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martes, 30 de octubre de 2018

La niña triste (Josefina SOLANO MALDONADO)

La niña triste

Josefina SOLANO MALDONADO




Hasta que salía de los ojos una mezcla de embrujo y alquimia, sortilegio oscuro para el dios Tariacuri, hasta que los negros y grises teñían las montañas mexicanas de Tenochtitlán, hasta que la tinta manaba como una savia oscura del corazón malherido de la deidad, la niña Aurorita, olvidada de colores y sol, iba dibujando un paisaje sinuoso en el que siempre rotulaba un nombre: Cumiechúcuaro o región de los muertos. Por doquier manos desencajadas, piernas gangrenadas, cintos y látigos bordeando la lámina como una cenefa que brotara del terror.
Hacía poco que la niña Aurorita iba a la escuela. Desde que nació había llevado una vida trashumante, deambulando con su padre por todo México, ofreciendo cacharros y cucañas de buhonero a las mujeres que salían a su encuentro. Ahorita vivía en una casa, situada en un barrio humilde de la capital. La maestra Lupita se dio cuenta de que algo pasaba. El aspecto de la niña era desaliñado, se sentaba siempre en el último banco, y allí junto a la ventana, clavaba sus ojos en los árboles desmedrados del patio. En clase estaba como ausente, no jugaba con sus compañeros, permanecía siempre aislada y silenciosa, haciendo siempre el mismo dibujo sin colores vivos, dibujos como la producción de un mundo agresivo y deshumanizado.
-¿Y mamita?
-No tengo mamita, doña Lupe.
-¿Por qué vistes de esa manera?
-No tengo dinero para comprarme ropa nueva. ¡Hasta luego, maestrita!
La niña salió corriendo, esquivando el interrogatorio de la maestra. Al llegar a casa Aurorita encontró a su padre, echado sobre la mesa, ante una botella de charanda y otra de tequila. Tenía el hombre las misierucas y roñas propios de una condición rebelde que mojaba en abundante alcohol. Su faz estaba llena de cacarañas y los ojos, veteados de ramalazos rojos, flotaban en una linfa acuosa y amarillenta dando a su mirada el carácter ruin de los borrachos. Desde que había abandonado su oficio de buhonero, no hacía más que beber buscando cobardemente el olvido de la mujer a la que había amado y perdido en el parto de Aurorita. Consumía esperanzas, fumaba gregarismos, su lenguaje entre leguleyo y vulgar denotaba su hastío y flaqueza.
-¡Aurorita! ¡Aurorita! Ven a platicar conmigo, chamacona.
-Papito, ¿sabes que la maestra Lupita no quiere que vaya a la escuela con este vestido descolorido y harapiento?.
-Tienes ya once años, Lupita, tienes edad para defenderte de alimañas como esas.
Pero tú tan desobediente como siempre, ¡ojalá nunca hubieras nacido!, eres la culpable de que muriera tu madre.
La niña no rehuyó las miradas como había hecho otras veces y abordó a su padre nuevamente:
-La maestra Lupita me ha dicho que yo no tengo la culpa de nada.
-¿Entonces por qué murió tu madre? ¡contesta!.
-Murió porque se puso enferma, yo no tengo la culpa.
-¿Enferma dices? ¿enferma?, tú la hiciste enfermar. Yo no quería hijos pero ella se empeñó, y llegaste tú, mala pécora, arrebatándomela para siempre.
-¡La maestra dice que yo no tuve la culpa!.
-¡No me grites! Voy a enseñarte lo que esa zorra no hace, voy a enseñarte normas de comportamiento y buenos modales, renacuajo.
El papito se quitó el cinto y golpeó a Aurorita hasta dejarle marcada la espalda. Como siempre hacía después de la paliza, la niña se encerró en su pieza y comenzó a dibujar el Cumiechúcuaro. Negros. Grises. Dioses con lengua de serpiente. Manos blandiendo espadas. Cuerpos perforados.
Después de acabar la botella de tequila el papito empezó a golpear con los puños la puerta de la recámara diciendo:
-¡Sal de ahí y prepara la cena que para eso eres una mujer!.
La niña se acurrucó tras las cortinas.
-¡Qué salgas, chamaca del demonio!.
Tan violentas fueron las embestidas que la puerta cedió abriéndose de par en par.
