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viernes, 29 de mayo de 2020

El «milagro» de Vinkt que siguió a la horrible masacre: 70 años de la heroicidad del «Padre Tocino» 28052020

El «milagro» de Vinkt que siguió a la horrible masacre: 70 años de la heroicidad del «Padre Tocino»


El padre Werenfried predicando el amor consiguió el milagro de la reconciliación y de la ayuda a aquellos que consideraban sus enemigos
El padre Werenfried predicando el amor consiguió el milagro de la reconciliación y de la ayuda a aquellos que consideraban sus enemigos
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La II Guerra Mundial dejó millones de muertos y otros muchos más de damnificados. Las ideologías totalitarias mostraron en esos años la peor cara del ser humano. Pero en medio de estas situaciones también aparece la luz de Dios a través de personas concretas. Una de ellas fue el monje premostratense holandés Werenfried van Straaten, que acabaría creando en aquel momento lo que hoy conocemos como Ayuda a la Iglesia Necesitada.
Tras la guerra y los acuerdos suscritos por las potencias vencedoras más de 14 millones de alemanes fueron expulsados de los territorios orientales, entre ellos más de seis millones de católicos. Estas personas tuvieron que vivir en condiciones infrahumanas en campos de refugiados.
Werenfried van Straaten, el "Padre Tocino"
A este monje la situación de estas personas le recordó a la Sagrada Familia cuando no encontraba sitio en la posada. Intuyó el peligro que entrañaba una Europa que siguiera dividida por el odio por lo que dedicó su vida a la caridad.
En 1947, el padre Van Straaten publicó un artículo titulado No hay lugar en la posada en la revista de su abadía en Bélgica donde pedía a los habitantes del país un gesto de reconciliación, justo en un momento en el que todavía muchos belgas lloraban la muerte de sus familiares a manos de los alemanes.
werenfried
Sin embargo, la respuesta fue sorprendente pues una ola de solidaridad se produjo entre la comunidad flamenca. Los sacerdotes que vivían en los campos de refugiados se encargaron de organizar toda esta ayuda.
Un año después, este monje organizó una colecta de tocino entre los campesinos que fue un auténtico éxito y desde ese momento conocieron a este sacerdote como el “padre Tocino”.
El milagro de Vinkt
Pero hubo otros milagros inimaginables en ese momento. Precisamente, este miércoles se cumplieron 70 años del “milagro de Vinkt”, cuando el amor pudo al odio de una manera sobrenatural.
Ayuda a la Iglesia Necesitada conmemora esta fecha poniendo en antecedentes. En 1950, se cumplían diez años de la masacre de Vinkt. El 27 de mayo de 1940, este pueblo belga cercano a Gante se convirtió en el escenario de una tremenda matanza cometida por las tropas alemanas. 86 civiles fueron asesinados a sangre fría.
vinkt
Para ese décimo aniversario el padre Werenfried estuvo en aquella localidad belga y fue testigo de este milagro. En sus memorias, este monje confesaba: “Nunca en mi vida he sido dado a sentir miedo fácilmente, pero en ese momento lo tuve”.
Aquella matanza había marcado a los habitantes de Vinkt. Entre las víctimas había personas de todas las edades, desde niños de 13 años a ancianos de 89. Prácticamente todos en el pueblo habían perdido un ser querido. Predicar el amor y la reconciliación no sería una tarea sencilla.
“Viajé a Vinkt el día anterior, a fin de explorar el terreno. Llegué a la vicaría el sábado por la noche. Desesperado, el párroco levantó las manos y gritó: ‘No va a funcionar padre; la gente no quiere. Dicen: ‘¿Cómo? ¿Este padre viene a pedir ayuda para los alemanes? ¿Para los malnacidos que mataron a nuestros hombres y niños? ¡Nunca! No vendrá ni un alma viviente a oírle. Puede predicar a las sillas vacías si quiere. Y tiene suerte de ser religioso. ¡Si no, le daríamos una paliza!’”.
"La predicación más difícil de mi vida"
¿Qué podía hacer?, se preguntaba el padre Werenfried. Decidió seguir adelante y predicar el domingo en todas las misas. Así fue como subió al púlpito para predicar durante cuarto de hora sobre el amor. Él mismo reconocía que “fue la predicación más difícil de mi vida, pero dio resultado”.
Este monje recuerda que “cuando estaba dando gracias después de la Misa en la iglesia completamente vacía — ¡porque la gente se avergüenza de mostrar lo buena que es!— se me acercó tímidamente una mujer. Sin decir nada, me dio mil francos y se fue antes de que pudiera preguntarle nada. Afortunadamente, el sacerdote salía en ese momento de la sacristía y la vio irse; me comentó: ‘Es una sencilla campesina; su marido, su hijo y su hermano fueron asesinados por los alemanes en 1940’. Ella fue la primera”.
Después por la tarde la sala estaba llena. El Padre Werenfried informaba que “hablé durante dos horas sobre la situación de los sacerdotes de la mochila y el abandono que sufrían sus fieles. No pedí tocino ni dinero ni ropa. Sólo pedí amor, y al final pregunté si querían rezar conmigo por sus hermanos necesitados de Alemania. Rezaron con lágrimas en los ojos. A las once de la noche, cuando se había hecho de noche y nadie podía reconocerlos, vino uno tras otro a la casa parroquial para entregar un sobre con cien francos, con quinientos francos, con una carta. A la mañana siguiente, antes de irme, volvía a acudir gente a la casa parroquial (…) Recibí diecisiete sobres con dinero. Transfirieron dinero a mi cuenta. Recolectaron tocino. Adoptaron a un sacerdote alemán. ¡Eso fue Vinkt! El ser humano es mejor de lo que pensamos”.
“Ni la bomba atómica ni el Plan Marshall nos salvarán, solo la verdadera fe cristiana. Solo a través del amor, el sello del cristiano, puede restaurarse el orden”, afirmaba este sacerdote que creó Ayuda a la Iglesia Necesitada, una fundación pontificia que realiza una labor fundamental de ayuda a cristianos de todo el mundo.

