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lunes, 13 de septiembre de 2021

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz 14 de septiembre

 

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

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En la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz Recordamos con cariño y veneración la Cruz porque en ella murió nuestro Señor Jesucristo

  
La fiesta de la exaltación de la Santa Cruz es una fiesta de la Iglesia Católica es donde se hace la veneración a las reliquias de la Cruz de Cristo en Jerusalén, tras ser recuperada de manos de los persas por el emperador Heráclito.

Fiesta: 14 de Septiembre

Nosotros recordamos con mucho cariño y veneración la Santa Cruz porque en ella murió nuestro Redentor Jesucristo, y con las cinco heridas que allí padeció pagó Cristo nuestras inmensas deudas con Dios y nos consiguió la salvación.

Fiesta de la Santa Cruz

Hacia el año 320 la Emperatriz Elena de Constantinopla encontró la Vera Cruz, la cruz en que murió Nuestro Señor Jesucristo. La Emperatriz y su hijo Constantino hicieron construir en el sitio del descubrimiento la Basílica del Santo Sepulcro, en el que guardaron la reliquia.
Le pusieron por nombre la basílica de la "Resurrección". La consagraron el 14 de septiembre. Como consecuencia, este día se eligió para celebrar la fiesta que se llama la "Exaltación de la preciosa y vivificadora Cruz".
El rey Cosroes II de Persia, en el año 614 invadió y conquistó Jerusalén y se llevó la Cruz poniéndola bajo los pies de su trono como signo de su desprecio por el cristianismo. Pero en el 628 el emperador Heraclio logró derrotarlo, recuperó la Cruz y la llevó de nuevo a Jerusalén el 14 de septiembre de ese mismo año.
Desde entonces, ese día quedó señalado en los calendarios litúrgicos como el de la Exaltación de la Vera Cruz.

El regreso de la Santa Cruz

Al llegar de nuevo la Santa Cruz a Jerusalén, el emperador dispuso acompañarla en solemne procesión, pero vestido con todos los lujosos ornamentos reales, y de pronto se dio cuenta de que no era capaz de avanzar.
Entonces el Arzobispo de Jerusalén, Zacarías, le dijo:
"Es que todo ese lujo de vestidos que lleva, están en desacuerdo con el aspecto humilde y doloroso de Cristo, cuando iba cargando la cruz por estas calles".
Entonces el emperador se despojó de su manto de lujo y de su corona de oro, y descalzo, empezó a recorrer así las calles y pudo seguir en la piadosa procesión.
Los fragmentos de la santa Cruz se encontraban en el cofre de plata dentro del cual se los habían llevado los persas, y cuando el patriarca y los clérigos abrieron el cofre, todos los fieles veneraron las reliquias con mucho fervor, incluso, su produjeron muchos milagros.
Para evitar robos, la Santa Cruz fue partida en varios pedazos. Uno fue llevado a Roma, otro a Constantinopla, un tercero se dejó en un hermoso cofre de plata en Jerusalén.
Otro se partió en pequeñísimas astillas para repartirlas en diversas iglesias del mundo entero, que se llamaron "Veracruz" (verdadera cruz).

La Fiesta de la exaltación

La fiesta de la Elevación de la Santa Cruz, a pesar de que obviamente tuvo un origen político, goza hoy de gran significado en la Iglesia.
Es un día en el que recordamos que la Cruz es el único signo o símbolo digno de toda nuestra lealtad, y que nuestra salvación viene, no por ninguna clase de victoria terrenal, sino por la única verdadera y duradera victoria de la Crucifixión de Cristo y nuestra co-crucifixión con Él.

Cuando elevamos la Cruz y nos postramos ante ella en veneración y en adoración a Dios, proclamamos que pertenecemos al Reino que no es de este mundo, y que nuestra única ciudadanía verdadera, que perdura por siempre, es con los santos en la "ciudad de Dios". (Efesios 2,19; Hebreos 11,10; Apocalipsis 21-22)
Así, en la Elevación de la Santa Cruz, los cristianos vuelven a dedicarse al Señor crucificado y prometen su lealtad absoluta a Él, mediante su veneración de la Vivificadora Cruz y su adoración de Cristo Crucificado. Esto es el significado que tiene esta fiesta eclesiástica, día de ayuno y arrepentimiento, en la Iglesia hoy día.

