Mostrando entradas con la etiqueta Familia y Vida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Familia y Vida. Mostrar todas las entradas

sábado, 5 de octubre de 2019

Barnevernet le quita los hijos a unos padres tras ser absueltos de castigarles sin teléfono móvil 05102019

Barnevernet le quita los hijos a unos padres tras ser absueltos de castigarles sin teléfono móvil

La familia Aleksandravicius ha quedado rota para siempre, al menos en la intención de los servicios de protección social de Noruega, más poderosos que una sentencia judicial.
La familia Aleksandravicius ha quedado rota para siempre, al menos en la intención de los servicios de protección social de Noruega, más poderosos que una sentencia judicial.
Todos los elementos de la pesadilla que puede suponer Barnevernet para cualquier persona que pise Noruega, ciudadano o extranjero, se dan cita en el caso de la familia Aleksandravicius. Pese a las continuas denuncias, dentro y fuera del país, contra el inmenso poder de ese sistema de protección infantil y contra el arbitrario funcionamiento del que hace gala, su burocracia es implacable e indiferente a los varapalos judiciales.
A principios de septiembre, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó a Noruega por quitarle un niño recién nacido a su madre al estimar, con fundamentos que ahora se han considerado insuficientes, que no estaba capacitada para criarlo. Eso eso fue en 2008, y ahora el niño tiene once años que ha vivido en régimen de acogida.
Para los Aleksandravicius la situación se ha tornado aún más dramática, porque Barnevernet se va a quedar con la custodia de sus tres hijos de forma permanente, a pesar de que los cargos criminales que motivó su intervención fueron retirados. 
La odisea comenzó hace más de un año. Natalya Shutakova y sus tres hijos (Brigita, de 11 años, Nikita, de 9, y Elizabeth, de 7), todos con nacionalidad estadounidense, se trasladaron desde Atlanta (Georgia) para vivir cerca de Oslo junto a su marido y padre, Zigintas Aleksandravicius.
Según explicó Natalya a Christian Post, el 20 de mayo de este año Brigita denunció en el colegio malos tratos por parte de sus padres porque la habían castigado sin teléfono móvil. Amparados por un sistema educativo en el que la misma idea de "castigo" está perseguida, y con una legislación que considera delito el más mínimo castigo físico o psicológico, los responsables del centro trasladaron la denuncia a Barnevernet. Sus funcionarios tardaron poco en presentarse en el hogar acompañados por la policía para llevarse a los niños y apartarles cautelarmente de sus padres mientras se sustanciaba la denuncia contra ellos, trasladados a comisaría.
Tras casi cuatro meses con sus hijos en una casa de acogida, llegó le momento del juicio, celebrado en Skien (Telemark). La niña grabó un vídeo para el juez explicando que había mentido al hablar de malos tratos por parte de sus padres, y que deseaba volver a casa con ellos.
"Me siento perdida. Quiero volver a casa. Quiero volver a casa con mi mamá y mi papá y disfrutar con ellos", dice Brigita en el vídeo, al que ha tenido acceso Christian Post: "Cometí un gran error y lo lamento por lo que ha pasado y el drama sobre el que mentí. Mentí sobre ello en el colegio porque no sabía lo que estaba haciendo". Siete testigos corroboraron ante el juez que la pequeña tenía tendencia a mentir.
"Se nos había acusado de un delito de maltrato infantil, pero todo ha quedado aclarado", explicaba entonces Natalya, entusiasmada: "Barnevernet desprecia lo que dice la policía, pero tenemos un juez fantástico y el mejor abogado del mundo. La verdad se abrirá camino. Los niños estarán en casa pronto. No tengo palabras suficientes de agradecimiento para todos los que están rezando continuamente por nosotros".
Sin embargo, otro juez ha decidido que Barnevert conserve la custodia de los niños, a pesar de que la acusación criminal fue archivada, y la madre teme que sea de forma "permanente".  Han recurrido esa decisión, pero tendrán que esperar al menos dos meses para que se resuelva el recurso. Si fallan contra ellos, tendrán que esperar al menos un año hasta que pueda verse un recurso a nivel europeo: "No podemos perder el tiempo en un país cuyo sistema judicial está corrompido. El país fue condenado en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos por violar los derechos de los niños y de las familias".

sábado, 23 de febrero de 2019

Linda Ghisoni, Dicasterio para los Laicos, Familia y Vida: “Communio. Actuar juntos” (Sexta Relación del Encuentro) 22022019

Linda Ghisoni, durante su intervención en el Encuentro
Linda Ghisoni, Durante Su Intervención En El Encuentro

Linda Ghisoni, Dicasterio para los Laicos, Familia y Vida: “Communio. Actuar juntos”