martes, 12 de mayo de 2020

«El Señor de las Moscas» real y positivo: 6 chicos católicos naufragados, rezaban y les fue bien 11052020

Naufragaron en una isla en 1966 y estuvieron solos 15 meses: ¡gran ejemplo de colaboración!

«El Señor de las Moscas» real y positivo: 6 chicos católicos naufragados, rezaban y les fue bien

Una escena de la versión de 1990 de El Señor de las Moscas... pero en caso real de 1966 es mucho más edificante y luminoso
Una escena de la versión de 1990 de El Señor de las Moscas... pero en caso real de 1966 es mucho más edificante y luminoso
¿Qué pueden hacer unos niños naufragados en una isla? ¿Dejarse llevar por el salvajismo y matarse unos a otros, como en la novela El Señor de las Moscas, de William Golding? ¿Son los niños, los adolescentes, unos bárbaros llevados por impulsos, sólo contenidos por una capa fina de civilizacion?
William Golding publicó su novela en 1951 y vendió muchos millones de ejemplares. Él era alcohólico, con tendencia a la depresión y violento con sus hijos. "Siempre entendí a los nazis, porque soy, por naturaleza, de ese tipo", confesó en cierta ocasión. "En parte, por ese autoconocimiento", admite, escribió El Señor de las Moscas. En esa historia, unos niños de colegio británico naufragados en una isla se dedican a hacer cada uno lo que prefiere, buscan lo fácil y la gratificación inmediata y terminan recurriendo a la violencia y hasta al asesinato.
¿Es así el hombre? ¿Ha habido algún caso similar de niños crueles en isla desierta?
Sí, ha habido un caso de niños en isla desierta y lo vamos a relatar, pero parece que demostró más bien lo contrario que la pesimista novela.
Un fragmento de la película de 1963 adaptando El Señor de las Moscas
Aquí un fragmento de la película de 1990; esta historia ficticia oscura y violenta es famosísima, la historia real y edificante de los 6 náufragos de 'Ata es desconocida
Los 6 niños que naufragaron en 'Ata
El historiador holandés Rutger Bregman, al que le gusta escribir de utopías positivas, en su libro Humankind: a hopeful history explica lo que les sucedió en 1966 a un grupo de 6 adolescentes de una escuela católica de la isla de Tonga, de 13 a 16 años. Bregman encontró el caso rastreando hemerotecas y acudió a Tonga a hablar con algunos de los protagonistas, ahora sesentones. Este pasado sábado el diario The Guardian publicaba un extracto del libro explicando lo que descubrió Bregman.
Mano, que tenía 15 años y fue uno de los protagonistas, explicó a Bregman su historia. Con sus amigos Sione, Stephen, Kolo, David y Luke robaron una barca para hacer una escapada y saltarse un par de días de comida que no les gustaba en la escuela católica en la que estaban internos. Se perdieron a la deriva: no llevaban brújula, ni mapa, y quedaron dormidos. Una tormenta destrozó su vela. Después se rompió el timón. Y quedaron a la deriva.
Llevaban consigo sólo 2 sacos de plátanos, unos pocos cocos y un hornillo de gas. "Estuvimos 8 días a la deriva, sin comida, sin agua", explicó Mano al historiador. No consiguieron pescar. Bebían agua de lluvia que guardaban en los cocos vacíos: un sorbo cada uno por la mañana, y otro por la noche.
Una isla rocosa y perdida
Al octavo día, llegaron a la isla de 'Ata. No es un paraíso de playas blancas y palmeras, sino una roca enorme de 600 metros de radio, con un cráter volcánico y playas de piedra.
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La playa de 'Ata en Tonga, la isla en la que sobrevivieron 15 meses los 6 chavales
En la isla los chavales se organizaron en tres grupos de dos y estructuraron un horario y un turno de tareas. Cada día empezaba y finalizaba con oración y canciones. Kolo usó madera de deriva, medio coco y 6 cuerdas de alambre tomadas de su bote inutilizado para hacer una guitarra: aún la guarda en su casa. La música y la oración los mantenía unidos, animados y esperanzados.
En verano casi no llovió, y sufrían terriblemente de sed. Más adelante recogieron agua de lluvia en troncos ahuecados. A veces se peleaban, pero enseguida frenaban la pelea declarando un "tiempo muerto". También hicieron un pacto de no pelearse entre ellos.
