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viernes, 23 de junio de 2017

Corazón apostólico de Cristo, ruega por nosotros (Mater Dei) 23062017

Corazón apostólico de Cristo, ruega por nosotros

“Que el mundo conozca que Tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí” (Jn17,23). El Padre nos entregó para siempre a Cristo, su verdadero Apóstol. Como una madre lleva a su criatura, como un padre cuida de su hijo, así nos lleva y nos cuida Dios, hasta que los suyos, nosotros, conozcamos que el Padre nos ama como ama a su Hijo unigénito. Si no me importan las almas es que no me importa mi Dios. Si no vivo mi apostolado como algo que debe atravesar en profundidad cada minuto de mi jornada y de mi actividad es que todavía no he empezado a latir al unísono con el corazón apostólico de Cristo. Corazón entregado hasta el extremo a los hombres, a todos sin excepción, a cada uno de manera personal, a mí. Mientras no me duela el mundo sin Dios, mientras siga posponiendo mi entrega apostólica a mis múltiples y legítimas excusas, mientras siga optando por un cristianismo ramplón, mediocre y conformista, las almas seguirán esperando que alguien, tú y yo, les acerque a Dios, y Dios seguirá esperando que alguien, tú y yo, correspondamos a su gracia y extendamos a todos la eficacia salvadora de la Cruz de Cristo.
No nace el apostolado donde no hay mucha vida interior y mucha contemplación de Aquel a quien tenemos que anunciar. Corazón apostólico de Cristo, que no escatimas esfuerzo  por acercarte a mi vida y entrar en mi alma, que te das sin medida a cuantos te buscan y se te acercan. Me envías en tu nombre, como Tú fuiste enviado en nombre del Padre, para que todos los hombres entren por caminos de salvación. En tu Corazón entregado aprendo yo a llevar, en el seno de mi oración, la vida de aquellos que Tú me has confiado. Por ellos, por Ti, he de saber entregar mi vida, sin esperar a que otros hagan lo que a mí se me pide.

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lunes, 12 de junio de 2017

Corazón pobre de Jesús, ruega por nosotros (Mater Dei) 13062017

Corazón pobre de Jesús, ruega por nosotros

Lo diste todo. Hasta despojarte de tu condición divina y tomar la condición de siervo (cf. Flp 2,7). Te hiciste el más pobre de los hombres sólo porque así quería el Padre que se operase la redención. ¡Cuánta pobreza y cuánta nada en aquel seno virginal de María! ¡Qué corazones tan pobres los de aquellos apóstoles que iniciaron la Iglesia! ¡Cuánta pobreza y cuánto despojo en la Cruz! ¡Cuánta pobreza en las manos del sacerdote que te ofrece en la Eucaristía! Y, sin embargo, sólo en esa pobreza encuentras tu delicia y puedes manifestar tu omnipotencia.
Corazón pobre y libre de Jesús, que tanto amas la pobreza de mi vida, no dejes que me esclavice la avaricia de mi propio «yo», ese tesoro podrido y sin brillo que no estoy dispuesto a dejar perder. Cuántas ambiciones humanas, cuantas posesiones inútiles, cuántos apegos y seguridades, cuántas compensaciones, que enredan el corazón y lo atan, como grilletes, a los oropeles y bagatelas engañosas de la propia honra. No quiero entender que las obras de Dios nacen sólo allí donde hay mucha desnudez y pobreza interior. Y se me pasa la vida en ambicionar esas migajas de honra, buena fama y poder, que me hacen aparentar ante los demás lo que no soy, sólo por esconderme ante mí mismo los defectos y limitaciones que no me gustan.
Mi pobreza es el trono de la misericordia de Dios, pero yo me empeño en triunfar agarrándome al pedestal de mi autosuficiencia. Corazón pobre de Jesús, cuya única ambición era la gloria de Dios y el amor al hombre, enseñame a desprenderme del lastre de mis ambiciones, egoísmos, intereses personales, que tanto obstaculizan la acción de Dios en mi vida. En mi pobreza espiritual tendré siempre mi mayor riqueza, aunque los ojos del mundo no sepan apreciar el brillo de esa nada.

