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jueves, 22 de noviembre de 2018

Dios llora como un padre por sus hijos (Meditación para hoy) 22112018

Dios llora como un padre por sus hijos



Por: SS Francisco | Fuente: es.Zenit.org 




S.S. Francisco en la homilía del martes 4 de febrero de 2014: ´Dios tiene corazón de Padre que espera y no rechaza al hijo rebelde.

Dios también llora y su llanto es como el de un padre que ama a los hijos y no los rechaza nunca aunque sean rebeldes, siempre les espera. Así lo ha afirmado el Santo Padre esta mañana en la homilía de Santa Marta.

Las lecturas de día presenta la figura de dos padres: la del rey David, que llora la muerte del hijo rebelde Absalón, y Jairo, jefe de la sinagoga, que pide a Jesús que cure a su hija. El papa ha explicado el llanto de David frente a la noticia del asesinato de hijo, a pesar que su hijo combatía contra David para conquistar el reino. Francisco ha explicado que el ejército de David vence, pero a él no le interesaba la victoria, "¡esperaba al hijo! ¡Le interesaba solo el hijo! Era rey, era jefe del país, pero era padre." Y así, cuando llega la noticia del final de su hijo, fue sacudido por un temblor: subió al piso de arriba... y lloró".

Francisco lo ha explicado así: "Decía yéndose: ´hijo mío, Absalón. ¡Hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Hubiera muerto yo en vez de tú! ¡Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío! Este es el corazón de un padre, que no rechaza nunca a su hijo. ´Es un ladrón. Es un enemigo. Pero es mi hijo´. Y no reniega la paternidad: llora... Dos veces David llora por un hijo: esta y la otra cuando iba a morir el hijo del adulterio. También aquella vez hizo ayuno, penitencia para salvar la vida del hijo. ¡Era padre!"

El otro padre al que el Papa ha hecho referencia en la homilía es el jefe de la Sinagoga. "Un persona importante pero delante de la enfermedad de la hija no tiene miedo de postrarse a los pies de Jesús: ¡Mi hija está muriendo, ven a imponerle las mano, para que sea salvada y viva!´ No tiene vergüenza", no piensa en lo que puedan decir los otros, porque es padre.

David y Jairo son dos padre: "¡Para ellos lo más importante es el hijo y la hija! No hay otra cosa. ¡Lo único importante! Nos hace pensar en lo primero que decimos a Dios en el Credo: ´Creo en Dios Padre...´ Nos hace pensar en la paternidad de Dios. Pero Dios es así. ¡Dios es así con nosotros! ´Pero, Padre, ¡Dios no llora!´ ¡Cómo que no! Recordemos a Jesús, cuando ha llorado en Jerusalén. ´¡Jerusalén, Jerusalén!´ ¡Cuántas veces he querido recoger a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas!´ ¡Dios llora! ¡Jesús ha llorado por nosotros! Y ese llanto de Jesús es precisamente la figura del llano del Padre, que nos quiere a todos con él".

Francisco ha subrayado que "en los momentos difíciles el Padre responde. Recordemos a Isaac, cuando va con Abrahán a hacer el sacrificio: Isaac no era tonto, se había dado cuenta que llevaban leña, el fuego, pero no la oveja para el sacrificio. ¡Tenía angustia en el corazón! ¿Y qué dice? ´¡padre!´ Y en seguida: ´¡Aquí esto hijo!´ El padre responde".

Así, Jesús, en el huerto de los Olivos dice: "con esa angustia en el corazón: ´¡Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz!´ Y los ángeles fueron a darle fuerza. ¡Así es nuestro Dios: es Padre! ¡Es una Padre así!".

Un padre como el que espera al hijo pródigo que se ha ido con "todo el dinero, con toda la herencia. Pero el padre lo esperaba" todo los días y "lo vio de lejos". "¡Ese es nuestro Dios!", ha recordado Francisco. Asimismo ha observado que "nuestra paternidad" es la de los padres de familia como la paternidad espiritual de obispos y sacerdotes "debe ser como esta. El Padre tiene como una unción que viene del hijo: ¡no puede entenderse a sí mismo sin el hijo! Y por esto necesita al hijo: lo espera, lo ama, lo busca, lo perdona, lo quiere cerca de sí, tan cerca como la gallina quiere a su pollitos".

Finalmente, Francisco ha pedido que "vayamos hoy a casa con estas dos imágenes: David que llora y el otro, jefe de la sinagoga, que se postra delante de Jesús, sin miedo de pasar vergüenza y hacer reír a los otros. Estaban en juego los hijos: el hijo y la hija. Y con estos dos imágenes decimos: ´Creo en Dios Padre..." Y pidamos al Espíritu Santo - porque solamente Él, el Espíritu Santo - que nos enseñe a decir ´¡Abba, Padre!´ ¡Es una gracia! ¡Poder decir a Dios ´Padre´! con el corazón es una gracia del Espíritu Santo. ¡Pidámosla a Él".

miércoles, 31 de octubre de 2018

¿Sois cristianos de etiqueta o de verdad? (Meditación para hoy) 31102018

¿Sois cristianos de etiqueta o de verdad?
Quisiera decir con fuerza: no tengamos miedo de cruzar la puerta de la fe en Jesús, de dejarle entrar cada vez más en nuestra vida


Por: S.S. Francisco | Fuente: Catholic.net 



"Señor, ¿son pocos los que se salvan?" (Lc. 13, 23).

Jesús no responde directamente a la pregunta: no es importante saber cuántos se salvan, sino que es importante más bien saber cuál es el camino de la salvación. Y he aquí entonces que, a la pregunta, Jesús responde diciendo: "Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán" (v. 24).

¿Qué quiere decir Jesús? ¿Cuál es la puerta por la que debemos entrar? Y, ¿por qué Jesús habla de una puerta estrecha?

La imagen de la puerta se repite varias veces en el Evangelio y se refiere a la de la casa, del hogar doméstico, donde encontramos seguridad, amor, calor. Jesús nos dice que existe una puerta que nos hace entrar en la familia de Dios, en el calor de la casa de Dios, de la comunión con Él.

Esta puerta es Jesús mismo (cf. Jn 10, 9). Él es la puerta. Él es el paso hacia la salvación. Él conduce al Padre.

