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jueves, 13 de septiembre de 2018

Exaltación de la Santa Cruz, 14 de septiembre



© Cathopic

Exaltación de la Santa Cruz, 14 de septiembre

Signo de nuestra salvación
«La señal del cristiano, único camino para conquistar la unión con la Santísima Trinidad, condición puesta por Cristo para seguirle. Motivo de gozo y esperanza, signo de nuestra salvación»
Los cristianos sabemos que la señal que nos identifica es la Santa Cruz. Lo aprendimos en el catecismo y el Evangelio nos enseña que cualquiera que se disponga a seguir a Cristo tiene en ella su única brújula, la que va a guiarle por el camino que lleva a la unión con la Santísima Trinidad. Es la condición puesta por Él: «Si alguno quiere venir en pos de mí,niéguese a sí mismo, tome su cruz cada díay sígame» (Lc 9, 23). San Juan de la Cruz lo recordaba con estas palabras: «Quien busca la gloria de Cristo y no busca la cruz de Cristo, no busca a Cristo». La cruz exige renunciar por amor a Él y al prójimo a lo que más cuesta. Quien no la acepta no sabe amar. Requiere coherencia, disponibilidad, valentía, etc. Dios rechaza la tibieza. Cuando la cruz se acepta con alegría resulta liviana; fortalece y dispone para superar las dificultades que se presentan.
No hay integrante de la vida santa que no haya contemplado este «árbol de la vida»; todos se han abrazado a él. El beato Charles de Foucauld advertía: «Sin cruz, no hay unión a Jesús crucificado, ni a Jesús Salvador. Abracemos su cruz, y si queremos trabajar por la salvación de las almas con Jesús, que nuestra vida sea una vida crucificada». No hay otra vía para alcanzar la santidad, como también reconocía santa Maravillas de Jesús: «El camino de la propia santificación es el santo misterio de la cruz».La cruz confiere sentido al sufrimiento humano, ilumina y consuela en las fatigas del camino, inunda de esperanza el corazón, suaviza las circunstancias más adversas, lima toda aspereza. «Poned los ojos en el Crucificado y se os hará todo poco…», manifestaba santa Teresa de Jesús.
El «árbol de la cruz» es el símbolo de la Salvación. Contiene todos los matices semánticos que se atribuyen a la expresión exaltar. Se reconocen en el santo madero los excelsos méritos que Cristo le otorgó con su propia vida, ya que en él estuvo «colgado» salvando al mundo libremente, mostrando su insondable amor. Se deja correr el caudal de pasión que inspira cuando se contempla, induciéndonos a ir a él y adorarlo. La cruz es signo de unidad, de paz y de reconciliación, es el distintivo de los «ciudadanos del cielo» (Flp 3, 20), llave que nos abre sus puertas. «O morir o padecer; no os pido otra cosa para mí. En la cruz está la vida y el consuelo, y ella sola es camino para el cielo», expresaba Teresa de Jesús. Solo es «necedad», como decía san Pablo, para los que se pierden; para el resto, es «fuerza de Dios»: «Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan –para nosotros– es fuerza de Dios […]. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres»(I Corintios 1, 18ss).
Esta festividad rememora el acontecimiento que se produjo el 14 de septiembre del año 320, cuando la emperatriz de Constantinopla, santa Elena, madre de Constantino el Grande, encontró el madero (Vera Cruz) en el que murió el Redentor. Hechos extraordinarios marcaron este momento: la resurrección de una persona y la aparición de la cruz en el cielo. Para albergar esta excelsa reliquia signo de la victoria de Cristo, manifestación del perdón y de la misericordia de Dios, esperanza para los creyentes, centro de nuestra fe, santa Elena y Constantino hicieron construir la basílica del Santo Sepulcro. Unos siglos más tarde, en el 614, el rey de Persia, Cosroes II, conquistó Jerusalén y tomó como trofeo la Vera Cruz, el venerado emblema cristiano que se custodiaba en el templo. Mofándose de los cristianos, lo utilizó como escabel de sus pies. Pero catorce años más tarde el emperador Heraclio, una vez que derrotó a los persas, pudo devolver el santo madero a Constantinopla. Después, fue trasladado a Jerusalén el 14 de septiembre del año 628.
Al parecer, cuando Heraclio se propuso introducir la cruz solemnemente no pudo cargarla sobre sus hombros; se quedó paralizado. El patriarca Zacarías, que formaba parte de la comitiva caminando a su lado, señaló que el esplendor de la procesión nada tenía que ver con la faz de Cristo humilde y doliente en su camino hacia el Calvario. El emperador se desprendió de sus ricas vestiduras y de la corona que ceñía su cabeza, y cubierto con una humilde túnica pudo transportar la cruz caminando descalzo por las calles de Jerusalén para depositarla en el lugar de donde había sido arrebatada siglos atrás. Desde entonces se celebra litúrgicamente esta festividad de la Exaltación de la Santa Cruz. Con objeto de evitar otro expolio, fue dividida en cuatro fragmentos. Uno de ellos quedó custodiado en Jerusalén en un cofre de plata; otro se llevó a Roma, un tercero a Constantinopla y el resto fue convertido en minúsculas astillas que se repartieron en templos dispersos por el mundo.
Esta fecha litúrgica es crucial para los creyentes. La cruz no es un ninguna tragedia, como no lo es amarla, algo que resultará extraño fuera de la fe. Es una bendita «locura» que inunda el corazón de gozo. Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) lo advertía:«ayudar a Cristo a llevar la cruz proporciona una alegría fuerte y pura». No la rehuyamos. Cristo nos ayuda a portarla con su gracia; sigue compartiéndola con nosotros. Que un día no nos tenga que decir lo que en celeste coloquio le confió al Padre Pío: «Casi todos vienen a Mí para que les alivie la cruz; son muy pocos los que se me acercan para que les enseñe a llevarla».

