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viernes, 18 de diciembre de 2015

Acta del martirio de San Policarpo de Esmirna (año 155 d.C.)

Acta del martirio de San Policarpo de Esmirna (año 155 d.C.)

    San Policarpo de EsmirnaSan Policarpo de Esmirna

    En Esmirna el año 155 d.c.
    La Iglesia de Dios, establecida en Esmirna, a la Iglesia de Dios, establecida en Filadelfia, y a todas las partes de la Iglesia santa y católica extendida por todo el mundo; que la misericordia, la paz y el amor de Dios Padre y Nuestro Señor Jesucristo sobreabunde en vosotras.
    Os escribimos relatándoos el martirio de nuestros hermanos, y, en especial, del bienaventurado Policarpo, quien, con el sello de su fe, puso fin a la persecución de nuestros enemigos. Todo lo sucedido fue ya anunciado por el Señor en su Evangelio, en el cual se halla la regla de conducta que hemos de seguir. Según, El, por su permisión, fue entregado y clavado en la cruz para salvarnos.
    Quiso que le imitáramos, y El fue el primero de entre los justos que se puso en manos de los malvados, mostrándonos de ese modo el camino que habíamos de seguir, y así, habiéndonos precedido El, no creyéramos que era demasiado exigente en sus preceptos. Sufrió El el primero lo que nos encargó a nosotros sufrir. Se hizo nuestro modelo, enseñándonos a morir, no sólo por utilidad propia, sino también por la de nuestros hermanos.El martirio, a aquellos que le padecen, les acarrea la gloria celestial, la cual se consigue por el abandono de las riquezas, los honores e incluso los padres.
    ¿Acaso tendremos por demasiado el sacrificio que hacemos a tan piadoso Señor, cuando sabemos que sobrepuja con creces lo que El hizo por sus siervos, a los que éstos pueden hacer por El? Por tanto, os vamos a narrar los triunfos de todos nuestros mártires, tal como nos consta que tuvieron lugar, su gran amor para con Dios y su paciencia en soportar los tormentos. ¿Quién no se llenará de admiración al considerar cuán dulces les eran los azotes, gratas las llamas del eculeo, amable la espada que los hería y suaves las brasas de las hogueras?
    Cuando corriendo la sangre por los costados, con las entrañas palpitantes a la vista, tan constantes estaban en su fe, que aunque el pueblo conmovido no podía contener las lágrimas ante tan horrendo espectáculo, ellos solo estaban serenos y tranquilos. Ni siquiera se les oía un gemido de dolor; y así como habían aceptado con alegría los tormentos, del mismo modo los toleraban con fortaleza. A todos los asistía el Señor en los tormentos, no sólo con el recuerdo de la vida eterna, sino también templando la violencia de los dolores, para que no excediesen la resistencia de las almas.
    El Señor les hablaba interiormente y les confortaba, poniéndoles ante los ojos las coronas que les esperaban si eran constantes; e ahí el desprecio que hacían de los jueces, y su gloriosa paciencia. Deseaban salir de las tinieblas de este mundo para ir a gozar de las claras moradas celestiales; contraponían la verdad a la mentira, lo terreno a lo celestial, lo eterno a lo caduco Por una hora de sufrimientos les esperaban goces eternos.
    El demonio probó contra ellos todas sus artes; pero la gracia de Cristo les asistió como un abogado fiel. También Germanico, con su valor, infundía ánimos a los demás. Habiendo sido expuestos a las fieras, el procónsul, movido de compasión, le exhortaba a que tuviese piedad al menos de su tierna edad, si le parecía que los demás bienes no merecían ser tenidos en consideración.
    Pero él hacía poco caso de la compasión que parecía tener por él su enemigo y no quiso aceptar el perdón que le ofrecía el juez injusto; muy al contrario, el mismo azuzaba a la fiera que se había lanzado contra el, deseoso de salir de este mundo de pecado. Viendo esto el populacho, quedó sorprendido de ver un ánimo tan varonil en los cristianos. Luego todos gritaron: "Que se castigue a los Impíos y se busque a Policarpo”.
    En esto, un cristiano, llamado Quinto, natural de Frigia, y que acababa de llegar a Esmirna, él mismo se presentó al sanguinario Juez para sufrir el martirio. Pero la flaqueza fue mayor que el buen deseo. Al ver venir hacia sí las fieras, temió y cambió de propósito, volviéndose de la parte del demonio, aceptando aquello contra lo que iba a luchar. El procónsul, con sus promesas, logró de él que sacrificara.
    En vista de esto, creemos que no son de alabar aquellos hermanos que se presentan voluntarios a los suplicios, sino mas bien aquellos que habiéndose ocultado al ser descubiertos, son constantes en los tormentos. Así nos lo aconseja el Evangelio, y la experiencia lo demuestra, porque éste que se presentó, cedió, mientras Policarpo, que fue prendido, triunfó.
    Habiéndose enterado Policarpo, hombre de gran prudencia y consejo, que se le buscaba para el martirio, se ocultó. No es que huyera por cobarde, sino más bien dilataba el tiempo del martirio. Recorrió varias ciudades, y como los fieles le dijesen que se diese más prisa, y se ocultase prontamente, él no se preocupaba, como si temiera alejarse del lugar del martirio. Al fin se consiguió que se escondiese en una granja. Allí, noche y día, estuvo pidiendo al Señor le diera valor para sufrir la última pena.
    Tres días antes de ser prendido le fue revelado su martirio. Parecióle que la almohada sobre la que dormía estaba rodeada de llamas. Al despertarse el santo anciano dijo a los que con él estaban que había de ser quemado vivo.
    Cambió de retiro para estar más oculto, mas apenas llegó al nuevo refugio llegaron también sus perseguidores. Estos buscaron largo rato y no hallándole cogieron a dos muchachos y los azotaron hasta que uno de ellos descubrió el lugar en que se hallaba oculto Policarpo. No podía ya ocultarse aquel a quien esperaba el martirio. El jefe de Policía de Esmirna, Herodes, tenía gran deseo de presentarle en el anfiteatro, para que fuese imitador de Cristo en la Pasión. Además, ordenó que a los traidores se les recompensara como a Judas.
    Armado, pues un pelotón de soldados de a caballo, salieron un viernes antes de cenar en busca de Policarpo, con uno de los muchachos a la cabeza no como para prender a un discípulo de Cristo, sino como si se tratara de algún famoso ladrón. Encontráronle de noche oculto en una casa Hubiera podido huir al campo, pero cansado como estaba, prefirió presentarse él mismo a esconderse de nuevo, porque decía. "Hágase la voluntad de Dios; cuando El lo quiso me escondí, y ahora que El lo dispone, lo deseo yo también". Viendo, pues, a los soldados, bajo adonde ellos estaban y les habló cuanto su debilidad se lo permitió y el Espíritu de la gracia sobrenatural le inspiró.
    Admiraban los soldados ver en él, a sus años, tanta agilidad y de que en tan buen estado de salud le hubieran encontrado tan pronto. En seguida mandó que les prepararan la mesa, cumpliendo así el precepto divino, que encarga proveer de las cosas necesarias para la vida aun a los enemigos. Luego les pidió permiso para hacer oración y cumplir sus obligaciones para con Dios. Concedido el permiso, oró por espacio de dos horas de pie, admirando su fervor a los circunstantes y hasta a los mismos soldados. Acabó su oración, pidiendo a Dios por toda la iglesia, por los buenos y por los malos, hasta que llegó el momento de recibir la corona de la justicia, que en todo momento había guardado […]
