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miércoles, 31 de julio de 2019

La oración que todo católico debe conocer y rezar: El Alma de Cristo

La oración que todo católico debe conocer y rezar: El Alma de Cristo

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La oración del Alma de Cristo se asumió que había sido escrita por San Ignacio de Loyola dado que aparece en su famoso libro de Ejercicios Espirituales

Como católicos, tenemos la bendición de compartir una herencia de oración rica y vibrante, acumulada literalmente a través de miles de años. Con el tiempo, muchas de estas oraciones que en algún momento constituyeron pilares de nuestra fe han sido tristemente descuidadas o simplemente no enseñadas - y por ende no pronunciadas - tan frecuentemente como antes

Una de ellas tiene sus orígenes en el siglo XIV – El Alma de Cristo. Esta oración hace remembranza de la Pasión de Jesús y es frecuentemente pronunciada por las personas luego de recibir la Sagrada Comunión.

En algún momento fue tan conocida que, autores como San Ignacio de Loyola, ni siquiera se preocuparon en reproducirla; suponían que todos la sabían de memoria.

Origen de la oración del Alma del Cristo

El autor de "El alma de Cristo" es desconocido, pero muchos han especulado que fue el Papa Juan XXII. Popularmente se asumió que había sido escrita por San Ignacio de Loyola dado que aparece en su famoso libro "Ejercicios Espirituales".

De cualquier forma, las primeras versiones impresas de la oración pueden ser encontradas en libros publicados más de 100 años antes de su nacimiento.

Una redacción similar puede ser encontrada en una inscripción en las puertas del Alcázar de Sevilla, un palacio real en Sevilla España, que data de fechas incluso previas entre 1350-1369.

¿Quién fue San Ignacio de Loyola?

Ignacio de Loyola fue uno de 13 hermanos nacido de una familia de la aristocracia vasca en 1491. Como muchos de los jóvenes de su tiempo, sus sueños estaban llenos con historias de caballeros y soñaba con triunfos en el campo de batalla.

Sin embargo, fue gravemente herido en batalla con los franceses y comenzó un largo periodo de recuperación. Fue durante este tiempo que enfocó toda la energía propia de su juventud en la lectura de la vida de Jesús y los santos para mantenerse ocupado.

Ignacio de Loyola comenzó a darse cuenta de su llamado hacia grandes hazañas de naturaleza espiritual y finalmente fue fundador de la Congregación Jesuita.

San Ignacio escribió "Los Ejercicios Espirituales", que es ampliamente reconocido como uno de los libros con mayor influencia para la vida espiritual.

Su espiritualidad Ignaciana es llamada muy a menudo, espiritualidad para todos los días. Como lo describe la espiritualidad Ignaciana:

"Insistimos en que Dios está presente en nuestro mundo y actúa en nuestras vidas. Este es un camino a una oración más profunda, buenas decisiones guiadas por un agudo discernimiento y una vida activa en el servicio a los demás".

El Alma de Cristo

Es fácil entender porque San Ignacio amaba el "Alma de Cristo". Tiene imágenes vívidas que permite a quien la reza, meditar en la Pasión de Cristo y su relación con El Señor, mientras que referirse al Cuerpo y la Sangre de Cristo, la convierte en una reflexión ideal después de recibir la comunión.

El nombre "Anima Christi", como se le conoce en muchas partes, es en latín la primera frase de la oración "Alma de Cristo..."

Aquí encontramos la traducción al español que se conoce tradicionalmente:

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.

¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.

Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos.

Amén.


Adaptación y traducción por Manuel Rivas, del artículo publicado en: Catholic365, autor: Trish Stukbauer

viernes, 13 de enero de 2017

Ad maiorem Dei gloriam (reflexión sobre la segunda adición a los Ejercicios Espirituales de Santo Ignacio de Loyola) Marina Korotchenko




Ad maiorem Dei gloriam 

(mi reflexión sobre la segunda adición a los Ejercicios Espirituales de Santo Ignacio de Loyola “para mejor hacer los ejercicios y para mejor hallar lo que desea”: (74) un caballero traidor).

Las adiciones a los Ejercicios tienen un carácter metódico y por eso son muy importantes. El rito de la penitencia que aparece en el texto ignaciano no sigue a ningún modelo litúrgico, puesto que todo el rito penitencial se compone de las tres partes obligatorias: postración, confesión y elevación que en el nivel estatal tenía como núcleo “adventus –proskynesis – triumphus”, una llegada victoriosa del emperador y la postración del pueblo. En las cartas paulinas este esquema se convierte en la unión de la humillación del crucificado y de su Resurrección y glorificación (sobre todo en los himnos del origen litúrgico).

Santo Ignacio convierte este rito en un ceremonial de la reverencia cortesana que se prorroga en la condena del traidor y en su juicio, lo que nos representa a un esquema bipartido:

1. “si un caballero se hallase delante de su rey y de toda su corte, avergonzado y confundido en haberse mucho ofendido”

 2. “voy atado como en cadenas a parecer delante del sumo Juez eterno, trayendo en ejemplo cómo los encarcelados y encadenados, ya dignos de muerte, parecen delante su juez temporal”

La elevación va aparte y está más abstracta: “me pondré en pie por espacio de un Pater noster, alzado el entendimiento arriba”.

