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domingo, 13 de octubre de 2019

Cardenal Newman: “De rodillas y ante la mirada de Dios” 13102019

Retrato De John Henry Newman © Oratorio De Birmingham

Cardenal Newman: “De rodillas y ante la mirada de Dios”

Incansable perseguidor de la verdad
No tengo ninguna inclinación a ser un santo, es cosa triste reconocerlo. Los santos no son hombres de letras, no les encantan los clásicos, no escriben novelas. Puedo estar en el buen camino, pero no es ‘el camino elevado’. La gente debe darse cuenta de esto, la mayoría lo percibe. Pero los que están a distancia tienen ideas extrañas sobre mí. Me bastaría con lustrar los zapatos de los santos… si es que san Felipe usa betún, en el cielo.
Esta fue la respuesta que dio John Henry Newman a una mujer que solía escuchar los sermones que pronunciaba en el Oratorio de Londres en 1849 y que lo consideraba ya santo. Esta visión que tenía de sí mismo es la propia de quien buscando a Dios con inocente corazón, lo único que aprecia es su personal indigencia y el asombro permanente ante una inexplicable gracia que se derrama de forma incesante además de quedar sorprendido de que haya alguien que tenga un juicio tan elevado sobre su persona.
Aparte de esto, simplemente decir que un conocedor de la hagiografía habría refutado los comentarios que Newman hacía a esta piadosa señora, ofreciendo de inmediato una pequeña muestra de hombres y mujeres que entonces ya habían alcanzado la gloria de Bernini y que cultivaron el estudio y la buena lectura, siendo maestros de la escritura en la que incluyeron toda clase de géneros.
Pero se comprende lo que bullía en el fondo de su alma. Como incansable perseguidor de la verdad con mayúsculas lo que iba hallando de ella siempre aparecía envuelto en la insatisfacción. Y ese ‘camino elevado’, al que aludía, que ha pervivido dentro de los grandes místicos, teñía su horizonte vital cual llama inextinguible a la que se dirigió sin darse tregua. Cuando comenzó a escribir sus Escritos autobiográficos en 1859 advirtió que lo hacía de rodillas y ante la mirada de Dios, de modo que el itinerario que en ella describe muestra soledad, dudas, vacíos, oscuridad, vacilación… una alegría sostenida ante una resolución altamente costosa, en la que hubo coherencia, rigor, honestidad. Un hombre partido en dos en muchos sentidos porque la vida se bifurca cuando se trata de elegir en conciencia, como hizo él.
Guarda ciertas semejanzas con Edith Stein y no solo en su pasión por la búsqueda de la verdad. Ambos tenían ya cierta edad cuando dieron otro rumbo a su existencia sin que con ello sofocasen la historia que tenían detrás porque el presente se amasa sobre un pasado en cierto modo irrenunciable. La judía Edith dio el paso al catolicismo y Newman hizo lo propio desde el anglicanismo. Pero mantuvieron vivas las enseñanzas que habían recibido. En ese camino de discernimiento que desembocó en un nuevo compromiso, los dos sufrieron la incomprensión de sus familias, padecieron el dolor de tener que abandonar a los suyos, el llanto de la separación, las incomprensiones, las críticas… Eran