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lunes, 4 de septiembre de 2017

El Papa en la catequesis: “Toda vocación verdadera inicia con el encuentro con Jesús” 30082017

El Papa en la catequesis: “Toda vocación verdadera inicia con el encuentro con Jesús”

Audiencia General del último miércoles de agosto de 2017. - ANSA
30/08/2017 11:15
(RV).- “La propia vocación en este mundo se puede descubrir de varios modos, pero esta página del Evangelio nos dice que el primer indicador es la alegría del encuentro con Jesús. Matrimonio, vida consagrada, sacerdocio: cada vocación verdadera inicia con un encuentro con Jesús que nos dona una alegría y una esperanza nueva; y nos conduce, incluso a través de pruebas y dificultades, a un encuentro siempre más pleno”, con estas palabras el Papa Francisco reflexionó en la Audiencia General del último miércoles de agosto, sobre la relación entre la esperanza y la memoria de la vocación.
Continuando su ciclo de catequesis sobre “la esperanza”, el Obispo de Roma dijo que, “el Señor no quiere hombres y mujeres que caminan detrás de Él de mala gana, sin tener en el corazón el viento de la felicidad”. Jesús, dijo el Papa, quiere personas que han experimentado que estar con Él nos da una felicidad inmensa, que se puede renovar cada día de la vida. “Un discípulo del Reino de Dios que no sea gozoso no evangeliza este mundo, es uno triste. Se convierte en predicador de Jesús no afinando las armas de la retórica: tú puedes hablar, hablar, hablar pero si no hay otra cosa”.
Texto y audio completo de la catequesis del Papa Francisco
 
