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martes, 5 de marzo de 2019

Día de Hispanoamérica: gracias a quien compromete la vida con su pueblo 03032019



La vocación del misionero es una respuesta fiel y generosa a una llamada de DiosDía de Hispanoamérica: gracias a quien compromete la vida con su pueblo



Las amenazas que hoy se ciernen sobre buena parte de la población hispanoamericana continúan reclamando que se actualice la actitud profética de cada misionero, a estar al lado de quienes muchos no quieren mirar a la cara.

Todo primer domingo de marzo, la Iglesia española celebra el Día de Hispanoamérica, una fecha que debe llevar a reflexionar sobre la importancia que la misión tiene entre los españoles. En 2019, el lema escogido para esta jornada, que se celebra el 3 de marzo, es “Comprometidos con la vida de los pueblos”, queriendo poner de manifiesto que uno de los elementos que destacan en la vida de muchos misioneros es su compromiso con la vida de la gente a la que acompañan. 
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Uno no deja de sorprenderse cuando se encuentra con misioneros que después de casi sesenta años en América continúan al pie del cañón, gente que entendió que la vida vale la pena si se entrega por amor, gente que tira del carro cada día, que sujeta al que está cerca de caer al abismo y levanta al que herido se ha quedado tirado al borde del camino. Por encima de todo, la misión les ha convertido en testigos del Amor de Dios para quien habita las periferias del mundo.
Desde las villas miseria y favelas de las grandes metrópolis, hasta los remotos confines de la Amazonía, del altiplano andino, de poblados perdidos en medio de la nada, la presencia de estos misioneros siempre ha sido una rica experiencia de misericordia en la vida de mucha gente que la sociedad ignora y descarta.
Dia Hispanoamérica
El Día de Hispanoamérica tiene relación con la Obra de Cooperación Sacerdotal para Hispanoamérica – OCSHA, que el próximo junio cumplirá 70 de años de existencia y que ha sido un puente entre las diócesis españolas y latinoamericana por el que han atravesado más de 2.300 sacerdotes diocesanos. Las estadísticas dicen que en la actualidad son 237 los sacerdotes diocesanos que a través de la OCSHA están en América, procedentes de 54 diócesis españolas, lo que representa más del 75% de ellas, trabajando en 20 países. Como le gustaba decir a Anastasio Gil, son miles de años de misión sumados entre todos. 
En una sociedad en la que cada día aumenta la división y el enfrentamiento, y se hace más visible el rechazo al diferente, lo que acrecienta la tensión social, una realidad patente en muchos países de Hispanoamérica, donde los autoritarismos de diferentes cuños están tomando el control de distintos países, provocando conflictos con la sociedad y con la propia Iglesia católica, el papel de los misioneros se convierte en fundamental. El Papa Francisco llama a una Iglesia en salida, preocupada con lo que pasa más allá del templo, con un claro compromiso con la vida de los pueblos, inclusive con aquellos que no forman parte de la comunidad eclesial.
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Si vemos sus objetivos, el Día de Hispanoamérica es una llamada a agradecer a quien desde la misión compromete su vida con su pueblo, a reflexionar y descubrir que la fuente del ser misioneros está en nuestro bautismo y que como bautizados somos llamados a vivir nuestra vida como misión, a descubrir nuestra vocación misionera y responder. También a rezar por aquellos que han sido enviados por la Iglesia.
El Cardenal Marc Oullet, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, en un mensaje dirigido a los misioneros españoles que han respondido a la llamada de Dios a servir a las Iglesias y pueblos de Hispanoamérica, destaca que “la vocación del misionero es una respuesta fiel y generosa a una llamada de Dios”, que se concreta en la vida de cada uno de múltiples modos. Por eso, insiste en la compenetración que existe entre los misioneros y los pueblos a los que acompañan.
La identificación nace de la presencia y del compromiso, un elemento en que los misioneros deben profundizar cada vez más. Cada vez es más importante, sobre todo para quien vive en las periferias del mundo, la presencia gratuita de los misioneros, estar con la gente para escuchar, compartir la vida, sentarse alrededor de una taza de café y dejar pasar el tiempo, en cuanto el diálogo ayuda a profundizar en el conocimiento mutuo. No se ama aquello que no se conoce, y nadie se va a comprometer con la vida de los pueblos si esa vida no es conocida previamente, en profundidad, un conocimiento que integra, que hace al misionero uno más en medio de su gente.
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El misionero aprende con su pueblo, con su gente, en la convivencia cotidiana y eso enriquece. Es señal de gran alegría para muchos pueblos ver cómo el misionero va asimilando elementos que forman parte de su vida cotidiana, pues eso muestra que está valorando como positivos algunos elementos que forman parte del cotidiano de esas personas. Todo eso va aumentando el mutuo amor y deseo de servir, que no olvidemos es la mejor expresión de lo que realmente supone la misión, estar al servicio de aquellos a quienes uno ha sido enviado.
Las amenazas que hoy se ciernen sobre buena parte de la población hispanoamericana continúan reclamando que se actualice la actitud profética de cada misionero. Compromiso es eso, estar al lado de quienes muchos no quieren mirar a la cara, asumir la identidad de un pueblo, su historia, tradiciones, cultura, saberes ancestrales. Todo ello ayuda a entender las causas de la realidad por la que en la actualidad están pasando. Cuando eso penetra en el corazón, provoca sentimientos, reacciones, alegra, pero también duele, pues poco a poco esos pueblos se han convertido en carne de mi carne.
Conmoverse, compadecerse, hacerse cargo de las múltiples situaciones por las que el pueblo pasa, son actitudes que deben estar presentes en la vida del misionero y que quedan marcadas en la memoria colectiva como una marca indeleble de generación en generación. Comprometerse con la vida de los pueblos debe llevar al misionero a trabajar para que se perpetúen las raíces de esos pueblos. Como reconoce el Papa Francisco, un pensamiento recogido en el mensaje del Cardenal Oullet con motivo del Día de Hispanoamérica, "uno de los fenómenos que actualmente golpea con fuerza al continente es la fragmentación cultural, la polarización del entramado social y la pérdida de raíces. Esto se agudiza cuando se fomentan discursos que dividen y propagan distintos tipos de enfrentamientos y odios hacia aquellos 'que no son de los nuestros', inclusive importando modelos culturales que poco o nada tienen que ver con nuestra historia e identidad". 
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En ese sentido, el misionero es llamado a reconocer las raíces presentes en la vida e historia de los pueblos, valorando esos elementos, inclusive dentro del trabajo pastoral, pues eso impulsa una mayor identificación entre el pueblo y el mensaje cristiano, provocando un encuentro que construye relaciones que perduran en el tiempo y producen frutos abundantes. 
El Día de Hispanoamérica es un buen momento para la Iglesia española sienta la necesidad de perpetuar esa dimensión misionera que siempre la ha acompañado. Esta reflexión tiene que ser llevada a cabo a nivel personal, diocesano y también como Conferencia Episcopal, pues la misión “ad gentes” es elemento constitutivo de la vida eclesial y muestra el grado de compromiso de la Iglesia local con la Iglesia universal.
Hagamos memoria que sea motivadora del presente y del futuro, que ayude a continuar una labor secular, fruto del compromiso de muchos. Que el Dios que habita en el corazón de todo bautizado sea inspiración para que puedan surgir nuevas vocaciones misioneras, hombres y mujeres, que hagan visible el Evangelio en todos los rincones del mundo.