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domingo, 11 de junio de 2017

Corazón alegre de Cristo, ruega por nosotros (Mater Dei) 11062017

Corazón alegre de Cristo, ruega por nosotros

Pocas veces nos narra el Evangelio que Jesús lloró. Aquellas lágrimas del Maestro debieron grabarse profundamente en el ánimo de sus discípulos, acostumbrados como estaban a su porte majestuoso, lleno de serena alegría y de un gozo permanente. Ni siquiera nos dicen los evangelistas que Jesús llorara durante su pasión, o cuando le crucificaron, o cuando vio a su Madre, llena de dolor, al pie de la Cruz. La alegría de Cristo nacía de aquel íntimo gozo que le proporcionaba saberse uno con el Padre. Aun en los momentos en que más pesaba la Cruz, no perdió el Señor aquel gozo íntimo, nada estrepitoso, siempre discreto y permanente, que nacía sólo y siempre de su ardiente deseo de hacer la voluntad del Padre. También en Getsemaní aquel gozo íntimo del Padre sostuvo la lucha del amor.
¡Cuántas risas vacías esconden inútilmente mis tristezas y desánimos! ¡Cuántas máscaras y caretas de alegría hueca y ruidosa con las que pretendo esconder mi mediocridad y mi falta de unión con Dios! Mi falta de alegría, mis tristezas, mis desánimos, mis pesimismos, todo se difumina cuando el corazón contempla enamorado el alma alegre de Cristo en la Cruz. Allí, en el momento de mayor dolor y oscuridad que jamás hombre alguno ha vivido, debió vivir también el Señor el momento de mayor gozo interior y sobrenatural que jamás nadie aquí puede imaginar.
Poco sabes de Dios, si poco sabes del gozo de la Cruz. Porque sólo en ella se gusta y saborea al vedadero Dios, si unes tu cruz a la suya. Corazón alegre de Cristo, que sufriéndolo todo, quisiste así hacerte sostén y fuente de mi propia alegría. El mundo no sabe ser feliz, porque no sabe sufrir con Cristo y encontrar en su Corazón adorable el remanso de paz del que nace el verdadero gozo interior.

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Corazón sepultado de Cristo, ruega por nosotros (Mater Dei) 10062017

Corazón sepultado de Cristo, ruega por nosotros

Si el grano de trigo cae en tierra y muere da mucho fruto (cf. Jn 12,24). ¡Cuánta fecundidad, cuánta vida albergó la tierra al acoger en su seno aquel cuerpo desclavado de la Cruz! Corazón sepultado, anonadado hasta el extremo de confundirse con la tierra y llegar al límite de la nada, sólo por enseñarme el amor del ocultamiento. Corazón llorado por Pedro, anhelado y buscado por Magdalena, esperado con fe por María Madre, en las horas del silencio orante de aquel sábado santo. Corazón depositado en el sepulcro, ¡nada sabes de grandezas humanas, Tú que eres la medida misma de toda grandeza!
Morir a mí mismo, a mis honras y ambiciones tan humanas, a mis vanaglorias y altanerías, a mis hipocresías y engreimientos, sepultando en tu Corazón todo ese «yo» que se empeña con soberbia en negar que está hecho de tierra y más tierra. Tú, que en cada comunión vuelves una y otra vez a enterrarte en el sepulcro de mi propia tierra, me enseñas así a sepultarme contigo, muriendo siempre un poco más a ese «yo» que busca tenazmente el relumbrón y la apariencia.
Habré de aprender Contigo a enterrarme en lo oculto de esa voluntad de Dios, que se me hace áspera, difícil o absurda. Enterrarme en lo escondido del cumplimiento diario del deber, en la fe de la monotonía y rutina cotidiana, en el anonimato  del mundo y de los hombres, para vivir sólo cara a Dios. Sea mi alma para Ti, Señor, ese sepulcro nuevo, en donde repose tu cuerpo y tu vida, en espera de la resurrección. Corazón sepultado de Cristo, que bajaste por mí al abismo de la muerte, me enseñas a vivir sólo para tu gloria, sin más tierra que tu amor y compañía. Tú, que me sepultaste contigo en el Bautismo, me esconderás un día para siempre en el cielo de ese Corazón, que late desde siempre vida eterna.

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lunes, 5 de junio de 2017

Corazón misericordioso de Cristo, ruega por nosotros (Mater Dei) 05062017

Corazón misericordioso de Cristo, ruega por nosotros

Quien no se ha sentido perdonado una y otra vez no ha empezado aún a gustar las delicias del amor misericordioso de Dios. Quien desespera de sí mismo ante la propia debilidad y miseria, quien cae derrotado ante el peso del propio pecado, quien da paso a la desconfianza y al desánimo cuando amenazan el cansancio espiritual o la desgana… aún no ha llegado a comprender que el amor hace ‘uno’ a los amantes. ¿Por qué encerrarse en la autocompasión del propio dolor y de las propias lágrimas, en vez de mirar cara a cara ese rostro divino, que ansía enamorado nuestra debilidad y nuestra nada? ¿Cómo no confiar hasta lo heroico en ese corazón misericordioso, que se dejó clavar así en la Cruz, sólo porque me amaba hasta el extremo?
Nos cuesta confiar hasta el abandono total en esa misericordia infinita de Dios porque nos empeñamos en encerrarla en la lata de los esquemas demasiado humanos de la justicia, del perdón o del rencor. Tampoco creas que esa confianza ilimitada en el amor misericordioso de Dios te exime de colaborar con la gracia y de sudar con esfuerzo el trabajo de tu propia conversión. Pero, lo que hace a Dios ser Dios es, sobre todo, esa inaudita e infatigable misericordia, capaz de amar en ti todo lo que eres. No dejes que tus pecados, tus defectos, tus dudas, tus desesperanzas, logren alejarte de ese amor misericordioso de Cristo. Tampoco pactes con tus limitaciones y pecados, pues impedirías que la misericordia divina se manifestara abiertamente en tu miseria.
Adoremos hoy esa misericordia infinita, inmutable, de Dios, capaz de revestir de gracia y de gloria todos, absolutamente todos, los pecados de mi vida. Saboréala cada vez que te levantes del polvo de tus caídas, sin miedo a que ese Corazón divino se canse de perdonarte.