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy quisiera regresar sobre un tema importante: la relación entre la esperanza y la memoria, con particular referencia a la memoria de la vocación. Y tomo como ícono la llamada de los primeros discípulos de Jesús. En sus memorias se quedó tan marcada esta experiencia, que alguno registró incluso la hora: «Era alrededor de las cuatro de la tarde» (Jn 1,39). El evangelista Juan narra el episodio como un nítido recuerdo de juventud, que se quedó intacto en su memoria de anciano: porque Juan escribió estas cosas cuando era anciano.
El encuentro había sucedió cerca del río Jordán, donde Juan Bautista bautizaba; y aquellos jóvenes galileos habían escogido al Bautista como guía espiritual. Un día llega Jesús, y se hizo bautizar en el río. Al día siguiente pasó de nuevo, y entonces el que bautizaba – es decir, Juan Bautista – dijo a dos de sus discípulos: «Este es el Cordero de Dios» (v. 36).
Y para estos dos fue la “centella”. Dejaron a su primer maestro y se pusieron en el seguimiento de Jesús. Por el camino, Él se gira hacia ellos y les plantea la pregunta decisiva:  «¿Qué quieren?» (v. 38). Jesús aparece en los Evangelio como un experto del corazón humano. En ese momento había encontrado a dos jóvenes en búsqueda, sanamente inquietos. De hecho, ¿qué juventud es una juventud satisfecha, sin una pregunta de sentido? Los jóvenes que no buscan nada, no son jóvenes, son jubilados, han envejecido antes de tiempo. Es triste ver jóvenes jubilados. Y Jesús, a través de todo el Evangelio, en todos los encuentros que le suceden a lo largo del camino, se presenta como un “incendiario” de corazones. De ahí ésta pregunta que busca hacer emerger el deseo de vida y de felicidad que cada joven se lleva dentro: “¿Qué cosa buscas?”. Hoy quisiera preguntarles a los jóvenes que están aquí en la Plaza y a aquellos que nos escuchan a través de los medios de comunicación: “¿Tú, que eres joven, qué cosa buscas? ¿Qué cosa buscas en tu corazón?”.
La vocación de Juan y de Andrés comienza así: es el inicio de una amistad con Jesús tan fuerte que impone una comunión de vida y de pasiones con Él. Los dos discípulos comienzan a estar con Jesús y enseguida se transforman en misioneros, porque cuando termina el encuentro no regresan a casa tranquilos: tanto es así que sus respectivos hermanos – Simón y Santiago – son enseguida incluidos en el seguimiento. Fueron donde estaban ellos y les han dicho: “¡Hemos encontrado al Mesías, hemos encontrado a un gran profeta!”, dan la noticia. Son misioneros de ese encuentro. Fue un encuentro tan conmovedor, tan feliz que los discípulos recordaran por siempre ese día que iluminó y orientó su juventud.
¿Cómo se descubre la propia vocación en este mundo? Se puede descubrir de varios modos, pero esta página del Evangelio nos dice que el primer indicador es la alegría del encuentro con Jesús. Matrimonio, vida consagrada, sacerdocio: cada vocación verdadera inicia con un encuentro con Jesús que nos dona una alegría y una esperanza nueva; y nos conduce, incluso a través de pruebas y dificultades, a un encuentro siempre más pleno, crece, ese encuentro, más grande, ese encuentro con Él y a la plenitud de la alegría.
El Señor no quiere hombres y mujeres que caminan detrás de Él de mala gana, sin tener en el corazón el viento de la felicidad. Ustedes, que están aquí en la Plaza, les pregunto – cada uno responda a sí mismo – ustedes, ¿tienen en el corazón el viento de la felicidad? Cada uno se pregunte: ¿Yo tengo dentro de mí, en el corazón, el viento de la felicidad? Jesús quiere personas que han experimentado que estar con Él nos da una felicidad inmensa, que se puede renovar cada día de la vida. Un discípulo del Reino de Dios que no sea gozoso no evangeliza este mundo, es uno triste. Se convierte en predicador de Jesús no afinando las armas de la retórica: tú puedes hablar, hablar, hablar pero si no hay otra cosa. ¿Cómo se convierte en predicador de Jesús? Custodiando en los ojos el brillo de la verdadera felicidad. Vemos a tantos cristianos, incluso entre nosotros, que con los ojos te transmiten la alegría de la fe: con los ojos.
Por este motivo el cristiano – como la Virgen María – custodia la llama de su enamoramiento: enamorados de Jesús. Cierto, hay pruebas en la vida, existen momentos en los cuales se necesita ir adelante no obstante el frío y el viento contrario, no obstante tantas amarguras. Pero los cristianos conocen el camino que conduce a aquel sagrado fuego que los ha encendido una vez por siempre.
Y por favor, le pido: no escuchemos a personas desilusionadas e infelices; no escuchemos a quien recomienda cínicamente no cultivar la esperanza en la vida; no confiemos en quien apaga desde el inicio todo entusiasmo diciendo que ningún proyecto vale el sacrificio de toda una vida; no escuchemos a los “viejos” de corazón que sofocan la euforia juvenil. Vayamos donde los viejos que tienen los ojos brillantes de esperanza. Cultivemos en cambio, sanas utopías: Dios nos quiere capaces de soñar como Él y con Él, mientras caminamos bien atentos a la realidad. Soñar en un mundo diferente. Y si un sueño se apaga, volver a soñarlo de nuevo, recurriendo con esperanza a la memoria de los orígenes, a esas brazas que, tal vez después de una vida no tan buena, están escondidas bajo las cenizas del primer encuentro con Jesús.
Es esta pues, una dinámica fundamental de la vida cristiana: recordarse de Jesús. Pablo decía a su discípulo: “Recuérdate de Jesucristo” (2 Tim 2,8); este es el consejo del gran San Pablo: “Recuérdate de Jesucristo”. Recordarse de Jesús, del fuego de amor con el cual un día hemos concebido nuestra vida como un proyecto de bien, y a vivificar con esta llama nuestra esperanza. Gracias.
(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

    jueves, 24 de agosto de 2017

    El Papa en la catequesis: “Jesucristo la más grande gracia de la vida, el abrazo de Dios que nos espera al final” 23082017

