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viernes, 6 de mayo de 2016
Punzante «carta abierta a los educadores católicos» de una madre que veía despeñarse a sus hijos 05052016
sábado, 21 de noviembre de 2015
El tiempo de los cuentos
El tiempo de los cuentos
Educacion integral
Ha llegado el tiempo de rescatar el uso del cuento en el recorrido educativo de nuestros hijos. Contar significa provocar asombro, fomentar una apertura hacia el conocimiento. Empecemos ya, entonces, a partir de esta noche. Vamos a acompañar y adentrar a nuestros hijos en mundos dorados poblados de hadas, enanos y princesas.
Fuente: Family and Media

Fuente: Family and Media
Ha llegado el tiempo de rescatar el uso del cuento en el recorrido educativo de nuestros hijos. Contar significa provocar asombro, fomentar una apertura hacia el conocimiento. Empecemos ya, entonces, a partir de esta noche. Vamos a acompañar y adentrar a nuestros hijos en mundos dorados poblados de hadas, enanos y princesas.
¿Quién no se ha conmovido alguna vez frente al quejido de desesperación de los enanos que pensaban haber perdido para siempre a su querida Blancanieves? ¿A quién no le ha causado irritación la madrastra de la Cenicienta y la crueldad desmedida de sus hermanastras? Los cuentos son parte de nuestra infancia, nos recuerdan las voces dulces de padres y abuelos contándonoslas mientras anochecía, cuando todavía la televisión no se había adueñado de la cabecera de la mesa de nuestros hogares. ¡Y qué dulce era el son de aquella voz! Ha llegado el tiempo de rescatar el uso de los cuentos en la educación de nuestros hijos.
Intentemos encontrar las ocasiones más oportunas dentro de nuestras rutinas familiares para contar historias a nuestros hijos: fábulas o cuentos de nuestra infancia. Lo importante es establecer esa relación que le permita al niño desechar miedos o temores, y sumergirse en un mundo en donde la fantasía se desarrolla y la esfera emocional se consolida.
Contar cuentos: un cuento al día mantiene al psicólogo en la lejanía
Será difícil remediar a muchos apuros de nuestra época, al menos a corto plazo: pensemos a la contaminación, las adicciones, la crisis energética, el terrorismo. No obstante, y desde ya, podemos remediar a la soledad de nuestros niños, a su demanda de cuidados, ternura y amor. Podemos remediar ya y a coste cero. ¡Basta simplemente con un cuento! Basta con un cuento para tornar la vida de nuestro niño más luminosa y menos aburrida. Basta con un cuento para reforzar su sistema inmunitario psicológico. Basta con cuento para regalarle una caricia que, como un soplo de amor, permanecerá en su corazón durante toda su vida. ¿Por qué no empezar, por ejemplo, desde esta noche? Al escuchar un cuento antes de tomar el sueño, el niño experimenta una emoción muy intensa. Hay una voz protectora e íntima que le está hablando: la de su mamá o su papá, que son voces infinitamente superiores a las de la televisión. La televisión es fría, inexorable. No dialoga y habla sin parar. No acepta preguntas. La televisión no tiene ojos que te miren, ni manos que te acaricien. En cambio, los padres que le cuentan al niño siguen su mirada, le acarician, adaptan las palabras intercalándolas sabiamente con pausas, silencios, suspiros...
No hay realmente ocasión más propicia para estar juntos y afianzar la relación educativa. El diálogo no es una planta exótica que crece repentinamente cuando los hijos tienen quince años. El diálogo es una planta humilde que precisa de cuidados constantes a partir de mucho antes de que el fruto llegue a la sazón. El diálogo nace también de la suma de muchas noches mágicas, cuando mamá y papá le cuentan un cuento a sus hijos mientras éstos se deslizan hacia los sueños más placenteros. Niños sin cuentos se convierten en adultos tristes, sin fantasía, y más frágiles. Sin considerar que, como apuntan todos los psicólogos, enfrentarse con lo desconocido y lo fantástico contribuye al desarrollo del pensamiento lógico del niño. Y no es sólo esto: los cuentos le ayudan a conjurar sus miedos que, sin aquéllos, podrían tornarse en verdaderas patologías. Sí, empecemos a contar cuentos a partir de ya.
¿Dan miedo los cuentos?
De vez en cuando sale alguien que pone los cuentos en el banco de los acusados: son crueles, despiertan miedos y angustias. ¿Es verdad?
¡No! Definitivamente, no. Condenar los cuentos es un celo excesivo, un fervor que no da en el blanco o que, mejor dicho, se equivoca de blanco. Los cuentos no despiertan miedos (o si los generan, son de los que nos hacen crecer). El niño puede hallar el miedo en todo momento: lo encuentra en la televisión, que demasiado a menudo rebosa violencia de todos sus canales, o cuando oye de guerras y vejaciones.
Así pues, es exactamente lo contrario de lo que apunta la acusación. Es el cuento a ayudar al niño a superar tanta turbación.
El cuento ayuda por dos motivos. En primer lugar porque habla mediante un lenguaje simbólico. Para usar una expresión de antaño, le habla en román paladín, claramente, con palabras asequibles y cargadas de implicaciones simbólicas: el bosque, la ciénaga, el fuego, la bruja, el Coco,… son imágenes de estados interiores, encarnaciones de vicios y pasiones que difícilmente llegamos a expresar mediante palabras conceptuales. Es más fácil recurrir al símbolo, que tiene la ventaja de circunscribir eficazmente los miedos, les otorga un perfil determinado, nos permite controlarlos y dominarlos y, por tanto, vencerlos y dejárnoslos atrás. La segunda razón por la que el cuento nos ayuda a superar el miedo está en el hecho de que todo cuento termina bien, lo que tranquiliza mucho al niño. Fijémonos, por ejemplo, en el cuento de La Cenicienta que representa el problema de la rivalidad entre hermanos. De hecho, aunque en realidad no sea así, el niño se siente maltratado a la par de la Cenicienta, pero del desenlace victorioso de la heroína saca mucha esperanza para el futuro. He aquí el motivo por el que, desde siempre, al final de cada proyección de La Cenicienta, cuando por fin su pie cabe perfectamente en el zapato fatídico, estallan aplausos sonoros. El miedo ha sido vencido, de modo que la paz y la alegría pueden volver a hacer el camino del corazón.
Contenido cortesía de http://www.familyandmedia.eu
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domingo, 11 de octubre de 2015
Los mejores anuncios con valores (La Educación en Virtudes y Valores)
Los mejores anuncios con valores
Virtudes y Valores
Virtudes y Valores
Una imagen arrastra más que mil palabras
Por: Alfonso Méndiz | Fuente: alfonsomendiz.blogspot.com.es
Mi propósito es que los spots reunieran estas tres condiciones: 1) Hicieran pensar; 2) Aportaran optimismo; 3) Mostraran que un mensaje comercial es compatible con la ética y la responsabilidad social. En definitiva, quería apostar por una publicidad que pueda transmitir esperanza y también hacernos mejores.