Sexta Relación del Encuentro
(ZENIT – 22 febrero 2019).- “Actuar juntos”, es lo que aboga Linda Ghisoni, Subsecretaria del dicasterio romano para los laicos, la familia y la vida, que habló el viernes, 22 de febrero de 2019, a las 16 horas, durante el segundo día del Encuentro para ‘La Protección de los Menores en la Iglesia’, en curso del 21 al 24 de febrero.
Especialista en Derecho Canónico, enfatiza esta vida de la Iglesia como “comunión” que implica: “No hay una clase de negocios en algunas Iglesias particulares y una clase económica en otras, sino la única Iglesia de Cristo se expresa en todas partes, garantizando a todos, herramientas, procedimientos, criterios que, más allá de las particularidades locales necesarias, protegen a los menores buscando la verdad, la justicia, promoviendo la reparación y la prevención del abuso sexual”.
Como consultora de la Congregación para la Doctrina de la Fe, también enfatiza la importancia de la “verificación”, de la evaluación de la acción del obispo también: “Para decir que incluso el obispo siempre debe dar cuenta de su trabajo a alguien no significa someterlo a un control o cubrirlo con desconfianza a priori, sino involucrarlo en la dinámica de la comunión eclesial donde todos los miembros actúan de manera coordinada, de acuerdo con sus propios carismas y ministerios. Si un sacerdote informa a la comunidad, el presbiterio y su obispo sobre su actividad, ¿un obispo a quien reporta? ¿A qué responsabilidad está sujeto?”.
Consejos diocesanos 
Es por esto que propone el establecimiento de “consejos diocesanos” que “operen de manera corresponsable con los obispos y los superiores religiosos, apoyándolos en esta tarea con competencia y actuando como un lugar de verificación y discernimiento con respecto a las iniciativas que se deben emprender sin sustituirlas por ellas mismas” o “interferir con las decisiones que caen dentro de la responsabilidad jurisdiccional directa del obispo o del superior, pueden ser un ejemplo y un modelo de una colaboración saludable de laicos, religiosos y eclesiásticos. En la vida de la Iglesia”.
También considera “deseable” que, “dentro del territorio de cada Conferencia Episcopal, se establezcan comisiones consultivas independientes para asesorar y asistir a obispos y superiores religiosos y para promover un nivel uniforme de responsabilidad en las diversas diócesis”.
La Sra. Ghisoni también señala, entre otros temas de reflexión, la comunicación que debe evitar tanto la “confidencialidad injustificable”, como la “divulgación no controlada” de que “puede crear una mala comunicación y no servir la verdad”: “La responsabilidad también es saber comunicar. Si, de hecho, no nos comunicamos, ¿cómo podemos ser responsables ante los demás? Y entonces, ¿qué comunión puede haber entre nosotros?”.
AB (Traducción de Ana Paula Morales)
***
Communio: actuar juntos
Introducción
«Es una nueva traición que viene del interior de la Iglesia. Estas personas son, desde mi punto de vista, lobos que entran aullando en el redil para asustar aún más al rebaño y dispersarlo, cuando deberían ser precisamente ellos, los Pastores de la Iglesia, quienes tendrían que cuidar y proteger a los más pequeños».
En este testimonio de una mujer víctima de abusos de conciencia, de poder y sexuales por parte de sacerdotes, los “lobos que aullan” son los pastores que han negado a priori y que, una vez probados los hechos criminales, la han hecho objeto de intimidaciones y han aniquilado su dignidad, definiéndola como «una persona que, todo lo más, puede pasar entre un cuadro y la pared» (sin espesor, sin fundamento).
Escuchar testimonios como éste no es un ejercicio de conmiseración; es un encuentro con la carne de Cristo en la que se han provocado heridas incurables, heridas que, como decía Usted, Santo Padre, no prescriben.
De rodillas: esta sería la posición adecuada para tratar los temas de estos días. De rodillas ante las víctimas y sus familias, ante los abusadores, los cómplices, los negacionistas, delante de todos los que han sido acusados injustamente, ante los negligentes, los encubridores, ante los que han intentado hablar y actuar pero han sido silenciados, ante los indiferentes. De rodillas ante el Padre misericordioso que ve desgarrado el Cuerpo de Cristo, su Iglesia, y nos envía a hacernos cargo de las heridas como Pueblo suyo, y a curarlas con el bálsamo de su amor.
No tengo nada que enseñarle a Usted, Santidad, a ustedes, Eminencias, Excelencias Reverendísimas, a las Reverendas Madres y a los Reverendos Padres convocados aquí; creo más bien que juntos, en la escucha recíproca y activa, nos esforzamos por trabajar para que en el futuro no levante tanto clamor un evento como este encuentro y la Iglesia, Pueblo de Dios, cuide de manera competente, responsable y amorosa a las personas implicadas y se haga cargo de lo que ha sucedido, para que la prevención no se agote en un bonito programa, sino que se convierta en actitud pastoral ordinaria.
1. Situar y fundar oportunamente la rendición de cuentas
Ante la anormalidad inherente a cualquier tipo de abuso perpetrado contra menores se impone, en primer lugar, el deber de conocer todo lo que ha sucedido, junto a una toma de conciencia de lo que significa; y el deber de verdad, de justicia, de reparación y prevención para que no se reiteren tales abominaciones.
El conocimiento de los abusos y de su entidad es, evidentemente, el punto de partida fundamental; por lo demás, no es posible elaborar un plan de prevención si no se conoce aquello que se debe evitar. Sin embargo, el conocimiento de los hechos y la definición de la entidad del fenómeno, aunque es necesario, “en sí mismo no basta” (Francisco, Carta al Pueblo de Dios, 20 de agosto de 2018, n.2).
Para satisfacer las exigencias enumeradas más arriba de verdad, justicia, reparación y prevención, se necesita que quien está investido de la debida responsabilidad la asuma, con el consiguiente deber de dar cuenta de ella, el deber de rendir cuentas.
Dicho deber impone una operación de evaluación y rendición de cuentas por lo que se refiere a decisiones tomadas y objetivos fijados y realizados en mayor o menor medida. Responde a exigencias de carácter social, y coloca a la persona investida de responsabilidad ante una rendición de cuentas tanto a sí misma como a la sociedad en la que vive y a beneficio de la cual está llamada a desempeñar un determinado cargo.
Pero la rendición de cuentas en la Iglesia, contrariamente a lo que puede parecer, no responde en primer lugar a exigencias de carácter social y organizativo.