    El Papa en la catequesis: “Jesucristo la más grande gracia de la vida, el abrazo de Dios que nos espera al final”

    El Papa en la Audiencia general del 23 de agosto de 2017. - REUTERS
    23/08/2017 11:15
    (RV).- “Nosotros creemos y sabemos que la muerte y el odio no son las últimas palabras pronunciadas en la parábola de la existencia humana. Ser cristiano implica una nueva perspectiva: una mirada llena de esperanza… Creemos que en el horizonte del hombre existe un sol que ilumina por siempre. Creemos que nuestros días más bellos deben todavía llegar”, con estas palabras el Papa Francisco reflexionó en la Audiencia General del cuarto miércoles de agosto, sobre la novedad de la esperanza cristiana.
    Continuando su ciclo de catequesis sobre “la esperanza”, el Obispo de Roma dijo que, “alguno cree que la vida contiene todas sus felicidades en la juventud y en el pasado, y que el vivir sea un lento decaimiento. Otros aún piensan que nuestras alegrías sean sólo ocasionales y pasajeras, y en la vida de los hombres está escrito el sin sentido. Aquellos que ante tantas calamidades dicen: “Pero la vida no tiene sentido. Nuestro camino es sin sentido”. Pero nosotros los cristianos no creemos en esto”.
    El cristiano sabe que el Reino de Dios, afirmó el Pontífice, su Señoría de amor está creciendo como un gran campo de trigo, a pesar de que en medio esta la cizaña. Siempre existen problemas, existen las habladurías, existen las guerras, existen las enfermedades… existen los problemas. Pero el trigo crece, y al final el mal será eliminado. El futuro no nos pertenece, pero sabemos que Jesucristo es la más grande gracia de la vida: es el abrazo de Dios que nos espera al final, pero que ya desde ahora nos acompaña y nos consuela en el camino.
    Texto y audio completo de la catequesis del Papa Francisco
     