-¿Dónde estás, charra?
Aurorita siguió agazapada tras las cortinas como un animal enfermo. Cuando el hombre la encontró, la agarró por la trenza y la obligó a salir de la recámara.
-¡Prepara la cena ahorita mismo!
La niña entró en la cocina y sin que su padre la viera saltó por la ventana que daba a un descampado seco y polvoriento. Corrió hasta llegar a casa de la maestra.
-Maestra, Lupita, mi papacito me pega.
Lupita le desabotonó el vestido y vio la espalda amoratada. Con sumo cuidado le fue bizmando las heridas, le enjugó el rostro, le puso un huipil limpio , y la acunó en su regazo como un bebé.
-Había una vez una niñita que vivía en un jacal, situado en un lejano rancho de Oaxaca. Día tras día despellejaba panochas y milpes que luego vendía en el mercado. Todos los que por allí pasaban miraban su cara y sólo encontraban una expresión triste. Pronto se corrió la voz por todo el país de que en Oaxaca había una niña que no sabía sonreír. Fueron muchos los que se acercaron hasta aquel lugar remoto para ver a la chamaquita. Ella seguía en su labor, con la cabeza gacha y los ojos acuosos por el llanto. Vino cierto día un payaso del circo que recientemente había llegado a México, se puso delante de ella e intentó por todos los medios hacerla reír. No resultó. Fueron vanos los intentos de acróbatas, saltinbamquis, mozos y viejos para que la niña triste aprendiera a ser de otro modo, para viera la hermosura azul del cielo, para que visitara los tianguis, para que se divirtiera con los juguetes de chicle y papa, para que oyera el ayotl, timbal de tortuga, que muchos se ofrecían a tocarle. Llegaron hombres que le hablaron de Moctezuma, llegaron ancianas que le contaron historias de hechiceros aztecas y princesas chichimecas. Pero ella siguió siendo la niña triste. Una mañana de primavera, se acercó hasta ella una mujer de larga cabellera y huipil bordado que sentenció que alguien la había desterrado al Cumiechúcuaro tolteca, donde sólo había melancolía y tristeza. Aquella mujer se acercó a la niñita, le acarició las mejillas con sus manos suaves, recogió en sus dedos el amargo llanto, la abrazó arropándola junto a su pecho y la besó hasta el cansancio. Después de repetir aquel ceremonial durante tres días, la niña triste sonrió. ¿Sabes lo que le pasaba a la niñita?
-¿Qué maestrita?
-Que nunca supo lo que era el amor y la ternura hasta que aquella mujer se lo ofreció. Tú eres otra niña triste, pero yo voy a conseguir rescatarte del Cumiechácuaro, para enseñarte que también existe el cariño. ¿Cuántos besos te han dado a lo largo de tu vida?
-Papito no me ha besado nunca, doña Lupita.
La maestra besó a Aurorita y la llenó de besos, logrando arrancarle una sonrisa.
-Así me gusta, mi niña. No volverás a ser una niña triste.
No habían acabado la plática, cuando oyeron que alguien golpeaba violentamente la puerta. Doña Lupita abrió y se encontró frente a ella a un hombre borracho con un cinto en la mano.
-Le has llenado de pájaros la cabeza a mi chamaca, maestra, y eso no se hace.
-¡Váyase de mi casa!.
-¿Dónde está mi hija?.
-Le he dicho que se vaya de casa.
Fue tal la algarabía y trapatiesta que el borracho formó que los vecinos acudieron alarmados. La luz incierta de la tarde aislaba la sombra de Aurorita, escondida tras un sillón, con los ojos cerrados y las manos puestas en los oídos para no oír, para no ver, para no sentir de nuevo el miedo.
-¡Quiero a mi hijita! ¡la quiero! -gritaba el borracho mientras golpeaba el suelo con el cinto.
No tardaron en personarse las autoridades policiales, que comprobaron que era cierto la que tantas veces doña Lupita les había contado en comisaría. Al cabo de dos meses se dictaminó que la niña se quedara bajo la guardia y tutela de la maestra.
La niña Aurorita le fue devolviendo el color a sus dibujos.
La niña Aurorita aprendió a abrazar.
La niña Aurorita aprendió a reír.

