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miércoles, 29 de abril de 2020

Santos Jasón, Sosipatres, Cercyra, y compañeros mártires.(29 de abril)

Santos Jasón, Sosipatres, Cercyra, y compañeros mártires.

Santos Jasón y Sosipatres.
Santos Jasón y Sosipatres.

De varios en un grupo.

Santos Jasón, Sosipatres, Cercyra y compañeros mártires. 29 de abril.

Jasón y Sosipatres fueron los apóstoles de Corfú, donde habían dedicado la primera iglesia, en honor a San Esteban Protomártir (26 y 27 de diciembre; 2 de agosto, traslación de las reliquias de Jerusalén a Constantinopla; 7 de mayo, traslación de las reliquias de Constantinopla a Roma; 3 de agosto, Invención de las reliquias; y 20 de abril, con San Lorenzo, en Roma). Cuando fueron arrestados, hallaron en la prisión a siete ladrones llamados Saturnino, Iniscol, Faustiano, Genaro, Massal, Eufrasio y Mammio, que estaban allí por sus crímenes Los dos santos predicaron a Cristo a los ladrones, que se convirtieron a la fe, pidiendo perdón por sus muchos crímenes. Fueron bautizados y alcanzaron la palma del martirio por no cejar en su nueva fe, siendo metidos vivos en agua hirviendo.

Cuando torturaban a Jasón y Sosipatres, la princesa de la isla, llamada Cercyra vio desde su ventana la constancia en la fe y la alegría de los dos santos, y quiso ser cristiana también. Su padre entonces la encerró en una torre y le prendió fuego, pero ella salió ilesa, lo cual convirtió a muchos a Jesucristo. La ató el padre entonces a un árbol y mandó que la asaetearan, alcanzando la santa virgen el martirio. Los que se habían convertido por su testimonio escaparon a una isla vecina, pero el rey les persiguió, aunque su barco se hundió en el mar. Su sucesor fue benévolo con los cristianos y Jasón y Sosipatres pudieron predicar el cristianismo en paz, hasta los días de su vejez. Pero luego de su paso al cielo, la persecución se desató de nuevo y muchos padecieron el martirio, entre ellos los cristianos Zenón, Eusebio, Neón y Vital.

En la tradición griega, estos Jasón y Sosipatres son los mencionados en Romanos 16, 12; Hch 17, 5, y Hch 20, 4., y que serían discípulos de Jesucristo y parientes de San Pablo. En las diversas iglesias son celebrados a 28 de abril, 10 de noviembre o 4 de enero. Lo más probable es que aunque todos estos mártires estén agrupados en una sola historia, pertenezcan a diversos tiempos y persecusiones. En cuanto a la historia de la princesa mártir, los estudiosos creen que es una alegoría de la conversión de la isla de Corfú que, adivinen, en origen se llamaba así: Cercyra. El tiempo y la leyenda la habrían personificado convirtiéndola en una mártir.

Fuente:
http://www.orthodox.net

A 29 de abril además se celebra a
San Gombert de Avenay, duque, monje y mártir.
Santa Endelienta, eremita y mártir.

martes, 28 de abril de 2020

Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia (29 de abril)


Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia

fecha: 29 de abril
fecha en el calendario anterior: 30 de abril
n.: 1347 - †: 1380 - país: Italia
canonización: 
C: Pío II 29 jun 1461
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: Fiesta de santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia, que, habiendo ingresado en las Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo, deseosa de conocer a Dios en sí misma y a sí misma en Dios, se esforzó en asemejarse a Cristo crucificado. Trabajó también enérgica e incansablemente por la paz, por el retorno del Romano Pontífice a la Urbe y por la unidad de la Iglesia, y dejó espléndidos documentos llenos de doctrina espiritual.
Patronazgos: patrona de Europa, Italia, Roma y Siena, de las enfermeras, lavanderas y secretarias parroquiales, de los moribundos, protectora contra los incendios, el dolor de cabeza y la peste.

Oración: Señor Dios, que hiciste a santa Catalina de Siena arder de amor divino en la contemplación de la pasión de tu Hijo y en su entrega al servicio de la Iglesia, concédenos, por su intercesión, vivir asociados al misterio de Cristo para que podamos llenarnos de alegría con la manifestación de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica)