Y la puerta, que es Jesús, nunca está cerrada, esta puerta nunca está cerrada, está abierta siempre y a todos, sin distinción, sin exclusiones, sin privilegios. Porque, sabéis, Jesús no excluye a nadie.

Tal vez alguno de vosotros podrá decirme: "Pero, Padre, seguramente yo estoy excluido, porque soy un gran pecador: he hecho cosas malas, he hecho muchas de estas cosas en la vida". ¡No, no estás excluido! Precisamente por esto eres el preferido, porque Jesús prefiere al pecador, siempre, para perdonarle, para amarle.Jesús te está esperando para abrazarte, para perdonarte. No tengas miedo: Él te espera. Anímate, ten valor para entrar por su puerta.

Todos están invitados a cruzar esta puerta, a atravesar la puerta de la fe, a entrar en su vida, y a hacerle entrar en nuestra vida, para que Él la transforme, la renueve, le done alegría plena y duradera.

En la actualidad pasamos ante muchas puertas que invitan a entrar prometiendo una felicidad que luego nos damos cuenta de que dura sólo un instante, que se agota en sí misma y no tiene futuro. Pero yo os pregunto: nosotros, ¿por qué puerta queremos entrar? Y, ¿a quién queremos hacer entrar por la puerta de nuestra vida?

Quisiera decir con fuerza: no tengamos miedo de cruzar la puerta de la fe en Jesús, de dejarle entrar cada vez más en nuestra vida, de salir de nuestros egoísmos, de nuestras cerrazones, de nuestras indiferencias hacia los demás. Porque Jesús ilumina nuestra vida con una luz que no se apaga más. No es un fuego de artificio, no es un flash. No, es una luz serena que dura siempre y nos da paz. Así es la luz que encontramos si entramos por la puerta de Jesús.

Cierto, la puerta de Jesús es una puerta estrecha, no por ser una sala de tortura. No, no es por eso. Sino porque nos pide abrir nuestro corazón a Él, reconocernos pecadores, necesitados de su salvación, de su perdón, de su amor, de tener la humildad de acoger su misericordia y dejarnos renovar por Él.

Jesús en el Evangelio nos dice que ser cristianos no es tener una "etiqueta". Yo os pregunto: vosotros, ¿sois cristianos de etiqueta o de verdad? Y cada uno responda dentro de sí. No cristianos, nunca cristianos de etiqueta. Cristianos de verdad, de corazón.

Ser cristianos es vivir y testimoniar la fe en la oración, en las obras de caridad, en la promoción de la justicia, en hacer el bien. Por la puerta estrecha que es Cristo debe pasar toda nuestra vida.

A la Virgen María, Puerta del Cielo, pidamos que nos ayude a cruzar la puerta de la fe, a dejar que su Hijo transforme nuestra existencia como transformó la suya para traer a todos la alegría del Evangelio.
Ángelus en la Plaza de San Pedro Domingo 25 de agosto de 2013

martes, 9 de octubre de 2018

¿Quién elige la mejor parte? (Meditación para hoy) 09102018

¿Quién elige la mejor parte?
La mejor parte: la de la oración, la de la contemplación de Jesús


Por: S.S. Francisco | Fuente: Catholic.net 



Orar significa abrir la puerta al Señor a fin de que pueda hacer algo para reorganizar nuestras cosas. El sacerdote que hace su deber, pero no abre la puerta al Señor, se arriesga a convertirse sólo en un «profesional». El Papa Francisco, en la misa que celebró el martes 8 de octubre, se detuvo en el valor de la oración: no la de «papagayo», sino la que se «hace con el corazón» que lleva a «mirar al Señor, a escuchar al Señor, a pedir al Señor».
La reflexión se desarrolló a partir de las lecturas de la liturgia, tomadas del libro de Jonás (3, 1-10) y del Evangelio de Lucas (10, 38-42). En particular, haciendo referencia al pasaje evangélico, el Pontífice propuso como modelo a seguir la actitud de María, una de las dos mujeres que habían acogido a Jesús en su casa. María, en efecto, se detiene a escuchar y a contemplar al Señor, mientras que Marta, su hermana, continúa ocupándose de los quehaceres de la casa.
«La palabra del Señor -expresó el Papa- es clara: María ha elegido la mejor parte, la de la oración, la de la contemplación de Jesús. A los ojos de su hermana era perder tiempo». María se detiene a mirar al Señor como una niña maravillada, «en lugar de trabajar como hacía ella».
La actitud de María es la justa porque -explicó el Pontífice- ella «escuchaba al Señor y oraba con su corazón». He aquí qué «quiere decirnos el Señor. La primera tarea en la vida es ésta: la oración. Pero no la oración de las palabras como los papagayos, sino la oración del corazón», a través de la cual es posible «mirar al Señor, escuchar al Señor, pedir al Señor. Y nosotros sabemos que la oración hace milagros».
Lo mismo enseña el episodio narrado en el libro de Jonás: un «testarudo», le definió el Santo Padre, porque «no quería hacer lo que el Señor le pedía». Sólo después de que el Señor le salvó del vientre de la ballena -recordó el Pontífice- Jonás se decidió: «Señor, haré lo que dices. Y fue por las calles de Nínive» anunciando su profecía: la ciudad sería destruida por Dios si los ciudadanos no mejoraban su modo de vivir. Jonás «era un profeta “profesional” -precisó el Obispo de Roma- y decía: en cuarenta días Nínive será destruida. Lo decía seriamente, con fuerza. Y los ciudadanos de Nínive se atemorizaron y empezaron a orar con las palabras, con el corazón, con el cuerpo. La oración hizo el milagro».
También en este relato -afirmó el Papa Francisco- «se ve lo que Jesús le dice a Marta: María ha elegido la mejor parte. La oración hace milagros, ante los problemas» que hay en el mundo. Pero existen también aquellos a quienes el Papa definió «pesimistas». Estas personas «dicen: nada se puede cambiar, la vida es así. Me hace pensar en una canción triste de mi tierra que dice: dejémoslo. Abajo en el horno nos encontraremos todos».
Ciertamente es una visión un «poco pesimista de la vida» -apuntó- que nos lleva a preguntarnos: «¿Para qué orar? Déjalo, la vida es así. Vayamos adelante. Hagamos lo que podamos». Y esta actitud tuvo Marta -aclaró el Pontífice-, quien «hacía cosas, pero no oraba». Y después está el comportamiento de los otros, como ese «testarudo Jonás». Estos son «los justicieros». Jonás «iba y profetizaba; pero en su corazón decía: se lo merecen, se lo merecen, se lo han buscado. Él profetizaba, pero no oraba, no pedía al Señor perdón por ellos, sólo les apaleaba». Estos -subrayó el Santo Padre- «se creen justos». Pero al final, como sucedió con Jonás, se revelan unos egoístas.
Jonás, por ejemplo -siguió el Papa-, cuando Dios salvó al pueblo de Nínive, «se disgustó con el Señor: pero tú siempre eres así, ¡siempre perdonas!». Y «también nosotros -comentó-, cuando no oramos, lo que hacemos es cerrar la puerta al Señor» de forma que «Él no puede hacer nada. En cambio la oración ante un problema, una situación difícil, una calamidad, es abrir la puerta al Señor para que venga»: Él, de hecho, sabe «reorganizar las cosas».
En conclusión el Papa Francisco exhortó a pensar en María, la hermana de Marta, que «eligió la mejor parte y nos hace ver el camino, cómo se abre la puerta al Señor», al rey de Nínive «que no era un santo», a todo el pueblo: «Hacían cosas feas. Pero cuando oraron, ayunaron y abrieron la puerta al Señor, el Señor hizo el milagro del perdón. Y pensemos en Jonás que no oraba, huía de Dios siempre. Profetizaba, era tal vez un buen “profesional”, podemos decir hoy un buen sacerdote que hacía sus tareas, pero jamás abría la puerta al Señor con la oración. Pidamos al Señor que nos ayude a elegir siempre la mejor parte».

