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sábado, 6 de junio de 2020

Robos, droga, sexo… pero «El Señor de los Anillos» y un buen amigo le llevaron de Lucifer a Dios 05062020

Con 8 años se escapó de casa, la escuela de la calle le enseñó de todo y ya no controlaba su vida

Robos, droga, sexo… pero «El Señor de los Anillos» y un buen amigo le llevaron de Lucifer a Dios


Manuel Vicente Ramínez
Manuel Vicente Ramínez
Manuel Vicente nació en una familia de muchos hijos: “De pequeño pasé muchas horas en la calle, ya que mamá, aun dejándose la vida… no podía con todos”. La escuela de la calle le llevó a sufrir la crueldad de otros niños y después, siendo aún muy joven todavía, al robo, a la violencia, a la pornografía, al alcohol y las drogas… Un día su madre le invitó a una charla sobre El Señor de los anillos, allí comprendió quién era Lucifer. Después, un amigo le invitó a una charla: “Allí estaba Jesucristo esperándome, en cuánto lo vi, en ningún momento dudé que era Él. Sentí un amor tan grande que todas las noches de ese mes, lloraba en mi habitación de rodillas lamentando que antes no estuviera con Él. Él me curó, y esto es real, porque el pecado iba perdiendo poder. Había vuelto a nacer”. Esta es su historia narrada directamente por él mismo y que recoge la web Camino Católico.
El testimonio de Manuel Vicente
Hoy amo la vida, la lectura, la naturaleza y la poesía, pero no siempre fue así. Siendo el quinto de ocho hermanos, uno crece preguntándose qué pinta en medio de tanta gente, cosa que ahora entiendo, afectó sustancialmente a mi desarrollo afectivo-emocional.
De familia humilde, cristiana, de casa pequeña y pocas manos para tanto mono. De pequeño pasé muchas horas en la calle, ya que mamá, aun dejándose la vida… no podía con todos, y esto hizo tal vez que yo viera cosas que cualquier niño normal ve bastante más adelante.
Recuerdo que algunos niños fueron crueles. Pronto empecé a robar y pronto también a consumir pornografía, me atormentaba ir a la iglesia y alguna vez me escapé de casa (con 8 años se pensaron que me habían secuestrado en la feria y mis padres movieron cielo y tierra para encontrarme).
A partir de los 12 años la cosa se truncaba un poco más, cuando ya asomaba mis puños por el mundillo del ‘hooliganismo’. Pronto probé el alcohol, el tabaco, la marihuana, y más adelante, la cocaína (en ese orden).
Así fui creciendo bajo la careta de niño bueno, con muchos engaños emocionales y unas aspiraciones que, poco a poco, me iban destruyendo. Me atraía el mundo de la noche, hasta el punto que ya controlaba mi conducta. Nunca me conformé con ese puntillo, siempre me tiré de cabeza al río.
Este fallo de dominio, también me afectaba en el tema sexual, ya que no podía pasar un fin de semana sin acostarme con alguna chicaUtilizaba mi cuerpo, y yo las utilizaba. Les hacía daño a ellas, y también a mí. Era como si de algún modo ‘esto’ fuera lo que había que hacer en cada salida, aun sabiendo el vacío que luego quedaba.
Beber hasta no poder más, fumar si era posible, y después íbamos más allá. Alguna vez me pregunté por qué no podía parar.
A los 17 años sufrí una dura detención. Entre tanto y cuánto un desamor, la muerte de mis abuelos, la enfermedad de mi madre y muchas preguntas sin resolver.
Manuel Vicente, en su carrera de joven violento, llegó a ser detenido en un partido de fútbol
Quise también tener fama, y mala fama me gané. En el ejército conocí la soledad, y todo el sueldo lo empleaba en mi placer. No descansaba mucho, y algunos días empalmaba con el cuartel. Esta pérdida del dominio parecía cada vez mayor, y cada vez abarcaba más ámbitos de mi vida, hasta que volví a preguntarme qué o quién era eso que me controlaba, pero aún seguía sin encontrar respuesta.