    Al entrar en el anfiteatro se oyó una voz del cielo que decía: "Sé fuerte, Policarpo". Esta voz sólo la oyeron los cristianos que estaban en la arena, pero de los gentiles nadie la oyó. Cuando fue llevado ante el palco del procónsul, confesó valerosamente al Señor, despreciando las amenazas del juez.
    El procónsul procuró por todos los medios hacerle apostatar, diciéndole tuviera compasión de su avanzada edad, ya que parecía no hacer caso de los tormentos. "¿cómo ha de sufrir tu vejez -le decía-lo que a los jóvenes espanta? Debe jurar por el honor del César y por su fortuna. Arrepiéntete y di: "Mueran los impíos". Animado el procónsul, prosiguió: "Jura también por la fortuna del César y reniega de Cristo". "Ochenta y seis años ha -respondió Policarpo- que le sirvo y jamás me ha hecho mal; al contrario, me ha colmado de bienes, ¿cómo puedo odiar a aquel a quien siempre he servido, a mi Maestro, mi Salvador, de quien espero mi felicidad, al que castiga a los malos y es el vengador de los justos?"
    Mas como el procónsul insistiese en hacerle jurar por la fortuna del César, él le respondió: "¿Por qué pretendes hacerme jurar por la fortuna del César? ¿Acaso ignoras mi religión? Te he dicho públicamente que soy cristiano, y por más que te enfurezcas, yo soy feliz. Si deseas saber qué doctrina es ésta, dame un día de plazo, pues estoy dispuesto a instruirte en ella si tú lo estás para escucharme". Repuso el procónsul: "Da explicaciones al pueblo y no a mi".
    Respondióle Policarpo"A vuestra autoridad es a quien debemos obedecer, mientras no nos mandéis cosas injustas y contra nuestras conciencias. Nuestra religión nos enseña a tributar el honor debido a las autoridades que dimanan de la de Dios y obedecer sus órdenes. En cuanto al pueblo, le juzgo indigno, y no creo que deba darle explicaciones: lo recto es obedecer al juez, no al pueblo".
    -"A mi disposición están las fieras, a las que te entregaré para que te hagan pedazos si no desistes de tu terquedad", dijo el procónsul.
    -"Vengan a mi los leones -repuso Policarpoy todos los tormentos que vuestro furor invente; me alegrarán las heridas, y los suplicios serán mi gloria, y mediré mis méritos por la intensidad del dolor. Cuanto mayor sea éste, tanto mayor será el premio que por él reciba. Estoy dispuesto a todo; por las humillaciones se consigue la gloria".
    -"Si no te asustan los diente de las fieras, te entregaré a las llamas".
    -"Me amenazas con un fuego que dura una hora, y luego se apaga y te olvidas del juicio venidero y del fuego eterno, en el que arderán para siempre los impíos. ¿Pero a qué tantas palabras? Ejecuta pronto en mi tu voluntad, y si hallas un nuevo género de suplicio, estrénalo en mi".
    Mientras Policarpo decía estas cosas, de tal modo se iluminó su rostro de una luz sobrenatural, que el mismo procónsul temblaba. Luego gritó el pregonero por tres veces: "Policarpo ha confesado que es cristiano".
    Todo el pueblo gentil de Esmirna, y con él los judíos, exclamaron: "Este es el doctor de Asia, el padre de los cristianos, el que ha destruido nuestros ídolos y ha violado nuestros templos, el que prohibía sacrificar y adorar a los dioses; al fin ha encontrado lo que con tantos deseos decía que anhelaba". Y todos a una pidieron al asiarca Filipo que se lanzara contra él un león furioso; pero Filipo se excusó, diciendo que los juegos habían terminado. Entonces pidieron a voces que Policarpo fuera quemado vivo. Así se iba a cumplir lo que él había anunciado, y dando gracias al Señor, se volvió a los suyos y les dijo: "Recordad ahora, hermanos, la verdad de mi sueño".
    Entre tanto, el pueblo […] acude corriendo a los baños y talleres en busca de leños y sarmientos. Cuando estaba ardiendo la hoguera, se acercó a ella Policarpo, se quitó el ceñidor y dejó el manto, disponiéndose a desatar las correas de las sandalias, lo cual no solía hacer él, porque era tal la veneración en que le tenían los fieles, que se disputaban este honor por poder besarle los pies. La tranquilidad de la conciencia le hacía aparecer ya rodeado de cierto esplendor aun antes de recibir la corona del martirio.
    Dispuesta ya la hoguera, los verdugos le iban a atar a una columna de hierro, según era costumbre, pero el Santo les suplicó, diciendo: "Permitidme quedar como estoy; el que me ha dado el deseo del martirio, me dará también el poder soportarlo; El moderará la intensidad de las llamas”. Así, pues, quedó libre; sólo le ataron las manos atrás y subió a la hoguera.
    Levantando entonces los ojos al cielo exclamó: "Oh, Señor, Dios de los Ángeles y de los Arcángeles, nuestra resurrección y precio de nuestro pecado, rector de todo el universo y amparo de los justos: gracias te doy porque me has tenido por digno de padecer martirio por ti, para que de este modo perciba mi corona y comience el martirio por Jesucristo en unidad del Espíritu Santo; y así, acabado hoy mi sacrificio, veas cumplidas tus promesas. Seas, pues bendito y eternamente glorificado por Jesucristo Pontífice omnipotente y eterno, y todo os sea dado con él y el Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos. Amén".
    Terminada la oración fue puesto fuego a la hoguera, levantándose las llamas hasta el cielo […]
    Su martirio fue muy superior, y todo el pueblo le llama "su maestro". Todos deseamos ser sus discípulos, como él lo era de Jesucristo, que venció la persecución de un juez injusto y alcanzó la corona incorruptible, dando fin a nuestros pecados. Unámonos a los n y a todos los justos y bendigamos únicamente a Dios Padre Todopoderoso; bendigamos a Jesucristo nuestro Señor, salvador de nuestras almas, dueño de nuestros cuerpos y pastor de la Iglesia universal; bendigamos también al Espíritu Santo por quien todas las cosas nos son reveladas.
    Repetidas veces me habíais pedido os comunicara las circunstancias del martirio del gloriosoPolicarpo, y hoy os mando esta relación por medio de nuestro hermano Marciano. Cuando vosotros os hayáis enterado, comunicadlo a las otras iglesias, a fin de que el Señor sea bendito en todas partes, y todos acaten la elección que su gracia se digna hacer de los escogidos. El puede salvarnos a nosotros mismos por Jesucristo Nuestro Señor y Redentor, por el cual y con el cual es dada a Dios toda gloria, honor, poder y grandeza, por los siglos de los siglos. Amén.
    Saludad a todos los fieles; los que estamos aquí os saludamos. Asimismo os saluda Evaristo, que esto ha escrito, os saluda con toda su familia. El martirio de Policarpo tuvo lugar el 25 de abril, el día del gran sábado, a las dos de la tarde. Fue preso por Herodes, siendo pontífice o asiarca Filipo de Trates, y procónsul Stacio Cuadrato. Gracias sean dadas a Jesucristo Nuestro Señor, a quien se debe gloria, honor, grandeza y trono eterno de generación en generación. Amén.
    Este ejemplar le ha copiado Gayo de los ejemplares de Ireneo, discípulo de Policarpo. Yo, Sócrates, lo copié del ejemplar de Gayo. Yo, Pionio, he confrontado los originales y lo transcribo por revelación del glorioso Policarpo; como lo dije en la reunión de los que vivían cuando el Santo trabajaba con los escogidos. Nuestro Señor Jesucristo me reciba en el reino de los cielos, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