Al principio la comida era muy escasa: peces, cocos y pájaros de los que bebían la sangre y comían la carne.
Explorando encontraron más recursos
Después, cuando pudieron explorar la isla con más detenimiento, descubrieron que en lo alto, en la caldera volcánica, había árboles frutales (taro y bananas)... ¡y gallinas y pollos! Ellos no lo sabían, pero cien años antes la isla estaba poblada. Un barco esclavista se llevó a la mitad de la población a Sudamérica; la otra mitad pasó a otra isla de Tonga. En esa época, la isla ya contaba con una iglesita protestante wesleyana, recién establecida. Cuando abandonaron la isla, sólo las gallinas quedaron en 'Ata y se reprodujeron por su cuenta durante un siglo.
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Los chicos se organizaron con 3 tareas básicas:
- atender el jardín y los animales
- preparar la comida
- montar guardia esperando un rescate
Intentaron construir una balsa para dejar la isla, pero las olas la destruyeron enseguida.
La cosa empeoró cuando Stephen resbaló un día, cayó de un risco y se rompió la pierna. Los otros chicos lo llevaron a lo alto y le recolocaron la pierna usando madera y vendas de hojas. Bromearon con él diciendo que le cuidarían y podría tumbarse a descansar como el mismísimo rey de Tonga. Cuando meses después un médico pudo verlo quedó asombrado de lo bien que había sanado.
Los chicos no solo sobrevivieron, sino que prosperaron, en su aventura de 15 meses.
La patrulla scout perfecta
En realidad, los chavales vivieron a lo bruto y sin paliativos la experiencia que diseñó Lord Baden Powell, el creador de los scouts, con su primer campamento para muchachos en la isla de Bronwsea en 1907. El militar inglés, preocupado por el fenómeno de las pandillas y la urbanización, quería acercar a los chavales a la naturaleza, a la amistad con trabajo y esfuerzo, a la aventura con retos que hacen crecer. Llevó a 24 chavales de 11 a 17 años a la isla y los organizó en grupos de 6, el número perfecto para que todos se sepan necesarios y apreciados. También los muchachos de la isla de 'Ata eran seis y de esa edad: sería la patrulla scout arquetípica y todos los scouts del mundo podrían conocerlos e inspirarse en ellos.
El rescate y la alegría
El 11 de septiembre de 1966 les encontró por pura casualidad y sin saber nada de ellos el barco de Peter Warner, un aventurero australiano hijo de Arthur Warner, quien en los años 30 se había enriquecido vendiendo componentes de radio en su empresa Electronic Industries. Stephen vio el barco y saltó y gritó en inglés: era un muchacho casi desnudo con el pelo hasta los hombros.
Cuando Peter Warner explicó por radio que había encontrado seis chicos vivos en la isla abandonada (y sanos y fuertes), su pueblo entero lloró de ilusión y alegría. Llevaban 15 meses desaparecidos y familias y vecinos habían celebrado sus funerales y agotado su duelo.
"Gracias por rescatar a seis de mis súbditos. ¿Hay algo que pueda hacer por usted?", planteó el rey de Tonga, Taufa‘ahau Tupou IV, al capitán Warner. El australiano le pidió permiso para cazar langostas en las aguas de su país. El rey se lo concedió, y Warner contrató a los chavales para que trabajaran con él en su barco de pesca.
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El historiador Rutger Bregman plantea que esta historia
real y positiva es desconocida, mientras la ficticia y negativa
es muy popular y muchos creen que representa el alma humana bien
Peter Warner contó esta historia al historiador Rutger Bregman, y le enseñó sus memorias. En la primera página se puede leer: "La vida me ha enseñado mucho, incluyendo la lección de que deberías siempre buscar lo bueno y positivo en las personas". Algo que encaja muy bien con el enfoque optimista que el historiador holandés tiene respecto a la historia y la gente.
Bregman señala que la historia positiva de los 6 chavales de Tonga cayó en el olvido y era desconocida en el ancho mundo, mientras que la historia ficticia e inquietante de El Señor de las Moscas la han leído millones que creen que describe la realidad humana.

