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domingo, 13 de noviembre de 2016

«Dondequiera que esté un cristiano, los hombres tienen que encontrar siempre un oasis de misericordia» (Mons. Carlos Osoro) 12112016

«Dondequiera que esté un cristiano, los hombres tienen que encontrar siempre un oasis de misericordia»

«Dondequiera que esté un cristiano, los hombres tienen que encontrar siempre un oasis de misericordia»
La catedral de Santa María la Real de la Almudena ha acogido este sábado, 12 de noviembre, la solemne Eucaristía de clausura del Año de la Misericordia, presidida por monseñor Carlos Osoro, cardenal electo, arzobispo de Madrid. Junto a él han concelebrado el arzobispo emérito de Madrid, cardenal Antonio María Rouco Varela; el obispo emérito de Ciudad Real, monseñor Antonio Antonio Algora; el obispo auxiliar de Madrid, monseñor Juan Antonio Martínez Camino; los vicarios episcopales, el Cabildo catedral y numerosos presbíteros.
En su homilía, el prelado ha agradecido este año que Dios «nos ha concedido por voluntad del Sucesor de Pedro» y ha reiterado que la misericordia «ha de ser el mensaje de la Iglesia, desde el que conquiste el corazón de los hombres», por lo que «no es de extrañar que el Señor nos proponga hoy tres grandes tareas».
La primera de estas tareas, como subraya la primera lectura, es honrar su nombre. «Se honra siendo misericordiosos como el Padre, tal y como nos revela Nuestro Señor Jesucristo. [...] Hay un paso que hemos de dar y que, en este Año Santo, tanta gente ha dado: reconocernos necesitados de misericordia, de perdón. Cuando reconocemos que somos pecadores, sabemos y experimentamos que Jesús vino por nosotros, vino a salvar y no a condenar», ha explicado.
No obstante, a veces hay a quien le cuesta «dejarse abrazar y perdonar por el Señor». «Quien está acostumbrado a juzgar a los demás desde arriba, sintiéndose cómodo y considerándose justo, bueno y leal, no sabe honrar el nombre de Dios que es Misericordia», ha aseverado.
clausura misericordia 2
La segunda tarea que nos da el Señor, según ha detallado monseñor Osoro, es: «entregaos al trabajo que salve». Debemos «entregarnos a dar a conocer el carnet de identidad de Dios: la misericordia»; conscientes de que, como dice san Pablo, «si somos infieles, Él permanece fiel pues no puede renegar de sí mismo».
La tercera tarea es «dar y mostrar a los hombres la Belleza verdadera, que es Jesucristo». De acuerdo con el Evangelio, «no quedará piedra sobre piedra»; «el derribo material del templo es la expresión de que un mundo injusto, corrupto, de pecado, tiene que acabarse», ha asegurado el arzobispo. «Toda construcción de una vida fundamentada en lo exterior, en la apariencia y lo superficial, se derrumbará. Cristo ha traído una nueva creación; no es restauración, es nueva creación y tiene un nombre: misericordia», ha añadido.
«La misericordia vence, la misericordia cura, sana. [...] Tengamos la audacia de volver a las fuentes de la misericordia y la gracia. Pecadores, sí; corruptos, no. La corrupción es el pecado no reconocido y elevado a sistema, que se convierte en costumbre y en una manera de vivir. No es un acto, es una condición. Sin embargo, el pecador sabe que no hay situaciones de las que no podamos salir, que Jesús siempre está dispuesto a darnos la mano para salir. La misericordia será siempre más grande que el pecado. De ahí la fuerza que, para nosotros y para este momento de la historia de los hombres, tiene precisamente la misericordia».
«Hemos aprendido en este año que, dondequiera que esté un cristiano, en las parroquias, en las comunidades, en la Iglesia doméstica que es la familia cristiana, en las asociaciones y movimientos... los hombres tienen que encontrar siempre un oasis de misericordia», ha concluido.
Clausura del Año Santo en Roma
La celebración ha tenido lugar justo una semana antes del consistorio de cardenales presidido por el Papa Francisco en Roma en el que creará cardenal al arzobispo de Madrid. Al día siguiente, el domingo 20, el Pontífice presidirá la clausura oficial del Año de la Misericordia en la basílica de San Pedro.
Para más información sobre el Jubileo, puede visitarse este enlace.
Infomadrid / R.P. / Fotos: Miguel Hernández Santos

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Homilía de monseñor Osoro en la fiesta de la Almudena (9-11-2016)

Homilía de monseñor Osoro en la fiesta de la Almudena (9-11-2016)


