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viernes, 9 de agosto de 2024

10 de agosto: Nuestra Señora de la Peña

 

10 de agosto: Nuestra Señora de la Peña

El 10 de Agosto de 1685, Bernardino de León hombre humilde de Bogotá, “vio un resplandor muy grande y extraordinario que no era de la luz natural del día, halló delineados en la roca viva las imágenes de Jesús, María, José y del Arcángel San Miguel”, en los cerros orientales de Bogotá. Inmediatamente se le atribuyeron a estas imágenes características sobrenaturales con el argumento de que ningún ser humano podría treparse a pintar esas peñas sin caerse.

“La Ermita Primitiva de la Peña Alta fue edificada en 1686 de bahareque y paja. De cal y canto se hizo en 1714 por el maestro albañil Dionisio Peña, pero se derrumbo en 1716. Se bajaron entonces las imágenes, desprendiéndolas de la roca o peña, al sitio actual donde se edificó la nueva iglesia en 1722”.

Acontecimiento como este resultaba extraordinario en la Nueva Granada, el cual tenía un precedente en solitario: la aparición de la Virgen en Chiquinquirá, que había cumplido su primer centenario el año anterior. Sin embargo, Cordovez Moure asegura que un preso español mandó a esculpir a la Virgen de su devoción es un enorme bloque de piedra y ordenó ponerlo en los altos cerros que dominan a Bogotá, lo que treparon hasta donde fue posible y allí tuvieron que dejarlo abandonado.


EL PROTAGONISTA DEL MILAGRO

Cuenta Matallana que Bernardino de León “Tomó fiado un poco de pan y de alfandoque que le sirviese de fiambre en su camino” y se fue un recorrer los montes”; apretado de la sed [...] encontró en un lugar muy angosto y pendiente una piedra redonda como pilita llena de agua muy cristalina y clara, que provocaba naturalmente a beber de ella “, y de calmar la sed de Bernardino producida por el alfandoque, pasó a aliviar las calamidades de los peregrinos, pues de esa misma fuente es el agua milagrosa que llevan del Santuario.

Los protagonistas de los milagros suelen ser de origen humilde. Bernardino proviene de un complicadísimo enredo genealógico: hijo de Juana de Vera y Pedro Chaves, nieto de Juan Rodríguez de León, quien, por obra y gracia de su matrimonio con Juana, le dio su apellido y se convirtió en su padre putativo.

Se dice tenía que “el vicio de recorrer montes [...]. Encontrar Algún atesoro con qué salir de su miseria…”. Su oficio era el de platero de oro. Posteriormente y, de paso, el de guaquero. Pero al seguir leyendo con detenimiento el libro del padre Struve Haker, nos encontramos con que Bernardino no era tan pobre, pues tenía casa, tenía indios, tenía solar.


LOS MILAGROS

Motivo de especial emoción para los creyentes fue el que el Niño Jesús sostuviera en la mano una granada que, según le dijo Nuestro Señor a una monja, cuyos escritos reproduce Matallana, “¿y vosotros no habéis reparado en la fruta Coronada y la unión de los granos de la Granada? [...] Y así como la granada es la fruta coronada Reyna entre las frutas, así, esta ciudad de Santafé, es para Dios, la Reina entre las hijas, la predilecta, la preferida y más querida”. Ella misma cuenta que, en una ocasión en que hubo una muy grande esterilidad en los pueblos inmediatos, invocaron a Nuestra Señora de La Peña, y está los socorrió “, con abundante cosecha, por cuyo motivo, según he conocido, vienen los indios con más frecuencia desde entonces a visitarla anualmente los días de carnestolendas”.

A continuación la monja cuenta de sus temores por sus escritos, que a ella misma le parecen “embustes, engaños del demonio o ardides de mi cabeza”.

Y como el testimonio de esta monja, su nombre no nos es revelado, Matallana recogió otros que dan fe acerca de las cualidades de las imágenes milagrosas de la Virgen de la Peña al ser invocada en momentos de dificultad, la mayoría de casos son personas que se tropiezan y caen entre las rocas y desfiladeros de los cerros, empezando por sus capellanes.

“Subía un día el Capellán Br. Don Dionisio Pérez a cumplir sus deberes en la Ermita de arriba, y llegando a un paso muy estrecho y peligroso, fatigado el caballo en que iba no podía arribar, y comenzó a temblar: entonces el Capellán no pudiendo evitar el peligro se apeó por el lado de lo alto, y al instante se despeñó el caballo, y el Presbítero asustado subió a dar las gracias a Nuestra Señora”.

El padre Struve, que llegó a Colombia evadiendo la segunda guerra europea, también consideró milagro de la Virgen el haberle dado a saber el paradero de sus hermanos y padres, de quienes había perdido el rastro, motivo por el cual se había puesto al servicio del Santuario. Y en su diario reprodujo varias narraciones más de gentes agradecidas con ella por haber recibido sus favores:

“Vino el domingo anterior Servando Ruiz para contar al Capellán el siguiente relato: que su madre Rosario Cagua de Ruiz había estado enferma en cama ya por 8 meses, y los últimos 15 días estuvo paralizada ya enteramente, de modo que humanamente ya no se pudo esperar ninguna curación. Mandó entonces subir a su hijo al santuario para que pagara unos 8 años de cofradía qué estaba debiendo, el hijo, consolado en este santo templo rogó por una muerte cristiana y tranquila de su Madre, cuando bajó, la encontró muerta sin haber sufrido sufrimiento ella. Subió otra vez para dar las gracias a la Virgen. Para que conste. El Capellán: Ricardo Struve Haker “.

“Venia de una Estancia á Santafé un hijo de Doña María Cotrina llamado Agustín, y habiendo dado a un macho una palmada en la anca, este le correspondió con una coz en la cara que le partió las narices en términos que le quedaron colgadas del labio de arriba: a vista de tan fiero daño, invocaron a Nuestra Señora de La Peña, y al instante se las volvieron a su lugar cosiéndole el cutis; aunque padeció seis meses, al fin quedó enteramente bueno solo con las señales a manera de una eme perfecta. Lleváronlo a la Ermita, y velaron dos días a Nuestra Señora en acción de gracias, quedando todos persuadidos de que por ella había enteramente sanado.”

“Juana Silva, se hallaba tan desesperada de una reuma y dolor en la cara, que ya no hacerse sabía: y en tal agitación se aplico una piedrecita de la reliquia de Nuestra Señora, y le rogó, si era de su gusto, le diera salud, al instante se quito el dolor, y la dexo buena y sana, y al día siguiente subió a la Peña y mandó decir una Misa en acción de gracias.”

“El año de 1729 por partir un pedazo de panela para darle a un niño, una niña se corto el dedo pulgar, y lo dividió en dos partes por arriba de la coyuntura con el dolor dio gritos, a estos salió la madre, la vió, tomo con ligereza el pedazo del dedo e invocando a la Santísima Virgen de la Peña, lo puso en su lugar, y la niña quedó buena, contenta, sana y, y con la señal para testificar el milagro.”

“Al punto que un negro furioso descargaba un golpe con una hacha sobre Pablo Benites, que dormía muy descuidado de tal suceso, despertó, llamó a la Virgen de la Peña, y evadió el golpe, y agradecido fue a visitar a su bienhechora.”

