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miércoles, 30 de diciembre de 2015

San Fabio de Mauritania - Beata Margarita Colonna - San Hermetes de Bononia - San Anisio de Tesalónica 30122015

San Fabio de Mauritania

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En Cesarea de Mauritania, san Fabio, mártir, que, por haberse negado a llevar la bandera presidencial en una junta de la provincia, fue encarcelado y, como permaneciese fiel en la confesión de Cristo, condenado a muerte por el juez (303/304).




Beata  Colonna

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 Beata Margarita Colonna, OSC (1254-1284)
 Margarita nació en 1255, en Palestrina, hija de Odón, de los Príncipes Colonna, y de Mabilia o Magdalena Orsini, que tenían otros dos hijos: Juan y Giacomo (Santiago). Corría en ella, por tanto, la sangre de dos de las más poderosas familias romanas, protagonistas de excepción de la historia de la ciudad de Roma, con fases de paz y fases de enconados enfrentamientos. Palestrina era la plaza fuerte de la familia. Las grandes familias romanas estaban estrechamente unidas al papado y a la curia, y los Colonna. En 1212 había sido legado pontificio para la V Cruzada Juan Colonna, cardenal de Santa Práxedes. Fue él quien trajo a Roma desde Oriente la columna  a la que, según la tradición, estuvo atado Jesús durante la flagelación, y que aún se conserva en la iglesia de la que él fue titular.
Los años en los que vivió Margarita fueron tumultuosos y complicados para la Iglesia. La sede papal quedó vacante durante 20 años, el periodo más largo de la historia. Los pontificados de los papas que salían del cónclave eran demasiado breves, y eso perjudicaba su autoridad y prestigio, tan necesarios para mantener el equilibrio entre las pretensiones de Francia y del Imperio germano sobre el territorio italiano.
Desde la más tierna infancia había sido educada por su madre en las virtudes cristianas por su madre, que había conocido a san Francisco en la casa de su hermano Mateo, tío de Margarita. Pero ella y sus hermanos quedaron pronto huérfanos, primero de padre, y luego de madre. Quedó bajo la tutela de su hermano Juan, dos veces senador de Roma, quien le preparó un matrimonio prestigioso y conveniente para las alianzas nobiliarias, mas ella sólo deseaba ser esposa virginal de Jesucristo.
El 6 de marzo de 1273, apoyada por su otro hermano, el cardenal Giacomo Colonna, se retiró con otras dos jóvenes piadosas en la iglesia de Santa María de la Costa, en el Monte Prenestino, hoy llamado Castel San Pietro, encima de Palestrina, donde fundaron una comunidad religiosa, sin aprobación canónica. Vistió el sayo de las damianitas, bajo el cual llevaba un cilicio ceñido a sus carnes. Entre ayunos y penitencias pedía al Señor le concediese su mayor deseo: ser clarisa. Así vivió unos años, siendo un escándalo para su familia.
En 1278, siendo su hermano Juan senador de Roma, su otro hermano, Giacomo, fue nombrado cardenal por expreso deseo del papa Nicolás III (Giangaetano Orsini, también pariente de Margarita). La elección no se obedeció solamente al hecho de pertenecer a una familia importante. El joven Giacomo era un verdadero creyente y amaba a Cristo, de modo que tomó consigo a su hermana y la llevó a Roma, para orar juntos ante los sepulcros de san Pedro y san Pablo. Fue el comienzo de una nueva etapa en la vida de Margarita, pues su ejemplo despertó el interés de otras mujeres, interesadas en dedicar enteramente su vida, como ella, al servicio de Cristo.
Hacía sólo 20 años que había muerto santa Clara, y su ideal de vida y el de Francisco atraía a multitud de personas de toda condición social. A petición de Margarita, el ministro general de los frailes menores fray Jerónimo Masci, futuro papa Nicolás IV, le permitió entrar en el monasterio de santa Clara de Asís, pero los planes del Señor eran otros, y una enfermedad se lo impidió. Pensó entonces en retirarse con sus compañeras en el convento de la Méntola sobre el monte Guadagnolo, entre Palestrina y Tívoli), donde se veneraba una imagen de la Virgen a la que le tenía mucha devoción, pero era un feudo del conde de Poli, que no veía con buenos ojos a una Colonna en su territorio. Fue por eso que, al poco tiempo, se trasladó a Roma, y pasó largo tiempo como huésped de una noble muy piadosa y generosa, llamada Altrudis, apodada “de los pobres” por aquellos a quienes ella había dado sus bienes. Hasta que, en 1278, con ayuda de su hermano cardenal, regresó al monte Prenestrino, junto a su ciudad natal, para fundar monasterio donde se viviera pobremente y se alabara al Señor día y noche.
Ella misma se ocupó de la formación de sus compañeras; pero su caridad se extendía más allá, hasta los enfermos y pobres de la comarca. Cada año, para la fiesta de San Juan Bautista, del que era muy devota, organizaba para ellos una comida. Cuenta la tradición que, en cierta ocasión, se presentaron Jesús y el Bautista a su mesa, pero desaparecieron cuando los reconoció Margarita. Toda su rica dote fue a parar a manos de los pobres y enfermos. Una vez agotado su rico patrimonio personal, no permitió que sus hermanos le ayudasen, sino que prefirió vivir como franciscana, y no le importó recurrir a la “Mesa del Señor”, pidiendo limosna de puerta en puerta, para continuar su obra en favor de los pobres.
Practicó de manera heroica todas las virtudes, edificando al pueblo con la oración asidua y el ejemplo de una caridad heroica. Con ocasión de una epidemia, Margarita se hizo “toda para todos” asistiendo maternalmente a los hermanos enfermos y corrió también en ayuda de los franciscanos de Zagarolo. Otra vez acogió en casa a un leproso de Poli, comiendo y bebiendo en el mismo plato y, en un ímpetu de amor, besó aquellas repugnantes llagas. Sería demasiado prolijo recordar todas las manifestaciones de la intensa vida mística de Margarita: la observancia escrupulosa de la regla de Santa Clara, el amor a la pobreza, la continua unión con Dios, los éxtasis, las efusiones de lágrimas, las frecuentes visiones celestiales, el matrimonio místico con el Señor, quien se le apareció colocándole un anillo en el dedo y una corona de lirios sobre la cabeza y le imprimió la llaga del corazón.
Durante siete años sobrellevó pacientemente una herida ulcerosa en el costado, como si llevara una llaga de la pasión de Jesucristo. Aún no había cumplido los 30 años cuando murió al alba del 30 de diciembre de 1284, a causa de la úlcera y de unas fiebres altísimas. Su muerte fue en todo digna de una perfecta hija de San Francisco, el cual por amor de dama pobreza quiso morir desnudo sobre la desnuda tierra. La noche de Navidad se le había aparecido la Virgen con el Niño en brazos, y la dejó en un estado de profunda exaltación. Después que hubo recibido el viático y la unción de los enfermos, pidió a su hermano el cardenal Giacomo, que la colocaran en tierra, deseando morir pobre como Jesús y el Seráfico Padre San Francisco. Fue complacida, pero sólo por un breve espacio de tiempo, porque estaba demasiado extenuada. Por último pidió que le dieran el crucifijo: habiéndolo besado con intenso afecto, lo mostró a sus hermanas, exhortándolas a amarlo con todas sus fuerzas. Se adormeció un poco y luego volviendo en sí exclamó con vigor: “He ahí a la santísima Trinidad que viene, adoradla!”. Luego, cruzados los brazos sobre el pecho, y fijando los ojos en el cielo, expiró serenamente.
Los funerales se desarrollaron el mismo día, en la iglesia de San Pietro sul Monte Prenestino con gran concurso de pueblo y de todos los franciscanos de la zona.
El sepulcro de Margarita se convirtió enseguida en meta de peregrinos, que recibían gracias por su intercesión. Cuando el papa Honorio IV autorizó en 1285 el traslado de su comunidad de clarisas al monasterio de San Silvestre in Cápite de Roma, éstas se llevaron consigo el cuerpo de la beata, que permaneció allí hasta el año 1871. Hoy sus reliquias se veneran en la iglesia de Castel San Pietro, donde la semilla sembrada por Margarita hace más de siete siglos sigue aún viva, gracias a las clarisas del monasterio de Santa María de los Ángeles.
Sus primeros biógrafos fueron su hermano Juan y la primera abadesa de San Silvestre. Pío IX aprobó su culto el 17 de septiembre de 1847. Pocos años antes el papa Gregorio XVI había dispuesto que los Colonna y los Orsini eran las únicas familias con el privilegio exclusivo de Príncipes asistentes de la sede pontificia.
Margarita representa para el mundo una delicadísima figura de mujer en quien las dotes naturales de inteligencia, fascinación y sensibilidad, unidas al realismo y a la dignidad de su hogar, se insertan en el robusto árbol de la espiritualidad franciscana. Su vida brilla como un arco iris de paz en la historia tormentosa de su tiempo.