Josefina Solano
Málaga, España

domingo, 21 de octubre de 2018

España: Beatificación de Tiburcio Arnáiz Muñoz en Málaga 21102018

Beato Tiburcio Arnáiz Muñoz © Vatican News

España: Beatificación de Tiburcio Arnáiz Muñoz en Málaga

Homilía del Cardenal Angelo Becciu
(ZENIT – 21 oct. 2018).- El 20 de octubre de 2018, el Cardenal Angelo Becciu, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, presidió en la Catedral de Málaga (España) la ceremonia de beatificación de Tiburcio Arnáiz Muñoz, sacerdote de la Compañía de Jesús.
Arnáiz nació en Valladolid el 11 de agosto de 1865. Fue ordenado sacerdote el 20 de abril de 1890, y desde 1893 fue párroco en Villanueva de Duero hasta al menos 1896. Se unió a los jesuitas el 30 de marzo de 1902.
En 1911 estuvo en Málaga donde se dedicó a atender a los pobres y necesitados. Pronto se preocupó por aquellos que viven en granjas y en otras zonas rurales, aunque también pasó algún tiempo en Loyola.
Cofundó en 1922 los Misioneros de las Parroquias Rurales, junto a la Sierva de Dios María Isabel González del Valle Sarandeses, a quienes había conocido. Esta organización sería útil para el sacerdote en su compromiso inquebrantable con el bienestar moral y cultural de los pobres, con un énfasis adicional en aquellos que vivían en áreas remotas y rurales.
En junio de 1926, cayó enfermo al predicar la novena para el Sagrado Corazón de Jesús. Sufrió una fiebre alta y le enviaron un coche para llevarlo a su residencia donde estuvo recluido en cama y pronto se le diagnosticó. Murió a causa de esto un mes después, sus restos fueron enterrados en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, en Málaga, después de que sus compatriotas jesuitas obtuvieran un permiso especial para hacerlo.
Sigue la homilía pronunciada por el cardenal Angelo Becciu, Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos durante la santa misa de beatificación de Tiburcio Arnaiz Muñoz, celebrada esta mañana en Málaga (España).
***
Homilía del cardenal Angelo Becciu
 “Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios” (Lc 12,8).
Queridos hermanos y hermanas,
Estas palabras que hemos escuchado en el Evangelio nos recuerdan nuestra responsabilidad de ser testigos de Jesús. Mientras estaba rodeado por la multitud que lo seguía, Jesús, antes de hablar a las miles de personas, se dirige a sus discípulos y les recuerda un hecho que sucederá al final de los tiempos: el juicio final. Este será pronunciado por Dios Padre, juez justo, rodeado de ángeles, y en la presencia decisiva del Hijo del hombre. Este no es otro que el mismo Jesús. Él, mientras habla a los discípulos, es consciente de que el Padre lo ha destinado a actuar como el Hijo del hombre en el último día, cuando desempeñará la función de abogado de los justos, es decir, aquél que tiene el poder de decidir por cada persona ante el tribunal de Dios. Y esto es lo que sucederá: el que sea reconocido por Él se salvará; quien no sea reconocido por Él será condenado. La intervención del Hijo del hombre en nuestro favor dependerá de un hecho preciso: ¿hemos reconocido o no a Jesús en el curso de nuestra vida? Reconocerlo o negarlo en este mundo será decisivo para nuestro destino final. La posición que asumamos ante Cristo será decisiva para nuestro destino eterno; todo se jugará en dos palabras: “me reconocerá” o “me negará”.
Reconocer a Cristo significa no tener el temor de declararse cristianos, siendo testigos de su Evangelio y de los valores en él contenidos. Negar a Cristo significa rechazar tanto a Él como a su enseñanza de vida, de amor, de justicia, de paz, de fraternidad. Es más, ¡negar a Cristo significa no haber experimentado su amor!
Y el reconocimiento de Jesús debe hacerse “ante los hombres”, es decir, públicamente; de hecho, poco antes él mismo había recordado: “lo que digáis al oído en las recámaras se pregonará desde la azotea” (Lc 12,3). El amor de Dios que ha tocado nuestros corazones en algún momento de nuestra vida debe brotar y volverse efusivo y operativo. Si se secara, todo perdería color, sentido, luz. Seríamos como sarmientos separados de la vid, que únicamente sirven para ser arrojados al fuego.
La fe profesada con los labios debe manifestarse en una actitud de amor total hacia el mundo y hacia las realidades que nos rodean. El creyente está llamado a ser presencia viva y penetrante del Evangelio en el tejido cultural y social en el que vive. En este sentido, el Santo Padre Francisco afirmó: “Recordémoslo bien todos: no se puede anunciar el Evangelio de Jesús sin el testimonio concreto de la vida. Quien nos escucha y nos ve, debe poder leer en nuestros actos eso mismo que oye en nuestros labios” (Homilía en la Basílica de San Pablo Extramuros, 14 de abril de 2013).