    http://www.primeroscristianos.com/index.php/actas/item/313-acta-del-martirio-de-san-policarpo-de-esmirna-ano-155-d-c/313-acta-del-martirio-de-san-policarpo-de-esmirna-ano-155-d-c

    miércoles, 6 de mayo de 2015

    Textos de los Padres Apostólicos (CARTA DE SAN POLICARPO DE ESMIRNA A LOS FILIPENSES) (Padres de la Iglesia)

    CARTA DE SAN POLICARPO DE ESMIRNA A LOS FILIPENSES
    La Tradición. Padres de la Iglesia
    Los Padres de la Iglesia


    Por: San Policarpio de Esmirna | Fuente: Congregación para la Educación Católica





    Saludo

    Policarpo y los presbíteros que están con él, a la Iglesia de Dios que habita como extranjera en Filipos: que la misericordia y la paz les sean dadas en plenitud por Dios todopoderoso y Jesucristo nuestro Salvador.1

    La fe en Jesucristo

    Me alegré mucho con ustedes, en nuestro Señor Jesucristo, cuando recibieron a las imágenes de la verdadera caridad, y acompañaron, como debían hacerlo, a aquellos que estaban encadenados por ataduras dignas de los santos, que son las diademas de quienes han sido verdaderamente elegidos por Dios nuestro Señor.2

    Y me alegré de que la raíz vigorosa de su fe, de la que se habla desde tiempos antiguos, permanece hasta ahora y da frutos en nuestro Señor Jesucristo, que aceptó por nuestros pecados llegar hasta la muerte; y Dios lo resucitó librándolo de los sufrimientos del infierno.3

    Sin verlo, ustedes creen en él, con un gozo inefable y glorioso (1 P 1,8) al cual muchos desean llegar, y ustedes saben que han sido salvados por gracia, no por sus obras, sino por la voluntad de Dios por Jesucristo (Ef 2,5.8-9).

    Por tanto, cíñanse sus cinturas y sirvan a Dios en el temor y la verdad (1 P 1,13; ver Sal 2,11) dejando a un lado las palabras falsas y el error de la multitud, creyendo en Aquel que ha resucitado a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos, y le ha dado la gloria (1 P 1,21), y un trono a su derecha.4

    A él le está todo sometido, en el cielo y sobre la tierra (ver Flp 2,10; 3,21); a él le obedece todo lo que respira, él vendrá a juzgar a vivos y muertos (Hch 10,42), y Dios pedirá cuenta de su sangre a quienes no aceptan creer en él. Aquel que lo ha resucitado de entre los muertos, también nos resucitará a nosotros (2 Co 4,14), si hacemos su voluntad y caminamos en sus mandamientos, y si amamos lo que él amó, absteniéndonos de toda injusticia, arrogancia, amor al dinero, murmuración, falso testimonio, no devolviendo mal por mal, injuria por injuria (1 P 3,9), golpe por golpe, maldición por maldición, acordándonos de lo que nos ha enseñado el Señor, que dice: "No juzguen, para no ser juzgados; perdonen y se les perdonará; hagan misericordia para recibir misericordia; la medida con que midan se usará también con ustedes, y bienaventurados los pobres y los que son perseguidos por la justicia, porque de ellos es el reino de Dios.5


    Fe, esperanza y caridad

    No es por mí mismo, hermanos, que les escribo esto sobre la justicia, sino porque ustedes primero me invitaron. Porque ni yo, ni otro como yo, podemos acercarnos a la sabiduría del bienaventurado y glorioso Pablo, que estando entre ustedes, hablándoles cara a cara a los hombres de entonces (sobre el asunto de la predicación de Pablo en Filipos, ver Hch 16,12-40), enseñó con exactitud y con fuerza la palabra de verdad, y luego de su partida les escribió una carta; si la estudian atentamente podrán crecer en la fe que les ha sido dada; ella es la madre de todos nosotros, seguida de la esperanza y precedida del amor por Dios, por Cristo y por el prójimo. El que permanece en estas virtudes ha cumplido los mandamientos de la justicia; pues el que tiene la caridad está lejos de todo pecado.6

    Que todos lleven una vida digna de la fe que profesan

    El principio de todos los males es el amor al dinero.7 Sabiendo, por tanto, que nada hemos traído al mundo y que no nos podremos llevar nada (1 Tm 6,7), revistámonos con las armas de la justicia (ver 2 Co 6,7), y aprendamos primero nosotros mismos a caminar en los mandamientos del Señor.

