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martes, 18 de agosto de 2020

La Asunción de María y Napoleón: Munilla explica «cómo Dios nos da muchas lecciones en la historia» 16 agosto 2019

La Asunción de María y Napoleón: Munilla explica «cómo Dios nos da muchas lecciones en la historia»


Munilla pronunció una homilía en la que mostró como Dios nos habla también a través de la historia
Munilla pronunció una homilía en la que mostró como Dios nos habla también a través de la historia
El obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, celebró este juves la Eucaristía en la festividad de la Asunción de la Virgen en la basílica de Santa María de la capital guipuzcoana. Durante su homilía, el prelado vasco recordó un acontecimiento histórico relacionado con esta fiesta mariana para recalcar la importancia de conocer lo ocurrido en el pasado, porque “la historia es sabía” y para “aquellos que quieren aprender humildemente enseña muchas cosas”.
Monseñor Munilla comenzó su homilía recordando que este 15 de agosto se cumplían 250 años del nacimiento en Córcega de Napoleón Bonaparte, que a la postre fue el instrumento utilizado para hilvanar un sermón que inicialmente pudo sorprender a algunos feligreses.
Los dos amores
Antes de introducirse de lleno entre la relación entre Napoleón y la fiesta de la Asunción, el obispo de San Sebastián quiso recordar también una explicación de San Agustín que habla de “dos amores que dieron a luz dos ciudades: el amor propio dio a luz una ciudad terrena en la que el deseo de poder es capaz de crear esclavitudes y sufrimientos. Querer ser el centro del mundo, el ombligo del mundo, supone aplastar a los demás. Pero hay otro amor, que es el amor a Dios, que es capaz de escribir páginas maravillosas que pueden llevar a la entrega de nuestra vida a los demás”.
Munilla recordó que esta batalla “entre los dos amores está ocurriendo ahora dentro de nosotros”, no es algo ajeno o lejano a uno mismo.
Y entonces explicó el por qué aparecía Napoleón en su homilía. Este déspota que persiguió la fe y la Iglesia nació el mismo día de la Asunción, el 15 de agosto, y cuando ostentaba el poder en Francia derogó la fiesta de la Virgen para sustituirla por San Napoleón, una invención suya.
La profecía de Napoleón que nunca se cumplió
Napoleón quería acabar con el catolicismo, conquistó Roma y tuvo preso al Papa Pío VI y acuñó, explicó Munilla, la saeitilla de “Pío VI y último". Los cardenales que sobrevivieron lograron finalmente juntarse en Venecia donde eligieron a Pío VII, que también fue perseguido.
Sin embargo, el obispo recordó que “el Papa pudo volver a Roma y la profecía de Napoleón no se cumplió. Hoy en Francia no se celebra San Napoleón sino la Virgen de la Asunción”.
“Lo que es más hermoso es comprender y aprender que Dios nos da muchas lecciones en la historia”, recordó Munilla.
Resultado de imagen de napoleon
A su juicio, “la historia no es sólo es muy ignorada sino manipulada. Es maestra de la vida. Al final cuando va a fallecer, Napoleon llama a un sacerdote para ser confesado y pedir misericordia. En su entorno se generó escándalo y Napoleón pronunció: ‘¿por qué os sorprendéis? No sabéis que las saeitillas desafían todo pero solo los imbéciles desafían el misterio?’”.
El "yo" que se erige contra Dios
“La Madre, esa madre de Notre Dame de París, que hemos mirado conmovidos con el fuego, en la Revolución Francesa fue sustituida por la diosa razón para que se venerase en vez de la Virgen María. Hoy en día sin embargo no es así”, volvió a recordar el prelado.
Por ello, recalcó que “la historia es sabia, para aquellos que quieren aprender humildemente enseña muchas cosas”. De este modo, agregó que “lo que dijo San Agustín sigue aconteciendo hoy: un yo que se erige frente a Dios, una ideología del deseo que intenta imponerse sobre la naturaleza objetiva de las cosas o una concepción humilde que es capaz de reconocer en Dios la fuente última”.

lunes, 8 de mayo de 2017

¿Fue o no fue, Napoléon, Rey de España? 08052017

¿Fue o no fue, Napoléon, Rey de España?

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8 mayo 2017

 
            Napoléon I de España… No, la verdad es que como tal, no figura en lista alguna. En todas las que Vd. consulte, a Carlos IV le sucede por primera vez Fernando VII, y por segunda vez, José I Bonaparte, a quien por otro lado, sucede en el trono Fernando VII, que ya había sucedido a su padre Carlos IV… un lío, ¿verdad? Pero en ningún caso Napoleón Bonaparte. Ahora bien, ¿realmente no fue rey de España en ningún momento el Emperador de los franceses?
 
            Esa es la pregunta que me formulo hoy, a la que, para dar una respuesta adecuada, habría que proceder al análisis de, por lo menos, cinco documentos históricos que nos son bien conocidos.
 