viernes, 19 de enero de 2018

El amor es la medida de la fe y la fe es el alma del amor (Meditación para hoy) 19012018

El amor es la medida de la fe y la fe es el alma del amor
El primer mandamiento

Ángelus del Papa. 26 octubre 2014


Por: Papa Francisco | Fuente: es.radiovaticana.va 



¡Queridos hermanos y hermanas buenos días!

El Evangelio de hoy nos recuerda que toda la Ley divina se resume en el amor por Dios y por el prójimo. El Evangelista Mateo cuenta que algunos fariseos se pusieron de acuerdo para probar a Jesús (cfr 22,34-35). Uno de ellos, un doctor de la ley, le dirige esta pregunta : «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»(v. 36). Jesús, citando el Libro del Deuteronomio, responde: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento» (vv. 37-38). Habría podido detenerse aquí. En cambio Jesús agrega algo que no había sido preguntado por el doctor de la ley. De hecho dice: «El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (v. 39). Este segundo mandamiento tampoco lo inventa Jesús, sino que lo retoma del Libro del Levítico. Su novedad consiste justamente en el juntar estos dos mandamientos – el amor por Dios y el amor por el prójimo – revelando que son inseparables y complementarios, son las dos caras de una misma medalla. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios. El Papa Benedicto nos ha dejado un bellísimo comentario sobre este tema en su primera Encíclica Deus caritas est (nn. 16-18).

En efecto, la señal visible que el cristiano puede mostrar para testimoniar el amor de Dios al mundo y a los demás, a su familia, es el amor por los hermanos. El mandamiento del amor a Dios y al prójimo es el primero no porque está encima del elenco de los mandamientos. Jesús no lo coloca al vértice, sino al centro, porque es el corazón desde el cual debe partir todo y hacia donde todo debe regresar y servir de referencia.

Ya en el Antiguo Testamento la exigencia de ser santos, a imagen de Dios que es santo, comprendía también el deber de ocuparse de las personas más débiles como el forastero, el huérfano, la viuda (cfr Es 22,20-26). Jesús lleva a cumplimento esta ley de alianza, Él que une en sí mismo, en su carne, la divinidad y la humanidad, en un único misterio de amor.

A este punto, a la luz de esta palabra de Jesús, el amor es la medida de la fe, y la fe es el alma del amor. No podemos separar más la vida religiosa, de piedad, del servicio a los hermanos, de aquellos hermanos concretos que encontramos. No podemos dividir más la oración, el encuentro con Dios en los Sacramentos, de la escucha del otro, de la cercanía a su vida, especialmente a sus heridas. Acuérdense de esto: el amor es la medida de la fe. Tú ¿cuánto amas? Cada uno se responda ¿Cómo es tu fe? Mi fe es como yo amo. Y la fe es el alma del amor.

En medio de la densa selva de preceptos y prescripciones – de los legalismos de ayer y de hoy – Jesús abre un claro que permite ver dos rostros: el rostro del Padre y aquel del hermano. No nos entrega dos fórmulas o dos preceptos: no son preceptos y fórmulas; nos entrega dos rostros, es más un solo rostro, aquel de Dios que se refleja en tantos rostros, porque en el rostro de cada hermano, especialmente el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado está presente la imagen misma de Dios. Y deberiamos preguntarnos, cuando encontramos a uno de estos hermanos, si somos capaces de reconocer en él el rostro de Cristo: ¿somos capaces de esto?

De esta forma Jesús ofrece a cada hombre el criterio fundamental sobre el cual edificar la propia vida. Pero sobre todo Él nos dona el Espíritu Santo, que nos permite amar a Dios y al prójimo como Él, con corazón libre y generoso. Por intercesión de María, nuestra Madre, abrámonos para acoger este don de amor, para caminar siempre en esta ley de los dos rostros, que son un solo rostro: la ley del amor.

