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sábado, 17 de diciembre de 2016

Homilía del cardenal Osoro en la Misa por Mons. Echevarría (16-12-2016)

Homilía del cardenal Osoro en la Misa por Mons. Echevarría (16-12-2016)


Hermanos y hermanas:
¡Qué palabras nos ha regalado el Señor a través del salmo 102! Que el Señor nos haga oír y ver lo que Él es para nosotros siempre, produce tal alegría en nuestra vida, nos da tal consuelo... El Señor nos manifiesta claramente lo que Él es para nosotros: es compasivo, tiene pasión por el hombre, por todo ser humano; por ello se ha acercado y nos regala su rostro y la gracia necesaria para que vivamos según Él nos muestra. Esto tiene tal fuerza, nos da tales perspectivas, como nos dice el apóstol san Pablo cuando manifiesta que «en la vida y en la muerte somos del Señor», que la esperanza inunda nuestra existencia en todos los momentos de nuestra vida, también en la muerte y en el dolor.
Nos hemos reunido hoy aquí, en la catedral de la Almudena, para celebrar la Misa y ofrecerla por el padre, tal y como en la Obra familiarmente se le llama, por Mons. D. Javier Echevarría. Celebramos la muerte y resurrección de Cristo. En Él hemos triunfado. Su triunfo sobre la muerte nos ha sido regalado. Así lo creía el padre. En textos y cartas que os ha escrito, precisamente en este Año de la Misericordia que acabamos de concluir, le habéis escuchado que el Dios en quien creemos es misericordioso, que nos ama y nos quiere incondicionalmente y que, precisamente por eso, como hemos rezado en el salmo 102, no nos trata como merece nuestro comportamiento y tampoco nos paga según merecemos, sino que su ternura llega hasta el fondo de nuestra existencia. Porque sabe que estamos creados de barro y que, si valemos algo, es por su gracia que nos recompone siempre, por la fuerza y el amor con que Él llena nuestra vida si le dejamos entrar.
Conocéis muy bien la vida de Mons. Javier Echevarría, el padre. Nació aquí, en Madrid, el 14 de junio de 1932. Fue un colaborador incondicional de san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Fue su secretario dese 1953 a 1975. Después, con el Beato Álvaro del Portillo, fue secretario general de la institución hasta su fallecimiento. El 20 de abril de 1994, san Juan Pablo II lo confirmó como prelado del Opus Dei y fue consagrado obispo el 6 de enero de 1995. Ha muerto este lunes, 12 de diciembre, fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe. D.E.P.
Tuve la gracia de conocerlo y contar con su cercanía y amistad. Puedo decir que siempre sentí la experiencia de su paternidad. La última vez que lo vi fue en el Consistorio en el que el Papa Francisco me creó cardenal y después, en la comida a la que invité en el Colegio Español. Sus palabras finales en las despedidas eran siempre: «Cuenta con mi oración, rezo por ti y por tu ministerio».
Una homilía de una Misa exequial es para orar y ofrecerla por quien hacemos memoria, en este caso por D. Javier. Es para ver el misterio de nuestra vida a la luz de quien para nosotros es el Camino, la Verdad y la Vida, esa luz que nos llega en la Eucaristía, participando de la Luz y la Vida que nos vienen de la muerte y resurrección de Cristo. Jesús revolucionó el sentido de la muerte. Lo hizo con su enseñanza, pero sobre todo afrontándolo Él mismo. «Al morir destruyó la muerte», repite la liturgia en el tiempo pascual. Nos dice Melitón de Sardes así: «Con el Espíritu que no podía morir, Cristo mató la muerte que mataba a todo hombre». De este modo el Hijo de Dios quiso compartir hasta las últimas consecuencias nuestra condición humana, para reabrirla a la esperanza. Es decir, nació para poder morir y así liberarnos de la esclavitud de la muerte. En esta celebración de la Eucaristía, participamos de la vida, muerte y resurrección de Cristo, nos hacemos contemporáneos de quien dio la vida por amor, de quien nos ha ganado y regalado su triunfo. ¿Dónde está la muerte? ¿Y dónde su aguijón? Como nos dice la Carta a los Hebreos, «gustó la muerte para bien de todos» (Hb 2,9). El amor operante en Jesús ha dado un nuevo sentido a toda la existencia del hombre y ha transformado el morir. Si en Cristo la vida humana es paso de este mundo al Padre (Jn 13,1), la hora de la muerte es el momento en que este paso se realiza de modo concreto y definitivo.