            El primero es la abdicación que el 7 de mayo de 1808 en el castillo de Marracq, en Bayona, realiza Fernando VII en la persona de su padre, porque así se lo impone Napoleón, verdadero protagonista de los hechos que vamos a relatar. A los efectos, y aunque se salga del tema que tratamos aquí, valga decir que el 19 de marzo del mismo año 1807, el rey felón, Fernando VII, había destronado a su padre en el episodio histórico que se conoce como el Motín de Aranjuez. Pues bien, dicha abdicación, que conocemos bien por la Gazeta de Madrid (verdadero BOE de la época) de fecha 13 de mayo, reza como sigue
 
            “En este día he entregado una carta a mi amado padre concebida en los términos siguientes: “Señor. Mi venerado Padre y Señor. Para dar a V.M. una prueba de mi amor, de mi obediencia y de mi sumisión, y para acceder a los deseos que V. M. me ha manifestado reiteradas veces, renuncio mi corona en favor de V. M. deseando que V. M. pueda gozarla por muchos años. Recomiendo a V. M. las personas que me han servido desde el 19 de marzo. Confío en las seguridades que V. M.me ha dado sobre este particular. Dios guarde a V. M. felices y dilatados años. Bayona 6 de mayo de 1808”.
 
            El segundo, que recoge la Gazeta del 20 de mayo, es la nueva abdicación que el 8 de mayo, un día después por lo tanto, realiza Carlos IV: si la primera había tenido lugar, como se ha dicho, el 19 de marzo tras los sucesos de Aranjuez en la persona de su hijo Fernando VII, ésta segunda recae en la persona de Napoleón. Reza así:
 
            “Hoy, en las extraordinarias circunstancias en que se me ha puesto y me veo, mi conciencia, mi honor y el buen nombre que debo dejar a la Posteridad, exigen imperiosamente de mí que el último acto de mi Soberanía únicamente se encamine al expresado fin, a saber, a la tranquilidad, prosperidad, seguridad e integridad de la monarquía de cuyo trono me separo, a la mayor felicidad de mis vasallos de ambos hemisferios.
            Así pues, por un tratado firmado y ratificado he cedido a mi aliado y caro amigo el Emperador de los franceses todos mis derechos sobre España e Indias; habiendo pactado que la corona de las Españas e Indias ha de ser siempre independiente e íntegra cual ha sido y estado bajo mi soberanía, y también que nuestra sagrada religión ha de ser no solamente la dominante en España, sino también la única que ha de observarse en todos los dominios de esta monarquía.
            Tendréislo entendido y así lo comunicareis a los demás consejos, a los tribunales del reino, jefes de las provincias tanto militares como civiles y eclesiásticas, y a todas las justicias de mis pueblos, a fin de que éste último acto de mi soberanía sea notorio a todos en mis dominios de España e Indias, y de que conmováis y concurran a que se lleven a debido efecto las disposiciones de mi caro amigo el Emperador Napoleón, dirigidas a conservar la paz, amistad y unión entre Francia y España, evitando des6rdenes y movimientos populares, cuyos efectos son siempre el estrago, la desolación de las familias, y la ruina de todos.
            Dado en Bayona en el palacio imperial llamado del Gobierno a 8 de mayo de 1808.
            Yo el Rey.”
 
            El tercer documento que nos interesa lo firma Napoleón el 25 de mayo, es decir diecisiete días después de la abdicación de Carlos IV, y lo publica la Gazeta el 3 de junio. En él se lee:
 
            “Napoléon, Emperador de los franceses, Rei de Italia y Protector de la Confederación del Rin etc. etc. etc.
            A todos los que la presenten vieren, salud.
            Españoles: después de una larga agonía vuestra nación iba a perecer. He visto vuestros males y voi a remediarlos. Vuestra grandeza y vuestro poder hacen parte del miío.
            Vuestros príncipes me han cedido todos sus derechos a la corona de las España: Yo no quiero reinar en vuestras provincias, pero quiero adquirir derechos eternos al amor y al reconocimiento de vuestra prosperidad.
            Vuestra monarquía es vieja: mi misión se dirige a renovarla; mejoraré vuestras instituciones y os haré gozar de los beneficios de una reforma, sin que experimentéis quebrantos, desórdenes ni convulsiones.
            Españoles, he hecho convocar una asamblea general de las diputaciones de las provincias y de las ciudades. Yo mismo quiero saber de vuestros deseos y vuestras necesidades.
            Entonces depondré todos mis derechos, y colocaré vuestra gloriosa corona en las sienes de otro Yo mismo, asegurándoos al mismo tiempo una constitución que concilie la santa y saludable autoridad del Soberano con las libertades y los privilegios del pueblo.
            Españoles: acordaos de lo que han sido vuestros padres y mirad a lo que habéis llegado. No es vuestra la culpa sino del mal gobierno que os regía. Tened suma esperanza y confianza en las circunstancias actuales; pues yo quiero que mi memoria llegue hasta vuestros últimos nietos y que exclamen: Es el regenerador de nuestra patria.
            Dado en nuestro palacio imperial y real de Bayona a 25 de mayo de 1808. Firmado el Emperador”
 
            El cuarto documento es un decreto de 11 de junio que recoge la Gazeta de 14 de junio.
 