ORACIÓN


Oh Dios, que has hecho admirable en el desprecio de los   bienes terrenos a la Beata virgen Margarita, ardiente de amor por ti: concédenos, por su intercesión, permanecer siempre unidos solamente a ti mientras cargamos con nuestra cruz. Derrama sobre nosotros, Señor, el espíritu de santidad que concediste a la Beata Margarita Colonna, para que podamos conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, y gozar de la plenitud de la vida divina. Por Cristo nuestro Señor. Amén.



San Hermetes de Bononia

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En Bononia, de Mesia Inferior, san Hermetes, exorcista y mártir.



San Anisio de Tesalónica

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San Anisio de Tesalónica, obispo
Conmemoración de san Anisio, obispo de Tesalónica, en Grecia, que vivió en tiempo del emperador Teodosio y a quien los Romanos Pontífices constituyeron vicario apostólico en Eslavonia, siendo colmado de alabanzas por san Ambrosio.
En el año 383, cuando murió Ascolio, obispo de Tesalónica, y se eligió a Anisio para reemplazarlo, san Ambrosio escribió una carta al nuevo prelado para decirle que había tenido noticias de que era un celoso discípulo de Ascolio, y para expresarle su esperanza de que demostrase ser «otro Eliseo para su Elías». Son muy escasos los detalles que se conocen sobre la vida de san Anisio, pero en la historia de la Iglesia se le toma muy en cuenta, a causa de la actitud del papa san Dámaso, quien le nombró patriarca vicario de la Iliria, un territorio que, posteriormente, fue motivo de disputa entre Roma y Constantinopla. Además, los poderes que se le confirieron, fueron renovados por los pontífices san Siricio y san Inocencio I.

San Anisio apoyó siempre con vigor a san Juan Crisóstomo e hizo un viaje especial a Constantinopla para defender su causa contra Teófilo de Alejandría. En el año de 404, san Anisio, junto con otros quince obispos de Macedonia, hizo un llamado al papa Inocencio para que emitiese su juicio en la causa por la cual san Juan Crisóstomo había sido exilado de su sede, con la promesa de actuar según su última decisión. San Juan Crisóstomo escribió una carta de agradecimiento a Anisio. Durante el episcopado del santo, tuvo lugar en Tesalónica la espantosa matanza referida en el artículo sobre san Ambrosio. Las virtudes de san Anisio fueron muy alabadas, tanto por san Inocencio I como por san León Magno.

No existe ninguna biografía de san Anisio y nuestros conocimientos sobre él dependen de noticias aisladas, como por ejemplo, las que discute Tillemont en sus Mémoires, vol. x, pp. 156-158. Véase también a Duchesne, en L'Illyricum eclésiastique, editado en el Byzantinische Zeitschrift, vol. I (1892), pp. 531-550; L. Petit en Les évéques de Thessalonique, publicado en Echos d'Orient, vol. IV (1901), pp. 141 y ss.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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San Lorenzo de Frazzanò - Beata Margarita Colonna - Beata Eugenia Ravasco 30122015

San Lorenzo de Frazzanò

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San Lorenzo de Frazzanò, monje
Cerca de la población de Frazzanò, en la isla de Sicilia, san Lorenzo, monje según la disciplina de los Padres Orientales, insigne por la austeridad de vida y por su constante predicación.
Nuestro Redentor y Salvador Jesucristo, deseando dar medicina y remedio a la generación humana, nos dio al glorioso san Lorenzo, confesor, el cual, habiendo nacido en una villa llamada Frainos (Frazzanò), en el condado de San Marcos, y antiguamente llamada ciudad de Acre, un cierto cristiano de buena y santa vida, inspirado por el Autor de todo, tuvo una admirable visión, en la que tan pronto le parecía estar en vigilia como en sueño; en esta venerable noche vio claro y manifiesto el templo o iglesia decorada de santos, y oyó tocar las campanas con tan admirable estrépito, que parecía que las cuatro partes del mundo resonaran por gran espacio de tiempo. Y al fin de tal estrépito fue escuchada esta voz: « En esta gloriosa noche ha nacido un hombre que será para mí vaso de elección, y la fama de cuyos milagros resonará por todo el mundo, corroborando la fe cristiana...»

Así comienza el «Notamento» o «Anotación del nacimiento del beato Lorenzo de Frazzanò y su vida, traducida del griego al italiano por orden de Monseñor retana, Arzobispo de Messina». Los datos que poseemos sobre él son, desde luego, muy escasos, a pesar de la longitud del "Notamento", cargado de milagros y hechos prodigiosos.

Nació probablemente en torno al 1116, en el pequeño pueblo de Frazzanò. Sus padres murieron en el término de un año, dejando al niño huérfano al cuidado de la joven madre de leche Lucía, una vecina. A los seis años, después de los primeros acercamientos a la liturgia y la Escritura, Lorenzo pidió a Lucía poder estudiar las letras divinas y humanas. Así, fue dirigido al monasterio basiliano de San Miguel Arcángel en Troina, donde el joven sorprendía a todos por sus dotes humanas y religiosas. El propio obispo de Troina lo invitó a vestir el hábito de monje basiliano y recibir las órdenes menores y mayores. Con sólo 20 años Lorenzo era ya sacerdote y su fama se extendía por la región. Fue al monasterio de Agira, y los fieles lo seguían para escuchar las palabras del santo. En 1155 aproximadamente Lorenzo entró en el monasterio de San Felipe de Fragala. Durante este tiempo, Lorenzo hizo lo posible por hacer para hacer construir en Frainos (es decir, Frazzanò) una iglesia dedicada a San Filadelfo. En el otoño de 1162 se puso fin a la labor de la nueva iglesia de Todos los Santos, que deseaba «en honor a la Santísima Trinidad». Murió el 30 de diciembre de ese año. Su fama de santo obrador de prodigios sigue vigente en la región.

Puede leerse el "Notamento" (en italiano) en la página dedicada al santo en el pueblo de Frazzanò, donde también hay abundantes imágenes, documentación, y otros apuntes relacionados con el santo. Los datos biográficos fueron tomados de la breve noticia de Santi e Beati.



