser una oración cristiana. Si Dios es nuestro Padre, ¿cómo podemos presentarnos a Él sin tomarnos de la mano? Todos nosotros. Y si el pan que Él nos da nos lo robamos entre nosotros ¿cómo podemos llamarnos hijos suyos ? Esta oración contiene una actitud de empatía una actitud de solidaridad. En mi hambre, siento el hambre de las multitudes, y por eso rezaré a Dios hasta que no obtengan lo que piden.
Así, Jesús educa a su comunidad, a su Iglesia, para poner ante Dios  las necesidades de todos: “¡Todos somos tus hijos, Padre, ten piedad de nosotros!”. Y ahora nos hará bien detenernos unos momentos y pensar en los niños hambrientos. Pensemos en los niños que están en los países en guerra: en los niños hambrientos de Yemen, en los niños hambrientos de Siria, en los niños hambrientos de todos esos países donde no hay pan, en Sudán del Sur. Pensemos en esos niños y pensando en ellos digamos juntos, en voz alta, la oración: “Padre, danos hoy nuestro pan de cada día”. Todos juntos.
El pan que pedimos al Señor en la oración es el mismo que un día nos acusará. Nos reprochará la poca costumbre de partirlo con los que nos rodean, la poca costumbre de compartirlo. Era un pan regalado a la humanidad y, en cambio, solamente lo han comido algunos: el amor no puede soportarlo. Nuestro amor no puede soportarlo; y tampoco el amor de Dios puede soportar este egoísmo de no compartir el pan.
Una vez había una gran multitud ante Jesús; era gente que tenía hambre. Jesús preguntó si alguien tenía algo, y solo se encontró un niño dispuesto a compartir lo que tenía: cinco panes y dos peces. Jesús multiplicó ese gesto generoso (ver Jn 6: 9). Ese niño había entendido la lección del “Padre Nuestro”: que los alimentos no son propiedad privada, -metamos este en nuestra mente: la comida no es propiedad privada – sino providencia que debe compartirse, con la gracia de Dios.
El verdadero milagro realizado por Jesús ese día no es tanto la multiplicación – que es verdad- sino el compartir: dad lo que tengáis y yo haré el milagro. Él mismo, multiplicando aquel pan ofrecido, anticipó la ofrenda de  sí mismo en el Pan Eucarístico. Efectivamente, solo la Eucaristía es capaz de saciar el hambre de  infinito y el deseo de Dios que anima a cada hombre, también en la búsqueda del pan de cada día.
© Librería Editorial Vaticano

miércoles, 20 de marzo de 2019

Catequesis del Papa sobre el ‘Padre Nuestro’ (“Hágase tu voluntad”) 20032019


Audiencia general, 20 marzo 2019 © Vatican Media
Audiencia General, 20 Marzo 2019 © Vatican Media

“Hágase tu voluntad” – Catequesis del Papa en la audiencia general

“Dios nos quiere libres”