Santa Catalina nació en Siena el día de la fiesta de la Anunciación de 1347. Junto con su hermana gemela, quien murió poco después de nacida, era la más joven de los veinticinco hijos de Giacomo Benincasa, un pintor acomodado. Lapa, la madre de la santa, era hija de un poeta que ha caído en el olvido. Toda la familia vivía en la espaciosa casa, que la piedad de los habitantes de Siena ha conservado intacta hasta el día de hoy. Cuando niña, Catalina era muy alegre. En ciertas ocasiones, al subir por la escalera, se arrodillaba en cada escalón para decir una Avemaría. A los seis años tuvo una extraordinaria experiencia mística, que definió prácticamente su vocación: volvía con su hermano Esteban de la casa de su hermana Buenaventura, que estaba casada, cuando se detuvo de pronto, como si estuviese clavada en el suelo y fijó los ojos en el cielo; su hermano, que se había adelantado algunos pasos, regresó y la llamó a gritos, pero la niña no le oía; Catalina no volvió en sí hasta que su hermano la tomó por la mano: «¡Oh! -exclamó-, si hubieses visto lo que yo veía no me habríais despertado»; y empezó a llorar porque había desaparecido la visión en la que el Salvador se le apareció en su trono de gloria, acompañado por san Pedro, san Pablo y san Juan; Cristo había sonreído y bendecido a Catalina. A partir de ese instante, la muchacha se entregó enteramente a Cristo. En vano se esforzó su madre, que no creía en la visión, por despertar en ella los intereses de los niños de su edad; lo único que interesaba a Catalina eran la oración y la soledad y sólo se reunía con los otros niños para hacerles participar en sus devociones.
A los doce años de edad, sus padres trataron de que empezase a preocuparse un poco más de su apariencia exterior. Por dar gusto a su madre y a Buenaventura, Catalina arregló sus cabellos y se vistió a la moda durante algún tiempo, pero pronto se arrepintió de esa concesión. Hizo a un lado toda consideración humana y declaró abiertamente que no pensaba casarse nunca. Como sus padres insistieron en buscarle un partido, la santa se cortó los cabellos, que con su color de oro mate constituían el principal adorno de su belleza. La familia se indignó y trató de vencer la resistencia de Catalina por medio de una verdadera persecución. Todos se burlaban de ella, de la mañana a la noche, le confiaban los trabajos más desagradables y, como sabían que amaba la soledad, no la dejaban sola un momento, y le quitaron su antiguo cuartito. La santa soportó todo con invencible paciencia. Muchos años más tarde, en su tratado sobre la Divina Providencia, más conocido con el nombre de «El Diálogo», dijo que Dios le había enseñado a construirse en el alma un santuario, al que ninguna tempestad ni tribulación podía entrar. Finalmente, el padre de Catalina comprendió que era inútil toda oposición y le permitió llevar la vida a la que se sentía llamada. La joven dispuso nuevamente de su antiguo cuartito, no mayor que una celda, en el que se enclaustraba con las ventanas entreabiertas para orar y ayunar, tomar disciplinas y dormir sobre tablas. Con cierta dificultad, logró el permiso que había deseado tanto tiempo, de hacerse terciara en la Orden de Santo Domingo. Después de su admisión, aumentó todavía las mortificaciones para estar a la altura del espíritu, entonces tan riguroso, de la regla.
Aunque tuvo consolaciones y visiones celestiales, no le faltaron pruebas muy duras. El demonio producía en su imaginación formas horrendas o figuras muy atractivas y la tentaba de la manera más vil. La santa atravesó por largos períodos de desolación, en los que Dios parecía haberla abandonado. Un día en que el Señor se le apareció al cabo de uno de aquellos períodos, Catalina exclamó: «Señor, ¿dónde estabas cuando me veía yo sujeta a tan horribles tentaciones?» Cristo le contestó: «Hija mía, yo estaba en tu corazón, para sostenerte con mi gracia». A continuación le dijo que, en adelante, permanecería con ella de un modo más sensible, porque el tiempo de la prueba se acercaba a su fin. El martes de carnaval de 1366, mientras la ciudad se entregaba a la celebración de la fiesta, el Señor se apareció de nuevo a Catalina, que estaba orando en su cuarto. En esta ocasión acompañaban a Cristo, su Madre Santísima y un coro celestial. La Virgen tomó por la mano a la joven y la condujo hacia el Señor, quien puso en su dedo un anillo de esponsales y la alentó al anunciarle que ahora estaba ya armada con una fe capaz de vencer todos los ataques del enemigo. La santa veía siempre el anillo, que nadie más podía ver. Esos esponsales místicos marcaron el fin de los años de soledad y preparación. Poco después, Catalina recibió aviso del cielo de que debía salir a trabajar por la salvación del prójimo y la santa empezó, poco a poco, a hacerse de amigos y conocidos. Como las otras terciarias, fue a asistir a los enfermos en los hospitales, pero escogía de preferencia los casos más repugnantes. Entre las enfermas que atendió, se contaban una leprosa llamada Teca y otra mujer que sufría de un cáncer particularmente repulsivo. Ambas correspondieron ingratamente a sus cuidados, la insultaban y esparcían calumnias sobre ella cuando se hallaba ausente. Pero la bondad de la santa acabó por conquistarlas.