Beata Margarita Colonna

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Beata Margarita Colonna, virgen
En Palestrina, del Lacio, beata Margarita Colonna, virgen, que a las riquezas y placeres del siglo prefirió la pobreza por Cristo, a quien sirvió profesando la Regla de santa Clara.
Margarita nació en 1255, en Palestrina, hija de Odón, de los Príncipes Colonna, y de Mabilia o Magdalena Orsini, que tenían otros dos hijos: Juan y Giacomo (Santiago). Corría en ella, por tanto, la sangre de dos de las más poderosas familias romanas, protagonistas de excepción de la historia de la ciudad de Roma, con fases de paz y fases de enconados enfrentamientos. Palestrina era la plaza fuerte de la familia. Las grandes familias romanas estaban estrechamente unidas al papado y a la curia.
Los años en los que vivió Margarita fueron tumultuosos y complicados para la Iglesia. La sede papal quedó vacante durante 20 años, el periodo más largo de su historia. Los pontificados que salían del cónclave eran demasiado breves, y eso perjudicaba su autoridad y prestigio, tan necesarios para mantener el equilibrio entre las pretensiones de Francia y del Imperio germano sobre el territorio italiano.
Desde la más tierna infancia había sido educada en las virtudes cristianas por su madre, que había conocido a san Francisco en la casa de su hermano Mateo. Pero ella y sus hermanos quedaron pronto huérfanos, primero de padre, y luego de madre. Quedó bajo la tutela de su hermano Juan, dos veces senador de Roma, quien le preparó un matrimonio prestigioso y conveniente para las alianzas nobiliarias, mas ella sólo deseaba ser esposa virginal de Jesucristo.
El 6 de marzo de 1273, apoyada por su otro hermano, el cardenal Giacomo Colonna, se retiró con otras dos jóvenes piadosas en la iglesia de Santa María de la Costa, en el Monte Prenestino, hoy llamado Castel San Pietro, donde fundaron una comunidad religiosa, sin aprobación canónica. Vistió el sayo de las damianitas, bajo el cual llevaba un cilicio ceñido a sus carnes. Entre ayunos y penitencias pedía al Señor le concediese su mayor deseo: ser clarisa. Así vivió unos años, siendo un escándalo para su familia.
Hacía sólo 20 años que había muerto santa Clara, y su ideal de vida y el de Francisco atraía a multitud de personas de toda condición social. A petición de Margarita, el ministro general de los frailes menores fray Jerónimo Masci, futuro papa Nicolás IV, le permitió entrar en el monasterio de santa Clara de Asís, pero los planes del Señor eran otros, y una enfermedad se lo impidió. Pensó entonces en retirarse con sus compañeras en el convento de la Méntola sobre el monte Guadagnolo, entre Palestrina y Tívoli, donde se veneraba una imagen de la Virgen a la que le tenía mucha devoción, pero era un feudo del conde de Poli, que no veía con buenos ojos a una Colonna en su territorio. Fue por eso que, al poco tiempo, se trasladó a Roma, y pasó largo tiempo como huésped de una noble muy piadosa y generosa, llamada Altrudis, apodada “de los pobres” por aquellos a quienes ella había dado sus bienes. Hasta que, en 1278, con ayuda de su hermano cardenal, regresó al monte Prenestrino, junto a su ciudad natal, para fundar un monasterio donde se viviera pobremente y se alabara al Señor día y noche.
Ella misma se ocupó de la formación de sus compañeras; pero su caridad se extendía más allá, hasta los enfermos y pobres de la comarca. Cada año, para la fiesta de San Juan Bautista, del que era muy devota, organizaba para ellos una comida. Cuenta la tradición que, en cierta ocasión, se presentaron Jesús y el Bautista a su mesa, pero desaparecieron cuando los reconoció Margarita. Toda su rica dote fue a parar a manos de los pobres y enfermos. Una vez agotado su patrimonio personal, no permitió que sus hermanos le ayudasen, sino que prefirió vivir como franciscana, y no le importó recurrir a la “Mesa del Señor”, pidiendo limosna de puerta en puerta, para continuar su obra en favor de los pobres.
Practicó de manera heroica todas las virtudes, edificando al pueblo con la oración asidua y el ejemplo de una caridad heroica. Con ocasión de una epidemia, Margarita se hizo “toda para todos” asistiendo maternalmente a los hermanos enfermos y corrió también en ayuda de los franciscanos de Zagarolo. Otra vez acogió en casa a un leproso de Poli, comiendo y bebiendo en el mismo plato y, en un ímpetu de amor, besó aquellas repugnantes llagas. Sería demasiado prolijo recordar todas las manifestaciones de la intensa vida mística de Margarita: la observancia escrupulosa de la regla de Santa Clara, el amor a la pobreza, la continua unión con Dios, los éxtasis, las efusiones de lágrimas, las frecuentes visiones celestiales, el matrimonio místico con el Señor, quien se le apareció colocándole un anillo en el dedo y una corona de lirios sobre la cabeza y le imprimió la llaga del corazón.
Durante siete años sobrellevó pacientemente una herida ulcerosa en el costado, como si llevara una llaga de la pasión de Jesucristo. Aún no había cumplido los 30 años cuando murió al alba del 30 de diciembre de 1284, a causa de la úlcera y de unas fiebres altísimas. Su muerte fue en todo digna de una perfecta hija de San Francisco, el cual por amor de dama pobreza quiso morir desnudo sobre la desnuda tierra. La noche de Navidad se le había aparecido la Virgen con el Niño en brazos, y la dejó en un estado de profunda exaltación. Después que hubo recibido el viático y la unción de los enfermos, pidió a su hermano el cardenal Giacomo, que la colocaran en tierra, deseando morir pobre como Jesús y el Seráfico Padre San Francisco. Fue complacida, pero sólo por un breve espacio de tiempo, porque estaba demasiado extenuada. Por último pidió que le dieran el crucifijo: habiéndolo besado con intenso afecto, lo mostró a sus hermanas, exhortándolas a amarlo con todas sus fuerzas. Se adormeció un poco y luego volviendo en sí exclamó con vigor: “He ahí a la santísima Trinidad que viene, adoradla!”. Luego, cruzados los brazos sobre el pecho, y fijando los ojos en el cielo, expiró serenamente.
Los funerales se desarrollaron el mismo día, en la iglesia de San Pietro sul Monte Prenestino con gran concurso de pueblo y de todos los franciscanos de la zona. El sepulcro de Margarita se convirtió enseguida en meta de peregrinos, que recibían gracias por su intercesión. Cuando el papa Honorio IV autorizó en 1285 el traslado de su comunidad de clarisas al monasterio de San Silvestre in Cápite de Roma, éstas se llevaron consigo el cuerpo de la beata, que permaneció allí hasta el año 1871. Hoy sus reliquias se veneran en la iglesia de Castel San Pietro, donde la semilla sembrada por Margarita hace más de siete siglos sigue aún viva, gracias a las clarisas del monasterio de Santa María de los Ángeles.
Sus primeros biógrafos fueron su hermano Juan y la primera abadesa de San Silvestre. Pío IX aprobó su culto el 17 de septiembre de 1847.
fuente: Frate Francesco





Oh Dios, que has hecho admirable en el desprecio de los bienes terrenos a la Beata virgen Margarita, ardiente de amor por ti: concédenos, por su intercesión, permanecer siempre unidos solamente a ti mientras cargamos con nuestra cruz.

Derrama sobre nosotros, Señor, el espíritu de santidad que concediste a la Beata Margarita Colonna, para que podamos conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, y gozar de la plenitud de la vida divina. Por Cristo nuestro Señor. Amén.


Beata Eugenia Ravasco

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Beata Eugenia Ravasco, virgen y fundadora
En Génova, en la Liguria, asimismo en Italia, beata Eugenia Ravasco, virgen, que fundó el Instituto de Hermanas Hijas de los Sagrados Corazones de Jesús y María, a las que encomendó la educación de niñas y el cuidado de enfermos y de la infancia menesterosa.
Eugenia Ravasco nació en Milán el 4 de Enero de 1845, la tercera, entre seis hijos del banquero genovés Francisco Mateo y de la noble Carolina Mozzoni Frosconi. Fue bautizada en la Basílica de Santa María de la Pasión, con los nombres de Eugenia y María. La familia, acomodada y religiosa, le ofreció un ambiente rico de afecto, de fe y educación refinada. Luego de la muerte prematura de dos hijos pequeños y de su joven esposa, el padre regresó a la Ciudad de Génova, llevando consigo al primogénito, Ambrosio y a la menor, Elisa, quien contaba apenas año y medio de edad.