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
    Hemos escuchado la Palabra de Dios en el libro del Apocalipsis, y dice así: «Yo hago nuevas todas las cosas» (21,5). La esperanza cristiana se basa en la fe en Dios que siempre crea novedad en la vida del hombre, crea novedad en la historia y crea novedad en el cosmos. Nuestro Dios es el Dios que crea novedad, porque es el Dios de las sorpresas. Novedad y sorpresas.
    No es cristiano caminar con la mirada dirigida hacia abajo – como hacen los cerdos: siempre van así – sin levantar los ojos al horizonte. Como si todo nuestro camino se terminara aquí, en la palma de pocos metros de viaje; como si en nuestra vida no existiera ninguna meta y ningún fin, y nosotros estuviéramos obligados a un eterno errar, sin ninguna razón para nuestras tantas fatigas. Esto no es cristiano.
    Las páginas finales de la Biblia nos muestran el horizonte último del camino del creyente: la Jerusalén del Cielo, la Jerusalén celestial. Esta es imaginada sobre todo como una inmensa carpa, donde Dios acogerá a todos los hombres para habitar definitivamente con ellos (Ap 21,3). Y esta es nuestra esperanza. Y ¿Qué cosa hará Dios, cuando finalmente estaremos con Él? Usará una ternura infinita en relación a nosotros, como un padre que acoge a sus hijos que han largamente fatigado y sufrido. Profetiza Juan en el Apocalipsis, profetiza: «Esta es la morada de Dios entre los hombres […] - ¿qué cosa hará Dios? – Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó […] Yo hago nuevas todas las cosas» (21, 3-5). El Dios de la novedad.
    Intenten meditar este pasaje de la Sagrada Escritura no en modo abstracto, sino después de haber leído una crónica de nuestros días, después de haber visto la televisión o la portada de un diario, donde existen tragedias, donde se reportan noticias tristes a las cuales todos corremos el riesgo de acostumbrarnos. Y he saludado a algunos de Barcelona: cuantas noticias tristes de ahí. He saludado a algunos del Congo, y cuantas noticias tristes de allá. Y tantas otras. Sólo para nombrar dos de ustedes, que están aquí. Intenten pensar en los rostros de los niños aterrorizados por la guerra, al llanto de las madres, a los sueños rotos de tantos jóvenes, a las penurias de tantos prófugos que afrontan viajes terribles, y son explotados tantas veces… La vida lamentablemente es también esto. Algunas veces se podría decir que es sobre todo esto.
    Puede ser. Pero existe un Padre que llora con nosotros; existe un Padre que llora lágrimas de infinita piedad en relación de sus hijos. Nosotros tenemos un Padre que sabe llorar, que llora con nosotros. Un Padre que nos espera para consolarnos, porque conoce nuestros sufrimientos y ha preparado para nosotros un futuro diferente. Esta es la gran visión de la esperanza cristiana, que se dilata todos los días de nuestra existencia, y nos quiere consolar.
    Dios no ha querido nuestras vidas por equivocación, obligando a Sí mismo y a nosotros a duras noches de angustia. En cambio, nos ha creado porque nos quiere felices. Es nuestro Padre, y si nosotros aquí, ahora, experimentamos una vida que no es aquella que Él ha querido para nosotros, Jesús nos garantiza que Dios mismo está obrando su rescate. Él trabaja para rescatarnos.
    Nosotros creemos y sabemos que la muerte y el odio no son las últimas palabras pronunciadas en la parábola de la existencia humana. Ser cristiano implica una nueva perspectiva: una mirada llena de esperanza. Alguno cree que la vida contiene todas sus felicidades en la juventud y en el pasado, y que el vivir sea un lento decaimiento. Otros aún piensan que nuestras alegrías sean sólo ocasionales y pasajeras, y en la vida de los hombres está escrito el sin sentido. Aquellos que ante tantas calamidades dicen: “Pero la vida no tiene sentido. Nuestro camino es sin sentido”. Pero nosotros los cristianos no creemos en esto. En cambio, creemos que en el horizonte del hombre existe un sol que ilumina por siempre. Creemos que nuestros días más bellos deben todavía llegar. Somos gente más de primavera que de otoño. Me gustaría preguntarles, ahora – cada uno responda en su corazón, en silencio, pero responda –: ¿yo soy un hombre, una mujer, un joven, una joven, de primavera o de otoño? ¿Mi alma es de primavera o de otoño? Cada uno responda. Entrevemos los gérmenes de un mundo nuevo en vez de las hojas amarillentas sobre sus ramas. No nos quedamos en nostalgias, añoranzas y lamentos: sabemos que Dios nos quiere herederos de una promesa e incansables cultivadores de sueños. No se olvide de esta pregunta: ¿Yo soy una persona de primavera o de otoño? De primavera, que espera la flor, que espera el fruto, que espera el sol que es Jesús; o de otoño, que está siempre con la mirada hacia abajo, amargado, y como a veces he dicho, con la cara de ajíes al vinagre, ¿no?
    El cristiano sabe que el Reino de Dios, su Señoría de amor está creciendo como un gran campo de trigo, a pesar de que en medio esta la cizaña. Siempre existen problemas, existen las habladurías, existen las guerras, existen las enfermedades… existen los problemas. Pero el trigo crece, y al final el mal será eliminado. El futuro no nos pertenece, pero sabemos que Jesucristo es la más grande gracia de la vida: es el abrazo de Dios que nos espera al final, pero que ya desde ahora nos acompaña y nos consuela en el camino. Él nos conduce a la gran “morada” de Dios entre los hombres (Cfr. Ap. 21,3), con tantos otros hermanos y hermanas, y llevaremos a Dios el recuerdo de los días vividos aquí abajo. Y será bello descubrir en ese instante que nada ha sido perdido, nada, ni siquiera una lágrima: nada ha sido perdido; ninguna sonrisa, ni ninguna lágrima. Por cuanto nuestra vida haya sido larga, nos parecerá de haber vivido en un momento. Y que la creación no se ha quedado en el sexto día del Génesis, la creación no ha terminado el sexto día, sino ha proseguido incansablemente, porque Dios siempre se ha preocupado por nosotros. Hasta el día en el que todo se cumplirá, la mañana en la cual se terminaran las lágrimas, el instante mismo en el cual Dios pronunciará su última palabra de bendición: «Yo hago nuevas todas las cosas» (v. 5). Si, nuestro Padre es el Dios de la novedad y el Dios de las sorpresas. Y aquel día nosotros seremos verdaderamente felices, y ¿lloraremos?, sí, pero lloraremos de alegría. Gracias
    (Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