El beato Tiburcio Arnaiz Muñoz, con el intenso sabor de su fiel testimonio del Evangelio hasta el heroísmo, supo impregnar de la doctrina de Cristo el ambiente en el que vivió, contribuyendo así a la misión de la Iglesia en el mundo. Con su vida, marcada por las buenas obras, nos ofrece un claro ejemplo de fe sincera y profunda, enriquecida por el sentido de la presencia de Dios y por la disposición a conformar su existencia con la voluntad divina. El intenso y fructífero ministerio apostólico de este celoso sacerdote e hijo espiritual de San Ignacio de Loyola se ejerció sobre el fundamento de la fe y de la caridad, todo orientado a la edificación de las almas y a la salvación de quienes fueron objeto de su cuidado pastoral. Su vivaz y cálida predicación se convirtió en un motivo decisivo para la conversión de muchos, especialmente durante las misiones populares, a través de las cuales llevaba a cabo una intensa y fructífera evangelización y promoción social.
Él fue un pastor según el corazón de Cristo y un misionero de la fe y de la caridad. Fue el típico ejemplo del “pastor con olor a oveja”, como hoy diría el Papa Francisco. Fue un intrépido heraldo del Evangelio, especialmente entre los más humildes y olvidados de los llamados “corralones”, los barrios más pobres y también más hostiles a la Iglesia de Málaga, consumiendo su vida por el prójimo, sostenido por un gran amor a Dios. Él encontró el valor fundamental de su vida sacerdotal y religiosa precisamente en el don de sí mismo y en el ferviente ministerio de la Palabra. De este rasgo esencial de su fisonomía pastoral hizo partícipes a un grupo de fieles laicas, comprometidas con la catequesis en las zonas rurales, que aún hoy, reunidas en la sociedad de vida apostólica de las Misioneras de las Doctrinas Rurales, realizan un apreciable apostolado.
 ¿De dónde provenía todo este ardor apostólico del Beato Tiburcio Arnaiz Muñoz? De una vida espiritual intensa, que encontró su culmen en la oración y en la Eucaristía: precisamente de aquí él obtenía la fuerza para poder gastarse sin reservas en el ministerio sacerdotal. Esta unión con el Señor, fruto de la fe, era la razón de su esperanza y se manifestaba después en el amor a los demás. En el encuentro orante con Cristo, corazón con corazón, él fue madurando poco a poco en ese conocimiento del Señor (Ef 1,17), al que nos invitaba San Pablo en la segunda lectura, obteniendo así un “espíritu de sabiduría” (ibíd.) a través del cual formaba y guiaba las conciencias en la incansable actividad del confesionario, punto de referencia en la Iglesia del Corazón de Jesús para los penitentes de Málaga y de otros lugares, de la dirección espiritual, de los retiros y, sobre todo, de los Ejercicios espírituales predicados a personas de todas las clases sociales.
Queridos hermanos y hermanas: ¿cuál es el mensaje que el Beato Tiburcio Arnaiz Muñoz ofrece a la Iglesia y a la sociedad de hoy? Él representa para todos nosotros, singularmente para los sacerdotes y las personas consagradas, el ejemplo del hombre que no se conforma con lo ya conquistado sino que, siendo dócil a las exigencias del espíritu, se propone entregarse a Dios con mayor radicalidad. De aquí nace su decisión de ingresar en la Compañía de Jesús tras doce años de ministerio diocesano. Él respondió al amor de Dios a través de una creciente entrega en el ministerio y en el amor por los últimos, los descartados. ¡Cuánta necesidad hay, en nuestros días, de abrir el corazón a las necesidades espirituales y materiales de tantos hermanos nuestros, quienes esperan de nosotros palabras de fe, de consuelo y de esperanza, así como gestos de atenta acogida y de generosa solidaridad!
Presentar a Tiburcio Arnaiz Muñoz, hoy, a la Iglesia, significa reafirmar la santidad sacerdotal, pero sobre todo supone dar a conocer a un ministro de Dios que hizo de su existencia un camino constante, luminoso y heroico de total entrega a Dios y a los hermanos, especialmente los más débiles. Él se sentía corresponsable de los males espirituales y morales, así como de las heridas sociales de su tiempo y era consciente que no podía salvarse sin salvar a los otros.
Esta asunción de responsabilidad, esta madurez de fe, este estilo de presencia sacerdotal y cristiana en el mundo, son también necesarios en el actual contexto eclesial y social, el cual tiene extrema necesidad de la presencia y del compromiso de sacerdotes, de personas consagradas y de fieles laicos que sepan testimoniar con coraje y firmeza, con entusiasmo e ímpetu, su mismo sentirse con Cristo, en Cristo y por Cristo, convirtiéndose en testigos creíbles del Evangelio.
El nuevo Beato representa para la Iglesia de hoy un modelo que estimula a vivir de Cristo, al tiempo que para toda la sociedad supone una antorcha capaz de iluminar la historia de nuestros tiempos.
Que su ejemplo nos acompañe y su intercesión nos sostenga. Por eso le invocamos: ¡Beato Tiburcio Arnaiz Muñoz, ruega por nosotros!
© Librería Editorial Vaticano