Eugenia permaneció en Milán con la hermanita Constancia, confiada a los cuidados de la tía Marieta Anselmi, quien, como verdadera madre, la acompañó en su crecimiento, educándola con amor pero también con firmeza. Eugenia, vivaz y expansiva, en su infancia la consideró su verdadera madre y demostró hacia ella un afecto muy tierno, aunque en 1852 fue vuelta al hogar paterno, en Génova. Al cabo de tres años falleció también su padre. Luis Ravasco, banquero y cristiano convencido, se responsabilizó de los tres sobrinos huérfanos cuidando de su formación: confió a una Institutriz cualificada las dos niñas. Eugenia de carácter vivaz y exuberante sufrió bastante bajo el régimen severo adoptado por la señora Serra, pero supo aceptarlo con docilidad.

El 21 de junio de 1855, en la Iglesia de San Ambrosio (hoy Iglesia «de Jesús») en Génova, a los 10 años, recibió la primera Comunión y la Confirmación luego de una atenta preparación realizada por el Canónigo Salvador Magnasco. Desde ese día se sintió atraída por el misterio de la presencia Eucarística, de tal manera que no pasaba delante de ninguna Iglesia sin entrar para adorar el SSmo. Sacramento. El culto a la Eucaristía es en efecto uno de los goznes de su espiritualidad, junto al culto de los Corazones de Jesús y de María Inmaculada. Movida por una compasión connatural hacia los que sufren, desde su adolescencia donó abundantemente y de todo corazón a los necesitados, muy contenta de hacer sacrificios personales para lograrlo. En diciembre de 1862, la joven Eugenia perdió también el apoyo del tío Luis, quien había sido para ella más que padre. Recibió de Él no solamente la herencia moral de grande rectitud, coherencia cristiana y gran liberalidad hacia los pobres, sino también la responsabilidad de la familia, ahora en las manos de administradores no siempre fieles. No se acobardó. Confiando en Dios y aconsejada por el canónigo Magnasco, futuro Arzobispo de Génova, y por sabios abogados, tomó las riendas de los negocios de familia. Eugenia oraba ardientemente en su corazón, para que Dios le mostrara el verdadero camino por donde deseaba llevarla. El 31 de mayo de 1863, en la Iglesia de Sta. Sabina en Génova, en donde entrara para saludar a Jesús Eucarístico, mediante las palabras del Misionero P. Jacinto Bianchi, quien estaba en ese momento dirigindose a los fieles, Eugenia Ravasco recibió la invitación divina a «consagrarse para hacer el bien por amor al Corazón de Jesús». Fue el acontecimiento que iluminó su futuro y cambió su vida. Bajo la guía del Director espiritual, ella se puso sin reservas a disposición de Dios, consagrándole a Él, a su gloria y al bien de las almas, sus energías de inteligencia y de corazón y el patrimonio heredado de los suyos: «Este dinero -acostumbraba repetir- no es mío, sino del Señor, yo soy solamente la depositaria» (cfr. Positio C.I., 70)

Soportó con fortaleza las protestas de los parientes, las críticas y el desprecio de las damas de su misma clase social e inició con valor a «hacer el bien» a su alrededor. Dio clases de catecismo en su Parroquia, N.S. del Carmen; colaboró con las Hijas de la Inmaculada en la Obra de S. Dorotea, como asistenta de las niñas del barrio, enseñó costura y bordado. Como «Dama de Caridad» de S. Catalina en Portoría, asistió a los enfermos en el Hospital de Pammatone y de los Crónicos; visitó a los pobres en sus casas, llevando el consuelo de su caridad. Sentía una gran pena viendo a tantos niños y jovencitas abandonados a sí mismos, en medio de toda clase de peligros y totalmente ignorantes de las cosas de Dios. El 6 de diciembre de 1868, a los 23 años, fundó la Congregación religiosa de las Hijas de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, con la misión de hacer el bien especialmente a la juventud. Se iniciaron así las escuelas, la enseñanza del catecismo, las asociaciones, los oratorios; el proyecto educativo de la Madre Ravasco consistía en educar a los jóvenes y formarlos a una vida cristiana activa y abierta, para que fueran «honestos ciudadanos en medio de la sociedad y santos en el cielo»; educarlos a los valores trascendentes y al mismo tiempo a la lectura de los acontecimientos en perspectiva histórico-salvífica. Les propuso la santidad como meta de la vida.

En 1878, en un período de abierta hostilidad a la Iglesia y de laicización de la vida social, Eugenia Ravasco, atenta a las necesidades de su tiempo, dio inicio a una Escuela Normal femenina, con la finalidad de darle a las jóvenes una instrucción orientada cristianamente y de preparar «maestras cristianas» para la sociedad. Para llevar a cabo esta obra, pupila de sus ojos, se enfrentó con fortaleza y confiando en Dios sólo, a los ataques venenosos de la prensa de opinión laicista. Encendida de caridad ardiente a imitación del Corazón de Jesús y animada por la voluntad de ayudar a su prójimo, de acuerdo con los Párrocos, organizó Ejercicios Espirituale, Retiros, Ceremonias religiosas y Sagradas Misiones Populares, hallando un gran consuelo viendo a muchos corazones que retornaban a Dios para encontrar su misericordia mediante la oración, el canto litúrgico y los Sacramentos. Oraba: «Corazón de Jesús, concededme porder hacer este bien y niguno otro, en todas partes».

Soñaba con poder ir a las misiones, pero ello no se concretizó sino después de su fallecimiento. Promovió el culto del Corazón de Jesús, de la Eucaristía, del Corazón Inmaculado de María; organizó Asociaciones para las Madres de Familia, tanto pobres como acomodadas; a estas últimas propuso ayudar a las jóvenes necesitadas y proveer a las Iglesias pobres. Alcanzó con su caridad a los moribundos, encarcelados, los lejanos de la Iglesia. Vivió de fe, de oración, de sufrimiento, de abandono en la Voluntad de Dios.

En 1884, junto con otras cohermanas, Eugenia Ravasco hizo su Profesión Perpetua. Siguió entregada al desarrollo y fortalecimiento del Instituto, el cual, aprobado por la Iglesia Diocesana en 1882, obtendrá la aprobación pontificia en 1909. Fundó algunas Casas Filiales que visitó no obstante su poca salud. Guió la Comunidad con amor, prudencia y la mirada hacia el futuro, considerándose la última de las hermanas. Trabajó para mantener encendida en sus hijas la llama de la caridad y gran celo por la salvación del mundo, proponiéndoles como modelos los Corazones SS.mos de Jesús y de María. «Arder en el deseo del bien ajeno, especialmente de la juventud» fue su ideal apostólico; «Vivir abandonada en Dios y en las manos de María Inmaculada» fue su programa de vida.

Purificada por la prueba de la enfermedad, de la incomprensión y del aislamiento dentro de la misma Comunidad, Eugenia Ravasco nunca desistió de actuar con pasión evangélica para la salvación de las almas, especialmente de la juventud de toda edad y condición social. En 1892, un año después de la Encíclica «Rerum Novarum» de S.S. el Papa León XIII, quiso construir un edificio en la plaza de Carignano, en Génova, para hacer de él la «Casa de las Obreras»: las jóvenes, quienes trabajaban en las fábricas y en los talleres de artesanía, hallarían en el un hogar seguro y la posibilidad de una formación cristiana. En 1898, para las jóvenes que trabajaban a servicio de las familias, fundó la Asociación de Sta. Zita; al mismo tiempo construyó el «pequeño teatro» para los momentos recreativos de las jóvenes del Oratorio y de las numerosas Asociaciones que estaban organizadas en el Instituto, convencida de que la alegría es la atmósfera educativa más eficaz: «Estad alegres -acostumbraba repetir- divertios, pero santamente...» y a las religiosas: «Vuestro gozo atraiga otros corazones para alabar a Dios» (de sus escritos).