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domingo, 4 de junio de 2017

Corazón filial de Jesús, ruega por nosotros (Mater Dei) 04062017

Corazón filial de Jesús, ruega por nosotros

¡Cuántas noches pasaba Jesús orando con su Padre! Cuánto amor, cuánta confianza, cuánto abandono vivió aquel corazón de hombre y de Dios cada vez que oraba, en la intimidad del Espíritu Santo, al Padre. Y en la Cruz, ante el aparente silencio del Padre ausente, ¡vivió hasta el extremo el amor de abandono! “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños” (Lc 10,21). Tengo que aprender a vivir con corazón de hijo, a tratar con delicada intimidad a este Dios, que en cada instante de mi existencia espera siempre la vuelta del hijo pródigo. Y en mi cruz de cada día, en mis oscuridades, confiar, confiar siempre en la mano providente de Dios, que acaricia en mí a su Hijo predilecto.
Todos tenemos mucho de hijo pródigo y de hijo mayor. Quizá es nuestra fe mediocre y cumplidora, nuestro cristianismo hipócrita y ramplón, lo que hace que muchos hermanos nuestros abandonen como pródigos la casa del Padre. Cuánto tiempo pasamos en las cosas de Dios, viviendo en la misma casa con Él y no conocemos, quizá, nada de ese corazón de Padre en el que todos somos hijos. También los sirvientes vivían en aquella misma casa y, sin embargo, no servían a un Padre sino a un amo. Tú no has sido llamado a vivir en el temor sino a crecer, como hijo, en el amor. No está hecho tu corazón para vivir fuera de este hogar en el que naciste, que es el seno y la casa del Padre. Vive como hijo, reza como hijo, y podrás reconocer ese mismo aire de familia en tus hermanos, los hombres. En aquel Corazón filial de Cristo, que sostuvo su entrega al Padre en la Cruz, has de aprender a amar a Dios como hijo en cada una de tus cruces y entregas.

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Corazón hermoso de Jesús, ruega por nosotros (Mater Dei) 03062017

Corazón hermoso de Jesús, ruega por nosotros

El Evangelio nos describe cómo las muchedumbres seguían a Jesús donde quiera que fuese, atraídas por el atractivo irresistible de su palabra y de su persona. Su trato afable y acogedor, su porte sencillo pero majestuoso, su semblante entrañable y bondadoso, su mirada penetrante, sus silencios elocuentes… Toda la vida de Cristo fue hermosa. Todo en Él expresaba una belleza irresistible, desconocida hasta entonces por los hombres, que manaba de la fuente escondida de su divinidad. Aquella eterna y escondida belleza del Padre se hacía carne en Él para embellecer, con la plenitud de su gracia, la fealdad de nuestra carne de pecado.
La santidad personal nos va configurando con la belleza de Dios. Una vida cristiana que se va dejando transformar por la acción de la gracia es hermosa, y suscita inevitablemente en otros una admiración y un atractivo irresistibles, que hablan por sí solos de Dios. El atractivo de tu virtud y la belleza interior de tu alma dependen, y mucho, de la sinceridad y radicalidad con que vas pareciéndote al Cristo del Evangelio. La hermosura y belleza de tu vida no está tanto en el esplendor de tus obras cuanto en la gracia de Dios, que opera en tu alma y reviste de grandeza los más pequeños detalles de tu pequeña vida diaria.
Cuánta belleza arroparon aquellas pajas de Belén. Qué vida tan hermosa la del Verbo encarnado, escondido en aquella pobre casa de Nazaret. Cuánta belleza en aquella Madre y en aquel seno virginal que concibió a Dios. Cuánta hermosura, sobre todo, en aquel cuerpo de Cristo destrozado de dolor y en aquel rostro cubierto de sangre redentora. Tu vida será hermosa a los ojos de Dios, si dejas que la gracia vaya borrando la fealdad de tu pecado y vas descubriendo la belleza de la Cruz y del dolor.