¡Qué fuerza tiene el poder contemplar a quienes se comprometen a vivir como Él! Esos son liberados del temor de la muerte que ya no muestra la mueca sarcástica de una enemiga, sino que muestra lo que san Francisco de Asís dice en el Cántico de las Criaturas, muestra el rostro amigo, de una «hermana» por la cual se puede incluso bendecir al Señor: «Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal». Por todo ello, quiero acercar a vuestra vida hoy estas realidades que acabamos de escuchar en la Palabra de Dios que hemos proclamado: 1) Enseñar; 2) Dejarnos conducir, y 3) Aprender.
1. Enseñemos con la sabiduría de Dios, para brillar en medio de la muerte por toda la eternidad (cfr. Dn 12, 1-3). Lo hemos escuchado del profeta Daniel cuando nos cuenta cómo oyó estas palabras del Señor. Ocuparse de los hombres, darles y acercarles la vida eterna, que es la que nos trae Jesucristo, despertar al ser humano de su letargo para que descubra lo verdaderamente importante en la vida, es la gran tarea a la que el Señor nos invita. ¡Qué bueno para nosotros mismos es poder decir un hasta siempre a hombres que han querido gastar la vida para enseñar y regalar la sabiduría verdadera! Gracias Señor por hacérnoslo ver hoy con tu palabra y con personas que han vivido con nosotros. Los límites que haya habido los eliminas tú con tu gracia y con tu amor. Pero te pedimos que reconozcas y acojas a quienes desearon con toda su alma enseñar y vivir con tu sabiduría.
2. Dejémonos conducir por el Espíritu de Dios, así percibiremos nuestra identidad: ser hijos de Dios y por ello hermanos de todos los hombres (Rm 8, 14-17). Vivamos de lo que por gracia se nos dio. No se nos ha dado esclavitud, sino libertad y amor. No se nos ha dado dispersión, eliminación o descarte, sino un Espíritu que nos hace sentirnos hijos y por ello llamamos a Dios Padre y, a quienes nos rodean, hermanos. ¡Qué vida más llena y más plena cuando vivimos con esta tarea entre manos! Nada más y nada menos que haciendo posible que esta humanidad sea una gran familia de hombres y mujeres libres. De habitantes de este mundo que nos sabemos comprometidos con la herencia que Dios mismo nos ha dado: sufrimos con Él, pero sabemos que somos también glorificados con Él.
Todo lo creado está expectante y el ser humano busca salvación, busca felicidad. Atrevámonos a acercar la vida de Dios, la que se nos ha manifestado en Cristo, que no frustra, sino que libera, que elimina la corrupción, que trae la esperanza, que se manifiesta en hacernos vivir en la verdad. ¡Qué hondura adquiere la vida humana y la historia de convivencia entre los hombres aquí, en este tiempo, cuando tenemos junto a nosotros personas que se dejan llevar por el Espíritu de Dios y junto a ellas experimentamos que se nos ha dado el título más grande: hijos y hermanos! Hijos de Dios y, por ello, hermanos de todos los hombres.
3. Aprendamos a vivir convirtiendo nuestra vida en una gran acción de gracias (Mt 25,1-13). Nos ha elegido, nos ha revelado, nos ha entregado todo por Cristo y en Cristo, en su cercanía y comunión eliminamos todos los cansancios. La acción de gracias no son solamente palabras que nosotros decimos más o menos largamente. Es toda una manera de vivir y de comportarse. Que comienza por experimentar que es necesario ser sencillo y hacerse pequeño. De alguna manera esto nos recuerda aquellas palabras del apóstol Pablo cuando habla de Jesús, que «siendo Dios no tuvo a menos hacerse Hombre». La humildad, sencillez y pequeñez son necesarias para tener esta experiencia fundamental en el ser humano para poner la vida en manos de Dios: saber y vivir con toda su profundidad que todo nos lo ha dado Dios y que nos lo ha manifestado a través de su Hijo. Que si queremos conocer a Dios hemos de acercarnos y contemplar a su Hijo. Gracias Señor por acercar a nuestras vidas personas sencillas, alegres, que se fían de Dios y que, por ello, se fían de los hombres, que crean confianza y dan cercanía. Junto a ellas experimentamos la necesidad de ir al Señor siempre para sentir ese alivio que nos hace y construye y eliminar de nuestro lado cansancios y agobios.
El Señor se hace presente ahora en este altar. Recibamos a quien es alivio en los cansancios y agobios. Recibamos a quien nos da sabiduría, a quien nos hace vivir con el título más grande: hijos y hermanos. Junto a Él vivimos la acción de gracias en plenitud. Y con Él sentimos el gozo del triunfo, ese tirunfo que esta tarde pedimos para Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, con la conciencia clara y segura, la que el apostól Pablo nos dice:  «En la vida y en la muerte somos de Dios».  D.E.P. Amén.