    lunes, 7 de agosto de 2017

    Ángelus: la Trasfiguración del Señor es un mensaje de esperanza 06082017

    Ángelus: la Trasfiguración del Señor es un mensaje de esperanza

    El Papa Francisco a la hora del Ángelus dominical del 6 de agosto.
    06/08/2017 12:27
     
    (RV).- En el domingo en que la liturgia celebra la Fiesta de la Trasfiguración del Señor, el Santo Padre Francisco antes de rezar la oración mariana del Ángelus con los fieles y peregrinos procedentes de numerosos países que se dieron cita a mediodía en la Plaza de San Pedro, explicó lo que relata la página evangélica del día.
    El Papa Bergoglio afirmó que el evento de la Trasfiguración del Señor nos ofrece un mensaje de esperanza. Sí, porque nos invita a encontrar a Jesús para estar al servicio de los hermanos.
    El Obispo de Roma insistió en que estamos llamados a redescubrir el silencio pacificante y regenerarte de la meditación del Evangelio, que conduce hacia una meta rica de belleza, de esplendor y de alegría. Y en esta perspectiva, dijo que el tiempo veraniego es un momento providencial para acrecentar nuestra búsqueda y compromiso de encuentro con el Señor, puesto que en este período, los estudiantes están libres de las obligaciones escolares y numerosas familias se van de vacaciones. De ahí la importancia del descanso y del desprendimiento de las ocupaciones cotidianas, para volver a templar las fuerzas del cuerpo y del espíritu, profundizando el camino espiritual.
    Hacia el final de su reflexión, el Pontífice dijo que transformados por la presencia de Cristo y por el ardor de su palabra, seremos signos concreto del amor vivificante de Dios por todos nuestros hermanos, especialmente por quienes sufren, por cuantos se encuentran en la soledad y en el abandono, por los enfermos y por la multitud de hombres y de mujeres que, en diversas partes del mundo, son humillados por la injusticia, la prepotencia y la violencia.
    A María, a la que vemos como a la “Virgen de la Escucha” – concluyó diciendo Francisco – siempre dispuesta a acoger y custodiar en su corazón cada palabra de su Hijo Divino, le encomendamos las vacaciones de todos, para que sean serenas y proficuas y, sobre todo, encomendamos el verano de cuantos no pueden irse de vacaciones porque se sienten impedidos a causa de su edad avanzada o por falta de salud o de trabajo y restricciones económicas o por otros problemas, a fin de que sea, de todos modos, un tiempo de distensión, regocijado por la presencia de amigos y momentos dichosos.
     
