«Huérfanos de padre vivo»: la herida invisible que sufren muchos niños aunque su padre esté en casa
Una psicóloga y un sacerdote médico explican cómo la ausencia emocional del padre afecta al cerebro, la autoestima y hasta la relación de los hijos con Dios.

Definir la felicidad es una de las cuestiones más debatidas por la filosofía.
La psicóloga María José Mántica y el sacerdote y médico Álvaro Rocha Genie presentan El legado del padre (Campomanes Editores), una profunda obra que analiza cómo la figura paterna moldea el desarrollo de los hijos, la neurobiología del apego y el camino para reparar el vínculo familiar.
¿Qué huella deja un padre en sus hijos? Tradicionalmente, la sociedad ha medido el éxito de la paternidad en función del sustento material que aportaba a la familia. Sin embargo, la psicología del trauma y la neurociencia moderna demuestran que el verdadero legado de un padre reside en la calidad del vínculo afectivo que construye con sus hijos. El apego y la crianza con el padre constituyen el cimiento sobre el que se edifican la seguridad emocional, la salud física y la propia identidad a lo largo de toda la vida.
En El legado del padre. Apego paterno: presencia que cambia vidas (Campomanes Editores), que nace como una revisión ampliada del exitoso manual Papá, no sabes cuánto te necesito, la psicóloga María José Mántica y el sacerdote y médico Álvaro Rocha Genie combinan investigación científica, experiencia clínica y acompañamiento pastoral.
El libro toma su nombre de la conmovedora carta de un hijo que dice: «Papá: No sabes cuánto te necesito. Y no porque seas perfecto, sino porque eres mi papá».
Hablamos con los autores sobre la urgencia de rescatar esta figura en una sociedad marcada por las ausencias.

La psicóloga María José Mántica y el sacerdote y médico Álvaro Rocha Genie son los autores de "El legado del padre" (Campomanes Editores).
La neurobiología del apego y el desamparo infantil
- María José: Hablamos de resucitarla porque durante mucho tiempo se ha dejado en un segundo plano. Cuando se habla de crianza, casi siempre se piensa en la madre, y el padre queda como el que ayuda o el que trae el dinero. Y no es así. El padre aporta algo propio: ayuda al niño a regular sus emociones, a confiar en sí mismo y a ganar autonomía.
Todos sabemos que el bebé humano nace muy inmaduro. Un potrillo a las pocas horas ya se pone de pie. En cambio, nuestros hijos tardan un año en dar los primeros pasos, y casi siempre con mucha ayuda. Con las emociones pasa algo parecido: el bebé todavía es extremadamente vulnerable y tiene poca capacidad para calmarse por sí mismo; necesita urgentemente que alguien lo contenga. Por eso el contacto físico es tan importante. Cuando el padre lo toma en brazos, lo acuna o lo pone sobre su pecho, el niño va recibiendo el mensaje de que está a salvo. La piel con piel ayuda a regular la temperatura del bebé, su ritmo cardíaco y su respiración. El padre es el símbolo de esa fuerza y de esa seguridad que construyen la base del apego afectivo.
De hecho, una de las primeras palabras que pronuncia un bebé es, casi siempre, «papá». No se sabe del todo si tiene que ver únicamente con el desarrollo del lenguaje, pero nos hace pensar que es una manera intrínseca de decir «te necesito». La misión de este libro es hacer ver que el padre es completamente necesario.

El libro "El legado del padre" (Campomanes editores) donde se aborda la herida invisible que sufren muchos niños aunque su padre esté en casa.
P. Álvaro: Desde luego. En el padre también pasa algo fascinante a nivel neurobiológico: después de ese contacto físico estrecho le sube la oxitocina, que es la hormona del vínculo y además ayuda a rebajar los niveles de estrés. Y con el tiempo, cuanto más se involucra en cuidar a su hijo, más le baja la testosterona. Eso lo hace mucho más sensible a lo que necesita el bebé y lo inclina a protegerlo todavía más. Así, el acto biológico de cuidar a su hijo lo une profundamente a él.
Esto no es solo una función de la madre. Las madres suelen calmar más a través del contacto y el cobijo, y los padres lo hacen más a través del juego, pero los dos pueden hacer ambas cosas y el niño necesita de las dos. Donde el padre tiene un papel especial es en ayudarle a salir al mundo: lo anima a probar cosas nuevas, lo deja caerse y está ahí mismo para levantarlo. Cuando crece, el contacto sigue haciendo falta, aunque cambie la forma. Ya no es tenerlo en brazos en una cuna; puede ser una mano firme en el hombro, un abrazo cuando llega del colegio o un gesto de apoyo cuando algo le ha salido mal. El mensaje sigue siendo el mismo: estoy aquí, puedes estar tranquilo.
María José: El apego tiene una base clara en el cerebro, pero se construye en el trato cotidiano de cada día. El niño necesita sentirse querido y protegido. En el libro recogemos una expresión muy dura de la realidad clínica actual: hay niños que son «huérfanos de padre vivo». Su padre está físicamente en casa, cumple con sus obligaciones y trae dinero, pero no está con ellos de corazón ni se interesa por lo que les pasa.
