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domingo, 28 de julio de 2019

JÉRÔME LEJEUNE

JÉRÔME LEJEUNE

Dr. Jérôme LejeuneJérôme Lejeune nació en París en 1926. Estudió medicina y a los 32 años de edad, en 1958, publicó su descubrimiento sobre la causa del síndrome de Down, la trisomía 21. Este descubrimiento le valió ser galardonado con el prestigioso premio Kennedy en 1962.

En ese mismo año, fue designado como experto en genética humana en la Organización Mundial de la Salud (OMS) y en 1964 fue nombrado Director del Centro nacional de Investigaciones Científicas de Francia y en el mismo año se crea para él, en la Facultad de Medicina de la Sorbona, la primera cátedra de Genética fundamental.

El Dr. Jérôme Lejeune era reconocido por todos, tanto por su fidelidad a la Iglesia como por su excelencia como científico. Se esperaba que recibiera el Premio Nobel. Pero en 1970 se opuso firmemente al proyecto de ley de aborto terapéutico de Francia. Esto causó que cayese en desgracia ante el mundo progresista. Prefirió mantenerse en gracia ante la verdad y ante Dios: matar a un niño por estar enfermo es un asesinato. Siempre utilizó argumentos racionales fundamentados en la ciencia.

Llevó la causa pro vida a las Naciones Unidas. Se refirió a la Organización Mundial de la Salud diciendo: “he aquí una institución para la salud que se ha transformado en una institución para la muerte”. Esa misma tarde escribe a su mujer y a su hija diciendo: “Hoy me he jugado mi Premio Nobel”. Tenía razón, ya que nunca se lo dieron. No querían a un científico que se opusiera a la agenda abortista.

Lejeune también rechazó los conceptos ideológicos que se utilizan para justificar el aborto, como el de "pre-embrión".

Juan Pablo II reconoció la excelencia del Dr. Lejeune nombrándolo Presidente de la Pontificia Academia para la Vida, el 26 de febrero de 1994. Murió el 3 de abril del mismo año, un Domingo de Pascua.

Con motivo de su muerte, Juan Pablo II escribió al Cardenal Lustinger de Paris diciendo: “En su condición de científico y biólogo era una apasionado de la vida. Llegó a ser el más grande defensor de la vida, especialmente de la vida de los por nacer, tan amenazada en la sociedad contemporánea, de modo que se puede pensar en que es una amenaza programada. Lejeune asumió plenamente la particular responsabilidad del científico, dispuesto a ser signo de contradicción, sin hacer caso a las presiones de la sociedad permisiva y al ostracismo del que era víctima”.

El 22 de agosto de 1997, el Papa Juan Pablo II quiso acercarse al cementerio de Chalo-Saint-Mars, para orar ante el sepulcro del Dr. Lejeune. Cuando su esposa agradeció a Juan Pablo II ese gran gesto, el Papa le respondió: “Señora Lejeune: doy gracias a Dios por todo el bien que hizo su esposo, y por haber podido realizar hoy aquí, mi deseo de rendirle homenaje”. La sintonía con el Papa Juan Pablo II era bien conocida. El día en que Juan Pablo II sufrió un atentado, el 13 de mayo de 1981, habían almorzado juntos el Papa y el matrimonio Lejeune. Cuando la pareja regresó en avión a su país, se enteraron del atentado y el Dr. Lejeune cayó enfermo. Curiosamente, fue dado de alta el mismo día en que el Pontífice dejó el hospital.

