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miércoles, 23 de diciembre de 2015

Un cuento de Adviento (Virtudes y Valores)

Un cuento de Adviento
Adviento: esperanza, oración, alegría


Por: Ramiro Pellitero Iglesias | Fuente: iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com.es 





El comienzo del adviento me ha traído a la memoria, una vez más, este cuento bien conocido.

"Martín era un humilde zapatero de un pequeño pueblo de montaña. Vivía solo. Hacía años que había enviudado y sus hijos habían marchado a la ciudad en busca de trabajo.

Martín, cada noche, antes de ir a dormir leía un trozo de los evangelios frente al fuego del hogar. Aquella noche se despertó sobresaltado. Había oído claramente una voz que le decía. ‘Martín, mañana Dios vendrá a verte’. Se levantó, pero no había nadie en la casa, ni fuera, claro está, a esas horas de la fría noche...

Se levantó muy temprano y barrió y adecentó su taller de zapatería. Dios debía encontrarlo todo perfecto. Y se puso a trabajar delante de la ventana, para ver quién pasaba por la calle. Al cabo de un rato vio pasar un vagabundo vestido de harapos y descalzo. Compadecido, se levantó inmediatamente, lo hizo entrar en su casa para que se calentara un rato junto al fuego. Le dio una taza de leche caliente y le preparó un paquete con pan, queso y fruta, para el camino y le regaló unos zapatos.

Llevaba otro rato trabajando cuando vio pasar a una joven viuda con su pequeño, muertos de frío. También los hizo pasar. Como ya era mediodía, los sentó a la mesa y sacó el puchero de la sopa excelente que había preparado por si Dios se quería quedar a comer. Además fue a buscar un abrigo de su mujer y otro de unos de sus hijos y se los dio para que no pasaran más frío.

Pasó la tarde y Martín se entristeció, porque Dios no aparecía. Sonó la campana de la puerta y se giró alegre creyendo que era Dios. La puerta se abrió con algo de violencia y entró dando tumbos el borracho del pueblo.

– ¡Sólo faltaba este! Mira, que si ahora llega Dios...– se dijo el zapatero.

– Tengo sed –exclamó el borracho.

Y Martín acomodándolo en la mesa le sacó una jarra de agua y puso delante de él un plato con los restos de la sopa del mediodía.

Cuando el borracho marchó ya era muy de noche. Y Martín estaba muy triste. Dios no había venido. Se sentó ante el fuego del hogar. Tomó los evangelios y aquel día los abrió al azar. Y leyó:

– ‘Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestistes...Cada vez que lo hiciste con uno de mis pequeños, a mí me lo hicistes...’

Se le iluminó el rostro al pobre zapatero. ¡Claro que Dios le había visitado! ¡No una vez, sino tres veces! Y Martín, aquella noche, se durmió pensando que era el hombre más feliz del mundo...".

El Adviento, es la esperanza de la venida de Dios que de muchas formas nos visita.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Siempre es Navidad

Siempre es Navidad
Cuento navideño


Por: Cristina Urbizu | Fuente: Catholic.net




Era el año 1400 y se acercaba la Navidad. Leonor, hija de agricultores, estaba deseando que llegara. Sus padres estaban labrando las tierras cerca del castillo del rey. Ella se había quedado en casa al cuidado de sus cuatro hermanos. Mientras hacía la comida les contaba relatos de la Biblia y de las vidas de los santos. Aunque no sabía ni leer ni escribir, los recordaba de memoria, de tanto escuchar a los predicadores y ver las pinturas de la iglesia. Luis, Enrique, Ricardo e Isabel estaban muy atentos a todo lo que Leonor les contaba. Sus hermanos eran aún pequeños y no solían acudir a la iglesia.

En esta época del año todas sus historias se centraban en el nacimiento del niño Jesús y la venida de los Reyes Magos, con los que sus hermanos estaban muy alegres e ilusionados. Se asustaban cuando les contaba la matanza del rey Herodes, y aplaudían emocionados cuando explicaba la llegada de los Reyes Magos con los regalos. Leonor se apresuró a darles la comida y a acostarlos antes de que regresaran sus padres. Comieron con verdadero apetito el caldo de patatas, cebollas y gallina que ella les había hecho. Eso y un trozo de pan que la madre había preparado por la mañana. Era un gran festín.

Cuando sus padres llegaron, los niños llevaban un buen rato dormidos. Estaban sus padres muy cansados, y aun así, después de comer, la madre se puso a tejer y el padre a preparar en cestos las verduras que iba a vender al día siguiente en el mercado. Mientras tanto, Leonor salió silenciosa de la casa y se dirigió al campo. Después de andar un buen rato, miró hacia todos los lados, apartó un arbusto y se metió en una cueva. Parecía que se la conocía de memoria, pues no había luz y no podía ver nada. Pero ella siguió andando. De repente se paró y dio tres golpes. Hubo un largo silencio. Una puerta se abrió y la cueva se llenó de luz.

Entró en una gran habitación, decorada con mucho lujo. Parecía la habitación de una reina. A su encuentro salió una niña vestida con ricas telas, de pelo rubio recogido en largas trenzas. Se abrazaron las dos, eran muy amigas. En temporadas Leonor iba a ayudar en las cocinas del castillo, y fue así como se conocieron. Tenían la misma edad, 10 años. Elena, al contrario que Leonor, sabía leer, escribir y tocar instrumentos musicales. A ella le hacían todo, estaba acostumbrada al lujo, pues era la hija del más fiel caballero del rey. Aun teniendo vidas muy distintas se tenían mucho cariño. Este año habían decidido preparar juntas la Navidad. Su objetivo era que las dos familias pasaran juntas el día de nochebuena. Se dividieron las tareas. Elena pretendía convencer a sus padres para dar un paseo a caballo. Ella llevaría en sus alforjas ricos dulces y turrones. Mientras tanto Leonor decoraría su casa, y haría junto a su madre una cena muy especial.

Y llegó el día de nochebuena. Ese día los padres de Leonor no habían ido a trabajar a los campos. Todo tenía que ser muy especial, pues nacía el niño Jesús. Tanto los padres como los hijos se habían vestido con los trajes más bonitos que tenían. Sobre la chimenea había un nacimiento de madera que había hecho el padre de Leonor. La mesa estaba puesta y la cena preparada. Iban a empezar a cenar. Leonor estaba muy nerviosa pensando que Elena no había conseguido convencer a sus padres. Pero de pronto llamaron a la puerta. ¿Quién podía ser? El padre abrió, y entraron tres personas con ricos trajes y coronas. Los niños pequeños empezaron a aplaudir y a gritar. “¡Han venido los Reyes Magos!, ¡han venido los Reyes Magos!”. Entonces todos empezaron a reír. Leonor y Elena explicaron lo que habían organizado, y ambas familias se sentaron muy contentas a la mesa. Cantaron bonitos villancicos delante del nacimiento, antes de bendecir la mesa y compartir la cena.

Al terminar, Leonor volvió a contar el maravilloso relato del nacimiento de Jesús y la venida de los Reyes Magos, mientras las dos familias escuchaban emocionadas.


CRISTINA URBIZU
12 años