Entre las razones de este cambio no podemos omitir ni el servicio militar de San Ignacio, ni su vida cortesana, sin embargo, no podemos reducir a un texto místico solo a estos recuerdos, porque ellos no tienen ningún sentido por sí mismos, sino se usan como un instrumento para preparar el espacio de la contemplación. Hay que analizar a las peculiaridades que distinguen a este ceremonial cortesano de la penitencia eclesiástica: no aparece la prosternación en el principio, sino solo un cambio del estado anímico que convierte al orante en una persona “avergonzada y confundida”. No tenemos ninguna confesión de los pecados, ni privada ni publica, como lo cabía esperar, sino un repentino cambio del “caballero” a un “encarcelado”. Aparece la imagen del Juez eterno, pero se menciona solamente la condena y la elevación del alma se traslada en el campo de la oración de un modo absoluto: “alzado el entendimiento arriba, considerando como Dios nuestro Señor me mira”.

Realmente aquí estamos ante un trampolín antinómico de los dos estados del orante que se contrastan y se contrarrestan uno al otro, vaciando a su alma de las imágenes y pensamientos. Por eso es importante empezar esta actividad al despertar, “no dando lugar a unos pensamientos ni a otros”. Para comprender mejor el sentido del texto es preciso ver a los textos paralelos o a sus antecedentes que curiosamente no se encuentran entre los ritos litúrgicos penitenciales. La más amplia y más desarrollada liturgia penitencial visigoda incluye obligatoriamente a una confesión de los pecados, a la imposición de las manos y la unción del penitente, después este se cambia su ropa al cilicio (J. Mª. Carda Pitarch “Doctrina y práctica penitencial en la Liturgia Visigótica”; J. Fernández Alonso “La disciplina penitencial en la España desde el punto de vista pastoral”). En el caso de los Ejercicios tenemos sólo la conciencia de la gravedad del pecado y su condena. Nada más. Y no se trata de ninguna reducción de un rito ya conocido, sino del otro caso de la penitencia que aparece solamente en las crónicas medievales: una reverencia ante el rey con el reconocimiento del pecado que ya está divulgado y no tiene porque ser pronunciado es posible en el caso único de la rebelión contra el poder legítimo.

Este tipo de la penitencia podemos ver, por ejemplo, en el reconocimiento de su perfidia por el obispo Argobaldo ante el rey Wamba, hasta algunas expresiones coinciden con las ignacianas, obviamente no por la influencia directa, sino por la descripción de una situación parecida: “Hemos pecado contra el cielo y contra ti, santísimo soberano. No somos dignos de que nos acoja la gracia de tu confesión, de recibir la concesión de tu perdón, puesto que hemos mancillado la promesa de la lealtad que te ofrecimos” (Julián de Toledo “Historia del rey Wamba” 21). Un repentino cambio del estado de un rey a un condenado y decalvado estera al rebelde duque Paulo en la misma obra, su despojamiento de los vestidos regios procede una procesión penitenciaria entre los otros traidores del rey. Originalmente se trataba de una “contraposición entre el príncipe ungido por la Iglesia y el rebelde desprovisto de la ayuda de Dios (G. García Herrera “Julián de Toledo y la realeza visigoda”). Podemos decir que en este caso San Ignacio no reduce la penitencia, ni la suaviza, sino pone en su fundamento un contraste máximo: un pecado tan mortal y tan visible para todos que nadie no necesita su explicación, solo existe el único camino al juez.

 Usando la terminología política romana podemos decir que el “adventus” y el “triumphus” de un soberano verdadero se ponen como un fondo a la rebeldía que rechaza a su poder. Este ceremonial tiene su antecedencia que a veces se consideran del origen romano, pero más se trata de una costumbre oriental que se difundió en el Imperio Tardío, en los reinados de Nerón y Tiberio. Esta adoración en las “Vidas de los Santos Padres Emeritenses” se convierte en la presentación de un fallecido a la corte celestial (D. Pérez Sánchez “Algunas consideraciones sobre el ceremonial y el poder político en la Mérida visigoda”).

Realmente como las dos situaciones paralelas nos representan los dos casos extremadamente difíciles y complicados: una traición del poder reinante y una muerte. Es un modelo cuando un orante está imposibilitado salir de la situación con sus propias fuerzas y necesita a la Gracia de Dios y solamente a ella. Él ya no tiene nada que explicar, nada que decir, simplemente pedir, recibir y acoger la Gracia. Lo que consigue San Ignacio con este método es la máxima apertura del orante: “el someterse humildemente a esa voluntad de Dios ya es la mayor gloria de Dios como quien dispone, mientras, al mismo tiempo, es ya objeto de la disposición” (K. Rahner “La apertura hacía el Dios cada vez mayor”). Todo el ser humano se abre en su oración a Dios, siendo empleado “en su maior seruicio, alabanza y gloria” (San Ignacio citado por N. Martínez Gayol “Gloria de Dios en Ignacio de Loyola”).

 El resultado es bastante paradójico: una situación aparentemente cerrada nos proporciona una mayor apertura, una traición se convierte en el mayor servicio y una negación del poder del Señor reconduce al alma penitente “Ad maiorem Dei gloriam”.