El doctor Jérôme Lejeune fue invitado por el Senado de Francia tres años antes de su muerte, para que ofreciese su documentada opinión sobre el tema del aborto. Una de las opiniones fuertemente arraigada en dicha cámara, era la que sostenía que hay embarazos que deben ser interrumpidos, cuando los antecedentes o el pronóstico parecen ser irreversiblemente malos. Cuando se le otorgó la palabra al Dr. Lejeune, planteó un caso: "Tenemos un matrimonio en el que el marido es sifilítico terciario incurable, y además decididamente alcohólico. La mujer está desnutrida y sufre tuberculosis avanzada. El primer hijo de esa pareja muere al nacer; el segundo sobrevive, pero con serios defectos congénitos. Al tercer hijo le ocurre lo mismo y se le suma el hecho de ser infradotado mentalmente. La mujer queda embarazada por cuarta vez. ¿Qué aconsejan ustedes hacer en un caso así?". Un senador del bloque socialista manifestó categóricamente que la única solución para evitar males mayores, era practicar un "aborto terapéutico" inmediato. Lejeune hizo un largo y notorio silencio; bajó la cabeza por unos segundos en medio de su expectante mutismo; volvió a alzarla y dijo: "Señores Senadores, pónganse de pie, porque este caballero acaba de matar a Ludwig van Beethoven".

En la XIII Asamblea General de la Pontificia Academia para la Vida, el 25 de Febrero de 2007, se anunció la apertura de la causa de beatificación del Profesor Jerome LeJeune.

El 11 de abril de 2012, en la catedral de Notre-Dame, la diócesis de París celebrará el final de la encuesta diocesana de la causa de beatificación y canonización de Jérôme Lejeune.
ENTREVISTA
Clara Lejeune-Gaymard
En 2011, Clara Lejeune-Gaymard, hija del doctor Lejeune, concedió una entrevista a Carrie Gress, de Zenit, con motivo de de la publicación del libro "Life is a blessing: Biografía de Jérôme Lejeune", cuya autora es Clara. "Mi padre siempre dijo que un niño con Síndrome de Down es más niño que otros", dice la hija de quien fue íntimo amigo y colaborador de Juan Pablo II. Y asegura que "se gasta mucho dinero en realizar el diagnóstico y en matarlos, hasta tal punto que si pudiéramos tener sólo un 10% de este dinero para investigación,podríamos haber conseguido ya lacura". Jérôme Lejeune había comido y departido con Juan Pablo II los trazos de la Evangelium vitae el 13 de mayo de 1981, el fatídico día del atentado. A continuación, podrán leer el artículo.
- Su padre fue el renombrado científico de genética de Francia, quien viajó por el mundo dando a conocer sus numerosos descubrimientos científicos, incluyendo el origen genético del Síndrome de Down. ¿Por qué su nombre no es muy conocido por su importante trabajo?

Clare Lejeune: Es una buena pregunta.

Cuando él hizo el descubrimiento de la trisomía 21 lo podría haber llamado “Lejeune” como hacen muchos científicos cuando realizan descubrimientos. Pero él no era ese tipo de hombre y pretendía realizar dos cosas.

La primera tenía que ver con todas las cosas humillantes que se decían sobre los niños con síndrome de Down, como que la madre había tenido un mal comportamiento sexual o que su herencia familiar era mala.

Estos niños eran escondidos, especialmente en Francia o el resto de Europa. Él quiso devolver su dignidad a estos niños y a sus padres diciéndoles que estaba en su código genético y que no venía de familia ni de un mal comportamiento.

También fue la primera vez que se descubrió que una enfermedad podía venir del código genético, de manera que se abría la puerta a la medicina genética y a la comprensión de que un cromosoma podía ser la causa de una enfermedad.
Sólo seis meses antes del descubrimiento, se decía que era imposible que el código genético pudiera causar una enfermedad. Así que él consiguió la prueba de lo contrario.

Y la segunda cosa que quería era proteger a los no nacidos.
Era muy conocido en Francia y muy conocido también en la comunidad científica porque ayudó a construir la primera cátedra conocida en genética en Israel y en España y trabajó con científicos en Estados Unidos. En Francia participó siempre como columnista en la prensa sobre cuestiones genéticas.

En 1969, comenzó la campaña del aborto en Europa, Francia y Estados Unidos. Y desde que él se declaró en contra, se le cerraron todas las puertas. Ya no formó parte de la actualidad. Nadie lo quiso entrevistar cuando realizó su descubrimiento.
Creo que en 1971fue a Estados Unidos y realizó un discurso en el National Institute for Health y después de esto mandó un mensaje a mi madre diciendo: “Hoy he perdido mi Premio Nobel”. En el discurso él habló sobre el aborto, diciendo, “ustedes están transformando su instituto de salud en un instituto de muerte”. Y esto no fue bien acogido.
- El libro sobre la vida de su padre es una serie de instantáneas de la vida de su familia que ilumina no sólo el trabajo científico de su padre, también su profunda fe. ¿Qué le hizo decidir escribir sobre él con este estilo?