(ZENIT – 20 marzo 2019).- En la oración del ‘Padre Nuestro’, cuando se dice “hágase tu voluntad”, el Papa advierte de que “no estamos invitados a bajar servilmente la cabeza, como si fuéramos esclavos”. Al contrario, una oración “llena de ardiente confianza en Dios que quiere el bien para nosotros, la vida, la salvación”.
Esta mañana, 20 de marzo de 2019, el Papa Francisco ha celebrado la audiencia general, tras su “parón” de la semana pasada debido al retiro de Cuaresma en Ariccia para la Curia Romana. Así, este miércoles, Francisco ha continuado el ciclo de catequesis sobre el ‘Padre Nuestro’ centrándose en la frase “Hágase tu voluntad” (Pasaje bíblico: de la Primera Carta de San Pablo a Timoteo 2 1-4).
“Nada en el azar”
“Dios nos quiere libres –ha indicado el Papa– y es su amor el que nos libera. El ‘Padre Nuestro’ es la oración de los hijos, no de los esclavos”. Y ha aclarado: “¡Ay de nosotros sí, al pronunciar estas palabras, nos encogiéramos de hombros y nos rindiéramos ante un destino que nos repele y que no conseguimos cambiar!”.
En este sentido, Francisco ha enseñado que el cristiano no cree en un “fato” ineluctable. “No hay nada al azar en la fe de los cristianos: en cambio, hay una salvación que espera manifestarse en la vida de cada hombre y de cada mujer y cumplirse en la eternidad”.
Tríptico
“Hágase tu voluntad” es la tercera invocación del ‘Padre Nuestro’. El Pontífice indica que hay que leerlo en unidad con las dos primeras; “Santificado sea tu nombre” y “Venga a nosotros tu Reino”, para que juntas formen un tríptico: “Santificado sea tu nombre”, “Venga a nosotros tu Reino” y “Hágase tu voluntad”.
Al final, el Santo Padre ha invitado a todos a rezar juntos la oración del Padre Nuestro: “Tengo ganas de invitaros, ahora, a rezar todos juntos el Padre nuestro. Y los que no saben italiano, que lo recen en su idioma. Vamos a rezar juntos”.
La audiencia general ha terminado con el canto del Pater Noster y la bendición apostólica.
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Catequesis del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Prosiguiendo nuestras catequesis sobre el “Padre Nuestro”, hoy nos detenemos en la tercera invocación: “Hágase tu voluntad”. Debe leerse en unidad con las dos primeras, “Santificado sea tu nombre” y “Venga a nosotros tu Reino”, para que juntas formen un tríptico: “Santificado sea tu nombre”, “Venga a nosotros tu Reino”, “Hágase tu voluntad”.
Antes de que el hombre cuide del mundo, Dios cuida ya  incansablemente al hombre y al mundo. Todo el evangelio refleja esta inversión de perspectiva. El pecador Zaqueo se sube a un árbol porque quiere ver a Jesús, pero no sabe que, mucho antes, Dios había ido a buscarlo. Jesús, cuando llega, le dice: “Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa”. Y al final declara: “El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 5.10). He aquí la voluntad de Dios, la que pedimos que se haga. ¿Cuál es la voluntad de Dios encarnada en Jesús?: Buscar y salvar lo que está perdido. Y nosotros, cuando rezamos, pedimos que la búsqueda de Dios tenga éxito, que se cumpla su plan universal de salvación, primero en cada uno de nosotros y luego en todo el mundo. ¿Habéis pensado lo que significa que Dios me busca? Cada uno de nosotros puede decir: “Pero ¿Dios me busca?”. “Sí, ¡Te busca!” “Me busca”.
Dios no es ambiguo, no se esconde detrás de enigmas, no ha planeado el futuro del mundo de una manera indescifrable. No, Él es claro. Si no lo entendemos, nos arriesgamos a no entender el significado de la tercera frase del “Padre Nuestro”. En efecto, la Biblia está llena de frases que nos hablan de la voluntad positiva de Dios hacia el mundo. Y en el Catecismo de la Iglesia Católica encontramos una colección de citas que atestiguan esta voluntad divina fiel y paciente (ver n. 2821-2827). Y San Pablo, en la Primera Carta a Timoteo, escribe: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (2,4). Esta, sin lugar a dudas, es la voluntad de Dios: la salvación del hombre, de los hombres, de cada uno de nosotros. Dios con su amor llama a la puerta de nuestro corazón ¿Por qué? Para atraernos, para atraernos a Él y llevarnos adelante por el camino de la salvación. Dios está cerca de cada uno de nosotros  con su amor, para llevarnos de la mano a la salvación. ¡Cuánto amor hay detrás de todo ello!
Así, rezando “hágase tu voluntad”, no estamos invitados a bajar servilmente la cabeza, como si fuéramos esclavos. ¡No! Dios nos quiere libres; y es su amor el que nos libera.  El “Padre Nuestro” es, en efecto, la oración de los hijos, no de los esclavos; sino de los hijos que conocen el corazón de su padre y están seguros de su plan de amor. ¡Ay de nosotros sí, al pronunciar estas palabras, nos encogiéramos de hombros y nos rindiéramos ante un destino que nos repele y que no conseguimos cambiar! Al contrario, es una oración llena de ardiente confianza en Dios que quiere el bien para nosotros, la vida, la salvación. Una oración valiente, incluso combativa, porque en el mundo hay muchas, demasiadas realidades que no obedecen al plan de Dios. Las conocemos todos. Parafraseando al profeta Isaías, podríamos decir: “Aquí, Padre, hay guerra, prevaricación, explotación; pero sabemos que Tú quieres nuestro bien, por eso te suplicamos: ¡Hágase tu voluntad! Señor, cambia los planes del mundo, convierte las espadas en azadones y las lanzas en podaderas; ¡Que nadie se ejercite más en el arte de la guerra! “(ver 2: 4).
El “Padre Nuestro” es una oración que enciende en nosotros el mismo amor de Jesús por la voluntad del Padre, una llama que empuja a transformar el mundo con amor. El cristiano no cree en un “fato” ineluctable. No hay nada al azar en la fe de los cristianos: en cambio, hay una salvación que espera manifestarse en la vida de cada hombre y de cada mujer y cumplirse en la eternidad. Si rezamos es porque creemos que Dios puede y quiere transformar la realidad venciendo el mal con el bien. Tiene sentido obedecer a este Dios y abandonarse a Él incluso en la hora de la prueba más dura.
Así fue para Jesús en el Huerto de Getsemaní, cuando experimentó la angustia y oró: “¡Padre, si quieres, aparta de mi esta copa, pero no se haga mi voluntad sino la tuya!”(Lucas 22:42). Jesús es aplastado por el mal del mundo, pero se abandona confiadamente al océano del amor de la voluntad del Padre. Tampoco los mártires, en su prueba, buscaban la muerte, si no el después de la muerte,  la resurrección. Dios, por amor, puede llevarnos a caminar por senderos difíciles, a experimentar dolorosas heridas y espinas, pero nunca nos abandonará. Estará siempre con nosotros, cerca de nosotros, dentro de nosotros Para un creyente esto, más que una esperanza, es una certeza. Dios está conmigo. La misma que encontramos en esa parábola del Evangelio de Lucas dedicada a la necesidad de rezar siempre. Jesús dice: “¿Dios no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto”. Así es el Señor, así nos ama, así nos quiere. Pero, yo tengo ganas de invitaros, ahora, a rezar todos juntos el Padre nuestro. Y los que no saben italiano, que lo recen en su idioma. Vamos a rezar juntos:
Rezo del Padre nuestro
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