Os decía en aquel post inicial: “Si mi trabajo en publicidad no sirve para iluminar el mundo, entonces no sirve para nada”. Sigo convencido de ello, y me gustaría permanecer fiel a aquella propuesta.
Ha pasado el tiempo, ¡seis meses!, y hemos llegado a la mágica cifra de 25 anuncios. Por eso he reunido esos 25 spots, los he enlazado con sus comentarios y los he clasificado por temas. ¿Me ayudáis a valorarlos? Me encantaría saber cuál es, para vosotros, el mejor en cada categoría y el mejor de todos: el que más os ha gustado, o emocionado, o invitado a pensar.
Cuento con vuestra ayuda para encontrar cada semana un spot que merezca ser recordado y difundido. La semana próxima publicaré los resultados.
NIÑOS
1. Aerolíneas Argentinas: Creer en tus propios sueños
2. Los niños nos ven siempre... y nos imitan
3. Graffitti: "Be Brave" (Sé valiente)
4. Sonrisas dulces (Piscina)
5. AFANOC: Los niños… ¡nos enseñan tanto! (Cáncer infantil)
MADRE Y FAMILIA
6. Referencias madre-hijo
7. "Te quiero, mamá"
8. Telecom Personal: “Los tres deseos de una madre”
9. “4 sentidos”: Homenaje a dos padres ciegos
10. “Abraza la vida”: amor familiar y poesía en la tragedia
NAVIDAD
11. Abrazos: ¿Qué sería la Navidad sin ellos?
12. El Almendro: "Vuelve a casa por Navidad"
13. La abuela y el cupón de la ONCE
14. Navidad digital: laVirgen y S. José usan Twitter y Google maps
15. La fábrica de la felicidad
AMOR Y GENEROSIDAD
16. Burberrys: Un amor que perdura siempre
17. “El hombre más viejo y el bebé más joven”: Un canto a la vida
18. Coca-Cola: El valor de la reconciliación
19. Knorr: Una historia de amor... en la distancia
20. Pan Pepín: “Un beso por ser como eres”
SUEÑOS Y VARIOS
21. Thailandia: “La niña que soñaba con tocar el violín”
22. Toyota: "Ser agradecidos"
23. "Hay razones para creer en un mundo mejor"
24. "Liberarnos" del móvil (¿Nos comunicamos o nos aislamos?)
25. TVE: “La despedida de la perrita Pippin”
¡Espero vuestros comentarios! En este post más que en ningún otro. ¡Gracias anticipadas!
Por: Alfonso Méndiz | Fuente: alfonsomendiz.blogspot.com.es
Todos los artículos que publico en el blog son fruto de una preocupación personal. Pero hay una sección que tiene para mí un especial encanto, y que también parece tenerlo para vosotros, pues es siempre la más visitada. Me refiero al "Spot de la semana". Cada lunes selecciono un anuncio y lo comento brevemente con el propósito de transmitir un mensaje positivo. Podéis ver todos los anuncios en la etiqueta “PUBLICIDAD: Spot de la semana”, en la columna derecha.
Mi propósito es que los spots reunieran estas tres condiciones: 1) Hicieran pensar; 2) Aportaran optimismo; 3) Mostraran que un mensaje comercial es compatible con la ética y la responsabilidad social. En definitiva, quería apostar por una publicidad que pueda transmitir esperanza y también hacernos mejores.
Os decía en aquel post inicial: “Si mi trabajo en publicidad no sirve para iluminar el mundo, entonces no sirve para nada”. Sigo convencido de ello, y me gustaría permanecer fiel a aquella propuesta.
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Cuento con vuestra ayuda para encontrar cada semana un spot que merezca ser recordado y difundido. La semana próxima publicaré los resultados.
NIÑOS
1. Aerolíneas Argentinas: Creer en tus propios sueños
2. Los niños nos ven siempre... y nos imitan
3. Graffitti: "Be Brave" (Sé valiente)
4. Sonrisas dulces (Piscina)
5. AFANOC: Los niños… ¡nos enseñan tanto! (Cáncer infantil)
MADRE Y FAMILIA
6. Referencias madre-hijo
7. "Te quiero, mamá"
8. Telecom Personal: “Los tres deseos de una madre”
9. “4 sentidos”: Homenaje a dos padres ciegos
10. “Abraza la vida”: amor familiar y poesía en la tragedia
NAVIDAD
11. Abrazos: ¿Qué sería la Navidad sin ellos?
12. El Almendro: "Vuelve a casa por Navidad"
13. La abuela y el cupón de la ONCE
14. Navidad digital: laVirgen y S. José usan Twitter y Google maps
15. La fábrica de la felicidad
AMOR Y GENEROSIDAD
16. Burberrys: Un amor que perdura siempre
17. “El hombre más viejo y el bebé más joven”: Un canto a la vida
18. Coca-Cola: El valor de la reconciliación
19. Knorr: Una historia de amor... en la distancia
20. Pan Pepín: “Un beso por ser como eres”
SUEÑOS Y VARIOS
21. Thailandia: “La niña que soñaba con tocar el violín”
22. Toyota: "Ser agradecidos"
23. "Hay razones para creer en un mundo mejor"
24. "Liberarnos" del móvil (¿Nos comunicamos o nos aislamos?)
25. TVE: “La despedida de la perrita Pippin”
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viernes, 9 de octubre de 2015
Una vida en diálogo con los demás (La Educación en Virtudes y Valores)
Una vida en diálogo con los demás
Educación de la personalidad
Educación de la personalidad
Saber escuchar y estar abierto a las opiniones de los otros, son condiciones indispensables para vivir la caridad. Sólo así el diálogo mutuo será ocasión ordinaria de acercarse a la Verdad
Por: Alfonso Aguiló | Fuente: Catholic.net
Por: Alfonso Aguiló | Fuente: Catholic.net
“El horno prueba los vasos del alfarero, y la prueba del hombre está en su conversación. El fruto muestra cómo se cultivó un árbol; así, la palabra, los pensamientos del corazón humano”[1]. Una nota esencial de la madurez personal es la capacidad de diálogo, una actitud de apertura hacia los demás que se manifiesta en la cordialidad del trato y en un sincero deseo de aprender de cada persona.
