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domingo, 3 de noviembre de 2019

La salvación se decide en la práctica (Padre Nicolás Schwizer) 03112019

La salvación se decide en la práctica
Los primeros para Dios son con frecuencia los últimos para los hombres


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Retiros y homilías del Padre Nicolás Schwizer



En el libro de Isaías del Antiguo Testamento se anuncia la reunión de todas las naciones, lenguas y razas en un solo pueblo elegido. En el Nuevo Testamento, Jesús dice a sus paisanos que vendrán extranjeros del norte y del Sur, de Oriente y Occidente, para sentarse a la mesa del Reino de Dios.

Esta universalidad de la salvación de Dios nos deja todavía sin saber nada acerca del número de los que se salvarán. Nos basta con saber que Dios llama a todos, que la puerta que conduce al Reino es estrecha y puede cerrarse en cualquier momento. Lo único importante es la conversión al Evangelio. Todo lo demás es simple curiosidad que nos distrae peligrosamente.

El Evangelio es salvación para los que lo escuchan responsablemente, sean o no descendientes de Abrahán o católicos desde su nacimiento. Escuchar responsablemente el Evangelio es vivirlo, practicarlo en la vida de cada día.

Y esto no es nada fácil. Por eso dice Jesús que la puerta es estrecha y que sólo los que se esfuerzan entraran por ella en el Reino de Dios.

No basta con escuchar sermones o ir a misa todos los domingos. No son las prácticas piadosas las que nos van a salvar. Todo esto tiene su valor, pero sólo cuando nos ayuda y anima a vivir nuestra fe en la vida de cada día: en nuestra vida personal y familiar, nuestra vida social y profesional, nuestra vida política...

El último día, el Señor reconocerá sólo a aquellos que ahora y aquí lo reconocen en los hombres. Reconocer a Jesús en los hombres, es reconocer la dignidad de cada ser humano, respetar sus derechos, tener en cuenta sus necesidades y, sobre todo, solidarizarse con los pobres, los marginados, los oprimidos. Cualquier cosa que hagamos a uno de estos, al Señor mismo se lo estamos haciendo.

“Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”. Llegará el gran Día del juicio, y entonces vendrá la sorpresa implacablemente sobre muchos que se creyeron los verdaderos cristianos.

Y estos, que se tuvieron a sí mismos por los primeros, dirán: “Señor, ábrenos”. Y el Señor les contestará: “No sé quienes sois”. Y ellos comenzarán a decir: “Hemos comido tu pan y bebido tu sangre, tu Evangelio se ha predicado en nuestras iglesias.”
Pero el recuerdo de todas estas prácticas religiosas no servirá de nada si no va acompañando de la prueba verdaderamente decisiva en el juicio: del amor a los demás, sobre todo a los necesitados.

Llegará el gran Día del juicio, y entonces vendrá felizmente la sorpresa sobre muchos hombres de oriente y occidente, del norte y del sur. Son los que practicaron en el mundo el mensaje cristiano del amor.
Por eso, el Señor les abrirá la puerta, los sentará a su mesa y les dirá: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui peregrino, y me acogisteis...”
Los primeros para Dios son con frecuencia los últimos para los hombres. Porque Dios no juzga según las apariencias, sino que ve en el corazón.

Hay un cristianismo oficial que es bueno cuando expresa auténticamente en palabras y obras las actitudes de la fe, la esperanza y el amor pero que es vana hipocresía cuando no es así.
En cambio, hay otro cristianismo sin nombre, anónimo, que no se expresa en ritos y palabras, pero que realiza en la vida el mensaje de Cristo.

La verdad cristiana es eminentemente práctica. Consiste en la conversión del hombre hacia un orden nuevo, en el que habita la justicia, la paz, la fraternidad y el amor. Los hombres que trabajan por estos valores, se salvarán y ascenderán a los primeros puestos.

Queridos hermanos, esforcémonos para que Dios nos encuentre también entre ellos y nos deje entrar en su Reino celestial.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Cómo vivo mi cristianismo durante la semana?
2. ¿Qué acciones hago en pro de los necesitados?
3. ¿Se nota mi cristianismo en mi ambiente laboral, familiar…?

sábado, 2 de marzo de 2019

Con el corazón de niño (Evangelio meditado) 02032019

Con el corazón de niño
Es una gracia que Jesús nos mire como niños.


Por: Claudio De Castro | Fuente: Catholic.net 



Había una pequeña capilla a la que solía acudir cuando vivía en Colón. Quedaba enfrente de mi casa.

Me encantaba porque celebraban misa a las seis de la mañana y podía asistir antes de ir al colegio.

Cruzaba la calle simplemente, y la felicidad inundaba mi alma de niño.

Sabía con certeza que Jesús estaba allí. Esto era algo que sobrecogía el alma. Una de las cosas que más me gustaban, además de esto, era que estaba seguro de que María también se encontraba en la capilla. Y que al visitar a Jesús, podía también visitar a su madre.

Disfrutaba mucho pensando en ello. Recuerdo la banca donde me sentaba y desde allí me maravillaba ante estos misterios.