viernes, 25 de agosto de 2017

El zapatero al que Cristo visitó tres veces (Reflexión)

El zapatero al que Cristo visitó tres veces

zapatero arregla zapatos dibujo visita cristo

Cristo siempre está visitando a sus hermanos, abramos nuestra mente y corazón para recibirle cuando menos lo esperamos.

 
Al igual que en Adviento, la Cuaresma es un tiempo de espera y de preparación. Tiene gran importancia en nuestras vidas porque es una temporada de mirar hacia adelante, esperando por algo grande que nos va a acontecer: el regalo de la salvación, el regalo del amor sin medida, la celebración anual del suceso que marcó un antes y un despues: el nacimiento del Niño Dios.
Con la llegada de este hermoso tiempo de preparación del corazón, les hacemos llegar, un relato de León Tolstoy, que seguramente ya es bien conocido por todos, pero que vale la pena rescatarlo antes de la celebración de la Navidad.

La visita de Cristo a un zapatero

Martín era un humilde zapatero de un pequeño pueblo de montaña. Vivía solo. Hacía años que había enviudado y sus hijos habían marchado a la ciudad en busca de trabajo.
Martín, cada noche, antes de ir a dormir leía un trozo de los evangelios frente al fuego del hogar. Aquella noche se despertó sobresaltado. Había oído claramente una voz que le decía. ‘Martín, mañana Dios vendrá a verte’. Se levantó, pero no había nadie en la casa, ni fuera, claro está, a esas horas de la fría noche...
Se levantó muy temprano y barrió y adecentó su taller de zapatería. Dios debía encontrarlo todo perfecto. Y se puso a trabajar delante de la ventana, para ver quién pasaba por la calle.
Al cabo de un rato vio pasar un vagabundo vestido de harapos y descalzo. Compadecido, se levantó inmediatamente, lo hizo entrar en su casa para que se calentara un rato junto al fuego. Le dio una taza de leche caliente y le preparó un paquete con pan, queso y fruta, para el camino y le regaló unos zapatos.
Llevaba otro rato trabajando cuando vio pasar a una joven viuda con su pequeño, muertos de frío. También los hizo pasar.
Como ya era mediodía, los sentó a la mesa y sacó el puchero de la sopa excelente que había preparado por si Dios se quería quedar a comer. Además fue a buscar un abrigo de su mujer y otro de unos de sus hijos y se los dio para que no pasaran más frío.
Pasó la tarde y Martín se entristeció, porque Dios no aparecía. Sonó la campana de la puerta y se giró alegre creyendo que era Dios. La puerta se abrió con algo de violencia y entró dando tumbos el borracho del pueblo.
– ¡Sólo faltaba este! Mira, que si ahora llega Dios... (se dijo el zapatero)
– Tengo sed (exclamó el borracho)
Y Martín acomodándolo en la mesa le sacó una jarra de agua y puso delante de él un plato con los restos de la sopa del mediodía.