            “Ilmo. Sr. En el decreto original adjunto remitido a la suprema junta de Gobierno por medio del Sermo. Sr. Gran Duque de Berg, lugarteniente general del reino, se ha dignado S.M.I. y R. el Emperador de los franceses y Rei de Italia nombrar Rei de España y de las Indias a su augusto Hermano Josef Napoleón actualmente Rei de Nápoles y de Sicilia y lo remito a V. S. I de orden de S.A.I. y de acuerdo con la suprema junta de Gobierno, para que el consejo lo cumpla, imprima publique y circule inmediatamente […] Palacio 11 de junio de 1808”.
 
            Y el quinto documento es el llamado Estatuto de Bayona que una junta de notables constituída en Bayona que nunca superará el centenar de componentes, jura el 7 de julio al mismo tiempo que jura fidelidad a José Bonaparte, nuevo rey de España como José I. Reza su introducción como sigue:
 
            “En el nombre de Dios Todopoderoso: Don José Napoleón, por la gracia de Dios, Rey de las Españas y de las Indias: Habiendo oído a la Junta nacional, congregada en Bayona de orden de nuestro muy caro y muy amado hermano Napoleón, Emperador de los franceses y Rey de Italia, protector de la Confederación del Rhin, etc.
            Hemos decretado y decretamos la presente Constitución, para que se guarde como ley fundamental de nuestros Estados y como base del pacto que une a nuestros pueblos con Nos, y a Nos con nuestros pueblos”.
 
            Y reza de la siguiente manera su revelador artículo 2º:
 
            “Art. 2. La Corona de las Españas y de las Indias será hereditaria en nuestra descendencia directa, natural y legítima, de varón en varón, por orden de primogenitura y con exclusión perpetua de las hembras. En defecto de nuestra descendencia masculina natural y legítima, la Corona de España y de las Indias volverá a nuestro muy caro y muy amado hermano Napoleón, Emperador de los franceses y Rey de Italia, y a sus herederos y descendientes varones, naturales y legítimos o adoptivos.”
 
            Vistos todos estos documentos, agrupamos los argumentos sobre el tema que nos ocupa, si Napoleón fue o no rey de España, en dos categorías: los contrarios a dicha tesis; y los favorables a la misma.
 
            En contra de la tesis según la cual Napoleón fue, efectivamente, rey de España, los siguientes argumentos:
 
            1º. En ninguno de los documentos que nos ocupa, Napoleón, que acostumbra a titularse “Emperador de los franceses, Rei de Italia y Protector de la Confederación del Rin etc. etc. etc.”, en ninguno, absolutamente ninguno, se declara él mismo, bastante propicio a otorgarse pomposas titulaciones, “Rey de España”.
 
            2º.- Tampoco en ninguno de los documentos firmados ni por Carlos IV el 7 de mayo, Fernando VII el 8 de mayo, o José I el 7 de julio, se otorga a Napoleón el tratamiento de “Rey de España”.
 
            3º.- En la carta que dirige a los españoles el 25 de mayo, declara expresamente: “Yo no quiero reinar en vuestras provincias”.
 
            4º.- En la abdicación que Carlos IV firma el 8 de mayo declara expresamente que ha pactado “que la corona de las Españas e Indias ha de ser siempre independiente e íntegra”. Si la condición de integridad no excluye a Napoleón, que bien podía titularse “rey de España y de las Indias” sin separar unos territorios de otros, la de independencia sí, pues para titularse rey de España debería haber renunciado al título de “Emperador de los franceses” y todos los demás con los que acostumbra a firmar, lo que no se presenta en ningún momento como la intención de general corso.
 
            No son pocos argumentos ni poco pesados. Comparémoslos ahora con los que obran a favor de su condición de rey de España.
 