sábado, 20 de octubre de 2018

«El daño sigue ahí, pero sin síntomas; es inexplicable»: el milagro del padre Tiburcio Arnaiz 19102018

Unas 10.000 personas acuden este sábado en Málaga la beatificación del jesuita

«El daño sigue ahí, pero sin síntomas; es inexplicable»: el milagro del padre Tiburcio Arnaiz


Manuel Antonio y su esposa Encarnita llevan las ofrendas en la beatificación - la curación inexplicable de Manuel Antonio es un milagro
Manuel Antonio y su esposa Encarnita llevan las ofrendas en la beatificación - la curación inexplicable de Manuel Antonio es un milagro
Este sábado 20 de octubre miles de personas acudirán a Málaga a la beatificación del jesuita Tiburcio Arnáiz (www.padrearnaiz.es, 1865-1926). Las calles cercanas a la catedral ya tienen dispuestas unas 9.000 sillas y diez grandes pantallas. Trescientos voluntarios atenderán a 15 obispos, 200 sacerdotes y a las autoridades jesuitas españolas. La ceremonia empieza a las 11 de la mañana y será retransmitida por Trece TV, Cope Málaga, 101 TV Málaga, Radio María y las diferentes redes sociales de la Diócesis de Málaga.
El milagro: un infarto gravísimo... sin secuelas
La beatificación es posible al haber reconocido la Iglesia la intercesión celestial del jesuita en la curación milagrosa del malagueño Manuel Antonio Lucena que en 1994 se recuperó sin secuelas tras un infarto que sufrió y que lo mantuvo sin oxigenación 10 minutos.
Manuel Antonio no era en ese entonces devoto de Arnáiz, ni lo conocía. Él y su mujer, Encarnita Moya, han hablado del entusiasmo que sienten estos días en la web de la Diócesis de Málaga.
"Pensar que a través de mí se ha manifestado este milagro… Yo volví a la vida por la petición que mi hermana le hizo. Ha removido la fe de toda la familia y muchos nos van a acompañar en este día tan importante”, asegura Lucena.
Me hospitalizaron, yo no recuerdo nada. Al noveno día hospitalizado, cuando nadie daba nada por mi vida, mi hermana, que era devota del padre Arnáiz, pidió a toda la familia que se encomendaran a él”, relató Manuel Antonio a Aciprensa. 
Encarnita Moya, la esposa, cuenta en la web de la Diócesis de Málaga como fue el ataque. “Aquel 7 de junio yo estaba en casa con mis hijas, que eran pequeñas, mientras él practicaba deporte con varios amigos. De pronto, me llamaron para decirme que me fuera al hospital. En un primer momento me dijeron que se había partido una pierna, pero yo sabía que había algo más. Fui sin perder tiempo y me encontré que estaba en coma. La situación era crítica y no nos daban esperanza ninguna de que se recuperara, y si lo hacía sería con grandísimas secuelas. Mi cuñada sacó la estampa del Padre Arnáiz (recuerda emocionada), la metió debajo de la almohada y comenzó la novena”.
Manuel Antonio estuvo más de dos meses hospitalizado en la Unidad de Cuidados Intensivos, porque su estado era muy grave. Le dieron la extremaunción en tres ocasiones. Pero la familia de Manuel Antonio, y en especial su esposa y su hermana, seguían rezando con muchísima fe al P. Arnaiz. Encarnita asegura que la estampa del P. Arnaiz  estuvo todos los días bajo la almohada de Manuel Antonio.
"El daño sigue ahí... pero sin síntomas: inexplicable"
Los médicos le fueron retirando la asistencia, esperando a ver cómo afloraban los daños neurológicos que presentaba su cerebro. Poco a poco fue respondiendo, cuenta su esposa, caminando, andando… y hoy en día no presenta ningún síntoma, a pesar de que las pruebas demuestran que el daño está ahí. Es algo inexplicable”.
Los médicos nos preguntaban si nos habíamos encomendado a alguien, si éramos católicos… Nosotros contestamos que sí, que nos habíamos encomendado al P. Arnaiz”, recuerda Encarnita a Aciprensa.
La hermana de Manuel Antonio presentó su caso a la causa de canonización del P. Arnaiz. Después de numerosas pruebas médicas y testimonios de todas las personas que intervinieron en el caso de Manuel Antonio, se envió toda la documentación a la Santa Sede.
El Papa Francisco y la Congregación para las Causas de los Santos certificaron el pasado 18 de diciembre de 2017 que la curación de Manuel Antonio fue un milagro hecho por intercesión del P. Tiburcio Arnaiz.
En la beatificación el matrimonio presentará las ofrendas en compañía de dos de sus hijas: otra está en el extranjero y no puede viajar por estar embarazada. «El Padre Arnaiz es ya uno más de la familia. Está con nosotros todos los días y lo tenemos presente siempre», confiesan.
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El jesuita Tiburcio Arnaiz llegaba a muchos lugares gracias a la oración, a su enorme red de colaboradores y a que casi no dormía
Un santo volcado en los necesitados
Tiburcio Arnaiz nació en 1865 en Valladolid en el seno de una familia humilde que lo bautizó con el nombre del santo del día. La muerte de su padre con apenas unos años y los apuros económicos marcaron su infancia, ingresando muy joven en el seminario. Cuando murió su madre entró en la Compañía de Jesús, siendo trasladado, tras varios destinos, a Málaga.
Las crónicas de la época relatan que cuando murió en 1926 su cadáver fue expuesto a la veneración pública durante tres días y que al paso del cortejo fúnebre, que estuvo presidido por las máximas autoridades de la ciudad, se cerraron todos los comercios. Entonces se obtuvo licencia de Roma y del Ministerio de Gobernación para que pudiese ser enterrado en la Iglesia del Sagrado Corazón en Málaga, donde cuentan que se formaban largas colas delante de su confesionario.
Un monumento que se realizó por suscripción popular lo recuerda en el ensanche de Armengual de la Mota, además de contar con una calle con su nombre en El Palo, entre otros reconocimientos.
Mil iniciativas contra la pobreza... y procesiones en la calle
Arnaiz se volcó en combatir la pobreza y el analfabetismo. Impulsó la construcción de una casa de acogida para señoras con pocos recursos, cuidaba de los pequeños de la Casa del Niño Jesús, promovió la apertura de la Librería Católica de Málaga, visitaba a los enfermos tanto en sus casas como en el hospital, retomó la procesión del Corazón de Jesús por las calles de Málaga pese a que el ambiente sociopolítico del momento lo desaconsejaba,pasaba bastante horas en la cárcel guiando a los presos… Tenía colaboradores en la ciudad y en los pueblos por donde sirvió. Apenas dormía, y solía hacerlo en una silla o sobre una esterilla en el suelo.
Su trabajo apostólico más original se inició en los corralones de los barrios más humildes de la Málaga de principios del siglo XX. Alquilaba una habitación en el corralón y allí creaba una pequeña escuela en la que, ayudado por sus colaboradores, enseñaba a los niños a leer, escribir y hacer cuentas junto con nociones del catecismo.
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El vicepostulador de la causa, Vicente Luque, junto a la tumba del padre Tiburcio
Escuelas rurales en aldeas donde nadie llegaba
Poco a poco, estas ‘migas’ se fueron extendiendo por las zonas más desfavorecidas de la ciudad y esta fórmula fue el germen de su mayor aportación: las doctrinas rurales, con las que quería llegar a las aldeas y cortijos donde no acudía nadie a enseñar. Creó entonces las Misioneras Rurales (www.mdrurales.com) que a día de hoy continúan con su legado.
Son muchos los favores y hechos milagrosos que se atribuyen a su intercesión, como cuando en un año de sequía en Alfarnatejo el padre Arnaiz pidió a su patrón que lloviese y comenzó a diluviar. O cuando curó a un niño una afección de erisipela o la tuberculosis a una pequeña, entre otros muchos
Más datos sobre el nuevo beato y la ceremonia en: www.padrearnaiz.es

