domingo, 19 de abril de 2026

De caminos y de caminantes - Domingo 3º de Pascua. Ciclo A (19.04.2026): Lucas 24,13-35. Tú y yo somos los dos de Emaús y “Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mt 7,12). CINCO MINUTOS.

 De caminos y de caminantes

No es habitual que en la tarde de un jueves envíe los comentarios del Evangelio que se nos proclamará el próximo domingo; en este caso concreto, el domingo 19 de abril. Da la casualidad de que este fin de semana (triduo del 16 al 19) estaré ocupado en asuntos socio culturales por tierras de la cuenca del río Arlanza y alrededores. Creo que ambas tareas son compatibles y ambas también muy saludables.
En este tiempo y lugar seguiré recordando que los mensajes evangélicos eclesiales tratan de acontecimientos vividos en las experiencias de los caminos y de los caminantes, según nos lo dejó confirmado el narrador del llamado Evangelio de Lucas. Subrayo este dato por ser este único autor quien nos informa del camino de la ciudad de Jerusalén a la cercana aldea de Emaús. Aldea que, desde los más remotos tiempos no se sabe muy bien dónde estuvo ubicada. En la actualidad existen hasta tres posibles ubicaciones. Las tres tan ciertas como ignoradas, semejante a la tan imprecisa ubicación que se encierra en aquella conocidísima referencia que dice: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía..."
Por el camino de la Mancha, por el camino de Emaús... ¡por el camino que es la vida! Y por estos caminos, los caminantes. Al menos, de dos en dos. Siempre. Casi nunca muchedumbres. Por el camino hacia la aldea de Emaús, dos caminantes solitarios comparten lo suyo y... ¡lo de algún otro! ¿Lo de algún otro? Seguramente que se trataba de lo de uno y de lo de otro que se llevaba en las alforjas de sus adentros. Seguían aprendiendo a compartir. Y este aprendizaje, al parecer, nunca entristece el caminar por más oscuros que sean los adentros o los horizontes. Caminar acompañado humaniza. 
Mientras voy completando los renglones de esta presentación que habla de caminos y de sus caminantes me van resonando los versos del poeta Machado y de sus intérpretes cantautores. Y a ti, lector, sé que te sucede otro tanto semejante a lo mío. Recordamos lo que nos empapa y por ello, no importa que sean caminos trillados o caminos estrenados, siempre habrá huellas perennes o desdibujadas. Huellas, presencias..., la vida viva, en definitiva.
El camino de Emaús, imaginado en el evangelio de Lucas, sólo existió para este narrador que deseaba contar otra cosa como, por ejemplo, expresar la experiencia de que aquel amigo injustamente matado y sepultado seguía vivo en los adentros de sus amigos y  seguidores de entonces y de siempre, por entender que resucitar es vivir. Probablemente. Y desde entonces, y aquí y ahora, seguimos hablando de todo esto mientras compartimos el aprendizaje de caminar... y de creer.
A continuación siguen los dos comentarios para este domingo 19 de abril

Carmelo Bueno Heras
 

Comentario primero:

Domingo 3º de Pascua. Ciclo A (19.04.2026): Lucas 24,13-35. Tú y yo somos los dos de Emaús. Lo creo, medito y escribo CONTIGO,

Para este tercer domingo de las fiestas de Pascua se nos propone la lectura del Evangelio de Lucas 24,13-35. Volveremos a escuchar el conocidísimo relato llamado ‘Los discípulos de Emaús’. Espero que todo lector de estas líneas tenga muy fresco el relato que hemos escuchado en palabras del cuarto Evangelio (Juan 20) sobre aquello que sucedió en el primer día de la semana después de la fiesta de la Pascua. ¿Por qué encontramos tantas diferencias? Este relato de Lucas comienza así: “Aquel mismo día iban dos a un pueblo llamado Emaús” (Lc 24,13). Aquel mismo día era el día primero de la semana (Lc 24,1). Quienes no lean Lucas 24,1-12 no sabrán cuál es el contexto en el que el Evangelista nos cuenta el relato de Emaús. Sugeriría a quien lo desee que se lea todo este vigesimocuarto capítulo de Lucas, completo. Todo cuanto cuenta este Evangelista sucedió en ese primer día de la semana. Y ahí acaba la primera parte de la obra de este Evangelista. La segunda parte será el Libro de los Hechos.

 

Ningún otro Evangelista nos cuenta el relato de lo ocurrido en el camino de ida y vuelta entre Jerusalén y Emaús. En ningún Evangelio se nos habla nunca de aquel seguidor de Jesús de Nazaret llamado Cleofás. Y me seguiré preguntando siempre por la identidad del acompañante de Cleofás. Podría llenar el resto de esta página tratando de hablar de esta anónima persona.

 

Además, debo confesar aquí una imaginación mía que en multitud de ocasiones ilumina mis adentros llenándolos de la serenidad de una libertad asumida como muy posible. Todo parte de lo que leo, contemplo y medito en este Lucas 24,31: “Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron”.  

