domingo, 6 de septiembre de 2026

Mateo 18,20 y todo su contexto. - Domingo 23º del TO. Ciclo A (06.09.2026): Mateo 18,15-20. Tú y yo deseamos ser perdonados y “Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mt 7,12) CINCO MINUTOS

 Mateo 18,20 y todo su contexto.

El contexto de las palabras del Evangelista Mateo en Mt 18,20 es todo el capítulo décimo octavo de su Evangelio. Este capítulo debería ser proclamado completo en las celebraciones dominicales de este día 6 de septiembre y en el siguiente domingo, día 13 también de septiembre. Es decir, disponemos cada uno de nosotros de dos semanas completas para meditar muy despacio el mensaje de este relato que constituye el llamado cuarto discurso que este Evangelista pone en boca de su Jesús de Nazaret. En ningún otro Evangelio encontramos un discurso semejante en su totalidad.
 
Personalmente, este capítulo me parece que está aún por estrenar en la práctica de la evangelización de la nuestra iglesia. Uno de los asuntos que se proclaman alto y claro es la capacidad que tenemos todos y cada uno de los creyentes en este Jesús de Nazaret para 'perdonar todo tipo de pecado'. Eso es: perdonar todo tipo de pecado.
 
Dicho esto, me atrevo a transcribir literalmente dos textos breves en los que se aborda esta cuestión con nitidez y que, al parecer, se trata de plena autoridad teológica y eclesial. Los dos breves textos pertenecen uno, a los tiempos del siglo primero y, el otro, a los muy recientes tiempos del papa Francisco. Es decir, a nuestra más patente actualidad.

Texto 1, Mateo 18,20, dice así: "Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Evangelista Mateo, año 80, aproximadamente).
Texto 2, Querida Amazonía 88, dice así: "El sacerdote es signo de esa Cabeza que derrama la gracia ante todo cuando celebra la Eucaristía, fuente y culmen de toda la vida cristiana[128]. Esa es su gran potestad, que sólo puede ser recibida en el sacramento del Orden sacerdotal. Por eso únicamente él puede decir: “Esto es mi cuerpo”. Hay otras palabras que sólo él puede pronunciar: “Yo te absuelvo de tus pecados”. Porque el perdón sacramental está al servicio de una celebración eucarística digna. En estos dos sacramentos está el corazón de su identidad exclusiva[129]" (Francisco papa, Querida Amazonía, 2 de febrero de 2020).

La tarea de cada lector es acercarse a ambos escritos para constatar los respectivos contextos en los que se insertan tales mensajes. Ahora, con tanto buscador digital, esto es sencillísimo. Y, lo que ya no es tan sencillo es pararse y reflexionar qué hemos hecho dentro de nuestra práctica religiosa con ese asunto tan nuclear como es 'lo de pecar' y 'lo de perdonar'. 
Personalmente, no me supone ningún quebradero de cabeza situarme en los tiempos de aquel Jesús de Nazaret y de su Evangelista Mateo. 
Ahí dejo el asunto y con el deseo de pasar una buena semana, evangelizadora...
A continuación se encuentran se encuentran los dos comentarios del domingo seis de septiembre.

Carmelo Bueno Heras.
 

Comentario primero:

Domingo 23º del TO. Ciclo A (06.09.2026): Mateo 18,15-20. Tú y yo deseamos ser perdonados. Lo medito y escribo CONTIGO,

Para este primer domingo del mes de septiembre se nos propone en la liturgia de la eucaristía la lectura del Evangelio de Mateo 18,15-20: “Si tu hermano llega a pecar”. Las palabras de este relato, según el autor del texto, pertenecen a Jesús de Nazaret que ha comenzado a hablar en Mateo 18,3. ¿Por qué se le oculta al pueblo el mensaje de Mateo 18,1-14 y todo el capítulo anterior? Sin tener una Biblia entre las manos no comprenderemos al Evangelista y su obra.

 

Soy aprendiz del Evangelio que es, en este caso, el Jesús de Mateo y me avergüenzan estos silencios que nos ofrece, ¿sugiere-impone?, la liturgia de la Religión cristianocatólica de Roma.

 

Este Jesús del Evangelista está en camino hacia Jerusalén. Lo sabemos al haber leído ya Mt 16,21. Y desde Mateo 17,22 Jesús de Nazaret y sus acompañantes están en la segunda etapa de este camino. Etapa que se ubica en la región de Galilea. Y debo recordar aquí que los acompañantes de este Jesús son los denominados DOCE. No porque sean exactamente doce personas y varones, sino porque son todos sus seguidores, mujeres y hombres. Y esto lo sabemos cuando llegamos a leer y no olvidar Mateo 27,55-61.

 

Todo Evangelio es como todo cuerpo humano. Sus distintos elementos, desde la masa cerebral hasta las mismas uñas de los pies, están inter-relacionados y no se comprenden los unos sin los otros. Lo mismo sucede con los datos del relato de este Evangelio llamado ‘de Mateo’.