miércoles, 29 de abril de 2020

«Sacamos la mano por la puerta y él dejó caer la Sagrada Forma»: Carla y su experiencia con el virus 26042020

Carla fue uno de los primeros casos en España y relata su encuentro con Dios esos días

«Sacamos la mano por la puerta y él dejó caer la Sagrada Forma»: Carla y su experiencia con el virus

Carla fue uno de los primeros casos que se dieron en España, y tras pasar por el hospital y luego en cuarentena en casa ya está completamente recuperada
Carla fue uno de los primeros casos que se dieron en España, y tras pasar por el hospital y luego en cuarentena en casa ya está completamente recuperada
Carla Vilallonga es una más de las miles de personas que durante las últimas semanas ha tenido que ser hospitalizada por el coronavirus. Su caso fue de los primeros en España, pues fue diagnosticadas a finales de febrero tras haber estado poco antes en Italia.
La responsable de alumnos Erasmus de la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid vivió el tiempo de enfermedad y hospitalización como un encuentro profundo con el Señor que se manifestaba en ese momento de miedo e incertidumbre. Ya curada ella misma cuenta en Alfa y Omega su testimonio y la experiencia que vivió durante esas semanas:
"Jesús entró por la puerta de infecciosos"
A finales de febrero me diagnosticaron COVID-19. Había estado en Italia recientemente y por eso en cuanto me dolió la cabeza varios días seguidos fui al centro de salud. Enseguida me ofrecieron estar una semana aislada en el hospital, y dije que sí, aunque no he necesitado cuidados especiales, pues mi cuadro ha sido leve, estilo gripe. Los principales síntomas que he tenido han sido algunos días de fiebre o febrícula, pitidos en los oídos, dolor de cabeza y de ojos, y, quizá lo más característico, un gran agotamiento físico. A nivel emocional fue bastante impactante cuando vinieron tres ambulancias a mi casa para llevarme al hospital; me tuve que poner ropa desechable que me trajeron de manera que quedaban cubiertos todo mi cuerpo y mi cara, guantes, mascarilla..., con los vecinos mirando. Todo tu alrededor hace que sientas que hay algo que no va bien.
Se me hizo duro cuando empecé a saber de personas cercanas que habían contraído el virus. Pensaba: «Seguro que lo han cogido por mí». Y repasaba lo que había hecho durante los días que me había dolido la cabeza, y me sentía culpable, aunque en la salud pública, adonde había llamado varias veces a lo largo de esa semana, tras contarles mis síntomas me habían respondido siempre que siguiera haciendo vida normal. En el centro de salud fueron más prudentes y finalmente me recomendaron quedarme varios días en casa.
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En el hospital tuve la suerte de que me pusieran en la habitación con una mujer que es cristiana también. Rezamos juntas todos los días, tanto la liturgia de las horas como el Rosario. Y le pedíamos al Señor por las personas a las que habíamos contagiado y por las que estaban esperando el resultado de las pruebas en ese momento. Sobre todo, nuestro corazón descansaba al ponernos en Sus manos.
Miedo a haber contagiado a otros
La primera noche en el hospital tardé mucho en dormirme. Sentía todo ese peso. Es lo contrario que deseamos: uno quiere aportar algo bueno al otro, al mundo, y esto no dependía siquiera de mi voluntad: el mal había pasado a través de mí, y yo no podía hacer nada al respecto.