(Traducción del italiano, Raúl Cabrera - Radio Vaticano)

viernes, 29 de diciembre de 2017

El carisma de una familia religiosa (Meditación para hoy) 29122017

El carisma de una familia religiosa
Homilía del Papa en la XIX Jornada de la Vida Consagrada, en la Fiesta de la Presentación del Señor. 2-2-2015


Por: Papa Francisco | Fuente: es.radiovaticana.va 



Pongamos ante los ojos de la mente el icono de María Madre que va con el Niño Jesús en brazos. Lo lleva al Templo, lo lleva al pueblo, lo lleva a encontrarse con su pueblo.
Los brazos de su Madre son como la “escalera” por la que el Hijo de Dios baja hasta nosotros, la escalera de la condescendencia de Dios. Lo hemos oído en la primera Lectura, tomada de la Carta a los Hebreos: Cristo «tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel» (2,17). Es el doble camino de Jesús: bajó, se hizo uno de nosotros, para subirnos con Él al Padre, haciéndonos semejantes a Él.
Podemos contemplar en nuestro corazón este movimiento imaginando la escena del Evangelio: María que entra en el templo con el Niño en brazos. La Virgen es la que va caminando, pero su Hijo va delante de ella. Ella lo lleva, pero es Él quien la lleva a Ella por ese camino de Dios, que viene a nosotros para que nosotros podamos ir a Él.
sús ha recorrido nuestro mismo camino para mostrarnos el camino nuevo, es decir el «camino nuevo y vivo» (cf. Hb 10,20) que es Él mismo. Y para nosotros, los consagrados, este es el único camino concreto y sin alternativas, debemos recorrerlo con alegría y esperanza.  
Hasta en cinco ocasiones insiste el Evangelio en la obediencia de María y José a la “Ley del Señor” (cf. Lc 2,22.23.24.27.39). Jesús no vino para hacer su voluntad, sino la voluntad del Padre; y esto –dijo Él– era su “alimento” (cf. Jn 4,34).  Así, quien sigue a Jesús se pone en el camino de la obediencia, imitando de alguna manera la “condescendencia” del Señor, abajándose y haciendo suya la voluntad del Padre, incluso hasta la negación y la humillación de sí mismo (cf. Flp 2,7-8).


Para un religioso, progresar significa abajarse en el servicio, es decir hacer el mismo camino de Jesús, que «no considero un privilegio ser igual a Dios» (Fil 2,6). Abajarse haciéndose siervo para servir.
Y este camino adquiere la forma de la regla, que recoge el carisma del fundador, sin olvidar que la regla insustituible, para todos, es siempre el Evangelio. Pero el Espíritu Santo, en su infinita creatividad, lo traduce también en las diversas reglas de vida consagrada, que nacen todas de la sequela Christi (del seguimiento de Jesús), es decir de este camino de abajarse sirviendo.
Mediante esta “ley” los consagrados pueden alcanzar la sabiduría, que no es una actitud abstracta sino obra y don del Espíritu Santo, y un signo evidente de esta sabiduría es la alegría. Si, la alegría evangélica del religioso es consecuencia del  camino de abajamiento con Jesús … Y, cuando estamos tristes, cuando nos quejamos, nos hará bien preguntarnos como estamos viviendo esta dimensión kenotika.
En el relato de la Presentación de Jesús al Templo, la sabiduría está representada por los dos ancianos, Simeón y Ana: personas dóciles al Espíritu Santo (se le nombra 3 veces), guiadas por Él, animadas por Él. El Señor les concedió la sabiduría tras un largo camino de obediencia a su ley, obediencia que, de una parte, humilla y niega a sí mismo, pero, de otra parte, la obediencia enciende y custodia la esperanza, haciéndola creativa, porque estaban llenos de Espíritu Santo. Ellos celebran incluso una especie de liturgia, hacen una liturgia en torno al Niño cuando entra en el templo: Simeón alaba al Señor y Ana “predica” la salvación (cf. Lc 2,28-32.38). Como en el caso de María, también el anciano Simeón toma al Niño entre sus brazos, pero, en realidad, es el Niño quien lo agarra y lo guía. La liturgia de las primeras Vísperas de la Fiesta de hoy lo expresa clara y concisamente: «Senex puerum portabat, puer autem senem regebat». Tanto María, joven madre, como Simeón, anciano “abuelo”, llevan al Niño en brazos, pero es el mismo Niño quien los guía a ellos.
Es curioso notar que en esta escena los creativos no son los jóvenes, sino los ancianos: los jóvenes, como María y José, siguen la ley del Señor, en el camino de la obediencia. Los ancianos como Simeón y Ana, ven en el Niño el cumplimiento de la ley y de las promesas de Dios. Y son capaces de hacer fiesta: son creativos en la alegría, en la sabiduría. Todavía, el Señor transforma la obediencia en sabiduría, con la acción de su Espíritu Santo. A veces, Dios puede dar el don de la sabiduría a un joven inexperto, basta que esté dispuesto a recorrer el camino de la obediencia y de la docilidad al Espíritu. Esta obediencia y esta docilidad no es un hecho teórico, sino que están en relación a la lógica de la encarnación del Verbo: docilidad y obediencia a un fundador, docilidad y obediencia a una regla concreta, docilidad y obediencia a un superior, docilidad y obediencia a la Iglesia. Se trata de una docilidad y obediencia concreta.


Perseverando en el camino de la obediencia, madura la sabiduría personal y comunitaria, y así es posible también replantear las reglas a los tiempos: de hecho, la verdadera “actualización” es obra de la sabiduría, forjada en la docilidad y la obediencia.
El fortalecimiento y la renovación de la Vida Consagrada pasan por un gran amor a la regla, y también por la capacidad de contemplar y escuchar a los mayores de la congregación. Así, el “depósito”, el carisma de una familia religiosa, queda custodiado juntos tanto por la obediencia como por la sabiduría. Y, a través de este camino, somos preservados de vivir nuestra consagración de manera light, de manera desencarnada, como si fuera una gnosis, que reduciría la vida religiosa a una “caricatura”, una caricatura en la cual se actúa un seguimiento sin renuncia, una oración sin encuentro, una vida fraterna sin comunión, una obediencia sin confianza y una caridad sin trascendencia.
También nosotros, como María y como Simeón, queremos llevar hoy en brazos a Jesús para que Él encuentre a su pueblo, y seguramente lo conseguiremos si nos dejamos aferrar por el misterio de Cristo. Guiemos el pueblo a Jesús, dejando a su vez guiarnos por Él. Esto es lo que tenemos que ser: guías guiados.
Que el Señor, por intercesión de María, nuestra Madre, de San José y de los santos Simeón y Ana, nos conceda lo que le hemos pedido en la Oración colecta: «ser presentados delante de ti con el alma limpia». Así sea.

martes, 17 de octubre de 2017

El Papa en Sta. Marta advierte sobre la religión "de maquillaje" y del "aparentar" (Meditación para hoy) 17102017