    Después, enseñen a sus mujeres a caminar en la fe que les ha sido dada, en la caridad, en la pureza, a amar a sus maridos con toda fidelidad, a amar a todos los otros igualmente con toda castidad y a educar a sus hijos en el conocimiento del temor de Dios.8

    Que las viudas sean sabias en la fe del Señor, que intercedan sin cesar por todos, que estén lejos de toda calumnia, murmuración, falso testimonio, amor al dinero y de todo mal; sabiendo que son el altar de Dios, que Él examinará todo y que nada se le oculta de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos, de los secretos de nuestro corazón (ver 1 Co 14,25).9

    Sabiendo que de Dios nadie se burla (Ga 6,7), debemos caminar de una forma digna de sus mandamientos y de su gloria.

    Igualmente que los diáconos sean irreprochables delante de su justicia, como servidores de Dios y de Cristo, y no de los hombres: ni calumnia, ni doblez, ni amor al dinero; sino castos en todas las cosas, misericordiosos, solícitos, caminando según la verdad del Señor que se ha hecho el servidor de todos.10 Si le somos agradables en el tiempo presente, Él nos dará a cambio el tiempo venidero, puesto que nos ha prometido resucitarnos de entre los muertos y que, si nuestra conducta es digna de Él, también reinaremos con Él (2 Tm 2,12), si al menos tenemos fe.

    Del mismo modo, que los jóvenes sean irreprochables en todo, velando ante todo por la pureza, refrenando todo mal que esté en ellos. Porque es bueno cortar los deseos de este mundo, pues todos los deseos combaten contra el espíritu (ver 1 P 2,11), y ni los fornicadores, ni los afeminados, ni los sodomitas tendrán parte en el reino de Dios (ver 1 Co 6,9-10), ni aquellos que hacen el mal. Por eso deben abstenerse de todo esto y estar sometidos a los presbíteros y a los diáconos como a Dios y a Cristo.11

    Las vírgenes deben caminar con una conciencia irreprensible y pura.

    Los presbíteros

    También los presbíteros deben ser misericordiosos, compasivos con todos; que devuelvan al recto camino a los descarriados, que visiten a todos los enfermos, sin olvidar a la viuda, al huérfano, al pobre, sino pensando siempre en hacer el bien delante de Dios y de los hombres.12 Que se abstengan de toda cólera, acepción de personas, juicio injusto; que estén alejados del amor al dinero, que no piensen mal rápidamente de alguien, que no sean duros en sus juicios, sabiendo que todos somos deudores del pecado.

    Si pedimos al Señor que nos perdone, también nosotros debemos perdonar, pues estamos ante los ojos de nuestro Señor y Dios, y todos deberemos comparecer ante el tribunal de Cristo, y cada uno deberá dar cuenta de sí mismo (ver Rm 14,10-12).

    Por tanto, sirvámosle con temor y mucha circunspección, conforme él nos lo ha mandado, al igual que los apóstoles que nos han predicado el Evangelio y los profetas que nos anunciaron la venida de nuestro Señor. Seamos celosos para lo bueno, evitemos los escándalos, los falsos hermanos y los que llevan con hipocresía el nombre del Señor, haciendo errar a los cabezas huecas [kenoys anthrópoys, literalmente: hombres vacíos].


    Advertencia contra el docetismo

    Todo, en efecto, el que no confiesa que Jesucristo vino en la carne es un anticristo, y el que no acepta el testimonio de la cruz es del diablo, y el que tergiversa las palabras del Señor según sus propios deseos y niega la resurrección y el juicio, ése es el primogénito de Satanás.13

    Por eso, abandonemos los vanos discursos de las multitudes y las falsas doctrinas, y volvamos a la enseñanza que nos ha sido transmitida desde el principio. Permaneciendo sobrios para la oración (ver 1 P 4,7), constantes en los ayunos, suplicando en nuestras oraciones a Dios, que lo ve todo, que no nos introduzca en la tentación (Mt 6,13), pues el Señor ha dicho: El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil (Mt 26,41).

    Esperanza y paciencia

    Perseveremos constantemente en nuestra esperanza 14 y en las primicias de nuestra justicia, que es Jesucristo, que llevó al madero nuestros pecados en su propio cuerpo (ver 1 P 2,24), él, que no había cometido pecado, en quien no se había encontrado falsedad en su boca (1 P 2,22). Pero por nosotros, para que nosotros viviéramos en él, lo soportó todo.

    Seamos, pues, los imitadores de su paciencia, y si sufrimos por su nombre, glorifiquémoslo. Porque éste es el ejemplo que él nos ha dado en sí mismo, y esto es lo que nosotros hemos creído (ver 1 P 4,16; 2,21).

    Los exhorto a todos a obedecer a la palabra de justicia, y a perseverar con toda paciencia, la que han visto con sus ojos no sólo en los bienaventurados Ignacio, Zósimo y Rufo, sino también en otros de entre ustedes, en Pablo mismo y en los demás apóstoles. Convencidos de que todos éstos no han corrido en vano (Ga 2,2; Flp 2,16), sino en la fe y la justicia, y que están en el lugar que les corresponde junto al Señor con los que han sufrido. Ellos no amaron este siglo presente (ver 2 Tm 4,10), sino a aquel que murió por nosotros y que Dios resucitó por nosotros.

    Caridad fraterna (A partir de este capítulo no tenemos el texto griego de la carta, sino una antigua versión latina)

    Permanezcan, por tanto, en estos (sentimientos) e imiten el ejemplo del Señor, firmes e inconmovibles en la fe, amando a los hermanos, amándose unos a otros, unidos en la verdad, teniéndose paciencia unos a otros con la mansedumbre del Señor, no despreciando a nadie.15

    Cuando puedan hacer el bien, no lo posterguen, pues la limosna libera de la muerte (Tb. 12,9). Todos ustedes estén sometidos los unos a los otros, teniendo una conducta irreprensible entre los paganos, para que por sus buenas obras (también) reciban la alabanza y el Señor no sea blasfemado por causa de ustedes (ver 1 P 2,12). Pero pobre de aquel por quien sea blasfemado el nombre del Señor (ver Is 52,5). Enseñen, pues, a todos la sobriedad en la que viven ustedes mismos.16


    El caso de Valente 17

    Estoy muy apenado por Valente, que fue presbítero por algún tiempo entre ustedes, (al ver) que ignora hasta tal punto el cargo que se le había dado. Por tanto, les advierto que se abstengan de la avaricia y que sean castos y veraces. Absténganse de todo mal. Quien no se puede gobernar a sí mismo en esto, ¿cómo puede enseñarlo a los otros? Si alguno no se abstiene de la avaricia, se dejará manchar por la idolatría y será contado entre los paganos que ignoran el juicio del Señor (ver Jr 5,4). ¿O acaso ignoramos que los santos juzgarán al mundo, como lo enseña Pablo? (ver 1 Co 6,2).