“En Cali un mozo, trabajaba en una mina, y sin advertir se halló de golpe con una piedra muy grande encima, en tal positura que sus compañeros no podían librarlo; apurados le aconsejaron llamara a la Virgen Santísima de la Peña de Santafé, y apenas lo executó rodó la piedra por sí sola, y lo dexo libre, y sin daño alguno, por lo que en breve vino a pié a visitar y dar gracias a su libertadora, prometiéndole ser siempre su devoto.“


EL PAPA APRUEBA

Para seguir con los Fenómenos Naturales, el cometa Halley pasó por Santafé del 26 de abril al 18 de mayo de 1750, año en que José Hilario López expulso del país a los jesuitas y en que el papa Benedicto XIV expidió una bula mediante la cual aprobaba la Cofradía de Nuestra Señora de la Peña, que se había erigido en 1717, y concedía a los cofrades indulgencia de Plenaria Remisión de todos sus pecados. Y ordenó “Establecer el día de la fiesta de Nuestra Señora, aprobación con la facultad de no poderlo jamás variar, por lo que quedó aprobado y para siempre fixo el Domingo de Quincuagésima …”.


LA VIRGEN PATRIOTA

La historia del país se vuelca sobre las guerras de independencia con el libertador a la cabeza, la gente no tiene tiempo sino para hacer la guerra, y La Peña y la misma Virgen quedan envueltas en ella. En 1805 Fue nombrado Capellán el Presbítero José Ignacio Francisco Álvarez, y por esa época se quejó de la rebeldía de los Capellanes de la Peña el Párroco de Santa Bárbara, Nicolás Cuervo. No en balde estaría el cura Álvarez entre los 38 firmantes del Acta de Independencia proclamada el 20 de julio de 1810. Cuando él se dedico de lleno a la actividad política, que lo llevo a la muerte, asumió la Capellanía El Padre Juan Agustín Matallana, también perseguido por los españoles y quien nunca recibió nombramiento oficial, pero fue uno de los mayores divulgadores e historiadores de La Peña. Después fue patrono Luis Carbonell, hermano de José María, el de la Expedición Botánica, otra víctima de Morillo. Los soldados de Nariño subían a pedir la victoria y a encomendársele a la Virgen.

El 23 de diciembre Se hizo una restauración de la Capilla y fue reinaugurada con la presencia de los Presidentes de la Nueva Granada y de García Rovira. En 1815 se celebro una misa de gracia con el general Bolívar. En 1816 Morillo mandó clausurar el santuario y poner preso al cura Álvarez, en vista de que las imágenes milagrosas estaban cargadas del lado de los Patriotas. La Virgen tomaba partido. Así lo asegura Raúl Silva Holguín, cuando el Valle del Cauca se lanzó en pos de su independencia con una bandera azul celeste y blanca, orlada de plata: “Como los ejércitos de la Libertad confiaron a la Virgen María su victoria, que es muy posible escogiera su sagrado manto como bandera”.

Hay curas también patriotas realistas, por ejemplo, el Obispo don Salvador Jiménez de Enciso, “prelado belicoso y revoltoso, el cual de su tesoro contribuyó a vestir a los soldados del rey y de paso, con singular fervor por los negocios terrenales, lanzó excomunión contra el “traidor Bolívar”.


Santuario de Nuestra Señora de la Peña

También en el siglo XVII comenzó el culto y devoción a Nuestra Señora de la Peña, cuyo origen se relaciona con el hallazgo que en los cerros orientales de la capital hizo el 10 de agosto de 1685 un hombre humilde, de nombre Bernardino de León, de las imágenes de Jesús, María y José con el arcángel Miguel delineadas en la roca viva.

La noticia del milagroso hallazgo cundió por la capital y para evitar, ya fuera el fanatismo o la novelería, el arzobispo don Antonio Sanz Lozano ordenó al vicario general de la Arquidiócesis levantara ante un notario las informaciones sobre dónde, cómo yen qué circunstancias se había producido el afortunado hallazgo. Oídos todos los testimonios, el prelado dio licencia "el día de carnestolendas de 1686" para la veneración pública de las sagradas imágenes y para la construcción de su capilla y altar. La humilde ermita que se levantó por parte de sus devotos se vino al suelo por completo en 1714, como que era de muy pobres materiales y de techo pajizo. Ya para ese entonces fungía un capellán de la ermita, quien aleccionado por el desastre resolvió levantar una nueva capilla, "de paredes de cal y canto y cubierta de teja", que en el curso de un año fue concluida, de tal manera que pudo ser bendecida el16 de diciembre de 1715. Sin embargo, un hecho que puede señalarse como sugestión colectiva, dio inmediatamente ocasión para que se pensara que las imágenes debían ser sacadas de la roca y trasladadas al lugar donde hoy se hallan: repentinamente el rostro de Nuestra Señora se puso triste y lloroso, pero también tuvo simultáneamente reacciones de alegría, sin que se supiera la causa; y el8 de mayo de 1716 se derrumbó la pared del lado derecho de la capilla, desde los cimientos. La capilla no alcanzó a tener sino unos 150 días de vida.

A principios de junio del mismo año, el cantero comenzó a separar las imágenes de la piedra fundamental, dejando la piedra cortada con el peso de unas 30 arrobas. Con inmensos trabajos, pero con mucha industria, fueron bajadas las imágenes desde la escarpada loma hasta el llano, obra que concluyó en noviembre de 1716.

Ya abajo las imágenes, se les construyó una capilla pajiza y la primera fiesta que se celebró en esta ramada tuvo lugar el 9 de febrero de 1717, fecha que puede retenerse como el comienzo en firme de la construcción de la segunda capilla, que vino a concluirse en 1722.

De todas maneras parece que, aun con las eventuales mejoras que pudo tener esta capilla, se mantuvo en su pobre estado hasta las primeras décadas del siglo XIX, cuando en pleno fragor de la época independentista, y más concretamente por el año de 1816 o 1817, su capellán, el presbítero José Ignacio Alvarez, desde la cárcel a donde lo había mandado el Pacificador Morillo hizo la promesa a la Santísima Virgen de mejorarle su templo si alcanzaba a salir con vida de las garras del poder extranjero: "Salvado de la muerte casi segura, emprendió la obra; sin embargo, la tuvo que terminar su albacea José Luis Carbonell"36. Puede retenerse el año de 1820 como el de la terminación de los trabajos de la nueva ermita, con los cuales se mantuvo hasta 1955 cuando se emprendió su restauración.

Debe tenerse en cuenta que la casa cural apenas vino a ser construida en 1898, pero que no fue habitada de continuo, por la soledad de aquellos parajes, por el frío intenso, por el apartamiento de la ciudad, etcétera, por lo cual en 1902 el arzobispo Herrera Restrepo aprobó la sugerencia de confiar el santuario a una comunidad religiosa, que vino a ser de la Orden franciscana capuchina, cuyo contrato se celebró entre el prelado y el superior de los capuchinos el 15 de febrero de 1906. En manos suyas estuvo el santuario durante 26 años consecutivos, hasta que hicieron dejación de la capilla y casa en el año de 1933. Pocos días después, el arzobispo confiaba el santuario a dos religiosos de la Orden cisterciense, cuya estadía no sobrepasó los dos años. Desde entonces el santuario tuvo muchas vicisitudes y poca atención, pues pasó a depender de la parroquia de Egipto.

En 1944, tras tantas dificultades, la iglesia de La Peña volvió a ser administrada por el clero de la Arquidiócesis y su párroco desde aquel año hasta 1968 fue el sacerdote alemán Ricardo Struve Haker. En 1955 este sacerdote, enamorado de su santuario, llevó a cabo su restauración, "cuya belleza y fidelidad al estilo colonial han sido reconocidas hasta ahora sin excepción alguna, por las personas más competen¬tes del campo del arte", como escribía él mismo en el folleto que publicó en 1956 con el título de Guía Ilustrada del Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Peña. A este sacerdote se debe también la extensa monografia El Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Peña, publicada en la Imprenta Nacional de Colombia, 1955, en la que se contienen no sólo la historia pormenorizada del santuario desde 1685 hasta 1955, sino la vida y linajes de cada uno de sus capellanes, incluida la de él mismo. Obra preciosa, tanto por su impecable y perfecta edición, como por lo sólidamente fundamentada y por el espíritu crítico de su autor, a la cual puede remitirse el lector curioso, con la seguridad de que en sus páginas encontrará respuesta a cualquier pregunta relacionada con el pasado de tan venerable santuario capitalino.

