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miércoles, 12 de octubre de 2016

El 12 de octubre de 1492 inició la evangelización de América 12102016

El 12 de octubre de 1492 inició la evangelización de América

San Juan Pablo II: “En esa Evangelización, como en toda obra humana, hubo aciertos y desatinos, ‘luces y sombras’, pero ‘más luces que sombras’
Cristóbal Colón - (Cuadro de Dióscoro Puebla 1862 Wiki commons)
Cristóbal Colón - (Cuadro De Dióscoro Puebla 1862 Wiki Commons)
(ZENIT – Roma).- El 12 de octubre de 1492 las tres carabelas capitaneadas por Cristóbal Colón llegaron a una isla del continente americano, Guanahani, y a su regreso dio a conocer por primera vez en Europa la existencia de un Nuevo Mundo.
Constituye uno de los momentos fundamentales de la historia universal y representa el encuentro de dos mundos que habían evolucionado independientemente desde el origen de la humanidad, lo cual cambió el rumbo de la historia.
Cristóbal Colón, por mandato de los reyes Isabel y Fernando de Castilla y Aragón, partió del Puerto de Palos dos meses y nueve días antes y logró cruzar el Océano Atlántico aprovechando los vientos alisos y contralisos.
En los siglos posteriores España, Portugal y en menor medida Inglaterra, Francia y otras potencias europeas compitieron por la exploración, conquista y colonización del continente americano, resultando en el nacimiento de nuevos pueblos, culturas y estados.
Si bien otros europeos llegaron antes, como los vikingos en el siglo X, cuando se habla del descubrimiento de América se entiende el iniciado por España y la posterior colonización. Muchos prefieren también llamarlo como el encuentro de dos mundos.
San Juan Pablo II en un discurso del 14 de mayo de 1992 señaló:
“Como Sucesor de Pedro, deseo proclamar hoy delante de ustedes que la historia está dirigida por Dios. Por ello, los diversos «eventos» pueden convertirse en «oportunidades salvíficas» (kairós), cuando en el curso de los siglos Dios se hace presente de un modo especial”.
“Ante los nuevos horizontes que se abrieron el 12 de octubre de 1492, la Iglesia, fiel al mandato recibido de su divino Fundador (Cf. Mt 28, 19), sintió el deber perentorio de implantar la Cruz de Cristo en las nuevas tierras y de predicar el Mensaje evangélico a sus moradores. Esto, lejos de ser una opción aventurada o un cálculo de conveniencia, fue la razón del comienzo y desarrollo de la Evangelización del Nuevo Mundo”.
“Ciertamente, en esa Evangelización, como en toda obra humana, hubo aciertos y desatinos, «luces y sombras», pero «más luces que sombras» (Cf. Carta Apostólica Los Caminos del Evangelio, 8), a juzgar por los frutos que encontramos allí después de quinientos años: una Iglesia viva y dinámica que representa hoy una porción relevante de la Iglesia universal. Lo que celebramos este año es precisamente el nacimiento de esta espléndida realidad: la llegada de la fe a través de la proclamación y difusión del Mensaje evangélico en el Continente”.
“Y lo celebramos « en el sentido más profundo y teológico del término: como se celebra a Jesucristo (…) el primero y más grande Evangelizador, ya que El mismo es el ‘Evangelio de Dios’»”.

viernes, 9 de septiembre de 2016

El Hombre sabio, modelo del hombre para la educación 09092016


El Hombre sabio, modelo del hombre para la educación

La fragmentación del saber, por su propio dinamismo, acarreó la desaparición de la figura del sabio para sustituirla por la del especialista