“Conocer a otras personas, otras culturas, nos hace siempre mucho bien, nos hace crecer (…). El diálogo es muy importante para la propia madurez, porque en la confrontación con otra persona, en la confrontación con las demás culturas, incluso en la confrontación con las demás religiones, uno crece: crece, madura. Cierto, existe un peligro: si en el diálogo uno se cierra y se enfada, puede pelear; es el peligro de pelear, y esto no está bien porque nosotros dialogamos para encontrarnos, no para pelear. Y, ¿cuál es la actitud más profunda que debemos tener para dialogar y no pelear? La mansedumbre, la capacidad de encontrar a las personas, de encontrar las culturas, con paz; la capacidad de hacer preguntas inteligentes: ‘¿Por qué tú piensas así? ¿Por qué esta cultura hace así?’. Escuchar a los demás y luego hablar. Primero escuchar, luego hablar”[2].
Saber escuchar
La Sagrada Escritura cubre de elogios a quienes saben escuchar, y desdeña en cambio la actitud de quienes no prestan atención a los demás. “Oído que escucha reprensión saludable, habita en medio de sabios”[3], dice el libro de los Proverbios; y el apóstol Santiago aconseja “que cada uno sea diligente para escuchar, lento para hablar y lento para la ira”[4] En ocasiones, los hagiógrafos recurren incluso a una fina ironía: “hablar a quien no escucha, como despertar a alguien de un sueño profundo”[5].
Un problema frecuente para escuchar es que, mientras otro habla, recordamos algo que tiene que ver con lo que nos cuenta, y estamos pendientes de decir “la nuestra” en cuanto haya una pausa. Se producen entonces conversaciones quizá animadas, en las que unos a otros se quitan la palabra, pero en las que se escucha poco.
Otras veces, el problema es que la conversación no surge de modo espontáneo, y hay que poner empeño en buscarla, con inteligencia. En esos casos, hay que evitar la presunción, es decir, la tendencia a mostrar a cada momento nuestra agudeza o nuestros conocimientos; por el contrario, conviene mostrarse abiertos y receptivos, deseosos de aprender de los demás, de modo que ampliemos cada día nuestro abanico de intereses. De este modo escucharemos con atención cosas que quizá inicialmente no nos interesan demasiado, sin que eso implique hipocresía por nuestra parte: se trata muchas veces de un esfuerzo sincero por sobreponerse al propio criterio, y por agradar y aprender.
Saber conversar requiere conjugar la audacia con la prudencia, el interés con la discreción, el riesgo con la oportunidad. Es preciso no caer en la ligereza, estar dispuesto a rectificar unas palabras precipitadas o inoportunas que quizá se nos han escapado, o una afirmación un poco rotunda que tendríamos que haber ponderado mejor. En todo caso, las buenas conversaciones dejan siempre poso: vienen después de nuevo a la memoria las ideas, los argumentos expuestos por unos y otros, surgen nuevas intuiciones, y nace la ilusión de continuar ese intercambio.
Apertura a los demás
Es llamativo comprobar cómo el espíritu de algunas personas envejece prematuramente, y en cambio otras permanecen jóvenes y animosas hasta el final de sus días. Hay que pensar que todos tenemos dentro muchos recursos aún sin usar: talentos que no hemos aprovechado, fuerzas que nunca hemos puesto a prueba. Y, por muy ocupados o cansados que estemos, no podemos dejar de avanzar, de aprender y de ser receptivos a las ideas de los demás.
Conviene que salgamos de nosotros mismos; que nos abramos a Dios y, por Él, a los demás. Superaremos entonces ese egocentrismo que a veces nos lleva a acomodar la realidad a la estrechez de nuestros intereses o a nuestra particular visión de las cosas, y estaremos más en guardia ante ciertas deficiencias que crean distancias con las personas y que, por tanto, entrañan inmadurez: expresarnos con una rotundidad que muchas veces no se corresponde con nuestro conocimiento de las cosas; manifestar nuestras opiniones con un tono de censura hacia los demás; servirnos de soluciones prefabricadas o de consejos repetitivos y manidos; irritarnos cuando alguien no piensa como nosotros, aunque luego nos digamos a favor de la diversidad y de tolerancia; llenarnos de celos cuando alguien sobresale a nuestro alrededor; exigir a otros un nivel de perfección que les sobrepasa, y que tal vez nosotros mismos no alcanzamos; pedir sinceridad y franqueza, cuando en cambio quizás nos resistimos a las correcciones.
Madurez y sentido crítico
Cuando miramos a los demás con afecto, muchas veces advertiremos que podemos ayudarles con un consejo de amigo; les diremos con confianza lo que otros quizá también han visto pero no han tenido la lealtad de comentarles. Solo ese fundamento, la caridad, hace que la corrección o la crítica sea verdaderamente útil y constructiva: “cuando hayas de corregir, hazlo con caridad, en el momento oportuno, sin humillar..., y con ánimo de aprender y de mejorar tú mismo en lo que corrijas”[6].
La clave de nuestra capacidad de hacer cambiar a los demás está en cierta manera ligada a nuestra capacidad de cambiarnos a nosotros mismos. Cuando se sabe lo que cuesta mejorar, lo difícil que resulta y, al tiempo, lo importante y liberador que es, entonces es más fácil observar a los demás con cierta objetividad y ayudarles realmente. El que sabe decirse las cosas claras a sí mismo, sabe cómo y cuándo decírselas a los demás, y es capaz también de escucharlas con buena disposición.
Saber recibir y aceptar la crítica es prueba de grandeza espiritual y de profunda sabiduría: “Quien ama la instrucción, ama el saber, y quien odia la corrección es un estúpido”[7]. Sin embargo, aceptar lo que nos dicen los demás no supone vivir siempre pendientes de la crítica en nuestra vida profesional o social, bailando al son de lo que se diga o se deje de decir sobre lo que hacemos o somos, porque esa preocupación acabaría siendo patológica. A veces, el que hace bien las cosas puede ser bastante criticado: lo censuran quizá los que no hacen nada, porque ven su vida y su trabajo como una acusación[8]; o los que obran de modo contrario, porque lo consideran un enemigo; o a veces también los que hacen las mismas o parecidas cosas, porque se ponen celosos. No faltan casos así, en los que hay que hacerse “perdonar” por los que apenas hacen nada y por los que no conciben que se pueda hacer nada bueno sin contar con ellos. En esos casos, como nos aconsejaba nuestro Padre, “hemos de saber callar, rezar, trabajar, sonreír... y esperar. No deis importancia a esas insensateces: quered de veras a todas esas almas. Caritas mea cum omnibus vobis in Christo Iesu!”[9]
La responsabilidad de dar ejemplo
La madurez aúna la apertura a los demás con la fidelidad al propio camino y a los propios principios, incluso cuando apenas se encuentra eco o aceptación en el propio entorno. Es cierto que la indiferencia que percibimos a nuestro alrededor puede indicarnos que también nosotros tenemos quizá algo que cambiar, o al menos que explicar o presentar mejor. Pero hay algunas cosas que no deben cambiar nunca en nosotros, pase lo que pase, nos escuchen o no, nos alaben o nos insulten, lo agradezcan o lo rechacen, lo aprueben o lo reprueben: “ese contraste, por confirmar con tus obras tu fe, es precisamente la naturalidad que yo te pido”[10].