Nuestro Señor había dicho a Catalina: «Deseo unirme más contigo por la caridad hacia el prójimo». De hecho, la vida de apostolado de la santa no interfería su unión con Dios. El beato Raimundo de Cápua dice que la única diferencia era que «Dios no se le aparecía únicamente cuando estaba sola, como antes, sino también cuando estaba acompañada». Catalina era arrebatada en éxtasis, lo mismo mientras conversaba con sus parientes, que cuando acababa de recibir la comunión en la iglesia. Muchas gentes la vieron elevarse del suelo mientras hacía oración. Poco a poco, la santa reunió a un grupo de amigos y discípulos que formaban como una gran familia y la llamaban «Mamá». Los más notables de entre ellos, eran sus confesores de la Orden de Santo Domingo, Tomás della Fonte y Bartolomé Domenici; el agustino Tantucci, el rector del hospital de la Misericordia, Mateo Cenni; Mateo Vanni, el artista a quien la posteridad debe los más hermosos retratos de la santa, el joven aristócrata y poeta, Neri de Landoccio dei Pagliaresi, Lisa Colombini, cuñada de Catalina, la noble viuda Alessia Saracini, el inglés Guillermo Flete, ermitaño de San Agustín, y el P. Santi, un anacoreta al que el pueblo llamaba «El Santo», que frecuentemente iba a visitar a Catalina porque, según decía, al charlar con ella alcanzaba mayor paz del alma y valor para perseverar en la virtud de los que había conseguido en toda su vida de anacoreta. Catalina amaba tiernamente a su familia espiritual y consideraba a cada uno de sus miembros como a un hijo que Dios le había dado para que le condujese a la perfección. La santa no sólo leía el pensamiento de sus hijos, sino que, con frecuencia, conocía las tentaciones de los que se hallaban ausentes. El motivo de sus primeras cartas fue el de mantenerse en contacto con ellos.
Como era de esperar, la opinión de la ciudad estaba muy dividida a propósito de Catalina. Mientras unos la aclamaban como santa, otros -entre los que se contaban algunos miembros de su propia orden- la trataban de fanática e hipócrita. Probablemente a raíz de alguna acusación que se había levantado contra ella, Catalina compareció, en Florencia, ante el capítulo general de los dominicos. Si la acusación existió en verdad, la santa probó claramente su inocencia. Poco después, el beato Raimundo de Cápua fue nombrado confesor de Catalina. La elección fue una gracia para los dos. El sabio dominico fue, a la vez, director y discípulo de la santa, y ésta consiguió, por medio suyo, el apoyo de su orden. El beato Raimundo fue, más tarde, superior general de los dominicos y biógrafo de su dirigida.
El retorno de Catalina a Siena, coincidió con una terrible epidemia de peste, en la que se consagró, con toda su «familia», a asistir a los enfermos. «Nunca fue más admirable que entonces», escribió Tomás Caffarini, quien la había conocido desde niña. «Pasaba todo el tiempo con los enfermos; los preparaba a bien morir y les enterraba personalmente». El beato Raimundo, Mateo Cenni, el P. Santi y el P. Bartolomé, que habían contraído la enfermedad al atender a las víctimas, debieron su curación a la santa. Pero ésta no limitaba su caridad al cuidado de los enfermos: visitaba también, regularmente, a los condenados a muerte, para ayudarlos a encontrar a Dios. El mejor ejemplo en este sentido fue el de un joven caballero de Perugia, Nicolás de Toldo, que había sido condenado a muerte por hablar con ligereza sobre el gobierno de Siena. La santa describe los pormenores de su conversión, en forma muy vívida, en la más famosa de sus cartas. Movido por las palabras de Catalina, Nicolás se confesó, asistió a la misa y recibió la comunión. La noche anterior a la ejecución, el joven se reclinó sobre el pecho de Catalina y escuchó sus palabras de consuelo y aliento. Catalina estaba junto al cadalso a la mañana siguiente. Al verla orar por él, Nicolás sonrió lleno de gozo y murió decapitado, al tiempo que pronunciaba los nombres de Jesús y de Catalina. «Entonces vi al Dios hecho Hombre, resplandeciente como el sol, que recibía a esa alma en el fuego de su amor divino», afirma ésta.
Estos sucesos y la fama de santidad y milagros de Catalina le habían ganado ya un sitio único en el corazón de sus conciudadanos. Muchos de ellos la llamaban «la beata popolana» y acudían a ella en todas sus dificultades. La santa recibía tantas consultas sobre casos de conciencia, que había tres dominicos encargados especialmente de confesar a las almas que Catalina convertía. Además, como poseía una gracia especial para arreglar las disensiones, las gentes la llamaban constantemente para que fuese el árbitro en todas sus diferencias. Sin duda que Catalina quiso encauzar mejor las energías que los cristianos perdían en luchas fratricidas, cuando respondió enérgicamente al llamamiento del papa Gregorio XI para emprender la Cruzada que tenía por fin rescatar el Santo Sepulcro de manos de los turcos. Sus esfuerzos en ese sentido le hicieron entrar en contacto con el papa.