Hace poco he vuelto a Colón y visité la capilla. Entré como un hombre, pero a medida que caminaba, me hacía otra vez un niño. Y me senté en la misma banca, como el niño Claudio que solía ir a visitar a Jesús.

Es una gracia que Jesús nos mire como niños, pensé. Por eso le dije, "Déjame tener nuevamente el corazón puro, del niño aquél que se sentaba en esta banca y cuya alegría mayor era estar contigo. Jesús, cuando me mires, mírame como a un niño".

Fue una hermosa experiencia. Volver a estar ante Jesús sin complicaciones, hablarnos con ternura, tener la certeza de que me escuchaba, que estaba allí, esperándome a través de los años.

Tengo la costumbre de salir de paseo con mis hijos. Han crecido. Hace apenas unas semanas que lo comprendí. Cuando vamos a salir de algún lugar suelo decirles, "vamos niños". Pero la última vez que lo hice, los miré y pensé, ya no son niños. Y asombrado me dije, "desde hoy tendré que decirles, "vamos muchachos". Pero para mí siguen siendo niños.

Sólo niños…

Hoy encontré una reflexión del Cardenal Roger Etchegaray. Me encantó porque revivió mi experiencia. Nunca dejamos de ser niños a los ojos de nuestra madre.

"Quién es el más grande en el reino de los cielos? Llamando a un niño, Jesús lo puso entre ellos y dijo: ‘El que se haga pequeño como este niño, ese será el más grande en el reino de los cielos’" (Mateo 18,1-5) Así, cuando le preguntan por lo grande, Jesús responde con lo pequeño.

Pero, ¿quién puede ayudarnos a hacernos como niños, si no es María, madre de Dios y madre de los hombres? Sea cual sea nuestra edad, ante nuestra madre nos hacemos, o más bien, nunca dejamos de ser pequeños"

sábado, 29 de diciembre de 2018

Reflexión para aumentar mi fe en Dios (Meditación para hoy) 29122018

Reflexión para aumentar mi fe en Dios
La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela


Por: P. Modesto Lule Zavala msp | Fuente: www.modestolule.com/ 



Algunas personas llegan a pensar que la fe es como la esperanza. Cierto es que la persona que tiene fe tiene esperanza, pero no necesariamente es la esperanza. El catecismo de la Iglesia católica dice: CIC 166: “La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de
Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros”. Es decir, todos en la medida de alimentar nuestra fe y compartirla nos enriquecemos. Dice la carta a los romanos 10, 17: Así pues, la fe nace al oír el mensaje, y el mensaje viene de la palabra de Cristo.
La fe es un don de Dios, es decir, se debe pedir a Dios. La fe se debe separar de la superstición, que es en lo que algunos pueden caer por falta de conocimiento en la religión. La carta a los Hebreos 11, 1, dice: “Tener fe es tener la plena seguridad de recibir lo que se espera; es estar convencidos de la realidad de cosas que no vemos”.
La fe se debe trabajar y en la medida que hay esfuerzo hay esperanza de alcanzar lo que se busca. Dentro del ámbito cristiano esperar algo ya no se reduce a cuestiones meramente egoístas, sino a beneficios para todos.
La madre Teresa de Calcuta dice: “del silencio nace la oración, de la oración nace la fe, de la fe nace el amor, del amor nace la entrega y de la entrega la paz”. Todo lleva un proceso, y para progresar en la fe hay que progresar en el silencio y en la oración y esto conllevará a más dones y virtudes que enriquecerán a la persona y por ende a los que le rodean.
La palabra fe viene del latín FIDES, y significa lealtad. De la misma palabra FIDES se desprende fiel y otras más. La lealtad se la debemos a Dios, en la medida que seamos fieles, es decir leales, podemos esperar como dice en la carta a los hebreos, aquellas cosas que ya hemos pedido, es decir tenemos esperanza en que Dios nos ayudará en lo que necesitamos y todo esto será para cumplir con la voluntad de Dios. Así como la Virgen maría que fue leal a lo que el Señor pedía pudo alcanzar la gloria que Dios Padre concede a todo obediente a su palabra. Los santos son santos por ser leales, por tener fe en que las promesas de Jesucristo se cumplirán en su momento, quizá no en el que pedimos nosotros pues Dios nos concede las cosas no cuando queremos, sino cuando ya estamos preparados.
Hasta la próxima.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Nuestra fe no está muerta, está dormida (Meditación para hoy) 19122018

Nuestra fe no está muerta, está dormida
La clave está en atreverse a creer que el Señor está palpitante en cada orla de su manto


Por: Hermano Lázaro Clemente, fmp | Fuente: Catholic.net 



Tal como ocurriera con los dos sueños del Faraón que José discernió, las dos mujeres que Marcos nos presenta (Mc 5, 21-43), la hemorroísa y la hija de Jairo son en realidad “una sola persona”. Eres tú. Somos cada uno de nosotros. De ninguna de la dos nos ofrece San Marcos su nombre. Pongamos el nuestro, sintámonos aludidos, interpelados, por la Palabra.