Meditación: "La Cruz, extremo de Amor"

La Santa Cruz es trono para Nuestro Señor Jesucristo. Tan noble Rey venció en ella al pecado y la muerte, no al modo humano, sino al misterioso modo divino.
El odio de los hombres combatió contra su mismo Redentor, pero venció el Amor de Jesús por los hombres. Estos se unieron para atormentar a Jesús e irrumpieron contra Él; y Él soportó todo tormento y se sometió a la misma muerte, con la mansedumbre de un cordero. Su Cuerpo divino, llagado de amor, no encontró otro descanso que la Cruz.
Mientras Jesús sufría, amaba. Nos devolvió con amor tanta ofensa. Tanta ofensa hecha por cada uno de nosotros día a día. Y es en virtud de ese amor unido al sufrimiento que Él gustaba una gran felicidad: la de salvar el género humano. Se sometió a la muerte para darnos vida. Fue en la Cruz donde nos conquistó el perdón de su Padre.
¿Por qué Señor tanta mansedumbre, tal gozo entre tantos expertos de muerte? Precisamente se debe a que el cáliz de la Pasión Él lo tomó no de la mano de sus enemigos, sino de las del Padre; y por consiguiente lo tomó con amor infinito.
He aquí el secreto de padecer con mérito y con gloria: recibir las tribulaciones, no de las manos de los hombres, sino de las de Dios.
El dolor en esta tierra es inevitable y no se puede evitar siempre; pero también está claro que el amor tiene su precio: y siempre resulta un precio amable.
Este es el secreto del amor de Dios por los hombres, y del mismo modo puede ser el secreto del gozo de los mártires. También será el gozo de cualquier cristiano que reciba un aumento del amor de Dios.
Del mismo modo que vale la pena gastarse por un amigo, un familiar, una persona querida, a los que aman a Dios les resulta fácil "gastarse" (o sacrificarse) por Él.
Cuando rápidamente decimos que sí a lo que nos cuesta es porque amamos sinceramente a esa persona. Con Dios sucede otro tanto.
A veces le ofrecemos a Dios sacrificios que nos parece le gustarán, y otras es Él mismo quien golpea a nuestra puerta pidiéndonos algo: a través de otras personas o directamente.
Jesús cargó con la Cruz y nos invita a que cada uno de nosotros lo imitemos también en esto. No hay camino sin Cruz. Dios regala la Cruz a quienes ama, a quienes quiere regalar también con muchos otros bienes. Ese es el sentido de las palabras del Apóstol: "No quiero otra cosa que Jesús y Jesús crucificado."
En la Cruz nos encontramos y unimos a Cristo. Busquémoslo siempre allí. Él, con sus brazos extendidos, nos espera para regalarnos el abrazo de su infinito amor.

Oración:

Señor, Dios nuestro, que has querido salvar a los hombres por medio de tu Hijo en la cruz, te pedimos, ya que nos has dado a conocer en la tierra la fuerza misteriosa de la Cruz de Cristo, que podamos alcanzar en el cielo los frutos de la redención.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Amén

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz 14 de septiembre

 

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

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fecha: 14 de septiembre
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Elogio: Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que al día siguiente de la dedicación de la basílica de la Resurrección, erigida sobre el Sepulcro de Cristo, es ensalzada y venerada como trofeo pascual de su victoria y signo que aparecerá en el cielo, anunciando a todos la segunda Venida.

refieren a este santo: Santa Elena

Oración: Señor, Dios nuestro, que has querido realizar la salvación de todos los hombres por medio de tu Hijo, muerto en la cruz, concédenos, te rogamos, a quienes hemos conocido en la tierra este misterio, alcanzar en el cielo los premios de la redención. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).



La fiesta del 14 de septiembre como «fiesta de la santa Cruz» es muy antigua, se remonta al siglo IV, y está muy bien atestiguada, como veremos; sin embargo, a lo largo del tiempo ha habido en torno a ella tradiciones diversas que se han entremezclado y producido desplazamientos en cuanto al sentido de lo que se festeja en la fecha. Hasta hace algunas décadas había una fiesta el 3 de mayo, suprimida por SS Juan XXIII en 1960, llamada «Inventio Santae Crucis», es decir, «descubrimiento de la Santa Cruz», que rememoraba el momento en que se encontró la auténtica cruz de Jesús (la Vera Cruz) y se expuso a la veneración del pueblo cristiano. Sin embargo, como mostrará más tarde este artículo, en realidad esa fiesta, propia de la Igelsia de Occidente, era un desdoblamiento de la de septiembre, que evocaba, entre otros aspectos, la «inventio». Por ese motivo la fiesta de septiembre había quedado, en Occidente, para celebrar un acontecimiento posterior: la recuperación en el 614 del relicario con los fragmentos de la Vera Cruz por el emperador Heraclio de manos de los persas.