Pixabay
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El desarrollo de las ciencias experimentales y la consiguiente fragmentación del saber es un fenómeno que comienza con la revolución científica del siglo XVII y queda establecido con los espectaculares avances técnicos y científicos de la revolución industrial. Se trata de un fenómeno social complejo con importantísimas implicaciones en el mundo de la educación. La fragmentación del saber, por su propio dinamismo, acarreó la desaparición de la figura del sabio para sustituirla por la del especialista.
El caballero culto, tan celebrado en el Renacimiento, era hombre de armas y de letras, de ciencias y de artes. Con el desarrollo y ampliación de los conocimientos, este hombre, que hasta entonces había podido moverse con soltura en todo tipo de arenas intelectuales, tuvo que dejar paso al experto, cuya rasgo definitorio es el de ser una gran autoridad en su parcela y andar bastante ralo de conocimientos fuera de ella. Algunos se han atrevido a señalar a Leonardo da Vinci como el último gran sabio de la historia europea.
Hasta donde me llega la memoria en estos temas, tengo que decir que desde hace décadas, desde mi juventud, vengo oyendo dolerse de este hecho a diversas voces del mundo de las humanidades ya que las humanidades han ido perdiendo valoración social frente a las disciplinas técnicas y experimentales. La crítica, que en gran medida comparto, se resume en entender que si un especialista en su campo resulta ser un desconocedor de lo está fuera de él, que es casi todo, en realidad estamos ante un hombre ignorante.
Si el experto en una sola cosa no cultiva, al menos en cierto grado, más parcelas que la suya, acabará siendo un hombre de cultura desequilibrada, intelectualmente inarmónico, o sea, un ignorante especializado. Y un ignorante especializado, no por especializado, deja de ser un ignorante.
Ahora bien, a la vez hay que decir que la figura del especialista es absolutamente imprescindible. No hay manera de avanzar en el conocimiento si no es contando con especialistas y superespecialistas en los campos más específicos porque no hay posibilidad de abarcar los conocimientos en constante evolución y desarrollo ni siquiera de cualquiera de las grandes áreas del saber, pongamos por ejemplo, la historia.
De este modo parece como si hubiéramos desembocado en un dilema de difícil solución. ¿Por qué apostamos? El dilema, que tiene consecuencias de gran calado para la educación, es más ficticio que real. Apostamos por las dos cosas: una preparación genérica amplia, cuanto más amplia y abierta mejor en los años previos a la Universidad o a la formación profesional y una formación específica cuidada y exigente con vistas al desempeño de una profesión. La apuesta incluye no solo los conocimientos necesarios para el ejercicio profesional sino todos aquellos que suponen la actualización y el desarrollo de las capacidades y cualidades personales de cada individuo: aficiones, intereses, habilidades artísticas, deportivas, científicas, manuales, etc.
Podría parecer que con esto último habríamos completado los requerimientos de la formación intelectual y humana de la persona y en consecuencia, su mapa educativo quedaría concluido. Supongamos que así fuera, supongamos que alguien consigue un amplio y profundo bagage de conocimientos y experiencia, demos por hecho que se han desarrollado de manera óptima todos los talentos personales. ¿Podríamos decir que estamos ante un sabio? Parece claro que no.
Si la respuesta es no, debemos preguntarnos por lo que falta. La abundancia de conocimientos y de experiencias ayuda, pero una cabeza enciclopédica y experimentada, por el solo hecho de serlo, está lejos de corresponder con una persona sabia.
Dice San Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales que “no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente”. A la sabiduría no le estorban los saberes, al contrario, los necesita, pero en mi opinión, aunque se posea todo un mundo de conocimientos, faltan dos cosas. La primera cosa que le falta a una persona poseedora de muchos conocimientos es una visión global de la existencia, la segunda tiene que ver con el concepto moral de sabiduría.
En cuanto a la primera, la visión global de la existencia, me refiero a una cosmovisión que dé sentido a la vida entera, una especie de conocimiento unitario que sin quedarse reducido a nada concreto, abarque la totalidad de lo real. En la Edad Media se dio una definición de hombre sabio formulada precisamente sobre estos presupuestos, sobre esta visión global y realista.
Dice así: “Sabio es el hombre a quien las cosas le parecen tal como realmente son”. En mi opinión el gran mérito de esta definición está en su candorosa simplicidad. Veo en ella -valga el juego de palabras- una sabia definición de hombre sabio. Y lo veo por dos motivos:
Uno, porque según la definición, sabio no es el que sabe cómo son las cosas, sabio es al que le parece cómo son. Saber cómo son las cosas, lo que se dice saber de manera exacta y definitiva, solo Dios. Nuestros saberes, aún los mejor establecidos, son siempre provisionales. Uno de los grandes méritos del reputado filósofo Carlos Popper, estuvo precisamente en advertir de la interinidad de nuestras proposiciones, por más atadas que las supongamos.
En la confrontación con lo real (con las cosas) el arrogante dice saber, al sabio le parecen. Ahora bien, por ser sabio, su parecer no es un parecer arbitrario ni gratuito, sino preciso y bien fundamentado porque coincide con lo que las cosas son realmente. Si el parecer fuera una mera opinión alejada de la realidad, no habría tal sabiduría, porque se trataría de un parecer erróneo o falso.
Por esta razón digo que veo candor en esta definición, porque el sabio, habiendo aquilatado su opinión de manera rigurosa y aun teniendo la certeza de cómo son las cosas, no se arroga el saber y no se atreve a ir más allá del “me parece”. Digamos de paso que esta postura de humildad frente a la arrogancia del saber nos ofrece una síntesis preciosa de razón y fe, sabiduría humana y revelación divina. En cuanto sabiduría humana nacida de la razón, hunde sus raíces en la filosofía de Sócrates, en cuanto revelación divina sabemos que “la arrogancia con los hombres, Dios la detesta”. (Lc 16, 15).
El segundo motivo por el que entiendo que estamos ante una definición sabia es porque sabio no es quien sabe esto o aquello, ni el que colecciona saberes, sino el que ha forjado una fundada opinión sobre “las cosas” usando con agudeza y prudencia su razón natural.
¿Sobre qué cosas? Sobre “todas las cosas”: Dios, hombre y mundo, es decir, la vida humana con todas sus dimensiones, con todas sus hebras, con su devenir, con su intrincada red de relaciones y enredos, con su lucha interminable entre el bien y el mal.
Adquirir la sabiduría que consiste en entender todo esto es aprender el arte de vivir, el único verdaderamente imprescindible. Por esta vía de la visión de totalidad llegamos a ver la coincidencia de la sabiduría con la filosofía. Sabio es el filósofo, siempre que se entienda la filosofía, no como un saber más, perdido en la constelación de saberes, sino como la “ciencia de «todas las cosas» por sus causas últimas adquirida por la luz natural de la razón”. Es la definición clásica de filosofía (no la etimológica), que a pesar de haber sido contestada y puesta en entredicho desde la Edad Moderna, sigue conservando todo su valor y todo su vigor.