En febrero de 1375, Catalina fue a Pisa, donde la recibieron con enorme entusiasmo y, su presencia produjo una verdadera reforma religiosa. Pocos días después de su llegada a dicha ciudad, tuvo otra de las grandes experiencias místicas que preludiaron las nuevas etapas de su carrera. Después de comulgar en la iglesita de Santa Cristina, se puso en oración, con los ojos fijos en el crucifijo; súbitamente se desprendieron de él cinco rayos de color rojo, que atravesaron las manos, los pies y el corazón de la santa y le causaron un dolor agudísimo. Las heridas quedaron grabadas sobre su carne como estigmas de la pasión, invisibles para todos, excepto para la propia Catalina, hasta el día de su muerte.
Se hallaba todavía en Pisa, cuando supo que Florencia y Perugia habían formado una Liga contra la Santa Sede y los delegados pontificios franceses. Bolonia, Viterbo, Ancona y otras ciudades se aliaron pronto con los rebeldes, debido en parte, a los abusos de los empleados de la Santa Sede. Catalina consiguió que Lucca, Pisa y Siena, se abstuviesen durante algún tiempo, de participar en la contienda. La santa fue, en persona, a Lucca y escribió numerosas cartas a las autoridades de las tres ciudades. El papa apeló, en vano, desde Aviñón, a los florentinos; después despachó a su legado el cardenal Roberto de Ginebra, al frente de un ejército y lanzó el interdicto contra Florencia. Esta medida produjo efectos tan desastrosos en la ciudad, que las autoridades pidieron a Catalina, quien se hallaba entonces en Siena, que ejerciese el oficio de mediadora entre Florencia y la Santa Sede. Catalina, siempre dispuesta a trabajar por la paz, partió inmediatamente a Florencia. Los magistrados le prometieron que los embajadores de la ciudad la seguirían, en breve, a Aviñón; pero de hecho, éstos no partieron sino después de largas dilaciones. Catalina llegó a Aviñón el 18 de junio de 1376 y, muy pronto, tuvo una entrevista con Gregorio XI, a quien ya había escrito varias cartas «en un tono dictatorial intolerable, dulcificado apenas por las expresiones de deferencia cristiana». Pero los florentinos se mostraron falsos; sus embajadores no apoyaron a Catalina, y las condiciones que puso el papa eran tan severas, que resultaban inaceptables. Aunque el principal objeto del viaje de Catalina a Aviñón había fracasado, la santa obtuvo éxito en otros aspectos. Muchas de las dificultades religiosas, sociales y políticas en que se debatía Europa, se debían al hecho de que los Papas habían estado ausentes de Roma durante setenta y cuatro años y a que la Curia de Aviñón estaba formada, casi exclusivamente, por franceses. Todos los cristianos no franceses, deploraban esa situación, y los más grandes hombres de la época habían clamado en vano contra ella. El mismo Gregorio XI había tratado de partir a Roma, pero la oposición de los cardenales franceses se lo había impedido. Como Catalina había tocado el tema en varias de sus cartas, nada tiene de extraño que el papa haya tratado el asunto con ella, cuando se encontraron frente a frente. «Cumplid vuestra promesa», le respondió la santa, aludiendo a un voto secreto del papa, del que éste no había hablado a nadie. Gregorio decidió cumplir su voto sin pérdida de tiempo. El 13 de septiembre de 1376, partió de Aviñón para hacer, por mar, la travesía a Roma, en tanto que Catalina y sus amigos salían, por tierra, rumbo a Siena. Las dos comitivas se encontraron de nuevo, casi incidentalmente, en Génova, donde Catalina había tenido que detenerse debido a la enfermedad de dos de sus secretarios, Neri di Landoccio y Esteban Maconi. Este último era un noble sienés, a quien la santa había convertido y quería tal vez más que a ningún otro de sus hijos, excepto Alessia. Un mes después, Catalina llegó a Siena, desde donde escribió al papa para exhortarle a hacer todo lo que estaba en su mano por la paz de Italia. Por deseo especial de Gregorio XI, Catalina fue nuevamente a Florencia, que seguía estragada por las facciones y obstinada en su desobediencia. Allí permaneció algún tiempo, a riesgo de perder su vida en los diarios asesinatos y tumultos; pero siempre se mostró valiente y se mantuvo serena cuando la espada se levantó contra ella. Finalmente, consiguió hacer la paz con la Santa Sede, bajo el sucesor de Gregorio XI, Urbano VI.
Después de esa memorable reconciliación, Catalina volvió a Siena, donde, según escribe Raimundo de Cápua, «trabajó activamente en componer un libro, que dictó bajo la inspiración del Espíritu Santo». Se trataba de su famosísima obra mística, dividida en cuatro tratados, conocida con el nombre de «Diálogo de Santa Catalina». Pero ya desde antes, la ciencia infusa que poseía se manifestó en varias ocasiones, tanto en Siena como en Aviñón y en Génova, para responder a las abrumadoras cuestiones de los teólogos, con tal sabiduría, que los había dejado desconcertados. La salud de Catalina empeoraba por momentos y tenía que soportar grandes sufrimientos, pero en su pálida faz se reflejaba una perpetua sonrisa y, con su encanto personal ganaba amigos en todas partes. Dos años después del fin del «cautiverio» de los papas en Aviñón, estalló el escándalo del gran cisma. A la muerte de Gregorio XI, en 1378, Urbano VI fue elegido en Roma, en tanto que un grupo de cardenales entronizaba, en Aviñón, a un papa rival. Urbano declaró ilegal la elección del pontífice de Aviñón, y la