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domingo, 6 de marzo de 2016

Mensaje del Cardenal Marc Ouellet por el Día de Hispanoamérica 06032016

Mensaje del Cardenal Marc Ouellet por el Día de Hispanoamérica

Cardenal Marc Ouellet, Presidente Pontificia Comisión para América Latina - AP
05/03/2016 12:12
“Testigos de la Misericordia”
 
(RV).- La Comisión Pontificia para América Latina responde positivamente a S.E. Mons. Braulio Rodríguez, Presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de la Conferencia Episcopal Española, a su solicitud de un Mensaje para el “Día de Hispanoamérica”, que la Iglesia de Dios que está en España celebra el 6 de marzo de 2016.
En efecto, todas las Diócesis españolas celebran el “Día de Hispanoamérica” con el lema de “Testigos de la Misericordia”, lo que constituye una jornada clave para posicionar la Misericordia como signo distintivo y, a la vez, como una invitación a todos los que prestan su servicio misionero en América Latina.
(MFB - RV).
Texto del Mensaje de la Presidencia de la Comisión Pontificia para América Latina con motivo del Día de Hispanoamérica en las diócesis de España
Es un hecho muy significativo y apreciable que en la actualidad haya más de 9.000 misioneros y misioneras españoles cooperando con las Iglesias locales de América en la actividad misionera. Si bien en su mayoría provienen de Congregaciones religiosas, son unos 1.000 los sacerdotes diocesanos españoles presentes en dichas Iglesias particulares, de los cuales 300 han partido acogiéndose a la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana (OCSHA), servicio de la Conferencia Episcopal Española encomendado a su Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias. Incluso realizan allí su labor evangelizadora más de medio millar de laicos españoles, muchos de ellos como familias misioneras. Por ello, la Comisión Pontificia para América Latina no puede dejar de responder positivamente a S.E. Mons. Braulio Rodríguez, presidente de la mencionada Comisión Episcopal, a su solicitud de un mensaje para el próximo “Día de Hispanoamérica”, que la Iglesia de Dios que está en España celebrará el 6 de marzo de 2016.
Esta importante cita se dará en pleno curso del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, convocado por el santo padre Francisco con la bula Misericordiae Vultus [MV] e inaugurado el 8 de diciembre Mensaje de la CAL 4 de 2015, en la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Es muy oportuna y adecuada, pues, la elección del lema para este día: «Testigos de misericordia», signo distintivo y, a la vez, invitación urgida para todos los que prestan su servicio misionero en América Latina. De este modo, se da efectiva respuesta de comunión a la invitación del papa a «contemplar el misterio de la misericordia» (MV, n. 2), a dejarnos abrazar por el amor misericordioso de Dios y a convertirnos en discípulos, testigos y misioneros de su misericordia. «Será un año para crecer en la convicción de la misericordia» (Francisco, Homilía en la apertura de la Puerta Santa del Jubileo, 8.XII.2015).
Un amor sin límites...
«Este amor misericordioso – afirmó el santo padre Francisco con ocasión de la festividad de Nuestra Señora de Guadalupe (12.12.2015) – es el atributo más sorprendente de Dios, la síntesis en la que se condensa el mensaje evangélico, la fe de la Iglesia». Dios nos ama con un amor gratuito, sin límites, sin esperar nada a cambio, siempre dispuesto a perdonarnos, abrazando incluso nuestras miserias para liberarnos de ellas. Nos ha de causar siempre renovado estupor y gratitud esta inaudita pasión de Dios por nosotros: «el Verbo se hizo carne», siendo rico se anonada para compartir la condición humana, para hacerse compañero en el camino de la existencia de todos los hombres, para curarlos y servirlos con un amor lleno de compasión y ternura, para dar la vida por nosotros y abrirnos así las puertas de una vida nueva, reconciliada. El Hijo de Dios no se ha avergonzado ni nos ha condenado por nuestras limitaciones y llagas, sino que ha venido hasta nosotros para introducirnos en su vida, en su familia y en su casa. Este es el designio misericordioso del Padre, que el Hijo pone de manifiesto y lleva a cabo hasta sus últimas consecuencias y que el Espíritu Santo difunde en la existencia humana mediante su gracia de perdón y salvación.
Este mensaje de la Iglesia universal ha de llegar a cada uno de los misioneros y misioneras que servís a las Iglesias y a los pueblos de América Latina. Cada uno de vosotros está invitado, ante todo, a pasar por la “Puerta Santa” – ¡que es Cristo mismo! –, en las catedrales o santuarios de las Iglesias locales en las que prestáis servicio, para «descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. Es Él el que nos busca. Es Él el que sale a nuestro encuentro» (Francisco, Homilía, 8.XII.2015). ¡Qué mejor ocasión para renovar nuestro seguimiento fiel a Jesucristo y nuestro servicio entregado a la misión universal de la Iglesia! Os deseo de todo corazón, si es que aún no lo habéis hecho, que paséis por la “Puerta Santa”, recitando el Credo de los apóstoles, rezando por las intenciones del pastor universal y acercándoos después al sacramento de la reconciliación. A cincuenta años del Concilio Vaticano II este gesto nos vuelve a recordar con fuerza el llamado universal a la santidad.
El Jubileo Extraordinario de la Misericordia es un llamamiento a la conversión de cada uno. No se trata de una genérica exhortación a la humanidad. ¡No! Este amor, esta pasión, este perdón, esta reconciliación, son ante todo para mi vida y tu vida. No son realidades para los otros. Son «para ti, para mí. Un amor activo, real. Un amor que sana, perdona, realza, cuida» (Francisco, Discurso, 10.VII.2015). Si no se da esta apertura del corazón de la persona a la gracia, de nada valen todas las aperturas de las demás puertas. Por eso, cada uno de los misioneros y misioneras españoles en América Latina quedáis llamados por vuestro propio nombre a vivir este Jubileo en toda su profundidad, verdad y belleza. Esta experiencia jubilar nos pacifica el corazón, nos pone nuevamente en camino más allá de tropiezos y caídas, nos llena de alegría y esperanza, nos alienta ante las dificultades y fracasos, nos convierte en «testigos de misericordia» allí donde la Providencia de Dios nos ha destinado a servirlo en sus hijos más necesitados. Nos convertimos, sí, en «testigos de misericordia» cuando experimentamos esa misericordia de Dios hacia nuestras propias personas y nos entregamos con entusiasmo a una nueva búsqueda de crecimiento espiritual.
... y sin confines