  • Hermanos y hermanas:
Querida Madre, a quien aquí, en Madrid, invocamos como Santa María la Real de la Almudena: gracias por ofrecernos a tu Hijo Jesucristo, rostro vivo y auténtico de Dios y del hombre. Sostienes en tus manos a Nuestro Señor recién nacido en Belén y nos lo ofreces a los hombres. Así, en esta postura, con esta fotografía, te han reconocido como Madre de Dios y Madre nuestra, como Madre de Madrid, todos los que habitan estas tierras. Gracias por acompañarnos y abrirnos caminos de encuentro, gracias por enseñarnos a derribar muros, a crear puentes que nos unan a todos, a no hacer una tierra donde unos descartamos a los otros. ¡Qué belleza tiene tu imagen! Es una imagen que expresa muy bien lo que deseas de nosotros: te manifiestas ofreciéndonos y poniendo en nuestras manos a tu Hijo Jesucristo. No quieres darnos y ofrecernos teorías sobre la verdad, el camino que recorrer o la vida que tener; sino que nos entregas, con rostro de hombre vivo, a quien es Camino, Verdad y Vida. ¡Gracias!
Hoy, Madre, tu Hijo Jesucristo desde la Cruz, mirándote a ti y a Juan el apóstol –en el que estamos representados todos nosotros–, nos dice una expresión que no solamente tiene belleza, sino que da belleza al ser humano: «Mujer, ahí tienes a tu hijo», y a nosotros, en Juan: «Ahí tienes a tu Madre». Porque el ser humano recibe la gran Belleza cuando se le da amor, especialmente cuando es el Amor más grande. Y en este pasaje del Evangelio se nos muestra el amor de tu Hijo, que da la vida para que los hombres tengamos Vida, y el amor de un Dios que nos da a quien prestó su vida para darle rostro humano, a su Santísima Madre, para que nunca jamás sintamos soledad.
Desde esta oferta de amor de Cristo, quiero entregaros una contemplación de Nuestra Madre, a quien le pido que mire a todos los que formamos parte de esta Comunidad de Madrid, a cada uno de nosotros, con esos sus ojos misericordiosos: a cada familia, a los niños, a los ancianos, a los enfermos, a los que están solos, a quienes están en la cárcel, a los que tienen hambre y no tienen trabajo, a los que perdieron la esperanza, a los que no tienen fe, a los que nos gobiernan, a los que nos enseñan. A Ella le hago también estas tres peticiones:
1. Madre, ayúdanos a cuidar la vida: lo habéis visto en el Evangelio que hemos proclamado, «junto a la Cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María, la Magdalena». Ahí estaba cuidando la Vida que es el mismo Jesucristo. Y Jesucristo mira a su Madre y le dice que siga cuidando las vidas de los hombres, de todos los hombres. ¡Cómo no recordar hoy aquí a los que más necesitan que cuidemos sus vidas! La vida hay que cuidarla siempre, desde el inicio hasta su término, siempre haciéndolo con ternura. Cuidar la vida supone sembrar esperanza siempre. Un pueblo que cuida la vida es sembrador de esperanza. Un pueblo que cuida a los niños y a los ancianos, cuida a todos. María nos enseña a cuidar la Vida. Cuidó a Jesús desde el momento que estuvo en su vientre y lo cuidó cuando estaba en la Cruz. Nunca abandonó a quien era la Vida y nos muestra el abanico real que tiene la vida humana.
Hay que cuidar la vida de los niños, lo que supone que todas las dimensiones de la vida de un ser humano se desarrollen armónicamente, también la dimensión trascendente en la que se encuentra el amarnos los unos a los otros, el no descartar a nadie, el no hacer diferencias, el crear puentes que unan, el derribar muros que no nos dejan encontrarnos. Y hay que cuidar las vidas de los ancianos, de aquellos que van perdiendo fuerzas; tenemos que tratarlos no como sobrantes y como un peso que hay que sobrellevar, sino como tesoros de sabiduría que debemos alentar y alimentar. Cuidemos la vida de los niños y de los ancianos, en ellos está el futuro de un pueblo. ¡Qué dos realidades más importantes: fuerza y sabiduría, niños y ancianos! Cuidar la vida es sembrar esperanza. María cuidó a Jesús desde chico y nos cuida a nosotros.
Cuidar la vida supone que, en nuestra casa común, todos tengan sitio, un lugar donde estar y ser reconocidos en su dignidad. En las bodas de Caná, cuando María vio que no había lo necesario para hacer la fiesta, se dirigió a su Hijo para pedirle que interviniera sin mirar quiénes estaban. Lo hacía para todos. Porque igual que Jesús dio la vida por todos los hombres, a su Madre la hizo Madre de todos. ¡Qué tradición más hermosa salir aquí, en Madrid, a la plaza Mayor, para pedir a la Madre de Madrid que nos cuide y nos enseñe a cuidarnos los unos a los otros! Hoy sí que podemos decir lo que hace un instante escuchábamos en el salmo: «Tú eres el orgullo de nuestra raza». Acojamos la propuesta de Nuestra Madre, es una propuesta de vida y no de muerte: cuidemos la vida de todos los que viven o llegan aquí a Madrid.
2. Madre, haznos el regalo de tu mirada: necesitamos la misma mirada que tu Hijo Jesucristo te hizo desde la Cruz. «Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu Hijo”». Necesitamos la mirada de Madre, esa mirada que abre el alma, que quita cerrojos, que abre todos los sentidos, la mente y el corazón. Necesitamos esa mirada que Ella sintió siendo muy joven, a través del arcángel: una mirada de amor, de conquista del corazón, de hacer lo mejor por todos los hombres, de hacerles partícipes del bien, de la bondad, de la justicia, de la solidaridad de un Dios que quiere hacer de todos los hombres una gran familia de hijos y de hermanos. Es la mirada que le hizo entonar el canto más bello: dar a los hombres la Vida. Un canto en el que Ella misma era el pentagrama sobre el que Dios escribía las notas. Decía así: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho grandes obras por mí, su nombre es santo y su misericordia llega a todos los hombres». Es un canto a la verdad del hombre, al reconocimiento de las dimensiones reales del ser humano.
María, danos el regalo de tu mirada, para ver siempre a todos desde la libertad que Dios ofrece. Desde la bondad de su corazón. Desde una justicia que va mucho más allá de dar a cada uno lo que le corresponde con las medidas humanas, pues Dios lo da todo, hasta su Vida. Desde la solidaridad que se hace comunión y se manifiesta en darse y no retenerse. Desde el amor que es paciente, comprensivo y servicial, que no tiene envidia ni se engríe, que no es maleducado ni egoísta, que no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad, disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. Es un canto de un Amor que no pasa nunca, porque es de Dios y, por ello, es eterno.
Regálanos tu mirada de Madre para ver nuestra historia, para ver nuestros cansancios, nuestras frustraciones infundadas o fundadas en el sinsentido de una vida vivida desde nosotros mismos. Regálanos tu mirada para vernos entre nosotros de otra manera, no como enemigos, sino como hermanos. Enséñanos a mirar para rescatar, acompañar y proteger; a mirar a los que naturalmente miramos menos y lo necesitan más: a aquellos que están desamparados, solos o enfermos, a los que no tienen de qué vivir, a los que están en la calle, a los que no conocen a tu Hijo ni la ternura que tienes de Madre.
Santa María la Real de la Almudena, que nunca tengamos miedo a salir y mirar a nuestros hermanos con tu mirada. Tú saliste del muro para encontrarte con todos, tejiendo en los corazones de los hombres unión, encuentro, respeto, capacidad de construir juntos. Las situaciones que vive la humanidad, en su complejidad, necesitan de corazones como el tuyo, que creen y dinamicen el encuentro entre nosotros y no la división ni la ruptura, ni el enfrentamiento.
3. Madre, que veamos a tu Hijo en cada ser humano que es nuestro hermano: hoy esta plaza Mayor se convierte en algo significativo, pues Tú nos invitas a encontrar a Jesús en cada ser humano; nos invitas a no permanecer indiferentes ante el hermano. Nos llamas a no destruirnos y a trabajar y poner todos nuestros talentos al servicio de la cultura del encuentro, que nos está pidiendo hacer un trasplante de corazón. Que sintamos dolor cuando esto no lo hacemos, aquel dolor de Madre que tú sentías junto a la Cruz.
Madre, que nos miremos y nos encontremos para ser más hermanos. ¿Estamos dispuestos a emprender este camino de encuentro? Es un camino sencillo y, al mismo tiempo, exigente; requiere olvidarnos de nosotros y poner en primer lugar al otro, sea quien sea. Tengamos también la valentía de ir a las raíces: nuestro pueblo de Madrid hunde sus raíces en un anhelo de fraternidad y deseo de ser familia. Crecemos cuando nos unimos. Y es cierto que para unirnos no vale solo salir con ideas, hay que salir con amor en su mayor grandeza. Que es la que se nos ha revelado en el Dios que se hizo Hombre y acercó lo divino a la tierra para hacernos ver que aquí podemos construir algo de cielo si lo seguimos a Él.
Hermanos y hermanas, el Hijo de María se va a hacer presente en el misterio de la Eucaristía: contemplad a Dios y en Él, lo que puede llegar a ser el hombre. Establezcamos tal comunión con Dios que podamos decir al unísono del corazón de María: «Hágase en mí según tu palabra», «aquí estoy», disponible para dejarte entrar en mi vida y poder llevar, a los hombres que encuentre en el camino, lo que tú me das. Señor Jesucristo, gracias por darme como Madre a tu Madre. Que con su intercesión cuidemos la vida de los hombres, regalemos tu mirada a todos sin excepción y veamos siempre a un hermano. Santa María la Real de la Almudena, ruega por nosotros. Amén.

viernes, 22 de julio de 2016

Adiós a Carmen Hernández en la Almudena, en un funeral de dos horas lleno de fe y emoción (Homilía completa) 21072016

soro, Rouco, Rylko, Amigo y Blázquez concelebraron

Adiós a Carmen Hernández en la Almudena, en un funeral de dos horas lleno de fe y emoción

Adiós a Carmen Hernández en la Almudena, en un funeral de dos horas lleno de fe y emoción
El arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, junto al féretro de Carmen Hernández - a la derecha, de pie, Kiko Argüello y el padre Mario Pezzi

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21 julio 2016
Dos horas ha durado en la Catedral de la Almudena de Madrid la misa funeral por Carmen Hernández, coiniciadora, junto con Kiko Argüello, del Camino neocatecumenal, una realidad eclesial que nació en el barrio de barracas de Palomeras Altas en la capital de España hace medio siglo y que hoy integra a un millón de católicos en más de 120 países, casi un tercio de ellos en España.

El féretro de Carmen Hernández, fallecida a los 85 años en su casa de Madrid, llegó hasta el presbiterio de la catedral a hombros de jóvenes del seminario Redemptoris Mater de Madrid, ligado al Camino Neocatecumenal. Kiko Argüello cantó y exhortó a todos a tener fe. En la música se alternaba el coro y orquesta del Camino Neocatecumenal con señoras salmistas con guitarras. Las canciones fueron los cánticos habituales del Camino.

Las imágenes de 13TV, la televisión ligada a la Conferencia Episcopal Española recogían las diversas escenas y mostraban las pinturas de estilo neobizantino con las que Kiko, que es pintor, ha iluminado la catedral madrileña. Kiko Argüello, al inicio del funeral, expresó su esperanza así: "Carmen está con el Señor, toda feliz, y yo estoy aquí hecho polvo". 

En la catedral, abarrotada, había gente de todas las edades, aunque menos jóvenes de los que cabía esperar, pues muchos jóvenes neocatecumenales habían marchado ya hacia Polonia, a la Jornada Mundial de la Juventud de Cracovia.

El arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, destacó «el testimonio sincero y valiente» de esta mujer, que dedicó su vida «a anunciar a Jesucristo».