martes, 13 de diciembre de 2016

Pésame del Santo Padre por la muerte del prelado del Opus Dei 13122016


Pésame del Santo Padre por la muerte del prelado del Opus Dei

Monseñor Javier Echevarría falleció este lunes en Roma  

El vicario auxiliar celebró la primera misa de sufragio en el "Campus Bio-Medico" (Roma) - © Opus Dei
El Vicario Auxiliar Celebró La Primera Misa De Sufragio En El "Campus Bio-Medico" (Roma) - © Opus Dei
(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco ha querido hacerse cercano a la prelatura del Opus Dei, tras el fallecimiento de monseñor Javier Echevarría, prelado. Esta mañana a las 8.15, el Santo Padre llamó por teléfono al vicario auxiliar, monseñor Fernando Ocáriz Braña, para expresar su cercanía. Además, le ha enviado también un telegrama. 
De este modo, el Pontífice manifiesta en la misiva que apenas recibida la “triste noticia del inesperado fallecimiento de monseñor Javier Echevarría Rodríguez, obispo prelado del Opus Dei” desea hacer llegar a todos los miembros de la prelatura “mi más sentido pésame”. Al mismo tiempo, el Santo Padre se una a su acción de gracias a Dios “por su paternal y generoso testimonio de vida sacerdotal y episcopal”. A ejemplo de san Josemaría Escrivá y del beato Álvaro del Portillo, a quienes sucedió al frente de toda esa familia, “entregó su vida en un constante servicio de amor a la Iglesia y a las almas”, precisa el Santo Padre.
Por ello, Francisco indica en el telegrama que eleva al Señor “un ferviente sufragio por este fiel servidor suyo para que lo acoja en su gozo eterno” y lo encomienda con afecto “a la protección de nuestra Madre, la Virgen de Guadalupe, en cuya fiesta entregó su alma a Dios”.
Con estos sentimientos –concluye Francisco– y como signo de fe y esperanza en Cristo resucitado, les otorgo a todos la confortadora bendición apostólica.
Los restos mortales del prelado han sido trasladados esta mañana a Santa María de la Paz, iglesia prelaticia del Opus Dei.  Los fieles que lo deseen pueden velar al prelado desde  las 12.30 de hoy. Hasta el momento del traslado, monseñor Echevarría había permanecido en la capilla del hospital “Campus Bio-Medico”, donde estaba ingresado, y allí acudieron numerosas personas durante toda la noche.
La misa de funeral por el eterno descanso de Javier Echevarría tendrá lugar el próximo jueves 15 de diciembre a las 19.00 en la basílica de SAn Eugenio.