Y ni siquiera –siempre en primer lugar– a la necesidad de transparencia, a la que todos hemos de prestar especial atención en razón de la verdad.
Tales exigencias, que no hay que descuidar ni minimizar, son justas; por lo demás, la Iglesia no puede distanciarse de lo que exige su dimensión institucional.
Sin embargo, no son estas exigencias sociales las que constituyen el fundamento de la rendición de cuentas; éste se encuentra más bien en la naturaleza propia de la Iglesia como misterio de comunión.
Sabemos que la naturaleza de comunión de la Iglesia emerge especialmente gracias al Concilio Vaticano II, si bien, en realidad, ni la Constitución Dogmática Lumen Gentium ni los demás documentos de carácter eclesiológico parecen poner expresamente el acento sobre la eclesiología de comunión.
Habrá que esperar al Sínodo extraordinario de los Obispos del año 1985 – convocado para «meditar, profundizar y promover las enseñanzas del Vaticano II a los 20 años de su conclusión» (Juan Pablo II, Discurso final de la II Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos, 7 de diciembre de 1985) – para que se elabore la categoría de comunión como clave interpretativa de la Iglesia a la luz de la Revelación. Esta surge de la referencia primera, directa, fundante, a la dimensión sacramental de la Iglesia, es decir, a ese misterio trinitario en el cual la Iglesia reconoce su propio rostro, si bien en forma sacramental y, por tanto, analógica: «veluti sacramentum», «o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 1).
Solamente apoyándose en este fundamento adquiere pleno significado cada acción de la Iglesia: incluso una acción que connota claramente exigencias de carácter social, como puede parecer la rendición de cuentas, es preciso que sea reconducida a la naturaleza propia de la Iglesia misma, es decir, a su dimensión de comunión.
¿Qué puede significar esto en nuestro ámbito específico?
No pocas veces advierto intranquilidad en la Iglesia por la atención que se dedica a la cuestión de los abusos sexuales de menores. Un sacerdote, hace unos días, exclamó: “¿Otra vez? ¡Se sigue hablando de abusos! La atención que la Iglesia presta a este tema es exagerada”.
También una señora practicante me ha dicho inocentemente: “Mejor no hablar de estos temas, porque de lo contrario crecerá la desconfianza hacia la Iglesia. Hablar de esto oscurece todo el bien que se hace en las parroquias. Que lo resuelvan el Papa, los obispos y los sacerdotes entre ellos”.
¿Es el hablar lo que ofusca lo bueno que se hace en las parroquias, o más bien son los abusos de conciencia, de poder, sexuales?
A estas personas –y en primer lugar a mí misma– les digo que tomar conciencia del fenómeno y dar cuenta de la propia responsabilidad no es una obsesión, no es una acción inquisitoria accesoria para satisfacer meras exigencias sociales, sino una exigencia que brota de la naturaleza misma de la Iglesia como misterio de comunión fundado en la Trinidad, como Pueblo de Dios en camino que no evita sino que afronta, con conciencia de comunión siempre renovada, incluso los desafíos ligados a los abusos sucedidos en su interior en perjuicio de los más pequeños que minan y rompen esta comunión.
2. Algunas cuestiones eclesiológicas consiguientes
Solamente a partir de la visión de la Iglesia como sacramento que significa y realiza el misterio de comunión trinitaria es posible comprender correctamente la variedad de los carismas, dones y ministerios de la Iglesia, la diversidad de los papeles y las funciones en el Pueblo de Dios.
2.1 Una primera cuestión crucial que se deduce de lo dicho hasta ahora es la siguiente: en Iglesia, los fieles no se atribuyen papeles y cargos según una distribución social de acuerdo con exigencias de funcionamiento institucional: sabemos bien que el sacerdocio común de los fieles, fundado en el bautismo, hace partícipes a todos los cristianos –precisamente en virtud del bautismo– del triple munus de Cristo sacerdote, rey y profeta (cf. LG 10).
Por tanto, una referencia honesta a la Iglesia como comunión, como Pueblo de Dios en camino, exige que todos los componentes de este Pueblo, cada uno en el modo que le es propio, vivan consecuentemente los derechos-deberes que han adquirido con el bautismo. No se trata de acaparar puestos o funciones, o de repartirse el poder: la llamada a ser Pueblo de Dios nos entrega una misión que cada uno ha de vivir según los dones recibidos, y no él solo, sino como parte del Pueblo.
2.2 Una segunda cuestión importante en el contexto de nuestro discurso se refiere a la correcta comprensión del ministerio ordenado, especialmente de la relación entre obispo y presbíteros.
Si por una parte se requiere a los presbíteros que estén unidos a su Obispo con sincera caridad y obediencia, reconociendo en él la autoridad de Cristo como Pastor supremo, por otra los Obispos deben preocuparse «cordialmente, en la medida de sus posibilidades, de su bien material (de los presbíteros) y, sobre todo, espiritual, como está escrito en el n. 7 del Decreto Presbyterorum Ordinis. Efectivamente, sobre los obispos recae principalmente la grave responsabilidad de la santidad de sus sacerdotes: por consiguiente, tengan un cuidado exquisito en la continua formación de su presbiterio (CD 15-16)».
Una correcta relación entre Obispo y presbíteros conduce a que éste se haga cargo realmente, desde el punto de vista material y espiritual, de los sacerdotes, pues sobre él recae en primer lugar la responsabilidad de la santidad de los presbíteros.
Es preciso que el ministerio sacerdotal, basándose en una sólida formación, sea vivido en todos los niveles como lo que es: dedicación y servicio a Cristo y a la Iglesia lavando los pies, según lo que Jesús hizo a los apóstoles a pesar de desilusionar a muchos de sus contemporáneos porque no ejercitó el poder como se esperaban. El ministerio sacerdotal vivido como tal preserva de cualquier tentación de acariciar el poder, de autorreferencialidad y autocomplacencia, de principado y explotación de los demás para cultivar el propio placer a cualquier nivel, también sexual.
¡Cuántos sacerdotes, cuántos obispos nos edifican con su ministerio, con su vida de oración, de dedicación y de servicio, estableciendo relaciones sanas y libres dentro del Pueblo de Dios! Damos las gracias a estos sacerdotes, animándolos y sosteniéndolos en la vida de santidad, de servicio en la viña del Señor, a la que han sido llamados.