La Eucaristía estuvo concelebrada por el presidente del Pontificio Consejo para los Laicos,Stanislaw Rylko; el presidente de la Conferencia Episcopal Española y cardenal arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez; el cardenal Antonio María Rouco Varela, que fue arzobispo de Madrid durante 20 años y gran valedor del Camino Neocatecumenal; el arzobispo emérito de Sevilla, el cardenal Carlos Amigo; y el nuncio del Papa, Renzo Fratini.

Un mensaje de Francisco
Con motivo del fallecimiento, el Papa Francisco envió un mensaje a Kiko Argüello que fue leído antes del inicio de la misa por el nuncio. En la misiva, el Santo Padre agradecía al Señor «por el testimonio de esta mujer que ha dedicado su vida al anuncio de la Buena Noticia sin olvidar a las personas más marginadas» y animaba «a todos a mantener viva su ansia evangelizadora». Francisco expresó su cercanía a los familiares y miembros de este movimiento “en esta hora de dolorosa separación”, así como “a cuantos han apreciado su ardor apostólico concretizado sobre todo al indicar un itinerario deredescubrimiento del bautismo y de educación permanente en la fe”.

Con Carmen, el Camino nació en Madrid
En su homilía, el arzobispo Osoro quiso destacar el papel de Madrid en el origen de esta realidad eclesial que hoy se ha extendido por todo el mundo y recordó que fue en sus barrios de chabolas donde Carmen Hernández experimentó “la gracia transformadora de la Palabra de Dios, cuando se encontró con Kiko entre los pobres”.

“Palabra, liturgia y comunidad –afirmó Osoro– serán la base de un nuevo camino de encuentro con Cristo y con su Iglesia, de una nueva manera que fascina hoy a un millón y medio de cristianos que, repartidos en 30.000 comunidades, anuncian a Jesucristo”.

El Arzobispo de Madrid invitó a “poner en manos del Señor la vida de nuestra hermana y pedirle que perdone todas sus faltas, a quien quiso vivir con las convicciones que el apóstol san Pablo nos manifiesta: ‘Si vivimos, vivimos para Dios, si morimos, morimos para Dios, en la vida y en la muerte somos de Dios’”.

Homilía completa de Carlos Osoro, arzobispo de Madrid
Excelencias,
Hermanos sacerdotes,
Padre Mario,
Querido hermano Kiko Argüello, que con Carmen iniciaste el Camino Neocatecumenal,
Queridos hermanos del Camino que, de diversas partes de España y del mundo, habéis querido haceros presentes en esta despedida a Carmen de este mundo,

Hermanos y hermanos todos, también a aquellos que estáis siguiendo esta celebración a través de 13TV y de otros medios de comunicación social:

La Palabra de Dios que acabamos de proclamar ha sido contundente. Tres expresiones nos revelan lo que Nuestro Señor Jesucristo quiere que celebremos sus discípulos hoy, con motivo de la salida de este mundo de Carmen. Para ello, el Señor nos ha hablado:

1) Nos da una gran noticia. Nos da la mejor noticia que un ser humano puede recibir (Is 25, 6a. 7-8b): El Señor destruirá la muerte para siempre, enjugará las lágrimas de todos los rostros, borrará de la tierra el oprobio. El ser humano, en lo más profundo de su corazón, tiene deseos de eternidad, quiere vivir para siempre. Dios quiere acompañar al ser humano en todas las situaciones de su existencia, también en la muerte. El deseo de ser eterno fue lo que le llevó a querer ser igual a Dios y, por ello, entrar por un camino por el que Dios le había dicho que no fuese. Todos nos tenemos que enfrentar con la oscuridad más grande que existe y para la cual no hay posibilidad de dar luz desde nosotros, pues no hay lámparas capaces de alumbrar, ni centrales que produzcan la luz. El ser humano tiene palabras y soluciones mientras vive en este mundo, pero no tiene ni soluciones ni palabras para la muerte. Ante la muerte, lo único que podemos decir a quien les ha afectado es: os acompañamos en este dolor. Por otra parte, todos sabemos que más tarde o más temprano morimos. ¿Os imagináis lo que significa que nos llegue la noticia de que Dios va a destruir la muerte para siempre?

2) Nos revela un gran misterio. Hoy, una vez más, se nos revela un misterio: la muerte ha sido vencida. Hoy podemos gritar con todas nuestras fuerzas: «¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?». Y lo ha hecho Dios mismo, haciéndose hombre: «No ha tenido a menos hacerse uno como nosotros y pasar por uno de tantos», también por la muerte, pero para vencerla con su poder que es su amor, porque lo que «provoca la muerte es el pecado». Y el que no tiene pecado la ha vencido y ha querido entregarnos toda su vida a nosotros. Lo hace siempre revelándose en nuestra existencia con un rostro que nos mira con una inmensa misericordia. «Demos gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por Nuestro Señor Jesucristo».

3) Nos sitúa en una provocación de salida a toda la humanidad, que hay que anunciar. Hoy nos la hace Nuestro Señor a nosotros. Nos toma como a Pedro, a Juan y Santiago y nos hace vivir una realidad esencial, la que conmueve los cimientos de la vida y de la historia, la que sigue siendo necesario anunciar, pues afecta a toda la creación. Pedro, Juan y Santiago vieron cómo conversaba como Moisés y Elías y hablaban de su «éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén», es decir, hablaban de cómo Jesús con su muerte y Resurrección realiza el éxodo en nombre de la humanidad. Oyeron, vieron cómo dialogaba con el Padre y cómo sus vestidos brillaban de resplandor. Pedro le dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí!». Y es que tener en nosotros la vida, la Resurrección, poderla contemplarla, experimentar el gozo de la plenitud, es lo que necesitamos siempre los hombres, para caminar con sentido y metas, para ser creativos en todas las situaciones buscando salidas en la alegría del Evangelio. Experimentemos la alegría de la Resurrección del triunfo, de dejarnos envolver y abrazar por Dios, como los primeros discípulos envueltos en aquella nube. Y que escuchemos también «este es mi Hijo el Elegido, escuchadlo».

Carmen experimentó en Palomeras, aquí en Madrid, la gracia transformadora de la Palabra de Dios, cuando se encontró con Kiko entre los pobres y viendo cómo esta tenía una resonancia fascinante en ellos. Allí Carmen quedó también fascinada. Y aún más cuando el arzobispo de Madrid, don Casimiro Morcillo, los animó a que siguieran en esta misión. Y Carmen, que había venido a buscar a Madrid jóvenes para ir a Bolivia, se encuentra con un descubrimiento fundamental en su vida para anunciar a Jesucristo Resucitado: el trípode. Palabra, liturgia y comunidad serán la base de un nuevo camino de encuentro con Cristo y con su Iglesia, de una nueva manera que fascina hoy a un millón y medio de cristianos que, repartidos en 30.000 comunidades, anuncian a Jesucristo. De tal manera que la evangelización se convierte en una comunidad cristiana que vive y hace vivir, desde una oración sincera, desde la comunión entre personas realizada en una comunidad concreta y con el entusiasmo de la evangelización, es decir, de anunciar a Jesucristo muerto y resucitado.

Queridos hermanos, hoy nos ha reunido la partida de este mundo de Carmen. Pero de verdad lo que nos ha reunido ha sido proclamar una gran noticia, un gran misterio: Nuestro Señor ha querido provocarnos una vez más y hablarnos como a los primeros, de su éxodo, es decir, de su triunfo, de su Resurrección y de nuestro triunfo en Él.

Creer en la Resurrección de Jesucristo provocó en Carmen un deseo misionero irresistible. Lo hizo desde tres grandes pasiones: 1) Puso la vida al servicio de este anuncio; 2) Sintió la urgencia de vivir con un testimonio sincero y valiente, realizado desde su carácter franco y con un lenguaje directo; 3) Todo vivido con un gran amor a la Iglesia: su papel en la redacción del estatuto del Camino aprobado por la Santa Sede, la defensa de la mujer y su papel en la Iglesia, su sincero amor al Sucesor de Pedro.