Ambas mujeres tienen entre sí un triple nexo que nos permite identificarlas como un solo mensaje del Señor. Por una parte, San Marcos nos presenta “trenzadas” las dos sanaciones. Por otra, ambas “cuentan” 12 años. Pareciera que el Evangelista hubiera “subrayado” en rojo este detalle. Abundemos en él.

La mujer enferma lleva 12 años “perdiendo vida”. La sangre es signo de vida en el contexto bíblico. Curiosamente, 2000 años después, en las campañas de donación de sangre uno de los lemas es “donar sangre es donar vida”. Y así es.

Ella se ha gastado su fortuna en tratamientos que, a la postre, no sólo han resultado infructuosos, sino que han empeorado su estado. Aterricemos: en nuestra vida hay muchas heridas emocionales y situaciones dolorosas por las que vamos “perdiendo” alegría, paz, bondad, etc. Se nos va la “vida... en el Espíritu”, se nos van los frutos. Se nos va la vida, solemos decir ante un golpe de calor estival. Muchas veces nos acostumbramos a confiar demasiado en nuestro propios recursos y experiencia vital para salir del atolladero, porque nos cuesta pedir ayuda. Es como su tuviéramos frío y en lugar de buscar el calor del hermano, quisiéramos “reinventar” el fuego.

Hay diferencia entre ver y mirar, entre oír y escuchar. Tampoco es lo mismo apretujar que tocar. La multitud que apretuja al Maestro nos recuerda a nosotros mismos cuando estamos con el Señor sólo “emocionalmente”, cuando estamos en la Eucaristía “de cuerpo presente”, sin darnos cuenta de la Presencia. Cuando leemos mucho sobre el Evangelio, pero no terminamos de sumergirnos en el Evangelio. Cuando lamentamos lo mal que va el mundo en lugar de dar gracias a Dios “siempre y en todo lugar, porque es justo y necesario”.

Ella toca la orla del manto, es decir la parte de su túnica aparentemente más “alejada” de la mirada del Señor. La túnica representa la Iglesia misma, que “reviste” al Señor y le hace visible en el mundo. El testimonio de aquella mujer nos recuerda que el Amor del Señor nos puede sanar sólo con que “toquemos” levemente cualquiera de las piedras vivas que la formamos. Tocar es abrazar es expresar el amor fraterno. Es como la “caricia del Papa” que el Beato Juan XXIII regaló a los padres para sus niños, en el famoso discurso de la Luna la noche inaugural del Concilio.

La hija de Jairo representa nuestra vida en Cristo, nuestro primer amor con el Señor. La joven lleva casi 2000 años teniendo doce, porque la obra de Dios en cada uno de nosotros no envejece. Es como dicen los Padres Orientales de la Iglesia refiriéndose al corazón interior: Nuestra porción de vida eterna, el “lugar” genuino de nuestra semejanza con Dios.

Jairo, jefe de la sinagoga, representa a la Iglesia, que intercede al Señor por todos los hombres y por cada uno de sus hijos, seamos o no conscientes de ello. La niña, en efecto, no es consciente, no puede salir a pedir ayuda. Cuando los amigos de Jairo comentan a éste que ya no hace falta “molestar“ al Maestro, no es difícil aventurar la frase siguiente: “Jesús no ha llegado a tiempo, estaba atendiendo a esta otra señora”. Son los mismos parientes que alternan el llanto desconsolado por la joven difunta con la risa burlesca ante el diagnóstico del Señor: “La niña está dormida”. Ellos representan nuestros sentimientos desbocados, variables, cuando les falta el dominio de sí que los gobierne como el imán a las limaduras de hierro. Pero Jairo confía y deja en manos del Señor a su pequeña. San Marcos no nos dice su nombre, pero en el nombre de su padre está escrita la obra que va a hacer el Señor en ella, porque Jairo deriva de Yag´ir, que significa "Dios iluminará".

En efecto, nuestra fe no está muerta, está dormida. Los “parientes” ya tienen la siguiente pregunta preparada: Si está dormida, ¿por qué a nadie se le ocurrió despertarla? ¿Acaso Jairo o su esposa no hubieran podido tocarle en el brazo levemente? No, porque de ese sueño sólo puede despertarnos la Voz de Cristo. Por eso, cuando sentimos dormido el ánimo y deprimido el corazón sólo la escucha de la Palabra puede hacernos llegar el “Talitha kumi”. Es cierto que también podemos rechazar el diagnóstico del Médico y certificar nuestra desesperanza, como forenses de nosotros mismos. Aun así, a los tres días nos daremos cuenta con asombro de que nuestra “hija de Jairo” no sufre descomposición alguna. Nos daremos cuenta de que nuestra esperanza está viva, pero dormida. Está dormida, pero muy viva.

El lenguaje coloquial viene a iluminar esta realidad con pintoresca gracia: Tras una jornada de fatigoso trabajo solemos decir: “Estoy muerto de cansancio”. Y no nos damos cuenta de que un difunto no experimenta cansancio alguno, al contrario, goza de descanso perfecto. Saquémosle punta a la frase citada: Cuanto más grande es el cansancio experimentado más vivos estamos, más nos hemos apasionado en el trabajo. En clave de Evangelio, los caminos de Dios son distintos de los nuestros, porque cuanto más nos hemos desgastado por los hermanos, más vivos estamos, y más vivos nos sentimos. Cuanto más ha ardido nuestra zarza con el fuego del amor de Dios, más ligera navega la savia del Espíritu por nuestras ramas.