lunes, 6 de marzo de 2017

Mensaje del cardenal Marc Ouellet por el Día de Hispanoamérica 05032017

Mensaje del cardenal Marc Ouellet por el Día de Hispanoamérica

El Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, el card. Marc Ouellet. - AP
06/03/2017 12:57
 
Anunciar a Cristo hasta los confines de la tierra, venciendo los grandes enemigos de la acción evangelizadora: miedo y egoísmo. Es ésta en síntesis la invitación del Mensaje para el Día de Hispanoamérica 2017, celebrado el 5 de marzo, que como cada año da a conocer el Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina (PCAL), el cardenal Marc Ouellet. El lema que acompañó la celebración de este año fue “Vayan, sin miedo, para servir",tomado de las palabras del Papa Francisco en la Jornada Mundial de la Juventud 2013 de Río de Janeiro.
En el Mensaje el presidente de la PCAL afirma que “desde la gracia que es nuestra fortaleza, estamos invitados a superar el miedo que nos suscita la incertidumbre y la consciencia de nuestras limitaciones humanas”, recordando además que “el temor se disuelve ante la presencia de Cristo resucitado”.
El otro gran enemigo de la acción evangelizadora – señala el cardenal Ouellet –  es  “el egoísmo, que lleva a encerrarse en un horizonte diminuto y a excluir el bien del prójimo, sustituyéndolo con los propios intereses individuales”.
“Nuestro mundo necesita, hoy especialmente, de discípulos misioneros que se atrevan a ‘salir’ para llegar a todas aquellas periferias existenciales que esperan la luz del Evangelio – continúa el presidente de la PCAL – de discípulos de Cristo que sepan ‘adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos’ (EG 24). Y esta Iglesia en salida es una que sabe acoger, que no levanta la voz para ahuyentar al pecador, sino para invitarlo, y no tiene miedo de mostrar el rostro tierno del Padre, y de abrir sus brazos a todo aquel que esté herido y necesitado de su amor y de su misericordia”.
Refiriéndose al reto actual de la Iglesia, el purpurado afirma que “estos más de dos mil años de cristianismo la misión esencial de la Iglesia no ha cambiado”,  pero sí han cambiado los tiempos, “especialmente en las últimas décadas”, por ello señala “la necesidad de anunciar a Jesucristo desde una visión renovada y creativa, adecuada a nuestra época y a los nuevos contextos sociales y culturales” y a “tomar el pulso a la realidad que nos rodea, para responder a ella desde la Buena Nueva de Cristo”.
El cardenal Ouellet constata asimismo que la Iglesia vive hoy en un mundo marcado por graves carencias humanas y problemas de gran magnitud que la interpelan y “los discípulos de Cristo son enviados hoy a un mundo lacerado por el sufrimiento y por la indiferencia ante Dios, y cada vez más también por una activa y explícita hostilidad hacia el Mensaje de Cristo y hacia el estilo de vida cristiana. Y ante ello existe el riesgo de dejarse paralizar por el temor.”
Y ante la tentación del miedo y también del egoísmo que amenaza hoy a los discípulos de Jesús, “se debe responder con un servicio alegre y generoso, que no teme al desprendimiento personal sino que encuentra en la donación de la propia existencia la vida plena”, señala el prelado canadiense.
Porque “no hay servicio humano más hermoso y que dé mayor fruto que el anuncio gozoso del Cristo resucitado. ¿No es acaso ésta la condición que define al cristiano, la de ser servidor del Evangelio?”  Y es en este servicio misionero – asegura el presidente de la PCAL  – que está la clave de la mayor renovación que la Iglesia requiere en vista de su misión evangelizadora.
(MCM-RV)

    domingo, 6 de marzo de 2016

    Misionero en Brasil, en el Año de la Misericordia en una cárcel: ‘Todos los presos querían tocar el Santísimo y pedían misericordia’