Clare Lejeune: Yo estaba embarazada cuando él estaba enfermo, esperando a mi sexto hijo, y durante este tiempo esperaba que él pudiese vivir los suficiente para poder conocer a mi hija. Él murió el 3 de abril y ella nació el 13 de abril, así que nunca llegó a conocer a su abuelo.
Antes de morir le pregunté si me daba permiso para escribir un libro sobre él. Aunque temía que dijese que no ya que era un hombre muy humilde, sin embargo él contestó: “Haz lo que quieras. Si quieres dar testimonio de la vida del niño con síndrome de Down, haz lo que quieras”.

Tenía claro que quería escribir algo para mi pequeña. Al principio escribí treinta hojas y cuando fuimos de vacaciones con un periodista le conté que estaba escribiendo un libro para que mi hija pudiese conocer a su abuelo. Él las leyó y me dijo que debería escribir un libro.

El modo en que quería escribirlo no era el de la biografía cronológica, sino como retratos diferentes de una persona. Hay un capítulo sobre nuestra vida en Dinamarca, uno sobre él como médico, otro como cristiano.

Cada capítulo es una pieza diferente del puzzle y al final te encuentras con el retrato de la persona entera.
- Su padre sufrió mucho en su carrera por su postura pro-vida.
¿Se basaban sus convicciones sólo en su fe o también se apoyaba en su investigación científica?

Clare Lejeune: Principalmente en que era médico, no en su fe. Cuando eres médico has jurado el Juramento Hipocrático de no hacer daño. Y él siempre decía que el respeto a la vida no tenía nada que ver con la fe, aunque, por supuesto, está en la fe el respetar la vida.

Por eso fue tan odiado por los partidarios del aborto. Era difícil luchar contra él porque sus argumentos eran de base científica.
Quiso explicar que la vida comenzaba en la concepción, él quiso contar una historia que fuese inteligible para todos, como Pulgarcito. Esta es una historia para niños o una leyenda, pero es una realidad.

Es muy raro que la humanidad haya sido capaz de contar una historia así sin saber si era verdad, porque cuando se escribió no había fotos de bebés en el útero.

La vida comienza en el mismo instante de la concepción cuando los genes de la madre y los del padre se unen para formar un nuevo ser humano que es absolutamente único.

Todo el patrimonio genético está ya allí. Es como la música de Mozart en la partitura. La vida entera está ya ahí.
A los dos meses, el embrión lo tiene todo, las manos, los ojos, el cuerpo. Es un cuerpo muy pequeño, pero después de dos meses lo único que hace es crecer. Si se pudiese coger el mismo dedo pequeño, se podría observar su huella dactilar.
Muchos investigadores mantienen distancias con aquellos cuya vida afecta a su trabajo. Su padre parecía tener un enfoque distinto. ¿Cómo era su relación con los pacientes y sus familias? 

Clare Lejeune: Cuando él se convirtió en doctor, su primer trabajo fue en un hospital donde él vio a un niño con síndrome Down.

Entonces fue cuando decidió que quería saber por qué tenían una cara especial y todo lo demás. Se podría decir que esta fue realmente su vocación. Realmente quería encontrara una manera de tratarlos y a esto dedicó su investigación.

El hizo este descubrimiento porque amaba a estos niños y a sus familias y quería ayudarles.

No fue consecuencia de este descubrimiento el querer cuidar a los niños de síndrome Down, sino que fue al revé, porque él quería cuidar a estos niños, realizó este descubrimiento. Y esto explica su relación con ellos.

Después de su muerte, su familia creó una fundación para continuar su trabajo, especialmente el de encontrar una cura para el síndrome Down. ¿Qué hace esta fundación y cómo trabaja?