Cuando eso ocurre, el niño no encuentra en su padre un lugar donde descansar y aprende a vivir en un estado de alerta constante. En hijos de padres ausentes o deprimidos —que están de cuerpo presente pero emocionalmente distantes— se ha comprobado científicamente que la amígdala, esa alarma cerebral del miedo, reacciona en exceso, y que la corteza prefrontal, la parte que ayuda a controlarse, madura peor. Por eso a esos niños les cuesta más calmarse y entender lo que sienten. Unos se vuelven agresivos y otros se encierran en sí mismos o viven con mucha ansiedad. En los varones hay además otro riesgo: si el padre no está, o solo critica, el hijo puede quedarse demasiado pegado a su madre y tardar más en encontrar su sitio como hombre. Pero el cerebro de un niño es sumamente moldeable; si el padre vuelve a acercarse o aparece otra figura significativa que le dé seguridad, todo esto puede revertirse y mejorar.
La gestión de la atención y el refugio de las pantallas
María José: Muchos padres recurren a las pantallas para que los niños no molesten. El problema empieza cuando la pantalla sustituye por completo a la conversación. Convertir el teléfono móvil en una nana electrónica daña el vínculo porque se pierde mucho. ¿Qué se pierde exactamente? Todo lo que el niño aprende hablando cara a cara con sus padres. Cuando un niño habla con sus padres y estos le preguntan qué ha visto, con quién estaba o por qué hizo tal cosa, va desarrollando el lenguaje y aprende a autorregularse. El padre, además, suele hacer muchas preguntas abiertas, de esas que obligan al niño a pensar, a estructurar la mente y a explicarse. Todo eso jamás lo dará una tablet. ¡Hasta los adultos caemos en ello y terminamos desapegándonos de los demás!
P. Álvaro: Busca, por encima de todo, sentirse visto y sentir que le importa a su padre. En el libro ponemos un ejemplo muy sencillo: el padre que apaga el móvil interrumpe lo que está haciendo y mira a su hijo directamente a los ojos mientras este le cuenta algo, aunque sea una tontería de su día a día. Ahí el niño entiende de inmediato: «Le importo». Esto vale tanto para gestionar el uso del móvil del niño como para vigilar el nuestro.
Con los más pequeños hay que ser muy claros con las recomendaciones de salud: los principales organismos de pediatría recomiendan evitar por completo las pantallas antes del año y medio o los dos años, y limitarlas estrictamente a un máximo de una hora al día acompañados hasta los cinco años. Con los mayores, más que prohibir de forma autoritaria, ayuda poner reglas claras, hablarlas en familia y, de vez en cuando, usar los dispositivos juntos. Y algo muy práctico para el hogar: comer sin pantallas sobre la mesa y dedicar cada día un rato, aunque sean quince minutos, a jugar y hablar con el hijo sin ningún aparato de por medio.
P. Álvaro: Si el padre está cerca cuando algo le sale mal al niño, si se queda a su lado y lo acompaña pacientemente mientras aprende a manejar la frustración, el niño aprende a recuperar la calma. Es lo que en la teoría del apego se llama un «refugio seguro». El abrazo del padre y su mirada le dicen «estoy contigo», y eso deja una huella física en el cerebro. La amígdala funciona como una alarma que salta mucho menos si hay una compañía fuerte por parte del padre; eso ayuda a que el niño se recupere antes del susto y a que el cortisol —la hormona del estrés— no se dispare de forma dañina.
El juego físico y reglado también es vital. Esperar un turno, intentar un reto nuevo o aceptar que ha perdido permiten al niño practicar la atención y el autocontrol. Con eso ejercita la corteza prefrontal, la parte del cerebro que nos ayuda a frenar un impulso y a pensar antes de actuar. Así va ganando confianza para explorar el mundo exterior, porque sabe que puede regresar a su padre cuando necesita ayuda. Eso es lo que llamamos una «base segura».
El impacto diferenciado en el desarrollo de niños y niñas
María José: En el libro recuperamos un antiguo dicho que reza: «El padre es la cabeza de la familia; la madre, el corazón».
No es una regla matemática rígida, pero refleja una dinámica que se ve a menudo en consulta. Por lo general, el padre tiende a poner las normas exógenas y a marcar la dirección hacia el exterior, mientras que la madre suele matizar el modo, el momento y las circunstancias de su aplicación. Pensemos en un niño que rompe el juguete de su hermano pequeño. La madre quizá apele a la empatía: «¿Te gustaría que te rompieran tus cosas?». El padre quizá vaya directo a la acción: «Eso no se hace; ahora ve y dale uno de tus juguetes a tu hermano». El niño necesita ambas dimensiones: entender el dolor del otro y reparar activamente el daño que hizo. Lo importante es que entre los dos se complementen. Para un varón, la relación con su padre es su guía y su primera escuela de masculinidad; ahí aprende su propia seguridad, cómo se expresa el cariño de hombre a hombre y cómo se reconoce un error.