Consumida por la enfermedad Eugenia Ravasco falleció en Génova en vísperas de cumplir sus 56 años de vida, en la Casa Madre del Instituto, en la madrugada del 30 de diciembre de 1900. «Os dejo a todas en el Corazón de Jesús» fueron sus palabras de despedida de las hijas y de sus queridas jóvenes.
fuente: Vaticano

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San Geremaro de Fly - San Egvino de Worcester - San Rainerio de Forcone - San Rogerio de Canne 30122015

San Geremaro de Fly

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San Geremaro, abad
En Fly, cerca de Beauvais, en el territorio de Neustria, san Geremaro, abad del monasterio que él mismo fundó en este lugar.
Este santo fue uno de los numerosos francos nobles que, luego de haberse casado y vivido contentos en el mundo y en su trabajo secular, a veces muy lucrativo, lo dejan todo para consagrarse efectivamente a Dios en la vida monástica o eclesiástica, donde muchos llegaron a distinguirse hasta el grado de alcanzar la santidad. Geremaro había nacido en el territorio de Beauvais, y en su juventud formó parte de la corte de Dagoberto I, donde se casó con una noble dama llamada Domana, a quien también se venera como santa en la diócesis de Evreux. Sus dos hijas murieron a temprana edad, y su hijo, educado bajo la influencia de san Audoeno, obispo de Rouen, decidió también abrazar la vida religiosa. Geremaro había fundado ya un monasterio cerca del lugar donde nació, pero optó por recibir los hábitos monásticos en Pentale, ciudad de la región del Risle, cerca de Brionne. Fue un religioso modelo y llegó a ocupar el puesto de abad.

Pero si bien suele admirarse la práctica de la severidad y de la estricta regularidad en un súbdito, no siempre sucede lo mismo en un superior, y varios de los monjes de Pentale estaban descontentos con su nuevo abad. Por cierto que aquellos monjes eran malos religiosos y hasta malos hombres, puesto que se afirma que llegaron a hacer un intento contra la vida de san Geremaro, por el artero procedimiento de fijar un largo cuchillo en las tablas del lecho del abad, con la punta hacia arriba, para que se lo clavara al acostarse, aunque semejante ardid no le hubiese causado una herida mortal, a menos que el santo abad fuese un hombre muy pesado o que tuviese la mala costumbre de dejarse caer sobre la cama. Ya fuera por aquel atentado o por la escasa popularidad y el fracaso en sus esfuerzos por mejorar la disciplina, el abad renunció a su cargo y se fue a vivir como ermitaño en una cueva sobre las riberas del Here. Allí pasó cinco años felices en comunión con Dios, en el trabajo manual y en el ejercicio de su ministerio entre sus vecinos, hasta que, cierto día, llegaron a sus oídos las noticias sobre la muerte de su único hijo, Amalberto. «¡Oh, Dios mío!», exclamó al momento, «te doy las gracias por haber mostrado Tu misericordia al llamar a mi hijo a tu gloria». En las tierras de Amalberto que volvieron a sus manos, fundó otro monasterio, el de Flay, junto al río Epte, entre Beauvais y Rouen, que, con el correr del tiempo, se llamó de Saint Germer (es decir, la forma francesa del nombre). San Geremaro abandonó la vida solitaria para dirigir su monasterio hasta su muerte.


 Acta Sanctorum, sept. vol. VI, fue compuesta en el siglo XI. La biografía más antigua es la que editó B. Krusch en Monumenta Germaniae Historica, Scriptores Merov (vol. IV, pp. 626-633), aunque el propio Krusch demuestra que esa misma biografía no pudo haber sido escrita antes del año 851 y que, como fuente histórica, no merece confianza. 
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI



San Egvino de Worcester

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San Egvino de Worcester, obispo
En Worcester, en Inglaterra, san Egvino, obispo, que fundó el monasterio local.
Egwin, de quien se afirma que era descendiente de los reyes de Mercia, se dedicó al servicio de Dios desde su juventud y llegó a ocupar la sede episcopal de Worcester hacia el año 692. Por su celo y por su energía para combatir los vicios, incurrió en la hostilidad de muchos, incluso de sus fieles y miembros de su clero. Precisamente, aquella oposición brindó a Egwin la oportunidad de hacer una peregrinación a Roma, a fin de responder ante la Santa Sede por diversas quejas que se habían formulado contra él. Algunas de las leyendas dicen que, antes de partir, el santo se puso grilletes en los tobillos, por penitencia, y cuando iba de camino, arrojó la llave de su iglesia al río Avon, pero posteriormente recuperó la llave al encontrarla en el vientre de un pez, en la misma Roma, según afirman unos, o en Francia, cuando iba de regreso a Inglaterra, como afirman otros.

Cuando estuvo de vuelta, y con la asistencia de Etelredo, el rey de Mercia, fundó la famosa abadía de Evesham, bajo el patrocinio de la Santísima Virgen. De acuerdo con las crónicas, en Evesham, un pastor llamado Eof tuvo una visión de la Virgen María y, poco después, el propio obispo Egwin pudo ver a la Madre de Dios, de suerte que en aquel sitio (Evesham significa campo o pradera de Eof) se estableció el monasterio. Más tarde, probablemente hacia el año 709, el obispo emprendió un segundo viaje a Roma, en compañía de los reyes Cenredo, de Mercia, y Offa, de la Sajonia del este, y se asegura que, en aquella ocasión, el papa Constantino otorgó al prelado un considerable número de privilegios para su fundación. Tras los disturbios del siglo décimo, Evesham llegó a ser una de las grandes casas de los benedictinos en la Inglaterra medieval. Según Florencia de Worcester, san Egwin murió el 30 de diciembre del 717 y fue sepultado en el monasterio de Evesham. En 1183, probablemente el 11 de enero, los restos de san Egwin fueron trasladados a un lugar más honorable, y muchos de los martirologios ingleses fijaron su festividad en la fecha de su traslación.

 Mabillon (sección III part. I, pp. 316-324) y también en el Biblioteca Hagiográfica Latina, 2432-2439. Para su vida y milagros, véase el Gotha MS. I. 81 y la Analecta Bollandiana, vol. LVIII (1940), pp. 95-96. Ver el Acta Sanctorum, enero, vol. I. Es algo muy singular que Beda no haga mención de Egwin ni de Evesham.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI



San Rainerio de Forcone

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San Rainerio de Forcone, obispo

En la región de los Abruzos, san Rainerio, obispo de Forcone, cuya habilidad en administrar los bienes alabó el papa Alejandro II.


San Rogerio de Canne

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San Rogerio de Canne, obispo

En Canne, de la Apulia, san Rogerio, obispo.



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Beato Juan María Boccardo - San Felix I - San Perpetuo de Tours - San Jocundo de Aosta 30122015

Beato Juan María Boccardo

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Beato Juan María Boccardo, presbítero y fundador
En el territorio de Pancalieri, cerca de Turín, igualmente en Italia, beato Juan María Boccardo, presbítero, el cual, trabajando infatigablemente en el cuidado de los ancianos y enfermos, fundó el Instituto de Hijas Pobres de San Cayetano.
Nació el 20 de noviembre de 1848 y falleció en Pancalieri el 30 de diciembre de 1913. Fue sacerdote, y además además un prolífico escritor, cuyas obras ocupan 44 volúmenes. Lo siguiente es un fragmento de la homilía que SS. Juan Pablo II pronunció en la misa de beatificación, en la Plaza Vittorio Veneto de Turín, el 24 de mayo de 1998. El texto completo puede leerse, en castellano, aquí:

Don Giovanni Maria Boccardo fue un hombre de profunda espiritualidad y, a la vez, un apóstol dinámico, promotor de la vida religiosa y del laicado, siempre atento a discernir los signos de los tiempos. Escuchando, en la oración, la palabra de Dios, maduró una fe vivísima y profunda. Escribió: «Sí, Dios mío, lo que quieres tú, lo quiero también yo».

Y ¿qué decir de su infatigable celo en favor de los más pobres? Supo acercarse a todas las miserias humanas con el espíritu de san Cayetano de Thiene, espíritu que infundió en la congregación femenina que fundó para el cuidado de los ancianos y los enfermos, y para la educación de la juventud. Hizo suya la invitación evangélica: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia» (Mt 6, 33).