¿Acaso no ha sido la sorprendente experiencia de ese inaudito amor de Dios hacia cada uno de vosotros, queridos misioneros, lo que os ha llevado a desear compartirlo de todo corazón y con las manos llenas mediante la entrega a la misión ad gentes? ¡No tiene confines el amor de Dios! Supera toda frontera geográfica, étnica, social, política, cultural. Está destinado a todos, sin excepción, sin exclusiones. Por la gratitud y desbordamiento de ese amor con el que hemos sido abrazados hemos emprendido el camino de la misión. La misión no es otra cosa que compartir la misericordia compasiva y redentora que Dios me ha hecho experimentar y que quiere ofrecer a todos los hombres. Es el ardiente anhelo de que los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar experimenten la mirada misericordiosa de Dios. El mismo papa Francisco se define como un pecador en el que Dios ha puesto su mirada misericordiosa. ¿Qué tendríamos que decir cada uno de nosotros? Es esta la experiencia originaria que os lleva a convertiros en misioneros y misioneras, dentro de un abrazo de amor que anhelamos para todos. Toda la Iglesia «vive un deseo inagotable de ofrecer misericordia» (Evangelii gaudium, n. 24). «La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo» (MV, n. 10).
Sois, por gracia de Dios, sus testigos en medio de la grey que os ha sido confiada. Antes que todo anuncio, antes que toda catequesis, 7 Testigos de misericordia antes que todo servicio, importa que nuestra mirada hacia los que encontramos en las más diversas circunstancias de la vida exprese un reflejo sorprendente de la ternura, compasión y misericordia de Dios. Como en el primerísimo momento del encuentro de Jesús con el joven rico, cuando, «fijando en él los ojos, lo amó»; o como con la samaritana en el pozo, no obstante fuese extranjera para los judíos y casada varias veces; o como con el publicano Zaqueo, que se había subido al árbol para verle pasar y que le recibirá en su casa; o como con María Magadalena, inmediatamente perdonada porque mucho amó. Estamos llamados a acoger a todos, sin poner condiciones morales preventivas, para hacerlos partícipes del amor de Dios, que perdona, cura y salva, que cambia la vida llenándola de “sentido” y felicidad. Sea el paradigma de nuestra misión misericordiosa la actitud del samaritano que se detiene ante el herido en el camino, que se interesa por su persona, que le lava sus heridas, que lo conduce a esa posada en la que podemos entrever la imagen del “hospital de campaña” con que el papa Francisco muestra a la Iglesia en acción.
¡Cuántos son los heridos en el cuerpo y en el alma que encontramos en las ciudades y en los campos, mientras recorremos los caminos de la misión! Son muchos los que sufren la soledad y el desaliento, los afectados profundamente por la ruptura de los vínculos familiares, las mujeres maltratadas, abandonadas y que cargan con el drama del aborto, los ancianos considerados un estorbo, los niños huérfanos de afecto y educación, los migrantes y refugiados que golpean a nuestras puertas, los desempleados, los que han perdido su trabajo, los que trabajan en condiciones precarias o sufren explotación, las víctimas de las drogas y de la violencia, los que viven en condiciones miserables...
Todos cargamos con las propias heridas, pero no podemos quedar indiferentes ante los que soportan el tremendo peso del desamparo, del sufrimiento, de la 8 Mensaje de la CAL desesperanza. Solo el milagro del encuentro con Dios mediante nuestro testimonio de caridad y misericordia puede ir cicatrizando heridas y hacer reemprender el camino de la vida con esperanza. Este Año Santo nos invita a peregrinar al encuentro de los más necesitados como humildes servidores de obras materiales y espirituales de misericordia.
Tres recomendaciones
Me permito, finalmente, dejaros tres recomendaciones concretas para este Año Jubilar, como «testigos de misericordia». La primera es que estéis muy disponibles, si es posible en los confesionarios, para acoger a tantas personas a las que la perseverante predicación del papa Francisco está conduciendo al sacramento del perdón y la reconciliación. Es una gracia de Dios para nuestro tiempo eclesial que se redescubra por doquier este sacramento, que quizás haya sido a veces algo descuidado en nuestra acción pastoral. No os canséis de pedir perdón, repite con confianza el papa a los fieles de todo el mundo. Dios perdona todo, «setenta veces siete», siempre que invoquemos su perdón. Para muchos esta experiencia sacramental es de auténtica conversión y pacificación. ¡Todos la estamos necesitando! Facilitemos, pues, este acercamiento a quienes Dios mismo ha puesto como ministros de su perdón y reconciliación.
La segunda recomendación que me permito plantearos es alentar vuestra convicción de que, siendo cierto que la misericordia y el perdón se dan la mano con la justicia, la animan desde dentro y la sobrepasan en el amor, que es incluso amor a los enemigos. Vivimos en tiempos tensos y violentos. Muchas veces somos testigos de la violencia en los ámbitos familiares donde tendrían que reinar los afectos más íntimos, compartimos la cotidianidad de la inseguridad ciudadana, por todas partes se exacerban los conflictos, y no faltan las estrategias de quienes defienden sus intereses y sostienen sus causas con la brutalidad de las armas, sin detenerse ante los crímenes terroristas. Predicar y ofrecer el perdón puede parecer algo “angelical”, ilusorio; sin embargo, es fuerza profética para ir recomponiendo el tejido familiar y social, para suscitar una cultura del encuentro, para educar en la “amistad social”, para abrir los caminos del “Príncipe de la Paz”, para impregnar de verdad y amor las relaciones humanas y estructuras sociales. ¡Seamos educadores, testigos y misioneros de la misericordia, convencidos de que la gracia del perdón y la reconciliación es más fuerte que la acción demoníaca de la división y violencia entre hermanos!
La tercera recomendación es que renovéis con todo fervor filial vuestro amor a la santísima Virgen María, Madre de Misericordia. Nadie como Ella experimentó la misericordia de Dios en su propia vida, desde la encarnación del Verbo hasta la muerte de su Hijo en la cruz. Por eso tiene un corazón tan inmenso y tan lleno de amor materno para acogernos, para hacernos muy cercana y palpable la misericordia de Dios, para enseñarnos a ser misericordiosos.
¡Que Dios os conceda a cada uno de vosotros, misioneros y misioneras españoles que prestáis tan generoso y precioso servicio a las Iglesias y a los pueblos de América Latina, un Año Jubilar con abundantes gracias de misericordia y experiencias de perdón y reconciliación!
Marc Card. Ouellet
Presidente Pontificia Comisión para América Latina
Domingo, 6 de marzo de 2016