2.3 Otra nota a destacar, que deriva de la visión de la “Iglesia comunión”, Pueblo de Dios en camino, es la exigencia de interacción entre los varios carismas y ministerios. La Iglesia se hace visible y actúa en su naturaleza de comunión si cada bautizado vive y cumple lo que le es propio, si la diversidad de carismas y ministerios se expresa en la necesaria participación de cada uno, respetando las diferencias.
El citado documento conciliar de 1965 dedicado a los presbíteros les pide no solo que “reconozcan y promuevan sinceramente la dignidad de los seglares y el papel que desempeñan en la misión de la Iglesia”, sino también que “escuchen con gusto a los seglares, considerando fraternalmente sus deseos y aceptando su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, a fin de poder reconocer juntamente con ellos los signos de los tiempos”. Y añade: “Encomienden también confiadamente a los seglares trabajos en servicio de la Iglesia, dejándoles libertad y radio de acción, invitándolos incluso oportunamente a que emprendan sus obras por propia iniciativa” (PO 9).
Se subraya aquí, a partir de la communio que constituye la Iglesia, la necesidad de la contribución diversificada de todos, no para reclamar el protagonismo de algunos, sino para hacer visible la multiforme riqueza de la Iglesia dentro del respeto del proprium de cada uno, contra la pretensión de que el carisma de la síntesis sea la síntesis de los carismas.
2.4 Finalmente, es preciso que la participación de todo el Pueblo de Dios sea necesariamente dinámica: los laicos, los consagrados no están llamados a ser simples ejecutores de las disposiciones de los clérigos, sino que todos somos servidores de una única viña en la que cada uno aporta su propia contribución y participa en el discernimiento que el Espíritu sugiere a la Iglesia.
Indudablemente, el ministerio ordenado, en su grado más alto, el episcopal, lleva sobre sí la responsabilidad de tomar la decisión última, en virtud de la potestad que se le reconoce; sin embargo, no puede actuar solo o limitando a unos pocos su acción de discernimiento.
Es vital para los Obispos valerse de la contribución, del consejo y del discernimiento de los que todos son capaces en su Iglesia, incluidos los laicos, no solamente para sí mismos y en lo referente a las elecciones personales, sino también como Iglesia y para el bien de la Iglesia en el hic et nunc en el que están llamados a vivir.
El fundamento de comunión de la Iglesia es siempre el que nos indica la vía y el método, en este caso un dinamismo de participación de todo el Pueblo de Dios que comporta vivir la sinodalidad, caminando juntos, como un proceso compartido en el que cada uno tiene una parte distinta, responsabilidades diversas, pero todos constituyen la única Iglesia. De hecho –como leemos en la constitución apostólica Episcopalis Communio del 15 de septiembre de 2018– «la totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2, 20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando “desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos” presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres (LG 12). […] Un obispo que vive en medio de sus fieles tiene los oídos abiertos para escuchar “lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2, 7) y la “voz de las ovejas”, también a través de los organismos diocesanos que tienen la tarea de aconsejar al Obispo, promoviendo un diálogo leal y constructivo» (EC 5).
Estas reflexiones nos invitan a huir de dos posiciones erróneas. Un obispo no puede resolver las cuestiones referentes a la Iglesia actuando él solo o exclusivamente con otros obispos, según la idea de que “solo un obispo puede saber lo que es bueno para los obispos”; de manera análoga, se podría decir que “solo un sacerdote sabe lo que es bueno para los sacerdotes, solo un laico para los laicos, solo una mujer para las mujeres”, y así sucesivamente.
Del mismo modo, podemos afirmar que es erróneo, desde mi punto de vista, sostener que la participación de los laicos en cuanto tales en cuestiones que se refieren a los ministros ordenados garantiza una mayor corrección ya que son “terceros” respecto a los eventos. Algunos piden: “Constituyamos una comisión de laicos porque resulta más creíble que una comisión de sacerdotes, que tienden a ser menos objetivos, a tapar y defender a priori”.
Como mujer laica, debo constatar honestamente que tanto entre los sacerdotes y los religiosos como entre los laicos puede haber y hay personas no libres, dispuestas a encubrir a priori, supeditadas a alguien en vez de ser fieles a la propia vocación y de estar al servicio de la Iglesia de manera amorosa, inteligente y libre.
Volver a la naturaleza de comunión de la Iglesia, donde se realizan los diversos carismas y ministerios, no significa nivelación, sino que comporta riqueza y fuerza, ayuda a encontrar las razones para evitar estos eslóganes extremos e improductivos.
3. Sugerencias para algunas actuaciones prácticas
Teniendo presentes los fundamentos y las cuestiones brevemente indicadas, este encuentro nos ofrece la oportunidad de conocer lo que se está realizando en la Iglesia y lo que hay que implementar, conscientes de que esta reunión convocada por el Papa no constituye la meta de un recorrido terminado, validado y perfecto; pero tampoco es el punto de partida: no se pueden ignorar las intervenciones magisteriales, normativas y pastorales promovidas hasta ahora, ni las numerosas acciones derivadas de ellas.
3.1 La primera sugerencia es, por tanto, conocer y estudiar las prácticas ya experimentadas que se han demostrado eficaces en otros contextos eclesiales, en otros episcopados. Me refiero a prácticas que contemplen la participación de personas competentes que representen a todo el Pueblo de Dios, puesto que todos los bautizados, animados por el Espíritu, son idóneos para expresar un sensus fidei del que la Iglesia no puede prescindir.
En este contexto, es bueno reconocer el trabajo de quienes, en años recientes, han dedicado inteligencia, corazón y manos a esta causa escuchando a las víctimas, elaborando protocolos, directrices, revisiones etc., valiéndose de competencias específicas procedentes de todo el Pueblo de Dios.
Teniendo en cuenta la diversidad que deriva de los diferentes contextos culturales y sociales en los que está presente la Iglesia, no debe haber una business class en algunas iglesias particulares y una economy class en otras, sino que la única Iglesia de Cristo ha de expresarse en todas partes garantizando a todos, en cualquier lugar, instrumentos, procedimientos y criterios que, más allá de las necesarias peculiaridades locales, tutelen a los menores buscando la verdad y la justicia, y promuevan la reparación y la prevención en materia de abusos sexuales.