P. Álvaro: En el juego pasa algo muy parecido. El niño necesita historias, pero también correr, luchar noblemente, medir su fuerza y aceptar desafíos. Muchas veces la madre aporta más de lo primero y el padre de lo segundo. Lo crucial es que los padres estén de acuerdo, que hablen de cómo educar y que jamás se desautoricen delante del niño. Cuando padre y madre están en sintonía, el hijo tiene a la vez una brújula y un refugio.
María José: El impacto es igual de profundo, pero con matices muy distintos: la niña aprende a ser mujer y a afirmar su feminidad a través de los ojos de su padre. El desarrollo de su autoestima depende en gran medida de cómo se siente mirada, valorada y respetada por él desde su más tierna infancia. Además, la niña aprende cómo debe ser tratada por un varón en el futuro observando cómo se comporta su padre en la relación con su madre. Si el padre es negligente o invasivo, la niña puede crecer con carencias afectivas severas; pero si el padre es una figura presente y afectuosa, ella aprenderá que su propia feminidad es digna de un amor limpio y respetuoso.
Las cifras de una crisis social
María José: Las cifras reflejan una quiebra social profunda a nivel internacional. En Estados Unidos, uno de cada cuatro niños crece hoy en día sin ninguna relación con su padre. En países de Latinoamérica, como Panamá, los datos muestran que hasta un 80% de los niños y las niñas llevan únicamente el apellido de la madre, creciendo con padres ausentes o negligentes. Y hay una correlación directa que vemos en la práctica clínica y judicial: la inmensa mayoría de los varones jóvenes encarcelados son, fundamentalmente, huérfanos de padre. La falta de esa figura protectora y de autoridad deja a los hijos desamparados.
María José: Es un escenario crítico. Cuando los padres se divorcian, los hijos terminan quedándose a vivir con la madre en el 95% de los casos. Pero nosotros insistimos firmemente en una premisa: el divorcio de la pareja jamás puede significar el divorcio de los hijos. Desgraciadamente, vemos que a veces los hijos son utilizados como auténticos escudos o armas para hacerle daño a la pareja. Hay ocasiones en que la propia madre interviene de forma invasiva en la relación padre-hijo, expulsando al padre o minando su autoridad porque las cosas no se hacen exactamente como ella quiere, arrancando al niño el derecho a su apego paterno. Un padre debe tener siempre la humildad de reparar si falla y mantenerse presente.
La mirada trascendente y la antropología cristiana
P. Álvaro: Puede influir muchísimo. El padre es, para un niño, la primera experiencia de alguien fuerte que lo cuida. Y lo que aprende ahí se lo lleva después a otras relaciones, también a la relación con Dios. Cuando las cosas van bien —y no hace falta un padre perfecto, basta con uno que esté y que quiera bien—, el niño aprende que si tiene miedo puede ir a su padre. Que, si se equivoca, su padre se enfada, a lo mejor le pone límites o lo corrige, pero lo sigue queriendo. A ese niño, de mayor, le puede resultar más fácil rezar con naturalidad. Le cuenta a Dios lo que le pasa sin pensar que tiene que ganárselo. Para él, que Dios sea Padre es una buena noticia.
P. Álvaro: Cuando la relación no fue así, la cosa cambia. El que tuvo un padre lejano se acostumbra a arreglárselas solo, y a Dios tampoco le pide mucho. El que tuvo un padre imprevisible, que un día era cariñoso y al siguiente no, vive con miedo a que lo dejen. Y el que tuvo un padre que daba miedo puede buscar a Dios y, a la vez, desconfiar de Él.
Cuando el padre fue a la vez quien debía proteger y quien daba miedo, el niño aprende algo muy confuso: que la persona a la que acude en busca de refugio es también la que lo asusta. Esa experiencia puede trasladarse, en parte, a la relación con Dios. La persona lo busca y, al mismo tiempo, le teme; se acerca y se aleja; reza, pero le cuesta sentirse acogida. A veces se aleja justo cuando más necesita consuelo.
P. Álvaro: Esto no le impide creer ni amar a Dios, y tampoco es un destino o una condena irrevocable. Cuando hubo violencia o abuso, hay que respetar escrupulosamente su ritmo. No se le puede pedir a una persona que llame Padre a Dios de un día para otro, ni que se reconcilie deprisa con su padre. Muchas veces el primer paso es descubrir a Dios simplemente como refugio: alguien que está, que no se va y que no amenaza.
A mí me impresiona ver que muchas personas que no tuvieron un buen padre encuentran en Dios, poco a poco, algo de lo que les faltó: alguien que no se va, que los quiere sin que tengan que merecerlo y que no les da miedo. Dios es mejor que cualquier padre que hayamos tenido. Y con otros vínculos seguros y significativos, una comunidad que acoge, el acompañamiento espiritual y, cuando hace falta, la ayuda psicológica, esa herida puede ir sanando.
[Puedes comprar el libro «El legado del padre», de María José Mántica y Álvaro Rocha, en este link]






No hay comentarios:
Publicar un comentario