Parece ser, sin embargo, que la fiesta original tampoco conmemoraba el 14 de septiembre la «inventio» propiamente dicha, sino que era una fiesta de la Santa Cruz que, nacida en relación a las dedicaciones de las basílicas de Tierra Santa que en la actualidad se celebran el día 13 de septiembre, conmemoraba a la santa cruz como tal, no en relación a tal o cual acontecimiento histórico. Como sea, cualquiera puede ver por la redacción del actual elogio del Martirologio Romano, que se ha querido despojar esta fiesta de su relación directa con la «inventio», y más bien la Iglesia propone celebrar en esta fecha el signo de la Cruz no sólo aparecido en al historia hace 2000 años, sino también como señal para todos los pueblos que presidirá escatológicamente la vuelta de Jesús en la gloria y majestad de su Reino.

En este artículo se han recuperado frangmentos de los correspondientes del Butler-Guinea que antes estaban en el 14 de septiembre cuando evocaba la recuperación del 614, y del 3 de mayo como fiesta de la «inventio». Aunque ninguno de los dos artículos corresponde ya al sentido de la fiesta actual, contienen material histórico de primer orden, y que ayudará a penetrar en la densidad de la celebración que realizamos nosotros.

La fiesta del 14 de septiembre conmemoraba originalmente la solemne dedicación, que tuvo lugar el año 335, de las iglesias que santa Elena indujo a Constantino a construir en el sitio del Santo Sepulcro. Por lo demás, no podemos asegurar que la dedicación se haya celebrado, precisamente, el 14 de septiembre. Es cierto que el acontecimiento tuvo lugar en septiembre; pero, dado que cincuenta años después, en tiempos de la peregrina Eteria, la conmemoración anual duraba una semana, no hay razón para preferir un día determinado a otro. Eteria dice lo siguiente: «Así pues, la dedicación de esas santas iglesias se celebra muy solemnemente, sobre todo, porque la Cruz del Señor fue descubierta el mismo día. Por eso precisamente, las susodichas santas iglesias fueron consagradas el día del descubrimiento de la Santa Cruz para que la celebración de ambos acontecimientos tuviese lugar en la misma fecha». De aquí parece deducirse que en Jerusalén se celebraba en septiembre el descubrimiento de la Cruz; de hecho, un peregrino llamado Teodosio lo afirmaba así, en el año 530.

Por lo que se refiere a los hechos históricos del descubrimiento de la Cruz, que son los que aquí interesan, debemos confesar que carecemos de noticias de la época. El «Peregrino de Burdeos» no habla de la Cruz el año 333. El historiador Eusebio de Cesarea, contemporáneo de los hechos, de quien podríamos esperar abundantes detalles, no menciona el descubrimiento, aunque parece no ignorar que había tres santuarios en el sitio del Santo Sepulcro. Así pues, cuando afirma que Constantino «adornó un santuario consagrado al emblema de salvación», podemos suponer que se refiere a la capilla «Gólgota», en la que, según Eteria, se conservaban las reliquias de la Cruz. San Cirilo, obispo de Jerusalén, en las instrucciones catequéticas que dio en el año 346, en el sitio en que fue crucificado el Salvador, menciona varias veces el madero de la Cruz, «que fue cortado en minúsculos fragmentos, en este sitio, que fueron distribuidos por todo el mundo». Además, en su carta a Constancio, afirma expresamente que «el madero salvador de la Cruz fue descubierto en Jerusalén, en tiempos de Constantino». En ninguno de estos documentos se habla de santa Elena, que murió el año 330. Tal vez el primero que relaciona a la santa con el descubrimiento de la Cruz sea san Ambrosio, en el sermón «De Obitu Theodosii», que predicó el año 395; pero, por la misma época y un poco más tarde, encontramos ya numerosos testigos, como san Juan Crisóstomo, Rufino, Paulino de Nola, Casiodoro y los historiadores de la Iglesia, Sócrates, Sozomeno y Teodoreto. San Jerónimo, que vivíá en Jerusalén, se hacía eco de la tradición, al relacionar a santa Elena con el descubrimiento de la Cruz. Desgraciadamente, los testigos no están de acuerdo sobre los detalles. San Ambrosio y san Juan Crisóstomo nos informan que las excavaciones comenzaron por iniciativa de santa Elena y dieron por resultado el descubrimiento de tres cruces; los mismos autores añaden que la Cruz del Señor, que estaba entre las otras dos, fue identificada gracias al letrero que había en ella. Por otra parte, Rufino, a quien sigue Sócrates, dice que santa Elena ordenó que se hiciesen excavaciones en un sitio determinado por divina inspiración y que ahí, se encontraron tres cruces y una inscripción. Como era imposible saber a cuál de las cruces pertenecía la inscripción, Macario, el obispo de Jerusalén, ordenó que llevasen al sitio del descubrimiento a una mujer agonizante. La mujer tocó las tres cruces y quedó curada al contacto de la tercera, con lo cual se pudo identificar la Cruz del Salvador. En otros documentos de la misma época aparecen versiones diferentes sobre la curación de la mujer, el descubrimiento de la Cruz y la disposición de los clavos, etc. En conjunto, queda la impresión de que aquellos autores, que escribieron más de sesenta años después de los hechos y se preocupaban, sobre todo, por los detalles edificantes, se dejaron influenciar por ciertos documentos apócrifos que, sin duda, estaban ya en circulación.