Clare Lejeune: Mi padre quiso crear esta fundación cuando todavía estaba vivo, porque él sabía que tendría que retirarse y quería que su investigación continuase. Al principio fue su proyecto.

El día antes de morir, fui a verlo y me dijo que estaba muy triste por sus pacientes, porque ellos no entenderían que los había tenido que dejar. Dijo: “los estoy abandonando y ellos no van a entender porque ya no estaré con ellos nunca más”.

Yo le contesté: “Ellos lo entenderán. Lo entenderán mejor que nosotros”.

Y me dijo: “No, ellos no lo entenderán mejor, pero si más profundamente”. Y después de esto, cuando él murió, nosotros pensamos que podríamos hacer algo más por ellos.

Después de año y medio pusimos en marcha una fundación dedicada al la investigación y tratamiento no sólo del síndrome Down sino también de otros síndromes de enfermedades mentales de origen genético.

Creamos un centro en Francia de investigación genética y tenemos un comité que distribuye las ayudas a los diferentes grupos que están en todo el mundo.

Hemos fundado 60 proyectos con 32 equipos en los Estados Unidos, y estamos en proceso de comenzar una fundación en los Estados Unidos que se encargará de más investigación y tratamiento.

El tratamiento real no existe en la actualidad, ya que los investigadores están trabajando en solucionar este problema genético. El patrimonio genético de los niños es correcto, simplemente se repite como un disco rallado. Mi padre siempre decía que un niño con síndrome Down es más niño que otros; es cómo si no estuviese acabado del todo. Así que si ese gen pudiese ser silenciado el niño podría ser normal.

Y este es realmente el futuro de la medicina, reparar el código genético. Por tanto no es descabellado que podamos tratarlos algún día.

La dificultad estriba en que se gasta mucho dinero en realizar el diagnóstico y en matarlos, hasta tal punto que si pudiéramos tener sólo un 10% de este dinero para investigación, podríamos ya haber conseguido la cura.

Su padre fue amigo de Juan Pablo II, sirviendo muchos años como miembro de la Academia Pontificia de Ciencias y como el primer presidente de la Academia Pontificia para la Vida.
¿Cómo era su relación con Juan Pablo II ? 
Lejeune-Gaymard: Él no diría que fue un amigo cercano del Papa. Pero así fue en verdad.

La historia comenzó cuando fue elegido para la Academia Pontificia de Ciencias por Pablo VI, no Juan Pablo II. Pero cuando este llegó a Papa, le pidió a mi padre que acudiese allí porque quería saber todo sobre la clonación, investigación en embriones, etc...

Así que desayunaron juntos y desde entonces él le llamaba cada vez que necesitaba explicaciones particulares. Comían juntos cada seis meses.

En 1981, el 13 de mayo, mi padre comió con mi madre y con el Papa. Después cogieron un taxi para ir al aeropuerto, volaron a casa y cuando aterrizaron, se enteraron de que el Papa estaba entre la vida y la muerte porque le habían disparado. Ellos fueron los últimos con los que estuvo antes de ir a la plaza.

Mi padre, aquella tarde, sufrió unos dolores inexplicables, tanto que fue hospitalizado durante tres días. Experimentó sufrimientos similares a los del Papa y una fiebre que desembocó en piedras en el riñón.

Nunca le gustó hablar de la conexión entre su enfermedad y la del Papa, pero ésta realmente existió.

Antes de que mi padre muriese, recibió un telegrama del Papa que decía que esperaba que se encontrase mejor. Cuando él murió, el domingo de Pascua, llamamos para decirle al Papa que mi padre había muerto.

Teníamos un buen amigo, el ex ministro de justicia de Francia, que nos llamó aquel día porque al ver en la televisión, la bendición del Papa, notó que el Papa parecía muy triste. Dijo, “creo que Jerome ha muerto”.

Cuando Juan Pablo II vino a Francia en 1997, quiso visitar y rezar ante la tumba de mi padre.

En ese momento, flanqueados por muchos guardias y miembros de seguridad, nos dejaron estar presentes a nuestra familia.

Tuve que negociar para que se permitiese estar presente a personas discapacitadas, ya que mi padre no entendería que el Papa viniese sin dar permiso a sus otros niños, los discapacitados, de estar allí también.