 

El invisible y no reconocido resucitado Jesús de Nazaret partió el pan, lo repartió y lo compartió con Cleofás y su acompañante (que era ¿su esposa, su hermana, su novia...?). Los dos laicos y seguidores de Jesús. Un hombre y una mujer. En Emaús, que está fuera de Jerusalén.  ¿No estuvieron ambos, tres días antes, en la cena de despedida donde escucharon a este mismo Jesús aquello de “haced esto en memoria mía” (Lucas 22,19-20)?

 

En este relato de ‘Los dos de Emaús’ se nos está presentando una celebración de la ‘presencia y memoria’ de Jesús de Nazaret siempre que nos reunimos, al menos de dos en dos, para compartir sin ningún ritual institucionalizado la mesa, la comida y la bebida. De dos en dos. Hombres y mujeres. En comunión de vida. ¿No es ésta la buena noticia del sacramento nuevo aprendido con Jesús de Nazaret?

 

Estoy seguro de que en muchos ámbitos, en los que se comparte el mensaje y la vida de aquel laico de Nazaret llamado Jesús, se celebra esta eucaristía como se nos anuncia en esta experiencia que nos ha conservado el Evangelista Lucas en este relato de ‘Los de Emaús’. En estos ámbitos no es necesario institucionalizar, separar o consagrar, ningún representante o mediador del resucitado que ya vive dentro de cada uno de los que comparten vida y comida.   

Creo que en la tradición de nuestra Iglesia, llamada también de Jesús,

se olvidó y se olvida conscientemente este mensaje del Evangelio de Emaús.

Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 26.04.2020. Y también en Madrid, 19.04.2026. 


Comentario segundo:

“Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mt 7,12).

CINCO MINUTOS para compartir el comentario de la 21ª página del Evangelio de Mateo 12,38-45.

El Evangelista Mateo nos sorprende a los lectores de su ‘biografía’ sobre Jesús de Nazaret con un dato que, como poco, me parece desconcertante: “Entonces, en respuesta, algunos letrados y fariseos interpelaron a Jesús: Maestro, queremos ver una señal tuya personal” (12,38). Estas son las primeras expresiones de la breve e intensa unidad literaria que es Mateo 12,38-45. He dicho que se trata de un dato desconcertante. Me explico. Desde que este Jesús de Mateo comenzó su tarea evangelizadora por las tierras de Galilea no ha dejado de contársenos ‘dichos y hechos’ de este galileo y laico llamado Jesús. Y algo más, en varias ocasiones estos ‘dichos y hechos’ han tenido como destinatarios explícitos los fariseos y los escribas. Me volveré a leer sin prisas el relato de Mateo 4,23 hasta 12,37 para constatarlo de nuevo.

 

Queremos ver una señal tuya, personal y explícita, le han pedido a Jesús... Si leemos Marcos 8,11-13 caeremos en la cuenta de las notables diferencias de ambas visiones del mismo relato. Lucas también nos ha contado este mismo asunto y se parece mucho más a Mateo que a Marcos. A Jesús le están pidiendo los escribas y fariseos una señal personal. Y según estos tres narradores, Jesús no les ofrece ninguna señal personal. El más preciso en afirmarlo es Marcos.

 

Este Jesús de Mateo y de Lucas ofrece a los escribas y fariseos una señal que explícitamente les pertenece a todos ellos, a todo judío creyente o no. Es una señal que todos pueden leer, comprender, aceptar o rechazar..., como se lee y se acoge la Ley que se dice venir de parte de su Yavé Dios. Es decir, esta señal debe ser (se trata de un imperativo) la señal de su Yavé Dios.

 

La señal que a toda persona judía debe interrogar tanto como iluminar es la presencia del mensaje de un profeta que cuenta los datos de la historia de manera provocativamente revolucionaria. La primera y principal señal (¿signo, sacramento, misterio?, llámese como se desee) es Jonás, el libro de su nombre que se encuentra y puede leerse en el rollo de los doce profetas de Israel, junto a Oseas, Amós, Miqueas...

 

Más de uno me preguntará si el relato de Jonás fue histórico y real como lo podemos leer en sus cuatro breves capítulos. Y casi siempre suelo responder que este relato de Jonás es tan real e histórico como lo es el extensísimo relato cervantino de ‘El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha’. Nínive fue siempre la capital del imperio Asirio, el conquistador y deportador del reino de Israel (leer en el Segundo Libro de la Reyes 17). Israel y Asiria con sus capitales de Jerusalén y Nínive..., ¿deben sentirse y considerarse siempre naciones y gentes enemigas?

 

Y sólo a un profeta de Israel, camuflado bajo el nombre de Jonás, se le ocurre gritar alto y claro que hay que amar al enemigo. Que es posible vivir esta utopía. Que este amor entre pueblos, razas, religiones, personas... es el amor de Dios, de todo Dios, del único Dios. ¿No es esto una utopía revolucionaria?  Me atrevo a pensar que Jesús de Nazaret decidió ser otro Jonás... Esta interpretación de la señal de Jonás como la humanizadora utopía del amor al enemigo implica asumir el riesgo de la intolerancia, la persecución y la muerte violenta (Mt 12,43-45).

Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 21.04.2019. Y también en Madrid, 19.04.2026.

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