jueves, 1 de septiembre de 2016

El hombre está por encima del trabajo 01092016

El hombre está por encima del trabajo

Los cristianos debemos seguir reclamando y luchando por una economía con “rostro humano”
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Trabajo En La Oficina - Pixabay
El hombre está por encima del trabajo, salvo que queramos que la persona, centro y fundamento de todo, pase diluido. La Iglesia Católica se suma a reconocer la dignidad y el bienestar de los trabajadores, consciente de que, como nos recuerda el Catecismo (N° 1687), la injusticia con el asalariado es uno de los pecados que claman al cielo.
La doctrina social de la Iglesia es amplia, va a los principios. Y el tiempo ha demostrado que tanto el capitalismo liberal como el socialismo acaban siendo caras de una misma moneda que olvida a la persona para convertirlo en un utensilio más, en un bien de producción, en un número… Los cristianos debemos seguir reclamando y luchando por una economía con “rostro humano”, como afirmaba Juan Pablo II en su encíclica Centesimus Annus.
La Iglesia ante el trabajo
La mayoría de los países latinoamericanos, al igual que los europeos, se ven afligidos por severos problemas económicos que se traducen en pobreza y en pocas esperanzas de mejoría en el futuro próximo. Ante esta realidad, y ante el desafío que presenta la recuperación económica tras la crisis mundial, tanto para países como para familias, juega un papel decisivo la colaboración honesta y comprometida de la empresa y del trabajador.
La empresa es una asociación libre de personas, diseñada por el hombre para satisfacer mejor sus necesidades, dando satisfacción a las de otros. Por tanto, tiene dos fines: servir a los de fuera proporcionándoles bienes y servicios; y, por otro lado, servir a los de dentro, mediante la distribución de utilidades, salarios, prestaciones y otras remuneraciones.
Pero la empresa no debe perder de vista el aspecto humano del trabajo y la dignidad de la persona humana, o sea, del trabajador. Esto es algo que la Iglesia ha defendido siempre, porque el trabajador, al entrar en la empresa, no lo hace como simple administrador de la fuerza de trabajo, sino que entra con su ser completo, alma y cuerpo, con sus angustias e ilusiones, con su bondades y flaquezas. Corresponde a la empresa tratarlo como un ser integral. Por su parte, el trabajador ha de contribuir con todas sus fuerzas no sólo a la productividad excelente de la empresa, sino a hacer de ella una comunidad de hombres en la que se practiquen las virtudes de la solidaridad y de la fraternidad.
Especial responsabilidad tienen los empresarios cristianos. Ellos, ahora más que nunca, están llamados a ser luz para una sociedad que necesita modelos de honestidad. Alentado por la figura de Cristo, -Dios trabajador-, y la doctrina social de la Iglesia, ya en el siglo XIX, el Obispo de Maguncia, monseñor Ketteler afirmó que “la religión también exige que el trabajo humano no sea considerado como una mercancía, ni evaluado puramente según las fluctuaciones de la oferta y la demanda. Es justo reintegrar al trabajo humano y al obrero la dignidad que la Iglesia les reconoce y que los principios de la economía liberal le han arrebatado”.