No es infrecuente que una persona se sienta sola y sin apoyo en algunos de sus mejores empeños. La tentación de desistir puede ser muy fuerte. Le podrá parecer entonces que su ejemplo o su testimonio no sirven para mucho, pero no es así: una cerilla quizá no ilumina toda la habitación, pero todos en la habitación pueden verla. Tal vez hay muchas personas que se sienten incapaces de imitar ese ejemplo, pero saben que quieren seguirlo en la medida en que puedan, y ese testimonio tira de ellos para arriba.
Todos recordamos cómo nos ha ayudado a mejorar el buen ejemplo de tantas personas Y, sin embargo, es probable que muchos de ellos sepan muy poco acerca de su efecto real sobre nosotros. Es grande la responsabilidad que tenemos de influir positivamente en los demás. “No puedes destrozar, con tu desidia o con tu mal ejemplo, las almas de tus hermanos los hombres”[11]. Debemos hablar, aconsejar, exhortar, animar, pero sobre todo procurar que nuestras palabras estén avaladas por nuestras obras, por el testimonio de nuestra propia vida. Es imposible lograrlo siempre, e incluso la mayoría de las veces, pero hemos de querer ser una ayuda para todos, y saber pedir perdón de corazón si hemos dado mal ejemplo.
Una lucha de toda la vida
La apertura a los demás va muy unida a nuestro avance en una tarea que nos ocupará toda la vida: reconocer el rostro de la soberbia y luchar por ser más humilde. La soberbia se cuela por los resquicios más sorprendentes de nuestra relación con los demás. Si se nos mostrara de frente, su aspecto nos resultaría repulsivo, y por eso una de sus estrategias más habituales es ocultar su rostro, disfrazarse. La soberbia suele esconderse dentro de otra actitud aparentemente positiva, a la que contamina sutilmente. Después, cuando se hace fuerte, crecen sus manifestaciones más simples y primarias, propias de la personalidad inmadura: la susceptibilidad enfermiza, el continuo hablar de uno mismo, la vanidad y afectación en los gestos y el modo de hablar, las actitudes prepotentes o engreídas, junto al decaimiento profundo al percibir la propia debilidad.
La soberbia unas veces se disfraza de sabiduría, de lo que podríamos llamar una soberbia intelectual que toma apariencia de rigor. Otras, se oculta detrás de un apasionado afán de hacer justicia o de defender la verdad, cuando en el fondo late sobre todo un sentimiento de revancha, o una ortodoxia altiva que avasalla: un afán de precisarlo todo, de juzgarlo todo. Se trata de actitudes que, en lugar de servir a la verdad, se sirven de ella -de una sombra de ella- para alimentar el deseo de quedar por encima de los demás.
Igual que no existe la salud total y perfecta, tampoco podemos acabar por completo con las argucias de la soberbia. Pero podemos detectarla mejor, y no dejar que nos gane terreno. Habrá ocasiones en que nos engañará, porque tiende a atrincherarnos: nos hace reticentes a que los demás nos hagan ver nuestros defectos. Pero si nosotros no vemos su rostro, oculto de diversas maneras, quizá los demás sí lo habrán podido ver. Si somos capaces de escuchar la advertencia fraterna, la crítica constructiva, nos será mucho más fácil desenmascararla. Hace falta ser humilde para aceptar la ayuda de los demás. Y hace falta también ser humilde para ayudar a los demás sin humillar.
La madurez se cifra, en fin, en “el “sano prejuicio psicológico” de pensar habitualmente en los demás”[12]. La personalidad que Dios quiere para nosotros –y a la todos aspiramos, aunque a veces busquemos en otra parte- es la de quien ha llegado a tener “un corazón que ama, un corazón que sufre, un corazón que se alegra con los demás”[13].
Alfonso Aguiló
[1] Si 27, 6-7.
[2] Francisco, Discurso, 21-VIII-2013.
[3] Pr 15, 31.
[4] St 1, 19
[5] Si 22, 8.
[6] Forja, n. 455.
[7] Pr 12, 1.
[8] Cfr. Sb 2, 10-20.
[9] San Josemaría, Carta a sus hijos de Holanda, 20-III-1964. Cfr. Vázquez de Prada, A. El Fundador del Opus Dei (III), Madrid: Rialp, 2003, p. 530.
[10] Camino, n. 80.
[11] Forja, n. 955.
[12] Forja, n. 861.
[13] Francisco, Discurso, 17-VI-2013.
domingo, 6 de septiembre de 2015
¿Te cuesta entender lo que pasa en la Misa? Te lo explicamos de forma sencilla
¿Te cuesta entender lo que pasa en la Misa? Te lo explicamos de forma sencilla
Liturgía
• Catholic-link.com
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Liturgía
La Misa es el centro de nuestra vida cristiana y la acción de gracias que presentamos a Dios por su gran amor hacia nosotros
Por: P. Juan José Paniagua | Fuente: catholic-link.com
Tiene dos partes: la liturgia de la palabra (después de estar bien preparados por la petición de perdón de los pecados) y la liturgia de Eucaristía, que es el ofrecimiento al Padre por parte de Jesús y nuestra, pues también nosotros somos hijos de Dios.
1. Ritos iniciales
• Canto de entrada: Nos preparamos para comenzar la misa con el canto de entrada. Es un canto que nos une a todos porque a la misa venimos personas de distintos lugares, culturas, edades y cantamos a una voz, como un cuerpo que somos en torno a Cristo. Nos unimos para celebrar uno de los dones más grandes que Jesús nos dejó: la Eucaristía.
• Canto del Gloria: En los domingos y solemnidades se reza este himno, que resume el sentido máximo de la vida cristiana: darle gloria a Dios. Alabar a Dios, no sólo porque es bueno, o porque nos ayuda, o por las cosas que nos da. Darle gloria por quién es Él, porque es Dios. Nos ayuda a estar bien orientados, a afirmar que el sentido máximo de nuestra vida es Él.
• Oración colecta: Este no es el momento en el que se pasa la limosna, eso viene después. Se trata de la oración colecta. Es el momento en el que el sacerdote invita a toda la comunidad a rezar pidiendo. Por eso al empezar la oración el sacerdote dice a todos: “oremos”. Y extiende las manos en señal de súplica. Es el momento de recogernos todos en silencio y pedirle también al Señor por nuestras necesidades. Al terminar la oración colecta todos nos unimos a lo que el sacerdote ha pedido, diciendo juntos: Amén! Se llama colecta porque es la oración que recoge las peticiones de todos. Porque como dice el Señor en el Evangelio: “Si dos de Uds se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, lo conseguirán de mi Padre que está en los Cielos” (Mt 18, 19-20). Y es una oración que nos une con la Iglesia toda, ya que en cualquier rincón del mundo donde se celebre la misa ese día, se pedirá por lo mismo.