El tercer nexo entre las dos mujeres es que ambas tienen un encuentro personal con el Maestro. La mujer sanada es la única que le ha “tocado”. La orla del manto puede ser cualquier cosa, por pequeña que sea, de la que el Señor se sirve para mostrarnos su presencia en lo cotidiano. Para Blaise Pascal fueron unas notas de órgano, para la Madre Teresa la llamada de un mendigo. La clave está en atreverse a creer que el Señor está palpitante en cada orla de su manto. Ella lo creyó... y así fue.

Y en cuanto a la joven, muchos hablaban de ella, pero sólo Jesús le habló a ella. Y después de despertarla tuvo la emocionante delicadeza de pedir que le dieran de comer. Ahí ha dejado escrita una ulterior exhortación para nosotros: Cuando el Amor de Dios nos saca de nuestra postración, depresión y melancolía, hemos de alimentar a la hija de Jairo, hemos de robustecer nuestra dieta espiritual con los sacramentos, la Palabra, la vida fraterna, etc... Hemos, en suma, de vivir como hijos resucitados.

Hermano Lázaro Clemente, fmp

lunes, 17 de diciembre de 2018

Dios es mi Padre ¿de verdad? (Meditación para hoy) 17122018

“Dios es mi Padre”. Tan hijo suyo como lo fue Cristo, tan amado como él.

Dios es mi Padre ¿de verdad?
Deberíamos caer de rodillas llenos de inmensa gratitud al constatar que el Creador del Universo, me ama con un amor infinito.


Por: H. Roberto Allison, LC | Fuente: elblogdelafe.com 



“Dios es mi Padre”. Primera cosa que aprendemos cuando vamos al catecismo. Y enseguida nos viene a la mente las típicas comparaciones de su amor paternal con el de nuestros papás, así como su infinita paciencia y  el sacrificio que han hecho por nosotros, etc. En resumen Dios nos ama como nos quieren nuestros padres pero a la infinitésima potencia, es con lo que salimos del catecismo. Y terminan los niños su lección de catecismo coloreando a un Señor majestuoso de barbas largas cogiendo de la maño a un niño.

“Dios es mi Padre”. Y lo decimos con la misma naturalidad con la que decimos “Hoy hace calor”, “el Barça ganó este fin de semana pasado”, “Tengo ganas de comer pizza”, sin detenernos un instante en la profundidad que contiene esta frase. Una frase bonita como las que se ponen en los perfiles de Face o Whatsapp.

“Dios es mi Padre”. Sí, es lo que los católicos piensan de la misma manera que un hippie puede decir “mi Madre es la naturaleza” o un azteca “el sol es mi padre”. Una metáfora más en una religión más de una persona más. Una bella idea más de las tantas que han venido diciendo generaciones de escritores, filósofos, cuando no de algún iluminado inspirado. 
Pero en realidad, no debería ser así…
El ser humano es capaz de acostumbrarse a todo. Posee la habilidad de caminar encima de carbones encendidos sin quemarse los pies o de habituarse a vivir en los climas más inhóspitos. Podemos decir que lo mismo sucede en el ámbito espiritual.Nos hemos acostumbramos a escuchar verdades asombrosas. Tenemos entre nuestras manos el fuego ardiente del Evangelio y ya ni siquiera nos calienta.

¡Y es que el pensar que Dios es mi Padre no puede ser algo indiferente! Deberíamos caer de rodillas llenos de inmensa gratitud al constatar que el Creador del Universo, la Bondad Suma, el Ser más poderoso del Mundo, me ama con un amor infinito, con un amor que sólo es digno de Él. Lo peor de todo es que nos hemos habituado ya a escuchar el mismo discurso una y otra vez. No nos lo podemos imaginar de otra forma hasta el punto de que lo extraño ya es imaginar a un Dios lejanos, que no tuviera nada que ver conmigo.
Sin embargo, insisto, al principio no fue así. Esta verdad escandalizaba. La principal razón de la condena de Cristo fue esta: “considerarse Hijo de Dios” (Mt 63-66). Pues no lo decía en un sentido metafórico o simbólico, sino de manera real. La palabra con la que se dirigía a Dios en su oración: “Abbá”, era la expresión con que los niños llamaban a sus padres. Algo así como papi o papaíto en traducción actual. Y esto los judíos no lo pudieron tolerar pues no comprendían cómo Dios se podía dignar amar a alguien como a su Propio Hijo. Y ya sabemos como terminó todo.