personas de gran talla intelectual. Poseían esa sensibilidad que disculpa pero que no es ciega a realidades que lejos de la caridad hacen sufrir de forma especial. No fueron acogidos fácilmente en sus respectivas comunidades. Tuvieron que hacer ciertos esfuerzos para hacerse con hábitos que siendo usuales para otros a ellos les exigía íntimas renuncias… Son breves pinceladas de dos seres que no miraron atrás sopesando el costo que debían pagar. Edith dio su vida junto a su hermana por su pueblo judío en el campo de concentración.
Newman, aunque lo hubiese deseado, no pudo dejar de tener presente hasta el fin de donde provenía. Se lo recordaban de un lado y de otro: católicos y anglicanos. No tengo ningún amigo en Roma. He trabajado en Inglaterra, donde han tergiversado mis actitudes me han desacreditado y me han despreciado. He trabajo en Irlanda, siempre con la puerta cerrada delante de mí. En efecto, como una pelota de ping pong su nombre estaba siempre en boca de todos y no siempre para bien. Con su gran sentido del humor, en un momento dado hizo notar: Tened por cierto que hay tantas posibilidades de que vuelva al Anglicanismo como de que me convierta en el gigante irlandés o el rey de bastos. Ya llevaba décadas de lucha, de hallarse bajo sospecha, de verse traicionado, puesto constantemente a prueba, ridiculizado… Una persona de su valía, formado a conciencia, había sido capaz de renunciar a sus propias ideas y de no buscar notoriedad a nada de lo que hizo, que no fue poco.
De rodillas y ante Dios vivió y murió sin duda alguna, dejando tras de sí un reguero de virtud que supieron apreciar en la parroquia, en los oratorios de san Felipe Neri (comunidad filipense a la que se vinculó), que puso en marcha en su país natal, alumnos, amigos, vecinos… Sumamente atento y delicado con todos, fueron las gentes llanas, esas que desconocen las escuálidas razones, las que supieron agradecer su labor y tener una palabra amable dispuesta para él. Una gran mayoría, admirándole a distancia, no fueron capaces de acogerle como mereció y eso aconteció no solo en la Iglesia católica y en la anglicana, sino en otros estamentos en los que se movió. León XIII que reconocía la trayectoria humana y espiritual de Newman, en 1879 lo designó cardenal. Entonces muchos compatriotas, entre los que se encontraban personas que le dieron la espalda, vivieron con orgullo ese momento.
En 1859 había escrito: «Los ancianos son tan poco flexibles, tan enjutos, tan anémicos en sus almas como en sus cuerpos, excepto en la medida en que la gracia de Dios penetra en ellos y los ablanda. Cada vez admiro más a los santos ancianos… Oh Felipe, consígueme una pequeña porción de tu fervor. Vivo cada vez más en el pasado, y con la esperanza de que el pasado pueda revivir en el futuro. Dios mío, ¿cuándo aprenderé que estoy tan abandonado del mundo que, aunque quisiera hacer amistad con él, él no querrá tratos conmigo?». El 11 de agosto de 1890 tras entregar su alma a Dios hallaría en Él definitivamente el descanso y sosiego que persiguió a lo largo de su existencia. Por fin se encontraría con la Verdad cara a cara.