(fuentes: forosdelavirgen.org; www.arquibogota.org.co)

martes, 10 de agosto de 2021

10 de agosto: Nuestra Señora de la Peña

 

10 de agosto: Nuestra Señora de la Peña

El 10 de Agosto de 1685, Bernardino de León hombre humilde de Bogotá, “vio un resplandor muy grande y extraordinario que no era de la luz natural del día, halló delineados en la roca viva las imágenes de Jesús, María, José y del Arcángel San Miguel”, en los cerros orientales de Bogotá. Inmediatamente se le atribuyeron a estas imágenes características sobrenaturales con el argumento de que ningún ser humano podría treparse a pintar esas peñas sin caerse.

“La Ermita Primitiva de la Peña Alta fue edificada en 1686 de bahareque y paja. De cal y canto se hizo en 1714 por el maestro albañil Dionisio Peña, pero se derrumbo en 1716. Se bajaron entonces las imágenes, desprendiéndolas de la roca o peña, al sitio actual donde se edificó la nueva iglesia en 1722”.

Acontecimiento como este resultaba extraordinario en la Nueva Granada, el cual tenía un precedente en solitario: la aparición de la Virgen en Chiquinquirá, que había cumplido su primer centenario el año anterior. Sin embargo, Cordovez Moure asegura que un preso español mandó a esculpir a la Virgen de su devoción es un enorme bloque de piedra y ordenó ponerlo en los altos cerros que dominan a Bogotá, lo que treparon hasta donde fue posible y allí tuvieron que dejarlo abandonado.


EL PROTAGONISTA DEL MILAGRO

Cuenta Matallana que Bernardino de León “Tomó fiado un poco de pan y de alfandoque que le sirviese de fiambre en su camino” y se fue un recorrer los montes”; apretado de la sed [...] encontró en un lugar muy angosto y pendiente una piedra redonda como pilita llena de agua muy cristalina y clara, que provocaba naturalmente a beber de ella “, y de calmar la sed de Bernardino producida por el alfandoque, pasó a aliviar las calamidades de los peregrinos, pues de esa misma fuente es el agua milagrosa que llevan del Santuario.

Los protagonistas de los milagros suelen ser de origen humilde. Bernardino proviene de un complicadísimo enredo genealógico: hijo de Juana de Vera y Pedro Chaves, nieto de Juan Rodríguez de León, quien, por obra y gracia de su matrimonio con Juana, le dio su apellido y se convirtió en su padre putativo.

Se dice tenía que “el vicio de recorrer montes [...]. Encontrar Algún atesoro con qué salir de su miseria…”. Su oficio era el de platero de oro. Posteriormente y, de paso, el de guaquero. Pero al seguir leyendo con detenimiento el libro del padre Struve Haker, nos encontramos con que Bernardino no era tan pobre, pues tenía casa, tenía indios, tenía solar.


LOS MILAGROS

Motivo de especial emoción para los creyentes fue el que el Niño Jesús sostuviera en la mano una granada que, según le dijo Nuestro Señor a una monja, cuyos escritos reproduce Matallana, “¿y vosotros no habéis reparado en la fruta Coronada y la unión de los granos de la Granada? [...] Y así como la granada es la fruta coronada Reyna entre las frutas, así, esta ciudad de Santafé, es para Dios, la Reina entre las hijas, la predilecta, la preferida y más querida”. Ella misma cuenta que, en una ocasión en que hubo una muy grande esterilidad en los pueblos inmediatos, invocaron a Nuestra Señora de La Peña, y está los socorrió “, con abundante cosecha, por cuyo motivo, según he conocido, vienen los indios con más frecuencia desde entonces a visitarla anualmente los días de carnestolendas”.

A continuación la monja cuenta de sus temores por sus escritos, que a ella misma le parecen “embustes, engaños del demonio o ardides de mi cabeza”.

Y como el testimonio de esta monja, su nombre no nos es revelado, Matallana recogió otros que dan fe acerca de las cualidades de las imágenes milagrosas de la Virgen de la Peña al ser invocada en momentos de dificultad, la mayoría de casos son personas que se tropiezan y caen entre las rocas y desfiladeros de los cerros, empezando por sus capellanes.

“Subía un día el Capellán Br. Don Dionisio Pérez a cumplir sus deberes en la Ermita de arriba, y llegando a un paso muy estrecho y peligroso, fatigado el caballo en que iba no podía arribar, y comenzó a temblar: entonces el Capellán no pudiendo evitar el peligro se apeó por el lado de lo alto, y al instante se despeñó el caballo, y el Presbítero asustado subió a dar las gracias a Nuestra Señora”.

El padre Struve, que llegó a Colombia evadiendo la segunda guerra europea, también consideró milagro de la Virgen el haberle dado a saber el paradero de sus hermanos y padres, de quienes había perdido el rastro, motivo por el cual se había puesto al servicio del Santuario. Y en su diario reprodujo varias narraciones más de gentes agradecidas con ella por haber recibido sus favores:

“Vino el domingo anterior Servando Ruiz para contar al Capellán el siguiente relato: que su madre Rosario Cagua de Ruiz había estado enferma en cama ya por 8 meses, y los últimos 15 días estuvo paralizada ya enteramente, de modo que humanamente ya no se pudo esperar ninguna curación. Mandó entonces subir a su hijo al santuario para que pagara unos 8 años de cofradía qué estaba debiendo, el hijo, consolado en este santo templo rogó por una muerte cristiana y tranquila de su Madre, cuando bajó, la encontró muerta sin haber sufrido sufrimiento ella. Subió otra vez para dar las gracias a la Virgen. Para que conste. El Capellán: Ricardo Struve Haker “.

“Venia de una Estancia á Santafé un hijo de Doña María Cotrina llamado Agustín, y habiendo dado a un macho una palmada en la anca, este le correspondió con una coz en la cara que le partió las narices en términos que le quedaron colgadas del labio de arriba: a vista de tan fiero daño, invocaron a Nuestra Señora de La Peña, y al instante se las volvieron a su lugar cosiéndole el cutis; aunque padeció seis meses, al fin quedó enteramente bueno solo con las señales a manera de una eme perfecta. Lleváronlo a la Ermita, y velaron dos días a Nuestra Señora en acción de gracias, quedando todos persuadidos de que por ella había enteramente sanado.”

“Juana Silva, se hallaba tan desesperada de una reuma y dolor en la cara, que ya no hacerse sabía: y en tal agitación se aplico una piedrecita de la reliquia de Nuestra Señora, y le rogó, si era de su gusto, le diera salud, al instante se quito el dolor, y la dexo buena y sana, y al día siguiente subió a la Peña y mandó decir una Misa en acción de gracias.”

“El año de 1729 por partir un pedazo de panela para darle a un niño, una niña se corto el dedo pulgar, y lo dividió en dos partes por arriba de la coyuntura con el dolor dio gritos, a estos salió la madre, la vió, tomo con ligereza el pedazo del dedo e invocando a la Santísima Virgen de la Peña, lo puso en su lugar, y la niña quedó buena, contenta, sana y, y con la señal para testificar el milagro.”

“Al punto que un negro furioso descargaba un golpe con una hacha sobre Pablo Benites, que dormía muy descuidado de tal suceso, despertó, llamó a la Virgen de la Peña, y evadió el golpe, y agradecido fue a visitar a su bienhechora.”