sábado, 2 de mayo de 2015

Impulso misionero, devoción mariana y testimonio de santidad. El Papa destacar la vida de Fray Junípero Serra 02052015

Impulso misionero, devoción mariana y testimonio de santidad. El Papa destacar la vida de Fray Junípero Serra

El Papa destaca la vida de Fray Junípero Serra en el Pontificio Colegio Norteamericano de Roma - AFP
02/05/2015 12:05

(RV).- Tal como estaba previsto, el primer sábado de mayo, después de mediodía, el Papa se trasladó a la sede del Pontificio Colegio Norteamericano, que se encuentra muy cerca de la Ciudad del Vaticano, en la colina del Janículo, donde el Obispo de Roma celebró la Santa Misa con ocasión de la Jornada de Reflexión, organizada por la Pontificia Comisión para América Latina, junto al mencionado Colegio, sobre la figura del beato Fray Junípero Serra, apóstol de California, a quien Francisco canonizará el próximo 23 de septiembre en Washington.           
En su homilía el Papa Bergoglio recordó a la multitud de misioneros que llevaron el Evangelio al Nuevo Mundo y que defendieron a los indígenas contra los abusos de los colonizadores, entre los cuales también se encontraba Fray Junípero, cuya obra de evangelización nos trae a la memoria a los primeros “doce apóstoles franciscanos”, que fueron los pioneros de la fe cristiana en México.
Además, el Obispo de Roma destacó que este futuro santo fue protagonista de una nueva primavera evangelizadora en aquellas extensas tierras que, desde hacía doscientos años, habían sido alcanzadas por los misioneros procedentes de España, desde Florida hasta California.
De la vida y el ejemplo de Fray Junípero el Santo Padre destacó tres aspectos.  En primer lugar, el hecho de que haya sido un incansable misionero. A veces – dijo el Papa – nos detenemos a examinar escrupulosamente sus virtudes y, sobre todo, sus límites y sus miserias. Sin embargo, el Pontífice se preguntó “si hoy somos capaces de responder con la misma generosidad y con el mismo coraje a la llamada de Dios, que nos invita a dejarlo todo para adorarlo, para seguirlo, para encontrarlo en el rostro de los pobres, para anunciarlo a aquellos que no han conocido a Cristo, y por esto, no se sienten abrazados por su misericordia”.
En segundo lugar, Francisco destacó la devoción mariana de Fray Junípero, que encomendó su compromiso misionero a la Santísima Virgen María. Y dijo al respecto que la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe estaba presente – o al menos lo estuvo – en las misiones que fundó a lo largo de la costa de California, haciendo, de este modo, que la “Morenita” se convirtiera en la Patrona de todo el continente americano.
En tercer lugar, el Papa invitó a contemplar el testimonio de santidad de Fray Junípero – uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, santo de la catolicidad y especial protector de los hispanos del país – para que todo el pueblo americano descubra su propia dignidad, consolidando cada vez más la propia pertenencia a Cristo y a su Iglesia.
Naturalmente, en la comunión universal de los santos y, en especial, en la corona de los santos americanos, Francisco pidió que nos acompañe Fray Junípero Serra e interceda por nosotros, junto a tantos otros santos y santas que se han distinguido con diversos carismas. Y manifestó su deseo de que “ un impetuoso viento de santidad recorra el próximo Jubileo extraordinario de la Misericordia en todas las Américas”.
“Pedimos a Jesús Resucitado, Señor de la historia – dijo también el Santo Padre – que la vida de nuestro continente americano se arraigue más y más en el Evangelio que ha recibido; que Cristo esté cada vez más presente en la vida de las personas, de las familias, de los pueblos y de las naciones, para la mayor gloria de Dios”.
Y que “esta gloria – añadió – se manifieste en la cultura de la vida, en la fraternidad, en la solidaridad, en la paz, en la justicia, con amor preferencial y comprometido por los más pobres, a través del testimonio de los cristianos de las diversas comunidades y confesiones, de los creyentes de otras tradiciones religiosas y de los hombres de recta conciencia y de buena voluntad”.
Tras exclamar: “¡Oh Señor Jesús, nosotros somos solamente tus discípulos misioneros, tus humildes cooperadores para que venga tu Reino!”, el Santo Padre pidió la intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe, junto a la de Fray Junípero y de los demás santos y santas americanos, para que lo conduzcan y lo guíen en sus próximos viajes apostólicos en América del Sur y en América del Norte. “Por esto – dijo Francisco – les pido a todos ustedes que sigan rezando por mí”.
Una vez concluida la Santa Misa, el Papa Francisco agradeció de corazón la invitación y acogida que le reservaron los miembros del Pontificio Colegio Norteamericano. De ahí que el Pontífice haya saludado con gran afecto a su Rector, a todos los que residen allí y a los sacerdotes norteamericanos que trabajan en la Curia Romana, que estudian en Roma o transcurren en este lugar su año sabático.
También manifestó su agradecimiento a los Cardenales y a los Obispos que concelebraron con él, y, de modo especial, agradeció la presencia de Monseñor Joseph Edward Kurtz, Presidente de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos de América y de Monseñor José Horacio Gómez, Arzobispo de Los Ángeles.
Francisco concluyó afirmando que este encuentro, en la sede de su Colegio y en torno a la Eucaristía, es una bella y significativa premisa de su viaje apostólico a los Estados Unidos de América.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
Texto de la homilía del Santo Padre Francisco:
“Yo te he establecido para ser la luz de las naciones, para llevar la salvación hasta los confines de la tierra”. (Hch 13, 47; cf. Is 49, 6). Estas palabras del Señor, en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de escuchar, nos presentan el carácter misionero de la Iglesia que es enviada por Jesús a salir para anunciar el Evangelio. Así sucedió, desde el primer momento, con los discípulos cuando, desencadenada la persecución, salieron de Jerusalén (cf.Hch 8, 1-3).
