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lunes, 26 de septiembre de 2016

Preso de los nazis por poner a Dios antes que al partido, evangelizaba a los soviéticos en Dachau 26092016

Beatifican al padre Engelmar Unzeitig, que murió siendo voluntario en el barracón del tifus

Preso de los nazis por poner a Dios antes que al partido, evangelizaba a los soviéticos en Dachau

Preso de los nazis por poner a Dios antes que al partido, evangelizaba a los soviéticos en Dachau
El beato padre Engelmar fue sacerdote cinco años y medio, cuatro de ellos en el campo de Dachau... y los aprovechó bien

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26 septiembre 2016
Este sábado fue proclamado beato y mártir el sacerdote Engelmar Unzeitig(www.engelmarunzeitig.de), un alemán que pasó 4 años preso en el campo nazi de Dachau y murió allí de tifus, contagiado al presentarse como voluntario para cuidar a otros enfermos en terribles condiciones.

El Papa Francisco lo mencionó este domingo antes del rexo del ángelus: “Ayer en Wurzburgo, Alemania, fue proclamado beato Engelmar Unzeitig , sacerdote de la Congregación de los Misioneros de Mariannhill. Asesinado por odio contra la fe en el campo de exterminio de Dachau, él contrapuso el amor al odio, respondió a la ferocidad con la mansedumbre”.



"Página tras páginas, miraban los sermones"
El momento de la detención, en 1941, lo describió así la hermana del mártir: "Los dos oficiales registraban todo en la oficina parroquial. Página tras página, miraron los sermones de mi hermano y cogieron algunos de ellos. Hubert [su nombre civil, antes de entrar en vida religiosa] estaba pálido mientras cogía su pequeña maleta para poner en ella algunas cosas".

Los sermones de Engelmar Unzeitig hablaban a favor de los judíos perseguidos y criticaban la idolatría a Hitler y al partido. Aunque el Papa Francisco habla de Dachau como un "campo de exterminio" los historiadores no lo consideran tal (no como Auschwitz), aunque las condiciones cada vez más inhumanas (trabajos forzados, castigos brutales, escasas raciones, enfermedades como el tifus) mataron a muchos: de 2.579 clérigos católicos internados, 1.034 murieron allí.



"El bien es inmortal, la victoria debe ser de Dios" 
Engelmar, siendo alemán y clasificado como "prisionero político", tenía al principio algunas pequeñas ventajas, como poder enviar cartas. En sus escritos leemos: "El bien es inmortal y la victoria debe ser de Dios, aunque a veces parezca tarea inútil extender el amor de Dios en el mundo. De cualquier forma el corazón del hombre desea el amor. Al final nada se resiste a la fuerza del amor, con tal de que esté basado en Dios y no en las criaturas. Sigamos haciendo lo posible y ofrezcamos sacrificios para que reinen de nuevo al amor y la paz".

Detenido un año después de ordenarse
María Martínez López, en el semanario Alfa y Omega, detalla el itinerario del joven martir, que murió al día siguiente de cumplir 34 años.

Engelmar Unzeitig, explica el semanario, quería ser misionero en África. A los 17 años este joven nacido en 1911 en Greifendorf (Alemania) había entrado en los Misioneros de Marianhill. La II Guerra Mundial, que estalló unas semanas después de su ordenación sacerdotal, le cambió los planes. Año y medio después fue detenido y enviado al campo de concentración de Dachau.

Los espías nazis lo denunciaron por «defender a los judíos perseguidos; considerar a Cristo, y no al Führer, como su Señor supremo; y enseñar a los jóvenes que la obediencia a Dios es más importante que el poder mundano», escribe el también misionero de Mariannhill Adalbert Balling en su biografía.

El tifus del final de la guerra
Después de sobrevivir cuatro años, cuando la victoria de los aliados se sabía próxima, se desató en Dachau una epidemia de tifus. La situación en los barracones de los enfermos «era terrible –recuerda en sus memorias (Por el borde del precipicio, Voz de los Sin Voz) el padre Hermann Scheipers–. Los piojos y chinches pululaban y los enfermos yacían en literas de tres camas. Una sola picadura era una sentencia de muerte segura».