3.2 En las directrices nacionales se debe inserir un capítulo específico que determine los motivos y los procedimientos de rendición de cuentas, para que los obispos y los superiores religiosos establezcan un sistema de verificación ordinaria del cumplimiento de lo que está previsto, y una motivación de las acciones emprendidas o no, de modo que no haya que justificar posteriormente las razones de un determinado comportamiento sometiéndolo a las exigencias del momento, ligado quizá a una acción defensiva.
El hecho de prever un procedimiento ordinario de verificación no se debe entender como desconfianza hacia el Superior o el Obispo; más bien ha de considerarse como una ayuda que le permite conocer –ante todo a él mismo- las razones de una determinada acción realizada u omitida cuando todos los elementos están claros y presentes, o sea, en el mejor momento. Decir que también el obispo debe siempre dar cuenta a alguien de su actuar no significa someterlo a un control o desconfiar de él a priori, sino insertarlo en la dinámica de la comunión eclesial, en la que todos los miembros actúan de modo coordinado, según sus propios carismas y ministerios. Si un sacerdote debe rendir cuentas de su actuación a la comunidad, al presbiterio y a su obispo, ¿a quién debe rendir cuentas un obispo? ¿A qué rendición de cuentas está sujeto?
Identificar una realidad de responsabilización no solo no debilita su autoridad, sino que lo valoriza en su función propia como pastor de un rebaño, que no está separado del pueblo por el cual está llamado a dar la vida. Podrá suceder, como para cada uno de nosotros, que de la rendición de cuentas surja la conciencia de un error, se haga evidente que un camino emprendido es equivocado, quizá porque en aquel momento se pensaba –erróneamente– que se estaba obrando por el bien. Ello no constituirá un juicio del que defenderse para recuperar credibilidad, una mancha en la propia honorabilidad, una insidia a la potestad ordinaria, propia e inmediata (cf CD 8a). Por el contrario, será el testimonio de un camino recorrido junto a los demás, pues solo juntos se puede encontrar el discernimiento de una verdad, de una justicia, de una caridad. La lógica de la comunión no soporta una acusación y una defensa, sino un cooperar (“cooperar”, precisamente, por tanto solo en comunión) por el bien de todos. Por consiguiente, también la rendición de cuentas es una forma, más necesaria hoy que nunca, de esta lógica de comunión.
La puesta en marcha, en la sede local, con base diocesana o regional, de consejos que operen de manera corresponsable con los Obispos y los Superiores religiosos, sosteniéndolos en esta tarea con competencia y actuando como lugar de verificación y discernimiento de las iniciativas a realizar, sin sustituirse a ellos ni interferir en las decisiones que caen bajo la directa responsabilidad jurisdiccional del Obispo o del Superior, puede constituir un ejemplo y un modelo de una sana colaboración entre laicos, religiosos y clérigos en la vida de la Iglesia.
3.3 Es aconsejable que en el territorio de cada Conferencia episcopal se creen Comisiones consultivas independientes para aconsejar y asistir a los Obispos y a los Superiores religiosos, y para promover un nivel uniforme de responsabilidad en las diversas diócesis. Tales comisiones consultivas pueden estar formadas por laicos, sin que se excluya a los religiosos y los clérigos. No se trataría de personas que juzgan a los Obispos, sino de fieles que ofrecen su consejo y asistencia a los Pastores valorando su actuación con criterios evangélicos; y que informan a todos los fieles del territorio sobre los procedimientos apropiados.
Dichas Comisiones consultivas, mediante relaciones y reuniones periódicas entre ellas, podrían contribuir a asegurar una mayor uniformidad en las prácticas y una interacción cada vez más eficaz, de modo que las Iglesias particulares aprendiesen las unas de las otras, en espíritu de confianza recíproca y de comunión, con el fin de asumir y compartir activamente la preocupación por los más pequeños y vulnerables.
3.4 Habrá que considerar si es oportuno establecer una oficina central –no de rendición de cuentas, que se ha de considerar en la sede local- que promueva la formación de una identidad propiamente eclesial en estos organismos; y solicite y verifique a intervalos regulares el correcto funcionamiento de lo que se ha emprendido a nivel local, con una atención especial a la corrección desde el punto de vista eclesiológico, de modo que los carismas y ministerios estén todos representados adecuadamente y puedan contribuir con su propia aportación específica preservando la libertad de cada uno.
3.5 Será preciso revisar la normativa actual sobre el secreto pontificio de modo que éste tutele los valores que quiere proteger -la dignidad de las personas implicadas, la buena fama de cada uno, el bien de la Iglesia- y, al mismo tiempo, consienta el desarrollo de un clima de mayor transparencia y confianza, evitando la idea de que el secreto se utiliza para esconder los problemas en vez de para proteger los bienes en juego.
3.6. Asimismo, habrá que afinar los criterios para una comunicación correcta en un tiempo como el nuestro, en el que la exigencia de transparencia debe equilibrarse con la confidencialidad. De hecho, una confidencialidad injustificada, al igual que una divulgación incontrolada, puede generar mala comunicación y no servir a la verdad. Rendir cuentas es también saber comunicar. De hecho, si no se comunica, ¿cómo se puede rendir cuentas a los demás? ¿Y qué comunión puede haber entre nosotros?
Conclusión
Las consideraciones apenas indicadas sobre posibles actuaciones como Iglesia, como Pueblo de Dios en comunión y con corresponsabilidad, constituyen una invitación a la reflexión y al diálogo transversal, sobre todo durante los trabajos en grupo, con el fin de profundizar y suscitar aplicaciones concretas. De hecho, como nos recuerda la Carta al Pueblo de Dios, «hoy nos vemos desafiados como Pueblo de Dios a asumir el dolor de nuestros hermanos vulnerados en su carne y en su espíritu. Si en el pasado la omisión pudo convertirse en una forma de respuesta, hoy queremos que la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierta en nuestro modo de hacer la historia presente y futura».