El cardenal Newman, un santo para nuestro tiempo 11102019

Retrato de John Henry Newman, de John Everett Millais
Retrato De John Henry Newman, De John Everett Millais

El cardenal Newman, un santo para nuestro tiempo

Será canonizado el 13 de octubre
El cardenal John Henry Newman será canonizado dentro de muy poco. Con este gesto la Iglesia reconoce la heroicidad de sus virtudes al tiempo que nos lo presentan como modelo a seguir, pero … ¿Cómo puede un cardenal que murió hace dos siglos ayudarnos en nuestra vida ordinaria?
Cuando una persona santa entra en nuestra vida deja de ser una figura histórica para pasar a ser alguien importante en nuestra historia personal. Melisa Villalobos de Chicago, Estados Unidos, había escuchado hablar del cardenal en un programa de la popular cadena católica EWTN y comenzó un trato personal con el cuándo su marido le trajo a casa unas estampitas.
Recibió la curación milagrosa de un sangrado en su quinto mes de embarazo al pedir la intercesión del entonces beato inglés, curación inexplicable que le ha valido al beato luz verde para su canonización y los pases para que Melissa asista en primera fila a la ceremonia de Roma junto con toda su familia.
Fue en la mañana del 15 de mayo de 2013 donde la ayuda del nuevo amigo de la familia se hizo patente: la joven mamá de cuatro pequeños, embarazada del quinto, le lanzó una petición desesperada “porfavor, Cardenal Newman, detén la hemorragia” desplomada en el baño en un charco de sangre. Los médicos le habían prescrito reposo absoluto ante un sangrado que amenazaba la vida de su bebé, una exigencia completamente imposible con tantos pequeños. Justo después de la petición desesperada, la hemorragia cesó y Melissa continuó con sus labores de madre de familia numerosa como si nada hubiese pasado dando a luz a un precioso bebé.
Desde luego los santos están muy activos y no quieren quedarse recogiendo polvo aburridos en sus peanas.
La figura y personalidad del Santo inglés no pasó desapercibido ni en su época ni en la nuestra Personalidades relevantes de Inglaterra también asistirán a la ceremonia de canonización, entre ellas El príncipe Carlos de Inglaterra [i] y una delegación de representantes de la Iglesia Anglicana.
John Henry Newman, hijo de un famoso banquero inglés había alcanzado gran prestigio en los círculos intelectuales de su tiempo. Era sacerdote de la Iglesia Anglicana de Inglaterra y capellán de la Iglesia de Santa María vinculada a la Universidad de Oxford. Una carrera brillante, un futuro prometedor ¿Por qué hacerse católico?
Sus ansias de verdad y su afán por restaurar en la Iglesia Anglicana ciertas tradiciones que se habían perdido, le llevaron a crear un movimiento, junto con otros clérigos anglicanos que pretendía regenerar la fe. Una postura revolucionaria que le llevó a reintroducir principios católicos como la devoción y la tradición. Ante su sorpresa, tuvo que rendirse ante la autoridad de sus propios argumentos admitiendo que en el origen de la Iglesia Anglicana estaba la católica. Comprendió que su Iglesia era cismática y que “su salvación dependía de que se uniera a la Iglesia de Roma”. Siguiendo su conciencia fue recibido oficialmente en la Iglesia Católica el 9 de octubre de 1845.  Fecha en la que la Iglesia celebra su santidad (onomástica).
En su memoria autobiográfica explica que desde su conversión su paz y su alegría habían sido perfectas, “como si hubiera llegado a puerto después de una travesía agitada”.
No deja de ser un acto heroico ya que había dejado un puesto de gran autoridad para unirse a una minoría, en Inglaterra, que además se miraba con malos ojos. Perdió muchas amistades, a pesar de que algunos de sus mejores amigos le pidieran perdón 17 años después, por ejemplo, John Keble quien participó con él en el Movimiento de Oxford y que le escribió una carta muy emotiva: “Que gran carga tuviste que llevar a causa de tu conciencia” le dijo a lo que Newman le contestó “en ningún momento dudé de tu afecto y amistad”.
La comunidad católica que le acogió tampoco supo muy bien qué hacer con él, por un lado estaban sorprendidos de tener a alguien tan prestigioso entre sus filas, otros no acababan de creerlo  mostrando un cierto grado de sospecha. Las autoridades católicas le invitaron a liderar varios proyectos pero luego fallaban a la hora de proporcionarle las herramientas, como cuando se le pidió fundar la universidad católica de Dublin, Irlanda; o supervisar una traducción de la Biblia o dirigir un periódico católico. Llegó un punto tan difícil que escribió: “como protestante veía mi religión como deprimente, pero no mi vida; ahora como católico mi vida es deprimente, pero no mi religión. Desde que me hice católico me da la sensación de que sólo he tenido fracasos”.
Al viajar a Roma en 1846 para estudiar y ser sacerdote, se inspiró en el oratorio de San Felipe Neri que intentaba mejorar la catequesis de esta ciudad y decide fundar oratorios en Inglaterra. Quería cuidar el aspecto cultural y doctrinal a la par que se desarrollaba una gran actividad pastoral.
El London Oratory es una de sus fundaciones que se encuentra en el corazón de la capital de Inglaterra, un remanso de paz cerca de Harrods y los grandes museos, que siempre ha sido un foco de catolicidad.
John Henry Newman tuvo claro que Dios le llamaba para algo concreto: “Tengo mi misión, soy un eslabón en una cadena, un vínculo de unión entre personas. No me ha creado para la nada. Haré el bien, haré su trabajo; seré un ángel de paz, un predicador de la verdad en el lugar que me es propio”.
Al final de su vida, en 1879 el Papa lo nombró de manera inesperada cardenal, así que sus últimos años fueron más tranquilos.  Murió en paz el 11 de agosto de 1890. En su epitafio se lee “Ex umbris et imaginibus in veritatem”.
Ángela Mengis
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