Como el santo cura de Ars, del que era devoto, indicó a sus parroquianos, con su palabra y sobre todo con su ejemplo, el camino del cielo. El día de su ingreso en Pancalieri como párroco, dijo a los fieles: «Vengo aquí, queridos hermanos, para vivir como uno de vosotros, como vuestro padre, vuestro hermano y vuestro amigo, y para compartir con vosotros las alegrías y las penas de la vida (...). Vengo como servidor de todos, y cada uno podrá disponer de mí, y yo me consideraré siempre dichoso y feliz de poderos servir, buscando sólo hacer el bien a todos».

Se declaraba siempre hijo devoto de la Virgen, y a ella recurría con constante confianza. A una persona que le preguntó: «¿Es tan difícil ganar el Paraíso?», le respondió: «Sé devoto de María, que es su .puerta., y entrarás». Su ejemplo sigue vivo en la memoria de la gente, que a partir de hoy puede invocarlo como intercesor en el cielo.


fuente: Vaticano



San Felix I

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San Félix I, papa
En Roma, en el cementerio de Calixto, en la vía Apia, sepultura de san Félix I, papa, el cual rigió la Iglesia Romana en tiempo del emperador Aureliano.
El Liber Pontificalis afirma que el papa san Félix I fue mártir, y construido una iglesia sobre la via Aurelia, en la que fue sepultado. Sin embargo, ninguno de los dos datos son ciertos, así como otras afirmaciones que también se han hecho sobre él a lo largo de la historia, como atribuirle algunos decretos de materia litúrgica. En realidad, es escaso lo que se sabe de san Félix, aunque puede darse por cierto que no murió márir y que fue enterrado en el cementerio de Calixto.
Sucedio a san Dionisio en el 269 y ejerció el episcopado hasta el 274. Durante su pontificado tuvo lugar la deposición de la sede de Antioquía de Pablo de Samosata, por sus herejías trinitarias. Nos cuenta Eusebio que como el hereje no quisiera bajo ningún concepto abandonar su sede, intervino el poder secular: fue desalojado por orden del emperador Aurelio, que consideró que la decisión de apartarlo era justa ya que no estaba «en correspondencia epistolar con los obispòs de Italia y de la ciudad de Roma». Muchos años después, en el Concilio de Éfeso, en el 431, se leyó la Carta de san Félix con motivo de estas controversias doctrinarias; pero la carta leída había sido manipulada por los apolinaristas, por lo que no ha llegado a nosotros el escrito del propio san Félix.
De acuerdo con la «Depositio Episcoporum», san Félix murió el 30 de diciembre, es decir, el III Kalendas Jan[uari]. Sin embargo tradicionalmente se lo ha celebrado el 30 de mayo, es decir, el III Kalendas Jun[ii], por un simple error de copista. El Martirologio actual ha restaurado la fecha correcta. 

 J. P. Kirsch en Catholic Encyclopedia, así como los comentarios de Duchesne en la edición del Liber Pontificalis (tomo I pág 58), y el Comentario al Martirologio Jeronimiano, pág. 14-16; Acta Sanctorum, mayo, VII, 236-37. La referencia de Eusebio se encuentra en la Historia Eclesiástica, VII,30,19; Eusebio tiene errada la cronología (ver notas a la edición BAC, pág 495). Hay también un artículo en «Los Papas, de San Pedro a Juan Pablo II», de Jean Mathieu-Rosay, Rialp, Madrid, 1990, pp 51.




Hijo de un hombre llamado Constancio, su pontificado coincidió con el gobierno del emperador Aurelianopersecuciones que contra los cristianos habían aplicado sus antecesores. quien en los primeros años de su reinado abandonó la política de
En los comienzos de su pontificado llegaron a Roma noticias del sínodo que se había celebrado en Antioquía y que había depuesto al obispo antioquiano Pablo de Samosata por enseñar una doctrina contraria a las enseñanzas de la Iglesia sobre la Trinidad. La cuestión había tomado un cariz político por el apoyo a Pablo de Samosata del emperador Aureliano, a pesar de lo cual Félix emitió un decreto indicando que nadie podía ser obispo si no estaba en comunión con la sede de Roma con lo que ratificó la deposición aprobada en el concilio de Antioquía del obispo de la ciudad, afirmando la divinidad y humanidad de Jesucristo y las dos naturalezas distintas en una sola persona.
Ordenó enterrar a los mártires bajo los altares de los templos y celebrar la misa sobre sus sepulcros, celebración que sólo podrían realizarla los sacerdotes y en el propio templo salvo por causa mayor, para impedir la celebración de misas privadas. Hacia el final de su pontificado, Aureliano retomó la política de persecuciones.
Félix I murió el 30 de diciembre de 274.



San Perpetuo de Tours

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San Perpetuo de Tours, obispo
En Tours, en la Galia Lugdunense, san Perpetuo, obispo, que edificó la basílica de San Martín y muchas otras en honor de los santos, y reguló en su Iglesia la práctica de ayunos y vigilias.
San Perpetuo sucedió a Eustoquio en la sede de Tours. Durante los treinta o más años que gobernó la diócesis, luchó mucho por propagar la fe, imponer la disciplina y determinar los ayunos y fiestas en su territorio. Entre otras cosas, decidió que se observara el ayuno un día por semana, probablemente el lunes, desde la fiesta de San Martín hasta la Navidad. San Gregorio de Tours, que escribió un siglo más tarde, dice que estas disposiciones se observaban todavía en su época. San Perpetuo profesaba gran devoción a san Martín de Tours, en cuyo honor construyó o ensanchó la basílica que lleva su nombre. Como la iglesia que san Bricio había construido sobre la tumba de san Martín resultaba demasiado pequeña para el número de peregrinos, san Perpetuo mandó trasladar las reliquias a la nueva basílica, cuya consagración tuvo lugar hacia el año 491. La construcción había durado veintidós años.

Se dice que el dolor que causaron al santo las invasiones de los godos y la propagación del arrianismo apresuraron su muerte. Unos quince años antes, había escrito su testamento; si fuera genuino, el documento sería de gran importancia. En él perdona el santo a todos sus deudores y concede la libertad a sus esclavos; deja a su iglesia su biblioteca y varias fincas, establece una fundación para las lámparas de la iglesia y la compra de vasos sagrados, y señala a los pobres como herederos del resto de sus posesiones. El testamento empieza con estas palabras: «En el nombre de Jesucristo, Amén. Yo, Perpetuo, pecador, sacerdote de la Iglesia de Tours, no queriendo morir sin hacer testamento pura evitar que los pobres queden defraudados ...» Al fin del documento, el santo dirige estas palabras a sus herederos: «Vosotros, mis amadísimos hermanos, vosotros los pobres, los necesitados, los enfermos, las viudas y los huérfanos, vosotros que fuisteis mi alegría y mi corona, sois también mis herederos. Os dejo todo lo que tengo, excepto las cosas que he indicado más arriba. Os dejo mis campos, pastizales, viñedos, casas, jardines, aguas, molinos, oro, plata y vestidos ...» Perpetuo dejó a su hermana, Fidia Julia Perpetua, una crucecita de oro con algunas reliquias; a una iglesia, una píxide de plata para el Santísimo Sacramento. Es una pena tener que advertir que este documento, cuya autenticidad aceptaban d'Achéry, Henschenius, Alban Butler y aun el «Diccionario de Biografías Cristianas» de 1887, es una falsificación del siglo XVII, debida a la pluma del desvergonzado Jerónimo Vigner (no fue esta su única falsificación hagiográfica). Esto demuestra una vez más la necesidad de estudiar críticamente las fuentes hagiográficas de todas las épocas. También el epitafio del santo, que se creía genuino, es una falsificación.