sábado, 28 de enero de 2017

Distingue y triunfarás! 28012017

Distingue y triunfarás!

Cada persona es única e irrepetible ¿Defectos, limitaciones?… ¡Diferencias!
Sonrisas - © Pixabay
Sonrisas - © Pixabay
Si nos tomáramos en serio la tan repetida afirmación de que cada persona es única e irrepetible, habríamos de concluir, en primer término, que todos somos diferentes a… todos los demás.
Y diferentes en todo, también en nuestros defectos, en nuestras limitaciones… ¡y en nuestras diferencias!
Pero una cosa es saberlo y otra vivirlo.
Y otra, mucho más difícil, vivirlo con nuestros familiares (hijos, hermanos, padres) y amigos. Y mucho más difícil aún vivirlo con nuestro novio o cónyuge… que es con quien más lo tenemos que vivir.
Y es que los defectos nos molestan, las limitaciones nos molestan… y también nos molestan las diferencias.
Y, como nos molestan, tendemos a meterlos en el mismo saco: el de los defectos, que es necesario corregir… ¡obviamente, por su bien!
Si distinguiéramos…
Si aprendemos a distinguir entre estas tres realidades nos ahorraremos muchos disgustos y bastantes problemas.
a) Las diferencias, sin más, no son defectos, por más que nos cueste convivir con ellas.
Cada quien es como es, único e irrepetible. E incomparable e insustituible, no lo olvidemos.
Y solo siéndolo a fondo podrá llegar a ser quien está llamado a ser: su mejor versión, como suele decirse.
Pero, en cualquier caso, la suya… ¡solo la suya!: diferente a cualquier otra mejor versión, incluyendo la que nosotros desearíamos, la que nos gustaría, la que nos evitaría problemas o incomodidades…
b) Que todos somos limitados, así, en abstracto, la admitimos sin dificultad. Y también que hay que contar con las limitaciones.
Mucho más nos cuestan las de quienes conviven con nosotros. Y muchísimo más si nosotros no las tenemos… y no quiero contarte si se trata de algo que se nos da bien o incluso muy bien.
Simplemente, «no podemos comprender como algo tan sencillo…»
Sencillo para nosotros. Los demás son… diferentes.
¡Y nadie está obligado a ser perfecto!
c) Los defectos van por otro lado.
Ante todo, dejemos claro lo que es realmente un defecto.
No es —ya lo hemos visto— «lo que nos molesta», aunque normalmente nos moleste… como también las limitaciones y las diferencias.
Ni es una simple limitación ni, menos, una diferencia.
En sentido propio, un defecto es algo que hace daño a quien lo tiene porque perjudica también a quienes lo rodean, y viceversa. Lo que le impide desarrollarse como persona, porque lo hace también más difícil para quienes conviven con él.
Eso y solo eso.
Nada tiene que ver con que nos moleste… aunque nos moleste.
Si fuéramos coherentes…
Aunque cueste, ¡y vaya si cuesta!, las conclusiones son claras.
a) Las diferencias hay que amarlas y promoverlas, por más que nos puedan fastidiar.
b) Las limitaciones hay que tenerlas en cuenta, para no pedir a alguien lo que no puede dar y, sobre todo, para ignorarlas y centrar nuestra atención en sus cualidades y fortalezas, que es lo que debemos promover.
c) A la persona hay que quererla con sus defectos y disponernos amablemente, y con suma paciencia, a ayudarle a superarlos… ¡sobre todo a través de nuestro amor! Y saber y considerar, aunque sea obvio, que a cada quien nos cuesta superar los propios defectos… no los de los demás.
Si fuéramos más coherentes…
O, expresado adrede con tono más provocativo y más cercano:
a) Las diferencias de mi cónyuge o de cada uno de mis hijos no solo debo respetarlas, sino, en el sentido más fuerte de la expresión —si efectivamente los quiero, si quiero su bien— venerarlas y promoverlas con todas las fuerzas y los medios a mi alcance… me molesten o me agraden. De lo contrario, les estoy negando la capacidad de crecer como personas, como esa persona única que cada uno es: y, como consecuencia, la de ser felices.
b) Las limitaciones son algo con lo que tengo que contar y que debo aprender a respetar. Es absurdo, y fuente de frustraciones sin cuento, que le pida a alguien lo que no puede darme, por más que a mí me resulte facilísimo y no consiga entender cómo él o ella son incapaces de realizarlo.
c) ¿Y los defectos? A sabiendas de que voy a provocar escándalo, me lanzo a sentenciar: los defectos han de llegar a producirme ternura.
No solo los de los hijos, sino también los del cónyuge.
También los del cónyuge.
¡También los del cónyuge!
Con una única condición… que veremos otro día.