“En Cali un mozo, trabajaba en una mina, y sin advertir se halló de golpe con una piedra muy grande encima, en tal positura que sus compañeros no podían librarlo; apurados le aconsejaron llamara a la Virgen Santísima de la Peña de Santafé, y apenas lo executó rodó la piedra por sí sola, y lo dexo libre, y sin daño alguno, por lo que en breve vino a pié a visitar y dar gracias a su libertadora, prometiéndole ser siempre su devoto.“


EL PAPA APRUEBA

Para seguir con los Fenómenos Naturales, el cometa Halley pasó por Santafé del 26 de abril al 18 de mayo de 1750, año en que José Hilario López expulso del país a los jesuitas y en que el papa Benedicto XIV expidió una bula mediante la cual aprobaba la Cofradía de Nuestra Señora de la Peña, que se había erigido en 1717, y concedía a los cofrades indulgencia de Plenaria Remisión de todos sus pecados. Y ordenó “Establecer el día de la fiesta de Nuestra Señora, aprobación con la facultad de no poderlo jamás variar, por lo que quedó aprobado y para siempre fixo el Domingo de Quincuagésima …”.


LA VIRGEN PATRIOTA

La historia del país se vuelca sobre las guerras de independencia con el libertador a la cabeza, la gente no tiene tiempo sino para hacer la guerra, y La Peña y la misma Virgen quedan envueltas en ella. En 1805 Fue nombrado Capellán el Presbítero José Ignacio Francisco Álvarez, y por esa época se quejó de la rebeldía de los Capellanes de la Peña el Párroco de Santa Bárbara, Nicolás Cuervo. No en balde estaría el cura Álvarez entre los 38 firmantes del Acta de Independencia proclamada el 20 de julio de 1810. Cuando él se dedico de lleno a la actividad política, que lo llevo a la muerte, asumió la Capellanía El Padre Juan Agustín Matallana, también perseguido por los españoles y quien nunca recibió nombramiento oficial, pero fue uno de los mayores divulgadores e historiadores de La Peña. Después fue patrono Luis Carbonell, hermano de José María, el de la Expedición Botánica, otra víctima de Morillo. Los soldados de Nariño subían a pedir la victoria y a encomendársele a la Virgen.

El 23 de diciembre Se hizo una restauración de la Capilla y fue reinaugurada con la presencia de los Presidentes de la Nueva Granada y de García Rovira. En 1815 se celebro una misa de gracia con el general Bolívar. En 1816 Morillo mandó clausurar el santuario y poner preso al cura Álvarez, en vista de que las imágenes milagrosas estaban cargadas del lado de los Patriotas. La Virgen tomaba partido. Así lo asegura Raúl Silva Holguín, cuando el Valle del Cauca se lanzó en pos de su independencia con una bandera azul celeste y blanca, orlada de plata: “Como los ejércitos de la Libertad confiaron a la Virgen María su victoria, que es muy posible escogiera su sagrado manto como bandera”.

Hay curas también patriotas realistas, por ejemplo, el Obispo don Salvador Jiménez de Enciso, “prelado belicoso y revoltoso, el cual de su tesoro contribuyó a vestir a los soldados del rey y de paso, con singular fervor por los negocios terrenales, lanzó excomunión contra el “traidor Bolívar”.


Santuario de Nuestra Señora de la Peña

También en el siglo XVII comenzó el culto y devoción a Nuestra Señora de la Peña, cuyo origen se relaciona con el hallazgo que en los cerros orientales de la capital hizo el 10 de agosto de 1685 un hombre humilde, de nombre Bernardino de León, de las imágenes de Jesús, María y José con el arcángel Miguel delineadas en la roca viva.

La noticia del milagroso hallazgo cundió por la capital y para evitar, ya fuera el fanatismo o la novelería, el arzobispo don Antonio Sanz Lozano ordenó al vicario general de la Arquidiócesis levantara ante un notario las informaciones sobre dónde, cómo yen qué circunstancias se había producido el afortunado hallazgo. Oídos todos los testimonios, el prelado dio licencia "el día de carnestolendas de 1686" para la veneración pública de las sagradas imágenes y para la construcción de su capilla y altar. La humilde ermita que se levantó por parte de sus devotos se vino al suelo por completo en 1714, como que era de muy pobres materiales y de techo pajizo. Ya para ese entonces fungía un capellán de la ermita, quien aleccionado por el desastre resolvió levantar una nueva capilla, "de paredes de cal y canto y cubierta de teja", que en el curso de un año fue concluida, de tal manera que pudo ser bendecida el16 de diciembre de 1715. Sin embargo, un hecho que puede señalarse como sugestión colectiva, dio inmediatamente ocasión para que se pensara que las imágenes debían ser sacadas de la roca y trasladadas al lugar donde hoy se hallan: repentinamente el rostro de Nuestra Señora se puso triste y lloroso, pero también tuvo simultáneamente reacciones de alegría, sin que se supiera la causa; y el8 de mayo de 1716 se derrumbó la pared del lado derecho de la capilla, desde los cimientos. La capilla no alcanzó a tener sino unos 150 días de vida.

A principios de junio del mismo año, el cantero comenzó a separar las imágenes de la piedra fundamental, dejando la piedra cortada con el peso de unas 30 arrobas. Con inmensos trabajos, pero con mucha industria, fueron bajadas las imágenes desde la escarpada loma hasta el llano, obra que concluyó en noviembre de 1716.

Ya abajo las imágenes, se les construyó una capilla pajiza y la primera fiesta que se celebró en esta ramada tuvo lugar el 9 de febrero de 1717, fecha que puede retenerse como el comienzo en firme de la construcción de la segunda capilla, que vino a concluirse en 1722.

De todas maneras parece que, aun con las eventuales mejoras que pudo tener esta capilla, se mantuvo en su pobre estado hasta las primeras décadas del siglo XIX, cuando en pleno fragor de la época independentista, y más concretamente por el año de 1816 o 1817, su capellán, el presbítero José Ignacio Alvarez, desde la cárcel a donde lo había mandado el Pacificador Morillo hizo la promesa a la Santísima Virgen de mejorarle su templo si alcanzaba a salir con vida de las garras del poder extranjero: "Salvado de la muerte casi segura, emprendió la obra; sin embargo, la tuvo que terminar su albacea José Luis Carbonell"36. Puede retenerse el año de 1820 como el de la terminación de los trabajos de la nueva ermita, con los cuales se mantuvo hasta 1955 cuando se emprendió su restauración.

Debe tenerse en cuenta que la casa cural apenas vino a ser construida en 1898, pero que no fue habitada de continuo, por la soledad de aquellos parajes, por el frío intenso, por el apartamiento de la ciudad, etcétera, por lo cual en 1902 el arzobispo Herrera Restrepo aprobó la sugerencia de confiar el santuario a una comunidad religiosa, que vino a ser de la Orden franciscana capuchina, cuyo contrato se celebró entre el prelado y el superior de los capuchinos el 15 de febrero de 1906. En manos suyas estuvo el santuario durante 26 años consecutivos, hasta que hicieron dejación de la capilla y casa en el año de 1933. Pocos días después, el arzobispo confiaba el santuario a dos religiosos de la Orden cisterciense, cuya estadía no sobrepasó los dos años. Desde entonces el santuario tuvo muchas vicisitudes y poca atención, pues pasó a depender de la parroquia de Egipto.