    El próximo domingo 6 de marzo se celebra el Día de Hispanoamérica para ayudar a los 288 sacerdotes españoles de la OCSHA (Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana). Estos misioneros nos han contado la intensidad con la que el Año de la Misericordia se está viviendo en la Misión. Ellos son portadores de la Misericordia de Dios en los rincones más recónditos de la tierra.
    La apertura de la Puerta Santa en Roma fue el pistoletazo de salida del Año de la Misericordia. Este gesto ha sido reproducido por todas las diócesis del mundo, también en Hispanoamérica. Monseñor José Vicente Conejero, misionero español y obispo de Formosa (Argentina) cuenta cómo han tenido que abrir cinco puertas más para facilitar la llegada de peregrinos desde todos los lugares, ya que las distancias son enormes: la diócesis tiene 72.060 kilómetros, y hay pueblos a 600 km de la sede diocesana. Rafael Cob, obispo de Puyo (Ecuador) organizó una peregrinación hasta la catedral y abrió solemnemente la puerta. En el recorrido por las calles de la ciudad se representaron algunas escenificaciones sobre la misericordia.
    Javier Moradillo, misionero en Cuba, afirma que ante el desconocimiento eclesial general, se han distribuido impresos con la explicación de las obras de misericordia corporales y espirituales. Diego Fernández Erramusbea, movido por el deseo de dar de comer al hambriento, ha dedicado un terreno de la parroquia para hacer una piscifactoría en la Selva Amazónica de Perú.
    Un aspecto clave de este Año es intensificar el sacramento de la penitencia. «Los sacerdotes están dispuestos a salir al encuentro de las ovejas, de todas sin excepción, yendo por los ríos, quebradas, caminos, acompañados del intenso calor, como de las lluvias torrenciales que nos puedan alcanzar», explica monseñor José Luis Astigarraga, obispo del vicariato apostólico de Yurimaguas (Perú). Los horarios de confesiones se han ampliado, también en las cárceles. «Hoy mismo se están celebrando confesiones en el Centro Penitenciario Regional, pues había una lista de 300 presos que se inscribieron para confesarse», explica Emilio González Escalada, desde la diócesis de Sao Mateo (Brasil). Este misionero tuvo un encuentro de Adoración en la cárcel, y pasó con el Santísimo por las celdas. «Todos querían tocar el Santísimo y pedían misericordia».
    Luis Miguel Modino, desde el amazonas brasileño, trabaja con 23 pueblos indígenas diferentes, que hablan 18 lenguas. «Siento la llamada a realizar una tarea que permita expresarnos juntos en una lengua que es común a todos, ese idioma se llama Misericordia».
    6 de marzo: Jornada de Hispanoamérica
    La OCSHA es un servicio que la Conferencia Episcopal Española ofrece desde 1949 para ayudar a los sacerdotes que van a la misión a otras Iglesias más necesitadas de América Latina, sin perder la incardinación de origen. En 2015, siete nuevos miembros salieron a la misión bajo su amparo. En la actualidad hay en activo 288 misioneros en 20 países latinoamericanos. Las diócesis con mayor número son Toledo (31) y Burgos (24).
    La Iglesia española celebra la Jornada de Hispanoamérica el domingo 6 de marzo con el lema ‘Testigos de Misericordia’. La comisión episcopal de Misiones pone como ejemplo a tres misioneros fundadores de América que han sido canonizados por el Papa de una forma extraordinaria, es decir, sin la necesidad de que se certificara un segundo milagro: San Francisco de Laval, San Junípero Serra y San José de Anchieta. Con ello, el Papa alienta a toda la Iglesia a salir de la comodidad y ponerse en camino a la Misión.
    OMPRESS
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    Mensaje del Cardenal Marc Ouellet por el Día de Hispanoamérica 06032016

    Mensaje del Cardenal Marc Ouellet por el Día de Hispanoamérica

    Cardenal Marc Ouellet, Presidente Pontificia Comisión para América Latina - AP
    05/03/2016 12:12
    “Testigos de la Misericordia”
     