Pidamos al Señor por Carmen. Nuestra oración, cuya expresión más sublime se realiza en la celebración de la Eucaristía, nos lleva a poner en manos del Señor la vida de nuestra hermana y pedirle que perdone todas sus faltas, a quien quiso vivir con las convicciones que el apóstol san Pablo nos manifiesta: «Si vivimos, vivimos para Dios, si morimos, morimos para Dios, en la vida y en la muerte somos de Dios». La Virgen María nos acompaña siempre en este encuentro definitivo con Dios, así lo ha querido el Señor; nos la dio como Madre, para que viviésemos en la misma confianza del Señor que lo acompaño hasta el final, Ella escuchó a Jesús decir: «Padre, a tus manos encomiendo mi vida». Descanse en paz Carmen, iniciadora con Kiko del Camino Neocatecumenal. Y a nosotros nos dé el descanso de saber que el triunfo del hombre es el triunfo de Cristo. Amén.

jueves, 16 de junio de 2016

Homilía del arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, en el 25 aniversario de la Provincia Eclesiástica de Madrid (3-06-2016)

Homilía del arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, en el 25 aniversario de la Provincia Eclesiástica de Madrid (3-06-2016)


Queridos hermanos y hermanas todos en Jesucristo Nuestro Señor:
En la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús quiero deciros ya desde el inicio de mis palabras con toda verdad que el corazón de Nuestro Señor Jesucristo se estremece con pasión y misericordia entre los hombres. La Iglesia en esta fiesta nos presenta el misterio del corazón de un Dios que se conmueve y derrama todo su amor sobre la humanidad. Un amor misterioso que nos muestra la pasión inmensa de Dios por el hombre, que no se rinde ante la ingratitud ni siquiera ante el rechazo, su único deseo es restituir la dignidad del hombre. Un corazón que abraza, que acoge, que se presta a perdonar y a curar. Él mismo nos lo dice: no he venido para los sanos que no necesitan médico sino para los enfermos. Todos los hombres necesitamos no solo sentir el latido de nuestro corazón, tenemos necesidad de sentir y acoger el latido del corazón de Jesús. Tenemos necesidad de realizar un trasplante de corazón y poner en el nuestro las medidas del corazón de Nuestro Señor Jesucristo.
El Señor ha querido reunirnos hoy en esta fiesta del Sagrado Corazón para celebrar los 25 años de existencia de esta Provincia Eclesiástica que quiere promover esa acción pastoral común, según las circunstancias y las personas y situaciones, para que se fomenten relaciones de fraternidad entre obispos y miembros de las Iglesias particulares; para que todos sintamos la necesidad de tener este corazón del Señor y promover el modo y la manera en que todos los hombres de nuestra Provincia Eclesiástica sientan cómo se derrama el amor del Señor sobre todos nosotros.
Queridos hermanos y hermanas, si tuviésemos que resumir esta noche lo que el Señor nos ha dicho en una palabra o en unas palabras, os diría esto: «Yo os busco y os cuido. Vivid con y de mi amor. Además os regalo una estrategia para vivir como misioneros-discípulos míos».
«Hermanos yo os busco y os cuido», lo acabamos de escuchar, a través del profeta Ezequiel. «Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré». Esta experiencia se hace verdad en todos nosotros esta noche. Nunca sabremos de verdad cómo es el corazón de Cristo y no entenderemos la alegría de vivir su misericordia si no hacemos ese trasplante que nos invita a hacer el Señor. Es el mensaje más contundente y verdadero, el que más necesita el ser humano, el que puede cambiar la dirección de esta humanidad.
Os habéis dado cuenta de algo que es importante y fundamental: cómo nos gusta condenar; ¿por qué nos costará tanto salvar?, ¿qué es lo que nos pide el Señor y se acerca con su corazón? El Señor nos lo ha dicho: «No he venido a condenar a los hombres, he venido a salvarlos». Basta con recordar por un instante encuentros diversos que el Señor tuvo y que nos narran de formas diversas en el Evangelio.
Sí hermanos, cómo salva la vida el Señor, cómo la salva y cómo nos pide que acojamos su corazón, que le tengamos en nuestra vida. Y por eso se hace verdad aquí las palabras que nos ha dicho a través del profeta Ezequiel: Él nos ha buscado, nos cuida. Él quiere que abramos nuestra vida a su vida. Él quiere y desea que abramos de tal manera nuestro corazón que entre su amor en él y que sea de este amor del que nos alimentemos; que se haga verdad lo que nos ha dicho el Señor: «Yo mismo apacentaré mis ovejas y las haré reposar» y haré posible que, sobre toda la tierra, crezca lo que hace un instante nos decía el salmo que hemos cantado, «crezcan las verdes praderas, se produzcan fuentes tranquilas que reparen las fuerzas de los hombres». Y esto es lo que el Señor nos dice hoy: «Os busco y os cuido para esto. Os busco y os cuido para guiaros, para que caminéis por cañadas que dan luz, que tienen luz, salgáis de las oscuras, hagáis salir a los hombres de las mismas. No temáis porque yo voy con vosotros».
En segundo lugar, el Señor nos ha dicho no solamente os busco y os cuido, os pido que viváis con y de mi amor. Lo habéis escuchado queridos hermanos, en la segunda lectura que hemos proclamado del apóstol Pablo a los Romanos. Nos dice que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones; estamos, si queremos, llenos de ese amor.
Nuestro Señor Jesucristo nos muestra su corazón y nos manifiesta y revela que jamás, jamás, se cansa de perdonar. ¿No os dais cuenta de que somos nosotros los que nos cansamos de pedirle al Señor que nos perdone?, ¿no os dais cuenta de que somos nosotros los que nos cansamos de abrir nuestro corazón para que entre ese amor que Él nos regala gratuitamente?
El cansancio viene de nosotros. Él nunca se cansa. Nunca. Siempre está dispuesto a perdonarnos, a curarnos. Para entender cómo es el corazón de Cristo y para entender la necesidad que tenemos los hombres de tener un corazón como el de Él, a mí siempre me impresionaron unas palabras el Primer Libro de los Reyes, cuando Dios le propone a Salomón que le pida lo que quiera, que Él se lo va a dar. El sabio Salomón responde:«Concede a tu siervo un corazón que entienda».
Queridos hermanos, el secreto de tener un corazón que entienda, es tener un corazón a semejanza de Dios como el de Cristo, y Él nos lo da, nos lo regala. Escuchar a Dios, escuchar a los demás que son imagen y semejanza de Dios, es lo que hizo el Señor mientras estuvo con nosotros en este mundo. Pasó por la vida mirando y escuchando, comprendiendo y queriendo, regalando su cercanía y mostrando su misericordia. Y Él desea que nosotros tengamos ese corazón suyo para hacer lo mismo, para escuchar, para regalar su misericordia. Regalarla, sí, comprender, querer.
Por otra parte, yo percibo que así como los padres de la Iglesia consideraban que el mayor pecado del mundo pagano era su insensibilidad, su dureza de corazón, entiendo que hoy sigue siendo el mayor pecado de la humanidad que se ha convertido en una aldea donde todos estamos enterados de todo lo que les pasa a los hombres, en cualquier lugar del mundo. Pero tenemos una insensibilidad en el corazón para mostrar lo que el Señor nos muestra, nos mira, nos escucha, nos comprende, nos quiere...
Vivamos con y desde el amor del Señor, tal y como hace un instante escuchábamos al apóstol Pablo cuando nos decía esas palabras que suenan tan bien en nuestra vida: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones».
Y en tercer lugar, no solamente el Señor nos busca y nos cuida, no solamente nos invita a vivir con y desde su amor, el Señor ciertamente nos hace un regalo y nos da una estrategia para vivir como discípulos misioneros. Sí, una estrategia que acabamos de escuchar en el Evangelio que hemos proclamado. ¿Quién de vosotros, que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja a las 99 en el desierto y va tras la descarriada hasta que la encuentra? Es una estrategia. Hay muchos hombres hoy que desconocen al Señor, y no están lejos, están cerca de nosotros; o tienen una noticia falsa de un Dios en el que nosotros creemos y sentimos en este instante también su cercanía y su misericordia. ¿Cómo no acoger este regalo y esta estrategia para vivir como discípulos misioneros?
Vivimos en un mundo que nos acostumbra cada vez menos a reconocer nuestras responsabilidades y a que nos hagamos cargo de las mismas. Nunca entremos en ese juego que no es evangélico, ese de que los que se equivocan siempre los demás, los culpables son siempre los otros y nunca nosotros. No entremos en ese juego. Cuando lo hacemos, consagramos nuestra vida a hacer fronteras y muros, a regularizar las vidas de los demás y a ir poniendo requisitos y prohibiciones. Nos ponemos en esa actitud de siempre, dispuestos a condenar y a no a coger. ¿Por qué no entramos por el camino de disponer nuestras vidas para inclinarnos con compasión hacia las miserias de la humanidad? Y la más grande es desconocer al Dios verdadero, es desconocer el corazón mismo de Cristo. Esta es una gran miseria.
Qué diferencia más abismal entre los perdones que damos los hombres, que a veces son por decreto, y el perdón que da Dios, dándonos siempre una caricia. Acaricia nuestras heridas, acaricia nuestra vida, nuestras heridas por muy hondas y sangrantes que sean.
Hagamos esta estrategia, seamos discípulos misioneros, vayamos donde sepamos que hay –y a veces está muy cerca de nosotros– gentes que no conocen, que desconocen el amor de Dios. Necesitamos, como veis, hacer un trasplante de corazón; urge que nos dejemos hacer el corazón por Jesucristo, pues Él hace verdad real en nuestra vida lo que tan bellamente describe el profeta Ezequiel: «Os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne».
Estos 25 años de nuestra Provincia Eclesiástica de vida, celebrados en esta fiesta del Sagrado Corazón, nos invitan a convertirnos a Cristo, a recibir un corazón de carne, sensible ante la pasión y el sufrimiento de los demás Y a responder siempre a situaciones en las que viven los hombres, en las que están, no en las que nos gustaría que estuviesen a nosotros, sino en las que están. Como lo hace el Señor, con un corazón lleno de misericordia. El Dios que se hizo hombre para darnos su corazón y para despertar en nosotros el amor a todos los hombres con un interés especial por los más descartados, por los que más sufren, los más necesitados, los que han sido robados en su dignidad...
Este Dios, una vez más, se hace presente entre nosotros en el misterio de la Eucaristía, con su corazón para dárnoslo a nosotros. Acojámoslo. Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío. Amén.