“Dios es mi Padre”. Tan hijo suyo como lo fue Cristo, tan amado como él. Somos hijos en el Hijo. Este es el centro del Evangelio, la Buena Nueva que Jesucristo nos vino a revelar. El hombre ya no estará nunca más a merced de las desgracias del destino o de su pecado.  “Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!” (Rm 8, 15) A partir de ahora podremos alzar  siempre la mirada al cielo seguros de que tenemos un Padre que me cuida y ama incondicionalmente. Y esta es una verdad infinitamente más significativa que el clima o si el Barca perdió el juego pasado…

“¡Dios es mi Padre!” ¡Qué don tan grande! Hace falta sólo dejar que estas palabras penetren hondamente en nuestra alma en medio del silencio y de la dicha de ser su hijo.


domingo, 16 de diciembre de 2018

¿Qué puedo hacer para fortalecer mi fe? (Meditación para hoy) 16122018

¿Qué puedo hacer para fortalecer mi fe?
6 consejos prácticos para fortalecer mi fe cuando siento que flaquea


Por: Mauricio Montoya | Fuente: Catholic-link.com 



En nuestro camino de vida es común encontrarnos con momentos en los que la fe flaquea. Momentos en los que todo parece ir bien y cuando menos lo pensamos, renacen las dudas. Cuando esto suceda debemos buscar los medios para afrontar el sentimiento de pérdida o confusión y poner manos a la obra.
Estos son algunos consejos que pueden ayudarnos a fortalecer nuestra fe y regresar a ella.

1. Busca respuestas a tus dudas

Muchos nos hemos encontrado con dudas, pequeñas o grandes. Acerca de aquello en lo que creemos, y no tiene nada de malo, al contrario, es totalmente natural. Hay que verlo como una oportunidad para fortalecer nuestra convicción de fe.
Lo importante aquí, no es el hecho de hacerse preguntas, sino de buscar respuestas y saber donde hacer la búsqueda, pues no todos los sitios web o libros tienen la mejor respuesta. Te recomiendo buscar en el Catecismo de la Iglesia como primera medida, también puedes acercarte a un sacerdote o guía espiritual para que te ayude a aclarar el panorama o acudir al testimonio de diversos santos.

2. Pide a Dios que aumente tu fe

Suena un poco obvio, pero en ocasiones olvidamos acudir a Dios en estos momentos, lo dejamos de lado. En los evangelios encontramos una bella aclamación dirigida a Él: ¡Señor, creo pero aumenta mi fe! (Mc 9, 14-29)es una expresión confiada en que el Señor, en su infinito amor, va a escuchar nuestro clamor y acrecentará nuestra fe.

No es tan sencillo como parece, pero Dios nunca falla. Podremos estar atravesando por duras pruebas, pero Él no nos olvida. Busca un momento del día para dedicarle estas palabras, sincerar tu corazón, reconocerte débil y pedirle ayuda. Perseverar en la oración, aunque parezca complicado, es un aspecto que no podemos dejar de lado.

3. Realiza un examen de conciencia

En aquellos momentos en que tambalea la fe, es fundamental hacer una evaluación de cómo estamos viviendo. Es necesario saber si este decaimiento espiritual se debe a alguna situación de pecado en que hayamos caído. Además, es necesario, acercarnos a la confesión conscientes de que por medio de ella, recibimos la gracia para ser cada vez más fieles al Señor.
Erróneamente se cree que realizar un examen de conciencia, se trata de ponernos en el banquillo de los acusados, pero en realidad, esta es una excelente herramienta que nos sirve como reflejo de lo que somos en determinado momento.

4. Vive la caridad

No hay mayor alegría en el corazón del hombre que la de poder demostrar su amor a los demás por medio del servicio. Te recomiendo acercarte a un centro de salud o una fundación y donar un tiempo de voluntariado,  visitar a un enfermo de tu comunidad, ayudar a alguien que esté pasando hambre, acompañar a quien se encuentra solo.
Estas son solo algunas formas de entregarnos a otros y una poderosa arma contra la desesperanza o la desilusión.

5. Busca dirección espiritual

Te recuerdo que no podemos caminar solos, es necesario que haya alguien que nos acompañe, aliente y corrija en el camino. Buscar dirección espiritual te ayudará a encontrar la luz del Espíritu Santo, refugiarse en él nos servirá de bastón en el proceso de fe y conversión.
Si estás pasando por un momento de crisis de fe, una experiencia de dolor o culpa, o incluso un momento de acción de gracias a Dios, un encuentro con tu director espiritual es totalmente enriquecedor, sentirás cómo es el mismo Señor quien te acoge, escucha y aconseja.

6. Recuerda aquellos momentos en que tu fe ha sido más firme

Es bueno recordar y volver a vivir esos momentos que han permitido que tu fe crezca y se haga más fuerte, pues en ellos encontrarás las pautas para recuperarte en este bello camino hacia Jesús. Es importantísimo que nunca olvides, que no estás solo, sino que tanto la fuerza del Espíritu como la compañía y apoyo de tus hermanos en la fe, están contigo.
Repite diariamente en tu oración personal: ¡Señor, creo pero aumenta mi fe! No temamos pedirle con urgencia a Dios que nos socorra. La fe es una gracia, una gracia que transforma nuestras vidas y la forma en que vemos el mundo. Como gracia que es, es necesario pedírsela a Dios continuamente.
Este artículo fue publicado originalmente por nuestros aliados y amigos:Ir al artículo en Catholic-link.com


miércoles, 12 de diciembre de 2018

Amor y testimonio (Meditación para hoy) 12122018

Amor y testimonio
Esta es la recomendación que ofrece el Papa para transmitir la fe