Fallece monseñor Javier Echevarría, prelado del Opus Dei 12122016

Fallece monseñor Javier Echevarría, prelado del Opus Dei

A las 21.10 del 12 de diciembre, en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, fallece el obispo y segundo sucesor de san Josemaría Escrivá
Mons. Javier Echevarría
Mons. Javier Echevarría
(ZENIT – Roma).- A las 21.10 del 12 de diciembre, en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, ha fallecido monseñor Javier Echevarría, obispo y segundo sucesor de san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. El vicario auxiliar de la prelatura, monseñor Fernando Ocáriz, pudo administrarle los últimos sacramentos esta misma tarde, informa un comunicado de prensa del Opus dei.
Asimismo, se indica que el prelado del Opus Dei había sido hospitalizado el pasado 5 de diciembre en el policlínico Campus Bio-Medico de Roma a causa de una leve infección pulmonar. Monseñor Echevarría estaba recibiendo un antibiótico para combatir la infección. Fuentes del centro médico han señalado que “el cuadro clínico se complicó hace tres días, agravándose en las últimas horas y provocando una insuficiencia respiratoria que ocasionó el fallecimiento”.
Como prevé el derecho de la prelatura, el gobierno ordinario de la prelatura recae ahora sobre vicario auxiliar y general monseñor Fernando Ocáriz. Según los estatutos de la Prelatura, a él compete convocar en el plazo de un mes un congreso electivo que elija al nuevo prelado. El congreso ha de celebrarse en el plazo de 3 meses. La elección debe ser posteriormente confirmada por el Papa.
El Prelado ha fallecido a los 84 años de edad. Nació en Madrid en 1932, y en esa misma ciudad conoció a san Josemaría, de quien fue secretario desde 1953 hasta 1975. Más adelante, fue nombrado secretario general del Opus Dei. En 1994 fue elegido prelado. Recibió de manos del san Juan Pablo II la ordenación episcopal el 6 de enero de 1995 en la basílica de San Pedro.
Durante la noche se han celebrado diversas misas de corpore insepulto en la capilla del centro hospitalario. Monseñor Fernando Ocáriz celebró la primera hacia la 1 de la madrugada. Al comunicar la noticia, monseñor Fernando Ocáriz, vicario auxiliar y general de la prelatura del Opus Dei, comentó que se trata de un momento “de oración, de serenidad y de unidad”. Y añadió: “A la pena por la marcha de un padre, se une el agradecimiento por el cariño y el buen ejemplo que nos ha dado en estos 22 años como prelado”.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Homilía de Mons. Javier Echevarría en la Misa de acción de gracias por la beatificación de Álvaro del Portillo.28092014

Homilía de Mons. Javier Echevarría
Homilía de Mons. Javier Echevarría en la Misa de acción de gracias por la beatificación de Álvaro del Portillo.
Madrid, 28 de septiembre de 2014.
www.opusdei.org

 
 
 
 
                
 
“Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”: “ut diligátis ínvicem, sicut diléxi vos” (Jn 15, 12).
Queridos hermanos y hermanas,
        estas palabras del Evangelio resuenan hoy en mi alma con una alegría nueva, al considerar que la muchedumbre presente ayer en este lugar, muy en comunión con el Papa Francisco y con todos los que nos acompañaban desde los cuatro puntos cardinales, no era propiamente una muchedumbre sino una reunión familiar, unida por el amor a Dios y el amor mutuo. Este mismo amor también se hace más fuerte hoy en la Eucaristía, en esta Misa de acción de gracias por la beatificación del queridísimo don Álvaro, Obispo, Prelado del Opus Dei.
        1. El Señor, al instituir la Eucaristía, dio gracias a Dios Padre por su bondad eterna, por la creación salida de sus manos, por su misterioso designo de salvación. Agradecemos ese amor infinito manifestado en la Cruz y anticipado en el Cenáculo. Y le preguntamos al Señor: ¿cómo hemos de proceder para amar como tú nos has amado?; para amar como amaste a Pedro y a Juan, a cada uno de nosotros, y también a san Josemaría y al beato Álvaro.
        Mirando la vida santa de don Álvaro, descubrimos la mano de Dios, la gracia del Espíritu Santo, el don de un amor que nos transforma. E incorporamos a nuestra alma esa oración de san Josemaría que tantas veces ha repetido el nuevo Beato: “Dame, Señor, el Amor con que quieres que te ame[1]”, y así sabré amar a los demás con tu Amor, y con mi pobre esfuerzo. Los demás descubrirán en mi vivir la bondad de Dios, como ocurrió en el caminar diario de don Álvaro: ya en este Madrid tan querido, transparentaba la misericordia divina con su solidaridad con los más pobres y abandonados. Nos llena de gozo que en la segunda lectura, se nos recuerde la presencia de Cristo en nosotros que nos reviste “de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia” (Col 3, 12).
        Queridos hermanos y hermanas, demos gracias a Dios pidiéndole más amor. En la madurez de la juventud, cuando tenía 25 años, don Álvaro era “saxum”, roca, para san Josemaría. Desde su humildad, contestó un día por carta al fundador del Opus Dei con estas palabras: “Yo aspiro a que, a pesar de todo, pueda Ud. tener confianza en el que, más que roca, es barro sin consistencia alguna. Pero ¡es tan bueno el Señor![2]”. Esa seguridad en la bondad divina puede empapar toda nuestra existencia. “Daré gracias a tu nombre, por tu misericordia y tu lealtad”, hemos rezado en el Salmo responsorial (Sal 138 [137], 2). Y se alza nuestra gratitud a la Trinidad Santísima porque permanece con nosotros, con su Palabra, Jesucristo mismo (cf. Col 3, 16) y con su Espíritu, que nos llena de alegría (cf. Jn 15, 11; Lc 11, 13) y hace posible que nos dirijamos a Dios llamándole, llenos de confianza, “Abba, Pater”: “¡Padre! ¡papá!”.
        2. “La trinidad de la tierra nos llevará a la Trinidad del Cielo[3]”, repetía don Álvaro según la enseñanza y la experiencia del Fundador del Opus Dei. Jesús, María y José nos conducen al Padre y al Espíritu Santo; en la humanidad santa de Jesús descubrimos, inseparablemente unida, la divinidad[4].
        ¡La Sagrada Familia! Con palabras de la primera lectura, bendecimos al Señor “que enaltece nuestra vida desde el seno materno y nos trata según su misericordia” (Ecl 50, 22). El texto sagrado nos menciona que ya antes de nacer nos amaba Dios. Viene a mi memoria aquel poema que Virgilio dirige a un niño recién nacido: “Incipe, parve puer, risu cognoscere matrem” (Virgilio, Égloga IV, 60)”: “Pequeño niño, comienza a reconocer a tu madre por su sonrisa”. El niño que nace va descubriendo el universo; en el rostro de su madre, lleno de amor: en esa sonrisa que le acoge, el nuevo ser apenas venido al mundo descubre un reflejo de la bondad de Dios.
        En este día que el Santo Padre Francisco dedica a la oración por la familia, nos unimos a las súplicas de toda la Iglesia por esa “communio dilectionis”, esa “comunión de amor[5]”, esa “escuela[6]” del Evangelio que es la familia, como decía Pablo VI en Nazaret. La familia, con el “dinamismo interior y profundo del amor[7]”, tiene una gran “fecundidad espiritual[8]”, como enseñó san Juan Pablo II, a quien el beato Álvaro estuvo unido por una filial amistad.
        Al dar gracias a don Álvaro, damos gracias a sus padres que le han acogido y educado, que han preparado en él un corazón sencillo y generoso para recibir el amor de Dios, y responder a su llamada. “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”; así fue don Álvaro: un hombre cuya sonrisa bendecía a Dios, que “hace cosas grandes” (Ecl 50, 22), y que contó con él para servir a la Iglesia extendiendo el Opus Dei, como fiel hijo y sucesor de san Josemaría.