    (RV).- La Comisión Pontificia para América Latina responde positivamente a S.E. Mons. Braulio Rodríguez, Presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de la Conferencia Episcopal Española, a su solicitud de un Mensaje para el “Día de Hispanoamérica”, que la Iglesia de Dios que está en España celebra el 6 de marzo de 2016.
    En efecto, todas las Diócesis españolas celebran el “Día de Hispanoamérica” con el lema de “Testigos de la Misericordia”, lo que constituye una jornada clave para posicionar la Misericordia como signo distintivo y, a la vez, como una invitación a todos los que prestan su servicio misionero en América Latina.
    (MFB - RV).
    Texto del Mensaje de la Presidencia de la Comisión Pontificia para América Latina con motivo del Día de Hispanoamérica en las diócesis de España
    Es un hecho muy significativo y apreciable que en la actualidad haya más de 9.000 misioneros y misioneras españoles cooperando con las Iglesias locales de América en la actividad misionera. Si bien en su mayoría provienen de Congregaciones religiosas, son unos 1.000 los sacerdotes diocesanos españoles presentes en dichas Iglesias particulares, de los cuales 300 han partido acogiéndose a la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana (OCSHA), servicio de la Conferencia Episcopal Española encomendado a su Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias. Incluso realizan allí su labor evangelizadora más de medio millar de laicos españoles, muchos de ellos como familias misioneras. Por ello, la Comisión Pontificia para América Latina no puede dejar de responder positivamente a S.E. Mons. Braulio Rodríguez, presidente de la mencionada Comisión Episcopal, a su solicitud de un mensaje para el próximo “Día de Hispanoamérica”, que la Iglesia de Dios que está en España celebrará el 6 de marzo de 2016.
    Esta importante cita se dará en pleno curso del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, convocado por el santo padre Francisco con la bula Misericordiae Vultus [MV] e inaugurado el 8 de diciembre Mensaje de la CAL 4 de 2015, en la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Es muy oportuna y adecuada, pues, la elección del lema para este día: «Testigos de misericordia», signo distintivo y, a la vez, invitación urgida para todos los que prestan su servicio misionero en América Latina. De este modo, se da efectiva respuesta de comunión a la invitación del papa a «contemplar el misterio de la misericordia» (MV, n. 2), a dejarnos abrazar por el amor misericordioso de Dios y a convertirnos en discípulos, testigos y misioneros de su misericordia. «Será un año para crecer en la convicción de la misericordia» (Francisco, Homilía en la apertura de la Puerta Santa del Jubileo, 8.XII.2015).
    Un amor sin límites...
    «Este amor misericordioso – afirmó el santo padre Francisco con ocasión de la festividad de Nuestra Señora de Guadalupe (12.12.2015) – es el atributo más sorprendente de Dios, la síntesis en la que se condensa el mensaje evangélico, la fe de la Iglesia». Dios nos ama con un amor gratuito, sin límites, sin esperar nada a cambio, siempre dispuesto a perdonarnos, abrazando incluso nuestras miserias para liberarnos de ellas. Nos ha de causar siempre renovado estupor y gratitud esta inaudita pasión de Dios por nosotros: «el Verbo se hizo carne», siendo rico se anonada para compartir la condición humana, para hacerse compañero en el camino de la existencia de todos los hombres, para curarlos y servirlos con un amor lleno de compasión y ternura, para dar la vida por nosotros y abrirnos así las puertas de una vida nueva, reconciliada. El Hijo de Dios no se ha avergonzado ni nos ha condenado por nuestras limitaciones y llagas, sino que ha venido hasta nosotros para introducirnos en su vida, en su familia y en su casa. Este es el designio misericordioso del Padre, que el Hijo pone de manifiesto y lleva a cabo hasta sus últimas consecuencias y que el Espíritu Santo difunde en la existencia humana mediante su gracia de perdón y salvación.
    Este mensaje de la Iglesia universal ha de llegar a cada uno de los misioneros y misioneras que servís a las Iglesias y a los pueblos de América Latina. Cada uno de vosotros está invitado, ante todo, a pasar por la “Puerta Santa” – ¡que es Cristo mismo! –, en las catedrales o santuarios de las Iglesias locales en las que prestáis servicio, para «descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. Es Él el que nos busca. Es Él el que sale a nuestro encuentro» (Francisco, Homilía, 8.XII.2015). ¡Qué mejor ocasión para renovar nuestro seguimiento fiel a Jesucristo y nuestro servicio entregado a la misión universal de la Iglesia! Os deseo de todo corazón, si es que aún no lo habéis hecho, que paséis por la “Puerta Santa”, recitando el Credo de los apóstoles, rezando por las intenciones del pastor universal y acercándoos después al sacramento de la reconciliación. A cincuenta años del Concilio Vaticano II este gesto nos vuelve a recordar con fuerza el llamado universal a la santidad.
    El Jubileo Extraordinario de la Misericordia es un llamamiento a la conversión de cada uno. No se trata de una genérica exhortación a la humanidad. ¡No! Este amor, esta pasión, este perdón, esta reconciliación, son ante todo para mi vida y tu vida. No son realidades para los otros. Son «para ti, para mí. Un amor activo, real. Un amor que sana, perdona, realza, cuida» (Francisco, Discurso, 10.VII.2015). Si no se da esta apertura del corazón de la persona a la gracia, de nada valen todas las aperturas de las demás puertas. Por eso, cada uno de los misioneros y misioneras españoles en América Latina quedáis llamados por vuestro propio nombre a vivir este Jubileo en toda su profundidad, verdad y belleza. Esta experiencia jubilar nos pacifica el corazón, nos pone nuevamente en camino más allá de tropiezos y caídas, nos llena de alegría y esperanza, nos alienta ante las dificultades y fracasos, nos convierte en «testigos de misericordia» allí donde la Providencia de Dios nos ha destinado a servirlo en sus hijos más necesitados. Nos convertimos, sí, en «testigos de misericordia» cuando experimentamos esa misericordia de Dios hacia nuestras propias personas y nos entregamos con entusiasmo a una nueva búsqueda de crecimiento espiritual.
    ... y sin confines
    ¿Acaso no ha sido la sorprendente experiencia de ese inaudito amor de Dios hacia cada uno de vosotros, queridos misioneros, lo que os ha llevado a desear compartirlo de todo corazón y con las manos llenas mediante la entrega a la misión ad gentes? ¡No tiene confines el amor de Dios! Supera toda frontera geográfica, étnica, social, política, cultural. Está destinado a todos, sin excepción, sin exclusiones. Por la gratitud y desbordamiento de ese amor con el que hemos sido abrazados hemos emprendido el camino de la misión. La misión no es otra cosa que compartir la misericordia compasiva y redentora que Dios me ha hecho experimentar y que quiere ofrecer a todos los hombres. Es el ardiente anhelo de que los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar experimenten la mirada misericordiosa de Dios. El mismo papa Francisco se define como un pecador en el que Dios ha puesto su mirada misericordiosa. ¿Qué tendríamos que decir cada uno de nosotros? Es esta la experiencia originaria que os lleva a convertiros en misioneros y misioneras, dentro de un abrazo de amor que anhelamos para todos. Toda la Iglesia «vive un deseo inagotable de ofrecer misericordia» (Evangelii gaudium, n. 24). «La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo» (MV, n. 10).
    Sois, por gracia de Dios, sus testigos en medio de la grey que os ha sido confiada. Antes que todo anuncio, antes que toda catequesis, 7 Testigos de misericordia antes que todo servicio, importa que nuestra mirada hacia los que encontramos en las más diversas circunstancias de la vida exprese un reflejo sorprendente de la ternura, compasión y misericordia de Dios. Como en el primerísimo momento del encuentro de Jesús con el joven rico, cuando, «fijando en él los ojos, lo amó»; o como con la samaritana en el pozo, no obstante fuese extranjera para los judíos y casada varias veces; o como con el publicano Zaqueo, que se había subido al árbol para verle pasar y que le recibirá en su casa; o como con María Magadalena, inmediatamente perdonada porque mucho amó. Estamos llamados a acoger a todos, sin poner condiciones morales preventivas, para hacerlos partícipes del amor de Dios, que perdona, cura y salva, que cambia la vida llenándola de “sentido” y felicidad. Sea el paradigma de nuestra misión misericordiosa la actitud del samaritano que se detiene ante el herido en el camino, que se interesa por su persona, que le lava sus heridas, que lo conduce a esa posada en la que podemos entrever la imagen del “hospital de campaña” con que el papa Francisco muestra a la Iglesia en acción.
    ¡Cuántos son los heridos en el cuerpo y en el alma que encontramos en las ciudades y en los campos, mientras recorremos los caminos de la misión! Son muchos los que sufren la soledad y el desaliento, los afectados profundamente por la ruptura de los vínculos familiares, las mujeres maltratadas, abandonadas y que cargan con el drama del aborto, los ancianos considerados un estorbo, los niños huérfanos de afecto y educación, los migrantes y refugiados que golpean a nuestras puertas, los desempleados, los que han perdido su trabajo, los que trabajan en condiciones precarias o sufren explotación, las víctimas de las drogas y de la violencia, los que viven en condiciones miserables...
    Todos cargamos con las propias heridas, pero no podemos quedar indiferentes ante los que soportan el tremendo peso del desamparo, del sufrimiento, de la 8 Mensaje de la CAL desesperanza. Solo el milagro del encuentro con Dios mediante nuestro testimonio de caridad y misericordia puede ir cicatrizando heridas y hacer reemprender el camino de la vida con esperanza. Este Año Santo nos invita a peregrinar al encuentro de los más necesitados como humildes servidores de obras materiales y espirituales de misericordia.
    Tres recomendaciones
    Me permito, finalmente, dejaros tres recomendaciones concretas para este Año Jubilar, como «testigos de misericordia». La primera es que estéis muy disponibles, si es posible en los confesionarios, para acoger a tantas personas a las que la perseverante predicación del papa Francisco está conduciendo al sacramento del perdón y la reconciliación. Es una gracia de Dios para nuestro tiempo eclesial que se redescubra por doquier este sacramento, que quizás haya sido a veces algo descuidado en nuestra acción pastoral. No os canséis de pedir perdón, repite con confianza el papa a los fieles de todo el mundo. Dios perdona todo, «setenta veces siete», siempre que invoquemos su perdón. Para muchos esta experiencia sacramental es de auténtica conversión y pacificación. ¡Todos la estamos necesitando! Facilitemos, pues, este acercamiento a quienes Dios mismo ha puesto como ministros de su perdón y reconciliación.
    La segunda recomendación que me permito plantearos es alentar vuestra convicción de que, siendo cierto que la misericordia y el perdón se dan la mano con la justicia, la animan desde dentro y la sobrepasan en el amor, que es incluso amor a los enemigos. Vivimos en tiempos tensos y violentos. Muchas veces somos testigos de la violencia en los ámbitos familiares donde tendrían que reinar los afectos más íntimos, compartimos la cotidianidad de la inseguridad ciudadana, por todas partes se exacerban los conflictos, y no faltan las estrategias de quienes defienden sus intereses y sostienen sus causas con la brutalidad de las armas, sin detenerse ante los crímenes terroristas. Predicar y ofrecer el perdón puede parecer algo “angelical”, ilusorio; sin embargo, es fuerza profética para ir recomponiendo el tejido familiar y social, para suscitar una cultura del encuentro, para educar en la “amistad social”, para abrir los caminos del “Príncipe de la Paz”, para impregnar de verdad y amor las relaciones humanas y estructuras sociales. ¡Seamos educadores, testigos y misioneros de la misericordia, convencidos de que la gracia del perdón y la reconciliación es más fuerte que la acción demoníaca de la división y violencia entre hermanos!
    La tercera recomendación es que renovéis con todo fervor filial vuestro amor a la santísima Virgen María, Madre de Misericordia. Nadie como Ella experimentó la misericordia de Dios en su propia vida, desde la encarnación del Verbo hasta la muerte de su Hijo en la cruz. Por eso tiene un corazón tan inmenso y tan lleno de amor materno para acogernos, para hacernos muy cercana y palpable la misericordia de Dios, para enseñarnos a ser misericordiosos.
    ¡Que Dios os conceda a cada uno de vosotros, misioneros y misioneras españoles que prestáis tan generoso y precioso servicio a las Iglesias y a los pueblos de América Latina, un Año Jubilar con abundantes gracias de misericordia y experiencias de perdón y reconciliación!
    Marc Card. Ouellet
    Presidente Pontificia Comisión para América Latina
    Domingo, 6 de marzo de 2016