lunes, 30 de mayo de 2016

Homilía de monseñor Carlos Osoro en el Corpus Christi (29-05-2016)

Homilía de monseñor Carlos Osoro en el Corpus Christi (29-05-2016)


Queridos hermanos:
La fiesta del Corpus Christi surge a mediados del siglo XIII, en el año 1264, en Lieja, y se extiende por voluntad del Papa Urbano IV a la Iglesia universal. Esta celebración litúrgica alcanza su máxima expresión cuando comienza a introducirse la procesión del Santísimo con la participación de todo el pueblo. De tal manera que esta procesión asumió un carácter solemne de manifestación de la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, de adoración pública del Señor.
La presencia de Dios entre nosotros nos ilumina, nos da su Luz. ¡Qué oscura se vuelve la realidad de cada uno de nosotros, de nuestro mundo y de la historia de los hombres cuando retiramos a Dios de ella! Sin Él, el mundo se parece a una caverna sin luz. Cuando dejamos que entre Dios todo queda iluminado de una manera nueva: nos da sus ojos para vernos y ver a los demás, nos da su corazón para hacernos descubrir que nadie sobra, nos da su amor que es la medicina que elimina todo contagio de egoísmo y de tentación de eliminar a quien a mí me parece que sobra. El Evangelio que hemos proclamado nos sitúa en un dinamismo en medio de este mundo nuevo. Frente a la lógica de los hombres, que es la que los discípulos tienen al igual que nosotros y que es normal, ¿cómo dar de comer con tan poco a tanta gente? «No tenemos más que cinco panes y dos peces... porque eran unos cinco mil hombres». Frente a esta lógica está la lógica de Dios, que se nos revela en Jesucristo y que el Señor nos pide que sea la que asumamos: “dadles vosotros de comer: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta... Él tomado los cinco panes y dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente». Lo poco en nuestras manos es poco, lo poco en manos de Dios es mucho.
Asumamos esta lógica de Dios, vivamos desde ella y con ella. El oficio que nos regala el Señor a todos los hombres es vivir una comunión de vida con Él. Cuya máxima expresión la descubrimos en la Eucaristía. Celebrad la Misa. Dejaos hacer por el Señor, su gracia y su fuerza. Alcanza unas dimensiones imprevisibles acoger este mandato del Señor: «Dadles vosotros de comer». Y dadles a todos los hombres que os encontréis en el camino. ¡Qué oficio más hermoso! Asumamos el oficio de ser misericordiosos, de regalar el amor de Dios. No es un oficio descansado, pues hay que ir a todos y hay que dar todo lo que necesitan nuestros hermanos. Pero es el mejor oficio, es entrar en el oficio de la alegría, que lo es de la verdad y de la vida. Sin la presencia del Señor, nuestro mundo es como un hospital sin médicos ni enfermeras, donde todos los padecimientos y enfermedades se multiplican. Observad la historia, mirad a los pueblos a quienes se les ha eliminado la presencia de Dios: la luz y el sol no existen. Por eso le decimos al Señor hoy que deseamos dar salud a nuestro mundo. Le gritamos en este día del Corpus Christi en nuestras calles y aquí ahora, diciéndole: «Danos tu caridad, danos tu amor». Pero no lo guardemos, repartamos ese amor como tú lo haces.
¿Queréis ser dichosos? ¿Queréis hacer el Reino de Dios, que lo es de amor, justicia, verdad y vida? ¿Queréis acoger la misericordia y regalarla? ¿Queréis tener en vuestra vida el arte de las artes? Acoged en vuestra vida a Cristo, al Amor de Cristo, vivid la caridad. Celebrad la Cena del Señor como nos decía san Pablo hace un momento: «Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido... Haced esto en memoria mía». Salir con el Señor hoy por las calles es decir al mundo que el amor de Dios manifestado en Jesucristo realmente presente en la Eucaristía es revolucionario. No hay otra que se necesite más en este mundo. Y no se hace con armas o insultos, ni descartes o poniendo muros. El amor de Dios, su misericordia es revolucionaria y siempre misionera, es contagiosa. Es mucho más que asistencia pública, departamentos de ayuda, servicios sociales. Cristo pasó haciendo el bien por el mundo que era el suyo. Y nos llama a hacer lo mismo sin dejarnos solos. Para ello tenemos que tener un encuentro vivo con Jesucristo. Miradlo. Contemplad su rostro con toda intensidad. Volvamos siempre al Señor. Hacer la revolución de la misericordia es hacer que el rostro de Cristo pueda ser reconocido en aquellos que la ejercen. San Agustín es probablemente entre los Padres quien expresó de forma más precisa y profunda el vínculo que se da entre la Eucaristía y la Iglesia. Quien engendra y genera que el mandamiento del amor sea para los discípulos de Cristo vinculante es la Eucaristía; quienes nos alimentamos de Cristo, hemos de hacer las obras de Cristo y hemos de dar y vivir con el amor de Cristo. Si no vivimos en el amor, si no mostramos el amor de Cristo en obras y palabras, ofendemos la Eucaristía. Es en y desde la Eucaristía donde engendramos un nuevo tipo de relaciones entre los hombres, que nacen de la comunión con Cristo. Y es entonces cuando entendemos las palabras del Señor: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él... El que me come vivirá por mí» (Jn 6, 56-57). La comunión con Nuestro Señor Jesucristo cura heridas, rupturas, enfrentamientos, y nos lleva siempre a buscar el encuentro con el otro. Así lo hizo el Maestro.
Por eso es una gracia para la Iglesia esta fiesta del Corpus Christi: saliendo el Señor por las calles, nosotros los cristianos podemos mirarlo, contemplarlo y, en esa actitud, se crea en nuestra vida una nueva manera de vivir y se convierte en una escuela para la comunión. La Iglesia vive de la Eucaristía. La fiesta del Corpus Christi quiere suscitar en los cristianos y en quienes ven el paso del Señor lo que podemos llamar el asombro eucarístico. Pido al Señor que se suscite en todos este asombro, que en definitiva es la invitación a que contemplemos el rostro de Cristo. Recuerdo unas palabras del Papa Francisco: «La Eucaristía es el sacramento de la comunión; nos lleva del anonimato a la comunión, a la comunidad... nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él». Se puede ver en la Última Cena el acto con que Jesús, al instituir la Eucaristía, manifiesta en un denso resumen sus intenciones respecto a la Iglesia. La Eucaristía muestra de una manera palpable el amor del Señor que llega hasta el extremo, pues es un amor que no conoce medida. Míralo, contémplalo, pues engendra una manera de vivir nueva y educa para una manera de estar con los hombres.
Contemplar al Señor en el Misterio de la Eucaristía, su presencia real, dar culto a la Eucaristía fuera de la Misa, es un privilegio para aprender el arte de amar, el arte de la caridad. Para un cristiano que celebra y adora la Eucaristía, nada de rupturas, divisiones, cerrazones en las relaciones y la convivencia social, cultural, económica o política; pues nos compromete de lleno al servicio, al testimonio y a la solidaridad con los hermanos, es decir, a la vivencia del mandamiento del amor nuevo: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado». Por eso, en este día del Corpus Christi se nos recuerde a través de la organización de Cáritas que el sacramento de la Eucaristía no se puede separar del mandamiento de la caridad. No se puede recibir el Cuerpo de Cristo y sentirse alejado de los que tienen hambre y sed, son explotados o extranjeros, están encarcelados o se encuentran enfermos. Hay que dar de lo que nos alimentamos y contemplamos. Acojamos a Cristo y vivamos de Cristo que se hace presente aquí y ahora en el Misterio de la Eucaristía. Amén.