    Yo no oí ni vi nada semejante en ustedes, entre quienes trabajó el bienaventurado Pablo, ustedes que están al comienzo de su epístola.18 De ustedes, en efecto, él se gloría delante de todas las iglesias (ver 2 Ts 1,4), las únicas que entonces conocían a Dios, puesto que nosotros todavía no lo conocíamos.19

    Así, pues, hermanos, estoy muy triste por él y por su esposa, a ellos les conceda el Señor la penitencia verdadera (ver 2 Tm 2,25). Ustedes sean sobrios, también en esto, y no los consideren como a enemigos (ver 2 Ts 3,15), sino que vuelvan a llamarlos como a miembros sufrientes y extraviados. Haciendo esto se construyen a sí mismos.20


    Recomendaciones finales

    Confío en que están bien ejercitados en las santas Escrituras, y que nada ignoran. Yo, por mi parte, no tengo este don. Ahora (les digo), como está dicho en las Escrituras: Enójense y no pequen, y que el sol no se ponga sobre su ira (Sal 4,5; Ef 4,26). Feliz quien se acuerda. Creo que sucede así con ustedes.

    Que Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, y él mismo, el pontífice eterno, el Hijo de Dios, Jesucristo (ver Hb 6,20; 7,13), los edifiquen en la fe y en la verdad, en toda mansedumbre, sin cólera, en paciencia y en magnanimidad, en tolerancia y en castidad. Y les den parte en la herencia de sus santos21, y a nosotros con ustedes, y a todos los que están bajo el cielo, que creen en nuestro Señor Jesucristo y en su Padre, que lo resucitó de entre los muertos.

    Oren por todos los santos. Oren también por los reyes, por las autoridades y los príncipes, por los que los persiguen y los odian, y por los enemigos de la cruz (ver Mt 5,44; 1 Tm 2,2; Jn 15,16; 1 Tm 4,15; St 1,4; Col 2,10; Flp 3,18.); de modo que su fruto sea manifiesto para todos, y ustedes sean perfectos en él.

    Un trozo de la primera carta a los Filipenses (Del capítulo 13 se conserva el texto griego merced a Eusebio de Cesárea, HE III,36,14-15. P. N. Harrison, Polycarp´s two Epistles to the Philippians, Cambridge, 1936, separó todo este capítulo 13, considerándolo una esquela de Policarpo respondiendo a una carta de los Filipenses. El resto de la actual epístola [caps. 1-12.14] sería una carta de consejo y exhortación escrita más tarde [según Harrison mucho más tarde]. Tendríamos, por tanto, dos epístolas de Policarpo, las cuales habrían sido reunidas en una sola ya antes de Eusebio de Cesárea. En la actualidad los especialistas aceptan la hipótesis de Harrison, pero señalan que la segunda carta [la "larga"] debe colocarse en una fecha muy próxima a la primera [la "breve"]).

    Ustedes e Ignacio me han escrito, para que si alguien va a Siria también lleve la carta de ustedes. Lo haré, si encuentro una ocasión favorable, sea yo mismo, sea aquel que enviaré para que nos represente. (Ignacio de Antioquía le había pedido a Policarpo que enviase un mensajero a Antioquía, a fin de llevarles a los cristianos sus felicitaciones y animándolos [ver Ep. a Policarpo 7,2; 8,1]. La comunidad de Filipos, según parece, les había escrito a los Antioquenos con idéntica finalidad. Policarpo responde con esta primera carta.)

    Conforme me lo pidieron, les mandamos las cartas de Ignacio, las que él nos envió y todas las demás que tenemos entre nosotros. Ellas van unidas a la presente carta, y ustedes podrán obtener gran provecho; porque ellas contienen fe, paciencia y toda edificación relacionada con nuestro Señor. Hágannos saber lo que sepan con certeza del mismo Ignacio y de sus compañeros. ("Les mandamos las cartas de Ignacio." Esta frase parece indicar que, con mucha probabilidad, muy pronto se formó un corpus de las cartas de Ignacio. Policarpo no tenía dificultad en reunir todas las epístolas de Ignacio a las iglesias de Asia. Esto permite conjeturar que no formaba parte del corpus la carta a los Romanos, que ha sido transmitida de forma independiente. - Desde "Hágannos saber..." el texto sólo se conserva en latín. "Ignacio y sus compañeros" es la traducción de "qui cum eo sunt").

    Despedida (A partir de este capítulo se retoma el texto, en su versión latina, de la segunda carta. Crescente no es el secretario de Policarpo, sino el portador de la carta [ver Ignacio de Antioquía, Rom. 10,1; Filad. 11,2; Esmir. 12,1])

    Les escribo esto por Crescente, a quien recientemente les recomendé y ahora (de nuevo) les recomiendo. Se ha conducido entre nosotros de forma irreprochable; y creo que lo hará entre ustedes de la misma manera. También les recomiendo su hermana, cuando ella llegue entre ustedes. Sean perfectos en el Señor Jesucristo, y en su gracia con todos los suyos. Amén. (También se podría traducir, esta última frase, por "Compórtense bien en el Señor Jesucristo" [Incolumes estote in domino Iesu Christo]).

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    1.  Sobre el tema de la "Iglesia de Dios que habita como extranjera" [o peregrina; paroiken], ver Gn 12,10; 17,10; Lc 24,28; Ef 2,19; Hb 11,9-10.13-16; 13,14; 1 P 2,11; Judas 2. Ver asimismo el saludo de la Primera carta de Clemente a los Corintios y la Ep. a Diogneto 5 y 6.regresar

    1.  Las diademas de los santos son las cadenas, sufrimientos y persecuciones que sufren por confesar su fe en Jesucristo. Ver Ignacio de Antioquía, Ep. a los Efesios 11,2.regresar

    1.  Hch 2,24. Los pasajes subrayados indican una cita más literal de un texto de la Escritura. Pero el lector no debería centrar su atención solamente en las palabras subrayadas, sino más bien en todo el conjunto dentro del cual se inserta el pasaje, y su resonancia particularmente con las epístolas del NT.regresar

    1.  Aquí el vocablo multitud se refiere evidentemente a los no cristianos, particularmente a la multitud de los paganos, a los que Policarpo asocia los herejes con sus vanas especulaciones seductoras. (Ver 1 Tm 1,6; Tito 3,9.)regresar

    1.  Policarpo combina varias reminiscencias evangélicas, si es que se puede hablar así: Mt 7,1; Lc 6,37; Mt 5,7; Lc 6,38; Mt 5,3.10; Lc 6,20.regresar