    domingo, 1 de marzo de 2015

    Día de Hispanoamérica alienta colaboración misionera con España 01032015

    Día de Hispanoamérica alienta colaboración misionera con España

    Por Marta Jiménez

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    Virgen Del Pilar Flickr Jacinta Lluch Valero (CC-BY-SA-2.0)
    Virgen Del Pilar Flickr Jacinta Lluch Valero (CC-BY-SA-2.0)




    ROMA, 01 Mar. 15 / 04:10 am (ACI/EWTN Noticias).- “Para América Latina es muy importante la colaboración misionera de España, así como para España se está convirtiendo en muy importante la colaboración misionera de América Latina”, afirma el vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina, Guzmán Carriquiry, con motivo del día de Hispanoamérica que la Iglesia en España celebra el 1 de marzo.
    En declaraciones a ACI Prensa en Roma, el funcionario del Vaticano explicó que actualmente la relación entre América Latina y España atraviesan un periodo “muy rico” de colaboración recíproca.
    Según señaló Carriquiry, unos 30 mil españoles sirven como misioneros en América Latina: son voluntarios y religiosos que desde el punto de vista eclesial unen ambas realidades.
    Por ejemplo, en la Arquidiócesis de Zaragoza (España) donde está entronizada la Virgen del Pilar, 70 sacerdotes colombianos colaboran en las tareas diocesanas, muchos de ellos dirigen parroquias y asisten a los numerosos grupos de latinos inmigrantes que prestan servicio de evangelización a los españoles.
    Esta advocación tiene una gran importancia en América Latina, cuyas naciones celebran la fiesta del descubrimiento de su continente el día 12 de octubre, también fiesta de la Virgen del Pilar. Como prueba de su devoción a la Virgen, los numerosos mantos que cubren la sagrada imagen y las banderas que hacen guardia de honor a la Señora ante su Santa Capilla testimonian la vinculación fraterna que Latinoamérica tiene por el Pilar, con la patria española.
    Así mismo, en la prestigiosa Universidad Eclesiástica San Dámaso de Madrid, también son acogidos gratuitamente un gran número de sacerdotes latinos que después suelen incorporarse a la vida pastoral de la ciudad española.
    El próximo 18 de marzo, las Obras Misioneras Pontificias junto con la Universidad San Dámaso organizan una jornada académica sobre el tema “Evangelizadores con la fuerza del Espíritu”, el mismo tema del mensaje con el que el Cardenal Marc Ouellet, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, tituló su llamado a la Iglesia en España por el día de Hispanoamérica.
    La Comisión Episcopal de Misiones de la Conferencia Episcopal Española, actualmente presidida por Mons. Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Toledo, acoge dicho mensaje, basado este año en el último capítulo de la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium: “Evangelizadores con Espíritu”.
    El mensaje del Cardenal Ouellet invita a “seguir impulsando una corriente evangelizadora marcada por esa alegría, más fervorosa, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa, promovida por evangelizadores llenos de coraje, incansables en el anuncio y capaces de una gran resistencia activa”.
    El también Prefecto de la Congregación para los Obispos animó a los misioneros españoles a leer y releer, y saborear en la oración, todo lo que escribe laEvangelii gaudium del Papa Francisco respecto a ese «regalo de Jesús a su pueblo», que es la maternidad de María.
    “Cristo nos lleva a María, pero también María nos conduce a Cristo, porque en esa imagen materna se descubren todos los misterios del Evangelio y porque ‘ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno’”, recuerda.
    “Bendigo de corazón a los misioneros y misioneras, y a todos los que acompañan y apoyan esta cooperación con las Iglesias Evangelizadores con la fuerza del Espíritu en formación de América Latina, para que el anuncio del Evangelio pueda resonar en todos los rincones de este continente. Ellos encarnan, según las mencionadas palabras del beato Pablo VI, “la dulce y confortadora alegría de evangelizar”, concluye el Purpurado.