lunes, 23 de julio de 2018

La niña triste (Josefina SOLANO MALDONADO)

La niña triste

Josefina SOLANO MALDONADO




Hasta que salía de los ojos una mezcla de embrujo y alquimia, sortilegio oscuro para el dios Tariacuri, hasta que los negros y grises teñían las montañas mexicanas de Tenochtitlán, hasta que la tinta manaba como una savia oscura del corazón malherido de la deidad, la niña Aurorita, olvidada de colores y sol, iba dibujando un paisaje sinuoso en el que siempre rotulaba un nombre: Cumiechúcuaro o región de los muertos. Por doquier manos desencajadas, piernas gangrenadas, cintos y látigos bordeando la lámina como una cenefa que brotara del terror.
Hacía poco que la niña Aurorita iba a la escuela. Desde que nació había llevado una vida trashumante, deambulando con su padre por todo México, ofreciendo cacharros y cucañas de buhonero a las mujeres que salían a su encuentro. Ahorita vivía en una casa, situada en un barrio humilde de la capital. La maestra Lupita se dio cuenta de que algo pasaba. El aspecto de la niña era desaliñado, se sentaba siempre en el último banco, y allí junto a la ventana, clavaba sus ojos en los árboles desmedrados del patio. En clase estaba como ausente, no jugaba con sus compañeros, permanecía siempre aislada y silenciosa, haciendo siempre el mismo dibujo sin colores vivos, dibujos como la producción de un mundo agresivo y deshumanizado.
-¿Y mamita?
-No tengo mamita, doña Lupe.
-¿Por qué vistes de esa manera?
-No tengo dinero para comprarme ropa nueva. ¡Hasta luego, maestrita!
La niña salió corriendo, esquivando el interrogatorio de la maestra. Al llegar a casa Aurorita encontró a su padre, echado sobre la mesa, ante una botella de charanda y otra de tequila. Tenía el hombre las misierucas y roñas propios de una condición rebelde que mojaba en abundante alcohol. Su faz estaba llena de cacarañas y los ojos, veteados de ramalazos rojos, flotaban en una linfa acuosa y amarillenta dando a su mirada el carácter ruin de los borrachos. Desde que había abandonado su oficio de buhonero, no hacía más que beber buscando cobardemente el olvido de la mujer a la que había amado y perdido en el parto de Aurorita. Consumía esperanzas, fumaba gregarismos, su lenguaje entre leguleyo y vulgar denotaba su hastío y flaqueza.
-¡Aurorita! ¡Aurorita! Ven a platicar conmigo, chamacona.
-Papito, ¿sabes que la maestra Lupita no quiere que vaya a la escuela con este vestido descolorido y harapiento?.
-Tienes ya once años, Lupita, tienes edad para defenderte de alimañas como esas.
Pero tú tan desobediente como siempre, ¡ojalá nunca hubieras nacido!, eres la culpable de que muriera tu madre.
La niña no rehuyó las miradas como había hecho otras veces y abordó a su padre nuevamente:
-La maestra Lupita me ha dicho que yo no tengo la culpa de nada.
-¿Entonces por qué murió tu madre? ¡contesta!.
-Murió porque se puso enferma, yo no tengo la culpa.
-¿Enferma dices? ¿enferma?, tú la hiciste enfermar. Yo no quería hijos pero ella se empeñó, y llegaste tú, mala pécora, arrebatándomela para siempre.
-¡La maestra dice que yo no tuve la culpa!.
-¡No me grites! Voy a enseñarte lo que esa zorra no hace, voy a enseñarte normas de comportamiento y buenos modales, renacuajo.
El papito se quitó el cinto y golpeó a Aurorita hasta dejarle marcada la espalda. Como siempre hacía después de la paliza, la niña se encerró en su pieza y comenzó a dibujar el Cumiechúcuaro. Negros. Grises. Dioses con lengua de serpiente. Manos blandiendo espadas. Cuerpos perforados.
Después de acabar la botella de tequila el papito empezó a golpear con los puños la puerta de la recámara diciendo:
-¡Sal de ahí y prepara la cena que para eso eres una mujer!.
La niña se acurrucó tras las cortinas.
-¡Qué salgas, chamaca del demonio!.
Tan violentas fueron las embestidas que la puerta cedió abriéndose de par en par.
-¿Dónde estás, charra?
Aurorita siguió agazapada tras las cortinas como un animal enfermo. Cuando el hombre la encontró, la agarró por la trenza y la obligó a salir de la recámara.
-¡Prepara la cena ahorita mismo!