Acta Sanctorurn, abril, vol. I; y cf. Analecta Bollandiana, vol. XXXVIII (1920), pp. 121-128, y Duchesne Fastes Episcopaux, vol. II, pp. 300-301. Sobre el pretendido testamento de san Perpetuo, ver Havet, Bibliotheque de l'Ecole de Chartres, vol. XLVI (1885), pp. 207-224.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI



San Jocundo de Aosta

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San Jocundo de Aosta, obispo
En Aosta, en los Alpes Graios, san Jocundo, obispo.
Entre los santos que han honrado con su presencia y actividad la bellísima ciudad de Aosta y su valle, además de san Urso, eremita del siglo VI, y san Grato, obispo y patrono de la ciudad, del siglo V, está san Jocundo, que fue el tercer obispo de Aosta -la romana Augusta Pretoria-, sede en la que sucedió al mencionado san Grato. Por su lejanía en el tiempo y por falta de documentación, no puede decirse casi nada de él. Se sabe con certeza que participó en el Concilio de Roma del 501 y del 502.
fuente: Santi e Beati


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martes, 29 de diciembre de 2015

Beato Guillermo Howard - Santos Benedicta Ion Kyong-nyon y seis compañeros 29122015

Beato Guillermo Howard

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Beato Guillermo Howard, mártir
En Londres, en Inglaterra, beato Guillermo Howard, mártir, que, siendo vizconde de Stafford, profesó la fe católica, y por esto fue acusado de conspirar contra el rey Carlos II y sentenciado a morir degollado por su fe en Cristo.
William Howard era sobrino de san Felipe Howard. En 1675 fue detenido y encarcelado en la famosa Torre de Londres, acusado de haber protegido a los católicos, y finalmente sentenciado a muerte y ejecutado después de cinco años. William se convirtió en vizconde de Stafford, en 1637, tras el matrimonio con el último heredero de la familia. El rey inglés Carlos I nombró barones a William y su esposa. En la guerra civil que estalló poco después, apoyó al partido monárquico, perdiendo casi todas sus tierras, que le fueron restituidas en 1660 con la ascensión al trono de Carlos II. Sin embargo William no se sintió suficientemente compensado por su lealtad a la Corona y desde ese momento abrigó resentimiento hacia el nuevo soberano. En 1678 pleiteó públicamente con el conde de Peterborough, en un debate en la Cámara de los Lores, episodio que le ganó muchos enemigos.

En el mismo año, William fue denunciado por sospecha de complicidad en el «complot papista», ideado por Titus Oates1acusado de planear el asesinato del rey Carlos II. El complot resultó totalmente ficticio, y difícilmente William Howard podría haber sido cómplice en vista de su edad ya muy avanzada. Sin embargo, la atmósfera general que reinaba era de sospecha y temor, y su mera pertenencia a la Iglesia Católica era suficiente para incriminarlo. Encarcelado en la Torre, fue más tarde juzgado por sus pares en Westminster Hall. Según el testimonio del cronista John Evelyn, incluso algunos de sus familiares votaron en contra de él. Evelyn, que le conocía personalmente, excluía a priori que un hombre maduro y experto como Howard hubiera sido capaz de tomar parte en la conspiración. Destaca la serenidad impresionante de William, que «hablaba muy poco ... y se comportaba muy humildemente, como solía», pero aun así fue hallado culpable. El 29 de diciembre de 1680, antes de ser decapitado, oró: «Señor, perdona a los que han jurado en falso contra mí». William Howard fue beatificado el 15 de diciembre de 1929.
fuente: Santi e Beati


Sant Benedicta Ion Kyong-nyon

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Santos Benedicta Ion Kyong-nyon y seis compañeros, mártires
En Seúl, ciudad de Corea, santos Benedicta Ion Kyong-nyon, viuda y catequista, y seis compañeros, mártires, todos los cuales sufrieron muchos suplicios a causa de ser cristianos, y acabaron decapitados. Sus nombres son: san Pedro Ch'oe Ch'ang-hub, catequista; Bárbara Cho Chung-i, viuda de san Sebastián Nam I-gwam; Magdalena Han Yong-i, viuda; Isabel Chong Chong-hye, virgen, hija de santa Cecilia Yu So-sa y hermana de san Pablo Chong Ha-sang; Bárbara Ko Sun-i, mujer de san Agustín Pak Chong-won; y Magdalena Yi Yong-dog, virgen, hermana de santa Catalina Yi.
El 29 de diciembre de 1839 fueron decapitados en Seúl, actual Corea del Sur, siete fieles -seis mujeres y un hombre-, por su condición de cristianos, en la llamada «Pequeña Puerta del Oeste». Todos fueron canonizados el 6 de mayo de 1984 en Seúl por el papa Juan Pablo II.

Benedicta Hyon Kuong-Nyon nació en Seúl el año 1794. Era la hermana mayor de san Carlos Hyon Song-mun, e hija de padre católico de la primera hora. De él recibió la primera educación cristiana. Su padre murió mártir en 1801, y la familia se trasladó a vivir en Kumsong, en la provincia de Kangwon, y luego a Tognae, en la provincia de Kyongsang. Posteriormente volvieron a Seúl. A los 17 años se casó con un hijo de un mártir, pero a los tres años su marido murió sin que hubieran tenido hijos. Vuelve con su familia y decide vivir como una cristiana muy activa, ayudando a su hermano Carlos en sus estudios. Rezaba cada día con su madre y su hermano y daba magníficos consejos a los cristianos que la visitaban. También daba catecismo a los cristianos poco instruidos, animaba a los paganos a hacerse cristianos, visitaba a los enfermos y bautizaba a los niños en trance de muerte. Recibió con gran gozo la llegada del sacerdote chino P. Yu, de cuya casa se encargó y con el que colaboró en las actividades de las mujeres cristianas. Llegó luego el P. Maubant, el P. Chastan y el obispo Imbert. Y en 1839 comenzó una nueva persecución. Benedicta supo que ella estaba en la lista de los cristianos denunciados. Tomó precauciones para no ser reconocida, pero en julio fue arrestada. Debió comparecer ante el magistrado y fue torturada horriblemente en orden a conseguir su apostasía y a sacarle el paradero de su hermano. Torturada en público ocho veces y hasta veinte veces en privado, permaneció muy firme y soportó todos los tormentos. Los misioneros fueron capturados y ejecutados el 21 de septiembre. Mientras tanto Benedicta permaneció en la cárcel hasta que el 30 de septiembre fue llevada al Ministerio de Justicia. No fue sino hasta un mes más tarde cuando se la interrogó por primera vez, declarando su disposición a morir por Dios. Estaba muy enferma y tenía el cuerpo en pésimas condiciones cuando le llegó la sentencia de muerte. Pudo escribir una carta a su hermano consolándolo y animándolo. Su rostro irradiaba felicidad cuando fue sacada de la cárcel y subida al carromato que la llevó al lugar del suplicio.

Pedro Choe Chang-Hub nace en Seúl el año 1787 y era el hermano menor del mártir Juan Choe Chang-hyon que dio la vida por la fe en 1801. Por sus estudios pudo trabajar como funcionario para el gobierno. Su padre murió cuando tenía 13 años y su hermano fue martirizado poco después, y por ello él tenía poco conocimiento de la fe cristiana, y lo mismo la joven con la que contrajo matrimonio, la futura mártir santa Magdalena Son Sobyog. Una conversación que escuchó le animó a profundizar en su fe, pero no sin miedo a las posibles persecuciones. La epidemia de cólera de 1821 le hizo plantearse más seriamente la cuestión del sentido de la vida. Él y su esposa se decidieron por recibir el bautismo y asimismo bautizaron a sus once hijos. De éstos morirían nueve los siguientes años. Cuando llegaron los misioneros recibieron los demás sacramentos. Pedro colaboraba con entusiasmo en la actividad de la comunidad cristiana. Llegada la persecución se refugió con su mujer en la casa de su yerno, pero en mayo de 1839 toda la familia fue arrestada. Pedro confesó la fe valientemente y soportó los tormentos como penitencia por sus pecados. Trasladado luego al Ministerio de Justicia, debió soportar muchos malos tratos hasta que le llegó la condena a muerte y el martirio.