 

Conviene tener presente este criterio ahora que leemos un pedazo de tejido del capítulo decimoctavo de este Evangelio. Y debo decir además, que estas palabras del Evangelio de este domingo pertenecen al cuarto discurso que sólo este narrador pone en boca de su Jesús de Nazaret. Los cuatro Evangelistas nos transmitieron palabras de Jesús (de Jesús o de su propia cosecha). Sólo el Evangelista Mateo nos cuenta que Jesús dijo cinco discursos. Precisamente cinco, como los cinco libros de la Torá o Ley de Moisés de la religión de Israel. Precisamente.

 

Esta es la razón por la que conviene leernos completo, al menos, el texto de Mt 18,1 hasta 19,1: “Cuando acabó Jesús este discurso, partió de Galilea y fue a la región de Judea”. Este cuarto discurso, a la vez del propio Mateo y de su Jesús, nos habla de un par de asuntos centrales: los pequeños y los perdidos. O si se desea decir de otra manera, los niños y los pecadores. Ellos son ‘el reino de los cielos’.

 

En aquella sociedad judía de Israel, de Jesús y del siglo primero de nuestra historia tanto los niños, como las mujeres y los pecadores eran nada. No eran personas. ¿Acaso no se recuerda lo leído y escuchado en la multiplicación del pan en Mt 14,21: ‘sin contar mujeres y niños’?

En el texto de Mateo 18,15-20 se afirma de forma explícita que toda persona, hombre o mujer, es persona con plena capacidad de perdonar. Que nadie venga a interpretar que aquí, o en contextos semejantes, Jesús de Nazaret instituyó el sacramento del perdón de los pecados. Este sacramento pertenece a la Tradición de la Iglesia que antes fue así, luego fue asá y después será quién sabe cómo. ¡Deseo ser perdonado y perdono todo a todos! (Mt 7,12).

Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 06.09.2020. Y también en Madrid, 06.09.2026.


Comentario segundo:

“Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mt 7,12)

CINCO MINUTOS para compartir el comentario de la 41ª página del Evangelio de Mateo 22,23-46.

“Aquel día se le acercaron [a Jesús] unos saduceos. Esos que niegan...” (Mateo 22,23). Así empieza el texto del Evangelista que he acotado. Y así acaba: “Y desde ese día ninguno se atrevió ya a hacerle [a Jesús] más preguntas” (Mateo 22,46). Recuerdo que Jesús está, en este día segundo de su estancia en Jerusalén, evangelizando dentro del Templo. En este relato de Mateo 22,23-46 encontramos los lectores tres apartados bien definidos.

 

El primer apartado (Mt 22,23-33) lo dedica el Evangelista a describir el diálogo de sordos entre las gentes de mentalidad saducea y Jesús de Nazaret, el judío galileo, que parece estar en el templo de Jerusalén como nuevo profeta del pueblo. Y el asunto del que hablan no está contemplado en la Ley que Moisés recibió directamente de su Yavé Dios de Israel. Este asunto es la vida después de esta vida. Y, en concreto, qué sucede en los ámbitos del más allá sobre el matrimonio de esposos con su esposa. Lo esperpéntico de esta situación es que estas gentes saduceas no creen en la vida del más allá y son las gentes de la máxima autoridad del Templo de Jerusalén en tiempos de Jesús. No se necesita más para comprender este relato.   

 

El segundo apartado (Mt 22,34-40) lo dedica el Evangelista a describir el diálogo de su Jesús con los fariseos que se frotaban las manos de gusto después de haber constatado cómo aquel galileo y laico tapó la boca a los saduceos. La ocupación y preocupación de los fariseos del tiempo de Jesús y de los fariseos del tiempo del Evangelista era precisar con rigurosa nitidez la letra y el espíritu del primero y principal mandamiento de la Ley. Cuando leo la respuesta de este Jesús no dejo de volver a leer aquella síntesis del primero de los discursos del judío galileo sabio: “Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás”. Leo esto y me digo que Mateo 7,12 es igual que Mateo 22,37-40.

 

Y el tercer apartado (Mt 22,41-46) lo dedica el Evangelista a describir el actuar de su Jesús no como persona que responde preguntas de otros, sino todo lo contrario. Aquí y ahora es el propio Jesús quien interroga, precisamente, a los fariseos. Y cuando lo hace, lo recordaré siempre, lo están escuchando todas cuantas personas están en el Templo de Jerusalén. Y estas personas están ahí por haber subido a celebrar la fiesta de la Pascua. ¡Aquella liberación de...!

 

Y la cuestión que plantea este Jesús de Mateo es la cuestión del Mesías. En concreto, el Mesías que esperaban todos: estas personas que están en el Templo y todo el pueblo de Israel que se sabe y se siente, en aquel siglo primero, sometido a la autoridad de Roma. ¿Se estaba Jesús presentando como aquel Mesías deseado? Mesías davídico, no. Un mesías... ¡¡¡Tan distinto!!! Este Jesús de Mateo fue, lo escribiré siempre con minúscula, un mesías ni esperado, ni deseado. Creo que este narrador lo está contando así desde la primera página de su relato (Mt 1,1-17) en la que se afirma explícitamente la sangre contaminada de Jesús en las raíces más profundas de su identidad. Y lo acaba de contar en su diálogo con cuantos están en el Templo (Mt desde 21,1 hasta 22,40). Y si un lector aún no lo tiene claro, preciso y explícito que se lea Mt 23, nuestro siguiente capítulo. “Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás”.

Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 08.09.2019. Y también en Madrid, 02.09.2026

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