En 1944, tras tantas dificultades, la iglesia de La Peña volvió a ser administrada por el clero de la Arquidiócesis y su párroco desde aquel año hasta 1968 fue el sacerdote alemán Ricardo Struve Haker. En 1955 este sacerdote, enamorado de su santuario, llevó a cabo su restauración, "cuya belleza y fidelidad al estilo colonial han sido reconocidas hasta ahora sin excepción alguna, por las personas más competen¬tes del campo del arte", como escribía él mismo en el folleto que publicó en 1956 con el título de Guía Ilustrada del Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Peña. A este sacerdote se debe también la extensa monografia El Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Peña, publicada en la Imprenta Nacional de Colombia, 1955, en la que se contienen no sólo la historia pormenorizada del santuario desde 1685 hasta 1955, sino la vida y linajes de cada uno de sus capellanes, incluida la de él mismo. Obra preciosa, tanto por su impecable y perfecta edición, como por lo sólidamente fundamentada y por el espíritu crítico de su autor, a la cual puede remitirse el lector curioso, con la seguridad de que en sus páginas encontrará respuesta a cualquier pregunta relacionada con el pasado de tan venerable santuario capitalino.

(fuentes: forosdelavirgen.org; www.arquibogota.org.co)

miércoles, 9 de enero de 2019

Esta tierra que habitamos (Álvaro LOZANO GUTIÉRREZ) Primer premio 2017, ex aequo

Esta tierra que habitamos

Álvaro LOZANO GUTIÉRREZ
Primer premio 2017, ex aequo



Volvieron a ver su tierra después de muchos años en el exilio. La curva del camino, ya reconocida hace tiempo, les indicó que estaban cerca de la parcela en donde alguna vez fueron felices. Manuel acarició la cabeza su hijo mientras miraba los ojos melancólicos de Martha, tratando de contagiarle esa esperanza que hoy sin embargo se dibujaba solo como una promesa. Caminaban lentamente como buscando desandar los pasos que la violencia les había obligado a dar abandonando todo lo que poseían.
Hacía ya un año que la guerra había terminado. La paz se firmó entre los aplausos de unos y la indiferencia y el escepticismo de otros. El perdón y el olvido se impusieron por decreto. Se habló mucho de víctimas y de reparación. Miles de hombres y mujeres colmaron las oficinas del gobierno buscando que el Estado les reconociera sus muertos y les devolvieran la tierra que hacía mucho tiempo los poderosos les habían arrebatado.
- Desde aquí ya queda poco para el rancho. Lo primero será acomodar la cerca, yo me acuerdo que antes se nos metían mucho los animales del compadre José y nos dañaban las matas.
-Estoy cansado y tengo hambre.
-No se preocupe Esteban apenas lleguemos su mamá nos prepara algo, más bien súbase al caballo y ayúdenos a guiar las demás bestias.
Martha levantó los ojos y vio su antigua casa al final del sendero. Era solo una ruina. Cuatro paredes seguían en pié en medio de una tierra gris que daba testimonio de tiempos de violencia y muerte. Amarraron los caballos y las mulas y entraron respirando largamente como quien despierta de un terrible sueño y ahora solo quiere reconocerse en el mundo de los vivos.
- En esta habitación nació usted.
Martha y Manuel acariciaban las paredes y acercaban el oído como queriendo que estas les reconocieran y les dieran la bienvenida.
-Aquí en este patio mataron a su hermano Julián, le dispararon tres veces.
Se detuvieron mirando un árbol muerto, abrazándose y sabiendo que lo que seguía era lo más duro, recuperar la tierra también es añorar a los muertos, seguir adelante a pesar de la tristeza.
En la Mañana Braulio y José saludaron desde el recodo del camino. Encontraron a la familia entre herramientas acomodando el techo y descargando las últimas cosas que traían consigo.
-Compadre esta tierra esta enferma. Ya no crece nada. Los de la oficina del gobierno nos dicen que es mejor venderla.
Manuel miraba un puñado de ceniza que se encontraba bajo sus pies. La tomó en sus manos tratando de olerla.
- Sembraron palma los últimos quince años, el señor que compró todo esto tenía mucha plata, trajo maquinaria, trabajadores y muchos químicos. La tierra se agotó y ahora es un puñado de ceniza. Solo ceniza Manuel, solo eso nos dieron.
- ¿Y entonces que van a hacer ustedes?
-La cosa va muy mal Manuel, con otros hemos decidido vender, veníamos a decirle a usted, para ver si siendo muchos nos pagan un poco más.
-¿Y nuestros muertos? ¿Los que nos mataron? Esta tierra es nuestra y no la vamos a dejar.
-Compadre, no es cosa de muertos es cosa de vivos, si nos quedamos aquí va a ser para morirnos de hambre.
Manuel sintió que el sol castigaba su cuerpo. Miraba con pena a su familia, pero con más pena y dolor a los dos hombres que ahora solo hablaban de vender todo y volver a una ciudad que no les pertenecía, que siempre los había tratado como extraños.
- Gracias compadres pero yo me quedo. Si alguien les pregunta le dicen que prefiero el hambre aquí en mi tierra que en los tugurios de la ciudad. Si, para mi esa hambre es peor.
Las semanas que vinieron fueron terribles. Efectivamente la tierra agotada se había convertido en un puñado de ceniza y sal. Sembraron primero las semillas que les dio el gobierno pero ni un brote hacia avizorar que la situación cambiaria. Ahora solo les quedaba el maíz, el mismo que Martha recogió en un tarro el día que mataron a su hijo, el día que abandonaron todo.
Manuel y su hijo tomaron los azadones y cavaron lo más profundo que pudieron. Al fondo la promesa de una tierra negra y fértil nunca los esperó. Todo era igual, un hollín que se extendía hasta donde alcanzaba la mirada. Esa tarde una camioneta lujosa se estacionó afuera del rancho. En ella un hombre obeso y una mujer joven, que a Esteban le pareció hermosa, los miraban con desprecio y lastima. No se bajaron del vehículo, no hablaron con nadie, solo esperaban como buitres a ver que la familia cayera, para apoderarse del miserable terreno que habitaban.
-Yo creo que no es la sal lo que mató esta tierra, fue la sangre de tanto muerto. La sangre de su hijo y el mío que nos mataron en este mismo patio.
Sembraron el maíz, lo regaron trayendo el agua de muy lejos por que incluso los ríos se negaban a dar el consuelo del agua. Los días pasaron y solo se veía el mismo paisaje triste. Cuando se agotó el alimento supieron que tal vez habían vuelto a esta tierra solo para morir.
-Martha, amor que nos queda.
-Un puñado de harina y unas cucharadas de café.
-Entonces llego la hora, prepare la comida, después solo nos queda morirnos.
Comieron amargamente, no dijeron nada, solo se miraban pensando que la vida se había ensañado siempre con ellos, que eran los condenados de la tierra. Salieron del rancho y contemplaron las estrellas. Se acostaron en medio del campo y esperaron así que Dios cerrara sus ojos.
Cuando despertaron los primeros brotes se levantaban orgullosos. Habían vencido.

Álvaro Lozano Gutiérrez
Bogotá, Colombia

jueves, 3 de enero de 2019

Falsos positivos (Álvaro LOZANO GUTIÉRREZ) Segundo premio 2016

Falsos positivos

Álvaro LOZANO GUTIÉRREZ
Segundo premio 2016



NOTA DEL AUTOR: Falso positivo: Es como se conoce a las revelaciones hechas a finales del año 2008 que involucran a miembros del Ejército de Colombia con el asesinato de civiles inocentes para hacerlos pasar como guerrilleros muertos en combate dentro del marco del conflicto armado que vive el país. Estos asesinatos tenían como objetivo presentar resultados por parte de las brigadas de combate.1 A estos casos se les conoce en el Derecho Internacional Humanitario como ejecuciones extrajudiciales y en el Derecho Penal Colombiano como homicidios en persona protegida.

