Verano 5. 02 de agosto de 2026.
Comentario primero:
Domingo 18º del TO. Ciclo A (02.08.2026): Mateo 14,13-21. Milagros, no. ¡Procesos! Lo medito y escribo CONTIGO,
Es inevitable. Me tengo que preguntar por el delito que ha cometido el relato de Mt 14,1-12 para que nunca lo escuche el pueblo que participa domingo tras domingo en la celebración de la mesa de la palabra y del pan. Me gustaría estar equivocado y que alguien me lo dijera. Pero no deseo dejarme en el tintero que el hecho de la muerte de Juan el Bautista nos informa de la vida y destino de un judío disidente de la autoridad tanto de la Religión como de la Política.
En cambio, se nos propone leer la continuación del relato en Mateo 14,13-21, la primera multiplicación de los panes que realiza este Jesús del que nos informa este Evangelista. El hecho, ya sea real, simbólico, imaginado o atribuido, sólo nos lo han contado este Evangelista Mateo y su fuente inspiradora que ha sido el Evangelio de Marcos. Ambos Evangelistas nos cuentan que Jesús de Nazaret realizó dos multiplicaciones del pan para los hambrientos de la región de Galilea. Los Evangelistas Lucas y Juan sólo nos cuentan una sola multiplicación.
No sé si estos datos tienen poca o mucha importancia. Como lector que soy lo comparto con quienes lo lean y que cada cual opine como mejor le parezca. Y añado este otro dato, por si nos ayuda en algo a la comprensión del texto para este domingo primero de agosto y para el siguiente. El dato que evoco no es otro que los relatos del libro del Éxodo donde se le cuenta al ‘buen judío’ la experiencia de su primera pascua: Una comida de familia y el paso del mar.
¿Pretendió el Evangelista Mateo evocar estos acontecimientos de la liberación pascual cuando nos cuenta, primero, la primera multiplicación de los panes (Mt 14,13-21) para presentar a su Jesús como sanador del hambre del pueblo y, a continuación, el paso por el mar tempestuoso de la Galilea (Mt 14,22-36) para presentar a su Jesús como sanador de toda otra enfermedad? Nadie me podrá impedir el contemplar a mi manera el tejido del texto del Evangelista. El nuevo Moisés que es este Jesús del narrador Mateo se hace pan y salud. “Sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos”, escribe este escriba desde el inicio de este relato (Mt 14,14). Nada leemos de tablas de leyes de dioses ni de ritos de ofrendas de sacerdotes.
Ante el hambre y la enfermedad lo primero es el pan y la salud. Toda liberación de cuanto nos deshumaniza a los humanos se sentirá comprometidamente iluminada al escuchar, en plena celebración litúrgica de la Palabra o en el rincón de la meditación crítica la Voz que Mateo coloca en este judío laico de Galilea: “Dadles vosotros de comer” (Mt 14,16). Y así se hizo allí.
“Comieron todos. Se saciaron. Y recogieron lo sobrante en doce canastos llenos” (Mt 14,20). Invito ahora y aquí a releer al propio Mateo en 16,5-12. Si no se hace este ejercicio no sucederá nada. Quien lo haga tendrá una clave nueva para entender de qué otro pan se trata. Creo que entonces se podrá aceptar son sentido común que en la realidad de la naturaleza no se suelen dar lo que solemos llamar ‘milagros’, sino más bien y siempre lo que entendemos como ‘procesos’. Por fin, el breve apunte de Mt 14,21 nunca dejaremos de leerlo, y tampoco debemos dejar de interpretarlo. Según los aires de las ideologías que respiramos, pocos estarán de acuerdo con la irrelevancia de las mujeres y de los niños. Jesús tampoco lo estuvo.
Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 02.08.2020. Y también en Madrid, 02.08.2026.
“Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mt 7,12)
CINCO MINUTOS para compartir el comentario de la 36ª página del Evangelio de Mateo 20,17-34
En la lectura del Evangelio de Mateo hemos llegado a la tercera etapa de ‘El Camino’ que nos está conduciendo, simbólicamente, desde el norte de la región de Galilea hasta Jerusalén, la capital de todo el país o tierra de Israel. Este Camino comenzó así: “Desde entonces empezó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén...” (Mt 16,21-23).
La tercera etapa de este Camino comienza así: “Mientras iba subiendo a Jerusalén cogió Jesús a parte a los Doce y les dijo por el camino: estamos subiendo a Jerusalén y este Hombre...” (Mt 20,17-19). El Evangelista ha empezado la narración de cada una de estas tres etapas con la noticia del apresamiento, juicio, condena, ejecución, muerte, sepultamiento y resurrección de Jesús de Nazaret. Cuando Mateo pone en boca de su Jesús de Nazaret el anuncio profético de estos ‘siete acontecimientos’ finales y definitivos de su vida, han pasado unos cuarenta o cincuenta años de la muerte y acabamiento de aquel judío y laico originario de la región de Galilea. ¿Supo este hombre con certera consciencia todo cuanto le iba a suceder en Jerusalén antes de que hubiera iniciado aquel camino de subida a Jerusalén? ¿Quién pudo saberlo entonces o ahora?
Si él llegó a tenerlo tan claro, lo decidió y lo aceptó así, sus seguidores más cercanos no lo comprendieron de esta misma manera. Es más, podríamos decir que lo comprendieron justamente al revés. Así es como lo cuenta el narrador en Mt 20,20-28. Los Doce, en compañía de la madre de los atronadores Zebedeos, escoltaron (lo escribo así, y no ‘acompañaron’) a su Jesús de Nazaret con la esperanza de llegar a la capital y proclamarse, con él y ahí, Mesías liberadores del poder opresor romano. Y... ¡en nombre de su Yavé-Dios único y todopoderoso!
Esto mismo es lo que esperan los dos ciegos (en Marcos 10,46-52 era uno, Bartimeo) según este Mateo 20,29-34: “Hijo de David... Ten compasión... Hijo de David”. Esta escena final del Camino sucede en la salida de Jericó y ante un gran gentío. ¿Por qué tenía que entrar este galileo Jesús en tierras de Judea precisamente por Jericó? Porque por ahí comenzó, se pensaba, el viejo Israel su conquista de la tierra de Canaán que les regalaba su Yavé-Dios.
Los deseos de Jesús de Nazaret no fueron entonces ser Mesías de esta manera tan divina como poderosa y conquistadora. Los deseos de este Jesús de Mateo están expresados con la inmensa diafanidad de la transparencia en Mt 20,25-28: “No sea así entre vosotros”. Me sigue resonando aún aquella cercana palabra de este Jesús del Evangelista: “La grandeza es ser pequeño”, como lo dejó escrito en el final de la segunda etapa de este Camino (Mt 20,1-16) y como lo reafirmará en su evangelización dentro de Jerusalén y de su Templo (Mt 23,1-12). Este Camino, lo va advirtiendo el Evangelista a sus lectores, es el Camino donde el seguidor y discípulo aprende a ser ‘acompañante’ de su Jesús, porque se va atreviendo a estar con él y a ser como él. Por eso, cuando me miro en mi familia de iglesia, en mi familia de religión, en mi familia de casa educativa, en mi familia de calle, en mi familia de humanidad... no puedo evitar ruborizarme, por reconocerme con deseos de poder y de ostentación... ¿redentora? ¿De qué?
Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 04.08.2019. Y también en Madrid, 02.08.2026.
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