            1º. En su abdicación de 7 de mayo Carlos IV declara “por un tratado firmado y ratificado he cedido a mi aliado y caro amigo el Emperador de los franceses todos mis derechos sobre España e Indias”. Una afirmación cuya primera interpretación no puede ser otra que la de verdadera transmisión de la corona bajo la forma de abdicación, nombre con el que, por otro lado, se conoce el documento: “Abdicación de Bayona”. Más aún cuando para realizar semejante acto de soberanía, ha sido necesario uno parecido realizado por su hijo en beneficio del padre. Bien es verdad que a esto se puede oponer que no es lo mismo ceder “los derechos” que ceder “la corona”. Aunque el caso no es idéntico, cabría incluso apelar al suceso acontecido mucho después, tanto como casi dos siglos después, cuando una vez ya instalado en el trono de España, Don Juan Carlos recibe de su padre, el Conde de Barcelona, la transmisión de los derechos dinásticos. Ahora bien, dicha separación conceptual entre “recibir la corona” o “recibir los derechos”, no parece ser compartida por Napoleón, que claramente identifica una cosa y otra cuando en la carta que dirige al pueblo español el 25 de mayo asevera: “Vuestros príncipes me han cedido todos sus derechos a la corona de las España: Yo no quiero reinar en vuestras provincias”.
 
            2º.- “Yo no quiero reinar en vuestras provincias”. Ya nos hallamos una vez más en esta importante afirmación rubricada por el propio Emperador. Es verdad que en su carta a los españoles de 25 de mayo Napoleón expresa que no quiere reinar en sus provincias. Ahora bien, ¿es exactamente lo mismo decir que “no quiero ser rey de los españoles” a decir “no soy el rey de los españoles”? A más a más, semejante afirmación, ¿no es como decir que, de hecho, “él es el rey de los españoles” aunque no lo quiera? En otras palabras, para decir “no quiero ser el rey de los españoles”… ¿no es necesario efectivamente serlo? Vd. y yo que indudablemente no somos reyes de España, jamás diríamos “no quiero ser el rey de España”. A lo sumo, suponiendo que fuera cierto, diríamos: “yo no querría ser el rey de España”.
 
            3º.- En el documento aportado de fecha 11 de junio, Napoleón expresa su voluntad y acción efectivamente ejecutada de “nombrar Rei de España y de las Indias a su augusto Hermano Josef Napoleón actualmente Rei de Nápoles y de Sicilia”, lo que dicho después de afirmar que no desea ser rey de los españoles, suena a verdadero acto de soberanía muy parecido al que practica un rey que abdica. Es verdad que existen fórmulas excepcionales para nombrar un rey distintas de la abdicación y la sucesión dinástica, de las que la historia de España es, por cierto, fecunda: valga como ejemplo el “Compromiso de Caspe” que elige a Fernando de Antequera (sin parentesco conocido con el autor de estas líneas) como rey de Aragón; la elección por las Cortes de Amadeo de Saboya; o la implantación en el trono de Juan Carlos I mediante la Ley para la sucesión de la Corona aprobada por las cortes franquistas. Pero lo normal, convengamos, es que a un rey lo nombre otro rey. Lo que adquiere particular relevancia cuando la decisión, como es el caso aquí, no es en modo alguno asamblearia, sino individual, indisimuladamente individual: “se ha dignado S.M.I. y R. el Emperador de los franceses y Rei de Italia nombrar Rei de España y de las Indias a su augusto Hermano Josef Napoleón”. 
 
            4º.- Entre las condiciones que José otorga a los españoles bajo la forma de Estatuto llamado de Bayona, el artículo 2º asevera que “en defecto de nuestra descendencia masculina natural y legítima, la Corona de España y de las Indias volverá a nuestro muy caro y muy amado hermano Napoleón, Emperador de los franceses y Rey de Italia”, lo que es una afirmación en toda regla de que de él viene, que de él se recibe y que, consecuentemente con todo ello, a él “volverá”.
 
            Y bien, amigos, esto es todo por hoy. Aquí quedan los argumentos para que Vds. juzguen cuáles son los de mayor peso. Yo me limito a exponerlos dejando en Vds. la inquietud de la cuestión, sin pronunciarme expresamente por ninguna de las dos hipótesis y conformándome con exponer a Vds. los presupuestos de hecho desde los cuales se puede proceder a una evaluación de la misma.
 
            Que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.
 
 
            ©L.A.
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martes, 20 de diciembre de 2016

Napoleón y Dios: él estudió en una escuela franciscana, ¿qué le alejó, entonces, de la fe? 20122016


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«Napoleón: una vida», de Andrew Roberts, una biografía definitiva

Napoleón y Dios: él estudió en una escuela franciscana, ¿qué le alejó, entonces, de la fe?

Napoleón y Dios: él estudió en una escuela franciscana, ¿qué le alejó, entonces, de la fe?
Napoleón tuvo el mayor y mejor ejército que el mundo había visto... pero para tener a Dios tuvo que volver a ser pequeño y enfermo

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20 diciembre 2016
Quien busque una buena biografía o libro de historia contundente para leer o regalar estas Navidades puede apostar por Napoleón: una vida, de Andrew Roberts, que gustará a cualquiera que haya disfrutado leyendo a otros divulgadores ingleses de pluma ágil como Paul Johnson o Tom Holland.