cristiandad se dividió en dos campos. Catalina empleó todas sus fuerzas para conseguir que la cristiandad reconociese al legítimo papa, Urbano. Escribió carta tras carta a los príncipes y autoridades de los diferentes países de Europa. También envió epístolas a Urbano, unas veces para alentarle en la prueba y, otras, para exhortarle a evitar una actitud demasiado dura que le restaba partidarios. Lejos de ofenderse por ello, el papa la llamó a Roma para disfrutar de su consejo y ayuda. Por obediencia al Vicario de Cristo, Catalina se estableció en la Ciudad Eterna, donde luchó infatigablemente, con oraciones, exhortaciones y cartas, para ganar nuevos partidarios al papa legítimo. Pero la vida de la santa tocaba a su fin. En 1380, en una extraña visión se contempló aplastada contra las rocas por la nave de la Iglesia; al recuperar el sentido, se ofreció como víctima por Ella. Nunca más se rehizo. El 21 de abril del mismo año, un ataque de apoplejía la dejó paralítica de la cintura para arriba. Ocho días después, murió en brazos de Alessia Saracini, a los treinta y tres años de edad.
Además del «Diálogo» arriba mencionado, se conservan unas cuatrocientas cartas de la santa. Muchas de ellas son muy interesantes, desde el punto de vista histórico, y todas son notables por la belleza del estilo. Los destinatarios eran papas, príncipes, sacerdotes, soldados, hombres y mujeres piadosos y constituyen, por su variedad, «la mejor prueba de la personalidad múltiple de la santa». Las cartas a Gregorio XI, en particular, muestran una extraordinaria combinación de profundo respeto, franqueza y familiaridad. Se ha llamado a Catalina «la mujer más grande de la cristiandad». Cierto que su influencia espiritual fue inmensa, pero, tal vez, su influencia política y social fue menor de lo que se ha afirmado algunas veces. Como escribió el P. de Gaiffier, «la grandeza de Catalina consiste en su devoción a la causa de la Iglesia de Cristo». Fue canonizada en 1461 y el 4 de noviembre de 1970 fue declarada Doctora de la Iglesia por Pablo VI. En 1999 Juan Pablo II la declaró, junto a santa Brígida y a Edith Stein, copatrona de Europa.
Los principales materiales de la vida de Catalina, provienen de la «Legenda Major», escrita por su confesor, el beato Raimundo de Cápua; del Supplementum de Tomás Caffarini, que es también el autor de la «Legenda Minor»; del «Processus Contestationum super sanctitatem et doctrinam Catharinae de Senis» y de los «Miracoli». Naturalmente, otra de las fuentes son las cartas de la santa, sobre cuyas fechas y texto original exacto, se discute mucho. Hay, en fin, muchos otros documentos de menor importancia. La crítica drástica que el historiador Robert Fawtier hizo de las fuentes, despertó cierta inquietud. La mayor parte de sus críticas, aparecieron en forma de artículos o contribuciones a las revistas de sociedades históricas, y el mismo autor se encargó de reeditar algunos de los textos menos conocidos, como la Legenda Minor. Pero Fawtier reunió sus principales críticas en dos volúmenes, titulados Sainte Catherine de Sienne: Essai de Critique des Sources. El primero de esos volúmenes está consagrado a las Sources hagiographiques (1921) y el segundo, a Les oeuvres de Ste Catherine (1930). En el apéndice de la obra de Atice Curtayne, Saint Catherine of Siena (1929), puede verse una crítica de los comentarios de Fawtier; en ese excelente libro se encontrará también una reimpresión del original italiano de un estudio de Taurisano. Cf. igualmente Analecta Bollandiana, vol. XLIX (1930), pp. 448-451. Otras obras útiles son las de J. Jiiergenses, Sainte Catherine de Sienne; E. de Santis Rosmini, Santa Caterina da Siena (1930) ; y F. Valli, L'infanzia e la puerizia di S. Caterina (1931). Hay que mencionar N. M. Denis-Boulet, La corriere politique de Ste Catherine de Sienne (1939) ; M. de la Bedoyére, Catherine, Saint of Siena (1946) ; y una biografía italiana muy completa escrita por el P. Taurisano (1948). La double expérience de Catherine Benincasa (1948), de R. Fautier y L. Canet, es una obra muy completa desde otro punto de vista. La obra de J. Leclecq, Ste Catherine de Sienne (1922), conserva todavía su valor. Fawtier puso en duda la fecha del nacimiento de santa Catalina y, por consiguiente, la edad que tenía al morir, sobre este punto, ver Analecta Bollandiana, vol. XI (1922) , pp. 365-411. En el sitio del Vaticano puede leerse (en italiano) la homilía de SS Pablo VI del 3 de octubre de 1970 en la que declara a la santa Doctora de la Iglesia.
Lecturas: Tres días de la Liturgia de las Horas incluyen, como segunda lectura del Oficio, escritos tomados de los Diálogos de santa Catalina de Siena:
-XIX Domingo del Tiempo Ordinario: Con lazos de amor.
-Sábado de la XXX semana del Tiempo Ordinario: Cuán bueno y cuán suave es, Señor, tu Espíritu para con todos nosotros.
-El día de la santa: Gusté y vi.
El papa Benedicto XVI dedica la catequesis del 24 de noviembre del 2010 a la figura de la santa.
Cuadro: Fra Bartolomeo: «Los desposorios místicos de Catalina», 1511, Museo del Louvre, París.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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sábado, 25 de abril de 2020