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viernes, 2 de junio de 2017

Corazón humano y divino de Jesús, ruega por nosotros (Mater Dei) 01062017

Corazón humano y divino de Jesús, ruega por nosotros

En el corazón de Cristo cabe todo. Plenitud total de un Corazón en el que lo humano y lo divino se hacen uno. ¿Cómo no asombrarme de experimentar en mi vida esa mezcla de barro y de cielo, de pecado y de gracia, de miseria y de grandeza, tan inseparable de mi condición humana? Cuánta desesperanza y angustia si sólo advirtiera mi pecado, y cuánta soberbia si sólo experimentara la gracia. ¿No es quizá un milagro, y hasta un don, poder vivir mi día a día en tensión amorosa entre ese continuo caer y ese continuo levantarse que tanto agrada al Señor? ¿No vivió así Cristo su día a día en la tierra, uniendo constantemente todo lo humano de los hombres, de mi vida, y todo lo divino del corazón del Padre?
Corazón de Cristo, enamorado de la pecadora condición humana, capaz de encerrar lo infinito y lo eterno en la caducidad de lo humano. Cómo te prodigas en delicadezas de misericordia ante tanta miseria y pecado personal, cómo te enamora esta humanidad, hecha para albergar tanta gracia y tanta gloria de Dios. En tu Corazón de hombre encerró el Padre todo su amor, guardado y contenido durante tantas eternidades. Sabedor de todas las miserias y grandezas de mi alma, gustas de esos pequeños amores, que acierto a darte entre tantos trajines y tareas de mi vida.  Corazón tan divino y tan humano de Cristo, que me esperas y me encuentras en cada recodo de mi vida. Que yo aprenda de Ti a amar lo más humano y lo más divino de los hombres, pues todo lo abrazas con la tierna predilección de un Dios que no deja de hacerse carne, por el solo deseo de gustar y abrazar lo humano. No dejes que las cosas de Dios me aparten nunca de los hombres, ni que las cosas de los hombres me impidan amar las cosas de Dios.

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Corazón de Jesús, descanso del alma, ruega por nosotros (Mater Dei) 02062017

Corazón de Jesús, descanso del alma, ruega por nosotros

Al caer la tarde, después de una dura jornada de trabajo, José y María descansaban en familia junto a Jesús. En su corazón encontraban la paz y el sosiego interior, que inunda a aquellos que saben contemplar y adorar el rostro de Cristo. En mis trabajos, dudas, agobios, debilidades, caídas y pecados, ¿por qué no acudir al corazón de Cristo y descansar en Él esa cruz que, a veces, tanto me pesa y hasta me aplasta? “Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,28-29). En mi oración, también yo soy para Dios su alivio y descanso, si dejo que apoye sobre mí esa cruz de todos los hombres que él lleva a veces muy solo.
Cómo se desgasta el alma cuando se prodiga y desparrama desordenadamente en las numerosas ocupaciones del día a día. Cuántas jornadas que acaban llenas de cosas y de prisas, pero vacías de Dios. Y eso, quizá, en nombre del Evangelio, de la virtud o del apostolado. Nuestros cansancios proceden, muchas veces, de no saber disfrutar de las cosas y personas, en las que no atisbamos a descubrir la acción sutil e invisible de Dios. Aprender a descansar en la Providencia es vivir en paz, con sosiego espiritual, aun en medio de los fracasos y problemas más acuciantes.
No busques tu descanso fuera de Dios, pues en nada ni en nadie encontrarás mejor alivio y refrigerio que en ese Corazón de Cristo, que tanto conoció los agobios y fatigas de los hombres. Sólo en el regazo de tu Creador, en su mano providente y amorosa, podrás descansar el peso y las cargas de esta vida, en la que el sufrir y el penar nos hablan con añoranza del descanso eterno del Cielo.

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jueves, 1 de junio de 2017

Digna de toda alabanza, ruega por nosotros (Mater Dei) 31052017

Digna de toda alabanza, ruega por nosotros

Solemos dejarnos engañar por el espejismo de las alabanzas, lisonjas y honores. Nos creemos mejores, y hasta juzgamos que las cosas van más o menos bien, en la medida en que recibimos el reconocimiento o la descalificación de los demás. Cuántas veces actuamos buscando quedar bien y agradar a los demás, consintiendo el error, la injusticia o la mentira, si eso nos permite crecer y subir en el escalafón de la gloria humana. Nos importa tanto la opinión y la valoración ajena que somos capaces de pasar por encima de nuestra propia conciencia y de claudicar ante las exigencias del Evangelio, con tal de ganar ese poco de prestigio humano, que nos coloque en el montón de los afortunados. En cambio, los parámetros de Dios son desconcertantes, pues en el aparente fracaso humano, en la humillación ajena, en la incomprensión o en la infravaloración de los demás puede esconderse una ocasión de conversión, de santidad o de salvación, que pase inadvertida a los ojos engreídos de tantos hombres.
La maternidad divina de María, escondida en la simplicidad de una joven mujer de aldea, pasó inadvertida a los grandes de su época. Ella, que proclamó a su prima Isabel que todas las generaciones habían de llamarla Bienaventurada, sólo buscó la complacencia de esa mirada de Dios, que juzga y conoce lo íntimo y escondido. Ignorada de la gloria humana, mereció la alabanza del Padre, que se inclinó enamorado ante la belleza escondida de su alma de Madre y la proclamó “Llena de gracia”. Guarda para Ella tus más tiernas alabanzas, pues nadie como Ella merece todo tu reconocimiento y admiración. Aprende de Ella a valorar lo humano según la medida de Dios y no caigas en la tentación de hacer de la engañosa alabanza ajena el eje de tu vida.