Desde niño Napoleón quiso ser otro Alejandro Magno, más aún, otro Julio César. Todo lo que le movió en su vida –que no fue larga: 51 años, los últimos seis preso en Santa Elena- fue llegar a ser “grande”, y en todo lo que pudo imitó a César. Según su modelo, reconvirtió una república caótica en un Imperio.

Incansable autor de cartas
Napoleón fue un trabajador incansable, que dormía poco y dictaba infinidad de cartas, incluso mientras se bañaba, a su ejército de secretarios. Se han conservado 30.000 de ellas y en ellas ha buceado Roberts para describir la mente y el corazón de Bonaparte.

Ningún tema le parecía pequeño ni se escapaba de su supervisión directa: mientras organizaba la invasión de Rusia tenía tiempo para escribir a un párroco de pueblo regañándole por un sermón flojo en el día de su cumpleaños (que era la Asunción, el 15 de agosto) o cuestionaba la calidad de las tazas de té de uno de sus palacios.

Amoríos, batallas, motivaciones
El libro tiene 890 páginas, aunque 140 son índices, notas y anexos. Se lee con agilidad y a veces con humor, y puede considerarse la biografía definitiva de Napoleón.

Cubre con amplitud su personalidad y motivaciones, sus amoríos (tuvo al menos 20 amantes), sus batallas y campañas (cada una descrita con detalle suficiente para los que disfrutan la historia militar), su vida cotidiana y el trato con sus colaboradores.


Napoleón, una vida, de Andrew Roberts: 740 páginas
de acción y peripecias históricas, a veces desconcertantes


El individuo, no fuerzas ciegas, hace la Historia
El historiador inglés, que durante 740 páginas critica los errores de Napoleón y algunas de sus crueldades ocasionales, pero que en general se muestra admirado por su personalidad y logros, concluye: “Su vida y su carrera contradicen los análisis deterministas de la historia, que explican los acontecimientos basándose en imparables fuerzas impersonales y minimizan el papel que juegan los individuos. Como el guardamarina George Home expuso en sus memorias: ‘nos enseñó lo que puede alcanzar una pequeña criatura humana como nosotros en tan poco tiempo’. ¿Napoleón el Grande? Por supuesto”, concluye Andrew Roberts.



Llegó a general a los 24 años y reestructuró Francia para que pudiera funcionar como un ejército: una meritocracia con administración eficaz, aunque él quería controlar mil detalles en persona. Participó en 60 batallas y asedios, y sólo perdió en 7.

Roberts lo considera “el último y mayor de los déspotas ilustrados” y, con Goethe, afirma que fue “la Ilustración a caballo”.

Contra las chaladuras revolucionarias
En 1804 se proclamó “Emperador de la República Francesa” y nadie osó señalarle la contradicción. Enseguida eliminó las distintas chaladuras revolucionarias, como el absurdo calendario revolucionario impuesto en 1792 (lo eliminó al acabar 1805), retornando el calendario gregoriano, con sus connotaciones cristianas, o los hinchados e hipócritas cultos "al Ser Supremo” o "a la Diosa Razón", que se desinflaron en cuanto sopló sobre ellos.

Se acabó el Terror: en todos sus gobiernos, sólo 4, quizá 5 personas, fueron ejecutadas por razones directamente políticas en Francia (descontando casos claros de intento de magnicidio).

Eliminó el Sacro Imperio Romano-Germánico y la Orden de Malta como entidad político-militar. Aunque en cierto momento reintrodujo la esclavitud en las colonias americanas en el Caribe y apoyó una cruelísima guerra de conquista en Haití, la abolió finalmente en 1815 y reconoció que la guerra haitiana fue innecesaria.

Su código legal y administrativo pervive
El Código Napoleónico que creó es la base de gran parte del derecho europeo. Hay 40 países por todo el mundo con sus principios.

Sus puentes, embalses y desagües en el Sena siguen usándose hoy. La Cámara de Cuentas que creó para auditar impuestos y combatir la corrupción sigue funcionando con eficacia. Los liceos que puso en marcha siguen ofreciendo una educación excelente y el Consejo de Estado sigue reuniéndose los miércoles como él estableció.

4 millones de muertos, un 25% civiles
El libro de Roberts combina la historia y las anécdotas con los números. Las Guerras Napoleónicas costaron 3 millones de muertos militares (la mayoría por enfermedades y frío) y 1 millón de muertos civiles. De ellos, 1.400.000 eran franceses. Cada año las batallas eran más sangrientas, contaban con más y más cañones que causaban más víctimas y las campañas movilizaron ejércitos de tamaños que nunca antes se habían visto.

En 1812 Francia –con sus satélites- tenía en armas un ejército de 1 millón de soldados. La invasión de Rusia contaría con 615.000 hombres, 250.000 caballos, 25.000 vehículos… nunca antes una fuerza invasora fue tan grande. El Imperio Napoleónico tenía 71 millones de habitantes, y sólo 27 millones eran franceses.