Esto es válido también para aquella multitud de misioneros que llevaron el Evangelio al Nuevo Mundo y al mismo tiempo defendieron a los indígenas contra los abusos de los colonizadores. Entre ellos estaba también Fray Junípero; su obra de evangelización nos trae a la memoria los primeros “12 apóstoles franciscanos” que fueron los pioneros de la fe cristiana en México. Él fue protagonista de una nueva primavera evangelizadora en aquellas extensas tierras que, desde hacía doscientos años, habían sido alcanzadas por los misioneros provenientes de España, desde Florida hasta California. Mucho tiempo antes que llegasen los peregrinos del Mayflower al litoral atlántico norte.
La vida y el ejemplo de Fray Junípero ponen de relieve tres aspectos: su impulso misionero, su devoción mariana y su testimonio de santidad.
En primer lugar, fue un incansable misionero. ¿Qué fue lo que llevó a Fray Junípero a abandonar su patria, su tierra, su familia, la cátedra universitaria y su comunidad franciscana en Mallorca, para ir hacia los extremos confines de la tierra?  Sin duda, la pasión por anunciar el Evangelio ad gentes, o sea el ímpetu del corazón que quiere compartir con los más lejanos el don del encuentro con Cristo: el don que él mismo había recibido primero y que había experimentado en su plenitud de verdad y de belleza.
Como Pablo y Bernabé, como los discípulos en Antioquía y en toda Judea, él fue colmado de alegría y de Espíritu Santo en el difundir la palabra del Señor. Un celo tal nos provoca, ¡es un gran reto para nosotros! Estos discípulos misioneros, que han encontrado a Jesús, Hijo de Dios, que a través de él han conocido al Padre misericordioso y, movidos por la gracia del Espíritu Santo, se han proyectado hacia todas las periferias geográficas, sociales y existenciales, para dar testimonio a la caridad, ¡estos nos desafían!
A veces nos detenemos a examinar escrupulosamente sus virtudes y, sobre todo, sus límites y sus miserias. Sin embargo, me pregunto, si hoy somos capaces de responder con la misma generosidad y con el mismo coraje a la llamada de Dios, que nos invita a dejarlo todo para adorarlo, dejar todo para adorarlo, para seguirlo, para encontrarlo en el rostro de los pobres, para anunciarlo a aquellos que no han conocido a Cristo, y por esto, no se sienten abrazados por su misericordia.
El testimonio de Fray Junípero nos llama a dejarnos implicar, en primera persona, en la misión continental, que encuentra sus propias raíces en el “Evangelii gaudium”.
Esta alegría se manifiesta (en segundo lugar), cuando Fray Junípero encomendó su compromiso misionero a la Santísima Virgen María. Sabemos que antes de regresar a California quiso ir a consagrar su vida a Nuestra Señora de Guadalupe, y a pedirle, para la misión que estaba por iniciar, la gracia de abrir el corazón de los colonizadores y de los indígenas. En esta invocación podemos ver todavía a este humilde fraile arrodillado ante la “Madre del mismísimo Dios”, la “Morenita”, que llevó a su Hijo al Nuevo Mundo.
La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe estaba presente – o al menos lo estuvo – en las veintiún misiones que Fray Junípero fundó a lo largo de la costa de California. Desde entonces, Nuestra Señora de Guadalupe se convirtió, de hecho, en la Patrona de todo el continente americano. No es posible separarla del corazón del pueblo americano. En efecto, Ella constituye la raíz común de este continente, ¡la raíz común de este continente! Es más, la actual misión continental es confiada a aquella que es la primera y santa discípula misionera, presencia y compañía, fuente de consolación y de esperanza. A ella que está siempre a la escucha para cuidar a sus hijos americanos.
En tercer lugar, hermanos y hermanas, contemplamos el testimonio de santidad de Fray Junípero – uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, santo de la catolicidad y especial protector de los hispanos del país –, para que todo el pueblo americano descubra la propia dignidad, consolidando cada vez más la propia pertenencia a Cristo y a su Iglesia.
En la comunión universal de los santos y, en especial, en la corona de los santos americanos, nos acompañe Fray Junípero Serra e interceda por nosotros, junto a tantos otros santos y santas que se han distinguido con diversos carismas:
- Contemplativas como Rosa de Lima, Mariana de Quito y Teresita de los Andes;
- Pastores que emanaban el perfume de Cristo y el olor de las ovejas, como Toribio de Mogrovejo, Francois de Laval, Rafael Guizar Valencia;
- Humildes obreros de la Viña del Señor, como Juan Diego y Kateri Tekakwhita;
- Servidores de los que sufren y de los marginados, como Pedro Claver, Martín de Porres, Damián de Molokai, Alberto Hurtado y Rose Philippine Duchesne;
-  Fundadoras de comunidades consagradas al servicio de Dios y de los más pobres, como Francisca Cabrini, Elizabeth Ann Seaton y Catalina Drexel;
- Misioneros incansables como Fray Francisco Solano, José de Anchieta, Alonso de Barzana, María Antonia de la Paz y Figueroa, José Gabriel de Rosario Brochero;
- Mártires como Roque González, Miguel Pro y Oscar Arnulfo Romero; y tantos otros santos y mártires que no nombro ahora, pero que rezan delante del Señor por sus hermanos y hermanas que son todavía peregrinos en aquellas tierras. Hubo tanta santidad en América, ¡tanta santidad sembrada!
Que un impetuoso viento de santidad recorra el próximo Jubileo extraordinario de la Misericordia en todas las Américas. Confiando en la promesa hecha por Jesús, que hemos escuchado hoy en el Evangelio, pedimos a Dios esta particular efusión del Espíritu Santo.
Pidamos a Jesús ResucitadoSeñor de la historia, que la vida de nuestro continente americano se arraigue más y más en el Evangelio que ha recibido; que Cristo esté cada vez más presente en la vida de las personas, de las familias, de los pueblos y de las naciones, para la mayor gloria de Dios.
Y que esta gloria se manifieste en la cultura de la vida, en la fraternidad, en la solidaridad, en la paz, en la justicia, con amor preferencial y comprometido por los más pobres, a través del testimonio de los cristianos de las diversas comunidades y confesiones, de los creyentes de otras tradiciones religiosas y de los hombres de recta conciencia y de buena voluntad.
¡Oh Señor Jesús, nosotros somos solamente tus discípulos misioneros, tus humildes cooperadores para que venga tu Reino!
Llevando esta invocación en el corazón, pido la intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe, y también aquella de Fray Junípero y de los otros santos y santas americanos, para que me conduzcan y me guíen en mis próximos viajes apostólicos en América del Sur y en América del Norte. Por esto les pido a todos ustedes que continúen rezando por mí. Amén.

    domingo, 1 de marzo de 2015

    Día de Hispanoamérica alienta colaboración misionera con España 01032015

    Día de Hispanoamérica alienta colaboración misionera con España

    Por Marta Jiménez

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    Virgen Del Pilar Flickr Jacinta Lluch Valero (CC-BY-SA-2.0)
    Virgen Del Pilar Flickr Jacinta Lluch Valero (CC-BY-SA-2.0)




    ROMA, 01 Mar. 15 / 04:10 am (ACI/EWTN Noticias).- “Para América Latina es muy importante la colaboración misionera de España, así como para España se está convirtiendo en muy importante la colaboración misionera de América Latina”, afirma el vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina, Guzmán Carriquiry, con motivo del día de Hispanoamérica que la Iglesia en España celebra el 1 de marzo.
    En declaraciones a ACI Prensa en Roma, el funcionario del Vaticano explicó que actualmente la relación entre América Latina y España atraviesan un periodo “muy rico” de colaboración recíproca.
    Según señaló Carriquiry, unos 30 mil españoles sirven como misioneros en América Latina: son voluntarios y religiosos que desde el punto de vista eclesial unen ambas realidades.
    Por ejemplo, en la Arquidiócesis de Zaragoza (España) donde está entronizada la Virgen del Pilar, 70 sacerdotes colombianos colaboran en las tareas diocesanas, muchos de ellos dirigen parroquias y asisten a los numerosos grupos de latinos inmigrantes que prestan servicio de evangelización a los españoles.
    Esta advocación tiene una gran importancia en América Latina, cuyas naciones celebran la fiesta del descubrimiento de su continente el día 12 de octubre, también fiesta de la Virgen del Pilar. Como prueba de su devoción a la Virgen, los numerosos mantos que cubren la sagrada imagen y las banderas que hacen guardia de honor a la Señora ante su Santa Capilla testimonian la vinculación fraterna que Latinoamérica tiene por el Pilar, con la patria española.
    Así mismo, en la prestigiosa Universidad Eclesiástica San Dámaso de Madrid, también son acogidos gratuitamente un gran número de sacerdotes latinos que después suelen incorporarse a la vida pastoral de la ciudad española.
    El próximo 18 de marzo, las Obras Misioneras Pontificias junto con la Universidad San Dámaso organizan una jornada académica sobre el tema “Evangelizadores con la fuerza del Espíritu”, el mismo tema del mensaje con el que el Cardenal Marc Ouellet, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, tituló su llamado a la Iglesia en España por el día de Hispanoamérica.
    La Comisión Episcopal de Misiones de la Conferencia Episcopal Española, actualmente presidida por Mons. Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Toledo, acoge dicho mensaje, basado este año en el último capítulo de la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium: “Evangelizadores con Espíritu”.
    El mensaje del Cardenal Ouellet invita a “seguir impulsando una corriente evangelizadora marcada por esa alegría, más fervorosa, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa, promovida por evangelizadores llenos de coraje, incansables en el anuncio y capaces de una gran resistencia activa”.
    El también Prefecto de la Congregación para los Obispos animó a los misioneros españoles a leer y releer, y saborear en la oración, todo lo que escribe laEvangelii gaudium del Papa Francisco respecto a ese «regalo de Jesús a su pueblo», que es la maternidad de María.
    “Cristo nos lleva a María, pero también María nos conduce a Cristo, porque en esa imagen materna se descubren todos los misterios del Evangelio y porque ‘ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno’”, recuerda.
    “Bendigo de corazón a los misioneros y misioneras, y a todos los que acompañan y apoyan esta cooperación con las Iglesias Evangelizadores con la fuerza del Espíritu en formación de América Latina, para que el anuncio del Evangelio pueda resonar en todos los rincones de este continente. Ellos encarnan, según las mencionadas palabras del beato Pablo VI, “la dulce y confortadora alegría de evangelizar”, concluye el Purpurado.

    Mensaje por el día de Hispanoamérica

    Hispanoamerica
    Mensaje de la Presidencia
    de la Comisión Pontificia para América Latina
    con motivo del DÍA DE HISPANOAMÉRICA
    en las diócesis de España

    Domingo, 3 de marzo de 2013

    La tradicional cita anual, que desde 1959 convoca a todas las diócesis de España para celebrar el Día de Hispanoamérica, tendrá lugar el domingo 3 de marzo de 2013, bajo el lema: “América, puerta abierta a la misión”.

    Esta jornada, que ayuda a mantener vivos los vínculos de solidaridad, comunión y colaboración evangelizadora entre España y América, se realiza en el 2013 en pleno decurso del Año de la Fe, convocado por S.S. Benedicto XVI e inaugurado con la celebración eucarística presidida por el Papa, en San Pedro, el 14 de octubre pasado. La Carta apostólica de convocación de este año de gracia se llama precisamente Porta Fidei: “La puerta de la fe” (cf. Hch 14, 27), que introduce en la comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, que está siempre abierta para nosotros” (PF, 1). El Año de la Fe plantea “la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo del encuentro con Cristo” (PF, 2) y de confesarla “con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza” (PF, 9). La puerta de la fe nos trae a la memoria aquélla invitación urgida del Beato Juan Pablo II en la inauguración de su pontificado: “¡No tengáis miedo! ¡Abrid, y aún de par en par, las puertas a Cristo! A su salvadora potestad abrid los confines de los Estados, los sistemas económicos al igual que los políticos, los amplios campos de cultura, de civilización, de desarrollo”  (Roma, 22 de octubre de 1978).

    La expresión “Puerta de la fe” recuerda también las enseñanzas que Juan Pablo II nos dejó hace 15 años en la Exhortación apostólica Ecclesia in America. Ante un mundo roto y desorientado, ante una situación en la que las gentes están abandonando la fe “es necesario proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión… Esta comunión, existente en la Iglesia y esencial a su naturaleza, debe manifestarse a través de signos concretos” (n. 33). Entre otros signos destaca con admirable atractivo la cooperación entre las Iglesias de España y las de América Latina. Desde el Evangelio se entiende la apertura de esta “Puerta de la Fe” por la que entran nuevos evangelizadores procedentes de otros lugares como lo hicieron los Apóstoles después de Pentecostés, y por la que salen discípulos misioneros a proclamar por el mundo la Buena Nueva del Evangelio.


    América, puerta de entrada para misioneros venidos de fuera

    “El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad” (PF, 14). El grito paulino “Caritas Christi urget nos (2Co. 5, 14), recogido y glosado por S.S Benedicto XVI es una irrenunciable interpelación al compromiso misionero. Es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Este amor es el que movió a los Apóstoles a salir de su tierra y extender el Evangelio por el mundo entero. También hoy como ayer, Él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt. 28, 19)”. ¿Acaso no recordamos que “la fe se fortalece, dándola” (RM, 2). “La fe crece – nos enseña Benedicto XVI en Porta Fidei, 7- cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo”. En efecto, “la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones” (RM, 2).

    Este impulso misionero siempre ha sido, y sigue siéndolo, el mejor indicador de la vitalidad de fe de la Iglesia y de sus comunidades cristianas. “La misión de la Iglesia es “anunciar el Reino de Cristo y de Dios, establecerlo en medio de las gentes; [la Iglesia] constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino” (LG, 5). Porque el Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a libre elaboración, sino que es ante todo una persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del Dios invisible, inseparable de la persona de Jesús e inseparable de la Iglesia. Así la misión de la Iglesia está llamada a ser por una parte “sacramento, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, es decir, es signo e instrumento del Reino; por eso está llamada a anunciarlo y a instaurarlo. Pero por otra, a ser ella misma “reino de Cristo, presente ya en el misterio” (LG, 3), constituyéndose en germen e inicio del Reino de Cristo y de Dios.

    Fue esa misma vitalidad la que llevó al Nuevo Mundo una legión de misioneros, que defendieron la dignidad de los indígenas y les transmitieron el don más precioso, la fe en Jesucristo, el Verbo de Dios hecho hombre, salvador del hombre. Fue entonces tan honda la inculturación de la fe en la gestación de los pueblos americanos que, aún hoy día, más del 80% de sus gentes están bautizados en la Iglesia católica. Fue también por el ímpetu misionero que la fe suscitaba y alimentaba, por el que millares de sacerdotes diocesanos, de religiosos y religiosas, de laicos cooperadores, de toda España, han proseguido hasta la actualidad ese empeño misionero, conmovidos por la gracia de anunciar “las inescrutables riquezas de Cristo” (cf. Ef. 3, 8).

    De los misioneros llegados a las fronteras de América Latina cabe destacar aquellos sacerdotes diocesanos que, acogidos al servicio de la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana (OCSHA) de la Conferencia Episcopal Española, dejaron su tierra y partieron para cooperar con aquellas Iglesias más necesitadas. Motivo por el que Juan Pablo II, en el 50 aniversario del nacimiento de esta iniciativa, manifestaba su deseo de “unirme a la acción de gracias al Señor por los más de dos mil sacerdotes de las diócesis españolas que han dedi­cado buena parte de su vida a colaborar con otras iglesias hermanas, movidos ante todo por la fuerza de su fe en Cristo, cuya novedad y riqueza no pueden esconder ni conservar para sí (cf. RM, 11), así como por el aliento y la soli­citud pastoral de sus Obispos, conscientes de su responsabilidad común respecto a la Iglesia universal (cf. LG, 23; OT, 10)”

    Actualmente, los misioneros españoles siguen encontrando las puertas abiertas para la misión en América Latina. De las Iglesias locales de España cada año salen nuevas vocaciones misioneras para colaborar con aquellas que aún están en proceso de formación. Hecho que nos ha de mover a una continua acción de gracias a Dios y a las comunidades cristianas que los envían. Cada año parten para aquellas Iglesias nuevos misioneros religiosos y religiosas, sacerdotes y laicos para anunciar el Evangelio. Entre ellos también sacerdotes diocesanos que sin perder su incardinación en la Iglesia de origen, hacen visible la universalidad de las Iglesia locales al vivir el misterio sacerdotal en otras zonas pastorales más necesitadas y aún en procesos de iniciación cristiana. No dudamos, pues, que no faltarán hoy ni mañana muchos otros misioneros disponibles para dar testimonio de su condición de discípulos en los pueblos americanos, para alimentar la fe de los hermanos al otro lado del océano, mientras que, a la vez, se produce un enriquecimiento de las comunidades que los envían.

    Nuevo ardor de la Evangelización: la Conversión pastoral

    El documento Instrumentum Laboris del XIII Sínodo de Obispos en el prefacio dejaba claro que es “urgente, hoy más que nunca, la actividad misonera de la Iglesia, considerando el alto número de personas que no conocen a Jesucristo, no sólo en tierras lejanas, sino también en los Países de antigua evangelización”. Esta solicitud por la evangelización en buena medida depende del renovado dinamismo misionero de las comunidades cristianas. Compromiso misionero que la Iglesia en América ha asumido con el proyecto evangelizador de la Misión Continental, proclamado desde la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida (mayo de 2007) e iniciado a partir de la clausura del Congreso Americano Misionero en Quito (agosto de 2008).

    La reciente Asamblea general del Sínodo de los Obispos, reunida para examinar el tema de “la Nueva Evangelización para la transmisión de la Fe” ha reforzado este compromiso misionero. América Latina necesita una nueva evangelización ante la realidad del cambio tan profundo que se está operando en el interior de la sociedad americana. Su intenso crecimiento económico ha incrementado sus clases medias, ha visto nuevos sectores populares emergentes, ha puesto en ebullición comunidades y pueblos indígenas, ha desarrollado nuevos areópagos en los campos de la política, de las universidades, de los medios de comunicación social. Quedan, a la vez, muchos sectores marginados, excluidos, y los rostros de la pobreza y del sufrimiento se encuentran en las periferias miserables de las grandes ciudades, en los ancianos solos, en las mujeres abandonadas, en los inmigrantes sometidos a toda clase de violencia, en las cada vez más numerosas víctimas del alcohol y las drogas, en los atentados por las redes de delincuencia y violencia. La cultura global del relativismo y del hedonismo penetra también la realidad latinoamericana por doquier, erosiona la religiosidad popular, atenta contra la institución familiar y la cultura de la vida y deja a los jóvenes desconcertados, muchas veces huérfanos de padres, maestros, educadores. Todos éstos son ámbitos humanos interpelantes que nos quieren poner en camino para pasar por la puerta que nos lleva a la misión en América y para colaborar en abrir a Cristo las puertas del corazón de los latinoamericanos. 

    Para ello la Iglesia en América Latina ha asumido como principal compromiso misionero la conversión pastoral.  Esta toma de conciencia arranca de la conversión personal, entendida como la aceptación de la llegada del Reino de Dios y el compromiso de incorporarse como discípulos de Cristo para darlo a conocer al mundo. Conversión pastoral, tanto de las personas como de las estructuras de la Iglesia. Este “estado permanente de misión” implica una gran disponibilidad a repensar y reformar muchas estructuras pastorales, teniendo como principio constitutivo la espiritualidad de la comunión y la audacia misionera.

    En sintonía con el mensaje de la Exhortación Apostólica “Ecclesia in America”, la Comisión Pontificia para América Latina y los Caballeros de Colón han realizado en el Vaticano del 9 al 12 de diciembre de 2012, un importante Congreso para suscitar un compromiso mayor por la nueva evangelización en todo el continente, confiándolo a Nuestra Señora de Guadalupe, estrella de la evangelización americana.


    América, puerta de salida para la misión ad gentes

    La autenticidad y vitalidad de la fe se verifica en el anhelo de comunicar a todos, más allá de todas las fronteras, el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestra vida de gratitud y alegría, de amor, felicidad y esperanza. Los cristianos no pueden guardar esa extraordinaria experiencia de vida sólo para ellos mismos. Necesitan compartirla con todos sus hermanos los hombres, por amor a su vida y destino. Es cierto que, en la historia de la Iglesia, todo ímpetu misionero ha sido signo de vitalidad de la fe, mientras que su disminución es signo de crisis de la fe.

    La secular experiencia de la misión ad gentes de la que tantos españoles han sido protagonistas también ha de ayudar a la Iglesia en América Latina a asumir su propio compromiso en la solicitud apostólica en otros lugares de la tierra. No ha faltado al respecto la viva conciencia del episcopado latinoamericano en Aparecida. Si bien, incluso en el continente americano, los confines entre la nueva evangelización y la misión ad gentes no pueden a veces distinguirse claramente, “al mismo tiempo, el mundo espera de nuestra Iglesia latinoamericana y caribeña un compromiso más significativo con la misión universal en todos los continentes”. “Para no caer en la trampa de encerrarnos en nosotros mismos – se afirma en el Documento de Aparecida, n. 376 –, debemos formarnos como discípulos misioneros sin fronteras, dispuestos a ir ‘a la otra orilla’, aquélla en la que Cristo no es aún reconocido como Dios y Señor, y la Iglesia no está todavía presente”. Más aún: “Somos Iglesias pobres, pero debemos dar de nuestra pobreza y desde la alegría de nuestra fe, y esto sin descargar en unos pocos enviados el compromiso que es de toda la comunidad cristiana” (cf. DA,  379). El apoyo a los centros misioneros nacionales y la colaboración con las Obras Misionales Pontificias son signos concretos de ese compromiso (cf. DA, 378). La gratitud con todos aquellos misioneros que han comunicado la fe a sus pueblos, especialmente manifestada por el Episcopado latinoamericano, y la conciencia de que más del 50% de los católicos de todo el mundo residen en el continente americano, piden que América Latina abra de par en par las puertas a la misión, dispuesta a colaborar cada vez más con el ministerio del Pastor universal.

    Este ha sido el espíritu que ha animado en las últimas décadas la celebración de los hasta ahora ocho Congresos Americanos Misioneros.  Un simple recuerdo de sus lemas nos desvelan la fuerza que latía en el interior de aquel “América, sal de tu tierra!”, en el CAM de Argentina (octubre de 1999), invitando a dar gratuitamente a otros lo que gratis habían recibido. En los últimos lustros han salido de la Iglesia jóvenes de América Latinas nuevos evangelizadores para hacer resonar el anuncio de Cristo, Hijo de Dios. Siguiendo el rastro de los Apóstoles, muchos hombres y mujeres americanos están viviendo el dinamismo de un nuevo Pentecostés, convirtiéndose en “evangelios vivientes”, como le gusta llamar a Benedicto XVI a los misioneros.

    Esta es la razón por la que el Plan de Pastoral del CELAM para el quinquenio 2011-2015 propone “animar a las conferencias Episcopales, en virtud de la espiritualidad de comunión, para que asuman responsable y solidariamente el compromiso de la misión ad gentes, como fruto maduro de la Misión Continental y concreción de la Nueva Evangelización en el ardor, métodos y lenguajes, expresando así la naturaleza misionera de la Iglesia que anuncia a Cristo en América Latina y el Caribe” (Programa 20). Sin duda alguna esta ha sido desde el principio la gran contribución de los misioneros españoles Fidei Donum: Suscitar con el testimonio y la palabra nuevas vocaciones para la misión más allá de los límites de la propia Iglesia local, “como la consecuencia natural de una honda conciencia eclesial y, al mismo tiempo, como una respuesta vigorosa a uno de los más urgentes desafíos de nuestra época, cual es la necesidad de tejer vínculos de colaboración y fraternidad entre las personas, los pueblos y las comunidades eclesiales” (Juan Pablo II, Mensaje a la OCSHA, 1999).


    Acogida de emigrantes y sacerdotes americanos

    El fenómeno de las migraciones nos está ayudando a tener una visión más universal de la Iglesia. A Europa y, en especial, a España han llegado millones de hombres y mujeres procedentes del Continente americano. Es verdad que este flujo está disminuyendo por las dificultades que se encuentran en el viejo continente y porque, en América, se está produciendo un notable crecimiento económico. El hecho, en sí mismo, merece una atenta consideración porque las migraciones han puesto en evidencia, entre otras cosas, la fragilidad de la fe de las personas y comunidades. Las de allá, al no reconocerse cordialmente insertas en la comunidades de destino; las aquí, al refugiarse en sí mismas generando sospechas sobre los que vienen de fuera. Ha llegado la hora de revisar la calidad de nuestra caridad ante los evidentes hechos de rechazo en unos casos y de infidelidad en otros. Fenómeno cultural religioso que ha de ser objeto de la antes mencionada conversión pastoral, en ambas orillas.

    Tampoco los sacerdotes diocesanos están siendo ajenos a este fenómeno migratorio. No faltan en España, como en muchos otros países europeos, numerosos sacerdotes provenientes de los países latinoamericanos que, con el permiso de sus respectivos Obispos, colaboran activamente en la misión evangelizadora de ambientes que sufren la desertificación de la secularización y el abandono de la tradición católica. Están presentes también movimientos y nuevas comunidades de origen latinoamericano. Son un exponente más de la vocación misionera para “salir” de la propia tierra e ir a los que están lejos. Quienes han sido “tocados” por la gracia para vivir este compromiso misionero son verdaderos testigos de la fe, “porque la fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo” (Porta fidei, 7). Acojámoslos con gratitud y cariño, atentos a sus necesidades. Que sean ellos los adelantados de esa “nueva primavera de la misión ad gentes” que esperan y auspician los Obispos latinoamericanos (cf. DA, 379).

    El compromiso misionero de hombres y mujeres americanos va más allá de su condición de consagrados o llamados al ministerio sacerdotal. También la vocación misionera ha sido entendida y secundada por laicos. Ya Ecclesia in América hacía esta referencia a que el mandato misionero de Jesús no solo estaba dirigido a los Apóstoles y sus sucesores, sino a todos los que desean ser sus discípulos (cf. EAm, 66).

    El envío de estos “pregoneros del Evangelio” no se circunscribe únicamente a Europa, sino al mundo entero, también a otros países del mismo Continente americano. La diversificación de relaciones políticas, económicas y culturales que los países latinoamericanos han establecido con aquéllos de África, Asia y Medio Oriente, está favoreciendo estas corrientes misioneras en todas las direcciones. Aquello que han recibido, lo entregan generosamente en cualquier parte del mundo.


    Todos, como María, llamados a la misión

    Abrir las puertas a Cristo significa también abrir las puertas a la misión. La misión atañe a todos los cristianos, a todas las diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales. A cincuenta años de la conclusión del Concilio Vaticano II – que conmemoramos en este Año de la fe -, recordemos cómo, según el Decreto Ad Gentes, n. 6, “la actividad misionera fluye de la misma naturaleza íntima de la Iglesia, cuya fe salvífica propaga, cuya unidad católica perfecciona dilatándola, con cuya apostolicidad se sustenta, cuyo sentido colegial de la Jerarquía pone en práctica, cuya santidad testifica, difunde y promueve”.

    La colaboración sacerdotal y apostólica entre las comunidades cristianas debe ser considerada como una de las respuestas más válidas para asegurar una globalización en la solidaridad, así como una de las “formas” que caracterizan la nueva Evangelización, para poner de relieve “el deber de la recíproca solidaridad y de compartir sus dones espirituales y los bienes materiales con que Dios las ha bendecido, y para favorecer la disponibilidad de las personas al servicio de la misión (cf. EAm, 52).

    Confiemos la vocación misionera, según la modalidad que la Providencia de Dios quiere para nosotros, a la intercesión de la Santísima Virgen María, que la Iglesia en América Latina reconoce como “estrella de la primera y de la nueva evangelización”, “presencia materna indispensable y decisiva en la gestación de un pueblo (…) de discípulos y misioneros de su Hijo” (DA, 524).
      
    Cardenal Marc Ouellet
    Presidente
    Pontificia Comisión para América Latina