    Después de rezar a la Madre de Dios, el Papa Francisco saludó afectuosamente a los  queridos hermanos y hermanas presentes en la Plaza de San Pedro desafiando el gran calor del verano romano.
    “Hoy – dijo el Santo Padre – están presentes diversos grupos de chicos y jóvenes. ¡Los saludo con gran afecto!”.
    Y de modo especial al grupo de la pastoral juvenil de Verona; a los jóvenes de Adria, Campodarsego y Offanengo. A todos – les dijo – les deseo un feliz domingo. Y concluyó – como suele hacer –  pidiendo que por favor, no se olviden de rezar por él. A la vez que deseó a todos buen almuerzo y se despidió con un “¡hasta la vista”!.
     (María Fernanda Bernasconi - RV).
    Texto y audio completo de las palabras del Papa Francisco en el Ángelus
     
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
    Este domingo, la liturgia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor. La hodierna página evangélica, lo hemos escuchado, narra que los apóstoles Pedro, Santiago y Juan fueron testigos de este evento extraordinario. Jesús los tomó consigo «y los llevó aparte a un monte elevado» (Mt 17,1) y, mientras oraba, su rostro cambió de aspecto, brillando como el sol, y sus vestiduras se volvieron cándidas como la luz. Se les aparecieron entonces Moisés y Elías, y se pusieron a dialogar con Él. A este punto, Pedro dice a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (v. 4). No había aún terminado de hablar, cuando una nube luminosa los cubrió.
    El evento de la Transfiguración del Señor nos ofrece un mensaje de esperanza – así seremos nosotros, con Él – nos invita a encontrar a Jesús, para estar al servicio de los hermanos.
    La subida de los discípulos hacia el monte Tabor nos lleva a reflexionar sobre la importancia de desprendernos de las cosas mundanas, para efectuar un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de disponernos a la escucha atenta y orante del Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos íntimos de oración que permitan la acogida dócil y gozosa de la Palabra de Dios. En esta elevación espiritual, en este desprendimiento de las cosas mundanas, estamos llamados a redescubrir el silencio pacificante y regenerante de la meditación del Evangelio, de la lectura de la Biblia, que conduce hacia una meta rica de belleza, de esplendor y de alegría. Y cuando nosotros nos ponemos así, con la Biblia en la mano, en silencio, comenzamos a sentir esta belleza interior, esta alegría que nos da la Palabra de Dios en nosotros. En esta perspectiva, el tiempo veraniego es un momento providencial para acrecentar nuestro empeño de búsqueda y de encuentro con el Señor. En este periodo, los estudiantes están libres de las obligaciones escolares y muchas familias realizan sus vacaciones; es importante que en el periodo de descanso y de desapego de las ocupaciones cotidianas, se puedan fortificar las fuerzas del cuerpo y del espíritu, profundizando en el camino espiritual.
    Al finalizar la experiencia maravillosa de la Transfiguración, los discípulos bajaron de la montaña (Cfr. v. 9) con los ojos y el corazón transfigurados por el encuentro con el Señor. Es el recorrido que podemos realizar también nosotros. El redescubrimiento siempre más vivo de Jesús no es un fin en sí mismo, sino nos induce a “bajar de la montaña”, recargados por la fuerza del Espíritu divino, para decidir nuevos pasos de auténtica conversión y para testimoniar constantemente la caridad, como ley de vida cotidiana. Transformados por la presencia de Cristo y por el ardor de su palabra, seremos signo concreto del amor vivificante de Dios para todos nuestros hermanos, especialmente para quienes sufren, para cuantos se encuentran en la soledad y en el abandono, para los enfermos y para la multitud de hombres y de mujeres  que, en diversas partes del mundo, son humillados por la injusticia, la prepotencia y la violencia.
    En la Transfiguración se oye la voz del Padre celestial que dice: «Este es mi Hijo amado. Escúchenlo» (v.5). Miramos a María, la Virgen de la escucha, siempre dispuesta a acoger y custodiar en su corazón cada palabra del Hijo divino (Cfr. Lc 1,52). Quiera nuestra Madre y Madre de Dios ayudarnos a entrar en sintonía con la Palabra de Dios, para que Cristo se convierta en luz y guía de toda nuestra vida. A Ella le encomendamos las vacaciones de todos, para que sean serenas y proficuas, pero sobre todo por el verano de cuantos no pueden ir de vacaciones porque están impedidos por la edad, por motivos de salud o de trabajo, por restricciones económicas o por otros problemas, para que sea de todos modos un tiempo de distención, animado por la presencia de amigos y de momentos dichosos.
    (Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