Pero, como dice Jesucristo (Mc 8,36) y como recordó Santo Tomás Moro en su juicio: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo si pierde su alma?” Vale la pena hablar algo del alma de Napoleón y su relación con la Iglesia y la fe.

Estudió en un colegio de franciscanos
Napoleón nació en una familia socialmente católica de la baja nobleza en Córcega. En casa hablaban corso (una variante cercana al italiano genovés) y en el colegio escribía y hablaba en italiano. A los 9 años lo enviaron a aprender francés -y a afrancesarlo en todos los sentidos, con éxito absoluto- a Borgoña, en unos cursos que incluían clases de religión del obispo de Autun. Ya entonces el padre Chardon, director de su escuela, lo veía como un niño pensativo y melancólico, sin amigos. En pocos meses dominó el francés hablado. Nunca llegó a  escribirlo a la perfección pero en la época no importaba mucho y como magnatario tuvo muchos secretarios a los que dictar.

Después, ingresó en una academia militar para jóvenes destinados a ser oficiales, administrada por frailes franciscanos. Los hijos de San Francisco educaron al que sería gran conquistador en diversas materias no militares: idiomas, geografía, latín... destacó en matemáticas. Las asignaturas bélicas las impartían militares.

¿Los paganos virtuosos van al Infierno?
Él ya había leído las vidas de César y Alejandro en Córcega. A los 11 años en Brienne tenía que hablar en un examen oral de los 4 milagros más importantes de Cristo. De esa fecha Napoleón escribió años después: "Me escandalizó escuchar que los hombres más virtuosos de la Antigüedad arderían por siempre por no haber seguido una religión de la que ni siquiera habían oído hablar".

Así los franciscanos y la fe cristiana perdieron a Napoleón cuando tenía 11 años: por no reconocer o al menos no explicar claramente -como sí reconoce hoy la Iglesia, véase Dominus Iesu 20 y 21- que Cristo puede salvar, de formas misterioras, a los paganos que no lo conocen. No es una causa tan inusual para perder la fe: al historiador Tom Holland le pasó algo parecido en pleno siglo XX, y solo en el s.XXI ha replanteado su visión (ReL lo cuenta aquí).

A los 15 años murió su padre y el Napoleón adolescente se negó a recibir palabras de consuelo de los sacerdotes de Brienne. Poco después, escribió un texto -que nunca publicaría- acusando al cristianismo de permitir la tiranía al ofrecer la vida eterna, como una forma de adormecer al pueblo. Es decir, el "opio" que diría Marx. Pero cuando él llegó al poder enseguida recurrió a ese "opio" para aportar orden y estabilidad al país.

Roberts considera probado que siempre fue vagamente deísta y nunca -excepto quizá en sus días finales- creyó en la divinidad de Cristo. Nunca le interesó Cristo ni quiso parecerse a Cristo: él quiso parecerse a César.

Alguna vez se le vio persignarse antes de una batalla. No era cobarde: acudió a muchas contiendas y las balas de cañón explotaban a sus pies.

"Yo rindo tributo al Corán": propaganda para musulmanes
Ya siendo un jovencísimo general, en su invasión a Egipto, intentó seducir al pueblo musulmán con escritos floridos en los que poco menos sugería que él podía ser el "mahdi", el líder profetizado de los últimos tiempos del Islam. "Venimos a castigar a los usurpadores, yo rindo tributo a Dios, a su Profeta, al Corán; ¿no acabamos nosotros con los Caballeros de Malta, esos necios que pensaban que era voluntad de Dios luchar contra los musulmanes?" Pero esas proclamas eran mera propaganda.

Bajo el Directorio, contra Pío VI
En 1796, como general de la Francia revolucionaria y ferozmente anticlerical, Napoleón venció a una alianza de austriacos y fuerzas papales e italianas. Firmó una paz que le permitía llevarse 100 obras de arte y 500 manuscritos de los Museos Vaticanos a París. En otro tratado con Pío VI en 1797 le sacó a los Estados Pontificios 30 millones de escudos. Escribió al Directorio que gobernaba Francia que "Treinta millones valen para nosotros diez veces más que Roma, de donde no hubiésemos sacado ni cinco millones... Esa vieja máquina se descompondrá ella sola".

Al año siguiente creó en los Estados Pontificios la República Romana, legalizó el matrimonio civil y el divorcio, cerró monasterios y confiscó propiedades eclesiales.

Los franceses arrestaron al anciano y casi paralizado Pío VI, de 81 años, y se lo llevaron a Francia. El Papa murió por el camino en Valence-sur-Rhône perdonando a sus enemigos. El prefecto de la ciudad escribió en el registro de defunciones: «Falleció el ciudadano Braschi, que ejercía profesión de pontífice». Muchos periódicos titularon: «Pío VI y último». No podían imaginar que vendrían otros 6 "Píos" y muchos más Papas.