        Rezamos para que haya muchas familias que sean “hogares… luminosos y alegres… como fue el de la Sagrada Familia[9]”, en palabras de san Josemaría. Nuestra gratitud a Dios se alza por el don de la familia, reflejo del eterno amor trinitario, lugar donde cada uno se sabe amado por sí mismo, tal como es. Ahora, damos gracias también a todos los padres y madres de familia que están aquí reunidos, y a todos los que se ocupan de los niños, de los ancianos, de los enfermos.
        Familias: el Señor os ama, el Señor se halla presente en vuestro matrimonio, imagen del amor de Cristo por su Iglesia. Sé que muchos de vosotros os dedicáis generosamente a apoyar a otros matrimonios en su camino de fidelidad, a ayudar a muchos otros hogares a ir adelante en un contexto social muchas veces difícil y hasta hostil. ¡Ánimo! Vuestra labor de testimonio y de evangelización es necesario para el mundo entero. Acordaos de que, como dijo el querido Benedicto XVI, “la fidelidad a lo largo del tiempo es el nombre del amor[10]”.
        3. “Sed agradecidos”, nos exhorta san Pablo (Col 3, 15). El beato Álvaro, pensando en lo que debía a san Josemaría, afirmaba que “la mejor muestra de agradecimiento consiste en hacer buen uso de los dones recibidos[11]”. En su predicación, en tertulias, en encuentros personales, en todas partes, nunca dejaba de hablar de apostolado y de evangelización. Para permanecer en ese amor de Dios que hemos recibido, debemos compartirlo con los demás; la bondad de Dios tiende a difundirse. El Papa Francisco decía que “en la oración, el Señor nos hace sentir este amor, pero también a través de numerosos signos que podemos leer en nuestra vida, a través de numerosas personas que pone en nuestro camino. Y la alegría del encuentro con él y de su llamada lleva a no cerrarse, sino a abrirse; lleva al servicio en la Iglesia[12]”.
        “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido” (Jn 15, 16). Después de haber insistido el Señor en que la iniciativa es siempre suya, en la primacía de su amor, nos envía a difundir su Amor a todas las criaturas: “Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (ibídem). “Manete in dilectione mea”: “permaneced en mi amor” (Jn 15, 9). Permanecer en el Señor es necesario para dar un fruto que a su vez eche raíces profundas. Jesús lo acaba de decir a sus discípulos: “Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí” (Jn 15, 4).
        La muchedumbre de estos días, los millones de personas en el mundo, y tantas que ya nos esperan en el Cielo, dan también testimonio de la fecundidad de la vida de don Álvaro. Os invito, hermanas y hermanos, a estar, a desenvolveros en el amor del Señor: en la oración, en la Misa y la Comunión frecuente, en la confesión sacramental, para que, con esa fuerza de la predilección divina, sepamos transmitir lo que hemos recibido, y llevarlo a cabo mediante un auténtico apostolado de amistad y confidencia.
        En la carta que me escribió el querido Papa Francisco con ocasión de la beatificación de ayer, nos decía que “no podemos quedarnos con la fe para nosotros mismos, es un don que hemos recibido para donarlo y compartirlo con los demás[13]”; y añadía que el beato Álvaro “nos anima a no tener miedo de ir a contracorriente y de sufrir para anunciar el Evangelio”, y también que “nos enseña además que en la sencillez y cotidianidad de nuestra vida podemos encontrar un camino seguro de santidad[14]”.
        En este camino, con muchos ángeles, nos acompaña la Santísima Virgen. María es Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa y Templo de Dios Espíritu Santo. Es Madre de Dios y Madre nuestra, la Reina de la familia, la Reina de los apóstoles. Que Ella nos ayude, como lo hizo con el beato Álvaro, a seguir la invitación del Sucesor de Pedro: “Dejarse amar por el Señor, abrir el corazón a su amor y permitir que sea él que guíe nuestra vida[15]”, como tantas veces san Josemaría pidió a la Virgen de la Almudena muy querida y venerada en esta Archidiócesis. Así sea.

[1] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Forja, n. 270.
[2] Beato Álvaro del Portillo, Carta a san Josemaría, Olot, 13 de julio de 1939.
[3] Beato Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 30 de septiembre de 1975.
[4] Cf. Beato Álvaro del Portillo, Carta pastoral con ocasión de las Bodas de Oro de la fundación del Opus Dei, 24 de septiembre de 1978.
[5] Venerable Pablo VI, Alocución en Nazaret, 5 de enero de 1964.
[6] Ibídem
[7]San Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Familiaris consortio, n. 41.
[8] Ibídem.
[9] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 22.
[10] Benedicto XVI, Homilía en Fátima, 12 de mayo de 2010.
[11] Beato Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 1 de julio de 1985.
[12] Francisco, Discurso, Sala Pablo VI, 6 de julio de 2013.
[13] Francisco, Carta a Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, con ocasión de la beatificación de Álvaro del Portillo celebrada en Madrid el 27 de septiembre de 2014.
[14] Ibídem.
[15] Ibídem