La mañana abrió sus ojos a otro día de lucha. Recorrió la casa despacio deteniéndose de manera inconsciente en cada en cada objeto, en las imperfecciones de las paredes, en las grietas abiertas por el tiempo, en cada retrato que evocaba el pasado, acariciando todo con la mirada, acariciando la memoria.
- Mire que este café le hubiera gustado, es un poquito amargo pero así le gustaba a usted ¿se acuerda?
Sus manos reconocieron las sabanas buscando esa silueta perdida. Un ritual repetido mil veces para organizar la vida en torno a los recuerdos, sin llanto, sin palabras, sólo precisando que el aliento de su hijo no se perdiera para siempre.
- Ayer encontraron a su amigo Gonzalo en la fosa del cementerio central, también lo mataron por la espalda. La comadre Diana tuvo problemas con los militares, casi no se lo dejan sacar.
Cinco años atrás, cuando Antonio tomó su camino, en su mente había más hambre que ilusión, era ese dolor que lo acompañaba desde niño: la pesadez, el desaliento, eso que anima los sentidos acallando las ideas. La plaga de los condenados de la tierra. Se fue a recoger café, buscando en esas lejanas montañas un poco de dignidad. Ahora lo único que le quedaba a María era su sombra atrapada en los objetos, restos de una vida cegada por una guerra que nunca decidió pelear.
- Hoy me toca terminar más tarde, mire que llegaron unas compañeras de lejos.
Ese día la plaza estaba llena, innumerables mujeres sostenían retratos de sus hijos muertos. Parecían infinitos, pero no obstante cada una de ellas tenía una cifra exacta: 3.796. Civiles inocentes, llevados bajo engaños a zonas de combate, asesinados a sangre fría y presentados como bajas enemigas, presentados como trofeos de guerra.
Todos eran pobres, a todos les habían prometido un trabajo, todos ejecutados y declarados como guerrilleros. Ahora recorrían la plaza los jueves en la tarde, sus imágenes recordaban al mundo que en una guerra sin sentido los absurdos pueden multiplicarse en los cuerpos de aquellos que nunca sostuvieron un fusil.
- A mi hijo me lo mataron hace cinco años, le dispararon y le pusieron un arma en las manos. Después cobraron la recompensa.
María le hablaba a un grupo de mujeres recién llegadas, sus rostros asustados mostraban la extrañeza ante una ciudad que no les pertenecía. Ahora ella era fuerte, había aprendido a serlo gritando la verdad todos los días.
Las abrazó largamente con la ternura que viene del intenso dolor. Todas eran una sola persona, las unía un pasado en común, la de ser las madres de los falsos positivos.

Álvaro Lozano Gutiérrez
Bogotá, Colombia
Miembro del colectivo literario Surgente

domingo, 16 de diciembre de 2018

Rosa y León Despertares (Jorge Alfonso MANRIQUE VARELA)

Rosa y León Despertares

Jorge Alfonso MANRIQUE VARELA




Me estoy volviendo loco. Resulta que estoy en la biblioteca de una casa muy antigua de mi ciudad, donde vivieron una pareja de ancianos que se encargaban de limpiar todos los días, una esculturilla de un caballo que se encuentra en un parque muy cerca de la casa. Al decir que se encargaban me quedo corto, porque esto no era un trabajo ni mucho menos para ellos. Inexplicablemente para mi entender, esto se trataba de una misión sublime y trascendente sin comparación alguna que justificaba la vida misma para estos dos personajes: Rosa y León Despertares.
Suelo ir a ese parque frecuentemente. Una noche en las que estaba ahí, me llamó la atención la pareja de ancianos que estaban limpiando la estatua; las veces que los había visto también era haciendo lo que hacían en ese momento. Lo extraño y fascinante es que no recuerdo haber estado en ese parque sin verlos cerca del caballo; ellos ya eran parte y fundamento esencial de ese lugar. La luna resplandecía en el cielo, me acerqué a la pareja; sin mirarlos a los ojos esto es lo primero que les dije.
- Felicitaciones, el caballo se ve bien-: Nunca había visto algo comparado a la reacción que tuvieron aquéllos personajes, la señora Rosa abrió esos ojos miel, tan mieles que yo digo: esto es tan miel como los ojos de la señora Rosa. Después de mirarme con una expresión descomunal de sorpresa, miró a su amado señor diciéndole.
- ¡Escuchó papito!-. -¡Sí mamita!-: Le respondió don León con una voz gruesa y ronca; se dieron un abraso tremendo, tan sentido que yo me estremecí profundamente, estaban tan alegres que no había necesidad de hablar o preguntar para darse cuenta. Inmediatamente pensé. ¿Pero qué les dije? Sin darme cuenta, los dos viejitos estaban cerca de mí, ofreciéndome una sonrisa. El resto de la noche la pasamos en la casa de Rosa y León Despertares: hablando sobre el pasado, el amor y la vida. No hablamos nada sobre el tema del caballo.
Después de esa noche, ésta es la segunda vez que vengo a la casa de los Despertares; ayer pasé por el parque como solía hacerlo frecuentemente, -ya no como antes-, por pasar y nada más, ahora era por saludar a la pareja. No se encontraban allí esos dos viejitos, que con esmero cuidaban de ese caballo de piedra oscura, de mirada triste y presencia melancólica. Me sorprendí muchísimo al no encontrar la pareja en un momento del día en el que siempre estaban. Me dirigí a la casa con el motivo de averiguar qué era lo que les había pasado. Cuando llegué, la puerta estaba abierta, paré un momento en la entrada timbrando unas cuantas veces sin recibir contestación.
Entré, dirigiéndome rumbo al segundo piso; atravesando un pasillito que llaman el “hall” e inmediatamente después, unas escaleras que dan la curva hacia la izquierda. Al subir por las escaleras despacio y sin hacer ruido, vi una aglomeración de señores todos viejitos, unos hombres y otras mujeres, vestidos de negro y en profundo silencio. Casi me muero. Guardé silencio, sin darme cuenta una de las hermosas señoras de cabellera plateada, rostro gastado y ojos profundos, puso su mano en mi hombro halándome hacia un sitio de la sala donde se encontraba una silla apartada de todas las demás; involuntariamente me senté.
Donde me encontraba sentado, veía a mi izquierda a un espacio considerable, al grupo de viejitos que vi al entrar; al frente mío había más hombres y mujeres sentados con el rostro pétreo. A mi derecha veía el pasillo, un largo pasillo en el cual dos cuartos se encontraban de frente. Observé de nuevo para encontrar a quién le podía preguntar por los señores Despertares. Me dirigí sin inmutarme hasta donde la señora que me había recibido; cuando iba en camino, ella me miró. Al ver que yo estaba a punto de hablarle, levantó muy suavemente su mano colocando su dedo índice en el medio de sus labios.
Ya era suficiente, así que me dirigí hacia la salida con toda la intención de marcharme de ese lugar tan desquiciado; al dar los dos primeros pasos rumbo a mi liberación, una de las puertas de los cuartos del pasillo se abrió. Yo quedé expuesto por ser el único personaje que estaba parado, miré de reojo y observé que dos personas salieron del cuarto. Al principio no los distinguí, en seguida descubrí que se trataba de don León y doña Rosa; ¡que alegría! Porque debo confesar que en ese momento, después de ver a todos esos viejitos, pensé que esto era un velorio y que los señores Despertares se habían muerto; lo que pasó después confirmo el pálpito.
Los ancianos me hicieron un gesto para que me acercara. Cuando entré a la biblioteca, don León se sentó junto a doña Rosa, esperaron a que yo hiciera lo mismo. El que habló fue don León.
Todas las personas que has visto hoy en la casa, ya estamos muertos. Cuando éramos más jóvenes tuvimos que salir de nuestras casas porque los militares nos iban a matar. Recorrimos las montañas llegando a la ciudad después de mucho tiempo. Lo único que trajimos del antiguo hogar, fue el caballo al que llamamos “pálido”. Él nos salvo la vida. Cuando murió, con su cuerpo hicimos la escultura que está en el parque. Ahora hijo, te lo recomendamos.
Al terminar, doña Rosa se levantó de la silla acercándose a mí; me paré, nos dimos un fuerte y sentido abrazo. Salí solo de la biblioteca, sin entender lo que pasaba, cuando llegué a la sala, ya no había nadie; revisé toda la casa con el mismo resultado, tiempo después regresé a la biblioteca. Han pasado muchas horas desde que vi a los ancianos despertares, ahora me encuentro acá solo escribiendo con la intención de convertir en real lo que he vivido. Voy a dejar de escribir para ir al parque; ahora estoy tranquilo. Estaré al lado del caballo, seguramente tendremos mucho sobre qué hablar.