San Cleto, papa (26 de abril)


San Cleto, papa

fecha: 26 de abril
†: 88 - país: Italia
otras formas del nombre: Anacleto
canonización: pre-congregación
hagiografía: Santi e Beati
Elogio: En Roma, conmemoración de san Cleto, papa, el segundo que rigió la Iglesia Romana después de san Pedro.

Por mucho tiempo se pensó que Anacleto y Cleto habían sido dos papas distintos, los dos del primer siglo. Después resultó claro que el segundo nombre era sólo una abreviación familiar del primero. Y así, de hecho, quedó registrado en la sucesión cronológica de los jefes de la iglesia de Roma: Anacleto o Cleto fue el tercero, después de Pedro y Lino. Tercero, entonces, en la serie de papas, y quizás primero como romano, después del pescador galileo y el toscano Lino. Pero este dato no es del todo firme, también es posible que la familia de Cleto fuera ateniense (el nombre es ciertamente de origen griego).
Recuerdos muy antiguos le atribuyen la construcción de un santuario sepulcral llamado «Memoria», en el lugar de la sepultura de Pedro, en los jardines vaticanos, un territorio que entonces pertenecía al dominio imperial y formado por jardines, campos y tierras sin cultivar. A Anacleto se atribuye también la disposición que prohibía a los hombres de Iglesia usar los cabellos largos, lo que sería un primer ejemplo de tonsura eclesiástica (pero debe tenerse presente que esta misma disposición se atribuye también a otros papas, sin que se sepa exactamente quién la dio).
Su pontificado se desarrolla en algunos años de paz, bajo el emperador Vespasiano (que reina del 69 al 79), y bajo su hijo mayor Tito (79 al 81). En tiempos de este último Italia conoce una de las más importantes catástrofes de su historia: la erupción del Vesubio en agosto del 79, con la destrucción de Herculano y Pompeya. Y poco después Roma verá surgir el edificio destinado a convertirse en su emblema: el anfiteatro Flavio (Coliseo) para los juegos públicos, sede de luchas mortales entre gladiadores y de suplicios para los cristianos.
Finaliza pronto el reinado de Tito, y con el arribo de su hermano Domiciano comienza la persecución. Pero no sólo contra los cristianos. De hecho, las primeras víctimas son los judíos, forzados a derivar al Estado el tributo debido al templo de Jerusalén destruido por Tito. Una persecución por razones financieras: porque las grandes obras públicas han desangrado las finanzas imperiales; también los judeocristianos deberán pagar. Después la persecución va a ensañarse a los cristianos en general, no sólo contra sus bienes. Contra ellos se lanza la acusación de «ateísmo», es decir, de no adorar a los dioses del Estado, y esta acusación comporta la pena capital. No sabemos cómo murió Cleto; la persecución a los cristianos continuaba luego de su muerte, ocurrida en el año 88, pero no hay evidencia de que él haya muerto mártir, y de hecho el Martirologio Romano actual no lo cataloga así; tampoco se conoce el lugar de su sepultura, aunque es presumible que haya sido en los jardines vaticanos.
Basado en un artículo de Domenico Agasso en Famiglia Cristiana. Los pocos datos ciertos deben buscarse en la edición Duchesne del Liber Pontificalis.
fuente: Santi e Beati
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lunes, 6 de abril de 2020

Beata Catalina de María Rodríguez, viuda y fundadora (5 de abril)


Beata Catalina de María Rodríguez, viuda y fundadora

fecha: 5 de abril
n.: 1823 - †: 1896 - país: Argentina
otras formas del nombre: Saturnina Rodríguez de Zavalía, Catalina Rodríguez
canonización: 
B: Francisco 25 nov 2017
hagiografía: Congregación
Elogio: En Córdoba, Argentina, beata Catalina de María Rodríguez, viuda y fundadora de la congregación de Esclavas del Corazón de Jesús.

Nació en la Córdoba de 1823. Una aldea con el sello de los jesuitas en donde el protagonismo y la educación era solo para varones.
Su familia tuvo gran protagonismo político, social y religioso. Su padre era secretario de los gobernadores Bustos y Paz, su primo, Santiago Derqui, presidente del país. Su esposo, un destacado militar de la Confederación argentina. Ella y sus tres hermanas perdieron a los padres muy pequeñas y fueron criadas por sus tías.
Catalina recibió la educación rudimentaria de la mujer de la época, leer y escribir las primeras letras y las destrezas culinarias para ser una ama de casa.  A los 17 años hace sus primeros Ejercicios Espirituales y allí descubre su vocación de consagrar su vida a Dios. No puede realizarla porque en Argentina y sus alrededores solo había conventos de clausura.
Se dedica a promover y sostener la obra de los Ejercicios. A los 29 años se casa con el Coronel Zavalía, viudo con dos hijos. Su marido fue nombrado edecán del Presidente Derqui y se van a vivir a Paraná, en esta ciudad tienen una hija que se muere al nacer. Regresan a Córdoba y tiempo más tarde Catalina queda viuda, allí, a los 42 años renace su primera vocación y surge su Sueño Dorado: Formar una comunidad de Señoras al servicio de las mujeres más vulnerables para catequizarlas, enseñarles a trabajar y vivir con ellas, “como los jesuitas pero en femenino”.
Pasan 7 años de pruebas, contratiempos, oscuridades en donde Catalina mantiene su deseo en alto porque “esa idea estaba entrañada en mi alma y aunque quisiera no podía quitármela” y en esos intentos “encontraba consuelo en Dios de quien todo lo esperaba cuya confianza no me faltó jamás”. Finalmente su “corazón se halló satisfecho” el 29 de septiembre de 1872 en nacen las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús. Primera Congregación de vida apostólica de la Argentina.
Por pedido del Santo Cura Brochero y la decisión de Catalina en 1880, 16 hermanas cruzan las Sierras Grandes a caballo para atender la Casa de Ejercicios y el Colegio de Niñas fundados por el Cura. El Sueño Dorado de Catalina se transformó en un vuelo sin fronteras constituyendo una gran familia que ama y repara.