2. Liturgia de la Palabra
El Señor Jesús, antes de alimentarnos con su Cuerpo y con su Sangre en la mesa del sacrificio, nos alimenta primero en la mesa de la Palabra. A través de las lecturas, vamos a escuchar directamente a Dios que nos habla a nosotros, que somos su pueblo.
• Lecturas: La primera lectura está tomada de alguno de los libros del Antiguo Testamento. Es importante meditarlas, porque por estas palabras, Dios fue preparando a su Pueblo para la venida de Cristo. Y también nos preparan a nosotros para escuchar a Jesús, ya que la primera lectura está directamente relacionada con el Evangelio que se va a leer.
Después de la primera lectura, se lee el salmo. Los salmos siempre han sido una oración muy importante en la historia de la Iglesia, porque cuando rezamos con los salmos rezamos con las mismas palabras de Dios, palabras que Él pone en nuestra boca para que sepamos cómo pedir, cómo expresarnos. Con los salmos aprendamos a rezar, aprendemos a hablar con Dios, usando sus mismas palabras, que se convirtieron en oración.
• Evangelio: En la primera lectura Dios nos habló por sus profetas, en la segunda por sus apóstoles, ahora en el Evangelio nos habla directamente por medio de su Hijo Jesucristo. Es el momento más importante de la liturgia de la Palabra, vamos a escuchar directamente a Jesús hablando, enseñando, curando. La palabra Evangelio significa “buena noticia” y esta buena noticia no es sólo un mensaje, ¡es Jesús mismo! ¡La mejor noticia que ha existido! Es un momento muy importante, por eso nos ponemos de pie, cantamos con alegría el aleluya y el Evangelio es proclamado por el sacerdote. Lo escuchamos de pie, en señal de atención y de la prontitud que queremos tener para seguirlo. Y al iniciar, nos hacemos la señal de la cruz en la frente, la boca y el pecho, como diciendo que recibimos la Palabra de Dios en la mente, la confesamos con la boca y la guardamos en el corazón.
• Y por último … La Homilía: No basta oír la Palabra de Dios, sino que también necesitamos que nos sea explicada de manera adecuada. Homilía viene de una palabra griega que significa “diálogo”, “conversación”. Es el momento en el que el sacerdote explica los pasajes proclamados para poder ahondar en ellos. Si en el Evangelio Dios nos habla por su Hijo Jesucristo, en la homilía nos habla por su Iglesia.
Hasta aquí la primera parte de esta explicación sobre la misa.
Por: P. Juan José Paniagua | Fuente: catholic-link.com
La Misa es el sacrificio de Cristo que se ofreció a si mismo una vez para siempre en la Cruz. Es el centro de nuestra vida cristiana y la acción de gracias que presentamos a Dios por su gran amor hacia nosotros. No es otro sacrificio, no es una repetición. Es el mismo sacrificio de Jesús que se hace presente. Es una re-presentación del Calvario, memorial, aplicación de los méritos de Cristo.
Tiene dos partes: la liturgia de la palabra (después de estar bien preparados por la petición de perdón de los pecados) y la liturgia de Eucaristía, que es el ofrecimiento al Padre por parte de Jesús y nuestra, pues también nosotros somos hijos de Dios.
Para saber aprovechar los grandes frutos espirituales que se nos dan a través de la Celebración Eucarística, hay que conocerla, entender sus gestos y símbolos, y participar en ella con reverencia.
Aquí te ofrecemos de una muy buena explicación que puede ayudarte a participar mejor en este sacrificio:
Aquí te ofrecemos de una muy buena explicación que puede ayudarte a participar mejor en este sacrificio:
1. Ritos iniciales
• Canto de entrada: Nos preparamos para comenzar la misa con el canto de entrada. Es un canto que nos une a todos porque a la misa venimos personas de distintos lugares, culturas, edades y cantamos a una voz, como un cuerpo que somos en torno a Cristo. Nos unimos para celebrar uno de los dones más grandes que Jesús nos dejó: la Eucaristía.
. Señal de la Cruz: La misa empieza propiamente con la señal de la cruz y terminará también de la misma manera, cuando recibimos la bendición final. Hacer la señal de la cruz nos recuerda que le pertenecemos a Cristo. En el lenguaje bíblico, el nombre representa a la persona misma. Empezar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo no es sólo mencionar el nombre de Dios, sino ponernos en su presencia.
• Acto penitencial: Puestos en la presencia de Dios, la Iglesia nos invita a reconocer con humildad que somos pecadores. Porque como dice San Pablo: “Mi proceder no lo comprendo, pues no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Rm 7, 15). Algo así nos sucede a todos… Por eso, al empezar la Eucaristía reconocemos humildemente frente a todos nuestros hermanos, que somos pecadores. Y para pedirle perdón a Dios, usamos las palabras del ciego que oyó que Jesús pasaba cerca, y como sabía que no podía curarse a sí mismo, sino necesitaba del auxilio de Dios, se puso a gritar en medio de la multitud: “Señor, ten piedad de mí”. Así, con confianza en la misericordia de Dios, rezamos también el “Señor ten piedad”.
• Canto del Gloria: En los domingos y solemnidades se reza este himno, que resume el sentido máximo de la vida cristiana: darle gloria a Dios. Alabar a Dios, no sólo porque es bueno, o porque nos ayuda, o por las cosas que nos da. Darle gloria por quién es Él, porque es Dios. Nos ayuda a estar bien orientados, a afirmar que el sentido máximo de nuestra vida es Él.
• Oración colecta: Este no es el momento en el que se pasa la limosna, eso viene después. Se trata de la oración colecta. Es el momento en el que el sacerdote invita a toda la comunidad a rezar pidiendo. Por eso al empezar la oración el sacerdote dice a todos: “oremos”. Y extiende las manos en señal de súplica. Es el momento de recogernos todos en silencio y pedirle también al Señor por nuestras necesidades. Al terminar la oración colecta todos nos unimos a lo que el sacerdote ha pedido, diciendo juntos: Amén! Se llama colecta porque es la oración que recoge las peticiones de todos. Porque como dice el Señor en el Evangelio: “Si dos de Uds se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, lo conseguirán de mi Padre que está en los Cielos” (Mt 18, 19-20). Y es una oración que nos une con la Iglesia toda, ya que en cualquier rincón del mundo donde se celebre la misa ese día, se pedirá por lo mismo.