El Papa en Sta. Marta advierte sobre la religión "de maquillaje" y del "aparentar"
En la homilía de este martes, el Santo Padre recuerda que el bien hay que hacerlo con humildad, como lo hizo Jesús 


Por: ZENIT | Fuente: ZENIT (https://es.zenit.org) 



(ZENIT – Ciudad del Vaticano, 11 de octubre de 2016).- El papa Francisco, en la homilía de este martes en la misa celebrada en Santa Marta, ha recordado que Jesús nos pide hacer el bien con humildad, evitando el aparentar, el “fingir” hacer algo. Asimismo, el Santo Padre ha advertido sobre la “religión de maquillaje” subrayando que el camino del Señor es el camino de la humildad.
La libertad cristiana viene de Jesús, “no de nuestras obras”. De este modo el papa Francisco ha desarrollado su homilía hablando la Carta de San Pablo a los Gálatas, y del Evangelio del día, donde Jesús reprende a un fariseo concentrado en las apariencias y no en la sustancia de la fe.
Jesús dijo al doctor de la ley que había criticado a Jesús por no haber hecho la ablución antes de la comida: “Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades”. Por eso, el Papa ha recordado que Jesús  repite esto muchas veces en el Evangelio a esta gente.
En esta misma línea, el Santo Padre ha señalado que en otro paso del Evangelio, Jesús pide rezar sin hacer ver, sin aparentar. Algunos tenían “la cara dura”, “no tenían vergüenza”: rezaban y daban limosna para hacerse admirar. Sin embargo, el Señor “muestra el camino de la humildad”.
Al respecto, el Pontífice ha querido recordar que lo que importa, dice Jesús, “es la libertad que nos ha dado la redención, el amor, la recreación del Padre”.


Asimismo, ha explicado que es esa libertad interna, esa libertad que hace el bien a escondidas, sin hacer sonar la trompeta porque el camino de la verdadera religión es el mismo camino de Jesús: la humildad, la humillación.
Este es el único camino para quitar de nosotros el egoísmo, la codicia, la soberbia, la vanidad, la mundanidad. Al contrario, “esta gente que Jesús reprende es gente que sigue la religión del maquillaje: de la apariencia, el aparecer, fingir ser pero dentro…”. Jesús –ha señalado el Papa– usa para esta gente una imagen muy fuerte: “Vosotros sois sepulcros blanqueados, bonitos por fuera pero por dentro llenos de huesos de muerto y podredumbre”.
Por otro lado, el Pontífice ha explicado que Jesús nos llama, nos invita a “hacer el bien con humildad”. Así, ha recordado que “tú puedes hacer todo el bien que quieras pero si no lo haces humildemente, como nos enseña Jesús, este bien no sirve, porque es un bien que nace de ti mismo, de tu seguridad, no de la redención que Jesús nos ha dado”.
La redención –ha precisado– viene por el camino de la humildad y de las humillaciones porque no se llega nunca a la humildad sin las humillaciones.
Y vemos a Jesús humillado en la Cruz. Por eso, finalmente ha invitado a pedir al Señor “no cansarse de ir por este camino, no cansarnos de rechazar esta religión del aparentar, del parecer, del fingir…”. E ir “silenciosamente haciendo el bien, gratuitamente como nosotros hemos recibido gratuitamente nuestra libertad interior”. Y que Él  –ha concluido– custodie esta libertad interior de todos nosotros.

lunes, 16 de octubre de 2017

El síndrome de Jonás (Meditación para hoy) 16102017

El síndrome de Jonás
Homilía de la Misa matutina en la Capilla de la Domus Sanctae Martahe, el Lunes 14 de octubre de 2013


Por: SS Francisco | Fuente: Catholic.net 



Hay una grave enfermedad que amenaza hoy a los cristianos: el «síndrome de Jonás», aquello que hace sentirse perfectos y limpios como recién salidos de la tintorería, al contrario de aquellos a quienes juzgamos pecadores y por lo tanto condenados a arreglárselas solos, sin nuestra ayuda. Jesús en cambio recuerda que para salvarnos es necesario seguir el «signo de Jonás», o sea, la misericordia del Señor. Es éste en sustancia el sentido de la reflexión que propuso el Papa Francisco durante la misa celebrada el lunes 14 de octubre.

Comentando las lecturas de la liturgia, tomadas de la carta de san Pablo a los Romanos (1, 1-7) y del Evangelio de Lucas (11, 29-32), el Pontífice inició precisamente por aquella «palabra fuerte» con la que Jesús se dirige a un grupo de personas llamándolas «generación perversa». Es «una palabra —observó— que casi parece un insulto: esta generación es una generación perversa. ¡Es muy fuerte! Jesús, tan bueno, tan humilde, tan manso, pero dice esta palabra». Sin embargo, como explicó el Pontífice, Él no se refería ciertamente a la gente que le seguía; se refería más bien a los doctores de la ley, a los que buscaban ponerle a prueba, hacerle caer en una trampa. Era toda gente que le pedía signos, pruebas. Y Jesús responde que el único signo que se les dará será «el signo de Jonás».

¿Pero cuál es el signo de Jonás? «La semana pasada —recordó el Papa— la liturgia nos ha hecho reflexionar sobre Jonás. Y ahora Jesús promete el signo de Jonás». Antes de explicar este signo, el Papa Francisco invitó a reflexionar sobre otro detalle que se deduce de la narración evangélica: «el síndrome de Jonás», lo que el profeta tenía en su corazón. Él «no quería ir a Nínive y huyó a España», dijo el Santo Padre. Pensaba que tenía las ideas claras: «la doctrina es ésta, se debe creer esto. Si ellos son pecadores, que se las arreglen; ¡yo no tengo que ver! Este es el síndrome de Jonás». Y «Jesús lo condena. Por ejemplo, en el capítulo vigésimo tercero de san Mateo los que creen en este síndrome son llamados hipócritas. No quieren la salvación de esa pobre gente. Dios dice a Jonás: pobre gente, no distinguen la derecha de la izquierda, son ignorantes, pecadores. Pero Jonás continúa insistiendo: ¡ellos quieren justicia! Yo observo todos los mandamientos; ellos que se las arreglen».