Web católico de Javier

viernes, 31 de marzo de 2017

Cardenal Sarah: «El combate de Jérôme Lejeune se inscribe en la batalla final del Apocalipsis» 31032017

«La iglesia, último obstáculo frente a la barbarie»: meditación en una abarrotada iglesia de París

Cardenal Sarah: «El combate de Jérôme Lejeune se inscribe en la batalla final del Apocalipsis»

Cardenal Sarah: «El combate de Jérôme Lejeune se inscribe en la batalla final del Apocalipsis»
El cardenal Sarah abarrotó con 1800 personas la iglesia de San Agustín de París.

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31 marzo 2017
El pasado 25 de marzo, festividad de la Anunciación y Día Internacional del Día por Nacer, la iglesia de San Agustín de París se abarrotó con casi dos mil personas que quisieron escuchar la conferencia, "meditación" más bien, según sus propias palabras, del cardenal Robert Sarah sobre el profesor Jérôme Lejeune (1926-1994), descubridor del gen causante del llamado síndrome de Down y gran abogado de las personas que lo padecen.



Ferviente cristiano y máximo exponente de la causa provida en el siglo XX, su proceso de beatificación se abrió en 2004 y se cerró en 2012 en fase diocesana. El profesor Lejeune vivió torturado por la idea de que su descubrimiento sirviese, mediante el diagnóstico prenatal y la legalización del aborto eugenésico en casi todo el  mundo, para el exterminio sistemático de estas personas. Hoy la Fundación Jérôme Lejeune continúa su labor tanto en la defensa de la vida humana del no nacido como en la atención práctica a personas con trisomía 21.

Una batalla apocalíptica
El cardenal Sarah comenzó explicando que no tuvo el "privilegio" de conocer personalmente al profesor Lejeune, pero comenzó su intervención con unas palabras suyas: "Si se quiere atacar verdaderamente el Hijo del Hombre, Jesucristo, solo hay un medio, y es atacar a los hijos de los hombres. El cristianismo en la única religión que dice: 'Vuestro modelo es un niño', el niño de Belén. Cuando os hayan acostumbrado a despreciar a los niños dejará de haber cristianismo en este país". Unas palabras proféticas, si se advierte la rápida descristianización de Francia coincidente con la legalización del aborto en 1975.


El prefecto de la Congregación para el Culto Divino planteó sus palabras más como una meditación que como una conferencia.

"Puede afirmarse que el combate del profesor Jérôme Lejeune, con las únicas armas de la verdad y de la caridad, un combate librado con las manos desnudas, se inscribe en la batalla final, evocada en el Apocalipsis según San Juan, entre Dios y Satanás. Frente a la arrogancia del Goliat de los poderes financieros y mediáticos, fuertemente armada y protegida por la coraza de sus falsas certezas y por las nuevas leyes contra la vida, la Iglesia católica del siglo XX, al menos en Occidente, parece ese 'pequeño resto' del que hablan las Sagradas Escrituras".

Un cadenal contundente contra el aborto
"En efecto", continuó, "la Iglesia católica, cual David, solo dispone del pequeño guijarro del Evangelio de la Vida y de la Verdad, y sin embargo golpeará al gigante en plena cabeza y lo derrotará. Lo sabemos bien, y la vida entera del profesor Lejeune nos aporta un brillante testimonio, se trata de una batalla a la vez áspera y decisiva, que será larga y se parece a la de los últimos tiempos descritos en el último libro de la Biblia. Afecta a la supervivencia de la humanidad misma. El 'dragón infernal de siete cabezas que escupe fuego', prototipo de esa cultura de la muerte denunciada por San Juan Pablo II en su magisterio, se detiene ante la mujer embarazada, dispuesto a devorar al niño en cuanto nazca, y a devorarnos también a 'nosotros' (cf. Ap. 12, 4).