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miércoles, 31 de mayo de 2017

Templo singular de Tu gloria, ruega por nosotros (Mater Dei) 30052017

Templo singular de Tu gloria, ruega por nosotros

“Somos templos del Espíritu Santo”, dirá san Pablo. Santuario de predilección donde Dios hace morada. Lugar íntimo, en el que el diálogo discurre con suavidad y delicadeza, tratando todo aquello que tiene que ver con la aceptación del querer de Dios, en medio de los gozos, pero, también, en las grandes dificultades. Lo que el Apóstol de los gentiles vino a decirnos es que, en todo y para todo, somos de Él, y que las limitaciones de nuestra condición mortal no son obstáculo para que la gloria de Dios se recree en nuestro interior, siendo luz permanente a través de las sombras de una vida que, en ocasiones, nos resulta ardua y trabajosa.
¿Cómo sería esa recreación de Dios en la Virgen? Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo. Toda la Trinidad hizo de Ella su hogar aquí, en la tierra. Resulta estremecedor imaginar la enormidad de gracia de esa presencia tan original. Preparar la encarnación de Dios en el mundo era romper la distancia del infinito para asumir la historia de lo temporal. Suponía la entrada de lo eterno en el seno de una virgen, concebida sin pecado original, pero criatura humana al fin y al cabo. El anonadamiento de Dios exigía también la humildad de una mujer, dispuesta a ser esclava hasta las últimas consecuencias.
Ser templo de la gloria de Dios es hablar de docilidad y confianza. Es la disposición necesaria para que Dios realice en el mundo sus maravillas, es decir, el milagro de vivir, insertos en lo efímero, pero derrochando palpitaciones de lo divino a través de nuestros afectos y obras. No tengamos miedo a ser templos de la gracia de Dios, aunque la exigencia de abandonarnos en Él suponga morir a nuestras seguridades y egoísmos. María lo vivió así, y ahora es Reina de toda la Creación.

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Gloria del Hijo, ruega por nosotros (Mater Dei) 29052017

Gloria del Hijo, ruega por nosotros

Mucho de su gloria divina nos reveló el Padre en la maternidad de María, con la que quedó irreversiblemente marcado el misterio de la divinidad de Dios. La carne del Verbo quedó para siempre adornada de la gloria del Padre y de la gloria de la Madre. Aquella gloria de Dios, que en los tiempos antiguos hacía taparse el rostro a los israelitas, muestra en María y en su Hijo su rostro más humano y accesible.
A pesar del tiempo, mucho de María pervivió y permaneció para siempre en el Hijo, como también mucho del Hijo permaneció para siempre en la Virgen Madre. Este vínculo materno-filial entre el Hijo y la Madre era, en realidad, un signo en la carne que anunciaba ese otro misterio mucho más inefable de la relación paterno-filial entre el Hijo y el Padre: “Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14,11). El Verbo estuvo en María y quedó para siempre en Ella; María quedó también para siempre como Madre en el misterio del Hijo. A la luz de esta relación materna, Cristo pudo decir a sus discípulos: “Permaneced en mí, como yo en vosotros” (Jn 15,4).
Aquella gloria del rostro del Padre, que Cristo no podía contemplar en la noche oscura del abandono de la Cruz, pudo verla en el rostro de María, compadeciente con Él al pie de la Cruz. Allí, fue Ella reflejo de esa gloria divina que anunciaba ya los primeros destellos de la resurrección. Gloria divina y espiritual, que pasó inadvertida a los ojos de los hombres, acostumbrados al brillo cegador y al espejismo de la gloria del mundo. No sea así tu gloria, aparente y transitoria, para que cuantos vean tu vida den gloria al Padre que está en los cielos.