martes, 17 de mayo de 2016

Mons. Osoro en el funeral por las víctimas del terremoto de Ecuador: «Cristo nos enseñó que el mal nunca tiene la última palabra» 17052016

Martes, 17 Mayo 2016 22:21

Mons. Osoro en el funeral por las víctimas del terremoto de Ecuador: «Cristo nos enseñó que el mal nunca tiene la última palabra»


Mons. Osoro en el funeral por las víctimas del terremoto de Ecuador: «Cristo nos enseñó que el mal nunca tiene la última palabra»
Cientos de ecuatorianos y ciudadanos madrileños se han dado cita esta tarde en la catedral de Santa María la Real de la Almudena para asistir a la Misa funeral por las víctimas del terremoto de Ecuador del pasado mes de abril. Presidida por el arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, con él han concelebrado el nuncio de Su Santidad, el arzobispo castrense, el secretario de la CEE, el vicario general de la archidiócesis de Madrid, el deán de la catedral, vicarios episcopales, miembros del Cabildo Catedral y numerosos sacerdotes ecuatorianos. A la ceremonia han asistido los Reyes, el presidente del Gobierno acompañado por su mujer, los ministros de Exteriores e Interior, la fiscal jefe del Estado, representantes del Cuerpo diplomático acreditados en España, la alcaldesa de Madrid, y políticos como Albert Rivera y Pablo Iglesias, entre otros.
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Haga clic en las imágenes para verlas en grande o descargarlas (Firma: Infomadrid / Miguel Hernández Santos)
El arzobispo ha comenzado su homilía recordando que «el título que nos reúne hoy» en la catedral es «hermanos todos en Jesucristo». Y a continuación, al hilo del Salmo 22 proclamado, se ha preguntado cómo se puede entender este terremoto, que causó tantas víctimas mortales. Para el prelado, «Cristo nos enseñó que el mal nunca tiene la última palabra. Que el amor es más fuerte que la muerte». Por eso, «la Iglesia de Cristo está llamada a proclamar este mensaje de esperanza y a confirmar la verdad del mismo con su testimonio».
Ha invitado a los presentes a pensar «por un instante» en la muerte, «es necesario hacerlo». Así, «contra la muerte, deberíamos transformar nuestra vida desde dentro, crear una vida nueva» porque «lo nuevo y emocionante del mensaje cristiano» es «esta nueva vida que se nos da en el Bautismo, que es curativa. Una nueva vida que no puede ser truncada». «Sepamos llorar hoy la muerte de nuestros hermanos, pero también descubrir el gran significado que tiene este dolor, este llanto», ha señalado. En este sentido, ha recordado unas palabras de san Juan Pablo II con motivo del atentado que sufrió, asegurando que «el límite del mal es el sufrimiento de Dios en la cruz». Porque «el mal existe en el mundo también para despertar en nosotros el amor».
Además del lloro por la muerte, «hay que saber tener palabras para decir al hermano: "Tu hermano ha resucitado"». «Esta es la pregunta que Dios nos hace esta noche: ¿Crees esto?», ha cuestionado a los presentes. «Con la fe en la existencia de este poder, ha surgido una historia de esperanza, aun cuando parece que no hay esperanza». Porque «el Dios en quien creemos se compadece del hombre. El hombre tiene un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para con-padecer».
Monseñor Osoro ha concluido asegurando que «la estrella de la esperanza en Cristo se hizo presente en el misterio de la Eucaristía» y preguntando de nuevo a los presentes si lo creían. «Que podamos decir: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, tú eres el que ha venido al mundo para darnos una palabra”», ha añadido.
La colecta ha sido sustituida por la entrega de un donativo a favor de Cáritas con Ecuador, recogido al finalizar la celebración.
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Haga clic en las imágenes para verlas en grande o descargarlas (Firma: Infomadrid / Miguel Hernández Santos)
Hermandad del pueblo español
Antes de la bendición final, el embajador de Ecuador en nuestro país ha tenido unas palabras de agradecimiento a los Reyes por «tener la generosidad y la sensibilidad de aceptar la invitación para asistir a esta Eucaristía» así como para las autoridades españolas, que nada más conocer la noticia del terremoto se movilizaron para prestar su ayuda y solidaridad. También ha reconocido que «lo que más nos duele es lo que nosotros más apreciamos: nuestro pueblo», con 12.000 familias que continúan viviendo en albergues. Y ha destacado la presencia del primer grupo de 'rescatistas' que se fue a Ecuador a las pocas horas de producirse el siniestro, para ayudar a salvar vidas. «Somos testigos –ha dicho– de la hermandad del pueblo español con el pueblo ecuatoriano», por lo que ha manifestado un «profundo agradecimiento».
Infomadrid / M.D. Gamazo / Fotos: Miguel Hernández Santos

lunes, 16 de mayo de 2016

El arzobispo subraya que san Isidro «crea fraternidad y compromiso en el cuidado de todo lo que existe» (Mons. Carlos Osoro) 15052016

Domingo, 15 Mayo 2016 10:11

El arzobispo subraya que san Isidro «crea fraternidad y compromiso en el cuidado de todo lo que existe»