2. Liturgia de la Palabra
El Señor Jesús, antes de alimentarnos con su Cuerpo y con su Sangre en la mesa del sacrificio, nos alimenta primero en la mesa de la Palabra. A través de las lecturas, vamos a escuchar directamente a Dios que nos habla a nosotros, que somos su pueblo.
• Lecturas: La primera lectura está tomada de alguno de los libros del Antiguo Testamento. Es importante meditarlas, porque por estas palabras, Dios fue preparando a su Pueblo para la venida de Cristo. Y también nos preparan a nosotros para escuchar a Jesús, ya que la primera lectura está directamente relacionada con el Evangelio que se va a leer.
Después de la primera lectura, se lee el salmo. Los salmos siempre han sido una oración muy importante en la historia de la Iglesia, porque cuando rezamos con los salmos rezamos con las mismas palabras de Dios, palabras que Él pone en nuestra boca para que sepamos cómo pedir, cómo expresarnos. Con los salmos aprendamos a rezar, aprendemos a hablar con Dios, usando sus mismas palabras, que se convirtieron en oración.
La segunda lectura está tomada del Nuevo Testamento: de las cartas de San Pablo, o las Epístolas Católicas o del libro de los Hebreos o el Apocalipsis. Es decir, son los escritos de los apóstoles, escuchamos la predicación de los primeros hombres a los que Jesús les dijo: “Vayan y hagan discípulos míos a todas las gentes… enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado.” (Mt 28, 19-20).
• Evangelio: En la primera lectura Dios nos habló por sus profetas, en la segunda por sus apóstoles, ahora en el Evangelio nos habla directamente por medio de su Hijo Jesucristo. Es el momento más importante de la liturgia de la Palabra, vamos a escuchar directamente a Jesús hablando, enseñando, curando. La palabra Evangelio significa “buena noticia” y esta buena noticia no es sólo un mensaje, ¡es Jesús mismo! ¡La mejor noticia que ha existido! Es un momento muy importante, por eso nos ponemos de pie, cantamos con alegría el aleluya y el Evangelio es proclamado por el sacerdote. Lo escuchamos de pie, en señal de atención y de la prontitud que queremos tener para seguirlo. Y al iniciar, nos hacemos la señal de la cruz en la frente, la boca y el pecho, como diciendo que recibimos la Palabra de Dios en la mente, la confesamos con la boca y la guardamos en el corazón.
• Y por último … La Homilía: No basta oír la Palabra de Dios, sino que también necesitamos que nos sea explicada de manera adecuada. Homilía viene de una palabra griega que significa “diálogo”, “conversación”. Es el momento en el que el sacerdote explica los pasajes proclamados para poder ahondar en ellos. Si en el Evangelio Dios nos habla por su Hijo Jesucristo, en la homilía nos habla por su Iglesia.
Hasta aquí la primera parte de esta explicación sobre la misa.
Cuando alguien quiere mostrarte su afecto y amistad, es común que te invite a su casa. Y hay dos hechos importantes que suceden: la conversación y la comida.
En la celebración de la misa es Jesús quien nos invita a participar de su amistad, en la que también encontramos estos dos momentos importantes: la conversación, que es cuando Jesús nos habla a través de su Palabra y nosotros le respondemos con nuestras oraciones; y la comida, cuando Jesús nos ofrece el banquete de la Eucaristía, nos da su Cuerpo y su Sangre.
La liturgia de la Eucaristía es la parte más importante de la Misa. Esta tiene tres partes: El rito de las ofrendas, la Gran Plegaria Eucarística (es el núcleo de toda la celebración, es una plegaria de acción de gracias en la que actualizamos la muerte y resurrección de Jesús) y el rito de comunión. ¡Esperamos que esta explicación les sea de mucha utilidad en su apostolado!
Presentación de dones:

Es el momento en el cual se lleva al altar el pan y el vino, dos alimentos muy sencillos, que el sacerdote ofrecerá a Dios para que Cristo se haga presente en la Eucaristía.
La sencillez de estos alimentos nos recuerda al niño que le llevó a Jesús sus ofrendas, cinco panes y dos peces. Era todo lo que tenía, pero esa pequeñez, puesta en las manos de Jesús, se convirtió en abundancia y alcanzó para alimentar a una multitud inmensa e incluso sobró.
Así nuestras sencillas ofrendas de pan y vino, puestas en las manos del Señor, también se convertirán en abundancia, en lo más grande, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo para alimentar a una gran multitud que está hambrienta de Dios.
En cada misa, ¡nosotros somos esa multitud! Junto a este pan y vino, le presentamos también a Dios, de manera simbólica, algo de nosotros mismos. Le ofrecemos nuestros esfuerzos, sacrificios, alegrías y dolores. Le ofrecemos nuestra fragilidad para que Él haga obras grandes con nosotros. Para que cuando Dios convierta el pan y el vino en el Cuerpo y al Sangre, también nos convierta a nosotros, nos haga mejores, más semejantes a Él.
Oración secreta:

Terminada la presentación de dones, el sacerdote se inclina ante el altar y dice una oración secreta. Es secreta pero no en el sentido que nadie la pueda conocer, sino en que la dice en voz baja. Son varios los momentos en los que el sacerdote dice una oración secreta.
En esta ocasión dice: “Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro”. Es un momento importante porque manifiesta que cuando el sacerdote celebra la misa, está rezando, no simplemente repite gestos mecánicos, sino está dialogando con Dios.
Prefacio:

Esta palabra viene de dos palabras en latín: pre – factum, que significa literalmente “antes del hecho”. Y se llama así porque está justamente antes del hecho más importante de toda la misa: la plegaria eucarística, que son todas las oraciones que rodean el momento de la consagración.
En el prefacio hay un diálogo con el sacerdote, que siempre dice: “Levantemos el corazón. Lo tenemos levantado hacia el Señor”. Es que en el prefacio hemos dado gracias a Dios, hemos reconocido sus obras de amor y lo alabamos. Todo esto verdaderamente eleva nuestro corazón.
Esa es la actitud interior a la que la liturgia nos conduce, elevar el corazón para estar listos para el momento más importante: cuando Cristo se haga presente con su Cuerpo y su Sangre. Por eso el Papa Benedicto decía: “Debemos elevar nuestro corazón al Señor no sólo como una respuesta ritual, sino como expresión de lo que sucede en este corazón que se eleva y arrastra hacia arriba a los demás”.
En la celebración de la misa es Jesús quien nos invita a participar de su amistad, en la que también encontramos estos dos momentos importantes: la conversación, que es cuando Jesús nos habla a través de su Palabra y nosotros le respondemos con nuestras oraciones; y la comida, cuando Jesús nos ofrece el banquete de la Eucaristía, nos da su Cuerpo y su Sangre.