fuente: Congregación
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miércoles, 25 de marzo de 2020

San Cástulo de Moosburg, mártir. (26 de marzo)

San Cástulo de Moosburg, mártir.

San Cástulo.
San Cástulo.

Abogado de jardineros y jinetes.

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San Cástulo de Moosburg, mártir. 26 de marzo.

Es este un santo que fue muy venerado en Friesing, hoy no sé, a partir del siglo VIII. Aunque ya consta en Roma una iglesia a su nombre en el siglo VII, construida en el sitio de su sepultura, su culto siempre hay que buscarlo fuera. Las reliquias fueron a parar a Pavía, y de allí fueron a Moosburg, y de aquí a la iglesia de San Martin Landshut, en el siglo XVII. Su devoción está inserta en Friesing, donde es abogado contra el envenenamiento de la sangre, las asfixias, las infecciones de las heridas, las enfermedades de los caballos. Además es abogado de poceros, jardineros y soldados.

Sin embargo, su origen lo debemos buscar más lejos y antes de esta fecha. Según su "passio", fue Cástulo ayudante de cámara del emperador Diocleciano, y este le apreciaba muchísimo, por ser un siervo fiel y no dado a intrigas. Su mujer fue Santa Irene (22 de enero), la santa mujer que protegió y sanó al invicto mártir San Sebastián (20 de enero). Cástulo era cristiano en secreto y se servía de su cargo para socorrer a muchos cristianos en tiempos de persecución. Entre sus protegidos estuvieron el papa San Cayo (22 de abril), Santos Marco y Marceliano (18 de junio) y el padre de estos, San Tranquilino (6 de julio). Cuando fue denunciado por un cristiano renegado llamado Torcuato, Cástulo fue apresado y sometido a tres juicios, en los que confesó a Jesucristo. Como no lograron hacerle apostatar, le sepultaron vivo en un agujero abierto en la Via Labicana, que rellenaron con arena y argamasa, el 26 de marzo de 286.

Los historiadores han hechado por tierra la passio, por considerarla ficticia y elaborada a partir de la traslación de las reliquias. Coinciden en que podría tratarse del fundador de la iglesia de la Via Labicana, llamado Cástulo, el cual con el tiempo se convertiría en mártir, por ignorancia. El mismo caso podéis leer en la "vita" de San Eusebio de Roma (14 de agosto). Algo que puede confirmar esto es la legendaria inclusión en su "passio" de santos y mártires más conocidos y venerados en Roma, como Sebastián o Marco y Marceliano, para darle verosimilitud, sin más razón histórica. De hecho las "passio" de estos santos no menciona para nada a nuestro Cástulo. Sin embargo, aparece mencionado en la novela "Fabiola", de Wiseman.
Fuente:
-"Vidas de los Santos". Tomo III. Alban Butler. REV. S. BARING-GOULD. 1914.
-https://www.heiligenlexikon.de/BiographienC/Castulus_Kastulus.htm

A 26 de marzo además se celebra a
Santa Eugenia de Córdoba, virgen y mártir.
Santa Larisa de Crimea, virgen y mártir.

martes, 24 de marzo de 2020

Hoy se conmemora a Santa Catalina de Suecia, Patrona de las vírgenes (24 de marzo)