En el hospital se siguieron unos días muy luminosos. Lo único para lo que tenía energías era para dibujar, nada de pelis y libros. Es algo que suelo hacer en mi día a día que me ayuda a «hacer silencio», a que entre en mi alma algo distinto de mí que me cura. Al tener las oraciones como la principal fuente de alimento, enseguida me venían dibujos en mente. En el hospital nos trataron tan bien que era fácil identificarse con los salmos en los que se habla del cuidado de Dios por su criatura. Yo estaba siendo cuidada como una criatura preciosa: cada mañana nos traían un pijama nuevo, toallas, sábanas, esponjas, nos limpiaban el cuarto; nos daban las tres comidas y, además, dos tentempiés... Todo me parecía un don. Desde la habitación podíamos ver las montañas, y muchísimo cielo, ¡que, además, esos días fue muy azul! Me identifiqué plenamente con una meditación de Luigi Giussani (fundador de Comunión y Liberación), que en un texto comenta el salmo 8, la parte que dice: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad». Giussani se pregunta: «¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste así? ¿Por qué lo has coronado de gloria y dignidad?». Me quedaba impresionada, porque era verdad que a mí, que no soy nada, el Señor me estaba cuidando de mil maneras que me llenaban de estupor.
El Pan de cada día
Los primeros días me daban ganas de llorar, porque tuve también como síntoma la falta de apetito y a duras penas conseguía comerme una tercera parte de lo que venía en las bandejas, y no quería tirar la comida. Una enfermera nos llamaba por teléfono todas las noches, y, la verdad, me quedé con ganas de conocerla en persona.
También en el hospital sentí que comprendía, por primera vez, el significado de la frase: «Danos hoy nuestro pan de cada día», del Padrenuestro. Antes no solía fijarme en esas palabras al rezarlas. En cambio, en todas las comidas nos traían pan. Y el pan era algo que siempre me entraba bien. Los cuidados del hospital eran algo que se nos daba cada día. Yo no sabía qué iba a ser de mí cuando me levantaba, pero empecé a comprender que se me daría lo que necesitaba. El pan era un símbolo de ello. Y cuando me acostaba, lo hacía agradecida, porque se me habían dado signos de que el Señor, que es el verdadero alimento, se me había dado ese día.
«Sacamos la mano por la puerta y el sacerdote dejó caer la Sagrada Forma»
Hubo tres días muy especiales: aquellos en que, a través del cristal de la puerta, un sacerdote nos visitó. No le conocíamos de nada, y ahí estaba, con un corazón sencillo, disponible, deseoso de servir de instrumento entre Dios y sus fieles. Uno de esos días cayó en domingo, y cuál fue nuestra alegría cuando nos dijo que sí, que nos podía dar la comunión, e incluso confesarnos antes. Sacamos la mano por la puerta y él dejó caer la Sagrada Forma. Llena de asombro, todavía hoy me pregunto: ¿Qué es la Iglesia, que llega hasta los más marginados? Era la planta de infecciosos, y Jesús había entrado en ella para tender la mano a sus criaturas.
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Estos meses estoy trabajando sobre algunos textos de Etty Hillesum, una joven judía que en 1943 fue deportada a Auschwitz y que hizo un recorrido espiritual fascinante. Estoy preparando un monólogo teatral para contar su historia, y me llevé el texto al hospital. Solo conseguí ensayar media hora en toda la semana, por la fatiga, y lo hice en el baño para no molestar a mi compañera de cuarto. Pero sus frases me han acompañado mucho estas semanas. En concreto, comprendí mejor cuando ella dice: «La posibilidad de la muerte se ha integrado perfectamente en mi vida. Es una paradoja: si se excluye la muerte, nunca se tendrá una vida completa. Si se la acepta, la vida se enriquece». Me estaba pasando algo parecido, en cuanto a descubrimiento: cuando los amigos y la familia me deseaban que mejorase, algo me decía que eso por supuesto era deseable –y por eso rezábamos por todos–, pero no era aquello para lo que el hombre, en última instancia, está hecho. No puede ser que mi felicidad, mi plenitud, dependa de que yo esté sana.