Por: Redacción | Fuente: ACI Prensa 



En la homilía de la Misa celebrada en la Casa Santa Marta, en el Vaticano, el Papa Francisco explicó cómo transmitir la fe, cómo evangelizar sin caer en el proselitismo.
El Santo Padre puso de relieve que el testimonio y la coherencia de vida cristiana son esenciales para transmitir la fe a los demás. Es ese testimonio de vida, de coherencia el que prende la llama de la fe en los otros al suscitar la curiosidad.
Transmitir la fe no es dar información –explicó Francisco–, sino fundar un corazón, fundar un corazón en la fe en Jesucristo. No se puede transmitir la fe mecánicamente: ‘Coge este libro, estúdialo y luego te bautizo’. No. El camino para transmitir la fe es otro: transmitir aquello que hemos recibido. Este es el desafío de un cristiano: ser fecundo en la transmisión de la fe. Y también es el desafío de la Iglesia: ser madre fecunda, dar a luz a los hijos en la fe”.
El Papa insistió en que un primer requisito para la transmisión de la fe es el amor, y el segundo el testimonio, y puso de relieve la importancia de la transmisión de la fe a través de las generaciones. Explicó que “transmitir la fe no es hacer proselitismo, es otra cosa, más grande”.
Transmitir la fe no es como “buscar gente que apoye a un equipo de fútbol, a un club, a un centro cultural. Eso está bien, pero para la fe no sirve el proselitismo. Benedicto XVI lo explicó bien: ‘La Iglesia no crece por medio del proselitismo, sino por la atracción’. La fe se transmite por atracción, es decir, por medio del testimonio”.
Ese testimonio de fe, según señaló el Santo Padre, consiste en dar testimonio cada día de aquello en lo que se cree que es justo a los ojos de Dios, suscitando la curiosidad de los que están alrededor.
El testimonio provoca curiosidad en el corazón del otro, y esa curiosidad la toma el Espíritu Santo para hacer el trabajo por dentro. La Iglesia cree por atracción, crece por atracción. Y la transmisión de la fe se da mediante el testimonio, hasta el martirio”.
“Cuando se ve esta coherencia de vida con aquello que decimos, siempre surge la curiosidad: ‘pero, ¿por qué este vive así? ¿Por qué lleva una vida de servicio a los demás?’.
Y esa curiosidad es la semilla que recoge el Espíritu Santo y la lleva adelante. Y la transmisión de la fe nos hace justos, nos justifica. La fe nos justifica y en su transmisión damos justicia verdadera a los demás”, finalizó el Papa.

lunes, 10 de diciembre de 2018

La fe nos salva (Meditación para hoy) 10122018

La fe nos salva
La fe es un don y una tarea, nos da vida y nos mantiene con vida aquí y en la eternidad.


Por: P. Eusebio Gómez Navarro | Fuente: es.catholic.net 



Somos lo que pensamos y lo que creemos. Según pensamos en positivo o negativo, vivimos en el cielo o en el infierno. Todo es posible para el que cree, pues si Dios está con nosotros, ¿quién podrá contra nosotros? Dios camina con nosotros y no tenemos que temer, sino apoyarnos en Él y saber que de derrota en derrota se ha logrado llegar a la victoria final (Churchill). Estamos en las manos de Dios.

 La fe es don y tarea, es misterio, exige compromiso. El cristiano tiene una gran tarea y una gran ocasión en la sociedad de la incredulidad funcional y de la incredulidad de los hombres ávidos de sentido: se trata de ser testigos de la profundidad en medio de la profanidad (J. M. Mardones).

La fe nos da la seguridad de que Dios camina con nosotros, de que para Él y con Él todo es posible, de que con su presencia tenemos todo: sol, luz, paz, bien, vida. Si falta Él, no tenemos nada. Lord Byron tiene estas significativas palabras: Cuando nos acercamos a casa, es dulce oír cómo ladra el perrito al sentir nuestra presencia, como si quisiera darnos la bienvenida. También nosotros marcharemos un día a la casa del Padre, y es consolador pensar que Cristo nos espera en ella con una dulce sonrisa. Sin fe, estamos perdidos.

La fe nos salva, nos mantiene vivos, nos da la vida aquí, y la eterna.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Firmes en nuestra fe. (Meditación para hoy) 01122018

Firmes en nuestra fe.
Si Dios nos ama tanto ¿por qué permite que nos sucedan situaciones dolorosas? ¿por qué permite que exista el mal? 


Por: Marta Crespo | Fuente: http://www.evangelizacioncatolica.org/ 



Cada mañana al despertar, es momento para reflexionar sobre el valor de la vida. La misma que nos regala Dios a través de la maravilla de la concepción y que se manifiesta en nuestro caminar diario. A veces, hay momentos en donde ese caminar se ve empañado por situaciones extremadamente fuertes que nos inducen al cuestionamiento de la existencia de Dios.