Bárbara Cho Chung-I nace en Ichon, provincia de Kyonggi, el año 1782, hija de un cristiano llamado Francisco. A los 16 años contrajo matrimonio con el futuro mártir san Sebastián Nam I-gwan, y se les murió el primer hijo. En la persecución de 1801 su esposo fue desterrado, su padre y su suegro fueron martirizados. Ella permaneció en Seúl hasta que tuvo que irse con su abuelo y hermano menor, y al morir el abuelo se ganó la vida trabajando para otras familias. Su religiosidad se vino abajo en estos años de separación de su esposo. Pero en 1811 una familia católica de Seúl la invitó a irse con ella y allí la fe de Bárbara se hizo más viva y dio sus ahorros para facilitar la llegada de un sacerdote a Corea. En 1832 volvió su esposo del destierro. Ella y su esposo albergaron al P. Yu cuando llegó a Corea desde China. Visitaron a los cristianos de los alrededores y animaron a todos en su fe. Recibían en su casa a los cristianos venidos de fuera y que no tenían dónde hospedarse. Llegada la persecución, su esposo fue arrestado, juzgado y condenado a muerte y ella supo su muerte martirial el 19 de agosto de 1839. Arrestada, fue torturada de manera seguida y cruel, pero no se vino abajo en su confesión de la fe. Llevada al Ministerio de Justicia, fue finalmente condenada a muerte y decapitada el 29 de diciembre de aquel año, tras seis meses de cárcel.

Magdalena Han Yong-I nació en Seúl el año 1783 en el seno de una familia pagana. En su primera juventud contrajo matrimonio con Kwon Chin-sa, acreditado profesor y calígrafo. Por sus estudios llegó al conocimiento del cristianismo y atrajo a él a su mujer, muriendo no muchos años después de su matrimonio. Para mejor conocer el cristianismo y ser introducida en la Iglesia ella y su hija -la futura mártir santa Águeda Kwon Chini-, se fueron a vivir con una familia católica, experimentando la pobreza y falta de medios, y más tarde se fue a vivir a la casa de san Pablo Chong Ha-sang. Llegada la persecución de 1839 fue arrestada y llevada a la cárcel. Interrogada y torturada cruelmente permaneció firme en la fe. Luego de un largo período de cárcel fue condenada a muerte.

Isabel Chong Chong-Hye había nacido en Majae, provincia de Kyonggi, el año 1797, hija de santa Cecilia Yu So-sa y hermana de san Pablo Chong Ha-san, ambos mártires. Su madre era la segunda esposa de Agustín Chong Yak-jong, quien fue decapitado por la fe en la persecución de 1801 y dejó así a sus hijos este ejemplo inigualable de fidelidad a la fe cristiana. Isabel había sido bautizada por el sacerdote chino P. Chu Mun-mo en mayo de 1800. A la muerte del padre, Cecilia con sus hijos volvieron al pueblo natal, Majae, donde vivieron todos pobremente. Isabel recibió instrucción cristiana de su madre. Ella se quedó con su madre cuando su hermano Pablo las dejó para ir a la capital y atender los asuntos de la Iglesia, especialmente la necesidad de que fueran a Corea misioneros. En 1827 estaba Pablo en Pekín cuando el obispo Pires le dijo que apreciaba sus esfuerzos a favor de la Iglesia coreana pero que no estaba de acuerdo en que hubiese abandonado a su suerte a su madre y a su hermana. Entonces Pablo fue al pueblo, donde pasó un tiempo, pero luego, viendo que las condiciones económicas eran las mismas que en la capital, se llevó consigo a su madre y a Isabel para vivir en Seúl. Sobrellevaron con paciencia y humildad la pobreza en que vivían. Isabel decidió pasar el resto de su vida en el estado de virginidad. Pasaron años, llegaron por fin sacerdotes católicos, e incluso el santo obispo Imbert, e Isabel estuvo todo el tiempo junto a su hermano, atendiendo a los misioneros y viviendo en piedad, pobreza y humildad. Llegó la persecución de 1839 y ella llevaba comida y vestidos a los cristianos presos al tiempo que se ocupaba de los pobres de fuera, y mientras Pablo estaba ausente, Isabel con su madre fueron arrestadas el 1 de junio. Instada a que apostatara soportó hasta trescientos golpes de caña, pero su preocupación estuvo en consolar y animar a sus compañeros de prisión.

Bárbara Ko Sun-I había nacido en Seúl el año 1798 en el seno de una familia católica. Su padre Ko Kwang-song murió mártir en la persecución de 1801. Por ello fue su madre la que se encargó de su educación, siendo ella desde pequeña una católica firme y convencida. Al llegar a los 18 años la pidió en matrimonio un joven pagano, pero ella se negó firmemente, y poco después contrajo matrimonio con un joven católico, san Agustín Pak Chong-won. Él desempeñó un brillante papel como uno de los líderes de la Iglesia. Ambos esposos gozaban de muy buena reputación en su entorno. Llegada la persecución de 1839, Agustín tuvo que marcharse de su casa y esconderse, lo que no le impidió visitar de noche a los cristianos presos y prestar a la Iglesia muchos servicios. Bárbara se quedó en la casa. Agustín fue arrestado el 26 de octubre de 1839 y ella estaba a punto de salir para presentarse al magistrado cuando la policía vino por ella y la arrestó. Marido y mujer se reencontraron en la cárcel. Juntos comparecieron ante el magistrado y por seis veces se negaron a apostatar. Fueron bárbaramente torturados hasta el punto de quedar ambos cojos. Volvieron a la cárcel y fueron motivo de ánimo para los otros cristianos presos. A los diez días fueron llevados al Ministerio de Justicia. Nuevos interrogatorios y nuevas torturas, pero fue en vano. Perseveraron en la fe. Fueron condenados a muerte. Ella dio gracias a Dios por haberle dado la fuerza del Espíritu. No murió con su esposo, que la sobreviviría un mes.

Magdalena Yl Yong-Dog había nacido en Seúl en 1812, hija de Bárbara Cho, que moriría mártir, y hermana mayor de santa María Yi Idog. Pertenecían a una familia noble y oyeron hablar del cristianismo a su abuela, que en la ancianidad se había venido a vivir con ellas. Pero el padre era muy opuesto al cristianismo y las nuevas creyentes debieron practicar muy en secreto su fe. Magdalena, llegada a la juventud, tomó la determinación de vivir en la virginidad. Por ello cuando su padre le propuso matrimonio el problema estalló. Ella se mantuvo firme pero el padre también. Vivió muy angustiada durante años y cuando cumplió 27 el padre volvió a insistir en que se casara. Le pidió permiso al obispo Imbert para abandonar su casa, pero el obispo no lo creyó prudente. Le hizo caso de momento pero luego, vista la oposición del padre al cristianismo, la madre tomó la resolución de marcharse con sus hijas a casa de un creyente. El obispo al saberlo les pidió que volvieran a su casa pero ellas le explicaron que en la costumbre del país ello era imposible. Alquilaron una casita donde vivían pobremente pero podían practicar su religión. Catalina Yi y su hija Magdalena Cho se le juntaron y se animaron unas a otras. Llegada la persecución de 1839, empezaron a prepararse para el martirio. Fueron arrestadas y llevadas ante el magistrado, se negaron a apostatar y fueron torturadas. Llevadas a la cárcel, allí Bárbara Cho y Catalina Yi contrajeron el tifus y murieron, y asimismo Magdalena, pero mejoró y pudo asistir a su madre que murió también de la fiebre. Interrogadas y torturadas de nuevo, fueron por fin llevadas al Ministerio de Justicia y recibieron la condena a muerte luego de expresar con firmeza su fe. Magdalena moriría un mes antes que su hermana.
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003

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