La liturgia de la Eucaristía es la parte más importante de la Misa. Esta tiene tres partes: El rito de las ofrendas, la Gran Plegaria Eucarística (es el núcleo de toda la celebración, es una plegaria de acción de gracias en la que actualizamos la muerte y resurrección de Jesús) y el rito de comunión. ¡Esperamos que esta explicación les sea de mucha utilidad en su apostolado!
Presentación de dones:
Es el momento en el cual se lleva al altar el pan y el vino, dos alimentos muy sencillos, que el sacerdote ofrecerá a Dios para que Cristo se haga presente en la Eucaristía.
La sencillez de estos alimentos nos recuerda al niño que le llevó a Jesús sus ofrendas, cinco panes y dos peces. Era todo lo que tenía, pero esa pequeñez, puesta en las manos de Jesús, se convirtió en abundancia y alcanzó para alimentar a una multitud inmensa e incluso sobró.
Así nuestras sencillas ofrendas de pan y vino, puestas en las manos del Señor, también se convertirán en abundancia, en lo más grande, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo para alimentar a una gran multitud que está hambrienta de Dios.
En cada misa, ¡nosotros somos esa multitud! Junto a este pan y vino, le presentamos también a Dios, de manera simbólica, algo de nosotros mismos. Le ofrecemos nuestros esfuerzos, sacrificios, alegrías y dolores. Le ofrecemos nuestra fragilidad para que Él haga obras grandes con nosotros. Para que cuando Dios convierta el pan y el vino en el Cuerpo y al Sangre, también nos convierta a nosotros, nos haga mejores, más semejantes a Él.
Oración secreta:
Terminada la presentación de dones, el sacerdote se inclina ante el altar y dice una oración secreta. Es secreta pero no en el sentido que nadie la pueda conocer, sino en que la dice en voz baja. Son varios los momentos en los que el sacerdote dice una oración secreta.
En esta ocasión dice: “Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro”. Es un momento importante porque manifiesta que cuando el sacerdote celebra la misa, está rezando, no simplemente repite gestos mecánicos, sino está dialogando con Dios.
Prefacio:
Esta palabra viene de dos palabras en latín: pre – factum, que significa literalmente “antes del hecho”. Y se llama así porque está justamente antes del hecho más importante de toda la misa: la plegaria eucarística, que son todas las oraciones que rodean el momento de la consagración.
En el prefacio hay un diálogo con el sacerdote, que siempre dice: “Levantemos el corazón. Lo tenemos levantado hacia el Señor”. Es que en el prefacio hemos dado gracias a Dios, hemos reconocido sus obras de amor y lo alabamos. Todo esto verdaderamente eleva nuestro corazón.
Esa es la actitud interior a la que la liturgia nos conduce, elevar el corazón para estar listos para el momento más importante: cuando Cristo se haga presente con su Cuerpo y su Sangre. Por eso el Papa Benedicto decía: “Debemos elevar nuestro corazón al Señor no sólo como una respuesta ritual, sino como expresión de lo que sucede en este corazón que se eleva y arrastra hacia arriba a los demás”.
Santo:

El prefacio termina con este canto de alabanza a Dios. La letra está tomada totalmente de las Sagradas Escrituras.
La primera parte, es un canto que hemos aprendido del coro de los ángeles, que el profeta Isaías oyó que le cantaban a Dios junto a su trono. El tres veces santo repetido, nos recuerda las tres personas divinas de la Santa Trinidad.
Y la segunda parte es la aclamación que le dicen a Jesús cuando está entrando montado en un burrito a Jerusalén el domingo de Ramos: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor, hossana!” Estaban felices aclamando Jesús, el rey esperado, que entraba a su ciudad.
Nosotros en la misa también aclamamos a Cristo que está a las puertas de hacerse presente ante nosotros. Por eso podemos decir que el santo, es un canto de hombres y ángeles, que nos unimos para alabar a Dios.
Epíclesis:

Es el momento en el cual se invoca al Espíritu Santo para que santifique las ofrendas de pan y vino que hemos presentado. Por eso en ese momento el sacerdote extiende e impone las dos manos sobre las ofrendas.
Así como el Espíritu Santo descendió sobre la Virgen María para que concibiera e hiciera presente a Jesús en su seno, ahora invocamos al Espíritu Santo para que descienda sobre estos dones y también haga presente a Cristo entre nosotros.
Relato de la institución y consagración:

Hemos llegado al corazón de la plegaria eucarística, al momento más importante de la misa. Siguiendo el mandato que Jesús le dijo a sus apóstoles: “Hagan esto en memoria mía”, el sacerdote, actuando en la persona misma de Cristo, pronuncia las palabras de la institución de la Eucaristía, las mismas que Jesús pronunció el día de la Última Cena.
Y esas palabras tienen el poder de transformar la realidad. Así como cuando Dios dijo: “que se haga la tierra”, y la tierra se hizo.
Cuando Jesús le dijo al paralítico: “toma tu camilla, levántate y anda” y el paralítico que nunca había podido caminar, se puso de pie y empezó a caminar. O cuando le dijo a su amigo Lázaro que llevaba 3 días en la tumba:“¡Lázaro sal fuera!” y Lázaro volvió a la vida y salió de la tumba.
Así como Dios, cuando pronuncia su Palabra, la Creación le obedece, en la misa, cuando Dios pronuncia su Palabra a través del sacerdote: “tomen y coman que esto es mi cuerpo…”, “tomen y beban que esto es mi sangre…”, su Palabra, que es eficaz, transforma la realidad y las ofrendas de pan y vino dejan de serlo y se convierten realmente, en el cuerpo y la sangre del Señor Jesús. Verdaderamente Cristo, en su cuerpo, sangre, alma y divinidad.
Padre nuestro:

Antes de recibir la comunión, la Iglesia nos invita a rezar la oración que Cristo nos enseñó. San Cipriano decía: “¿Qué oración podría escuchar el Padre más gustosamente que aquella en la que escucha la voz de su Hijo único, de Jesucristo?”.
Cuando rezamos el Padre nuestro, el Padre reconoce la voz de su Unigénito en nosotros. Y es así, porque cuando rezamos el Padre nuestro, estamos rezando no con nuestras palabras, sino con las palabras de Dios, con las mismas palabras con las que Jesucristo nos enseñó a rezar.
La oración no es Padre mío, sino nuestro. Es una invitación al amor entre nosotros, a la fraternidad, a la hermandad, a la reconciliación. El Papa Francisco lo ha dicho muy claramente: “Esta es una oración que no se puede rezar con enemigos en el corazón, con rencores con el otro”. Es una oración que prepara nuestro corazón, porque nos invita a la comunión.