    Mensaje por el día de Hispanoamérica

    Hispanoamerica
    Mensaje de la Presidencia
    de la Comisión Pontificia para América Latina
    con motivo del DÍA DE HISPANOAMÉRICA
    en las diócesis de España

    Domingo, 3 de marzo de 2013

    La tradicional cita anual, que desde 1959 convoca a todas las diócesis de España para celebrar el Día de Hispanoamérica, tendrá lugar el domingo 3 de marzo de 2013, bajo el lema: “América, puerta abierta a la misión”.

    Esta jornada, que ayuda a mantener vivos los vínculos de solidaridad, comunión y colaboración evangelizadora entre España y América, se realiza en el 2013 en pleno decurso del Año de la Fe, convocado por S.S. Benedicto XVI e inaugurado con la celebración eucarística presidida por el Papa, en San Pedro, el 14 de octubre pasado. La Carta apostólica de convocación de este año de gracia se llama precisamente Porta Fidei: “La puerta de la fe” (cf. Hch 14, 27), que introduce en la comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, que está siempre abierta para nosotros” (PF, 1). El Año de la Fe plantea “la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo del encuentro con Cristo” (PF, 2) y de confesarla “con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza” (PF, 9). La puerta de la fe nos trae a la memoria aquélla invitación urgida del Beato Juan Pablo II en la inauguración de su pontificado: “¡No tengáis miedo! ¡Abrid, y aún de par en par, las puertas a Cristo! A su salvadora potestad abrid los confines de los Estados, los sistemas económicos al igual que los políticos, los amplios campos de cultura, de civilización, de desarrollo”  (Roma, 22 de octubre de 1978).

    La expresión “Puerta de la fe” recuerda también las enseñanzas que Juan Pablo II nos dejó hace 15 años en la Exhortación apostólica Ecclesia in America. Ante un mundo roto y desorientado, ante una situación en la que las gentes están abandonando la fe “es necesario proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión… Esta comunión, existente en la Iglesia y esencial a su naturaleza, debe manifestarse a través de signos concretos” (n. 33). Entre otros signos destaca con admirable atractivo la cooperación entre las Iglesias de España y las de América Latina. Desde el Evangelio se entiende la apertura de esta “Puerta de la Fe” por la que entran nuevos evangelizadores procedentes de otros lugares como lo hicieron los Apóstoles después de Pentecostés, y por la que salen discípulos misioneros a proclamar por el mundo la Buena Nueva del Evangelio.


    América, puerta de entrada para misioneros venidos de fuera

    “El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad” (PF, 14). El grito paulino “Caritas Christi urget nos (2Co. 5, 14), recogido y glosado por S.S Benedicto XVI es una irrenunciable interpelación al compromiso misionero. Es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Este amor es el que movió a los Apóstoles a salir de su tierra y extender el Evangelio por el mundo entero. También hoy como ayer, Él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt. 28, 19)”. ¿Acaso no recordamos que “la fe se fortalece, dándola” (RM, 2). “La fe crece – nos enseña Benedicto XVI en Porta Fidei, 7- cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo”. En efecto, “la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones” (RM, 2).

    Este impulso misionero siempre ha sido, y sigue siéndolo, el mejor indicador de la vitalidad de fe de la Iglesia y de sus comunidades cristianas. “La misión de la Iglesia es “anunciar el Reino de Cristo y de Dios, establecerlo en medio de las gentes; [la Iglesia] constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino” (LG, 5). Porque el Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a libre elaboración, sino que es ante todo una persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del Dios invisible, inseparable de la persona de Jesús e inseparable de la Iglesia. Así la misión de la Iglesia está llamada a ser por una parte “sacramento, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, es decir, es signo e instrumento del Reino; por eso está llamada a anunciarlo y a instaurarlo. Pero por otra, a ser ella misma “reino de Cristo, presente ya en el misterio” (LG, 3), constituyéndose en germen e inicio del Reino de Cristo y de Dios.

    Fue esa misma vitalidad la que llevó al Nuevo Mundo una legión de misioneros, que defendieron la dignidad de los indígenas y les transmitieron el don más precioso, la fe en Jesucristo, el Verbo de Dios hecho hombre, salvador del hombre. Fue entonces tan honda la inculturación de la fe en la gestación de los pueblos americanos que, aún hoy día, más del 80% de sus gentes están bautizados en la Iglesia católica. Fue también por el ímpetu misionero que la fe suscitaba y alimentaba, por el que millares de sacerdotes diocesanos, de religiosos y religiosas, de laicos cooperadores, de toda España, han proseguido hasta la actualidad ese empeño misionero, conmovidos por la gracia de anunciar “las inescrutables riquezas de Cristo” (cf. Ef. 3, 8).

    De los misioneros llegados a las fronteras de América Latina cabe destacar aquellos sacerdotes diocesanos que, acogidos al servicio de la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana (OCSHA) de la Conferencia Episcopal Española, dejaron su tierra y partieron para cooperar con aquellas Iglesias más necesitadas. Motivo por el que Juan Pablo II, en el 50 aniversario del nacimiento de esta iniciativa, manifestaba su deseo de “unirme a la acción de gracias al Señor por los más de dos mil sacerdotes de las diócesis españolas que han dedi­cado buena parte de su vida a colaborar con otras iglesias hermanas, movidos ante todo por la fuerza de su fe en Cristo, cuya novedad y riqueza no pueden esconder ni conservar para sí (cf. RM, 11), así como por el aliento y la soli­citud pastoral de sus Obispos, conscientes de su responsabilidad común respecto a la Iglesia universal (cf. LG, 23; OT, 10)”

    Actualmente, los misioneros españoles siguen encontrando las puertas abiertas para la misión en América Latina. De las Iglesias locales de España cada año salen nuevas vocaciones misioneras para colaborar con aquellas que aún están en proceso de formación. Hecho que nos ha de mover a una continua acción de gracias a Dios y a las comunidades cristianas que los envían. Cada año parten para aquellas Iglesias nuevos misioneros religiosos y religiosas, sacerdotes y laicos para anunciar el Evangelio. Entre ellos también sacerdotes diocesanos que sin perder su incardinación en la Iglesia de origen, hacen visible la universalidad de las Iglesia locales al vivir el misterio sacerdotal en otras zonas pastorales más necesitadas y aún en procesos de iniciación cristiana. No dudamos, pues, que no faltarán hoy ni mañana muchos otros misioneros disponibles para dar testimonio de su condición de discípulos en los pueblos americanos, para alimentar la fe de los hermanos al otro lado del océano, mientras que, a la vez, se produce un enriquecimiento de las comunidades que los envían.