La muerte es un hecho: tiene que haber algo en esta vida que desafíe a la muerte; que sea más grande y más fuerte que la muerte. De hecho, en algunos momentos me resultó claro cuál es el punto clave de la existencia: «En la vida y en la muerte, somos del Señor», dice san Pablo. Una amiga que es de riesgo por su delicada salud me escribió la primera noche diciéndome que se estaba haciendo las pruebas porque no se encontraba bien. Esto también me hizo pensar que no podía ser que todo se terminase en la muerte física, comprendiendo una derrota para el alma, que también habría de desaparecer con el cuerpo (gracias a Dios, mi amiga dio negativo en el test y está bien). Por la experiencia de la relación de estos años con el Señor, uno tiene suficientes elementos para hacer el juicio de que la muerte no es la última palabra sobre nuestra existencia. Es imposible que el amor que Dios nos profesa a sus criaturas se termine en algún punto. Un padre es padre para siempre: ¡cuánto más lo será el Padre de todos!
Terminando de curarme desde casa
Al cabo de siete días tuvimos que abandonar el hospital porque se estaban quedando ya sin camas y nosotras podíamos terminar de curarnos en casa. Estuve dos semanas encerrada en mi habitación. En ese tiempo se me respondió a mi pregunta sobre la muerte. Leí una biografía preciosa sobre santa Catalina de Siena, de Sigrid Undset (¡sí, por fin tuve fuerzas para leer!), y pude comprender, o recordar –como quien sabía algo que olvidó hace tiempo– que la muerte significa un paso de esta vida a la vida verdadera, donde Jesús nos está esperando, y donde se colmará, por fin, hasta el último anhelo de nuestro corazón. No habrá satisfacciones penúltimas, sino un gozo último. Entonces comprendí que todos los que están muriendo están, realmente, pasando a una vida mejor. Como somos humanos, se nos olvida fácilmente que quien nos ha creado nos está esperando para que, cada uno en su momento, volvamos a Él. Si uno lo piensa en serio, ¿qué mayor gozo podrá encontrar una criatura, por sí misma finita, que el de unirse definitivamente a su Creador, que es quien nos vuelve infinitos?
Una vez en casa, seguí redescubriendo a la Iglesia: me conectaba a las 12 con el Vaticano para rezar el Ángelus y el Rosario, me apunté a las misas del arzobispo de Madrid... Más tarde me uní a las misas del Papa, a quien estoy pudiendo conocer como nunca me habría imaginado que fuera posible. Simplemente conocerlo a través de sus movimientos físicos (su caminar, su bendecir con la cruz) y de sus moniciones de entrada y homilías está siendo para mí una revolución. Para mí el Papa antes era alguien respetable, cuyas indicaciones seguía, pero con el corazón lejos, inconsciente, ignorante de quién es ese Francisco, de su forma de hablar y de estar en silencio, de las distintas formas concretas de su paternidad. Para mí esto ha supuesto un antes y un después. Por otro lado, también estuve rezando por teléfono con una amiga que había cogido el virus y lo estaba pasando sola en su casa. Las palabras de las oraciones cobran tanta más densidad cuando son dos «los que se reúnen en mi nombre». Todo ha sido pura gracia, gratis.
Vivir el presente
El tener una casa a la que volver es algo que tampoco di por descontado; y una casa donde se me fuera a proporcionar un cuidado que exigía unas reglas muy estrictas de higiene para que mis compañeras de piso no se contagiaran. En casa también se me daba «el pan de cada día».
Cuando todavía se podía circular por Madrid, varios amigos y familiares se pasaron a verme. Al vivir en un primer piso, me asomaba a la ventana y hablábamos por ahí. Ver rostros se convirtió en toda una fiesta; también cuando me cruzaba, de lejos, con alguna compañera de piso era una bendición poder ver sus ojos, su sonrisa...
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Este tiempo ha sido muy rico para mí porque es como si el Señor me hubiera devuelto a la verdad de lo que soy: una pequeña alma, pecadora, que por la gracia del Bautismo es hija de Dios. Me ha ayudado a volver a la Fuente de todo, y a darme cuenta de la facilidad con que me adueño de las cosas, dejando a Dios de lado, como un adorno en mi vida. El COVID-19 me ha obligado a vivir el presente –no podía trabajar, no podía hacer planes, ni siquiera a futuro–. Entonces, solo podía esperar del instante que estaba viviendo. Estaba en mi habitación y estábamos solo Dios y yo («Nos hemos quedado solos, Dios y yo», dice Hillesum en sus diarios). Es como si el Señor me hubiera quitado todas las distracciones para que, por fin, me dignara a mirarle a Él, y así recuperar la vida.