Comunión:

Cuántas veces hemos dicho: ¡me muero de hambre! Tanto así nuestro cuerpo rechaza la experiencia de tener el estómago vacío, que nos expresamos así. Pero tenemos un hambre más profundo aún. El hambre de Dios. Cristo se hace alimento, porque no quiere dejarnos vacíos, Él ha venido a traernos vida y vida en abundancia.
El prefacio termina con este canto de alabanza a Dios. La letra está tomada totalmente de las Sagradas Escrituras.
La primera parte, es un canto que hemos aprendido del coro de los ángeles, que el profeta Isaías oyó que le cantaban a Dios junto a su trono. El tres veces santo repetido, nos recuerda las tres personas divinas de la Santa Trinidad.
Y la segunda parte es la aclamación que le dicen a Jesús cuando está entrando montado en un burrito a Jerusalén el domingo de Ramos: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor, hossana!” Estaban felices aclamando Jesús, el rey esperado, que entraba a su ciudad.
Nosotros en la misa también aclamamos a Cristo que está a las puertas de hacerse presente ante nosotros. Por eso podemos decir que el santo, es un canto de hombres y ángeles, que nos unimos para alabar a Dios.
Epíclesis:
Es el momento en el cual se invoca al Espíritu Santo para que santifique las ofrendas de pan y vino que hemos presentado. Por eso en ese momento el sacerdote extiende e impone las dos manos sobre las ofrendas.
Así como el Espíritu Santo descendió sobre la Virgen María para que concibiera e hiciera presente a Jesús en su seno, ahora invocamos al Espíritu Santo para que descienda sobre estos dones y también haga presente a Cristo entre nosotros.
Relato de la institución y consagración:
Hemos llegado al corazón de la plegaria eucarística, al momento más importante de la misa. Siguiendo el mandato que Jesús le dijo a sus apóstoles: “Hagan esto en memoria mía”, el sacerdote, actuando en la persona misma de Cristo, pronuncia las palabras de la institución de la Eucaristía, las mismas que Jesús pronunció el día de la Última Cena.
Y esas palabras tienen el poder de transformar la realidad. Así como cuando Dios dijo: “que se haga la tierra”, y la tierra se hizo.
Cuando Jesús le dijo al paralítico: “toma tu camilla, levántate y anda” y el paralítico que nunca había podido caminar, se puso de pie y empezó a caminar. O cuando le dijo a su amigo Lázaro que llevaba 3 días en la tumba:“¡Lázaro sal fuera!” y Lázaro volvió a la vida y salió de la tumba.
Así como Dios, cuando pronuncia su Palabra, la Creación le obedece, en la misa, cuando Dios pronuncia su Palabra a través del sacerdote: “tomen y coman que esto es mi cuerpo…”, “tomen y beban que esto es mi sangre…”, su Palabra, que es eficaz, transforma la realidad y las ofrendas de pan y vino dejan de serlo y se convierten realmente, en el cuerpo y la sangre del Señor Jesús. Verdaderamente Cristo, en su cuerpo, sangre, alma y divinidad.
Padre nuestro:
Antes de recibir la comunión, la Iglesia nos invita a rezar la oración que Cristo nos enseñó. San Cipriano decía: “¿Qué oración podría escuchar el Padre más gustosamente que aquella en la que escucha la voz de su Hijo único, de Jesucristo?”.
Cuando rezamos el Padre nuestro, el Padre reconoce la voz de su Unigénito en nosotros. Y es así, porque cuando rezamos el Padre nuestro, estamos rezando no con nuestras palabras, sino con las palabras de Dios, con las mismas palabras con las que Jesucristo nos enseñó a rezar.
La oración no es Padre mío, sino nuestro. Es una invitación al amor entre nosotros, a la fraternidad, a la hermandad, a la reconciliación. El Papa Francisco lo ha dicho muy claramente: “Esta es una oración que no se puede rezar con enemigos en el corazón, con rencores con el otro”. Es una oración que prepara nuestro corazón, porque nos invita a la comunión.
Comunión:
Cuántas veces hemos dicho: ¡me muero de hambre! Tanto así nuestro cuerpo rechaza la experiencia de tener el estómago vacío, que nos expresamos así. Pero tenemos un hambre más profundo aún. El hambre de Dios. Cristo se hace alimento, porque no quiere dejarnos vacíos, Él ha venido a traernos vida y vida en abundancia.
Es el momento de la comunión. Es cuando el sacerdote se acerca a distribuir el alimento de la Eucaristía. Se le llama también comunión porque al recibir el cuerpo de Cristo, entramos en una íntima y profunda común – unión con Él.
Cuando alguien come algo, eso que ha comido se convierte en parte de tu cuerpo y se hace uno contigo y ya nadie lo puede separar.
Cuando recibimos el Cuerpo de Cristo, con este alimento sucede algo distinto, no sólo se vuelve parte de nosotros, sino sobre todo nosotros nos volvemos en aquello que comemos, nos Cristificamos, nos hacemos más como el Señor. Este es el verdadero alimento, el alimento de vida eterna, que quien lo reciba, vivirá para siempre.
Bendición final y despedida:

La misa termina como la empezamos, con la señal de la cruz. Podemos ir en paz, porque hemos visto a Dios, nos hemos encontrado con Él y estamos renovados para seguir en la misión que Dios nos encarga. Al terminar la misa el sacerdote nos da la bendición final.
La palabra bendición viene de dos palabras: bien y decir. Decir bien de alguien. Generalmente cuando alguien nos halaga, eso no nos hace ni mejores ni peores personas. Pero cuando Dios dice bien de nosotros, su Palabra sí nos hace distintos, nos da esa gracia para librar el buen combate de la fe. Así termina la misa y estamos listos para seguir adelante con nuestra vida cristiana.
Cuando alguien come algo, eso que ha comido se convierte en parte de tu cuerpo y se hace uno contigo y ya nadie lo puede separar.
Cuando recibimos el Cuerpo de Cristo, con este alimento sucede algo distinto, no sólo se vuelve parte de nosotros, sino sobre todo nosotros nos volvemos en aquello que comemos, nos Cristificamos, nos hacemos más como el Señor. Este es el verdadero alimento, el alimento de vida eterna, que quien lo reciba, vivirá para siempre.
Bendición final y despedida:
La misa termina como la empezamos, con la señal de la cruz. Podemos ir en paz, porque hemos visto a Dios, nos hemos encontrado con Él y estamos renovados para seguir en la misión que Dios nos encarga. Al terminar la misa el sacerdote nos da la bendición final.
La palabra bendición viene de dos palabras: bien y decir. Decir bien de alguien. Generalmente cuando alguien nos halaga, eso no nos hace ni mejores ni peores personas. Pero cuando Dios dice bien de nosotros, su Palabra sí nos hace distintos, nos da esa gracia para librar el buen combate de la fe. Así termina la misa y estamos listos para seguir adelante con nuestra vida cristiana.
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