Hoy se conmemora a Santa Catalina de Suecia, Patrona de las vírgenes


Hoy se conmemora a Santa Catalina de Suecia, Patrona de las vírgenes

Santa Catalina de Suecia fue la cuarta hija de Santa Brígida, Patrona de Europa. Es una religiosa considerada la santa patrona de las vírgenes y generalmente es representada con un látigo a su lado, el cual, según la tradición, vino a su ayuda cuándo jóvenes sin castidad buscaban atraparla.
Fue una mujer sencilla y pobre que dedicó muchas horas del día a la meditación de la pasión y muerte de Cristo, al rezo de los salmos penitenciales y el Oficio de la Virgen María. Solía visitar a pobres y enfermos en los hospitales, realizaba trabajos domésticos y rezaba en los lugares de culto.
Catalina nació en Suecia en 1331 o 1332. A la edad de 7 años fue encargada a la abadesa del convento de Risberg para que continúe recibiendo la educación católica impartida por sus padres. Fue así que creció en ella un deseo para la vida de auto mortificación y consagración total a Dios.
No obstante, a la edad de 13, su padre decidió casarla con un noble de ascendencia alemana, Eggart von Kürnen. Después del casamiento Catalina persuadió a su esposo –que era creyente- para mantener un voto de castidad, el cual cumplirían hasta el final.
En 1349, después del fallecimiento de su padre, Catalina llegó a un acuerdo con su marido y partió junto a Santa Brígida (su madre) hacia una peregrinación para venerar las tumbas de San Pedro y San Pablo en Roma.
Al llegar recibió la noticia de que su esposo había muerto, y tiempo después, rechazó cualquier oferta de matrimonio. Fue así que Catalina decidió vivir con su madre imitando fervorosamente su vida ascética y su pertenencia a Dios.
En 1372 Catalina y su hermano Birger acompañaron a su madre a una peregrinación a Tierra Santa. Brígida falleció al poco tiempo de su regreso a Roma y en 1374 su cuerpo fue enviado a Suecia para que sea enterrado en Vadstena, en el convento donde fundó La Orden del Santísimo Salvador.
Catalina vivió y dirigió el convento que fundó su madre hasta 1375, tiempo en el que regresó a Roma para promover su canonización. Pese a no obtener resultados, logró la ratificación en la aprobación de las reglas de la orden brigidina, alrededor de 1378.
Tras cinco años regresó a su tierra natal y el obispado le entregó formalmente la dirección de la nueva orden religiosa. Poco tiempo después enfermó y falleció el 24 de marzo de 1381. En 1484 Inocencio VIII dio permiso para su veneración como santa. Su fiesta es celebrada por la Iglesia el 24 de marzo.
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Etiquetas: Santos, Suecia, religiosa

martes, 10 de marzo de 2020

San Constantino de Cornwall, mártir (11 de marzo)


San Constantino de Cornwall, mártir

fecha: 11 de marzo
†: s. VI - país: Reino Unido (UK)
canonización: 
Conf. Culto: León XIII 5 jul 1898
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En Escocia, san Constantino, rey, discípulo de san Columba y mártir.
Según las lecciones del breviario de Aberdeen, los primeros años del rey Constantino de Cornwall no dejaron presagiar la santidad que alcanzaría más tarde. Pero la muerte de su esposa, que era hija del rey de Bretaña, le produjo tal impresión, que determinó cambiar de vida y cedió el trono a su hijo. Ocultando su identidad y su rango, el rey Constantino partió para Irlanda, donde entró en el monasterio de Rahan, dirigido por san Mochuda. Allí pasó siete años, ocupado en los oficios más humildes, acarreando sacos de grano del monasterio al molino. Según la leyenda, fue identificado por un monje que le oyó reír a solas en el granero y exclamar hablando consigo mismo: «¿Soy realmente el rey Constantino, que antes llevaba casco y coraza y ahora se afana en un molino?»
Constantino estudió lo suficiente para recibir la ordenación sacerdotal y fue enviado a Escocia, donde estuvo en contacto, primero con san Columba y después con san Kentigerno. Se cuenta que predicó la fe en Galloway y que más tarde fue nombrado abad del monasterio de Govan. Siendo ya muy anciano, Constantino fue atacado por los piratas, cuando se dirigía a Kintyre y le cortaron un brazo. Todavía tuvo tiempo de llamar a sus acompañantes y de bendecirles antes de morir a causa de la hemorragia. Escocia le consideró como su primer mártir y su fiesta se celebra todavía en la diócesis de Argyll y en las Islas Británicas.
También en Cornwall, Gales e Irlanda, existe la tradición de que un rey llamado Constantino entró en un monasterio; pero los detalles son tan contradictorios, que no merecen fe. Tampoco hay razón alguna para identificar a Constantino de Cornwall con «el tirano de la innoble Leona de Domnonia» del que habla Gildas.
La principal fuente sobre san Constantino es el breviario de Aberdeen, a la que se añade el Martirologio. Los bolandistas (Acta Sanctorum, marzo, vol. II) parecen haber adoptado las conclusiones a que llega Colgan en Acta Sanctorum Hiberniae. Ver KSS. pp. 311-314, y sobre todo el excelente resumen biográfico del canónigo Doble, St. Constantine (1930), n. 26 de la colección Cornish Saints. Los anales de Tigernach mencionan en el año 588 la conversión de Constantino al Señor; la fecha en que la sitúan los anales de Ulster es el año 587, y los Anuales Cambriae en el año 589. El decreto de confirmación de culto se encuentra en ASS 31, pág 117.
N.ETF: la traducción castellana del Butler dice «...donde estuvo en contacto, primero con san Columbano...», pero se debe a un error editorial; el original (y todas las fuentes) hablan de san Columba de Iona (que murió en 597), y no del más famoso san Columbano, fallecido en 615, pero que, aunque también irlandés, evangelizó en las Galias.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
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