      martes, 1 de agosto de 2017

      Mensaje del Papa Francisco a los jóvenes de Brasil 01082017

      Mensaje del Papa Francisco a los jóvenes de Brasil

      El encuentro con nuestra Madre Aparecida transforme sus corazones, desea el Papa a los jóvenes de Brasil
      01/08/2017 12:45
      Sean misioneros del Evangelio en todos los ambientes, confiando en Jesús, con el amparo de nuestra Madre Aparecida
       
      (RV).- En el marco del Año Mariano que conmemora los tres siglos del hallazgo de Nuestra Señora, en las aguas del Río Paraíba del Sur, el Papa Franciscodirigió su paternal saludo a los jóvenes de Brasil, en una carta con motivo de la clausura del Proyecto ‘Ruta 300’, que culminó en el Santuario de Aparecida, los días 29 y 30 de julio.
      La Virgen María es un precioso ejemplo para la juventud y  nos auxilia en el camino de la senda de la vida, recuerda el Santo Padre, evocando su Mensaje para la XXXII Jornada Mundial de la Juventud.
      Invitando a los jóvenes brasileños a contemplar a Nuestra Señora Aparecida, el Obispo de Roma recuerda asimismo las veces que estuvo en ese santuario. En 2007, en la V Conferencia del Episcopado latinoamericano y luego en 2013, durante la JMJ de Río de Janeiro.
      «Allí pude descubrir, en la mirada tierna y maternal de la Virgen morena y en los ojos de la gente sencilla que la contemplaba, el secreto de la esperanza que mueve al pueblo brasileño a afrontar con fe y coraje los desafíos de cada día», asegura el Papa Francisco, añadiendo luego que también allí pudo «contemplar la fuerza revolucionaria de una Madre cariñosa que mueve el corazón de sus hijos a salir de sí mismos con gran impulso misionero».
      En medio de las incertidumbres e inseguridades de cada día, en medio de la precariedad de las situaciones de injusticia, tengan la certeza de que María es una señal de esperanza y los animará con un gran impulso misionero, escribe también el Papa a los jóvenes de Brasil.
      Que el encuentro con nuestra Madre Aparecida transforme sus corazones, desea asimismo el Santo Padre con el anhelo de que Ella transforme las redes de sus vidas, las redes de amigos, redes sociales, redes materiales y virtuales, realidades que tantas veces se encuentran divididas, en algo más significativo: que se vuelvan una comunidad.
      Aún más, «¡sean comunidades misioneras en salida: sean luz y fermento de una sociedad más justa y fraterna, sin miedo a arriesgarse y comprometerse en la construcción de una sociedad nueva, permeando con la fuerza del Evangelio los ambientes sociales, políticos, económicos y universitarios! No tengan miedo de luchar contra la corrupción y no se dejen seducir por ella»
      Con esta exhortación, el Santo Padre recuerda asimismo a los jóvenes brasileños que «confiando en el Señor, cuya presencia es fuente de vida en abundancia, y bajo el manto de María, podrán redescubrir la creatividad y la fuerza para ser protagonistas de una cultura de alianza y así generar nuevos paradigmas que regulen la vida de Brasil» (cfr Mensaje Asamblea del Celam, 8 de mayo de 2017).
      «Pueda el Señor, por intercesión de la Virgen Aparecida, renovar en cada uno de ustedes la esperanza y el espíritu misionero. Ustedes son la esperanza de Brasil y del mundo. Y la novedad de la que son portadores, se empieza a construir ya desde ahora», les asegura el Papa a los jóvenes brasileños, deseándoles que «Nuestra Señora, que en su juventud supo abrazar con valentía el llamado de Dios en su vida y salir al encuentro de los más necesitados, pueda guiarlos en todos sus caminos».
      (CdM – RV)