El arzobispo subraya que san Isidro «crea fraternidad y compromiso en el cuidado de todo lo que existe»
Madrid se viste de fiesta este domingo en honor a su santo patrono, san Isidro Labrador. Entre las principales celebraciones, la colegiata de San Isidro acoge esta mañana una Misa presidida por el arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro. En línea con su última carta semanal, en su homilía ha recordado que san Isidro fue un «amigo fuerte de Dios», que «nada vive, hace y construye sin experimentar y hacer experimentar a quienes viven a su lado que somos criaturas de Dios». «¡Qué hondura alcanza descubrir a hombres como san Isidro, quien nos dice con su vida que el auténtico desarrollo humano supone el respeto a la persona humana en su conexión con todo lo creado! Acoger la vida de Dios que siempre nos impulsa a darnos y a no guardarnos», ha añadido, para luego subrayar que san Isidro «crea fraternidad y compromiso en el cuidado de todo lo que existe. Lo manifiesta en el cuidado de sus campos, en la caridad expresada en toda su vida».
Homilía íntegra
Nos reúne san Isidro, amigo fuerte de Dios, que expuso su vida para mostrar el rostro de Dios. ¿Cómo? Os voy a hablar de la alegría, de esa alegría que se siente cuando experimentamos la misericordia de Dios. Cuando escuchamos esta palabra, misericordia, todo cambia; pues un poco de misericordia hace que nuestro mundo y nuestras relaciones sean menos frías y más justas. Os invito hoy a todos los madrileños a comprender en esta fiesta de san Isidro lo que es la misericordia de Dios. Con su vida y sus obras nos la muestra y nos la regala este amigo fuerte de Dios. La misericordia no es entregarse a una emoción pasajera y dulzona que nada cambia en la vida.
Cuando la misericordia es la de Dios y se recibe de Dios, se nos pone en condiciones para hacer de este mundo una gran familia, que vive el calor de hogar, que se hace menos duro y más respetuoso con cada persona, pues se impregna todo del amor incondicional de Dios a todo ser humano, esté como esté. Captemos este amor. Creamos o no, Dios se acerca a nuestra vida. Dios no ha muerto, está vivo, ha resucitado. Yo no os hablo en nombre de un muerto que vivió hace XXI siglos, os hablo del Dios vivo y verdadero revelado en Jesucristo que por gracia me hizo su testigo. Este rostro de amor misericordioso quisiera que lo experimentarais hoy todos los que estáis conmigo en la colegiata de San Isidro (o en la pradera). Misericordia es la palabra que revela verdaderamente a Dios mismo. Misericordia es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. El rostro de la misericordia es Jesucristo, que nos llama y quiere que nosotros seamos sus rostros. La misericordia es la manera que Dios tiene de mirar al hombre y de tratar con él en todo lo que le constituye, le mantiene y le hace ser.
Mirad y contemplad al Santo, a san Isidro. En san Isidro descubrimos que la misericordia de Dios es don sin reserva de sí mismo, que se da al hombre, le da su existencia, su libertad; le cura del pecado y le hace participar de su propia vida. Nos viste de su misericordia. ¿No es este vestido el que encontraban en tiempos de san Isidro quienes llegaban a este lugar y veían las obras que Dios realizaba a través de él?
Hoy nos reúne la fiesta de nuestro patrono de Madrid, san Isidro Labrador. Hacemos memoria de un amigo fuerte de Dios, que dejó una huella de tal calado que ha traspasado fronteras. Su trabajo en el campo, las relaciones mantenidas con quienes se encontraba y con quienes venían en ayuda suya, convirtieron su casa y sus campos en un lugar de encuentro, en una casa común, en la que quien llegaba no se sentía forastero, advenedizo o un estorbo; sentía y percibía que era de su familia. Hizo verdad, lo que muchos siglos después, con palabras muy bellas, nos dice el Concilio Vaticano II: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo».
En san Isidro se revela que es amigo de Dios por la fuerza que en su vida tiene la acción del Espíritu Santo. En su persona se revela Pentecostés. Entre otras cosas por el conocimiento vivo que tiene de Jesucristo, que le hacía vivir en tono pascual y que se manifiesta estas realidades: a) Sabe vivir teniendo las puertas de su vida totalmente abiertas para que todos pudieran entrar; b) Precisamente por ello, nunca tuvo miedos; bien sabía él que los miedos llegan a la vida cuando queremos guardar algo por nuestras fuerzas, él todo lo ponía para que lo guardase Jesucristo, de ahí su generosidad y caridad absoluta para todos los que se acercaban a su vida; c) Era este modo de entender la vida, que le daba Jesucristo y la fuerza del Espíritu Santo, que tenía y daba paz, la que tiene un rostro que es Cristo; d) Su vida estaba llena de alegría que contagiaba a quienes vivieron con él, una alegría que no venía de sí mismo, sino de saberse salvado, querido, ayudado, conformado por Jesucristo; e) Y todo lo anterior le hizo vivir como discípulo misionero; su trabajo, su tarea, su familia, quienes se acercaban a él, todas sus relaciones y trabajos, los vivía como alguien que se sabía enviado por Cristo para regalar la Buena Noticia.
Os invito a contemplar a este amigo fuerte de Dios que es san Isidro en tres dimensiones de su existencia:
  • 1. Como amigo fuerte de Dios, san Isidro nada vive, hace y construye, sin experimentar y hacer experimentar a quienes viven a su lado que somos criaturas de Dios. De alguna manera su vida nos remite a hacer memoria de lo que el Papa Francisco nos dice en la encíclica Laudato si, recordando lo que san Francisco dice en el Cántico de las criaturas: «Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba». ¡Qué hondura alcanza descubrir a hombres como san Isidro, quien nos dice con su vida que el auténtico desarrollo humano supone el respeto a la persona humana en su conexión con todo lo creado! Acoger la vida de Dios que siempre nos impulsa a darnos y a no guardarnos.
  • 2. Como amigo fuerte de Dios, san Isidro crea fraternidad y compromiso en el cuidado de todo lo que existe. Lo manifiesta en el cuidado de sus campos, en la caridad expresada en toda su vida. El fruto de la tierra que él cultivaba era para el hombre. ¡Qué profundidad tiene para nosotros descubrir que todo lo que existe y creó Dios tiene parentesco! Llamados siempre a buscar el bienestar de todos, llamados siempre a comportarnos como Dios mismo lo hace; cuando creó lo que existe vio que todo era bueno y todo lo puso al servicio de los hombres. Como amigo fuerte de Dios, san Isidro buscaba siempre la justicia, no su beneficio, su placer, su propio enriquecimiento. Supo compartir todo lo que tenía, tenía verdadero escrúpulo para vivir solamente para conseguir sus fines. Para él todos los hombres eran hermanos, de tal modo que el egoísmo inmisericorde nunca habitó en su corazón.
  • 3. Como amigo fuerte de Dios, san Isidro quiere vivir desde la verdadera imagen que Dios ha dado al hombre. No valen imágenes falsas construidas desde ideologías, filosofías o antropologías que no reconocen todas las dimensiones del ser humano entre las que se encuentra la dimensión trascendente, que da el culmen a la verdadera libertad del hombre. Cuando no se respetan todas las dimensiones, aunque existan personas que no quieran vivir desde ellas, se instauran dictaduras de diversa naturaleza, que son el mayor deterioro ecológico que existe. Como amigo fuerte de Dios sabe san Isidro que tenemos el deber de comportarnos sabiendo que la libertad no puede ser exclusivamente un instrumento para ponernos al servicio de nuestros fines particulares, sean los que sean. El amigo fuerte de Dios es audaz y creativo. Es capaz, para que otros tengan esa misma amistad, de pensar nuevos objetivos, estilos y métodos. En la ciudad tenemos una cultura inédita, que requiere imaginar espacios de encuentro entre los hombres y con Dios. San Isidro los hizo.
San Isidro siempre estuvo viviendo en comunión con Jesucristo. El mismo Jesucristo que se hace ahora presente en el misterio de la Eucaristía. De lo que él se alimentaba daba. Se alimentó de Jesucristo y dio a Jesucristo. Creemos como san Isidro en Madrid una cultura inédita, la del encuentro, donde todos tienen espacio y lugar y donde todos miramos a quien más lo necesita. San Isidro, ruega por nosotros. Amén.

viernes, 8 de abril de 2016

Homilía del arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, en la Misa funeral por las víctimas de Pakistán y Yemen, y por los cristianos perseguidos (5-04-2016)

Homilía del arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, en la Misa funeral por las víctimas de Pakistán y Yemen, y por los cristianos perseguidos (5-04-2016)