Gracias a este tiempo, y también al libro sobre la santa de Siena, he recuperado el sentido de la oración: de expresar a Dios una petición y rezar pidiéndole ayuda por esta persona en concreto, por el padre de la otra, por el amigo de tal otro... Esa lectura me ha ayudado a comprender, de nuevo, que Jesús nos escucha e intercede; que la oración es un diálogo entre yo misma y Alguien viviente; y lo respetuoso que es el Señor con nosotros. Una tarde pensé: «Qué fuerte: tú, Señor, me has estado esperando todo este tiempo, y lo has hecho en silencio, no me has obligado a volver a tu lado». Sentía como si hubiera estado de viaje en destinos que, en última instancia, no eran la respuesta a mi sed. Jesús, en cambio, sí es el destino; sí es la respuesta. Jesús nunca me va a forzar a quererlo, pero ¡cuánto me pierdo yéndome de viaje a destinos penúltimos!
«Es fácil volver a dejar a Jesús en un rincón»
Ahora que ya puedo salir de mi cuarto, he vuelto a caer muchas veces en esa distracción, en esa falta de confianza... Al poder trabajar y tener energía para hacer algunas cosas más, se me hace fácil volver a dejar a nuestro silencioso Jesús en un rincón, como un mendigo que espera su turno y no se atreve a pedir nada. En este sentido, soy la misma Carla que antes; lo que ahora tengo que hacer es pedir que esa conciencia que ha durado algunos días muy particulares de mi vida se me conceda vivirla el resto de mis días en esta tierra. En resumen: ahora siento que he comprendido algunas cosas, pero la partida estará abierta hasta que nos encontremos cara a cara con Él. Es una relación libre –no existe otra más libre– que requiere de todo mi ser. Mi responsabilidad de cara a mi propia plenitud y de cara al bien de mi prójimo es suplicar al Señor que me conceda quedarme en este destino bueno, y aprender de lo sucedido: cuidar la oración personal; cuidar esa relación entre Él y yo, que es insustituible, y participar lo más posible en la vida de la Iglesia.
Hay un salmo en que le pedimos al Señor: «Que el corazón no se me quede desentendidamente frío». El haber vivido el COVID-19 desde el principio me ha hecho sentir como míos a todos los enfermos. Ahora corro el riesgo de olvidarme de ellos, al haberme curado e involucrarme en mil cosas. Para que esto no me pase, procuro seguir rezando a diario por personas con nombres y apellidos concretos, ya sean conocidos míos o de mis amigos; sabiendo, quizá como hacía tiempo que no sabía, que hay Alguien escuchando al otro lado. Ahora que he vuelto a reconocer a Jesús como el significado de la vida, pido no sólo por la curación de los enfermos, sino, sobre todo, por su conversión y la de todos, pues ¿para qué vivir sin Él? También quiero seguir leyendo vidas de santos, por el bien tan grande que me ha hecho profundizar en santa Catalina de Siena.
Tiempo de conversión
En Semana Santa uno intuye que es posible ser tratado con gloria y dignidad porque hay Uno que ha dado su vida para que así sea. Gracias al sacrificio de Jesús puedo percibir el amor de mi Creador por mí sin haber derramado yo una gota de sangre. Creo que este momento de COVID-19, si estamos disponibles en el corazón, puede ser un tiempo de gracia, de conversión (dentro de que ninguno queremos el virus); de volver a descubrir nuestra naturaleza de hombres heridos, amados y, por ello, salvados. ¿Por qué no pedir al Espíritu Santo la conversión para todos? Para Él no hay barreras que valgan en tiempos de pandemia: puede moverse con libertad, puede abrazarnos, puede tocar nuestro corazón... Puede sentarse a nuestro lado y sufrir con nosotros, y escucharnos, y respondernos. Él es la respuesta.