El más notable de dichos documentos es el tratado «De inventione crucis dominicae», del que el decreto pseudogelasiano (c. 550) dice que se debe desconfiar. No cabe duda de que ese pequeño tratado alcanzó gran divulgación. El autor de la primera redacción del Liber Pontificalis (c. 532) debió manejarlo, pues lo cita al hablar del papa Eusebio. También debieron conocerlo los revisores del Hieronymianum, en Auxerre, en el siglo VII. Aparte de los numerosos anacronismos del tratado, lo esencial es lo siguiente: El emperador Constantino se hallaba en grave peligro de ser derrotado por las hordas de bárbaros del Danubio. Entonces, presenció la aparición de una cruz muy brillante, con una inscripción que decía: «Con este signo vencerás» («in hoc signo vinces»). La victoria le favoreció, en efecto. Constantino, después de ser instruido y bautizado por el papa Eusebio en Roma, movido por el agradecimiento, envió a su madre santa Elena a Jerusalén para buscar las reliquias de la Cruz. Los habitantes no supieron responder a las preguntas de la santa; pero, finalmente, recurrió a las amenazas y consiguió que un sabio judío, llamado Judas, le revelase lo que sabía. Las excavaciones, muy profundas, dieron por resultado el descubrimiento de tres cruces. Se identificó la verdadera Cruz, porque resucitó a un muerto. Judas se convirtió al presenciar el milagro. El obispo de Jerusalén murió precisamente entonces, y santa Elena eligió al recién convertido Judas, a quien en adelante se llamó Ciríaco, para suceder al obispo. El papa Eusebio acudió a Jerusalén para consagrarle y, poco después, una luz muy brillante indicó el sitio en que se hallaban los clavos. Santa Elena, después de hacer generosos regalos a los Santos Lugares y a los pobres de Jerusalén, exhaló el último suspiro, no sin haber encargado a los fieles que celebrasen anualmente una fiesta, el 3 de mayo («quinto Nonas Maii»), día del descubrimiento de la Cruz. Parece que Sozomeno (lib. u, c. i) conocía ya, antes del año 450, la leyenda del judío que reveló el sitio en que estaba enterrada la Cruz. Dicho autor no califica a esa leyenda como pura invención, pero la desecha como poco probable.

Otra leyenda apócrifa aunque menos directamente relacionada con el descubrimiento de la Cruz, aparece como una digresión, en el documento sirio llamado «La doctrina de Addai». Ahí se cuenta que, menos de diez años después de la Ascensión del Señor, Protónica, la esposa del emperador Claudio César, fue a Tierra Santa, obligó a los judíos a que confesaran dónde habían escondido las cruces y reconoció la del Salvador por el milagro que obró en su propia hija. Algunos autores pretenden que en esta leyenda se basa la del descubrimiento de la Cruz por santa Elena, en tiempos de Constantino. Mons. Duchesne opinaba que «La Doctrina de Addai» era anterior al «De inventione crucis dominicae», pero hay argumentos muy fuertes en favor de la opinión contraria. Dado el carácter tan poco satisfactorio de los documentos, la teoría más probable es la de que se descubrió la Santa Cruz con la inscripción, en el curso de las excavaciones que se llevaron a cabo para construir la basílica constantiniana del Calvario. El descubrimiento, al que siguió sin duda un período de vacilaciones y de investigación, sobre la autenticidad de la cruz, dio probablemente origen a una serie de rumores y conjeturas, que tomaron forma en el tratado «De inventione crucis dominicae». Es posible que la participación de santa Elena en el suceso, se redujese simplemente a lo que dice Eteria: «Constantino, movido por su madre ("sub praesentia matris suae"), embelleció la iglesia con oro, mosaicos y mármoles preciosos». La victoria se atribuye siempre a un soberano, aunque sean los generales y los soldados quienes ganan las batallas. Lo cierto es que, a partir de mediados del siglo IV, las pretendidas reliquias de la Cruz se esparcieron por todo el mundo, como lo afirma repetidas veces san Cirilo y lo prueban algunas inscripciones fechadas en Africa y otras regiones. Todavía más convincente es el hecho de que, a fines del mismo siglo, los peregrinos de Jerusalén veneraban con intensa devoción el palo mayor de la Cruz. Eteria, que presenció la ceremonia, dejó escrita una descripción de ella. En la vida de san Porfirio de Gaza, escrita unos doce años más tarde, tenemos otro testimonio de la veneración que se profesaba a la santa reliquia y, casi dos siglos después el peregrino conocido con el nombre, incorrecto, de Antonino de Piacenza, nos dice: «adoramos y besamos» el madero de la Cruz y tocamos la inscripción.