    1.  No debe leerse este pasaje como si Policarpo estableciese una relación teológica entre las virtudes teologales, más bien apunta a poner de relieve su dignidad; ver 1 Co 13,14.regresar

    1.  Ver 1 Tm 6,10. La reacción fuerte de Policarpo contra la avaricia, como un vicio totalmente opuesto al espíritu del Evangelio, es uno de los temas principales de la carta. Puede tomarse como punto de partida para una reflexión sobre la cuestión en la Iglesia de nuestros días.regresar

    1.  El párrafo entero parece inspirarse en ciertas exhortaciones paulinas; ver Ef 5,21; 6,4; Col 3,18, entre otras. Ver asimismo la Primera carta de Clemente a los Corintios 1,3; 21,6ss.regresar

    1.  Para el tema de las viudas en la Iglesia primitiva ver 1 Tm 5,13-16; Tito 2,3-4; Tertuliano llegará a decir que ellas son "aram Dei mundam", Ad uxorem 1,7.regresar

    1.  Para los diáconos, ver 1 Tm 3,8-13. Sobre Cristo servidor de todos, ver Mt 20,28. Ignacio de Antioquía se re- fiere a menudo a los diáconos en sus cartas [ver Magn. 6,1; Trall. 2,3; Esmir. 10,1].regresar

    1.  Sobre el tema de la obediencia a los presbíteros [los ancianos], ver 1 P 5,5; Ignacio de Antioquía, Ep. a los Trall. 3,2.regresar

    1.  Ver Pr 3,4; Rm 12,17; 2 Co 8,21. La teología pastoral-moral que expone Policarpo tiene mucha similitud con la que hallamos en 1 Tm 3,2-7; Tito 1,6-9, e Ignacio de Antioquía, Ep. a Policarpo 4-5.regresar

    1.  Ver 1 Jn 4,2-3. Los docetistas negaban la realidad de la carne de Cristo; por tanto, no admitían su pasión y resurrección, haciendo así vano el testimonio de la cruz [ver 1 Jn 5,6-8; Jn 19-20; Ignacio de Antioquía, Mag. 11; Trall. 9-11; Esmir. 1-7].regresar

    1.  Cristo nuestra esperanza: ver 1 Tm 1,1; Col 1,27; Ignacio de Antioquía, Ef. 1,2; 21,2; Mag. 11; Flp. 11,2.regresar

    1.  En este párrafo [X,1] Policarpo combina varios pasajes del NT: Col 1,23; 1 Co 15,58; 1 P 2,17; 3,8; 5,9; Jn 13,34; Rm 13,8.regresar

    1.  Sobriedad [sobrietas, sophrosynè]: comprende también la salud espiritual, el sentido común y la modera- ción, junto con el control de los sentidos, la templanza y la castidad. Ver Rm 12,3; 1 Tm 2,9.15 [s"phrosynè unida a la fe, caridad y santidad]. Ver asimismo Ignacio de Antioquía, Ef. 10,3 [la une a la pureza].regresar

    1.  De este presbítero sólo conocemos aquello que nos dice Policarpo: arrastrado por la avaricia, el amor al dinero, se vio envuelto en una falta grave que le significó la destitución de su ministerio. Sobre la avaricia como una forma de idolatría y una suerte de impureza, ver Ef 5,5; Col 3,5.regresar

    1.  Estas palabras, de las que no tenemos el texto griego, son poco claras, y de difícil explicación. Se han presentado tres soluciones: 1) leer evangelio en vez de epístola: los Filipenses son las primicias de la predicación del evangelio en Grecia [ver Flp 4,15]; 2) a partir de 2 Co 3,2, comprender que los Filipenses fueron, desde el inicio, la carta de recomendación de Pablo; 3) suponer una errónea traducción del griego y leer: "ustedes fueron alabados por Pablo al inicio de la carta que él les escribió" [ver Flp 1,3-9].regresar

    1.  El evangelio fue predicado en Esmirna después de la conversión de los Filipenses. La primera mención de Esmirna, en campo cristiano, la hallamos en Ap 2,8.regresar

    1.  Idéntica actitud hacia los pecadores manifiesta Ignacio de Antioquía, Ef. 10,1-3. Sobre la Iglesia como cuerpo viviente que se construye por medio del crecimiento de cada uno de sus miembros, ver Ef 4,15-16; Col 2,19; Ignacio de Antioquía, Esmir. 11.regresar

    1. Ver Col 12,12; Hch 8,21. Los santos son los cristianos. Se trata de un término heredado del AT [ver, por ejemplo, Ex 19,6], y que aparece con bastante frecuencia en el NT [ver 1 Co 6,1; 2 Co 1,1; Ef 2,19; 3,8; Flp 4,22]. Junto con hermanos, creyentes, discípulos, se convertirá en un nombre propio para designar a los cristianos [ver Ignacio de Antioquía, Magn. 4,1]. regresar


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    POLICARPO DE ESMIRNA

    Policarpo, obispo de Esmirna, es, con su larga vida, como un puente entre la generación de los apóstoles y las generaciones que vivieron la expansión doctrinal y numérica del cristianismo. Por una parte fue discípulo del apóstol Juan, y por otra fueron discípulos suyos los grandes maestros Papías e Ireneo. Este último, en un pasaje de singular fuerza evocadora, apela a Policarpo como del transmisor de la doctrina de los apóstoles. Del mismo Policarpo sólo se conserva una carta a la cristiandad de Filipos: está escrita en un estilo sencillo y sobrio, y se reduce a una serie de vigorosas exhortaciones, más bien de orden moral.

    De particular interés histórico y religioso son las Actas del martirio de Policarpo, generalmente reconocidas como auténticas: son un documento por el que la Iglesia de Esmirna daba a conocer a las Iglesias hermanas la manera como su obispo juntamente con muchos de sus fieles había sufrido una muerte ejemplar en la persecución, probablemente hacia el año 155.

    RUIZ BUENO, Padres apostólicos, BAC, Madrid 1950; S. HUBER, Las cartas de san Ignacio de Antioquía y de san Policarpo de Esmirna, Buenos Aires 1945.