 El Papa Pío VI murió a los 81 años, deportado por
los franceses; decían que sería "el último"


Cuando Napoleón tuvo el poder
En 1800, con 31 años, Napoleón ya era el hombre fuerte de Francia con poder para hacer y deshacer. Acabó con el bandolerismo y las milicias realistas. También acabó con el anticlericalismo republicano y los extremistas jacobinos. Quitó los bonetes rojos de los campanarios, se pudo volver a hablar de "monsieur y madame" (desde 1792 solo se permitía "ciudadanos y ciudadanas") y volvieron a celebrar las fiestas de Semana Santa y Navidad, que los revolucionarios franceses habían prohibido.

Tras conquistar Milán en 1800, recibió a doscientos sacerdotes católicos italianos y les dijo que "el catolicismo es especialmente favorable para las instituciones republicanas. Yo mismo soy filósofo, y sé que en toda sociedad ningún hombre es considerado justo y virtuoso si no sabe de dónde viene ni a dónde va. La simple razón no le puede guiar en este asunto. Sin religión siempre se camina en la oscuridad". Él siempre estaba dispuesto a adoptar la fe necesaria para lograr triunfos sociales.

Mientras tanto, en los territorios que conquistaba implantaba la tolerancia religiosa, que en zonas italianas podía beneficiar a protestantes, en zonas alemanas a católicos y en todas partes a los siempre discriminados judíos. Las leyes de tolerancia religiosa que implantó se mantuvieron tras su caída en la mayoría de territorios.

"El pueblo" vota tener Emperador
En 1804 Napoleón decidió ser Emperador . Lo sometió a votación a "la Nación francesa", que “votó” (por 3,5 millones de votos a favor y solo 2.500 en contra) que sí, que todos querían un Imperio hereditario a cargo de los Bonaparte. La expresión votaciones "a la búlgara" -nacida en la época soviética, por su unanimidad amañada- debería llamarse "votaciones a la francesa", que fue el país que las empleó antes.

Para fundar un Imperio había que copiar rituales de la época de Carlomagno y se necesitaba que el Papa participase. La coronación no fue en Roma, sino en París: allí acudió el Papa Pío VII. "Napoleón ordenó a sus oficiales que lo tratasen como si contase con el respaldo de 200.000 soldados, uno de sus mayores cumplidos", escribe Roberts.

Además, desde 1796 Napoleón estaba casado con Josefina por el rito civil de la República, pero para la Iglesia eso era mero concubinato, al ser ambos bautizados. El día antes de la coronación, el cardenal Fesch –un medio tío de Napoleón, que llegó a cardenal por sus presiones- les casó católicamente. Años después, para casarse con Maria Luisa, princesa de Austria, Napoleón tendría que esforzarse para argumentar que fue un matrimonio nulo.

La coronación buscaba demostrar el acomodo entre la Iglesia y el Imperio después de años de persecución e inseguridad. El arzobispo de París recibió a Napoleón y Josefina a la entrada de Notre Dame, les salpicó con agua bendita, después el Papa Pío VII le ungió la frente tres veces con óleo bendito… pero aunque se imitaba a las coronaciones católicas, Napoleón ni se confesó ni comulgó, algo que sí hacían los monarcas católicos en este tipo de ceremonias.


   Napoleón, en Notre-Dame, corona a Josefina y se corona a sí mismo;
el Papa Pío VII le ungió y les bendijo


Él llevaba una corona de laureles que evocaba al Imperio Romano, y levantó con sus propias manos sobre su cabeza una corona copia de la de Carlomagno (la verdadera la tenían los austriacos y no se la dejaban). Esto lo había pactado también con el Papa: otra diferencia con el rito habitual, en que el Papa era quien coronaba. Luego Napoleón puso una coronita a Josefina y el Papa los bendijo.

Prosiguió la misa, y al finalizar Napoleón juró “mantener la integridad territorial de la República, respetar y hacer respetar las leyes del Concordato [con la Santa Sede] y la libertad de culto y de libertad política y civil, la irreversibilidad de la venta de los bienes nacionales [confiscados por los revolucionarios a clero y nobleza]…”

A los pocos meses Napoleón fue a la catedral de Milán y se autocoronó Rey de Italia (un título nuevo inventado por él) ante 8 cardenales y 30.000 asistentes, usando la Corona de Hierro de Lombardia que contiene –se supone- metal de los clavos de Cristo. “Dios me la concede, maldito sea el que la toque”, proclamó. Palabras muy solemnes de su completa invención.

El agosto de 1803, mientras preparaba la batalla de Austerlitz, decretó la nulidad de cualquier prohibición de bailar cerca de las iglesias porque, escribió, “bailar no es malo, si creyésemos todo lo que dicen los obispos prohibiríamos los juegos de pelota, los divertimentos y las modas y el Imperio se convertiría en un gran convento”.