domingo, 14 de agosto de 2016

“Cambiar al mundo” 13082016

“Cambiar al mundo”

La clave de nuestra capacidad de hacer cambiar a los demás está siempre ligada a nuestra capacidad de cambiarnos a nosotros mismos
Trabajadores - Pixabay
Trabajadores - Pixabay
Cuando era joven y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo.
Según fui haciéndome mayor, pensé que no había modo de cambiar el mundo, así que me propuse un objetivo más modesto e intenté cambiar sólo mi país.
Pero, con el tiempo, me pareció también imposible. Cuando llegué a la vejez, me conformé con intentar cambiar a mi familia, a los más cercanos a mí.
Pero tampoco conseguí casi nada. Ahora, en mi lecho de muerte, de repente he comprendido una cosa: si hubiera empezado por intentar cambiarme a mí mismo, tal vez mi familia habría seguido mi ejemplo y habría cambiado, y con su inspiración y aliento quizá habría sido capaz de cambiar mi país y —quien sabe— tal vez incluso hubiera podido cambiar el mundo.-
Este viejo relato, recogido en una lápida de la Abadía de Westminster, puede servirnos como una interesante reflexión acerca del sentido crítico y el deseo de cambio que todos tenemos en nuestro interior. Normalmente, la crítica se tiñe del ánimo o la disposición interior que hay tras ella, y de la que muchas veces procede. También sabemos que hay disposiciones mejores y peores, positivas y negativas, optimistas y pesimistas, y eso debemos tenerlo presente, y saber reconocerlo, pues resulta decisivo para comprobar la rectitud de nuestros juicios y la fiabilidad de nuestra capacidad de valoración y de crítica.
Si damos entrada a la envidia, al orgullo, la ira, la ambición, o a cualquiera de las múltiples formas en que la soberbia se manifiesta en todos los hombres, ese ánimo o predisposición con que observamos a los demás condicionará todo lo que observamos. Y entonces perderemos objetividad en nuestros análisis y eficacia en nuestros empeños por mejorar el mundo que nos rodea.
Solamente si hay una buena disposición, si se ve a los demás con el necesario afecto, deseando su bien, sólo entonces la crítica reúne las condiciones que requiere para ser una crítica útil y constructiva. Y sólo entonces es un acto de virtud para quien la practica y una verdadera ayuda para quien la recibe.
Y para entender y realizar así la crítica, es preciso ensayarla primero con uno mismo, como advirtió al final de su vida el protagonista de aquella reflexión. Sólo cuando se sabe lo que cuesta mejorar, lo difícil que resulta y, al tiempo, lo importante y liberador que es, sólo entonces se puede observar a los demás con cierta objetividad y ayudarles realmente. El que sabe decirse las cosas claras a sí mismo, sabe cómo y cuándo decírselas a los demás, y sabe también escucharlas con buena disposición.
Saber recibir y aceptar la crítica es prueba de profunda sabiduría. Dejarse decir las cosas es signo cierto de grandeza espiritual y de inteligencia clara. Aprender de la crítica es decisivo para hacer rendir los propios talentos. En cambio, quien no soporta que se le critique nada, e incluso ataca a quien ha tenido la atención y el desvelo de hacerle una crítica honesta y buena, o incluso se ensaña con el mensajero, esa persona difícilmente saldrá de sus errores, que con seguridad serán numerosos.
No se trata de vivir siempre pendiente de la crítica, bailando al son de lo que se diga o se deje de decir sobre lo que hacemos o somos, porque esa preocupación acabaría siendo patológica. El que no hace nada no suele recibir críticas, pero el que hace mucho suele ser criticado por todos: lo critican los que no hacen nada, porque ven su vida y su trabajo como una acusación; lo critican los que obran de modo contrario, porque lo consideran un enemigo; y lo critican a veces también los que hacen las mismas o parecidas cosas, porque se ponen celosos. Tiene que hacerse perdonar por los que apenas hacen nada y por los que no conciben que se pueda hacer nada bueno sin contar con ellos.
En todo caso, y como también advirtió con lucidez aquel hombre al final de sus días, la clave de nuestra capacidad de hacer cambiar a los demás está siempre ligada a nuestra capacidad de cambiarnos a nosotros mismos.