Algunas noches de desaliento y lejos de casa, me agarraba a un rosario sin saber por qué. Parecía esto algo que yo tampoco controlaba, pues toda mi vida remaba en la otra dirección. Este rosario me lo trajeron mis padres ese verano, de Jerusalén.
Durante algún tiempo más, mi vida siguió rumbo a la deriva, intentando ser feliz una y otra vez. Buscaba con todas mis fuerzas, pero no conseguía florecer. “Lo intenté con la bebida, lo intenté con el placer, lo intenté con la violencia, y con el dinero también.”
Un día mi madre me invitó a un teatro, o eso quise yo entender. Resulta que era la presentación de un libro, y yo de resaca lo fui a ver. Este libro hablaba sobre ‘El señor de los anillos’, y sin saber cómo ni por qué, mi pregunta sobre la falta de dominio, fue resuelta por una vez. Ahí entendí quién era aquél que controlaba mi vida a su antojo, mientras yo me las daba de ‘rebelde’, haciendo siempre lo que quería en nombre de la libertad. Se llamaba Lucifer. Estaba esclavizado, y aun así, no sabía qué hacer. Ya sabía lo que había, pero no tenía fuerzas para tal monstruo repeler.
De pronto, un día me cruzo con un viejo amigo de la infancia, el mejor que tuve. Resulta que, hablando, después de algunos años parecimos conectar otra vez. Empezamos a estudiar juntos, y comprobé que mi vida, se contrastaba con la de él. Él tenía algo muy valioso, pero aún yo no sabía qué. Lo veía feliz y transparente, y me gustaba estar con él. Me miraba sin reproche, como al mismo mejor amigo de su infancia, sin importarle qué yo hacía o qué había hecho. Él tenía una especie de luz.
Un día le propuse tomar algo después de estudiar y me dijo que sí, pero que si no me importaba antes fuéramos a escuchar una charla de un tal ‘Juan’. Era un catequista, viejo conocido de mi infancia, el cual me sonaba en la distancia, pues llevaba ya muchos años liado con mis asuntos. Otro teatro, eso pensé. Esta vez ya sabía lo que había, y me sentí obligado a ceder. Ya no huía como cuando era pequeño, pues como todo ciego, yo también quería ver.
Recuerdo que llegamos al lugar de la charla y sentí mucha vergüenza, pues era muy orgulloso y no me sentía muy bien. Fue en un colegio a 100 metros de mi casa, en la misma acera, donde yo me encontré con ÉL. Allí estaba Jesucristo esperándome, en cuánto lo vi, en ningún momento dudé que era Él. Comprendí gran parte de mi vida, ya sabía por qué y también por quién. Sentí un amor tan grande que todas las noches de ese mes, lloraba en mi habitación de rodillas, lamentando que antes no estuviera con ÉL.
Luego sentí que debía volver a correr, cosa que me gustaba hacer de pequeño, y ahora entiendo que es una herramienta que Dios me ha dado para mantenerme lejos de mis debilidades, y en continua oración.
Algunos piensan que corro por placer, pero lo cierto es que esta es la única forma que tengo para cumplir la oración incesante que me pide San Pablo. Me encanta correr por esos caminos, y hasta me relaciono con la naturaleza. “El Señor soberano es mi fuerza, ÉL me da piernas de gacela y me hace caminar por las alturas”.
Desde entonces todo han sido regalos y milagros, podría escribir miles, pero lo más claro que te digo es… que hoy puedo brincar de alegría, reír con ganas y hasta llorar, bailar sin vergüenza, pisotear esa careta y mirar a la cara. Puedo estudiar, amar a mi familia, a mis amigos y a veces, cuando Él está conmigo, hasta a mis enemigos. Puedo ser útil, puedo ayudar a la gente que me rodea, puedo ir a trabajar con ánimo, puedo respetarme a mí y a las chicas, puedo disfrutar la vida…
¡Puedo ser feliz! Y tú también puedes, pero si me preguntas cómo, cuándo, dónde o por qué… Solo podré decirte que ¡todo se lo debo a Él, a Jesucristo!
Actualmente camino en una comunidad neocatecumenal, y estoy abierto a la voluntad de Dios.