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domingo, 28 de mayo de 2017

Primicia de la nueva creación, ruega por nosotros (Mater Dei) 28052017

Primicia de la nueva creación, ruega por nosotros

Eva, nuestra madre primigenia, fue tentada para “intentar” desbaratar la hermosa obra creadora de Dios. La humanidad, Adán y Eva, parecía sucumbir ante un proyecto impresionante. La misma imagen de Dios en el mundo, puesta en la creación para llevar a término la gloría del Altísimo, quedaba emborronada a causa del pecado.
¿Quién podría recobrar semejante orden perdido? Dios, una vez que Adán le da a conocer su desnudez, da comienzo su gran plan de salvación. Después de condenar a la serpiente a ese arrastrarse sobre la tierra, bendice a la mujer para ser la portadora de la nueva condición humana. Vemos en ella a María, la que también será perseguida por el dragón en el Apocalipsis. Sin embargo, será la crónica de una muerte anunciada, porque el mal ya no tendrá cabida en ese nuevo orden.
La Virgen es la Nueva Eva. En Ella, da comienzo la nueva creación. Lleva en su vientre el destino de toda la humanidad. El fruto en María, ya no es la manzana de aquel Paraíso perdido, sino el mismo Dios hecho carne. Ese mismo misterio de la Encarnación será, una vez más, entregado a todos los hombres para que sea el alimento definitivo. Por eso, vemos también en la Virgen el origen de la Eucaristía. A través de esa entrega sin condiciones, la Madre de Dios tuvo en su seno ese primer Sagrario, fruto de un amor total al Padre, y que hizo, en esa donación al Espíritu Santo, ser portadora de la única salvación posible para todos. Jesucristo, asumiendo la radicalidad de su condición humana, se hace comida y bebida para alcanzarnos la vida eterna… ¡Es de la misma sangre de María!, la Nueva Eva por la que obtenemos las primicias de la nueva creación.
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sábado, 27 de mayo de 2017

Casa del Verbo de Dios, ruega por nosotros (Mater Dei) 27052017

Casa del Verbo de Dios, ruega por nosotros

Narrando los inicios de Eva, el autor del Génesis no utiliza para ella el verbo crear, como hace para referirse a Adán, sino el verbo construir. Yahvé Dios construyó la mujer, como casa que había de albergar en sí la vida y la estirpe del hombre, pues el primer hogar de todo ser humano es el seno materno. La casa de Israel, la estirpe de David, la Jerusalén alabada como madre de todos los pueblos, no son sino ecos que prolongan en la historia el misterio de aquella maternidad física y espiritual de la Eva de los primordes.
Pensando en María, construyó Dios el misterio de aquella maternidad de la primera Eva. También Ella fue construida por Dios como casa y hogar de la verdadera vida divina, la del Verbo hecho carne, anticipando así lo que un día había de ser el seno de la Iglesia Madre, albergando en sí la vida eucarística del Verbo hecho pan y vino sobre el altar. La Iglesia es ahora la Esposa Madre que ofrece a los hombres aquella misma vida divina que se hizo carne en la carne y sangre de María. Algún día, en la verdadera y definitiva casa, en aquella Jerusalén celeste que es el verdadero seno virginal y fecundo que encierra desde siempre la vida y gloria divinas.
La maternidad de María es un signo, en la carne y en el alma, de aquel deseo eterno de Dios de poner su morada definitiva en el hombre. El Verbo hecho carne puso su morada en María para que el hombre pudiera entrar en esa misma morada a contemplar y encontrarse con la vida del Verbo.

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viernes, 26 de mayo de 2017

Modelo de la Iglesia orante, ruega por nosotros (Mater Dei) 26052017

Modelo de la Iglesia orante, ruega por nosotros

A la Virgen se la denomina Esposa de Dios Espíritu Santo, ya que ella es la “llena de gracia”. Sin embargo, esos desposorios alcanzaron su cénit cuando, junto a la Cruz de Jesús, fue testigo de predilección de ese manar sangre y agua del costado de Cristo. La tradición nos dice que ese hecho singular significaba el nacimiento de la Iglesia. María, unida a los méritos de su Hijo, engendró en su seno la semilla de todos aquellos que serían devueltos a la vida de la gracia. Ella, la nueva Eva, ya es la Madre de la Iglesia, donde cada uno de nosotros, renacidos por el agua y el Espíritu, vamos experimentando la fuerza sobrenatural que nos alcanza en virtud de su maternidad.
María, con su perseverante oración, sostuvo la incredulidad de aquellos discípulos que, en el cenáculo, aguardaban la llegada del Paráclito. Esas lenguas de fuego que impregnaron los corazones de los apóstoles con la fuerza y el poder de Dios, sólo fueron posibles gracias a la medicación de María, Esposa del Espíritu Santo, Madre y modelo de la Iglesia.
La Iglesia, Esposa de Cristo, tiene firme su mirada en María, Madre de Dios y Madre nuestra. Ella es modelo de fe, esperanza y caridad para cada uno de los hijos de la Iglesia, y en Ella alcanzamos el beneplácito de Dios, porque intercede por nosotros hasta el fin de los tiempos. La Virgen es fuente de la misericordia de Dios, por eso, la ternura de Dios es tan asequible al corazón más sufriente. Acude a Ella en todo momento, y volverás a respirar la paz que sólo puede provenir de un alma que confía en su maternidad omnipotente.