Jorge Alfonso Manrique Varela
Bogotá, Colombia

martes, 13 de noviembre de 2018

Muchas cosas por hacer (Manuel PACHÓN)

Muchas cosas por hacer

Manuel PACHÓN




El Juchas llegó temprano hasta la puerta de su víctima y con los nudillos de la mano derecha dio tres golpes. Las señas de la casa eran precisas y si lograba matarlo temprano, hoy mismo podría tener en sus bolsillos el dinero. Le habían visto la mala cara, le conocieron el hambre inocultable, las andanzas en los barrios de abajo, y fácilmente lo volvieron asesino. Eso era él, un sicario a sueldo que por unos cuantos pesos mataba a quien ellos le señalaran. Tocó la pistola en la cintura, la encontró tibia por el calor de su propio cuerpo y se sintió seguro.
- Buenos días joven- dijo una anciana en un tono que lo estremeció por lo amable.
- Bue...nos... dí...as- respondió casi tartamudeando- ¿Está... el profesor?
- Se nota que no lo conoce... él salió hace raaato – El alargue de la a le indicó que el rato era bastante largo.
Cualquier día en que hubiera llegado una hora antes lo habría visto subir a la bicicleta y alejarse silbando o cantando siempre alguna tonada del cancionero latinoamericano. Esa mañana quienes estaban por ahí le oyeron tararear “gracias a la vida que me ha dado tanto”, se extrañaron de verlo partir sin bicicleta y le gritaron – ¡Adiós, profe!
Se había despertado temprano como siempre, con la ayuda de su relojito barato, antes de salir de la cama repasó mentalmente los deberes del día y ya en el baño tarareó la primera canción de la mañana; de verdad es imposible imaginarlo sin música. Ya vestido, con su ropa descomplicada, entró a la cocina a dar una manito a la mamá que a esa hora estaba redondeando las últimas arepas, mientras el café terminaba de asentarse. La saludó con naturalidad, como cada quien en su casa, sin esa falsedad con que se saludan los que se dejan maleducar por las telenovelas. Luego, sosteniendo la arepa y la taza con una sola mano, recorrió su cuarto, recogiendo un libro aquí, un papel allá, una camisa para echar a lavar... y atendió en la puerta y contestó una llamada telefónica de algún vecino que le pedía un favor: que si sabe llenar el formulario del sistema de salud, que si de casualidad no va a pasar hoy por el centro para que le haga el favor de conseguirle un tornillo para la maquina de moler o que si sabe la fecha de nacimiento de Don Pablo Neruda que se lo dejaron de tarea a la niña. Nada raro que le haya llenado el formulario a uno, prometido el tornillo a la otra y buscado, deprisa, en un libro para informar que el 24 de julio de 1904 fue el nacimiento del poeta. - Con mucho gusto - debe haber respondido con sinceridad a cada palabra de agradecimiento. Al pensar en fechas y nacimientos se acordó del cumpleaños de Manolo, lo llamó y sin decirle nada le puso a sonar por el teléfono “Si yo no hubiera nacido” y “Este es un nuevo día”; todos saben que en su presencia jamás se canta el “japi vertí tuyú”. Enseguida le mandó a Manolo un abrazo por teléfono prometiéndole visitarlo más tarde, cuando saque un tiempito. Salió de afán, casi sin despedirse de su vieja, porque tenia que pasar por el sindicato para recoger información para los compañeros; al parecer, según se había enterado en la reunión de hace tres días, la lucha contra la privatización de los colegios públicos iba a ser tenaz... hacía falta leer, documentarse bien, llenarse de argumentos para participar, con razón en la huelga... él no iba a permitir que los niños del barrio perdieran su acceso a la educación y la cultura. Pero ¿Los compañeros y las compañeras que tanto estarían dispuestos a arriesgar? Bueno esa era su función, llevar los documentos y explicarlos, ponerlos en discusión.
- Va para el sindicato – dijo la anciana- si se baja derechito por esta calle allá lo alcanza.... y tome, cómase esta arepa, la hizo mi hijo...perdone, pero se nota que usted no ha desayunado... si quiere entre y le sirvo un cafecito...
- No, gracias. De verdad es urgente que lo alcance –dijo él y se marchó en la dirección que le había indicado la anciana, saboreando la arepa más deliciosa que había probado en su vida.
Por la misma calle bajaban unas cuantas personas y él hizo lo posible por escuchar su conversación.
- ...es muy buena gente, esta mañana le resolvió por teléfono la tarea a mi niña. - dijo una mujer joven.
- Y a mí me llenó este formulario para inscribirme en el sistema de salud- dijo un viejito levantando una bolsa plástica donde llevaba un papel arrugado.
- A nosotros nos prometió traernos esta noche un tornillo para el molino que se nos dañó - dijo una señora que iba tomada del brazo de su esposo. Y añadió: - Si ...es muy buena gente el profe.
El Juchas no pudo contener el impulso que lo llevó a preguntar: - ¿Cuál profe?
- Pues José, el que vive allí arriba... Donde usted estaba ahoritica. – dijo la mujer joven.
- ¿Saben dónde queda el sindicato? – les preguntó.
- Si. Después de este paradero, donde nosotros nos quedamos a esperar la ruta, usted sigue derechito 10 cuadras y ahí llega a un edificio gris que tiene una estrella amarilla pintada en la fachada...
- Bueno, gracias. – Respondió el Juchas y se alejó más callado que antes.
Cuando llegó a la sede del sindicato, se sorprendió porque no sólo una estrella amarilla habían pintado en su fachada, era todo un mural: en el suelo un libro gigantesco con renglones de palabras que también eran surcos de una cosecha y sendero de una marcha de profesores, estudiantes y campesinos que enarbolaban unas pancartas donde se leía claramente: No a la guerra. Viva el Foro Social Mundial. Otro mundo es posible. La pintura fresca del mural tenía un brillo especial bajo el sol, y como aun no estaba terminado, un grupo de muchachas y muchachos daba retoques a distintas figuras y elementos del paisaje con brochas y pinceles finos. ¿Se atrevería a dispararle allí, delante de esos muchachos? No. Mejor esperar a que saliera y matarlo unas cuadras más abajo.
De todos modos se acercó y les preguntó. – ¿Han visto al profesor José?
- Hace un momentico estuvo aquí, nos miró como íbamos en esto del mural, nos ayudó a pintar la carita de esta niña y el púrpura del arco iris ¿Verdad que le quedó bonito?...pero después recogió unas fotocopias en la oficina y se fue rapidísimo.
- ¿Si?... ¿y para dónde se habrá ido?
- Pues para el colegio- respondió otra muchacha- Hoy tienen una reunión antes de iniciar las clases.
- ¿ Al colegio… Bolívar?
- Si, allá donde él trabaja.
Y hacia allá se fue. Algunas veces había pasado al frente de aquel enorme colegio, así que no le fue difícil encontrarlo. Se acercó a la portería y le preguntó al vigilante: - ¿Dónde es la reunión de profesores?
- Acaba de terminar. La hicieron allí en el salón múltiple, pero puede seguir, ahora los profesores están informando a los padres de familia y a la comunidad sobre la situación. Parece que la cuestión está muy difícil…