jueves, 26 de marzo de 2020

«Hacemos sacerdocio intensivo, sin parar»: Iñaki, capellán en Madrid, 4 días sin salir del hospital 26032020

Siempre preparado para dar la extremaunción, confesar, acompañar o simplemente escuchar

«Hacemos sacerdocio intensivo, sin parar»: Iñaki, capellán en Madrid, 4 días sin salir del hospital

Con los hospitales saturados, también los capellanes se están multiplicando para no dejar de atender a nadie
Con los hospitales saturados, también los capellanes se están multiplicando para no dejar de atender a nadie
El padre Iñaki lleva once años como capellán del Hospital Clínico de Madrid, que al igual que el resto de centros de Madrid está desbordado por los numerosos casos de coronavirus. Sólo en la Comunidad de Madrid hay más de 17.000 casos diagnosticados y de ellos 1.200 han precisado de ser ingresado en la UCI, lo que muestra la magnitud de esta catástrofe sanitaria.
Nunca hasta ahora se había enfrentado a una situación como esta en la que mueren pacientes constantemente, en la que hay ingresados que mueren o sufren sin tener a su familia al lado o incluso matrimonios que tras haber contraído el virus están ambos hospitalizados pero separados en distintas plantas.
Días enteros preparados para impartir los sacramentos
Es tal la necesidad espiritual y anímica que se necesita en estos días que este sacerdote que hace guardias de cuatro días seguidas, con sus días y sus noches, en el hospital pegado a kit para dar la extremaunción. Entre semana llega al borde del colapso y no vuelve a casa para no poner en riesgo a su madre. Sólo el fin de semana sale del hospital donde es sustituido por otros compañeros y se va al pueblo a encerrarse para descansar y coger fuerzas para el siguiente envite.
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Sobre esta labor sobrehumana, y claramente unida a lo sobrenatural, habla el padre Iñaki con Álvaro Sánchez León en El Confidencial Digital. Sólo así puede estar disponible en el hospital las 24 horas durante varios días seguidos para confesar, dar la comunión, la extremaunción o simplemente para hablar, escuchar o animar a pacientes y trabajadores del hospital.
Un sacerdocio intensivo
Este religioso cuenta que en circunstancias normales suelen morir una media de 10 pacientes diarios, mientras que con esta pandemia la cifra supera las 30 e incluso las 40 defunciones diarias. “Por eso estamos aquí ejerciendo un sacerdocio intensivo, sin parar, porque muchos pacientes agradecen que estemos cerca en estos momentos en los que las crueles circunstancias han hecho que estén casi a solas”, confiesa el padre Iñaki.
En estas jornadas que empalma con otras sin descanso, este sacerdote tiene siempre en mente que debe estar al servicio del prójimo, en este caso del más débil. Y esto ocurre con los capellanes que están a tiempo completo o echando un cable estos días en los hospitales de España y otros países donde el coronavirus está haciendo estragos.
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El padre Iñaki, como capellán en el Clínico de Madrid, en una imagen de archivo
Este sacerdote madrileño reconoce que “lo más duro de estos días para muchos pacientes está siendo afrontar la enfermedad en soledad. Uf. No queremos que nadie sienta ese zarpazo en sus últimos momentos de vida, por eso estamos aquí para lo que haga falta”. Esa motivación de llevar el amor de Dios a todo el que lo necesita, especialmente a los moribundos, es lo que le hace resistir.
Todos los pacientes a los que he atendido han muerto en paz
Tanto él, como los médicos y demás personal del hospital –afirma- “estamos todos con un nudo en la garganta lleno de angustia que queremos convertir en esperanza. Si Dios nos ha puesto en esta dura situación es porque, quizás, podemos ayudar a mucha gente a tenderles la mano hasta el final”.
Este virus está dejando situaciones durísimas. El padre Iñaki habla del ingreso de un matrimonio que fue separado en plantas distintas. Una vez unido, uno de ellos falleció mientras el otro seguía enfermo y desconsolado.
“Aunque las enfermeras y auxiliares están en todo lo que pueden, hay escenas con las que se te desgarra el alma. Me gustaría decirles a los familiares que no han podido despedirse de sus seres queridos que todos los pacientes a los que he atendido han muerto en paz. Están siendo tratados con un humanismo total, con los cuidados paliativos oportunos para que sufran lo menos posible ante una enfermedad con este cuadro respiratorio tan complejo. ¡Dios no quiere que nadie sufra! Lo más humano en la atención al final de la vida son los cuidados paliativos”, se empeña en explicar este sacerdote.
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Son muchos los sacerdotes que están ofreciéndose para ayudar en los hospitales
Al igual que han contado otros muchos capellanes estos días, la atención pastoral de los capellanes está aumentando mucho entre el personal sanitario, que están acudiendo al padre Iñaki a pedir auxilio, a desahogarse y recibir una palabra. “Están cansados, echan de menos a su familia, temen contagiar a sus seres queridos cuando vuelvan a casa… pero tienen la firme voluntad de ayudar todo lo que se pueda. Es admirable con qué firmeza y con qué vocación profesional están dando todos más del cien por cien de sus capacidades para salvar vidas”.
"Queremos ser como agua de mayo"
Pese a que tanto dolor también le afecta personalmente, y más en estas interminables jornadas, este capellán afirma tener experiencia “para saber que muchos pacientes necesitan una dosis de humor. Si se van a ir al Paraíso, podemos ir anticipando la alegría de alguna manera. Lógicamente, ante el sufrimiento de ellos y de sus familias, la situación de mis compañeros en el hospital, etc., trato de que mi optimismo sea prudente y más sereno, para no pasarme de la raya en mi afán de quitar el hierro que se pueda”.
Pese al riesgo que conlleva, son muchos los sacerdotes que se están ofreciendo para ayudar en los hospitales estos días. “Sé que muchos quieren estar aquí. Como la actividad en parroquias es casi inexistente estos días, muchos han pedido echar una mano. Queremos ser como agua de mayo después de este marzo infernal”, concluye.
Puede leer AQUÍ el reportaje-entrevista íntegro de Álvaro Sánchez León sobre el padre Iñaki.