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jueves, 25 de mayo de 2017

Madre de la luz, ruega por nosotros (Mater dei) 25052017

Madre de la luz, ruega por nosotros

La noche de la Vigilia Pascual, alrededor de un fuego, el pueblo de Dios espera expectante que el cirio, significando a Cristo, quede prendido por la llama de su Resurrección. Cristo es la Luz del mundo, la que agosta las tinieblas del pecado y de la muerte, devolviendo al Padre la claridad de la reconciliación definitiva.
La Virgen María, Madre de Dios, es, por tanto, también la Madre de la Luz. Cuando un alma está en gracia todo es luz y resplandor. Todas las cosas quedan irradiadas con la fuerza de lo que no tiene nada que esconder, pues la verdad de su luminosidad hace que todo sea atraído hacia esa luz como el imán más poderoso. María, como una estrella en la noche, ilumina nuestros naufragios cotidianos. Hace que Cristo sea el faro de nuestro desaliento, para retomar, una vez más, desde el seno materno de la Virgen, nuestro regreso a la casa del Padre.
Sellada con el beso de Dios, la maternidad de María, es también luz para los que, huérfanos y atribulados, y acosados por nuestros pecados, buscamos un rayo de ese sol que nos haga recomenzar, con denodada esperanza, nuestra filiación divina. Somos pecadores, sí, pero María ilumina nuestra oscuridad para ser refugio donde descansar ese día a día que, entre cansancios y fracasos, nos abre su maternidad, y así experimentar, ya para siempre, la Luz de ese Cristo que lleva en sus entrañas. Vuelve tu mirada al rostro de María, y cada acontecimiento de tu vida será luz que alumbre a tantas almas necesitadas de la claridad de Cristo.

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miércoles, 24 de mayo de 2017

Madre de Jesús, orando con los apóstoles, ruega por nosotros (Mater Dei) 24052017

Madre de Jesús, orando con los apóstoles, ruega por nosotros

La imagen de la Madre de Dios, orando junto a los apóstoles, a la espera del Espíritu Santo en Pentecostés, se ha retratado multitud de veces. Antes, desde la oración en el Gólgota hasta la espera de la Resurrección de Jesús, debieron ser horas de una gran tensión interior. Toda una vida de entrega al plan de Dios, todas las potencias del entendimiento y la voluntad puestas a disposición de la providencia divina. Esa disponibilidad era la que necesitaba Dios para realizar su obra redentora. Jesús, una vez resucitado, se manifiesta a los suyos en cuerpo glorioso, y le pueden ver y tocar. Fueron días de gozo, de expansión interior, y de confirmar la autenticidad de sus palabras y obras. Sin embargo, llega la hora de la despedida. El Señor asciende al Cielo, prometiéndoles la venida del Paráclito, el Consolador que habría de confirmarles en la fe para llevar a cabo la evangelización de su obra al mundo entero.
Sorprendemos a estos discípulos de Jesús reunidos, una vez más, en el cenáculo. En medio de ellos, como una fuerza arrebatadora, se encuentra la Virgen orante. Pío XII, con motivo de la proclamación del dogma de la Asunción, dirá que la poderosa oración de María avivó la fuerza de esa Iglesia naciente, pues su intercesión fue necesaria para fortalecer la fe de los apóstoles. Ella, Esposa del Espíritu Santo, oraba e imploraba la llegada del fuego del amor de Dios para que, aquellos que debían ser portadores de la Palabra de Cristo ante el mundo, inundara sus tibios corazones con la certeza de que nunca ya fueran abatidos. Tú y yo, que somos hijos de Dios, llamados también a ser sus apóstoles, ¿vamos a sucumbir ante el ambiente o la mediocridad de nuestra vida, cuando también estamos fortalecidos con aquella misma oración de María que favoreció el poder de la Iglesia?

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Tú, que creyendo esperaste la resurrección, ruega por nosotros (Mater Dei) 23052017