Los jefes del campo exigieron al sacerdote que actuaba como decano entre los demás clérigos que seleccionara a 20 para atender a los enfermos. Él pidió voluntarios. «Uno no se puede hacer a la idea –continúa Scheipers– de lo que suponía eso en aquel instante. Ya oíamos la artillería americana. Solo ansiábamos la liberación».

Unzeitig dio la espalda a esa promesa de libertad para entrar al barracón del tifus. Murió el 2 de marzo de 1945, menos de dos meses antes de la llegada de los aliados. Por eso se le conoce como el ángel de Dachau. El Papa Francisco lo reconoció como mártir en enero, y este sábado es beatificado en Wurzburgo (Alemania).



El campo de los sacerdotes
Abierto en 1933, Dachau fue el primer campo de concentración nazi, destinado en origen solo a prisioneros políticos. Las terribles condiciones de vida acabaron con la vida de al menos 30.000 de los 200.000 presos que albergó en doce años, pero no fue un campo de exterminio como Auschwitz, donde tres de cada cuatro recién llegados iban directos a la cámara de gas.

La Iglesia logró de los nazis el compromiso –cumplido solo en parte– de concentrar allí a los clérigos presos para que se sostuvieran mutuamente. Los tres barracones reservados para ellos acogieron a 2.600 sacerdotes católicos y a otros cien clérigos cristianos. Tenían capilla y permiso para celebrar Misa. Algunos presos laicos, pese a tener la entrada prohibida, participaban clandestinamente.

Él miraba hacia Dios
Los cuatro años que el padre Unzeitig pasó en Dachau hicieron «madurar en él –explica a Alfa y Omega su biógrafo– una personalidad sólida» y una firme confianza en Dios. Otro sacerdote que compartió barracón y trabajo con él, Hans Brantzen, recuerda que «cuando los demás se quejaban y sentían nostalgia, cuando todo se les hacía demasiado y no podían más, él miraba hacia arriba», a Dios.

«Ambos pertenecíamos a un pequeño círculo que debatía sobre liturgia, homilética y cuestiones pastorales. Cuando volvíamos agotados del trabajo, él iba la capilla antes que a la habitación».

Mendigaba… para los demás
El prisionero número 26.147 pronto hizo del campo su nueva misión. En una carta, escribió: «Espero poder hacer también aquí una pequeña contribución para devolver al mundo a la casa del Padre».

Son numerosos los testimonios de cómo –escribe el padre Balling en su biografía– «repetidamente apartaba algo de sus ya escasas raciones de comida» para otros prisioneros más necesitados. Incluso «mendigaba entre sus hermanos sacerdotes», contaba el padre Brantzen.

Además del hambre corporal, trataba de saciar la sed de Dios. «Su actitud profundamente sacerdotal –continuaba su compañero– surtió efecto» de forma «misteriosa» en un oficial de las SS para el que hizo labores de oficina durante un tiempo, y con el que llegó a tener intensas conversaciones.

Misionero de los presos rusos
Pero su principal apostolado fue con los presos rusos, tratados por los nazis con especial dureza. «Durante el noviciado, había aprendido algo de ruso», explica el padre Balling. Una vez en Dachau, perfeccionó su manejo del idioma para hacerse cercano a los presos soviéticos.

Además, se unió a un grupito de sacerdotes que también hablaban ruso para «traducir en secreto partes del catecismo y de la Biblia».

Esta misión fue especialmente fructífera con Piotr, con el que coincidió cuando ambos trabajaban en una fábrica de armamento. «Pronto –recordaba Brantzen– comenzaron las conversaciones sobre Dios durante el turno de noche». La amistad crecía, pero «en Piotr todavía quedaba algo de inseguridad» para dar el paso final.