jueves, 16 de mayo de 2019

«He visto a jóvenes dejar la venta de armas y aprender a leer sólo para poder ver el Evangelio» 15052019

La evangelización como impulso del desarrollo social: el éxito de un obispo español en Perú

«He visto a jóvenes dejar la venta de armas y aprender a leer sólo para poder ver el Evangelio»

José Luis del Palacio (69 años) fue ordenado sacerdote por Juan Pablo II y nombrado obispo por Benedicto XVI
José Luis del Palacio (69 años) fue ordenado sacerdote por Juan Pablo II y nombrado obispo por Benedicto XVI
José Luis del Palacio ha cumplido ya siete años como obispo del Callao, una diócesis muy pobre en Perú con más de 1,3 millones de personas y en el que está el puerto y el aeropuerto de Lima. Este madrileño está volcado en una pastoral de nueva evangelización desde la que también afronta los grandes desafíos sociales de una zona de gran pobreza, droga y violencia.
Los frutos son visibles. Y cuanto más se evangeliza, más vidas cambian y más se ayuda a numerosas personas totalmente destrozadas. Va todo unido. Muchos jóvenes traficantes y presos aprenden a leer tras haberse convertido únicamente para poder recibir la Palabra de Dios.
Más de 40 años como misionero en Perú
Monseñor Del Palacio llegó al Perú en 1976 como misionero del Camino Neocatecumenal, una realidad que daba sus primeros pasos en esos momentos. Y es que la evangelización es una parte esencial de su vida, pues antes de llegar a América estuvo anunciando igualmente el Evangelio por distintos puntos de España abriendo esta realidad eclesial en varias diócesis españolas.
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Él sabe cómo predicar a los jóvenes del Callao que andan perdidos porque él mismo lo estuvo de joven. Psicólogo de formación, fue durante un tiempo encargado de discoteca, lector de Sartre y de Camus y revolucionario de mayo del 68 en París. Todo esto le robó la fe y le llevó a una infelicidad profunda, hasta que conoció unas catequesis para adultos que Kiko Argüello y Carmen Hernández dieron en la parroquia de La Paloma de Madrid. Esto transformó su vida y le llevó hasta el Perú. (Puede leer aquí su testimonio completo).
El Kerigma transforma vidas
Ahora como obispo, monseñor José Luis del Palacio asegura que “en estos siete años de episcopado he visto como en una ciudad que estaba muerta Dios me está ayudando a levantarla predicando a Jesucristo, el Kerigma. El perdón de los pecados hace posible regenerar a los jóvenes. ¿Un hombre viejo puede volver a nacer?, pregunta Nicodemo a Jesús. Y yo esto lo estoy viendo, pues el primero que ha sido regenerado he sido yo”.
Si la misión y la evangelización son santo y seña de este obispo, así ha querido convertir a su diócesis. Es a su vez evangelizada y evangelizadora. Más de 80 sacerdotes de esta diócesis del Callao se encuentran en otras partes del Perú y de todo el mundo como misioneros. Este año ha enviado a cinco, uno de ellos a Japón, un país descristianizado y en el que el suicidio es una de las grandes preocupaciones nacionales.
“Veo que están apareciendo nuevas vocaciones y he tenido que hacer un seminario más grande”, explica este obispo madrileño. Y es que en estos momentos la diócesis tiene 150 seminaristas, entre el seminario diocesano y el Redemptoris Mater del Camino Neocatecumenal.
De la pobreza a la misericordia
Con respecto a la situación de su diócesis, monseñor del Palacio explica que “el 33% de los jóvenes ni estudia ni trabaja”. ¿Cómo cambiar esto? La receta es sencilla: educación y evangelización. Este obispo busca y encuentra materiales reciclados y así está consiguiendo crear colegios, auditorios y salones. ¿Para qué?, pregunta: “Para que la gente escuche, pueda experimentar un cambio y pasar de su pobreza a la misericordia, que es lo que testimonia el Evangelio”. Y así la diócesis dirige 19 colegios parroquiales y en los últimos años el obispo ha construido 22 aulas más.