Tú, que creyendo esperaste la resurrección, ruega por nosotros

María Magdalena la que se encontró con el sepulcro abierto el día de la Resurrección, cuando fue al sepulcro a embalsamar el cuerpo de Jesús. El amor al Maestro sostenía aquella fidelidad de los últimos momentos, aunque todos, incluso sus más íntimos, habían huído de Él. Así son las cosas que nacen del verdadero cariño, y que sólo entienden los enamorados; cosas que no llegan a entenderse mientras se piense que, para querer a alguien, es necesario recibir algo a cambio.
El amor de la Virgen Madre a su Hijo es también cosa de enamorados. Ella, más que nadie, también en esos últimos momentos del Señor, “esperó contra toda esperanza”. El sostener al Hijo entre sus brazos, una vez lo descendieron de la Cruz, debió ser la mayor experiencia de un amor sufriente que pudiera soportar una madre. Incluso, en ese instante, María debió gritar en su interior al Padre Dios: “¡Muero de dolor, pero me fío de Ti!”. Ella cumplía aquella entrega del hijo que Abraham no completó. Era el cumplimiento definitivo del amor de Dios llevado hasta el culmen, donde sólo la “llena de gracia” podría soportar. 
Una piadosa tradición nos dice que la Virgen Madre fue la primera a quien se apareció el Señor resucitado. Cuesta creer que no fuera así, puesto que Ella llevó en su seno el signo del Verbo encarnado, anticipando en ese nacimiento el triunfo de Dios sobre la muerte y el pecado. ¡Cuánta justicia cumplida en ese abrazo del cuerpo resucitado de Cristo al de María, su Madre, que hizo de su fe también motivo para anticiparse a la gloria de Dios sobre el mundo! El “pequeño” universo de María, lejos de ser sepulcro cerrado, era el seno virginal de una madre que hizo donación de su Hijo para la salvación de la humanidad.

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lunes, 22 de mayo de 2017

Tú, que amamantaste al Hijo de Dios, ruega por nosotros (Mater Dei) 22052017

Tú, que amamantaste al Hijo de Dios, ruega por nosotros

“¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!”. Nos cuenta san Lucas que una mujer alzó la voz entre la gente para soltar semejante piropo al Señor. No tardó mucho Jesús en rectificar la intención de semejante finura de la susodicha señora, para recordarle que, “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”.
Ahora bien, lo que sí es cierto es que María, su Madre, debió amamantarle en las primeras semanas de su vida en la tierra. Perfecto Dios, pero perfecto también en la humanidad. Y de esta normalidad en lo humano, gracias a Dios, Jesús no se privó en nada, excepto en el pecado como nos recordará san Pablo. Lejos de falsos escrúpulos que pueden hacernos una idea anormal y extraña, Dios abandonó a su Hijo a lo más cotidiano y exigente que puede suponerse el estar sometido a la condición humana. Así nos lo dice también san Lucas, cuando después de que Jesús fue encontrado en el Templo por sus padres, a la edad de doce años, nos recuerda que toda la vida oculta del Señor, cerca de treinta años, consistió en progresar en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres… es decir, en vivir con normalidad su crecimiento y educación, junto a María y a José.
Ahora sólo hace falta, que tú y yo nos fiemos más del Señor, confiando en que María renueve nuestra pureza de corazón. Que nuestra vocación beba del amor de Dios que, a su vez, se alimentó de ese virginal pecho de María, Madre de Dios y Madre nuestra

Tú, que permaneciste intrépida junto al altar de la Cruz, ruega por nosotros (Mater Dei) 21052017

Tú, que permaneciste intrépida junto al altar de la Cruz, ruega por nosotros

La valentía no es cuestión de voluntarismo. Demostrar lo que uno es capaz de llevar a cabo, sólo a fuerza de puños, no es argumento para que otros confíen en nosotros. Cuanto más creemos que nuestro arrojo y coraje son fruto del ejercicio de nuestra voluntad, más nos equivocamos y equivocamos a otros. En cambio, hay una valentía que está más allá de nuestros límites, humanamente inexplicable, porque la recibimos de Dios. Toda la vida de María fue una entrega confiada a la voluntad de Dios, no a la suya propia. Ahí está la paradoja: que, con su abandono a la gracia divina, María vivió como nadie esa libertad propia de los que viven en la intimidad de los hijos de Dios.
La Virgen estuvo junto a la Cruz de su Hijo. No de manera hierática, o como un convidado de piedra. Su sufrimiento y su dolor no eran óbice para permanecer con una fidelidad inimaginable ante la muerte de su Hijo. La valentía de la Virgen, fruto de la gracia de Dios que inundaba su alma, hizo que su amor se anticipara a cualquier condicionamiento humano. Ella estaba allí, y el Espíritu Santo, como a Aquel que permanecía en el ara del suplicio, llenaba su alma de una fortaleza que sólo provenía de Dios.
Cuántas veces nos cuesta dar testimonio de nuestra fe, porque nos acomplejamos por la opinión de la mayoría, por el qué dirán, por los respetos humanos. Pero, más allá de esas circunstancias que tanto nos condicionan al actuar, poseemos el don de la fuerza del Espíritu Santo, que nos da la valentía sobrenatural necesaria para testimoniar a Dios allí donde estemos. Fiarnos de Él es actuar con la certeza de que el Señor ha depositado en nuestros corazones una valentía que no es fruto de nuestros esfuerzos, sino del amor que nos tiene.