En cuanto a los hechos del 614, la tradición cuenta que, después de que el emperador Heraclio recuperó las reliquias de la Vera Cruz de manos de los persas, que se las habían llevado quince años antes, el propio emperador quiso cargar una cruz, como había hecho Cristo, a través de la ciudad, con toda la pompa posible. Pero, tan pronto como el emperador, con el madero al hombro, trató de entrar a un recinto sagrado, no pudo hacerlo y quedó como paralizado incapaz de dar un paso. El patriarca Zacarías, que iba a su lado, le indicó que todo aquel esplendor imperial iba en desacuerdo con el aspecto humilde y doloroso de Cristo cuando iba cargado con la cruz por las calles de Jerusalén. Entonces, el emperador se despojó de su manto de púrpura, se quitó la corona y, con simples vestiduras, descalzo, avanzó sin dificultad seguido por todo el pueblo, hasta dejar la cruz en el sitio donde antes se veneraba la verdadera. Los fragmentos de ésta se encontraban en el cofre de plata dentro del cual se los habían llevado los persas y, cuando el patriarca y los clérigos abrieron el cofre todos veneraron las reliquias con mucho fervor. Los escritores más antiguos siempre se refieren a esta porción de la cruz en plural y la llaman «trozos de madera de la verdadera cruz». Por aquel entonces, la ceremonia revistió gran solemnidad: se hicieron acciones de gracias y las reliquias se sacaron para que los fieles pudiesen besarlas y, se afirma, que en aquella ocasión, muchos enfermos quedaron sanos.

Existe una abundante literatura sobre cada uno de los puntos que se han tratado en este artículo. Las referencias, antiguas pero muy fundamentales, que trae el Butler-Guinea, son: Dom Leclercq en Dictionnaire d'Archéologie chrétienne et de Liturgie, vol. VI, cc. 3131-3139; Acta Sanctorum, mayo, vol. I; Duchesne, Liber Pontificalis, vol. I, pp. CVII-CIX y pp. 75, 167, 378; Kellner Heortology (1908), pp. 333-341; J. Straubinger, Die Kreuzauffindungslegende (1912) ; A. Halusa, Das Kreuzesholz in Geschichte und Legende (1926); H. Thurston en The Month, mayo de 1930, pp. 420-429. Posiblemente la celebraciónd e mayo comenzó en la Galia. El Félire de Oengus y la mayoría de los manuscritos del Hieronymianum hacen mención de la fiesta; pero el manuscrito Epternach asigna como la fecha el 7 de mayo. Según parece, esta última fecha se relaciona con la fiesta que se celebraba en Jerusalén y Armenia en memoria de la cruz de fuego que apareció en el cielo el 7 de mayo del año 351, como lo cuenta san Cirilo en una carta al emperador Constancio. Muy probablemente la fecha del 3 de mayo proviene del tratado apócrifo De inventione crucis dominicae. La más antigua mención de la celebración de la Santa Cruz en occidente parece ser la del leccionario de Silos (c. 650), donde se lee: «Dies sanctae crucis».
Cuadros:
-Gianbattista Tiepolo, «Descubrimiento de la Santa Cruz», hacia 1745, en la Gallerie dell' Accademia, en Venecia.
-Piero della Francesca: «Descubrimeinto y prueba de la Santa Cruz», hacia 1460, en la Chiesa San Francesco, en Arezzo.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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ingreso o última modificación relevante: ant 2012

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