    Nuevo ardor de la Evangelización: la Conversión pastoral

    El documento Instrumentum Laboris del XIII Sínodo de Obispos en el prefacio dejaba claro que es “urgente, hoy más que nunca, la actividad misonera de la Iglesia, considerando el alto número de personas que no conocen a Jesucristo, no sólo en tierras lejanas, sino también en los Países de antigua evangelización”. Esta solicitud por la evangelización en buena medida depende del renovado dinamismo misionero de las comunidades cristianas. Compromiso misionero que la Iglesia en América ha asumido con el proyecto evangelizador de la Misión Continental, proclamado desde la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida (mayo de 2007) e iniciado a partir de la clausura del Congreso Americano Misionero en Quito (agosto de 2008).

    La reciente Asamblea general del Sínodo de los Obispos, reunida para examinar el tema de “la Nueva Evangelización para la transmisión de la Fe” ha reforzado este compromiso misionero. América Latina necesita una nueva evangelización ante la realidad del cambio tan profundo que se está operando en el interior de la sociedad americana. Su intenso crecimiento económico ha incrementado sus clases medias, ha visto nuevos sectores populares emergentes, ha puesto en ebullición comunidades y pueblos indígenas, ha desarrollado nuevos areópagos en los campos de la política, de las universidades, de los medios de comunicación social. Quedan, a la vez, muchos sectores marginados, excluidos, y los rostros de la pobreza y del sufrimiento se encuentran en las periferias miserables de las grandes ciudades, en los ancianos solos, en las mujeres abandonadas, en los inmigrantes sometidos a toda clase de violencia, en las cada vez más numerosas víctimas del alcohol y las drogas, en los atentados por las redes de delincuencia y violencia. La cultura global del relativismo y del hedonismo penetra también la realidad latinoamericana por doquier, erosiona la religiosidad popular, atenta contra la institución familiar y la cultura de la vida y deja a los jóvenes desconcertados, muchas veces huérfanos de padres, maestros, educadores. Todos éstos son ámbitos humanos interpelantes que nos quieren poner en camino para pasar por la puerta que nos lleva a la misión en América y para colaborar en abrir a Cristo las puertas del corazón de los latinoamericanos. 

    Para ello la Iglesia en América Latina ha asumido como principal compromiso misionero la conversión pastoral.  Esta toma de conciencia arranca de la conversión personal, entendida como la aceptación de la llegada del Reino de Dios y el compromiso de incorporarse como discípulos de Cristo para darlo a conocer al mundo. Conversión pastoral, tanto de las personas como de las estructuras de la Iglesia. Este “estado permanente de misión” implica una gran disponibilidad a repensar y reformar muchas estructuras pastorales, teniendo como principio constitutivo la espiritualidad de la comunión y la audacia misionera.

    En sintonía con el mensaje de la Exhortación Apostólica “Ecclesia in America”, la Comisión Pontificia para América Latina y los Caballeros de Colón han realizado en el Vaticano del 9 al 12 de diciembre de 2012, un importante Congreso para suscitar un compromiso mayor por la nueva evangelización en todo el continente, confiándolo a Nuestra Señora de Guadalupe, estrella de la evangelización americana.


    América, puerta de salida para la misión ad gentes

    La autenticidad y vitalidad de la fe se verifica en el anhelo de comunicar a todos, más allá de todas las fronteras, el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestra vida de gratitud y alegría, de amor, felicidad y esperanza. Los cristianos no pueden guardar esa extraordinaria experiencia de vida sólo para ellos mismos. Necesitan compartirla con todos sus hermanos los hombres, por amor a su vida y destino. Es cierto que, en la historia de la Iglesia, todo ímpetu misionero ha sido signo de vitalidad de la fe, mientras que su disminución es signo de crisis de la fe.

    La secular experiencia de la misión ad gentes de la que tantos españoles han sido protagonistas también ha de ayudar a la Iglesia en América Latina a asumir su propio compromiso en la solicitud apostólica en otros lugares de la tierra. No ha faltado al respecto la viva conciencia del episcopado latinoamericano en Aparecida. Si bien, incluso en el continente americano, los confines entre la nueva evangelización y la misión ad gentes no pueden a veces distinguirse claramente, “al mismo tiempo, el mundo espera de nuestra Iglesia latinoamericana y caribeña un compromiso más significativo con la misión universal en todos los continentes”. “Para no caer en la trampa de encerrarnos en nosotros mismos – se afirma en el Documento de Aparecida, n. 376 –, debemos formarnos como discípulos misioneros sin fronteras, dispuestos a ir ‘a la otra orilla’, aquélla en la que Cristo no es aún reconocido como Dios y Señor, y la Iglesia no está todavía presente”. Más aún: “Somos Iglesias pobres, pero debemos dar de nuestra pobreza y desde la alegría de nuestra fe, y esto sin descargar en unos pocos enviados el compromiso que es de toda la comunidad cristiana” (cf. DA,  379). El apoyo a los centros misioneros nacionales y la colaboración con las Obras Misionales Pontificias son signos concretos de ese compromiso (cf. DA, 378). La gratitud con todos aquellos misioneros que han comunicado la fe a sus pueblos, especialmente manifestada por el Episcopado latinoamericano, y la conciencia de que más del 50% de los católicos de todo el mundo residen en el continente americano, piden que América Latina abra de par en par las puertas a la misión, dispuesta a colaborar cada vez más con el ministerio del Pastor universal.