A consecuencia de esas desviaciones que creamos en respuesta a los golpes que recibimos de la vida, vamos alejándonos cada vez más de Dios. Incluso, podemos ir sumergiéndonos en el mar del ateísmo sin darnos cuenta. “Con frecuencia el ateísmo, se funda en una concepción falsa de la autonomía humana, llevada hasta el rechazo de toda dependencia respecto a Dios. Sin embargo, el reconocimiento de Dios no se opone en ningún modo a la dignidad del hombre, ya que esta dignidad se funda y se perfecciona en el mismo Dios.” (cf GS 20,1; 21,3)

Sin embargo, según Enrique Cases: “lo que el hombre puede decir de Dios está sometido a la limitación en imperfección del hombre. Por eso hay religiones más o menos perfectas, en la medida que expresen mejor o peor lo que Dios es.” Cabe señalar que nuestra religión católica se presenta como acción de Dios quien ha escogido y designado a unos hombres en particular y dándole su santa bendición, los envía hablar de él a los demás hombres. A través de la religión es que nos encontramos definitivamente con Dios. Por ende, el cristianismo es un descenso de Dios hasta el nivel de la humanidad. De esta forma, se fortalece un vínculo entre Dios y el mundo, llegando a tener una comunicación directa con Dios.

Existen muchas razones por las cuales debemos creer en Dios. Primero que nada, porque nos dio la vida, la familia, la naturaleza, la sabiduría. Porque se siente en cada uno de nuestro interior, porque nos da la fortaleza para sobrellevar las crisis de nuestras vidas. Y más importante aún porque no hay ser humano que pueda crear en un laboratorio la mayor obra maestra de Dios: el amor.

Y entonces, si Dios nos ama tanto ¿por qué permite que nos sucedan situaciones dolorosas? ¿por qué permite que exista el mal? Son cuestionamientos profundos que no siempre tienen una fácil explicación. Pero, muchas veces las permite porque precisamente son esas situaciones las que nos hacen acercarnos a él y reflexionar en nuestra fe. Por otra parte, el mal existe porque nosotros mismos permitimos que exista; ya que Dios nos ama tanto que nos permite elegir entre el bien y el mal. Y son aquellos que eligen el mal, los encargados de hacer daño a los demás.

La responsabilidad recae en nosotros, ya que la fe cristiana se basa en nuestro vínculo con Dios que se manifiesta a través de la oración. Las plegarias mueven montañas, pero éstas deben hacerse con fe. Por último, debemos creer en Dios y en su palabra, porque sin él sencillamente no existiríamos. “ Es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual”. (DV 21 CIC)

viernes, 30 de noviembre de 2018

La fe como confianza que libera y transforma (Meditación parta hoy) 30112018

La fe como confianza que libera y transforma
Además de don, la fe es un acto profundamente humano y libre.


Por: Ramiro Pellitero | Fuente: iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com 