El Juchas dudó un instante. Pero para no parecer sospechoso, fingió calma y dando las gracias secamente se dirigió hacia aquel salón que el vigilante le había señalado. Tal vez no era aun el momento de ejecutar su trabajo, pero le serviría identificar bien a su víctima. Saber qué ropa llevaba puesta ese día. Atraparlo primero en la pupila… para luego, al momento de dispararle, no dejarlo escapar.
-Buenos días, señor. - le dijo una profesora sin poder ocultar un gesto de desagrado por su mala apariencia- acérquese a aquel grupo y escuche la explicación del conflicto… mire, aquí hay una fotocopia de los documentos que anuncian la privatización. El Juchas estuvo a punto de confesar que no sabía leer prácticamente nada, pero se contuvo, recibió los papeles y preguntó: - ¿Y dónde está el profesor José?
- Ya se fue para el salón de clases. Vino, nos explicó todo, repartió las fotocopias, atizó el debate… pero cuando sacamos las conclusiones más importantes y decidimos las acciones de esta tarde, se fue rapidito porque no quería perder la clase con los de grado décimo.
-¿Y a dónde van a ir esta tarde?
- Nos uniremos a la movilización general contra las privatizaciones… es que no sólo quieren privatizar los colegios, también los hospitales y hasta el agua…
- No puede ser… ¡Cómo van a privatizar el agua! – exclamó El Juchas distraído momentáneamente de su objetivo.
- Si usted quiere nos puede acompañar a la protesta. Ya que va a hablar con el profesor José él también le puede explicar como participar...
- ¿Y en que salón lo encuentro?
- Por aquel pasillo a la derecha en el salón marcado con el numero 10-03… aunque no se si le guste que le interrumpan la clase…
- Gracias- dijo el Juchas y se dirigió hacia aquel salón, obsesionado por alcanzar a ese profesor tan activo y tan evasivo, que en esa mañana no se había detenido ni siquiera a descansar. Este pensamiento lo hizo sentirse un poco fatigado.
Atisbando por una ventanilla sin vidrio intentó verlo por primera vez. Y a simple vista le pareció alguien normal, igual a cualquier vecino de su barrio, confundido entre el grupo numeroso de jóvenes estudiantes. Como nadie percibió su presencia se quedo allí un buen rato. Si hubiera entendido algo, el Juchas habría sabido que en esa clase se usaba una canción de Silvio Rodríguez para realizar un taller y un micro foro sobre un tema de filosofía antigua: la relación platónica entre ética y estética. Pero lo único que entendió es que una clase con música y con plena participación parecía una clase feliz. Se apartó de la ventanilla y se fue hacia la calle decidido a esperar la salida de los profesores hacia la manifestación de esa tarde.
Mientras caminaba rumbo a una cafetería cercana no dejaba de pensar en todo lo que había vivido esa mañana y sus ideas eran un remolino de contradicciones desordenadas. Se tomaría un cafecito bien oscuro, se fumaría un cigarrillo y mataría el tiempo haciendo nada mientras llegaba el momento oportuno, ya decidiría como actuar cuando llegara la precisa ocasión, el instinto nunca le había fallado y ya muchas veces las cosas le habían salido bien. Aquel hombre si que hacía cosas, en realidad le servía mucho a la comunidad, en cambio él no servía para nada… ¿Por qué querrían matar a alguien tan bueno? Era difícil comprenderlo, pero algo de malo debería tener si había quienes se gastaban dinero en su asesinato…Nunca le explicaban los motivos, ni admitían dudas o preguntas simplemente mátelo y tome su plata. Un problema era que el profesor parecía estar siempre en movimiento y siempre acompañado… pero ya se las arreglaría, podría dispararle escondido como un francotirador de los de las películas o esperarlo en la noche en las cercanías de su casa… Desechó esta idea porque necesitaba dinero para ese mismo día, y entre más pronto haga uno las cosas pues mejor.
Con otro café y una galleta el Juchas remplazó el almuerzo. Se sintió un poco débil y con sueño, pero reaccionó al ver salir a los profesores con estudiantes, madres y padres de familia. Pronto identificó al profesor José desenrollando una pancarta verde con la ayuda de unos estudiantes. Reconoció a uno que había visto hablando en la clase. Luego los oyó ensayar una consigna y los vio reírse pues el coro les salió destemplado e incomprensible, él no pudo evitar una sonrisa; sonrisa que se endureció en una mueca al sentir el peso de sus frustraciones, él nunca fue buen estudiante, desertó prematuramente de la escuela, y nunca tuvo un maestro amigo…Su infancia, dolorosa y llena de privaciones le paso por la mente como una vívida película distrayéndolo de la realidad momentánea. Cuando retornó de su abstracción, casi a punto de llorar, abrió bien los ojos para comprobar que todos se habían ido en dirección al centro de la ciudad y que su objetivo se encontraba lejos. Algo doloroso se removió en sus adentros, tal vez el peso de la tarea en que se había comprometido, quizás no debió seguir tan de cerca a aquel maestro, pero sino lo seguía de cerca ¿cómo lo iba a matar? Cada vez estaba más confundido… Impulsivamente partió con rapidez hacia el centro de la ciudad, aunque por una calle diferente a la de la manifestación, así llegaría al centro antes que ellos.
Mientras caminaba fue repasando su vida sin sentido, los rostros ya sin nombre de otros muertos por los que le pagaron, la maldición de esos dineros que se le iban en vicio, el dolor de una indolencia mal fingida, el arrepentimiento que se le ocultaba debajo de la piel como una desesperación, a la que ya se había acostumbrado pero que nunca terminaba de irse. Hasta su nombre propio había desaparecido aplastado por su personalidad de pandillero y sicario, ahora era El Juchas, sobrenombre que odiaba, le parecía inmundo, pero nadie sabía su verdadero nombre.
Al llegar al centro, escuchó desde las otras calles los ecos de varias manifestaciones que se acercaban desde distintas áreas de la ciudad. Una voz aguda, de timbre metálico aunque frágil, elevaba una arenga por encima de la plaza que él no podía ver e imaginaba llena de gentes indignadas… pero de algún modo felices, unidas y solidarias en su lucha.
Intempestivamente entró a un edificio sucio y destartalado, subió por una escalera de maderas que crujieron a punto de romperse por el peso de sus pisadas. El centinela lo reconoció y sonriendo lo miró pasar. Empujó una puerta asustando a unos hombres elegantes que rodeados del humo de sus cigarrillos suspendieron la conversación y lo miraron con alegre sorpresa.
- ¿Ya lo liquidó? - pregunto uno de ellos, levantando la voz para hacerse oír por encima del fragor de las marchas de protesta que en ese momento confluían hacia la plaza central.
- No. – dijo El Juchas.
Y poniendo la pistola con brusquedad sobre la mesa les dijo casi gritando: - Búsquense a otro, Yo no puedo.- Giró y se precipitó corriendo por las escaleras mirando hacia la multitud de abanderados que en ese momento pasaban frente a aquel edificio.
-¡No se puede! – Gritó con todas sus fuerzas antes de fundirse en aquel río de personas donde reconoció la pancarta verde del profesor José - ¡Este maestro tiene muchas cosas por hacer!

Manuel Pachón
Bogotá, Colombia