Pío VII, en defensa del matrimonio 
En 1805 las relaciones con el Papa Pío VII se hundieron por la misma razón que Enrique VIII en Inglaterra en el siglo XVI: no le concedió una nulidad matrimonial. Quería anular el matrimonio de su hermano Jerónimo con una plebeya norteamericana -aunque estaban enamorados y se querían mucho- para casarlo con una princesa y nombrarle rey de Westfalia.

El Papa no cedió, se pelearon y cuatro años después Napoleón se anexionó los Estados Pontificios –también para bloquear el comercio británico- y se llevó al Papa prisionero 6 años a Francia, con media hora para preparar las maletas. Ese mismo año de 1809 el Papa declaró excomulgado a Napoleón, lo cual no le ayudaría nada en su trato con italianos y, mucho menos, con españoles y portugueses.

Pese a sus años preso, Pío VII devolvió más adelante bien por mal: cuando a partir de 1815 nadie quiso saber nada de los Bonaparte, el Papa acogió a la madre y a varios hermanos y sobrinos de la familia.

Además, tras esos años de cautiverio, Pío VII se convirtió en un activista contra la esclavitud y logró que las potencias europeas declarasen abolida esta práctica en el hemisferio norte.


  Pío VII se mantuvo firme ante Napoleón en defensa
del matrimonio; Napoleón lo deportó y mantuvo
cautivo en Francia cinco años; años después, el
Papa acogió a la familia Bonaparte caída en desgracia


Destrozos en iglesias, sólo en España
En España las tropas napoleónicas son recordadas en muchos pueblos y ciudades por sus destrozos de iglesias y conventos, y lo cierto es que Napoleón, desde 1809, estaba excomulgado y era presentado por todo el clero español como un esbirro del demonio. Pero en casi toda Europa las tropas napoleónicas respetaron los espacios sagrados sin destrozos innecesarios, excepto cuando confiscaban oro en para financiar campañas. (Otra excepción fueron algunas conquistas italianas de finales del siglo XVIII bajo el Directorio revolucionario).

La guerra de España fue especialmente salvaje y violenta, Napoleón consideraba que la lucha contra las guerrillas era luchar contra “chusma” y permitía a sus tropas todo tipo de desmanes contra la población que colaboraba en ella. Napoleón nunca mostró interés por España ni su cultura, su historia ni sus grandes hombres, y lo cierto es que la inacabable guerra de España mantuvo siempre ocupados a unos 400.000 soldados que necesitaba desesperadamente en otros lugares. España y Rusia hundieron sus esperanzas de dominio europeo.

En 1815 Napoleón emprendió su aventura “de los Cien Días” que acabó en la batalla de Waterloo y causó en ese tiempo cien mil muertos en su bando y otros tantos en la alianza contraria. Se entregó a los ingleses pensando que lo tratarían mejor que los rusos, y que quizá lo alojarían en Londres, como un ciudadano más, pero lo enviaron a la desolada y lejanísima isla de Santa Elena. Ahí acababan sus ansias de ser como César.


  Napoleón hacia el exilio... hablaba de religión con el capellán anglicano del barco

Aprender a hacerse pequeño
Durante sus últimos cinco años de cautiverio tendría que aprender a “hacerse pequeño”. Quizá al final lo consiguió y quizá eso salvó su alma.

En el viaje a la isla habló con el capellán del barco sobre la religión anglicana, pero parece que ésta no le atrajo. En la isla acabó sus tomos biográficos, contando su versión de los hechos. También leía a Voltaire, Homero y a veces la Biblia. También jugaba con una muchachita, Betsy, la hija de 14 años del delegado de la Compañía de las Indias Orientales. “Era una amistad encantadora, improbable e inocente”, escribe Roberts.

Hizo testamento el 15 de abril de 1821. “Muero en la fe romana y apostólica en cuyo seno nací, hace más de 50 años”, escribió. El mes antes había hablado con el padre Buonavita, enviado por su tío cardenal, que transmitiría sus mensajes a su familia exiliada en Roma. En el testamento perdonaba a varios enemigos personales a los que consideraba traidores de Francia: “Que las posteridad en Francia les perdone como yo he hecho”. También perdonaba a otros parientes que le traicionaron claramente, como su hermana Carolina.



Recibió la extremaunción de manos del padre Angel-Paul Vignali. “El católico nominal que había declarado la guerra a un papa y mantenido cautivo a otro fue acogido de nuevo en el seno de la Iglesia poco antes de morir”, escribe Roberts.

(Puede conseguirse la biografía Napoleón, una vida aquí en OcioHispano)

Escena de la miniserie francesa Napoleón, de 2002, en la que Pío VII y el dignatario preparan la coronación y hablan del papel de la religión... Napoleón moriría 17 años después, despojado de todo poder, pero reconciliado con Dios
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