Tomás Melendo
www.edufamilia.com
tmelendo@uma.es

martes, 24 de enero de 2017

Un ángel en la tierra 24012017

Un ángel en la tierra

Testimonio de amor de una familia ante el dolor y el sufrimiento
Cruz - Pixabay
Cruz - Pixabay
Cuida a su marido amnésico, a su hijo con parálisis y a su padre enfermo, a pesar de todo, Mª Ángeles sonríe y evangeliza.
Es una de esas historias que te cuentan y te dejan una sensación extraña, a mitad de camino entre la admiración y la pregunta de cómo habría reaccionado yo en su lugar. La historia de Mª Ángeles no deja indiferente a nadie. Ella tiene un hijo con parálisis cerebral y a su padre, ya mayor, enfermo y en su casa. Pero el Señor tenía para ella una nueva misión: este verano se quedó sin trabajo, y a la vuelta de vacaciones, en el tren, a su marido le dio un infarto. Estuvo bastante tiempo sin respirar, e incluso los médicos le sugerían que lo mejor era no seguir insistiendo en la reanimación: “Señora, en caso de despertar, ¿sabe cómo va a quedar su marido?” Al final, volvió a la vida, pero sufre amnesia y no recuerda nada, absolutamente nada de lo que vivió antes del infarto. Ahora Ángeles es la evangelizadora de su marido, su apóstol, y cada día le presenta a Jesús. Un Jesús que ya le había conquistado hace décadas en un Cursillo de Cristiandad -realidad eclesial de la que son coordinadores y responsables-, y el que tantas veces había predicado cuando en Semana Santa acudía con ella y sus hijos a Familia Misionera.
El 24 de agosto sus amigos recibieron este mensaje: “Agustín padre ha sufrido un infarto muy severo. Por favor, rezad por que la voluntad de Dios se cumpla, y si es posible podamos seguir disfrutando de él”.
El testimonio de Mª Ángeles es el de la mulier fortis del que habla la Biblia, y se hace eco de él Alfa y Omega, el semanario de la diócesis de Madrid. Ella no renuncia a la esperanza y todo lo lee en esta clave: “Ahora puedo disfrutar de ir a los médicos con tiempo”. Es una forma de actualizar a san Pablo cuando éste dice a los romanos: “A los que aman a Dios, todo les sirve para el bien” (Rm 8, 28).
Cuenta Rocío Solís, la periodista de Alfa y Omega, que Mª Ángeles habla pausada, sonríe –y no para de hacerlo–, mientras las lágrimas ruedan sin violentar. “Intuyes que son compañeras de camino y las responsables de que sus ojos grandes y profundos lean con tanta claridad la existencia”.
Mientras el matrimonio viajaba en tren, Agustín tuvo el infarto. Durante 40 largos minutos intentaron reanimarle. Primeramente por teléfono un médico de la familia hizo lo que pudo, les ayudó también un estudiante de Medicina y cuando, por fin, en algún punto del viaje, llegó el equipo sanitario, tras intentar reanimarle dos veces, le preguntaron a Mª Ángeles: “Señora, en caso de despertar, ¿sabe cómo va a quedar su marido?”. En ese momento esa mujer fuerte y enamorada tuvo claras palabras: “Por favor, tengo a un hijo con parálisis cerebral, sé lo que es, no me asusta. Inténtelo. Somos una familia, le necesitamos. Inténtelo”.
En situaciones así sale lo mejor de uno mismo, y la esposa recuerda ante la periodista la oración que elevó: “Está medio muerto, pero Señor, que sea lo que tú quieras”. Y concluye su respuesta: “Bueno, el Señor es fiel…”.
Con todo, le avisaron que su marido fallecería camino al hospital. En ese momento para una madre católica y esposa de un hombre católico, su atención estaba en preparar a su hija María. Así que tuvo fuerzas para decirle: “María, venimos de unos días de vacaciones muy especiales en los que papá y yo hemos podido hablar mucho de vosotros. Me decía lo orgulloso que está de vosotros. Siempre hemos pensado que lo mejor de nuestra vida sois vosotros. ¡Qué suerte! Papá se irá directo al cielo”.
De los primeros días, Mª Ángeles recuerda cómo rezaba con Agustín. Le ponía la cruz en la mano y le decía: “Cristo cuenta contigo, pero nosotros también. Agus, si puedes, aguanta”. Es verdad que mucha gente rezó por Agustín y por Mª Ángeles, y por toda la familia, ¡claro! Es una familia muy querida y conocida, tienen amigos y, sobre todo, toda una comunidad de Cursillos detrás orando por ellos.
Mª Ángeles recuerda una Eucaristía que pudo celebrarse en la unidad de cuidados intensivos. Aunque Agustín estaba en coma, pudo comulgar: el sacerdote puso en sus labios una gotita de la sangre de Cristo: “Fue impresionante contemplar toda la vida de un Dios en mi marido en coma”, recuerda su esposa.
Pasó algún tiempo y Agustín despertó. Sin embargo tiene amnesia y no es capaz de acordarse de quién es ni nada de su propia vida. Una vida en la que ha destacado por ser un abogado brillante, por tener una cultura extraordinaria, muchas habilidades sociales y, aún más importante, ser un hombre de profunda fe católica. Mª Ángeles da prioridad a lo importante: “Ni recuerda su experiencia de Dios… Qué poco somos… Y aún así, ¡toda una vida! Me tiemblan las piernas pensando: ‘Señor, ¿cómo hago para que vuelva a saber de ti?”.
“¿A qué te agarras cuando te mira y no te ve a ti?”, le pregunta la periodista. “Es duro que no me reconozca. Es un sufrimiento que le pregunte a mi hija quién es. Pero Cristo está. Le pido consuelo y responde. Es una oportunidad para volver a construir lo que no estaba sólido. Uno mi cruz a la de Cristo para la salvación del mundo. Afuera hay verdaderas cruces. No la mía. A Dios le pides ayuda y te devuelve tarea. Pero gozosa. Nuestro precio, nuestro salario es ese”.
Por: Fernando de Navascués | Fuente: Catholic.net

viernes, 19 de agosto de 2016

El obispo de Dallas agradece por su nombramiento al dicasterio Laicos, familia y Vida 18082016


El obispo de Dallas agradece por su nombramiento al dicasterio Laicos, familia y Vida

Mons. Farell señala la importancia de promover el laicado y su apostolado, el cuidado pastoral de la familia y apoyo a la vida humana

Mons. Kevin Farell obispo de Dallas y nuevo prefecto del dicasterio Laicos, Familia y Vida (Foto de su blog)
Mons. Kevin Farell Obispo De Dallas Y Nuevo Prefecto Del Dicasterio Laicos, Familia Y Vida (Foto De Su Blog)
(ZENIT – Roma).- El santo padre Francisco ha constituido ayer miércoles como parte de la reforma en curso de la Curia Romana, un nuevo dicasterio con competencia sobre Laicos, Familia y Vida, que inicia oficialmente su labor el próximo 1° de septiembre, sustituyendo al Pontificio consejo para los laicos y al Pontificio consejo para la familia. Y ha nombrado como prefecto a Mons. Kevin Joseph Farrell, obispo de Dallas en Estados Unidos.
Apenas conocido el nombramiento, Mons. Farrell en su blog escribió el siguiente texto:
“Me siento sumamente honrado que nuestro Santo Padre Papa Francisco me haya elegido para dirigir este recién formado dicasterio. Espero formar parte de la importante labor de la Iglesia universal en la promoción del laicado y su apostolado para el cuidado pastoral de la familia y apoyo a la vida humana de acuerdo a la reciente exhortación apostólica del Papa, Amoris Laetitia, la Alegría del Amor.
Aunque me siento muy agradecido por la confianza que el Santo Padre ha depositado en mí, la noticia me deja con sentimientos encontrados.
Dallas ha sido mi hogar durante 10 años y, desde el principio, rápidamente aprendí a amar a su hermosa gente y cultura. La profunda fe, bondad y generosidad de las personas de la Diócesis de Dallas superaron todas mis expectativas. Mis hermanos sacerdotes estuvieron entre los primeros en darme la bienvenida y les estoy sumamente agradecido por su colaboración, amistad, sabios consejos y oraciones. Un obispo no puede hacer nada importante en una diócesis sin el esfuerzo y cooperación de párrocos, sacerdotes, personal diocesano y personas. Creo que juntos hemos logrado alcanzar muchos objetivos, y hemos puesto en marcha otros, que continuarán edificando la Iglesia Católica en el Norte de Texas.
No puedo expresar suficientemente mi gratitud por todo lo que sacerdotes, personal y personas han hecho, y continúan haciendo, por mí y por la Diócesis de Dallas. Sé que mientras conversamos, nuestro Santo Padre se encuentra buscando al hombre adecuado que servirá como nuevo pastor principal. Estoy seguro que, a mi partida, el Obispo Greg Kelly se encargará de las necesidades de la diócesis durante el período de transición. Les pido que oren por él. Asimismo les pido que oren por mí mientras inicio este próximo e inesperado capítulo de mi sacerdocio. Que Dios continúe bendiciendo a la Diócesis de Dallas”.