Cuando el borracho marchó ya era muy de noche. Y Martín estaba muy triste. Dios no había venido. Se sentó ante el fuego del hogar. Tomó los evangelios y aquel día los abrió al azar. Y leyó:
"Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestiste... Cada vez que lo hiciste con uno de mis pequeños, a mí me lo hiciste..."
Se le iluminó el rostro al pobre zapatero. ¡Claro que Dios le había visitado! ¡No una vez, sino tres veces! Y Martín, aquella noche, se durmió pensando que era el hombre más feliz del mundo...
El Adviento, es la llegada del amor, el sueño vivo de una esperanza que nos trae a todos la salvación y nos enriquece el alma con bondad y compasión. Así mismo, la Cuaresma es la espera de la Gloria y la Salvación, es la manifestación misma del amor en el sacrificio y la entrega
Esperemos que este pequeño relato le ayude a comprender la riqueza y la honra de recibir al niño Dios durante el tiempo deCuaresma o Adviento o en cualquier otro tiempo de su vida, y le fortalezca el deseo de darle una bienvenida a Cristo con todo su corazón
Recuerda: Jesús nos visita de muchas formas y de distintas maneras, aprendamos a reconocerlo siempre. ¡Dios les bendiga!
 
Redacción: Qriswell Quero, PildorasdeFe.net

jueves, 24 de noviembre de 2016

Profesión de fe en Jesucristo (Karl Rahner) 20112016

Karl Rahner en Herder

Profesión de fe en Jesucristo

Qué significa hoy confesarse cristiano

Redacción, 22 de noviembre de 2016 a las 09:17
Nos hace prestar atención a las fuentes que subyacen en la profesión de fe teológica, al situarla en el marco universal de la promisión a todo el género humano
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Karl Rahner

  • Karl Rahner
  • El último libro de Rahner, en Herder
  • Karl Rahner
Profesión de fe en Cristo, de Karl Rahner (Herder)
Profesión de fe en Cristo, de Karl Rahner (Herder)
(Herder).-El gran teólogo Karl Rahner se pregunta en este ensayo qué significa hoy profesarse cristiano. El texto, al hilo del diálogo con un creyente judío, despliega reflexiones de valor universal, que serán de interés para todos.
En este libro, Karl Rahner se pregunta qué significa hoy profesarse cristiano. De manera breve, no solo despliega toda una cristología y aborda la relación entre judaísmo y cristianismo, sino que se pregunta también por la salvación de todos en el decurso de la historia, pues la gracia de Cristo es la «esencia misteriosa de toda realidad elegible».
Se trata de un texto dialógico que se propone explicar al interlocutor -un judío creyente- que también en su fe y pensamiento existe un punto de contacto que hace posible comprender lo «ajeno», sin ningún propósito de proselitismo.
Esta sosegada reflexión cristiana será de interés para todos. Nos hace prestar atención a las fuentes que subyacen en la profesión de fe teológica, al situarla en el marco universal de la promisión a todo el género humano.
Para saber más, pincha aquí: