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domingo, 4 de julio de 2021

La voracidad del capitalismo trajo la Covid-19 (Leonardo Boff) 02072021

 

La voracidad del capitalismo trajo la Covid-19   

2021-07-02

         He sostenido la tesis de que la Covid-19 es un contraataque de la Madre-Tierra contra el sistema del capital y de su expresión política, el neoliberalismo. Ella ha sido agredida y devastada de tal manera que nos envió un arma suya, invisible, el coronavirus, como una alerta y una lección. El virus puso de rodillas, humilladas, a las potencias militaristas, que con sus armas de destrucción masiva podrían acabar con la vida sobre el planeta. Si se perpetúa la guerra contra el planeta, éste podrá no querernos más. Un virus más letal, inmune a cualquier vacuna, podría llevar a gran parte de la especie humana a su fin.

                Tal eventualidad no es imposible, pues este sistema de muerte de seres de la naturaleza y de seres humanos, al decir del Papa Francisco, posee una tendencia suicida. Prefiere correr el riesgo de morir antes que renunciar a su voracidad.

                Este cuento de Leo Tolstoi (1828-1910), contado a los peones de su hacienda Yásnaya Poliana, con el título Cuánta Tierra necesita un hombre, puede hacernos reflexionar.

 

                «Había una vez un campesino que trabajaba un trozo de tierra que no era muy fértil. Trabajaba mucho pero sin mucho fruto. Envidiaba a sus vecinos que tenían más tierra y cosechas más abundantes. Estaba especialmente molesto por los elevados impuestos que tenía que pagar sobre su pequeña tierra y sus escasas ganancias.

                Un día, después de mucho pensar, resolvió: “me voy con mi compañera lejos de aquí, en busca de tierras mejores”. Supo que a muchas leguas de su casa había gitanos que vendían tierras muy baratas, hasta por precios irrisorios cuando veían a alguien muy necesitado y con ganas de trabajar.

                Aquel campesino, deseoso de poseer mucha más tierra para cultivar y hacerse rico, pensó: “voy a hacer un pacto con el diablo. Éste me va a dar suerte”, dijo a su mujer, que torció el gesto. Y le advirtió:

                “Marido mío, mucho cuidado con el diablo, nunca sale nada bueno de hacer pactos con él; esa codicia tuya te va a echar a perder”.

                Pero, ante la insistencia del marido, decidió acompañarlo para realizar su ambicioso proyecto. Así que partieron, llevando pocas pertenencias.

                Cuando llegaron a las tierras de los gitanos, el diablo ya estaba allí, bien trajeado, dando la impresión de ser un influyente mercader de tierras. El campesino y su mujer saludaron educadamente a los gitanos. Cuando iban a expresar su deseo de adquirir tierras, el diablo, sin ceremonias, se le anticipó y dijo:

                “Buen señor, veo que viene de lejos y tiene gran deseo de poseer buenas tierras para plantar y hacer alguna fortuna. Tengo una excelente propuesta que hacerle. Las tierras son baratas, al alcance de su bolsillo. Le propongo lo siguiente: usted pone una cantidad razonable de dinero en una bolsa aquí, a mi lado. El territorio que usted recorra a lo largo de todo un día, desde el amanecer hasta la puesta del sol, siempre que esté de vuelta antes de ponerse el sol, esa tierra recorrida será suya. En caso contrario perderá el dinero de la bolsa”.

                Los ojos del campesino brillaron de emoción y dijo:

                “Me parece una propuesta excelente. Tengo piernas fuertes y acepto. Mañana bien temprano, al amanecer, me pongo a correr y todo el territorio que mis piernas puedan alcanzar será mío”.

                El diablo, siempre malicioso, sonrió contento.

                Y así fue, bien temprano, apenas el sol rompió el horizonte, el campesino echó a correr. Saltó cercas, atravesó riachuelos y no satisfecho ni siquiera se paró para descansar. Veía delante de sí una encantadora planicie verde y rápidamente pensó:“aquí voy a plantar trigo en abundancia”. Mirando a la izquierda se abría un valle muy llano y pensó: “aquí puedo hacer una plantación de lino para ropa fina”.

                Subió, un poco sin aliento, una pequeña colina y vió que allá abajo surgía un campo de tierra virgen. Y pensó: “quiero también aquella tierra. Allí voy a criar ganado y ovejas y voy a llenar las alforjas de las burras con dinero a más no poder”.

                Y así recorrió muchos kilómetros, no satisfecho con lo que había conquistado, pues los lugares que veía eran atractivos y fértiles y alimentaban su deseo incontenible de poseerlos también.

                De repente miró el cielo y se dió cuenta de que el sol se estaba ocultando detrás de una montaña. Dijo para sí mismo:

                ”No hay tiempo que perder. Tengo que volver corriendo, si no perderé todos los terrenos recorridos y, encima, el dinero. Un día de dolor, una vida de amor”, pensó, como decía su abuelo.

                Se puso a correr con una velocidad desmedida para sus piernas cansadas. Pero tenía que correr sin reparar en los límites de sus tensos músculos. Incluso se quitó la camisa y dejó caer la bolsa con algo de comida. Siguió mirando la posición del sol, ya cerca del horizonte, enorme y rojo como sangre. Pero aún no se había puesto del todo. Aunque estaba cansadísimo, corría cada vez más, ya no sentía las piernas de tanto esfuerzo. Con tristeza, pensó: “quizás he abarcado demasiado y podría perderlo todo. Pero sigamos adelante”.

                Viendo, a lo lejos al diablo, solemnemente de pie y a su lado la saca de dinero, recobró más ánimo, seguro de que iba llegar antes de la puesta de sol. Reunió todas las energías que tenía e hizo un último esfuerzo. Corría, sin pensar en los límites de sus piernas, como que fuera volando. No muy lejos de la llegada, se tiró hacia delante, casi perdiendo el equilibrio. Rehecho, todavía dio algunos pasos largos.

                Fue entonces cuando extenuado y ya sin fuerzas, se desplomó en el suelo. Y murió. Su boca sangraba y todo su cuerpo estaba cubierto de arañazos y de sudor.

                El diablo, maliciosamente, apenas sonrió. Indiferente al muerto y codicioso, miraba la bolsa de dinero. Todavía se dio el trabajo de hacer una fosa del tamaño del campesino y lo metió dentro. Eran sólo siete palmos de tierra, la parte menor que le tocaba de todos los terrenos recorridos. No necesitaba más que eso. Su mujer, como petrificada, presenciaba todo, llorando copiosamente».

 

                Este cuento reverbera las palabras de João Cabral de Melo Neto (1920-1999) en su obra Muerte y Vida Severina (1995). En el funeral del labrador dice el poeta: ”Esta fosa en que estás, con palmos medida, es la cuenta menor que sacaste en vida; es la parte que te cabe de este latifundio” .

                De todos los terrenos atrayentes que veía y deseaba poseer, al ávido campesino sólo le quedaron al final los siete palmos para su sepultura.

                ¿No será este el destino del capitalismo y del neoliberalismo?            

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miércoles, 5 de mayo de 2021

El doloroso parto de la Madre Tierra: una biocivilización (Leonardo Boff) 03052021

 

El doloroso parto de la Madre Tierra: una biocivilización 

2021-05-03

                La Cumbre sobre el Clima convocada por el presidente Joe Biden, supone un grito de alarma. Si no detenemos el calentamiento hasta un límite de 1’5 grados, conoceremos un peligroso exterminio de la biodiversidad y millones de emigrantes climáticos que, no pudiendo adaptarse a los cambios y habiendo perdido sus medios de subsistencia, se ven obligados a abandonar sus patrias queridas y a romper los límites de otros países, causando graves problemas socio-políticos.

                El CO2 permanece en la atmósfera cerca de 120 años. Hemos despertado tarde a su toxicidad sobre los sistemas vivos. En los últimos años ha ocurrido algo que asusta mucho: el deshielo rápido del permafrost, la parte congelada que va desde Canadá y atraviesa toda Rusia. Aumenta también el deshielo rápido de los casquetes polares y de Groenlandia.

                Este fenómeno agrava el calentamiento global porque el metano es 25 veces más nocivo que el CO2. Cada cabeza de bovino, por rumia y flatulencia, emite entre 80-100 kg de metano lanzados a la atmósfera. Imagínese lo que significa tal cantidad, con todos los rebaños del mundo. Sólo en Brasil el número de cabezas de bovinos es mayor que su población humana.

                Por mucho que hagamos, debido a la acumulación excesiva de gases de efecto invernadero en la atmósfera, no tendremos cómo evitar efectos extremos. Estos vendrán: huracanes, sequías prolongadas, veranos extremadamente calientes y nevadas excesivas, erosión de la biodiversidad, pérdida de la fertilidad de los suelos y otros. Lo que podemos y debemos hacer es prepararnos para cuando vengan, y así aminorar sus efectos desastrosos.

                Nadie en la Cumbre del Clima tuvo el valor de señalar las causas primordiales de nuestro calentamiento global: nuestro modo de producción capitalista en cuyo DNA está el crecimiento ilimitado que demanda la extracción ilimitada de recursos naturales hasta el punto de debilitar fuertemente la sostenibilidad del planeta.

                Una Tierra finita no tolera un proyecto infinito. Aquí está la causa, entre otras menores, del calentamiento global. Todos sabemos que aquí reside la cuestión originaria. ¿Por qué nadie la denuncia? Porque ella es directamente anti-sistémica, porque hiere el corazón del paradigma moderno científico-técnico del desarrollo/crecimiento ilimitado, con el que los Estados y las empresas están comprometidos. Se verían obligados a cambiar, lo que iría contra su lógica, pero no quieren, porque el lucro prevalece sobre la vida.

                Solamente el presidente argentino Alberto Fernández tuvo el valor de denunciar: ”La contaminación es el camino hacia el suicidio”. Su afirmación se afina con la declaración realizada hace pocos años por la Academia Norteamericana de Ciencias, más o menos en estos términos: Si no lo cuidamos, el calentamiento puede dar ‘un salto abrupto’ (fue la expresión empleada) hasta alcanzar en poco tiempo unos 4 grados centígrados. Con ese calor, se afirma, difícilmente las especies se adaptarán y millones desaparecerán, incluso millones y millones de seres humanos.

                Prácticamente todos lamentan que los “decisions makers” políticos y empresarios, muestran grave insuficiencia en la conciencia de los peligros que pesan sobre nuestra Casa Común. No se descarta que ocurra algo semejante a lo que ocurrió con la Covid-19. No obstante la advertencia de los especialistas en virus, de que estaríamos en la inminencia de la irrupción de un virus grave, muy pocos se preparan para esa eventualidad. Por eso es imprevisible un salto hacia un nuevo nivel de conciencia colectiva que nos permita inaugurar una nueva normalidad diferente de la anterior, perversa para la humanidad y para la naturaleza.

                Preguntamos: ¿hemos aprendido las lecciones enviadas mediante el contraataque de la Madre Tierra a la humanidad a través de la Covid-19? A juzgar por el descuido generalizado parece que permanecemos en la ilusión de volver a la antigua e inicua normalidad.

                El discurso de nuestro Presidente Bolsonaro en la Cumbre en la Casa Blanca fue de mera conveniencia. Dio clara demostración de ser un genuino representante de la pos-verdad, pues cumplió el dicho de la ancestral sabiduría china: de un político no te fijes en lo que dice su boca sino en lo que hacen sus manos.

                La boca contradice totalmente lo que las manos hacen. La boca profirió promesas prácticamente irrealizables y las manos, a través de su ministro antiambiental, practican la devastación sistemática de las selvas y el desmonte de los organismos de preservación de los ecosistemas.

                Así como el “Innominable” es aliado del coronavirus, el ministro del Medio Ambiente es aliado de los madereros que ilegal y criminalmente aparecen como los principales responsables de los 357,61 km2 de selva abatida, la peor de los últimos años. Las manos niegan lo que dijo la boca.

                A pesar de todos los pesares, creemos y esperamos que la humanidad va a aprender con el sufrimiento y ojalá con amor: o cambiamos o, en palabras de Zygmunt Bauman pronunciadas una semana antes de morir, vamos a engrosar el cortejo de los que se dirigen hacia su propia sepultura.

                La historia humana y natural nunca es lineal; conoce rupturas y da saltos hacia arriba. Ella nos está invitando a reinventarnos. No bastan meras mejorías y poner esparadrapos sobre las llagas del cuerpo herido de la Madre Tierra. Estamos obligados a un nuevo comienzo. Él, según la Carta de la Tierra y la encíclica del Papa Francisco, cuyos destinatarios son toda la humanidad, ”sobre el cuidado de la Casa Común” (Laudato Si y la Fratelli tutti): ”estamos en el mismo barco: o nos salvamos todos o nadie se salva” (nºs 35, 54, 137).

                La Tierra ha pasado por 15 grandes destrucciones, pero la vida sobrevivió siempre. No irá a autodestruirse ahora. Entrevemos un aprendizaje difícil de toda la humanidad, porque no tenemos otra alternativa sino ésta: o vivir o perecer. El mismo Freud, aunque escéptico, ansiaba el triunfo de la pulsión de vida sobre la pulsión de muerte. La vida está llamada a más vida y hasta a la vida eterna.

                Con esta esperanza esperante, acabo de publicar un libro, más optimista que pesimista, pero de un realismo viable, que busca asegurar un horizonte promisorio: El doloroso parto de la Madre Tierra: una sociedad de fraternidad sin fronteras y de amistad social.

                ¿Es una utopía? Sí, pero necesaria para que podamos caminar. Conviene recordar que lo utópico pertenece a lo real, hecho no sólo de datos comprobados, sino también de potencialidades ocultas que esperan realizarse para irrumpir y permitir una nueva huella en el suelo de la historia. No vale pisar sobre huellas hechas por otros; tenemos que crear nuestras propias huellas. Música nueva, oídos nuevos. Crisis nuevas, respuestas nuevas. Todavía tenemos futuro, fortalecidos por Aquel que anunció “ser el apasionado amante de la vida” (Sabiduría 11,26). Él nos ayudará a hacer una travesía dolorosa pero verdadera y feliz. Así creemos y así esperamos.             

               

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domingo, 18 de abril de 2021

Grave peligro para la Tierra y la vida: el Gran Reinicio del Capitalismo (Great Reset) (Leonardo Boff) 16042021

 

Grave peligro para la Tierra y la vida: el Gran Reinicio del Capitalismo (Great Reset)

2021-04-16

                Se ha abierto en todo mundo un grande debate sobre qué mundo vendrá en la pospandemia. Son muchas las proyecciones, algunas optimistas, que suponen que la humanidad ha aprendido la lección de la Covid-19: desarrollar una relación amigable con la naturaleza; las sociedades deberán superar las profundas desigualdades actuales en la línea de la encíclica Fratelli tutti del Papa Francisco: que todos se sientan hermanos y hermanas, también con los seres de la naturaleza, y no sus amos y señores; en caso contrario nadie se salvará (Ft n.32).

                Lo que sin embargo causa grave preocupación es el llamado Great Reset, el «Gran Reinicio» del orden capitalista mundial. Esta expresión fue sugerida por el príncipe Charles juntamente con el Coordinador del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab. Este orden esta urdido por aquellos que el informe “Tiempo de Cuidar”, de la OXFAM (ONG inglesa que mide los niveles de riqueza y de pobreza en el mundo), señala como los pocos multimillonarios. Según esa fuente, en 2019 había 2.153 individuos que tenían más riqueza que 4.600 millones de personas. El 1% de este grupo tiene más del doble de la riqueza de 6.900 millones de personas. Con la pandemia se han hecho todavía más ricos. Sólo estos datos revelan una economía gravemente enferma y nada saludable: un virus.

                Este grupo de multimillonarios, como aparece claramente en las sugerencias del último Foro Económico Mundial del 21-24 de enero de 2020 (el próximo será en agosto de 2021 en Singapur) proyecta un Nuevo Orden Mundial. Klaus Schwab, el fundador y coordinador del FEM, junto con el economista Terry Malleret, dice en su libro Covid-19 the Great Reset: “La pandemia representa una rara ventana de oportunidad para reflexionar, reimaginar y reiniciar el mundo”.

                Si miramos bien, estamos ante una propuesta corporativista, un capitalismo de los grupos de interés (Stakeholder Capitalism) que no tiene en cuenta a las grandes mayorías de la humanidad. Éstas están fuera de su radar. Serán participantes solamente los que se encuentran dentro de la burbuja del orden del capital. Las siete temáticas son incluso de buen auspicio: cómo salvar el planeta, economías más justas, tecnologías para el bien, entre otras. Sin embargo, cuando se enumeran los riesgos globales, se mencionan guerras accidentales, agitación anárquica, exploración de mentes, control neuroquímico, pequeñas armas nucleares y otras.

                Aparentan incluso sensibilidad social, tal como establecer la soñada “renta mínima universal”, garantizar la asistencia médica global, asegurar un futuro resiliente, igualitario y sostenible, y buscar un nuevo contrato social mundial. Pero, por otro lado, llenos de miedo por las reacciones de todo el mundo contra un nuevo despotismo cibernético impuesto por ellos, sugieren el Score Social, una estrategia centralizada de vigilancia del comportamiento de los individuos y de todas las sociedades mediante el uso intensivo de inteligencia artificial. Sería capitalismo de vigilancia.

                Son bellas palabras, pero sólo palabras. No se habla nunca de cambiar el paradigma devastador de los bienes y servicios de la naturaleza, ése que quedó probado por la irrupción de una serie de virus, y ahora por la letal Covid-19. No se cuestiona el DNA del capital, que siempre quiere crecer y lucrarse por todos los medios posibles. No se refiere a la Sobrecarga de la Tierra (The Earth Overshoot), es decir, al agotamiento de los “recursos” naturales para nuestra subsistencia. De igual manera, no toman conciencia de las nueve fronteras planetarias (Nine Planet Boundaries) que de ninguna manera pueden ser sobrepasadas, bajo peligro de colapsar nuestra civilización.

                Cosa peligrosísima: el Gran Reinicio no excluye la guerra como medio económico, geoestratégico y de enfrentamiento violento, sabiéndose que una guerra hoy en día puede poner fin a la especie humana, especialmente a partir de Ucrania, el punto más sensible del enfrentamiento con Rusia. Ésta puede destruir Europa en pocos minutos. El Foro sólo busca limar los dientes del león pero no quitarle su voracidad. Como máximo llega a un capitalismo verde, en el que el verde disfraza la dinámica acumuladora y excluyente del sistema del capital que permanece intocable.

                Somos de la opinión de que ese Gran Reinicio (Great Reset) no va a prosperar, por el simple hecho de que la Tierra-Gaia ha llegado a los límites de su sostenibilidad. No aguanta más la rapiña del orden del capital en beneficio de unos pocos lanzando a miles de millones a la miseria y el hambre. Como algunos epidemiólogos ya dijeron: si no cambiamos el tipo de relación devastadora con la naturaleza, ésta nos enviará virus todavía más letales que podrán destruir gran parte de la humanidad.

                Todo podría ser diferente. Por ejemplo, la Directora Ejecutiva de Oxfam, Katia María, afirmó: Si la población del 1% más rico del mundo pagase un impuesto extra del 0,5% sobre la riqueza, en los próximos 10 años sería posible crear 117 millones de empleos en educación, sanidad y cuidado de personas mayores.

                La solución debe venir de abajo, como afirma con frecuencia el Papa Francisco: de la articulación de todos los movimientos sociales mundiales, de aquellos que están en el Foro Social Mundial, haciendo coro con los humanistas y también con los economistas que reafirman la tesis básica de la Economía de Francisco y Clara del actual Pontífice: una economía fundada en la solidaridad, en la cooperación, en la ecología, en la circulación, en la reutilización, en fin, una economía humana para los humanos. Si no caminamos en esta dirección, es muy posible que se cumpla la advertencia de Zygmunt Bauman: “engrosaremos el cortejo de los que caminan en dirección a su propia sepultura”.       

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sábado, 27 de marzo de 2021

Durante el aislamiento social: qué leer y cómo leer (I) (Leonardo Boff) 26032021

 

Durante el aislamiento social: qué leer y cómo leer (I)

2021-03-26

                Durante el aislamiento social forzado para el bien de cada persona y de los otros ante el ataque del coronavirus, se nos pide recogernos en nuestras casas o habitaciones.

                La convivencia física con los próximos nos hace conocer las diferencias, el modo de ser de cada uno, de pensar y de leer el mundo. No es fácil. La primera cosa que descubrimos es aquello que, con fina percepción, formuló Caetano Velloso: “de cerca nadie es normal”, frase que recorrió el mundo. De hecho, la normalidad va siempre junto con cierta anormalidad.

                Nos damos cuenta de la luz y de la sombra, de lo sim-bólico (que une) y de lo dia-bólico (que separa) que habitan en cada uno de nosotros. No como defecto de nuestra creación, sino como nuestra condición humana real. Esta polaridad está en todo: en el universo (caos y cosmos), en la vida (salud y enfermedad), en la naturaleza (nacimiento y muerte), en la sociedad (individualismo y solidaridad). El desafío es cómo articular estas polaridades de forma que la dimensión de luz y de lo normal no permita la dominación de la sombra y de lo anormal, lo que nos quitaría la felicidad y la convivencia pacífica.

                Hay muchas maneras de ocuparnos durante este tiempo, para todos bien penoso. Una de ellas es la lectura de libros espirituales o religiosos que pueden abrirnos nuevos sentidos especialmente ante las inquietudes e interrogaciones que la irrupción de la Covid-19 ha traído a cada persona y a la humanidad. Es un contraataque de la naturaleza a toda la humanidad: ¿Qué señal es ésta y que nos quiere decir?

                Fuentes espirituales o religiosas escritas hace miles de años, pueden quizás darnos alguna luz, no sólo para la dramática coyuntura actual, sino también para la propia vida. Sugiero aquí empezar a leer la Biblia judeocristiana, el Primer Testamento (Antiguo Testamento) y el Segundo (Nuevo Testamento), textos escritos a lo largo de 3-4 mil años. En ellos se encuentra de todo; por eso, conforme a la situación existencial en la cual se vive, se escogen las partes más adecuadas.

                Es bueno recordar que cada uno lee los textos con los ojos que tiene, de ahí que leer es siempre interpretar. Interpretamos a partir del punto de vista personal, pues cada punto de vista es la vista desde un punto. Además la cabeza piensa desde donde pisan los pies... Si mis pies pisan una favela y yo leo a partir del punto de vista de la favela, selecciono los textos que más se refieren a esta situación. Esto no significa negar los otros textos, sino dar vida a los textos a partir de los con-textos en que vivimos y con pre-texto de tal y tal situación. También puede leerse a partir de quien vive en el centro de la ciudad con todos los servicios funcionando y dándole seguridad en la vida. Este «lugar social» permite otro tipo de lectura.

                Ahí los viejos textos del pasado nos revelan novedades. De modo general, podemos decir que hay tantas lecturas como lugares sociales. Los campesinos expulsados de sus tierras leerán los textos bíblicos de manera diferente y hasta opuesta a la del latifundista que los expulsó. Así podríamos multiplicar los ejemplos.

                Conclusión: no debemos cerrarnos en nuestra propia lectura, lo que sería exclusivismo y hasta fundamentalismo, sino abrirnos a otras lecturas que relativizan y enriquecen la nuestra.

                Nunca se debe poner el libro delante de los ojos, escondiendo la realidad desnuda y cruda. Esa es la equivocación de los fundamentalistas que sólo ven el libro y sus frases tomadas en sí mismas.

                No fue escrito para eso. Fue escrito para iluminar la realidad. Es inspirado porque nos inspira a comprender más y a vivir mejor. Por eso debe ser puesto detrás de la cabeza, para iluminar la realidad con todas sus contradicciones.

                El primer libro que Dios nos dio es el libro de la creación. En él está toda la sabiduría que nos hace falta para vivir bien. Lamentablemente hemos perdido la capacidad de leer bien este libro. Vemos la creación no como un valor en sí misma, sino utilitariamente, como un baúl de recursos para ser explotados a nuestro gusto, sin preocuparnos de las demás personas ni de los daños que les hacemos, y sin darle tiempo para regenerarse.

                Entonces se nos dio otro libro, la Biblia, que nos ofrece las claves de lectura para el primer libro, el de la creación.

                Éste es el sentido profundo de la lectura de la Biblia: entender mejor el mundo, nuestra vida personal, el sentido de nuestras tribulaciones, la necesidad de la esperanza y, sobre todo, la vivencia concreta del amor, de la solidaridad, del cuidado y de la compasión.

                No quiere ser ni puede ser un libro de ciencia. Es un libro de sabiduría de vida que responde a las búsquedas humanas.

                Cada uno escoge los libros de la Biblia que le parecen mejor. Yo recomiendo del Primer Testamento todos los libros sapienciales: Job, los Salmos, especialmente el 23 y el 103; Proverbios, Eclesiastés, Eclesiástico, Cantar de los Cantares, libro de alto erotismo, que nunca habla de Dios, ni lo necesita, pues Dios es amor; Lamentaciones.

                Del Segundo Testamento aconsejo empezar por los Hechos de los Apóstoles, verdadera saga que narra cómo san Pablo y compañeros anduvieron más de mil kilómetros por el imperio romano para anunciar los valores predicados y vividos por Jesús (el amor incondicional, la apertura a Dios como el Dios bueno y misericordioso, el cuidado hacia los pobres y los que sufren, la capacidad de perdón y la certeza de nuestra resurrección, que es más que sólo la inmortalidad del alma). Después, la Primera Carta a los Corintios, en la cual se ven los grandes valores éticos a ser asumidos. De los evangelios, empezar por el de san Marcos, el más conciso y más cercano al Jesús histórico; el evangelio de san Lucas, en el cual Jesús muestra su inmensa compasión con los que sufren y con los pobres, y amonesta a los poderosos y ricos; el evangelio de san Juan, lleno de espiritualidad; la Epístola de Santiago en la que se predica una moral bien concreta y actual.

                En portugués, aconsejo la Biblia de la editorial Vozes, de Petrópolis RJ, Brasil, por sus excelentes introducciones y comentarios (vendas@vozes.com.br).

                Déjense tomar por las palabras bíblicas que, junto con otros libros sagrados de otros caminos espirituales, propician para nosotros un encuentro con la Palabra que nos ilumina el camino en las noches sombrías de la vida, tales como las de los tiempos actuales. 

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sábado, 30 de enero de 2021

¿Es posible la fraternidad humana universal y con todas las criaturas? (II) (Leonardo Boff) 29012021

 

¿Es posible la fraternidad humana universal y con todas las criaturas? (II)

2021-01-29

                Hace dos años, en febrero de 2019, el Papa Francisco, cuando visitó los Emiratos Árabes, firmó en Abu Dhabi con el Gran Imán Al Azhar Ahmad Al-Tayyeb un importante documento: “Sobre la fraternidad humana, en pro de la paz y de la convivencia común”. Dando continuidad la ONU estableció el día 4 de febrero como el Día de la Fraternidad Humana.

                Todos son esfuerzos generosos que buscan, si no eliminar, al menos minimizar las profundas divisiones que imperan en la humanidad. Ansiar una fraternidad universal parece un sueño distante, pero siempre anhelado. 


El gran obstáculo a la fraternidad: la voluntad de poder

                El eje estructurador de las sociedades mundiales y de nuestro tipo de civilización, ya lo escribimos anteriormente, es la voluntad de poder como dominación. 

                No hay declaraciones sobre la unidad de la especie humana y de la fraternidad universal, tal como la más conocida Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU de 1948, enriquecida con los derechos de la naturaleza y de la Tierra, que consigan imponer límites a la voracidad del poder. Bien lo entendió Thomas Hobbes en su Leviatán (1615): 

                «Señalo, como tendencia general de todos los hombres, un perpetuo e inquieto deseo de poder y más poder, que sólo cesa con la muerte; la razón de esto radica en el hecho de que no se puede garantizar el poder sino es buscando todavía más poder».

                Jesús fue víctima de ese poder y fue asesinado judicialmente en la cruz. Nuestra cultura moderna se ha apoderado de la muerte, ya que con la máquina de exterminio total creada puede eliminar la vida en la Tierra y a sí misma. ¿Cómo controlar el demonio del poder que nos habita? ¿Dónde encontrar el remedio? 


Renuncia a todo poder por la humildad radical

                Aquí san Francisco nos abre un camino: la humildad radical y la total sencillez. La humildad radical implica ponerse junto al humus, en la tierra, donde todos nos encontramos y nos hacemos hermanos y hermanas porque todos venimos del mismo humus. 

                El camino para eso consiste en bajar del pedestal en el que nos colocamos como amos y señores de la naturaleza y realizar un despojamiento radical de todo título de superioridad. Consiste en hacerse realmente pobre, en el sentido de quitar todo lo que se interpone entre el otro y yo. Ahí se esconden los inter-eses. Estos no pueden prevalecer, pues son trabas para el encuentro con el otro cara a cara, mirándose a los ojos, con las manos abiertas para el abrazo fraterno entre hermanos y hermanas, por distintos que sean. 

                La pobreza no es ningún ascetismo. Es el modo que nos hace descubrir la fraternidad, juntos sobre el mismo humus, sobre la hermana y madre Tierra. Cuanto más pobre, más hermano del Sol, de la Luna, del pobre, del animal, del agua, de la nube y de las estrellas. 

                Francisco recorrió humildemente esta senda. No negó los oscuros orígenes de nuestra existencia, el humus (de donde viene homo en latín) y de esta forma confraternizó con todos los seres, llamándolos con el dulce nombre de hermanos y hermanas, hasta al feroz lobo de Gubbio. 


Otro tipo de presencia en el mundo

                Se trata de tener una nueva presencia en el mundo y en la sociedad, no como quien se cree la cumbre de la creación y está por encima de todos, sino como quien está al pie y junto a los demás seres. Por esta fraternidad universal, el más humilde encuentra su dignidad y su alegría de ser por sentirse acogido y respetado y por tener garantizado su lugar en el conjunto de los seres. 

                Leclerc obstinadamente plantea siempre de nuevo la pregunta como quien no está totalmente convencido: «¿Será posible la fraternidad entre los seres humanos?» Y él mismo responde: Solamente si el ser humano se coloca a sí mismo con gran humildad entre las criaturas, dentro de la unidad de la creación (que incluye al ser humano y lanaturaleza como un todo), respetando todas las formas de vida, incluso las más humildes, podrá esperar un día formar una verdadera fraternidad con todos sus semejantes. La fraternidad humana pasa por esta fraternidad cósmica» (p. 93). 


La fraternidad viene acompañada de la sencillez

                Ésta no es una actitud exagerada ni excesiva. Se trata de un modo de ser que aparta todo lo que es superfluo, todo tipo de cosas que vamos acumulando, que nos hacen rehenes de ellas y crean desigualdades y barreras con respecto a los otros, negándonos a convivir solidariamente con ellos, y nos lleva a contentarnos con lo suficiente y a compartir con los demás. 

                Este camino no fue fácil para Francisco. Se sentía responsable del camino de la pobreza radical y de la fraternidad. Al crecer el número de seguidores, por miles, se imponía una organización mínima. Había bellos ejemplos en el pasado. Francisco le tenía verdadera ojeriza a eso. Llegó a decir: “no me hablen de las reglas de San Agustín, de San Benito o de San Bernardo; Dios quiso que yo fuese un nuevo loco en este mundo (novellus pazzus)”. Es la clara afirmación de la singularidad de su modo de vida y de su estar en el mundo y en la Iglesia, como un simple laico que toma absolutamente en serio el evangelio en medio y con los pobres e invisibles, y no como un clérigo de la poderosa Iglesia feudal. 


La gran tentación de Francisco

                Sin embargo, en un momento dado de su vida entra en una crisis profunda, pues veía que su camino evangélico de pobreza radical y de fraternidad le estaba siendo arrebatado. 

                Afligido, se retira a una ermita en el bosque durante dos largos años, acompañado de su íntimo amigo fray León “la ovejita de Dios”. Es la gran tentación, a la que las biografías dan poca relevancia, pero es esencial para entender la propuesta de vida de Francisco. 

                Por fin, se despoja de ese instinto de posesión espiritual. Acepta un camino que no es el suyo pero que es inevitable. ¿Dónde dormirían los frailes? ¿Cómo se sostendrían? Prefiere salvar la fraternidad a salvar su propio ideal. Acoge jovialmente la férrea lógica de la necesidad. Ya no pretende nada más. Se despoja totalmente, incluso de sus deseos más íntimos, hasta el punto de que su biógrafo san Buenaventura lo llama vir desideriorum (varón de deseos). 

                Ahora, totalmente despojado en su espíritu, se deja conducir por Dios. El Espíritu será el señor de su destino. Él mismo ya no se propone nada más. Está a merced de aquello que la vida le va pidiendo, viéndola como voluntad de Dios. Siente en eso la mayor libertad de espíritu posible, que se expresa por una alegría permanente hasta el punto de que le llaman “el hermano siempre alegre”. Él no ocupa ya el centro. El centro es la vida conducida por Dios. Y eso basta. 

                Regresa entre los cofrades y recupera la jovialidad y la plena alegría de vivir, pero, siguiendo la llamada del Espíritu, como en los primeros tiempos, vuelve a convivir con los leprosos, a los que llama “mis cristos” en profunda comunión fraterna. Jamás abandona la profunda comunión con la hermana y Madre Tierra. Cuando va a morir, pide que lo coloquen desnudo sobre la Tierra para la última caricia y total comunión con ella. 


La unidad de la creación: todos hermanos y hermanas, los humanos y la naturaleza

                Francisco buscó incansablemente la unidad de la creación mediante la fraternidad universal, unidad que incluye a seres humanos y seres de la naturaleza. Todo comienza con la fraternidad con todas las criaturas, amándolas y respetándolas. Si no cultivamos esta fraternidad con ellas, la fraternidad humana pasa a ser meramente retórica y continuamente violada. 

                Curiosamente, el famoso antropólogo Claude Lévy Strauss, que enseñó e investigó en Brasil durante muchos años y aprendió a amarlo (véase su libro Saudade de Brasil), confrontado con la crisis aterradora de nuestra cultura, sugiere el mismo remedio que san Francisco: «el punto de partida debe ser una humildad principal: respetar todas las formas de vida… preocuparse del ser humano sin preocuparse de las otras formas de vida es, queramos o no, llevar a la humanidad a oprimirse a sí misma, abrirle el camino de la auto-opresión y de la auto-explotación» (Le Monde 21-22 de enero de 1999). Frente a las amenazas planetarias afirmó también: «La Tierra surgió sin el ser humano y podrá continuar sin el ser humano».

                Volvamos a nuestro momento histórico: el confinamiento social nos ha creado condiciones involuntarias para plantearnos esta cuestión fundamental: ¿Qué es esencial, la vida o el lucro? ¿el cuidado de la naturaleza o su explotación ilimitada? ¿Qué Tierra queremos, finalmente? ¿Y qué Casa Común queremos habitar? ¿Sólo con nosotros, los seres humanos, o con todos los hermanos y hermanas de la gran comunidad de vida, realizando la unidad de la creación? 

                El Papa durante la pandemia se tomó un tiempo para reflexionar sobre esta cuestión del momento. La expresó en términos graves, casi desesperanzados en la Fratelli tutti aunque, como hombre de fe, mantiene y reafirma siempre la esperanza. 

                El superviviente del campo de exterminio nazi, Éloi Leclerc, la replanteó de forma existencial y permanentemente angustiada, pero con signos de esperanza dentro de los frecuentes sobresaltos causados por la memoria imborrable de los horrores sufridos en los campos de exterminio nazi. 


Si no puede ser un estado, la fraternidad puede ser un nuevo tipo de presencia en el mundo 

                Francisco vivió en términos personales la fraternidad universal, pero en términos globales, fracasó. Tuvo que hacer concesiones a la orden y al poder. Y lo hizo sin amargura, reconociendo y acogiendo su inevitabilidad. Es la tensión permanente entre el carisma y el poder. El poder es un componente de la esencia del ser humano social. El poder no es una cosa (como el estado, el presidente, la policía), sino una relación entre personas y cosas. Al mismo tiempo asume la forma de una instancia de dirección social. Sin embargo, debemos calificar la relación y la dirección. ¿Están ambas al servicio del bien de todos, o de grupos y entonces se revela como exclusión y dominación? Para evitar ese modo (el demonio que lo habita) prevalente en la modernidad, el poder debe estar siempre bajo control, ser pensado y vivido a partir del  carisma. Este representa un límite al poder para garantizar su carácter de servicio a la vida y al bien de todos, y evitar la tentación de la dominación y del despotismo. El carisma es siempre creativo y pone en jaque al poder establecido. 

                Respondiendo a la pregunta de si es posible una fraternidad universal, diría: dentro del mundo en que vivimos bajo el imperio del poder-dominación sobre las personas, las naciones y la naturaleza, aquella está siempre inviabilizada y hasta negada. Por aquí no hay camino. 

                Sin embargo, si no puede ser vivida como un estado permanente, puede realizarse como espíritu, como una nueva presencia y un modo ser que intenta comprometer todas las relaciones, incluso dentro del orden actual que es un desorden. Pero esto solo es posible a condición de que cada persona sea humilde, se sitúe junto al otro y a la altura de naturaleza, supere las desigualdades y vea un hermano y una hermana en cada uno, situados en el mismo humus terrenal donde están nuestros orígenes comunes y sobre el cual convivimos. 


El tiempo de san Francisco es nuestro tiempo 

                Francisco de Asís, en el marco problemático de su tiempo, el ocaso del feudalismo y el alborear de las comunas, mostró la posibilidad real de, al menos a nivel personal, crear una fraternidad sin límites. Pero su impulso lo llevaba más lejos: crear una fraternidad global al unir los dos mundos de entonces: el mundo musulmán del sultán egipcio Al Malik al-Kamil, con quien cultivó una gran amistad, y el mundo cristiano bajo el pontificado de Inocencio III, el más poderoso de la historia de la Iglesia. De esta forma realizaría su mayor sueño: una fraternidad realmente universal, en la unidad de la creación, confraternizando el ser humano con otros seres humanos, aun de religiones tan distintas, pero unidos con todos los demás seres de la creación. 

                Este espíritu, en el contexto de las fuerzas destructivas del antropoceno y del necroceno reinantes, se enfrenta a una situación totalmente distinta de aquella vivida por Francisco de Asís. En ella no se cuestionaba si la Tierra y la naturaleza tenían o no futuro. Se suponía que todo esto estaba garantizado. Ocurrió lo mismo en la gran crisis económico-financiera de 1929 e incluso en la de 2008. Nadie planteaba la cuestión de los límites de la Tierra y de sus bienes y servicios no renovables. 

                Era una suposición dada como evidente, pues para todos ella era como un baúl lleno de recursos ilimitados, base para un crecimiento también ilimitado. En la Laudato Si el Papa llama a esta concepción, mentira. Hoy ya no es así. Todo esto se desvaneció, pues sabemos que nosotros podemos hacer tambalear y destruir las bases físicas, químicas y ecológicas que sustentan la vida. 


Fraternidad, exigencia para la continuidad de nuestra vida en el planeta

                No estamos ante una opción que podemos asumir o no, sino ante una exigencia para la continuidad de nuestra vida en este planeta. Nos encontramos en una situación que amenaza nuestra especie y nuestra civilización. La Covid-19 que está afectando a toda la humanidad debe ser interpretada como una señal de la Madre Tierra de que no podemos continuar con la dominación y devastación de todo lo que existe y vive. O hacemos, como advierte el Papa Francisco de Roma a la luz del espíritu y de un nuevo modo de ser en el mundo de Francisco de Asís, “una radical conversión ecológica” (nº 5) o ponemos en peligro nuestro futuro como especie: “Las previsiones catastróficas ya no se pueden mirar con desprecio e ironía. Nuestro estilo de vida y nuestro consumismo insostenibles solo pueden desembocar en catástrofes” (Laudato Si’, nº 161). En la Frateli tutti es más contundente: “Estamos en el mismo barco, nadie se salva solo, solo podemos salvarnos juntos” (nº 32). Se trata de una última carta para la humanidad. 


El surgimiento de las condiciones para una fraternidad universal

                Y he aquí que surge una nueva alternativa posible, pues la historia no es rectilínea. Conoce rupturas y saltos. Así estaríamos ante un salto en el estado de conciencia de la humanidad. Puede llegar un momento en que ella se vuelva plenamente consciente de que puede autodestruirse, ya sea por una fenomenal crisis ecológica, social y sanitaria (atacada por virus letales) o por una guerra nuclear. 

                Entenderá que es preferible vivir fraternalmente en la misma Casa Común que entregarse a un suicidio colectivo. Se verá obligada a convencerse de que la solución más sensata y sabia consiste en cuidar la única Casa Común, la Tierra, viviendo todos dentro de ella, como hermanos y hermanas, la naturaleza incluida. Con toda seguridad la humanidad no está condenada a autodestruirse, ni por voluntad del poder-dominación ni por el aparato bélico capaz de eliminar toda la vida. Está llamada a desarrollar las incontables potencialidades que hay dentro de ella, como un momento avanzado de la cosmogénesis. No estoy solo en esta apuesta. La hacen muchos científicos, como por ejemplo, Jacques Attali en su libro Una breve historia del futuro (París 2006) y el famoso cosmólogo Brian Swimme en Journey of the Universe (Yale University, 2012.) 

                Entonces será un dato de la conciencia colectiva aquello que las encíclicas Laudato Si’ y Fratelli tutti repiten de principio a fin: todos estamos relacionados unos con otros, todos somos interdependientes y solo sobreviviremos juntos. Todo será relacional, también las empresas, generando un equilibrio general asentado sobre el amor social, el sentido de pertenencia fraterna, el altruismo, la solidaridad y el cuidado común de todas las cosas comunes (agua, alimentación, vivienda, seguridad, libertad y cultura etc). 

                Todos se sentirán ciudadanos del mundo y miembros activos de sus comunidades. Habrá un gobierno planetario plural (de hombres ymujeres, representantes de todos los países y culturas) que buscará soluciones globales a los problemas globales. Prevalecerá una hiperdemocracia terrenal. La gran misión colectiva es construir laTierra, como ya anunciaba Pierre Teilhard de Chardin en el desierto de Gobi de China en los años de 1933. Asistiremos al surgimiento lento y sostenible de la noosfera, es decir, de las mentes y los corazones sintonizados dentro del único planeta Tierra. Este es nuestro acto de fe. Ahora se darán las condiciones del sueño de Francisco de Asís y de Francisco de Roma: una real fraternidad humana, un verdadero amor social con los demás hermanos y hermanas de la naturaleza. 

                Nos corresponde a nosotros como personas y como colectividad pensar y repensar con la mayor seriedad, plantearnos y replantearnosesta cuestión: Dentro de esta situación cambiada de la Tierra y de la humanidad, y de las amenazas que pesan sobre ellas, no es un puro sueño y una utopía inviable buscar un espíritu de fraternidad universal entre los humanos y con todos los seres de la naturaleza y realizarlo colectivamente. Esta será la gran salida que nos podrá salvar. El Papa Francisco cree y espera que este sea el camino. Puede ser tortuoso, conocer obstáculos y sufrir desvíos, pero sigue el rumbo correcto. Nos urge responder, pues el tiempo del reloj corre en contra nuestra. 

                O acogemos la propuesta de la figura más inspiradora do Occidente, el humilde Francisco de Asís, como lo llama Tomás Kempis, autor de la Imitación de Cristo, retomada en la Fratelli tutti por Francisco de Roma, y repensada por Leclerc y Lévy Strauss, o puede querecorramos el camino que recorrieron los dinosaurios hace 67 millones de años. Pero creemos que este no es el destino de la humanidad. 

                Solo nos queda recorrer este camino de la fraternidad universal y del amor social porque entonces podremos continuar, bajo la luz bienhechora del sol, sobre este pequeño planeta, azul y blanco, la Tierra, nuestro querido hogar y Casa Común. Dixi et salvavi animam meam.  

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viernes, 15 de enero de 2021

Por fin descubrimos el planeta Tierra (Leonardo Boff) 15012021

 

Por fin descubrimos el planeta Tierra

2021-01-15

                Uno de los efectos positivos de la irrupción de la Covid-19 en nuestras vidas ha sido eldescubrimiento del planeta Tierra por toda la humanidad. Nos hemos dado cuenta forzosamente de que existe una íntima conexión entre la vida humana, la naturaleza y el planeta Tierra. El virus no cayó del cielo; vino como contraataque de la Tierra, considerada como un supersistema vivo que siempre crea y se autocrea, y se organiza para mantenerse vivo y producir todo tipo de vida existente en este planeta. Particularmente los quintillones de quintillones de microorganismos que existen en los suelos y en nuestro propio cuerpo, verdadera galaxia (Antônio Nobre) habitada por un número incalculable de virus, bacterias y otros microorganismos.

                El contexto del virus, casi nunca citado por los analistas de las redes de comunicación, es el sistema capitalista anti-naturaleza y anti-vida. Él hizo que el virus perdiese su hábitat y avanzase sobre nosotros. Ese sistema de producción y de consumo asalta despiadadamente la naturaleza, saquea sus bienes y servicios y destruye el equilibrio de la Tierra.

                Esta responde con el calentamiento global, la erosión de la biodiversidad, la escasez de agua potable y otros eventos extremos. Todos de alguna forma participamos de este ecocidio, pero los actores principales –es forzoso decirlo y denunciarlo– son el sistema del capital y la cultura del consumo descontrolado, y especialmente los millonarios con su consumo suntuoso. Por lo tanto, retiremos la culpa de la humanidad pobre, que colabora mínimamente y es víctima del mencionado sistema.

                El ser humano, siempre curioso por saber más y más, ha hecho descubrimientos sin número: de nuevas tierras como las de América, de pueblos, culturas, todo tipo de aparatos, desde el arado hasta el robot, el submundo de la materia, los átomos, los topquarks y el campo de Higgs, lo íntimo de la vida, el código genético. Y no paran los descubrimientos.

                Pero, ¿quién descubrió la Tierra? Fue preciso que enviásemos astronautas fuera de la Tierra o hasta la Luna para ver la Tierra desde fuera de la Tierra y finalmente, maravillados, descubrir la Tierra, nuestra Casa Común. Frank White escribió en 1987 un libro The Overview Effect (tengo un ejemplar firmado por él el 29/5/1989) en el cual recoge los testimonios de los astronautas, emocionados hasta las lágrimas.

                El astronauta Russel Scheickhart nos revela: “Vista desde afuera, la Tierra parece tan pequeña y frágil, una mancha pequeña preciosa que puedes tapar con tu dedo pulgar. Todo lo que significa algo para ti, toda la historia, el arte, el nacimiento y la muerte, el amor, la alegría y las lágrimas, todo está en aquel punto azul y blanco que puedes tapar con tu pulgar. Desde esa perspectiva entiendes que todo ha cambiado… que tu relación ya no es la misma que la de antes” (White, p. 200).

                Eugene Cernan confesó: «Fui el último hombre en pisar la Luna en diciembre de 1972. Desde la superficie lunar miraba con temblor reverencial hacia la Tierra, en un trasfondo muy oscuro. Lo que yo veía era demasiado hermoso para ser aprehendido, demasiado ordenado y lleno de propósito para ser un mero accidente cósmico. Uno se siente obligado interiormente a alabar a Dios. Dios debe existir por haber creado aquello que yo tenía el privilegio de contemplar. La veneración y la acción de gracias surgen espontáneamente. Para eso debe existir el Universo» (White p. 205).

                Acertadamente comenta Joseph P. Allen: «Se ha discutido mucho sobre los pros y los contras de los viajes a la Luna, pero nunca oí a nadie argumentar que debíamos ir a la Luna para poder ver la Tierra desde fuera de la Tierra. Después de todo, ésta debe haber sido seguramente la verdadera razón de que hayamos ido a la Luna» (White, p. 233).

                Efectivamente ésta es la razón secreta e inconsciente de los viajes espaciales: descubrir la Tierra, el tercer planeta de un sol de quinta categoría, dentro de nuestra galaxia. El sistema solar en el cual está nuestra Tierra dista 27 mil años-luz del centro de la galaxia, la Vía Láctea, en la cara interna del brazo espiral de Orión. Ese sistema con la Tierra alrededor es casi nada y nosotros une quantité négligeable, algo de una magnitud inapreciable, cercana a cero. Y, sin embargo, desde aquí la Tierra, a través de nosotros, contempla el Universo entero, del cual forma parte. Y a través de nuestra inteligencia, que pertenece al propio Universo, éste se piensa a sí mismo. Lo que cuenta en nosotros no es la cantidad sino la calidad, única, capaz de pensar, de amar el Universo y de venerar a Aquel que lo sustenta permanentemente.

                No sólo descubrimos la Tierra. Descubrimos también que somos aquella parte de la Tierra que piensa, ama y cuida... Por eso, ser humano (homo en latín) viene de humus, tierra fértil, y Adán procede de Adamah, tierra fecunda...

                A partir de ahora nunca ya desaparecerá de nuestra conciencia el hecho de que hemos descubierto la Tierra, nuestro hogar cósmico, y que somos su parte consciente, inteligente y amorosa. Porque somos portadores de estas cualidades, nuestra misión es cuidar de ella como de nuestra Casa Común, y de todos los demás seres que en ella habitan y que tienen el mismo origen que nosotros, y que por tanto son nuestros parientes.

                Si es así, ¿por qué la hemos maltratado, superexplotado, y por qué estamos destruyendo las bases que sustentan nuestra vida? Si hay una lección que la Madre Tierra a través de la Covid-19 nos quiere transmitir es seguramente ésta:

                Tenéis que cambiar vuestra relación con la naturaleza y conmigo, si queréis que yo siga ofreciéndoos todo lo que necesitáis para vivir con una sobriedad compartida, en fraternidad y sororidad universales y con el cuidado amoroso de todos vuestros hermanos y hermanas de la gran Comunidad de la Vida, también hijos e hijas míos bienamados. En el pasado, en tiempos inmemoriales, os di a elegir entre “la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge la vida para que vivas tú y tu descendencia. Esta promesa la mantendré siempre” (Deut 30,19).

                Escojamos la Vida. Es el llamamiento de la Madre Tierra. Es el designio del Creador.            

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