La muerte martirial del padre Engelmar derribó sus barreras y le decidió a pedir el Bautismo. Se cumplió así lo que el sacerdote había escrito en una de sus últimas cartas: «El amor multiplica las fuerzas, inventa cosas, da libertad interior y alegría… El bien es inmortal y la victoria debe ser de Dios».

Vida y muerte de Engelmar Unzeitig, explicada en español con duras fotos de Dachau y otros campos
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“Cuando el cuerpo nos vuelve hacia sus cauces” (una reflexión otoñal ante las tumbas de los seres queridos) 26092016

“Cuando el cuerpo nos vuelve hacia sus cauces”
(una reflexión otoñal ante las tumbas de los seres queridos)


Hace poco tiempo leí  un comentario al poema de uno de mis preferidos poetas rusos contemporáneos, el poeta decía que “a pesar de todas las calamidades históricas existe Dios y su inabarcable verdad”. El comentario era lacónico e imponente: “¿Y quién permitió a Auschwitz?”. Es una de las preguntas a la que nadie puede contestar, por lo menos honestamente y sin divagaciones baratas, porque aquí tocamos al abismo. Lo único que puedo decir es que la ausencia de la fe en Dios no hace históricamente imposible a ningún Dahau o Auschwitz. Pero creer o no creer es un asunto personal. ¿Maximiliano Kolbe sentía el miedo ante la muerte? ¿O el ángel de Dahau Padre Engelmar Unzeitig? Sin duda, todos lo sienten, hasta el Cristo sudaba con sangre y pedía “apartar a este cáliz, si sea posible”. Pero todos beben  este cáliz y todos sudan con su sangre: muriendo de una dura enfermedad, en una cámara de gas o de disparos de ametralladora. A todos nosotros espera este momento de soledad y de abandono, porque la propia muerte es siempre el apartamiento de Dios, por el mero hecho de una irrupción de la inexistencia.


Toda la vida nosotros recibimos a la gracia y a la apertura de Dios, solo deberíamos estar dispuestos a aceptar al Don, siendo ya salvados y redimidos. En la cárcel más duro, en el campo de concentración o en el lecho de un enfermo terminal siempre está presente la gracia divina, sea ella un rayo del sol o una esperanza de quedarse vivo. En todo movimiento humano vive y actúa Dios, y no como algo externo, sino como un motor interior, según Santo Tomás de Aquino, interpretado por Karl Rahner (“La recepción de santo Tomás de Aquino” en La fe en tiempo de invierno). Pero llega el momento cuando el movimiento se para y el campo se queda congelado hasta la primavera pascual. En este momento más trágico de la vida ya no hay ni revelación, ni ninguna descendencia del cielo, sino nosotros mismos debemos revelarnos ante el Señor, mostrar ante su Rostro todo lo que se quedó recibido de Él durante nuestra vida. A veces pienso que en este consiste el verdadero sentido del Juicio Final, sin detalles mitológicos.

Todos somos unos ladrones crucificados, pero en este momento se decide que ladrón eres: él que va detrás del suspiro del Cristo o él que rechaza este camino encerrándose en sus sufrimientos y rencores. “¿Por qué no bajarás de esta cruz, si eres el Hijo del Dios?”. Porque así Cristo dejará ser un Hijo del Hombre y será vana toda la encarnación y toda la salvación divina. Se puede negar al Dios, pero cruz y Dahau no dejarán de existir por ello. Se trata de dar a esta última soledad y al abandono el otro sentido: de la prueba, del paso, de una trasformación. ¿En qué consiste la victoria sobre la muerte? En una idea igual de complicada que sencilla: existe algo más importante que esta vida que ahora yo voy a perder. ¡Mira, Padre, en estos “que no saben lo que hacen”! Ellos son más importantes que yo. O hay un padre de familia en la cola a la cámara de gas y su vida vale más que la mía. Todo el hombre que muere por la justicia, por la libertad, defendiendo a su Patria va por este camino, siendo creyente o no. Como dijo un príncipe a sus caballeros: “La derrota será deshonra para nuestra tierra, mejor ser los honrados muertos que los vivos deshonrados”. Fe, honor, libertad son siempre relacionados con los demás, referidos a ellos. Nadie defiende a su Patria para sí mismo, nadie lucha por la libertad en el sentido meramente individualista. Por esta libertad de egoísmo no mueren y no es una libertad verdadera.