He aquí el síndrome de Jonás, «que golpea a quienes no tienen el celo por la conversión de la gente, buscan una santidad —me permito la palabra— una santidad de tintorería, o sea, toda bella, bien hecha, pero sin el celo que nos lleva a predicar al Señor». El Papa recordó que el Señor «ante esta generación, enferma del síndrome de Jonás, promete el signo de Jonás». Y añadió: «En la otra versión, la de Mateo, se dice: pero Jonás estuvo en la ballena tres noches y tres días... La referencia es a Jesús en el sepulcro, a su muerte y a su resurrección. Y éste es el signo que Jesús promete: contra la hipocresía, contra esta actitud de religiosidad perfecta, contra esta actitud de un grupo de fariseos».

Para aclarar más el concepto, el Obispo de Roma se refirió a otra parábola del Evangelio «que representa bien lo que Jesús quiere decir. Es la parábola del fariseo y del publicano que oran en el templo (Lucas 14, 10-14). El fariseo está tan seguro ante el altar que dice: te doy gracias Dios porque no soy como todos estos de Nínive ni siquiera como ese que está allí. Y ese que estaba allí era el publicano, que decía sólo: Señor ten piedad de mí que soy pecador».

El signo que Jesús promete «es su perdón —precisó el Papa Francisco— a través de su muerte y de su resurrección. El signo que Jesús promete es su misericordia, la que ya pedía Dios desde hace tiempo: misericordia quiero, y no sacrificios». Así que «el verdadero signo de Jonás es aquél que nos da la confianza de estar salvados por la sangre de Cristo. Hay muchos cristianos que piensan que están salvados sólo por lo que hacen, por sus obras. Las obras son necesarias, pero son una consecuencia, una respuesta a ese amor misericordioso que nos salva». Las obras solas, sin este amor misericordioso, no son suficientes.

Por lo tanto «el síndrome de Jonás afecta a quienes tienen confianza sólo en su justicia personal, en sus obras». Y cuando Jesús dice «esta generación perversa», se refiere «a todos aquellos que tienen en sí el síndrome de Jonás». Pero hay más: «El síndrome de Jonás —afirmó el Papa— nos lleva a la hipocresía, a esa suficiencia que creemos alcanzar porque somos cristianos limpios, perfectos, porque realizamos estas obras, observamos los mandamientos, todo. Una grave enfermedad, el síndrome de Jonás». Mientras que «el signo de Jonás» es «la misericordia de Dios en Jesucristo muerto y resucitado por nosotros, por nuestra salvación».

«Hay dos palabras en la primera lectura —añadió— que se relacionan con esto. Pablo dice de sí mismo que es apóstol, no porque haya estudiado, sino que es apóstol por llamada. Y a los cristianos dice: vosotros sois llamados por Jesucristo. El signo de Jonás nos llama». Que la liturgia del día, concluyó el Pontífice, nos ayude a comprender y a hacer una elección: «¿Queremos seguir el síndrome de Jonás o el signo de Jonás?».



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martes, 10 de octubre de 2017

Quien elige la mejor parte (Reflexiones Homilías Papa Francisco) (Meditación para hoy) 10102017

Quien elige la mejor parte
Homilía de la Misa matutina en la Capilla de la Domus Sanctae Martahe, el Martes 8 de octubre de 2013.


Por: S.S. Francisco | Fuente: Catholic.net 



Orar significa abrir la puerta al Señor a fin de que pueda hacer algo para reorganizar nuestras cosas. El sacerdote que hace su deber, pero no abre la puerta al Señor, se arriesga a convertirse sólo en un «profesional». El Papa Francisco, en la misa que celebró el martes 8 de octubre, se detuvo en el valor de la oración: no la de «papagayo», sino la que se «hace con el corazón» que lleva a «mirar al Señor, a escuchar al Señor, a pedir al Señor».
La reflexión se desarrolló a partir de las lecturas de la liturgia, tomadas del libro de Jonás (3, 1-10) y del Evangelio de Lucas (10, 38-42). En particular, haciendo referencia al pasaje evangélico, el Pontífice propuso como modelo a seguir la actitud de María, una de las dos mujeres que habían acogido a Jesús en su casa. María, en efecto, se detiene a escuchar y a contemplar al Señor, mientras que Marta, su hermana, continúa ocupándose de los quehaceres de la casa.
«La palabra del Señor -expresó el Papa- es clara: María ha elegido la mejor parte, la de la oración, la de la contemplación de Jesús. A los ojos de su hermana era perder tiempo». María se detiene a mirar al Señor como una niña maravillada, «en lugar de trabajar como hacía ella».
La actitud de María es la justa porque -explicó el Pontífice- ella «escuchaba al Señor y oraba con su corazón». He aquí qué «quiere decirnos el Señor. La primera tarea en la vida es ésta: la oración. Pero no la oración de las palabras como los papagayos, sino la oración del corazón», a través de la cual es posible «mirar al Señor, escuchar al Señor, pedir al Señor. Y nosotros sabemos que la oración hace milagros».
Lo mismo enseña el episodio narrado en el libro de Jonás: un «testarudo», le definió el Santo Padre, porque «no quería hacer lo que el Señor le pedía». Sólo después de que el Señor le salvó del vientre de la ballena -recordó el Pontífice- Jonás se decidió: «Señor, haré lo que dices. Y fue por las calles de Nínive» anunciando su profecía: la ciudad sería destruida por Dios si los ciudadanos no mejoraban su modo de vivir. Jonás «era un profeta “profesional” -precisó el Obispo de Roma- y decía: en cuarenta días Nínive será destruida. Lo decía seriamente, con fuerza. Y los ciudadanos de Nínive se atemorizaron y empezaron a orar con las palabras, con el corazón, con el cuerpo. La oración hizo el milagro».
También en este relato -afirmó el Papa Francisco- «se ve lo que Jesús le dice a Marta: María ha elegido la mejor parte. La oración hace milagros, ante los problemas» que hay en el mundo. Pero existen también aquellos a quienes el Papa definió «pesimistas». Estas personas «dicen: nada se puede cambiar, la vida es así. Me hace pensar en una canción triste de mi tierra que dice: dejémoslo. Abajo en el horno nos encontraremos todos».
Ciertamente es una visión un «poco pesimista de la vida» -apuntó- que nos lleva a preguntarnos: «¿Para qué orar? Déjalo, la vida es así. Vayamos adelante. Hagamos lo que podamos». Y esta actitud tuvo Marta -aclaró el Pontífice-, quien «hacía cosas, pero no oraba». Y después está el comportamiento de los otros, como ese «testarudo Jonás». Estos son «los justicieros». Jonás «iba y profetizaba; pero en su corazón decía: se lo merecen, se lo merecen, se lo han buscado. Él profetizaba, pero no oraba, no pedía al Señor perdón por ellos, sólo les apaleaba». Estos -subrayó el Santo Padre- «se creen justos». Pero al final, como sucedió con Jonás, se revelan unos egoístas.
Jonás, por ejemplo -siguió el Papa-, cuando Dios salvó al pueblo de Nínive, «se disgustó con el Señor: pero tú siempre eres así, ¡siempre perdonas!». Y «también nosotros -comentó-, cuando no oramos, lo que hacemos es cerrar la puerta al Señor» de forma que «Él no puede hacer nada. En cambio la oración ante un problema, una situación difícil, una calamidad, es abrir la puerta al Señor para que venga»: Él, de hecho, sabe «reorganizar las cosas».
En conclusión el Papa Francisco exhortó a pensar en María, la hermana de Marta, que «eligió la mejor parte y nos hace ver el camino, cómo se abre la puerta al Señor», al rey de Nínive «que no era un santo», a todo el pueblo: «Hacían cosas feas. Pero cuando oraron, ayunaron y abrieron la puerta al Señor, el Señor hizo el milagro del perdón. Y pensemos en Jonás que no oraba, huía de Dios siempre. Profetizaba, era tal vez un buen “profesional”, podemos decir hoy un buen sacerdote que hacía sus tareas, pero jamás abría la puerta al Señor con la oración. Pidamos al Señor que nos ayude a elegir siempre la mejor parte».