Francisco constituye el dicasterio Laicos, Familia y Vida 17082016

Francisco constituye el dicasterio Laicos, Familia y Vida

El prefecto del nuevo dicasterio es Mons. Kevin Farell, obispo de Dallas
Holy See press office
Escudo En La Sala De Prensa Del Vaticano (Foto ZENIT Cc)
(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco con la Carta apostólica ‘Sedula Mater’ firmada el día de la Inmaculada Concepción ha constituido el nuevo dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.
Escrita en forma de motu proprio, el texto ha sido difundido hoy por la oficina de prensa de la Santa Sede y explica que el nuevo organismo será disciplinado por especiales estatutos, competencias y funciones. Añade que inicia oficialmente su labor el próximo 1° de septiembre, sustituyendo el trabajo del Pontificio consejo para los laicos y el Pontificio consejo para la familia, que en dicha fecha cesan sus funciones, al ser derrocados los artículos 131-134 y 139-141 de la Constitución Apostólica Pastor Bonus, del 28 de junio de 1988.
El Papa ha nombrado además como prefecto del nuevo dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, a Mons. Kevin Joseph Farrell,  obispo de Dallas en Estados Unidos. En la web diocesana el obispo poco después de su nombramiento escribió: “Espero ser parte de la importante obra de la Iglesia universal, en la promoción del apostolado de los laicos, de la pastoral de la familia y en el apoyo a la vida humana”.
Desde hace meses se comentaba de un posible nombramiento como prefecto de mons. Vincenzo Paglia, presidente del disuelto Pontificio Consejo para la Familia. Pero justamente Paglia fue nombrado hoy gran canciller del Pontificio Instituto “Juan Pablo II” para Estudios sobre Matrimonio  Familia.
A inicios de junio bajo propuesta del Consejo de los nueve Cardenales, el Santo Padre Francisco, aprobó ad experimentum, el Estatuto del nuevo Dicasterio.
Fue el 22 de octubre del 2015, cuando el Papa anunció la creación de este nuevo dicasterio, al inicio de la Congregación general en el Sínodo de los Obispos con las siguientes palabras: “He decidido instituir un nuevo dicasterio con competencia sobre laicos, la familia y la vida, que sustituirá al Pontificio Consejo para los laicos y el Pontificio Consejo para la familia, y al que estará vinculada la Pontificia Academia para la Vida”.
Y el 17 junio pasado, el Santo Padre al dirigirse a los participantes de la asamblea plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos aseguró que se trata de una conclusión de una etapa importante y de apertura de una nueva para el dicasterio que “ha acompañado la vida, la madurez y las transformaciones del laicado católico desde el Concilio Vaticano II hasta hoy”.

domingo, 14 de agosto de 2016

Decálogo para saber envejecer 12082016

Decálogo para saber envejecer

Para quien quiera conocer los secretos de “saber envejecer”, valga este decálogo fácil y sencillo.
Anciano - Pixabay
Anciano - Pixabay
El verano y las vacaciones son, sin duda, una época propicia para rejuvenecer, para mostrar nuestra mejor silueta, para considerarnos más en forma.
Todo el mundo quiere ser joven y parecerlo. Incluso las personas de edad más avanzada. Quizás porque, como decía alguien, “nada nos hace envejecer con mayor rapidez que el pensar incesantemente en que nos hacemos viejos”. Por eso, lo mejor será pensar que aún somos jóvenes.
Como suele decir Manuel Alcántara, con su fino humor: “Y dentro de cien años, cuando todos seamos jóvenes…”. Pues, eso. Acaso lo más interesante, y además, gran verdad, sea pensar que “toda edad tiene sus propios frutos; hace falta saberlos recoger”. Para quien quiera conocer los secretos de “saber envejecer”, valga este decálogo fácil y sencillo.
1. “Cuidarás tu presentación cada día”. Arréglate como si fueras a una fiesta. ¡Qué más fiesta que la vida! Que al verte se alegren los ojos de los demás.
2. “No te encerrarás en tu casa ni en tu habitación”. Saldrás a la calle y al campo de paseo: “El agua estancada se pudre”.
3. “Amarás el ejercicio físico”. Un rato de gimnasia, una caminata razonable dentro o fuera de casa, por lo menos abrir la puerta, regar las rosas, contestar el teléfono.
4. “Evitarás actitudes y gestos de viejo derrumbado”. La cabeza gacha, la espalda encorvada, la mirada perdida, no favorecen nada. Que la gente diga un piropo cuando pasas: “¡Qué recto va el señor! ¡Qué guapa la señora!”.
5. “¡No hablarás de tu edad, ni te quejarás de tus achaques reales o imaginarios!”. Acabarás por creerte más viejo y más enfermo de lo que eres. A la gente no le gusta oír historias de hospital. Cuando te pregunten cómo estás, dirás que. ¡muy bien!
6. “Cultivarás el optimismo sobre todas las cosas”. Al mal tiempo, buena cara. Sé positivo y`de buen humor. La vejez no es cuestión de años sino un estado de ánimo. El corazón no envejece.
7. “Tratarás de ser útil a los demás”. Ayuda con una sonrisa, un consejo, un servicio. No te coloques el cartel de “inservible”.
8. “Trabajarás con tus manos y con tu mente”. Haz lo que puedas. El trabajo es la terapia infalible.
9. “Mantendrás vivas y cordiales las relaciones humanas”. Desde luego, las que se anudan en el hogar, integrándote a todos los miembros de tu familia.
10. “No pensarás que todo el tiempo pasado fue mejor”. Deja de estar condenando tu mundo y maldiciendo tu momento.
Fáciles consejos que todos podemos poner en práctica. Nos irá fenomenal.
Comentarios al autor: cordoba.sanlorenzo@diocesisdecordoba.com