La niña entró en la cocina y sin que su padre la viera saltó por la ventana que daba a un descampado seco y polvoriento. Corrió hasta llegar a casa de la maestra.
-Maestra, Lupita, mi papacito me pega.
Lupita le desabotonó el vestido y vio la espalda amoratada. Con sumo cuidado le fue bizmando las heridas, le enjugó el rostro, le puso un huipil limpio , y la acunó en su regazo como un bebé.
-Había una vez una niñita que vivía en un jacal, situado en un lejano rancho de Oaxaca. Día tras día despellejaba panochas y milpes que luego vendía en el mercado. Todos los que por allí pasaban miraban su cara y sólo encontraban una expresión triste. Pronto se corrió la voz por todo el país de que en Oaxaca había una niña que no sabía sonreír. Fueron muchos los que se acercaron hasta aquel lugar remoto para ver a la chamaquita. Ella seguía en su labor, con la cabeza gacha y los ojos acuosos por el llanto. Vino cierto día un payaso del circo que recientemente había llegado a México, se puso delante de ella e intentó por todos los medios hacerla reír. No resultó. Fueron vanos los intentos de acróbatas, saltinbamquis, mozos y viejos para que la niña triste aprendiera a ser de otro modo, para viera la hermosura azul del cielo, para que visitara los tianguis, para que se divirtiera con los juguetes de chicle y papa, para que oyera el ayotl, timbal de tortuga, que muchos se ofrecían a tocarle. Llegaron hombres que le hablaron de Moctezuma, llegaron ancianas que le contaron historias de hechiceros aztecas y princesas chichimecas. Pero ella siguió siendo la niña triste. Una mañana de primavera, se acercó hasta ella una mujer de larga cabellera y huipil bordado que sentenció que alguien la había desterrado al Cumiechúcuaro tolteca, donde sólo había melancolía y tristeza. Aquella mujer se acercó a la niñita, le acarició las mejillas con sus manos suaves, recogió en sus dedos el amargo llanto, la abrazó arropándola junto a su pecho y la besó hasta el cansancio. Después de repetir aquel ceremonial durante tres días, la niña triste sonrió. ¿Sabes lo que le pasaba a la niñita?
-¿Qué maestrita?
-Que nunca supo lo que era el amor y la ternura hasta que aquella mujer se lo ofreció. Tú eres otra niña triste, pero yo voy a conseguir rescatarte del Cumiechácuaro, para enseñarte que también existe el cariño. ¿Cuántos besos te han dado a lo largo de tu vida?
-Papito no me ha besado nunca, doña Lupita.
La maestra besó a Aurorita y la llenó de besos, logrando arrancarle una sonrisa.
-Así me gusta, mi niña. No volverás a ser una niña triste.
No habían acabado la plática, cuando oyeron que alguien golpeaba violentamente la puerta. Doña Lupita abrió y se encontró frente a ella a un hombre borracho con un cinto en la mano.
-Le has llenado de pájaros la cabeza a mi chamaca, maestra, y eso no se hace.
-¡Váyase de mi casa!.
-¿Dónde está mi hija?.
-Le he dicho que se vaya de casa.
Fue tal la algarabía y trapatiesta que el borracho formó que los vecinos acudieron alarmados. La luz incierta de la tarde aislaba la sombra de Aurorita, escondida tras un sillón, con los ojos cerrados y las manos puestas en los oídos para no oír, para no ver, para no sentir de nuevo el miedo.
-¡Quiero a mi hijita! ¡la quiero! -gritaba el borracho mientras golpeaba el suelo con el cinto.
No tardaron en personarse las autoridades policiales, que comprobaron que era cierto la que tantas veces doña Lupita les había contado en comisaría. Al cabo de dos meses se dictaminó que la niña se quedara bajo la guardia y tutela de la maestra.
La niña Aurorita le fue devolviendo el color a sus dibujos.
La niña Aurorita aprendió a abrazar.
La niña Aurorita aprendió a reír.

Josefina Solano
Málaga, España

lunes, 17 de julio de 2017

Termómetro de cristianofobia de 16 de julio

Termómetro de cristianofobia de 16 de julio

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16 julio 2017


            Y bien, amigos, henos aquí una vez más con el Termómetro de persecución religiosa, para ti que eres una persona informada y quieres conocer lo que nadie te quiere contar, con estos escenarios en esta ocasión.