»Seamos conscientes de que, una vez más, y esto ha sucedido muy a menudo en su larga historia bimilenaria, la Iglesia constituye el último obstáculo contra la barbarie: ahora no se trata de Atila y los hunos, a quienes detuvo Santa Genoveva a las puertas de París en 451, ni del combate de los Papas del siglo XX (desde Pío XI hasta San Juan Pablo II) contra los diversos totalitarismos que ensangrentaron Europa y el resto del mundo. Se trata de una barbarie aséptica en el laboratorio, terriblemente eficaz, de la cual la opinión pública apenas se da cuenta, anestesiada como está por los Goliat de los poderes financieros y mediáticos. Sí, se trata de un combate… a vida o muerte. Si  no fuese así, ¿estarían intentando los poderes públicos en Francia silenciar a las páginas web provida inventándose un delito de “coacción digital” contra el aborto? Durante la discusión de este proyecto de ley aberrante en el Parlamento francés, los defensores de la vida han sido verbalmente linchados por haber osado recordar que el aborto no es un derecho, sino un crimen, y el mayor drama de nuestro tiempo”.

Aplastado y entre espinas
Tras este impresionante arranque, el cardenal Sarah glosó la vida del profesor Jérôme Lejeune, su rechazo a los compromisos y su renuncia a los honores, “aceptando la humillación del exilio interior”: “Contra viento y marea, permaneció fiel a Cristo y al Evangelio, y por eso representa para cada uno de nosotros un ejemplo admirable de fortaleza en la fe y de entrega en la caridad”.

Y añadió que también es una vida de “mártir cristiano” aquella “durante la cual todo se ofrece a Dios, incluida la vida, la familia, la reputación y la honra para que sean aplastadas a los pies de los paganos, una vida en la que se renuncia a todo por el Amor de Dios”.

Sarah recordó que la comunidad científica a la que Lejeune pertenecía “si no le rechazó, sí le marginó por sus posiciones sobre la cuestión crucial de la vida, consideradas demasiado rígidas o extremistas”.

A ello unió un servicio “a los enfermos y a sus familias, a la cabeza de un equipo que puede considerarse fraternal, animado solo por el deseo de curar, o al menos de aliviar los sufrimientos físicos y morales provocados por la enfermedad y sus limitaciones. La caridad que animaba al profesor Lejeune unía así los dos aspectos de su vocación al servicio del enfermo, y esta virtud teologal de la caridad fue la vía real que Jérôme Lejeune tomó con valentía y determinación para recorrer un camino plagado por las espinas de este mundo hacia la contemplación del Dios vivo, la Trinidad Santa del Amor.

»Mediante su servicio cotidiano, humilde y confiado en la Providencia, el profesor Lejeune puso rostro a la caridad de Cristo entre nosotros, y no se ha olvidado su sonrisa luminosa y resplandeciente y su mirada de un azul marcado por ese amor al prójimo que emanaba de un alma donde Jesús, recibido en la Santa comunión eucarística, había hecho su morada”.



"No sucumbió al orgullo"
El cardenal Sarah  no dudó en posicionarse a favor de la beatificación de Lejeune: en él “puede hablarse verdaderamente de una espiritualidad de la Encarnación, que constituye, junto con la defensa de la verdad concerniente a la vida humana y junto con la compasión, como uno de los rasgos esenciales de esa santidad que deseo ver un día reconocida por la Iglesia, para que podamos beneficiarnos de su intercesión y, así, ser sostenidos en nuestra lucha contra la degradación actual de nuestra sociedad por su ejemplo y su combate por la vida”.


El cardenal Sarah, rezando ante la tumba del profesor Lejeune.

El prefecto de la Sagrada Congregación para el Culto Divino destacó a continuación “como este hombre de acción, a la vez científico y poeta, tan inteligente y de gran sensibilidada y delicadeza, no sucumbió al orgullo”. Escapó al riesgo “bien conocido por los ardientes misioneros del Evangelio”, de que “nuestro yo establezca su supremacía dejando subrepticiamente a Dios de lado”. Y lo hizo porque “resonaba constantemente en su corazón de creyente, de humilde servidor del Evangelio y de la Iglesia, la palabra de María en la Anunciación: Fiat”.