    I. Testimonio de Ireneo sobre Policarpo.

    . . . Siendo yo niño, conviví con Policarpo en el Asia Menor. . . Conservo una memoria de las cosas de aquella época mejor que de las de ahora, porque lo que aprendemos de niños crece con la misma vida y se hace una cosa con ella. Podría decir incluso el lugar donde el bienaventurado Policarpo se solía sentar para conversar, sus idas y venidas, el carácter de su vida, sus rasgos físicos y sus discursos al pueblo. Él contaba cómo había convivido con Juan y con los que habían visto al Señor. Decía que se acordaba muy bien de sus palabras, y explicaba lo que había oído de ellos acerca del Señor, sus milagros y sus enseñanzas. Habiendo recibido todas estas cosas de los que habían sido testigos oculares del Verbo de la Vida, Policarpo lo explicaba todo en consonancia con las Escrituras. Por mi parte, por la misericordia que el Señor me hizo, escuchaba ya entonces con diligencia todas estas cosas, procurando tomar nota de ello, no sobre el papel, sino en mi corazón. Y siempre, por la gracia de Dios, he procurado conservarlo vivo con toda fidelidad... Lo que él pensaba está bien claro en las cartas que él escribió a las Iglesias de su vecindad para robustecerlas o, también a algunos de los hermanos, exhortándolos o consolándolos...

    Policarpo no sólo recibió la enseñanza de los apóstoles y conversó con muchos que habían visto a nuestro Señor, sino que fue establecido como obispo de Esmirna en Asia por los mismos apóstoles. Yo le conocí en mi infancia, ya que vivió mucho tiempo ydejó esta vida siendo ya muy anciano con un gloriosísimo martirio. Enseñó siempre lo que había aprendido de los apóstoles, que es lo que enseña la Iglesia y la única verdad. De ello son testigos todas las Iglesias de Asia, y los que hasta el presente han sido sucesores de Policarpo... Este, en un viaje a Roma, en tiempos de Aniceto, convirtió a muchos herejes... a la Iglesia de Dios, proclamando que había recibido de los apóstoles la única verdad, idéntica con la que es transmitida en la tradición de la Iglesia. Y hay quienes le oyeron decir que Juan, el discípulo del Señor, una vez que fue al baño en Efeso vio allí dentro al hereje Cerinto; y al punto salió del lugar sin bañarse, diciendo que temía que se hundiesen los baños, estando allí Cerinto, el enemigo de la verdad. El mismo

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    MARTIRIO DE POLICARPO

    45 Os escribimos, hermanos, sobre los que han sufrido martirio, y particularmente sobre Policarpo, que puso como el sello final e hizo cesar con su martirio la persecución. Se puede decir que todo aconteció a fin de que el Señor nos mostrara de nuevo su martirio, como lo refiere el Evangelio. Porque Policarpo esperó a ser entregado, como lo hizo el Señor, a fin de que también nosotros fuéramos imitadores suyos, mirando no sólo nuestro propio interés, sino también el de nuestros prójimos; porque la caridad verdadera y sólida está en buscar no sólo la propia salvación, sino también la de todos los hermanos

    Los mártires se mantuvieron firmes, después de haber sido desgarrados por los azotes, de suerte que se podía ver la disposición de la carne hasta lo interior de las venas y las arterias, hasta el punto de que todos los circunstantes se sentían movidos a compasión. Ellos, en cambio, se habían levantado a tal nobleza que ninguno de ellos profirió un lamento o un gemido, mostrándonos a todos nosotros que en aquella hora de tormento los nobilísimos mártires de Cristo estaban fuera de su propia carne, o mejor, que el mismo Señor estaba con ellos, conversando con ellos. Sostenidos por la gracia de Cristo, despreciaban los tormentos terrenos, pues con los padecimientos de una sola hora compraban la vida eterna. El fuego de sus inhumanos torturadores les era un refrigerio, pues ante sus ojos estaba el huir del fuego eterno que jamás se extingue, y veían con los ojos del corazón los bienes que les aguardaban... Los que fueron condenados a las fieras sufrieron igualmente tormentos espantosos, siendo extendidos sobre conchas y sometidos a otras formas diversas de tortura...

    En cuanto a Policarpo, hombre digno de nuestra máxima admiración, en primer lugar, en cuanto oyó que se le buscaba, no se turbó, y quería permanecer en la ciudad, pero muchos le persuadieron de que se retirara fuera. Salió, pues, a una pequeña finca que no estaba muy lejos de la ciudad, y allí pasaba el tiempo con unos pocos compañeros, sin hacer otra cosa que orar de día y de noche por todos y por las Iglesias esparcidas por toda la tierra, como lo tenía por costumbre...

    Como persistieran los que le buscaban, tuvo que cambiarse a otra finca, y pronto se presentaron los que iban tras él (en la primera finca). Al no hallarle, prendieron a dos esclavos, y uno de ellos, sometido a tortura confesó su paradero... Acompañados, pues, del esclavo, los perseguidores salieron un viernes a la hora de la cena con caballería y la gente armada que suelen... Y llegando en hora ya tardía, lo encontraron acostado en una pequeña habitación en el piso superior. Todavía hubiera podido huir a otro escondrijo, pero no quiso, diciendo: <
    Pero él al principio no les daba respuesta alguna; mas como insistieran, les dijo: «No voy a hacer nada de lo que me aconsejáis.» Ellos entonces, fracasados en su intento de persuadirle empezaron a decirle palabras insultantes y le hicieron descender precipitadamente del carruaje, de suerte que al descender se desgarró la espinilla. Sin volverse, como si no se hubiera hecho daño alguno, caminaba animosamente. Fue conducido al estadio, y fue tanto el tumulto que en él se armó que nadie podia entenderse...

    Llevado a la presencia del procónsul, preguntóle éste si era él Policarpo; y como contestara afirmativamente, intentaba el procónsul hacerle renegar, diciendo: Ten consideración a tu avanzada edad, y las demás cosas que suelen decir: Jura por la fortuna del César, cambia tu modo de pensar y grita: Mueran los ateos.» Pero Policarpo, mirando con un rostro serio a toda la mesa de paganos sin ley que llenaban el estadio, les hizo una seña con la mano, dio un suspiro y levantó los ojos al cielo diciendo: «Mueran los ateos.» Intervino el procónsul diciendo: «Jura, y te pongo en libertad, reniega de Cristo.» Repuso Policarpo: «Hace ochenta y seis años que le sirvo, y ningún mal me ha hecho: ¿Cómo puedo blasfemar de mi rey a quien debo la salvación?»