            En Nigeria. El medio sudafricano News 24 se hace eco del video publicado por el grupo terrorista Boko Haram, en el que muestra como asesina a ocho personas con los ojos vendados y tirados en el suelo de un tiro en la nuca ante una multitud a la que un hombre con un turbante blanco, informa de que los asesinados son “apóstatas del islam”. El video muestra también otros castigos aplicados por el grupo, como lapidación por adulterio, decapitación por tráfico de drogas, amputación por robo, o flagelación por beber alcohol, es muy similar a los difundidos en octubre de 2014, en los que se mostraba la lapidación de un hombre por adulterio, una amputación por robo, una pareja flagelada por mantener relaciones extramatrimoniales y un militar capturado y decapitado, y va dirigido a mostrar al mundo que, contrariamente a lo que sostiene el Gobierno nigeriano, la banda no ha sido derrotada y continúa operativa.

            En India, según matters India, más de cien cruces y las placas de las tumbas de un cementerio en el sur de Goa han sido profanados el pasado día 10 de julio. Se trata del cuarto incidente similar en el curso del último mes, hasta el punto de que la policía de Goa ha formado un equipo especial para la desarticulación de los grupos que realizan los actos en cuestión.

            En Mali. Según informa el medio digital Religión en Libertad, el pasado 1 de julio el grupo yihadista Nusrat al-Islam wal Muslimeen, filial de Al Qaeda en Mali, emitía a través de la red encriptada Telegram un video en el que se veía con vida a la monja colombiana Gloria Cecilia Narváez, de la congregación de las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada, secuestrada el pasado 7 de febrero cerca de Koutiala, al este de Bamako, capital de Mali, y junto con ella, otros cinco rehenes de la banda, la francesa Sophie Petronin, el sudafricano Stephen McGowan, el australiano Elliot Kenneth Arthur, el rumano Iulian Ghergut y la suiza Beatrice Stockly. La religiosa lleva 6 años trabajando con los pobres del país, pero el terrorista que habla en el video asegura que “fue enviada a Mali para ayudar a los cruzados”.

            En Yemen, segun informa. Asia News el sacerdote salesiano Tom Uzhunnalil, secuestrado en Yemen en marzo de 2016 “sigue con vida”, según Abdulmalik Abduljalil Al-Mekhlafi, vice primer ministro y ministro de Relaciones Exteriores de Yemen en visita oficial a la India, país originario del religioso. El padre Tom fue secuestrado con ocasión del ataque a las Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa perpetrado el pasado 4 de marzo de 2016, en el cual fueron asesinadas cuatro monjas y otras doce personas, por lo que hace más de un año que se halla en cautiverio.

            En España. Según recoge el Centro Tomás Moro el pasado 30 de junio la Gerencia municipal de Urbanismo del Ayuntamiento de Málaga, gobernado por el Partido Popular, difundió un comunicado en el que anunciaba que “en el plazo de diez días se iba a proceder a retirar los símbolos o imágenes religiosas y políticas colocadas en los espacios públicos”. El Centro recuerda que no es la primera vez que el PP se suma a la cristianofobia de la izquierda. “Muchísimas felicidades a la Drag Queen ganadora del 20 aniversario del certamen más loco y divertido” fue la felicitación de la formación a la actuación blasfema que ganó el certamen del Carnaval en Las Palmas.

            En Estados Unidos. Según Persecution.org el grupo ateísta Freedom From Religion Foundation (FFRF), Fundación para la libertad frente a la religión, la emprende ahora con una cruz existente a un lado del Kuebler Boulevard en la ciudad de Salem, en el estado de Oregón, erigida hace más de diez años en recuerdo de su madre, muerta en accidente de tráfico, por unos niños que desde entonces se hacen cargo de los gastos de limpieza y de todo tipo que genera el monumento. El grupo ha enviado una carta de queja al alcalde de Salem, alegando que la cruz es inconstitucional por hallarse en suelo público y que representa una afrenta para el 23% de la población que, según ellos, no profesa religión alguna, a los que se manda un mensaje discriminatorio.

            Volviendo a España, un episodio similar de cristianofobia, pero éste realizado no desde el ateísmo, sino desde el abertzalismo. En el pueblo vizcaíno de Larrabezu, derriban una cruz de piedra de 50 toneladas levantada en 1938, con grúas e importante aparato… ¡y se les cae en el sentido contrario al que habían previsto! La cosa no habría ido a mayores de no ser porque para presenciar el espectáculo del derribo, se habían aglutinado unas decenas de vecinos y autoridades, los cuales, por hallarse en el lugar en el que no se esperaba que cayera la cruz, se vieron alcanzados por las enormes piedras que salieron despedidas como consecuencia del impacto de la fábrica con el suelo. Cuatro personas sufren heridas de diversa consideración y una de ellas, edil del ayuntamiento de Larrabezu, ha tenido que ser incluso operada de ambas piernas, con roturas de tibia y peroné.



            ©L.A.
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