Recuerdo como abandonaron la vida mis seres queridos. Mi abuela siempre tenía un cierto presentimiento de su futuro y sobre todo de su muerte. Ella era una sencilla ama de casa jubilada: ni restaurantes, ni banquetes, nunca celebraba sus cumpleaños. Su pelo era corto y blanco, ella no iba en peluquería, andaba en un eterno delantal por encima del viejo vestido y en zapatillas casi ortopédicas. De repente y para el asombro de todos ella organizó una gran fiesta de su aniversario septenario, invitando a todos los amigos y parientes. La encontraron muy guapa: el pelo arreglado, un nuevo vestido con encajes, los zapatos de salón. Agradeció a todos y murió dos días después por la causa del tercer infarto. Los dolores deberían empezarse antes y ella ya sabía adónde va a llegar. “Sabes, cuando te duele el corazón, tú te sientas absolutamente sola y te da miedo. Piensas: “Ahora esta cosa va a parar y todo se acabo”. Este era su cáliz. Pero más le importaban los demás y ella quería, a pesar del dolor, quedarse en su memoria bella, alegre y agradecida, diciendo a todos como les ama. El miedo no derrumbó a la persona que iba a comprar nuevos zapatos por primera vez en diez años cinco días antes de su muerte. La enterraron en ellos y ella sabía que esto iba a ser así.


Mi padre murió de cáncer, desnutrido y desgastado por la quimioterapia tardía. Los últimos días él ya solo dormía, pensaba y no hablaba con nadie. Prefería estar solo. Hablar le costaba: le ahogaba la tos y le faltaba el aire. Una vez me llamó por la noche: “Ahí está un libro en el armario. Son recuerdos de un sacerdote. Dalo a mi hermana. Ahí hay una carta, su hijo murió de enfermedad y la escribió a su padre”. Mi primo falleció en un trágico accidente hace dos años, su madre estaba desolada. En el libro un niño de nueve años escribía: “Mama y papa, no llorad por mí, porque así me vais a entristecer en la casa del Señor. Voy con fe y esperanza”. –“¿Papa, tu vas con fe y esperanza?”. Me contestó con irritación: “No soy un monaguillo de nueve años. Ya he pedido sacar de mi habitación todo láudano con iconillos. Yo no voy con nada. Pero a ella le va a ir bien esta carta. ¡Vete ya!”. Y ella sí que necesitaba este texto, lo leía y releía: “Él siempre fue tan seco. ¿Cómo sabía encontrar a estas palabras?”. Parece que él en sus últimos momentos no pensaba solo sobre su sed o la falta del aire, sino sobre un dolor que le parecía más importante que el suyo.

Todo esto me recuerda a unos mensajes de teléfonos de este avión que ya iba a estrellarse en las Torres Gemelas: “Que seas feliz, querido hijo”; “Sobre vosotros mis últimos pensamientos”; “Te amo, Sally, y voy a estar contigo siempre. Ellos no harán nada con esto”. Y todo esto pasa, si volvemos al soneto de Jaime Gil de Biedma que dio el nombre a esta reflexión, no en un momento lucido y celeste, sino cuando:

…gritar apenas pudo:
las nubes, como pan morenas,
le arrebataron en descendimiento.
Cuando ya no, cuando la torrentera.
Una torre clamando se derrumba.
Rompe mejor la voz contra las fauces.
Cuando saben los dientes a madera,
cuando el lecho se vuelve hacia la tumba,
cuando el cuerpo nos vuelve hacia sus cauces.
“Dale este libro”; “Os he reunido para decir que os amo”; “Nosotros igual estaremos juntos”. Cuerpo vuelve a sus cauces de la creación primera, pasando a través de la oscuridad de la noche, guiado por el amor.


Fotos: Maximiliano Kolbe, Engelmar Unzeitig