    Este ha sido el espíritu que ha animado en las últimas décadas la celebración de los hasta ahora ocho Congresos Americanos Misioneros.  Un simple recuerdo de sus lemas nos desvelan la fuerza que latía en el interior de aquel “América, sal de tu tierra!”, en el CAM de Argentina (octubre de 1999), invitando a dar gratuitamente a otros lo que gratis habían recibido. En los últimos lustros han salido de la Iglesia jóvenes de América Latinas nuevos evangelizadores para hacer resonar el anuncio de Cristo, Hijo de Dios. Siguiendo el rastro de los Apóstoles, muchos hombres y mujeres americanos están viviendo el dinamismo de un nuevo Pentecostés, convirtiéndose en “evangelios vivientes”, como le gusta llamar a Benedicto XVI a los misioneros.

    Esta es la razón por la que el Plan de Pastoral del CELAM para el quinquenio 2011-2015 propone “animar a las conferencias Episcopales, en virtud de la espiritualidad de comunión, para que asuman responsable y solidariamente el compromiso de la misión ad gentes, como fruto maduro de la Misión Continental y concreción de la Nueva Evangelización en el ardor, métodos y lenguajes, expresando así la naturaleza misionera de la Iglesia que anuncia a Cristo en América Latina y el Caribe” (Programa 20). Sin duda alguna esta ha sido desde el principio la gran contribución de los misioneros españoles Fidei Donum: Suscitar con el testimonio y la palabra nuevas vocaciones para la misión más allá de los límites de la propia Iglesia local, “como la consecuencia natural de una honda conciencia eclesial y, al mismo tiempo, como una respuesta vigorosa a uno de los más urgentes desafíos de nuestra época, cual es la necesidad de tejer vínculos de colaboración y fraternidad entre las personas, los pueblos y las comunidades eclesiales” (Juan Pablo II, Mensaje a la OCSHA, 1999).


    Acogida de emigrantes y sacerdotes americanos

    El fenómeno de las migraciones nos está ayudando a tener una visión más universal de la Iglesia. A Europa y, en especial, a España han llegado millones de hombres y mujeres procedentes del Continente americano. Es verdad que este flujo está disminuyendo por las dificultades que se encuentran en el viejo continente y porque, en América, se está produciendo un notable crecimiento económico. El hecho, en sí mismo, merece una atenta consideración porque las migraciones han puesto en evidencia, entre otras cosas, la fragilidad de la fe de las personas y comunidades. Las de allá, al no reconocerse cordialmente insertas en la comunidades de destino; las aquí, al refugiarse en sí mismas generando sospechas sobre los que vienen de fuera. Ha llegado la hora de revisar la calidad de nuestra caridad ante los evidentes hechos de rechazo en unos casos y de infidelidad en otros. Fenómeno cultural religioso que ha de ser objeto de la antes mencionada conversión pastoral, en ambas orillas.

    Tampoco los sacerdotes diocesanos están siendo ajenos a este fenómeno migratorio. No faltan en España, como en muchos otros países europeos, numerosos sacerdotes provenientes de los países latinoamericanos que, con el permiso de sus respectivos Obispos, colaboran activamente en la misión evangelizadora de ambientes que sufren la desertificación de la secularización y el abandono de la tradición católica. Están presentes también movimientos y nuevas comunidades de origen latinoamericano. Son un exponente más de la vocación misionera para “salir” de la propia tierra e ir a los que están lejos. Quienes han sido “tocados” por la gracia para vivir este compromiso misionero son verdaderos testigos de la fe, “porque la fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo” (Porta fidei, 7). Acojámoslos con gratitud y cariño, atentos a sus necesidades. Que sean ellos los adelantados de esa “nueva primavera de la misión ad gentes” que esperan y auspician los Obispos latinoamericanos (cf. DA, 379).

    El compromiso misionero de hombres y mujeres americanos va más allá de su condición de consagrados o llamados al ministerio sacerdotal. También la vocación misionera ha sido entendida y secundada por laicos. Ya Ecclesia in América hacía esta referencia a que el mandato misionero de Jesús no solo estaba dirigido a los Apóstoles y sus sucesores, sino a todos los que desean ser sus discípulos (cf. EAm, 66).

    El envío de estos “pregoneros del Evangelio” no se circunscribe únicamente a Europa, sino al mundo entero, también a otros países del mismo Continente americano. La diversificación de relaciones políticas, económicas y culturales que los países latinoamericanos han establecido con aquéllos de África, Asia y Medio Oriente, está favoreciendo estas corrientes misioneras en todas las direcciones. Aquello que han recibido, lo entregan generosamente en cualquier parte del mundo.


    Todos, como María, llamados a la misión

    Abrir las puertas a Cristo significa también abrir las puertas a la misión. La misión atañe a todos los cristianos, a todas las diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales. A cincuenta años de la conclusión del Concilio Vaticano II – que conmemoramos en este Año de la fe -, recordemos cómo, según el Decreto Ad Gentes, n. 6, “la actividad misionera fluye de la misma naturaleza íntima de la Iglesia, cuya fe salvífica propaga, cuya unidad católica perfecciona dilatándola, con cuya apostolicidad se sustenta, cuyo sentido colegial de la Jerarquía pone en práctica, cuya santidad testifica, difunde y promueve”.

    La colaboración sacerdotal y apostólica entre las comunidades cristianas debe ser considerada como una de las respuestas más válidas para asegurar una globalización en la solidaridad, así como una de las “formas” que caracterizan la nueva Evangelización, para poner de relieve “el deber de la recíproca solidaridad y de compartir sus dones espirituales y los bienes materiales con que Dios las ha bendecido, y para favorecer la disponibilidad de las personas al servicio de la misión (cf. EAm, 52).

    Confiemos la vocación misionera, según la modalidad que la Providencia de Dios quiere para nosotros, a la intercesión de la Santísima Virgen María, que la Iglesia en América Latina reconoce como “estrella de la primera y de la nueva evangelización”, “presencia materna indispensable y decisiva en la gestación de un pueblo (…) de discípulos y misioneros de su Hijo” (DA, 524).
      
    Cardenal Marc Ouellet
    Presidente
    Pontificia Comisión para América Latina