    El procóncul insistió de nuevo diciendo: «Jura por la fortuna del César.» Policarpo respondió: «Si tienes por punto de honor el hacerme jurar por la fortuna del César, como tú dices, fingiendo ignorar quién soy yo, oye lo que proclamo con toda libertad: Soy cristiano; y si quieres aprender cuál es la doctrina cristiana, dame un día de tregua y escúchame...» Dijo el procónsul: «Convence al pueblo. Replicó Policarpo: A ti te considero digno de una explicación, pues nuestra doctrina nos enseña que hay que dar a los magistrados y autoridades que están establecidas por Dios el honor que les es debido y que no daña a nuestra conciencia. Pero al pueblo no creo que valga la pena presentarles una defensa.» Dijo entonces el procónsul: «Tengo fieras, y te entregaré a ellas si no cambias de parecer.» Respondió Policarpo: «Llámalas, pues para nosotros no puede darse un cambio de lo mejor a lo peor, sino que lo razonable es cambiar de lo malo a lo justo. Insistióle el procónsul: Te haré consumir en el fuego si no cambias de parecer, ya que desprecias a las fieras. Policarpo dijo: Me amenazas con el fuego que dura un momento y al poco rato se apaga, porque desconoces el juicio que ha de venir y el fuego del castigo eterno que aguarda a los impíos. Pero, ¿por qué pierdes el tiempo? Tráeme lo que quieras.»

    Mientras decía estas y otras muchas cosas, Policarpo se mostraba lleno de ánimo y de alegría, y su rostro resplandecía con una gracia tal que no sólo no mostraba desfallecimiento por las amenazas que se le dirigían, sino que por el contrario, era más bien el procónsul el que estaba fuera de sí, mandando a su propio heraldo que en medio del estadio hiciera por tres veces este pregón: Policarpo ha confesado ser cristiano: En cuanto el heraldo hubo dicho esto, toda la turba de judíos y de gentiles que habitaban en Esmirna se puso a gritar con rabia incontenible y a grandes voces: Ese es el maestro del Asia -y el padre de los cristianos, el destructor de nuestros dioses, que ha enseñado a muchos a negarles sus sacrificios y culto. Esto decían a gritos, y pedían al gobernador Felipe que soltara un león contra Policarpo. Pero el gobernador contestó que no le estaba permitido hacerlo una vez que ya se habían terminado los combates de fieras. Entonces se pusieron de acuerdo en gritar todos a la vez que Policarpo fuera quemado vivo... Al punto el populacho se lanzó a recoger leña y maderas de los talleres y barrios, colaborando los judíos, como suelen, con particular diligencia. Cuando la pira estuvo preparada, Policarpo se quitó los vestidos... Como pretendieran clavarle en un poste, les dijo: Dejadme como estoy, pues el que me da fuerzas para soportar el fuego me concederá poder permanecer inmóvil en la hoguera sin necesidad de asegurarme con vuestros clavos. Así pues, no le clavaron, sino que le ataron. Y él, con las manos atrás, atado como un carnero escogido de un gran rebaño para el sacrificio, preparado para ser holocausto acepto a Dios, levantó sus ojos al cielo y dijo: Señor Dios omnipotente, Padre de tu amado y bendito hijo tuyo Jesucristo, por el cual hemos recibido conocimiento de ti, Dios de los ángeles y de las potestades y de toda la creación, de todo el linaje de los justos que viven en tu presencia: Te bendigo porque me has tenido por digno de esta hora en que puedo tomar parte, contado entre el número de los mártires, en el cáliz de Cristo en espera de la resurrección de la vida eterna en alma y cuerpo, en la incorrupción del Espíritu Santo. Sea yo recibido hoy en tu presencia entre ellos, como un sacrificio rico y aceptable. Tú me preparaste de antemano para ello, tú me lo revelaste, y tú me lo has cumplido, Dios de verdad en el que no hay engaño. Por esto, y por todas las cosas, te alabo y te glorifico, por medio del eterno y celestial sumo sacerdote, Jesucristo, tu hijo amado, por el cual y juntamente con el Espíritu Santo sea a ti la gloria ahora y por los siglos venideros. Amén.

    Así que hubo enviado al cielo su Amén, terminando su plegaria, los que cuidaban de la pira prendieron el fuego: y levantándose una gran llamarada nos fue dado a algunos ver un prodigio, y fuimos preservados para dar a conocer a los demás lo que acaeció. Porque el fuego, haciendo una especie de bóveda, como si fuera una vela de barco henchida por el viento, rodeó como con un muro circular el cuerpo del mártir que se hallaba en el centro, no como carne que se quema, sino como pan que se cuece o como oro que se purifica en el horno. Y sentimos un olor tan intenso como si fuera una ráfaga de incienso o de algún otro aroma precioso. Finalmente, viendo aquellos hombres inicuos que el cuerpo del mártir no podía ser consumido por el fuego, dieron orden al verdugo de que se acercara y le hundiera un puñal. Así lo hizo, y brotó una tal cantidad de sangre que se apagó el fuego, quedando toda la multitud pasmada de la diferencia que había entre la muerte de los infieles y la de los elegidos. Al número de éstos pertenece también Policarpo, hombre sobremanera admirable, maestro con espíritu de apóstol y de profeta en nuestros propios tiempos y obispo de la Iglesia católica en Esmirna: toda palabra que salió de su boca, o bien ha tenido ya cumplimiento, o ciertamente lo tendrá.

    Pero el maligno... dispuso las cosas de modo que no nos fuera dejado su cuerpo, aunque muchos eran los que deseaban apoderarse de sus santos restos. En efecto, Nicetas... fue a suplicar al gobernador que no se nos diera el cadáver, diciendo: No vaya a suceder que abandonen al crucificado y empiecen a adorar a éste. Esto era una sugerencia de los judíos, quienes insistían en ello y aun montaron una guardia cuando nosotros fuimos a recogerlo de la pira. Ignoraban que nosotros ni jamás podremos abandonar a Cristo, que padeció por la salvación del mundo entero de los que se salvan, él inocente, por nosotros, pecadores, ni jamás daremos culto a otro alguno. Porque a él le adoramos porque es hijo de Dios, mientras que a los mártires les tributamos un justo homenaje de afecto como a discípulos e imitadores del Señor, a causa del amor insuperable que mostraron por su rey y maestro. ¡Ojalá que nosotros pudiéramos también acompañarles y llegar a ser discípulos con ellos!

    Así pues, el centurión, viendo la porfía de los judíos, hizo colocar el cadáver en el centro y lo hizo quemar, a la manera como ellos suelen hacerlo. Así nosotros más tarde pudimos recoger sus huesos, más valiosos que las piedras preciosas y más estimables que el oro, y los colocamos en lugar adecuado. Allí, nos concederá el Señor celebrar el natalicio de su martirio, reuniéndonos todos en cuanto nos sea posible con júbilo y alegría, para celebrar la memoria de los que ya terminaron su combate, y para ejercerlo y preparación de los que aún han de combatir... 1

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    1. EUSEBIO, Hist Ecles., I, 15, 3ss.regresar