Querido don Juan Antonio, obispo; secretario de la Nunciatura Apostólica en España, secretario de la Conferencia Episcopal Española, vicario general de nuestra archidiócesis de Madrid, vicarios episcopales, querido rector de nuestra Universidad Eclesiástica San Dámaso, excelentísimo cabildo catedral, queridos hermanos sacerdotes. Miembros de la Iglesia perseguida, y queridos amigos y hermanos que trabajáis en esta fundación pontifica de Ayuda a la Iglesia Necesitada. Queridas hermanas de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta. Señores embajadores, presidenta de la Asamblea, presidente del Consejo de Estado, Fiscal General, subdelegado del Gobierno, autoridades. Hermanos y hermanas todos que en esta tarde nos reunimos para orar por estos hermanos nuestros que a causa de la fe han partido de este mundo violentamente.
El Salmo que acabamos de proclamar y de cantar nos invita a descubrir quién es el que nos reúne esta noche aquí: el Señor. Pero, como nos ha dicho el Salmo, el Señor es compasivo y misericordioso. Tiene pasión por nosotros, los hombres, por todos los hombres, y quiere llevar su amor hasta el límite, porque sabe que solo el amor de Dios puede construir al ser humano de una forma diferente y darle un corazón distinto.
No olvidemos los beneficios de Dios. No olvidemos que Él perdona todas nuestras culpas. No olvidemos que cura nuestras enfermedades, y sobre todo esa enfermedad que a veces habita en nuestro corazón que es el odio, la violencia. El Señor nos colma de gracia y de ternura. Es rico en clemencia y levanta su bondad sobre todos los hombres, hablándonos precisamente de su misericordia.
Quería acercar esta noche, queridos hermanos, en primer lugar lo que acabamos de escuchar en el Libro de los Hechos de los Apóstoles: el Señor no hace distinciones. Han tenido una fuerza especial para nosotros las palabras que hemos escuchado del Libro de los Hechos. Está claro que Dios no hace distinciones, sea de la nación que sea. Envía su palabra anunciando esa paz que solo trae nuestro Señor Jesucristo. Palabras especiales, queridos hermanos, para todos nosotros. El Dios en el que creemos nos dice que la irracionalidad hay que vencerla con el amor.
Esta noche aquí, en la catedral de la Almudena, elevamos nuestro grito a Dios para que impulse a los hombres a arrepentirse. A que descubramos todos que la violencia no crea la paz sino que suscita otra violencia, suscita una espiral de destrucciones en la que en último término todos los hombres son perdedores. Pero, por otra parte, hermanos y hermanas, el Dios en el que creemos es un Dios de la razón, pero de una razón que no es matemática y neutral del universo, sino que es una sola cosa con el amor, con el bien. Por eso esta noche nos reunimos y oramos a Dios, y gritamos a los hombres. Oramos a Dios por nuestros hermanos cristianos que han sido asesinados violentamente solo y por razón de la fe. Y, por otra parte, gritamos a los hombres para que esta razón, la razón del amor y el reconocimiento de la fuerza de la reconciliación y de la paz, prevalezca sobre todas la amenazas de la irracionalidad o de una razón falsa que está alejada del Dios verdadero.
Queridos hermanos: el Señor no hace distinciones. Y esto nos lo dice a todos los hombres. No se puede restablecer la justicia o crear un orden nuevo y edificar una paz auténtica cuando se recurre al instrumento de la violencia. Como nos recordaba san Juan XXIII en la encíclica Pacem in terris, la Iglesia ante la guerra y todo tipo de conflictos indica siempre el camino de la paz, de la justicia, del amor y de la libertad.
Queridos hermanos: por otra parte, no solo el Señor nos dice que no hace distinciones, sino que, en segundo lugar, nos invita a que seamos testigos. Como acabamos de escuchar en el Libro de los Hechos de los Apóstoles que hemos proclamado en la primera lectura. Nosotros somos testigos, decían los apóstoles, de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron, colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, y nos encargó predicar dando solemne testimonio de que este Jesús que esta tarde nos reúne aquí es juez de vivos y muertos.
Queridos hermanos: somos testigos. Somos testigos de Jesucristo que ha resucitado, que nos ha encargado a nosotros de algo especialmente importante: vencer siempre con amor. El Señor ha vencido en la cruz, nuestro Señor Jesucristo no ha vencido con un nuevo imperio, con una fuerza más poderosa que otras, capaz de destruirlas. No ha vencido al modo humano, como pudiéramos a veces imaginarnos, con un imperio más fuerte que otros. No. Ha vencido con un amor capaz de llegar hasta la muerte. Este es el nuevo modo de vencer de Dios. Y este es el modo en que han querido vencer también quienes han padecido la muerte, y hoy recordamos a causa de la violencia.
No se han defendido con más violencia, porque a la violencia no se puede contestar oponiendo otra violencia más fuerte. Hay que vencer al modo de Dios. El amor hasta el fin, hasta su cruz. Este es el modo humilde de vencer Dios: con su amor. El amor pone un límite a la violencia. Este amor es el que acredita a los discípulos de Cristo. Este modo de vencer parece lento, pero es el verdadero modo de vencer el mal, la violencia, y debemos fiarnos de este modo divino de vencer.
La venganza no es la solución cristiana. No. ¿Por qué Jesús nos pide que amemos a los enemigos? ¿Por qué Jesús nos pide un amor que excede la capacidad humana?. La propuesta de Jesucristo es realista: porque tiene en cuenta que en el mundo hay demanda de violencia, demasiada injusticia y, por tanto, solo se puede superar esta situación contraponiendo una especie de plus de amor; pero no de cualquier amor o de cualquier bondad, sino del amor mismo de Dios. Este plus viene de Dios. Como nos recuerda el papa Francisco, este plus es su misericordia. Este plus se ha hecho carne en Cristo, y es la única fuerza que puede desequilibrar el mundo del mal haciendo el bien, a partir del pequeño y decisivo mundo que es el corazón del hombre, cuando ese plus de amor de Dios lo mete y lo pone en su corazón. Quiere que seamos testigos.
Y, en tercer lugar, queridos hermanos, somos enviados a anunciar la Resurrección y la vida. Lo habéis escuchado en el Evangelio que acabamos de proclamar. Lo habéis oído, queridos hermanos. Es un Evangelio en el que se nos dice que, es cierto: hay que saber llorar la muerte, como lo estamos haciendo aquí, esta noche, nosotros, pensando en nuestros hermanos que han perdido la vida cuando estaban orando y celebrando la Pascua. Cuando estaban unas hermanas cuidando ancianos, o desvalidos... Quizá se nos ocurre lo que Marta le dijo a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero también el Señor, esta noche, nos dice: tu hermano, tus hermanos, resucitarán.
Porque, hermanos y hermanas, no solamente hay que llorar la muerte. Hay que pensarla. Y solo desde nosotros no tenemos salidas. Hay que pensarla desde quien ha dado salida a la muerte, desde quien la ha vencido. Y nos lo acaba de decir nuestro Señor: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre». Hay que pensar así, hermanos. Y hay que saberlo decir. Pero para saberlo decir nos tenemos que dejar hacer la misma pregunta que Jesús le hizo a Marta. ¿Creéis esto, hermanos? ¿Creéis de verdad esto?
Respetando las diferencias de las religiones, queridos hermanos, todos estamos llamados a trabajar por la paz. Quiero convocar a otros hermanos de otras religiones a trabajar por la paz, a un compromiso activo para promover la reconciliación entre los hombres. Este es el auténtico espíritu que se opone a toda forma de violencia, y al abuso de la religión como pretexto para la violencia. Ante un mundo desgarrado de conflictos, donde a veces se justifica la violencia en nombre de Dios, es importante reafirmar que las religiones jamás pueden convertirse en vínculos de odio, sino de verdadera libertad. Jamás invocando el nombre de Dios se puede llegar a justificar el mal y la violencia. Al contrario, las religiones deben ofrecer los recursos para construir una humanidad pacífica, porque hablan de la paz al corazón del hombre. La iglesia, en nombre de Jesucristo, quiere hacer este camino de diálogo para fomentar el entendimiento entre todos los hombres, culturas, tradiciones, sabidurías...
Sí, queridos hermanos. ¿Creéis esto? ¿Creéis que Jesucristo es la Resurrección y la Vida?. Marta contestó: sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo para establecer otro tipo de relaciones entre nosotros, para descubrir que el ser humano está hecho para la vida, y que nos lo ha conquistado Jesucristo a todos los hombres.
Esta noche, pedimos por nuestros hermanos que recientemente fallecieron en Pakistán celebrando la Pascua, por nuestras hermanas religiosas que fallecieron en Yemen, y por esos diez mil cristianos que fallecen por la violencia y a causa de la fe en Jesucristo. Esta noche, queremos decirle: Señor, queremos estar vivos, creemos en ti, creemos que tú eres el hijo de Dios, el que entrega la vida, nos lo manifiestas haciéndote realmente presente en el misterio de la Eucaristía, esta noche, una vez más, Señor. Te pedimos por quienes partieron de este mundo violentamente. Por ellos, y por quienes hicieron que ellos murieran. A unos, cámbiales el corazón; y a quienes han fallecido, dales el descanso eterno. Amén.