sábado, 7 de octubre de 2017

Cómo se vence al demonio (Reflexiones Homilías Papa Francisco)

Cómo se vence al demonio
Cómo se vence al demonio

Homilía de la Misa matutina en la Capilla de la Domus Sanctae Martahe, el Viernes 11 de octubre de 2013


Por: SS Francisco | Fuente: Catholic.net 



«Por favor, no hagamos tratos con el demonio» y tomemos en serio los peligros que se derivan de su presencia en el mundo. Lo recomendó el Papa Francisco el viernes 11 de octubre por la mañana, en su homilía en la misa en Santa Marta. «La presencia del demonio —recordó— está en la primera página de la Biblia y la Biblia acaba también con la presencia del demonio, con la victoria de Dios sobre el demonio». Pero éste —advirtió— vuelve siempre con sus tentaciones. Nos corresponde a nosotros «no ser ingenuos».

El Pontífice comentó el episodio en el que Lucas (11, 15-26) cuenta de Jesús que expulsa a los demonios. El evangelista refiere también los comentarios de cuantos asisten perplejos y acusan a Jesús de magia o, como mucho, le reconocen que es sólo un sanador de personas afectadas por epilepsia. También hoy —observó el Papa— «hay sacerdotes que cuando leen este pasaje y otros pasajes del Evangelio, dicen: Jesús curó a una persona de una enfermedad psíquica». Ciertamente «es verdad que en aquel tiempo se podía confundir la epilepsia con la posesión del demonio —reconoció—, pero también es verdad que estaba el demonio. Y nosotros no tenemos derecho a hacer el asunto tan sencillo», liquidándolo como si se tratara de enfermos psíquicos y no de endemoniados.

Volviendo al Evangelio, el Papa observó que Jesús nos ofrece algunos criterios para entender esta presencia y reaccionar. «¿Cómo ir por nuestro camino cristiano cuando existen las tentaciones? ¿Cuándo entra el diablo para turbarnos?», se preguntó. El primero de los criterios sugeridos por el pasaje evangélico «es que no se puede obtener la victoria de Jesús sobre el mal, sobre el diablo, a medias». Para explicarlo, el Santo Padre citó las palabras de Jesús referidas por Lucas: «El que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama». Y refiriéndose a la acción de Jesús respecto a los poseídos por el diablo, dijo que se trata sólo de una pequeña parte «de lo que vino a hacer por toda la humanidad»: destruir la obra del diablo para liberarnos de su esclavitud.

No se puede seguir creyendo que sea una exageración: «O estás con Jesús o estás contra Jesús. Y sobre este punto no hay matices. Hay una lucha, una lucha en la que está en juego la salvación eterna de todos nosotros». Y no hay alternativas, aunque a veces oigamos «algunas propuestas pastorales» que parecen más acomodadoras. «¡No! O estás con Jesús —repitió el Obispo de Roma— o estás en contra. Esto es así. Y éste es uno de los criterios».

Último criterio es el de la vigilancia. «Debemos siempre velar, velar contra el engaño, contra la seducción del maligno», exhortó el Pontífice. Y volvió a citar el Evangelio: «Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Y nosotros podemos hacernos la pregunta: ¿yo vigilo sobre mí? ¿Sobre mi corazón? ¿Sobre mis sentimientos? ¿Sobre mis pensamientos? ¿Custodio el tesoro de la gracia? ¿Custodio la presencia del Espíritu Santo en mí?». Si no se custodia —añadió, cintando otra vez el Evangelio—, «llega otro que es más fuerte y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín».

Son estos, por lo tanto, los criterios para responder a los desafíos planteados por la presencia del diablo en el mundo: la certeza de que «Jesús lucha contra el diablo»; «quien no está con Jesús está contra Jesús»; y «la vigilancia». Hay que tener presente —dijo también el Papa— que «el demonio es astuto: jamás es expulsado para siempre, sólo lo será el último día». Porque cuando «el espíritu inmundo sale del hombre —recordó, citando el Evangelio—, da vueltas por lugares áridos, buscando un sitio para descansar, y al no encontrarlo dice: volveré a mi casa de donde salí. Al volver se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio».