Hoy necesitamos personas que sepan capaces de constituir un “banco de tiempo” verdadero, de tiempo vivo, que es el tiempo que dedicamos a servir a los demás
      En otro lugar hemos hablado de Michael Ende y su“Historia Interminable”. En Momo (1973), el mismo autor cuenta la historia de los ladrones de tiempo, los “hombres grises” que promueven un “banco de tiempo”, pero en realidad es un tiempo robado y muerto. Y de una niña que devolvió el tiempo a los hombres. Esta novela se considera, entre otras cosas, como una crítica al consumismo o al materialismo. Momo es sobre todo capaz de escuchar, y por eso inspira confianza, y así contribuye a la verdadera libertad, a la verdadera vida que tiene que ver con el amor. Aunque fuera solamente por eso, puede representar la actitud de quien atiende a las necesidades de los demás.
      Confianza, que libera y vivifica plenamente la existencia humana, es la fe cristiana. A ello ha dedicado El Papa emérito Benedicto XVI su audiencia del 24 de octubre.
      Ha comenzado con estas preguntas: «¿Qué es la fe? ¿Tiene sentido aún la fe en un mundo donde la ciencia y la tecnología han abierto horizontes, hasta hace poco tiempo impensables? ¿Qué significa creer hoy?».
      Y en el desarrollo de su reflexión, ha quedado claro cómo debe ser la educación en la fe, es decir, la catequesis y la formación cristiana en todas las edades, y la enseñanza escolar y académica de la religión. Lo primero es transmitir la vida que la fe engendra; transmisión que no es posible si el educador de la fe no la vive y lucha por crecer en ella. Esa transmisión de la vida de fe es lo que hace posible profundizar en el conocimiento de los “contenidos” de la fe y de la historia de la salvación.
La educación en la fe nace primero de la confianza
      «En nuestro tiempo —señala el Papa ya desde el principio— es necesaria una renovada educación en la fe, que incluya por cierto un conocimiento de su verdad y de los acontecimientos de la salvación, pero que principalmente nazca de un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo, de amarlo, de confiar en él, de tal modo que toda la vida esté involucrada con él».
      Ha seguido explicando cómo es el «desierto espiritual» en que amenaza convertirse nuestra cultura occidental: a pesar del proyecto de progreso que está en sus orígenes y el bienestar, y los avances científicos y tecnológicos alcanzados, prosigue la falta de una libertad verdaderamente humana, y abunda la explotación y la injusticia, la mentalidad materialista, y la paradójica “fe” en cualquier cosa.
Algunas preguntas importantes
      En este contexto, apunta el Papa, surgen algunas preguntas fundamentales, mucho más concretas de lo que aparentan: «¿Qué sentido tiene vivir? ¿Hay un futuro para el hombre, para nosotros y para las generaciones futuras? ¿En qué dirección orientar las decisiones de nuestra libertad en pos de un resultado bueno y feliz de la vida? ¿Qué nos espera más allá del umbral de la muerte?».
 Las respuestas que da la ciencia no son suficientes. «Nosotros necesitamos no solo el pan material, necesitamos amor, sentido y esperanza, de un fundamento seguro, de un terreno sólido que nos ayude a vivir con un sentido auténtico, incluso en la crisis, en la oscuridad, en las dificultades y en los problemas cotidianos».
Confianza, libertad, transformación
      Y esto, continúa, es lo que nos da la fe: «Una confianza plena en un ‘Tú’, que es Dios, el cual me da una seguridad diferente, pero no menos sólida que la que proviene del cálculo exacto o de la ciencia». Y es que «la fe no es un mero asentimiento intelectual del hombre frente a las verdades (de la fe), en particular sobre Dios; es un acto por el cual me confío libremente a un Dios que es Padre y me ama; es la adhesión a un ‘Tú’ que me da esperanza y confianza».
      Ciertamente, explica Benedicto XVI, que esta adhesión a Dios no carece de“contenido”. Y el contenido es que Dios nos ha revelado en Cristo su amor sin medida, que le ha llevado a morir nosotros para resucitar y elevarnos hasta la altura divina. Precisamente, «la fe es creer en este amor de Dios, que no disminuye ante la maldad de los hombres, ante el mal y la muerte, sino que es capaz de transformar todas las formas de esclavitud, dando la posibilidad de la salvación».
      Insiste el Papa: «Tener fe, entonces, es encontrar ese ‘Tú’, Dios, que me sostiene y me concede la promesa de un amor indestructible, que no solo aspira a la eternidad, sino que la da; es confiar en Dios con la actitud del niño, el cual sabe que todas sus dificultades, todos sus problemas están a salvo en el ‘tú’ de la madre».
      De este modo gráfico, Benedicto XVI subraya la confianza, «la certeza liberadora y tranquilizadora de la fe», que nos lleva a proclamarla y demostrarla con nuestra vida y nuestra palabra.
La fe: don de Dios y acto libre
      Ciertamente, observa, existe la posibilidad del rechazo de la fe por parte de aquellos a quienes nos dirigimos, pero esto no ha de infundirnos temor ni desaliento. Tenemos experiencia, en nosotros mismos y en la historia, de que la semilla de la fe puede producir abundantes frutos de justicia y de paz, de amor y de renovaciónen la humanidad. Pero no debemos olvidar que la fe es ante todo un don de Dios, como dice el Concilio Vaticano II (cf. DV, 5), que se perfecciona con el bautismo, por el que entramos en la comunidad de fe que es la Iglesia.
      Además de don, la fe es un acto profundamente humano y libre. Así lo afirma elCatecismo de la Iglesia Católica«Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre» (n. 154). Y agrega Benedicto XVI: «Más aún, las implica y las exalta, en una apuesta de vida que es como un éxodo, es decir, un salir de sí mismo, de las propias seguridades, de los propios esquemas mentales, para confiarse a la acción de Dios que nos muestra el camino para obtener la verdadera libertad, nuestra identidad humana, la verdadera alegría del corazón, la paz con todos».
      Dicho brevemente: «Creer es confiar libremente y con alegría en el plan providencial de Dios en la historia, como lo hizo el patriarca Abraham, al igual que María de Nazaret».
Decir que "sí" a Dios
      En consecuencia: «La fe es, pues, un acuerdo por el cual nuestra mente y nuestro corazón dicen su propio ‘sí’ a Dios, confesando que Jesús es el Señor. Y este ‘sí’ transforma la vida, abre el camino hacia una plenitud de sentido, la hace nueva, llena de alegría y de esperanza fiable».
      Y concluye: «Nuestro tiempo requiere de cristianos que estén aferrados a Cristo, que crezcan en la fe a través de la familiaridad con la Sagrada Escritura y los sacramentos. Personas que sean casi un libro abierto que narra la experiencia de la vida nueva en el Espíritu, la presencia de un Dios que nos sostiene en el camino y que nos abre hacia la vida que no tendrá fin».
      Volviendo a la historia de Momo, hoy necesitamos personas que sepan capaces de constituir un “banco de tiempo” verdadero, de tiempo vivo, que es el tiempo que dedicamos a servir a los demás. Entre ellos, por un motivo y con una ayuda muy especial (la misma vida de Cristo) hemos de estar los cristianos. No, por tanto, como“personas grises” que corren de un lado para otro buscando solamente lo que se toca, se compra y se vende. Al contrario, y, como consecuencia de la fe, dedicando tiempo a las necesidades de los demás, como reflejo de nuestra confianza en Dios y en cada uno de ellos; dándoles, en ese tiempo, una parte de nosotros mismos.