“Jérôme Lejeune consintió en dejar que Dios actuase”, añadió el purpurado: “Para la teología católica, consentir es aceptar esa unión de la libertad y de la gracia que eleva al hombre al nivel de colaborador de Dios. Para un bautizado, la decisión de remitir a Cristo la dirección de su propia vida es un acto fundamental, que permite frustrar las trampas del deseo de aparentar, de la decepción y de la tristeza”.

El valor del silencio
“Para ello”, continuó, “hay que hundirse en lo que yo llamaría la ‘discreción', es decir, en el silencio propio de los grandes contemplativos y de los auténticos adoradores de Dios”, y al que el cardenal Sarah ha consagrado uno de sus últimos libros.


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Para Lejeune, el silencio fue además “una capa de plomo” vertida sobre él en sus últimos años, “fruto amargo de la ceguera y la mendacidad de los hombres”, pero, “lejos de destruirle, ese silencio se convirtió en una auténtica proximidad con Dios, una ‘fuerza’, la fuerza del testimonio, del martirio, la fuerza de la santidad”. Con ese silencio, él “suplicaba la compasión de sus contemporáneos hacia los más débiles, sus niños enfermos, en cuya voz se había convertido”.

Salir de la barbarie 
“Queridos amigos”, dijo más adelante el purpurado guineano, de 71 años, “hoy nadie puede mostrarse insensible ni indiferente ante la obligación imperiosa de defender al niño que está por nacer. Más allá del aspecto moral que nos prohíbe atentar contra toda vida humana, sobre todo la que es inocente e indefensa, la protección del embrión es la condición sine qua non para que la civilización salga de la barbarie y asegurar el futuro de nuestra humanidad”.

Y añadió: “Si el profesor Lejeune estuviese aún en este mundo, seguiría la línea intangible de la denfesa de la dignidad de la persona humana, que fue la suya de manera constante. Por tanto se habría opuesto a ese falso y escandaloso ‘matrimonio’ homosexual, a esas aberraciones que son la procreación artificial y los vientres de alquiler, y habría combatido con energía sin igual la ideología realmente delirante y mortífera llamada ‘de género’… y no hablemos del transhumanismo, verdaderamente terrible”.

“¿Hasta dónde llegaremos en esta carrera hacia el infierno?”, resumió el cardenal antes de referirse al “triunfo de la eugenesia y de la selección del mejor capital genético para crear al superhombre ideal” y su terrible perspectiva de “una raza de señores” y otra de “subhumanos”.

La vida del hombre, imagen de Dios 
Tras recordar que el Papa Francisco “nos llama a una movilización general por la vida”, el cardenal Sarah recordó que “la vida es un don de Dios y un don que Dios ha confiado a la familia, y es en la familia donde encuentra su fuente y el entorno que responde a su dignidad y a su destino… En la vida de cada persona humana, incluso la más débil y la más herida, la imagen de Dios resplandece y se manifiesta en toda su plenitud con la venida y Encarnación de Jesús, el Hijo de Dios y Salvador. Desde ese momento, todo hombre está llamado a una plenitud de vida que va mucho más allá de la dimensión de su existencia en la tierra, porque es la participación en la vida misma de Dios”.

“Esa era la convicción del profesor Lejeune, y tal es todavía la convicción inquebrantable de la Fundación que lleva su nombre”, concluyó el cardenal, antes de rematar su meditación con unas palabras de Jérome Lejeune, “quien no temió decir la verdad a tiempo y a destiempo”:

“No existe el Hombre con H mayúscula. Hay hombres, personas, y cada una de ellas merece respeto. Todos quieren derramar una lágrima sobre la condición del Hombre, y las grandes conciencias se enorgullecen con grandes aspavientos al hablar de los derechos del Hombre, pero muy pocos se preocupan de cada hombre, si no es la ley elemental de la caridad, una palabra fuerte hoy desprestigiada, y sin embargo irreemplazable, porque la caridad se extiende a todos y cada uno, y sobre todo a quien está justo a nuestro lado. Al ‘prójimo', como nos dice el catecismo”.

Vídeo de la meditación del cardenal Sarah sobre el Jérôme Lejeune (dividido en dos partes)



 
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