He aquí por qué es necesario velar. «Su estrategia es ésta —advirtió el Papa Francisco—: tú te has hecho cristiano, vas adelante con tu fe, y yo te dejo, te dejo tranquilo. Pero después, cuando te has acostumbrado y no estás muy alerta y te sientes seguro, yo vuelvo. El Evangelio de hoy comienza con el demonio expulsado y acaba con el demonio que vuelve. San Pedro lo decía: es como un león feroz que ronda a nuestro alrededor». Y esto no son mentiras: «es la Palabra del Señor».

«Pidamos al Señor —fue su oración conclusiva— la gracia de tomar en serio estas cosas. Él ha venido a luchar por nuestra salvación, Él ha vencido al demonio».


 
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lunes, 24 de julio de 2017

El síndrome de Jonás (Meditación para hoy) 24072017

El síndrome de Jonás
Homilía de la Misa matutina en la Capilla de la Domus Sanctae Martahe, el Lunes 14 de octubre de 2013


Por: SS Francisco | Fuente: Catholic.net 



Hay una grave enfermedad que amenaza hoy a los cristianos: el «síndrome de Jonás», aquello que hace sentirse perfectos y limpios como recién salidos de la tintorería, al contrario de aquellos a quienes juzgamos pecadores y por lo tanto condenados a arreglárselas solos, sin nuestra ayuda. Jesús en cambio recuerda que para salvarnos es necesario seguir el «signo de Jonás», o sea, la misericordia del Señor. Es éste en sustancia el sentido de la reflexión que propuso el Papa Francisco durante la misa celebrada el lunes 14 de octubre.

Comentando las lecturas de la liturgia, tomadas de la carta de san Pablo a los Romanos (1, 1-7) y del Evangelio de Lucas (11, 29-32), el Pontífice inició precisamente por aquella «palabra fuerte» con la que Jesús se dirige a un grupo de personas llamándolas «generación perversa». Es «una palabra —observó— que casi parece un insulto: esta generación es una generación perversa. ¡Es muy fuerte! Jesús, tan bueno, tan humilde, tan manso, pero dice esta palabra». Sin embargo, como explicó el Pontífice, Él no se refería ciertamente a la gente que le seguía; se refería más bien a los doctores de la ley, a los que buscaban ponerle a prueba, hacerle caer en una trampa. Era toda gente que le pedía signos, pruebas. Y Jesús responde que el único signo que se les dará será «el signo de Jonás».

¿Pero cuál es el signo de Jonás? «La semana pasada —recordó el Papa— la liturgia nos ha hecho reflexionar sobre Jonás. Y ahora Jesús promete el signo de Jonás». Antes de explicar este signo, el Papa Francisco invitó a reflexionar sobre otro detalle que se deduce de la narración evangélica: «el síndrome de Jonás», lo que el profeta tenía en su corazón. Él «no quería ir a Nínive y huyó a España», dijo el Santo Padre. Pensaba que tenía las ideas claras: «la doctrina es ésta, se debe creer esto. Si ellos son pecadores, que se las arreglen; ¡yo no tengo que ver! Este es el síndrome de Jonás». Y «Jesús lo condena. Por ejemplo, en el capítulo vigésimo tercero de san Mateo los que creen en este síndrome son llamados hipócritas. No quieren la salvación de esa pobre gente. Dios dice a Jonás: pobre gente, no distinguen la derecha de la izquierda, son ignorantes, pecadores. Pero Jonás continúa insistiendo: ¡ellos quieren justicia! Yo observo todos los mandamientos; ellos que se las arreglen».

He aquí el síndrome de Jonás, «que golpea a quienes no tienen el celo por la conversión de la gente, buscan una santidad —me permito la palabra— una santidad de tintorería, o sea, toda bella, bien hecha, pero sin el celo que nos lleva a predicar al Señor». El Papa recordó que el Señor «ante esta generación, enferma del síndrome de Jonás, promete el signo de Jonás». Y añadió: «En la otra versión, la de Mateo, se dice: pero Jonás estuvo en la ballena tres noches y tres días... La referencia es a Jesús en el sepulcro, a su muerte y a su resurrección. Y éste es el signo que Jesús promete: contra la hipocresía, contra esta actitud de religiosidad perfecta, contra esta actitud de un grupo de fariseos».

Para aclarar más el concepto, el Obispo de Roma se refirió a otra parábola del Evangelio «que representa bien lo que Jesús quiere decir. Es la parábola del fariseo y del publicano que oran en el templo (Lucas 14, 10-14). El fariseo está tan seguro ante el altar que dice: te doy gracias Dios porque no soy como todos estos de Nínive ni siquiera como ese que está allí. Y ese que estaba allí era el publicano, que decía sólo: Señor ten piedad de mí que soy pecador».

El signo que Jesús promete «es su perdón —precisó el Papa Francisco— a través de su muerte y de su resurrección. El signo que Jesús promete es su misericordia, la que ya pedía Dios desde hace tiempo: misericordia quiero, y no sacrificios». Así que «el verdadero signo de Jonás es aquél que nos da la confianza de estar salvados por la sangre de Cristo. Hay muchos cristianos que piensan que están salvados sólo por lo que hacen, por sus obras. Las obras son necesarias, pero son una consecuencia, una respuesta a ese amor misericordioso que nos salva». Las obras solas, sin este amor misericordioso, no son suficientes.

Por lo tanto «el síndrome de Jonás afecta a quienes tienen confianza sólo en su justicia personal, en sus obras». Y cuando Jesús dice «esta generación perversa», se refiere «a todos aquellos que tienen en sí el síndrome de Jonás». Pero hay más: «El síndrome de Jonás —afirmó el Papa— nos lleva a la hipocresía, a esa suficiencia que creemos alcanzar porque somos cristianos limpios, perfectos, porque realizamos estas obras, observamos los mandamientos, todo. Una grave enfermedad, el síndrome de Jonás». Mientras que «el signo de Jonás» es «la misericordia de Dios en Jesucristo muerto y resucitado por nosotros, por nuestra salvación».

«Hay dos palabras en la primera lectura —añadió— que se relacionan con esto. Pablo dice de sí mismo que es apóstol, no porque haya estudiado, sino que es apóstol por llamada. Y a los cristianos dice: vosotros sois llamados por Jesucristo. El signo de Jonás nos llama». Que la liturgia del día, concluyó el Pontífice, nos ayude a comprender y a hacer una elección: «¿Queremos seguir el síndrome de Jonás o el signo de Jonás?».



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