Pero detrás de todo esto hay otro objetivo prioritario para el obispo del Callao: recuperar la familia. “Estamos haciendo -señala- un centro de formación integral familiar y comunitario donde las familias destruidas puedan recuperarse, por ejemplo, escuchando y celebrando la Palabra”.
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Este centro está en el desierto y mirando al mar, donde se encuentra también un monasterio de clausura. Monseñor del Palacio asegura que cuando se abrió hace pocos años había siete monjas de clausura y ahora son más de 40 las que rezan por la diócesis.
Delincuentes arrepentidos aprenden a leer para recibir la Palabra
“Estoy contento de ver cómo Dios nos está acompañando con los maltratados, las víctimas de los desastres o los presos”, afirma el prelado, que tiene en la cárcel uno de los principales focos de evangelización. Dedicada a este pastoral hay una pastoral de 34 personas, entre matrimonios, sacerdotes y jóvenes.
“¡Cuántos jóvenes he visto que han abandonado la droga, la venta de armas y todo ello gracias al poder del Evangelio! Están aprendiendo a leer para poder leer la Palabra de Dios, que da salvación”, explica este obispo misionero.
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La petición del obispo a la gente de buena voluntad
¿Vale la pena ayudar a esta gente?, pregunta este obispo, que hace un llamamiento a colaborar para poder seguir realizando esta obra que une lo social y lo evangelizador. “Vemos que Dios provee, que va delante de nosotros cambiando y transformando personas. De nuestros pecados, Él saca salvación. Es el poder de Jesucristo y de la Pascua.
José Luis del Palacio, que además es doctor en Teología y en Derecho Canónico, insiste en que los primeros beneficiados de la ayuda serán los propios benefactores “porque Dios da el ciento por uno”. Y recuerda como gracias a Dios crecen el seminario y la vida religiosa en la diócesis mientras numerosas familias misioneras anuncian el Evangelio por las casas y las plazas.
El obispo explica que los donativos (los números de cuenta aparecen al final del reportaje) llegan al obispado. Con ese dinero –añade- “se ayudan a los agentes pastorales, a las familias, a los niños más pobres y también a los profesores. Ahora procuramos que hagan carreras superiores como la de maestro, y tengo matriculados unos 300 jóvenes. El dinero se emplea en becas, en los más necesitados y como no, en la cárcel”.
Cómo ayudar
Para ayudar a la obra de monseñor José Luis del Palacio en el Callao puede hacerlo a través de la Fundación Desarrollo Integral de los Pueblos, que preside el propio obispo.
También puede hacer una transferencia a estas cuentas:
Desde España
Fundación Desarrollo Integral de los Pueblos
ES93 0081 0119 7200 0165 1471
Desde Perú
Obispado del Callao
Receptora 2/192-10061698-1-30

sábado, 20 de abril de 2019

De traficante y extorsionador a sacerdote entre musulmanes: la conversión de su padre le trastocó 20042019

Christopher se convirtió al ver que su padre alcohólico y maltratador cambió gracias a Dios

De traficante y extorsionador a sacerdote entre musulmanes: la conversión de su padre le trastocó

Christopher, de 33 años, será ordenado diácono en menos de un año en Karachi (Pakistán).
Christopher, de 33 años, será ordenado diácono en menos de un año en Karachi (Pakistán).
Christopher Anbania es un joven seminarista de Filipinas, de 33 años, que será pronto ordenado diácono. Él relata su testimonio de fe con una sonrisa permanente. La alegría que encuentra al confirmar día a día su vocación es ya de por si extraordinaria. Pero el hecho es más aún sorprendente porque se prepara para servir como sacerdote en un lugar muy alejado de su hogar natal. Será un futuro sacerdote de Pakistán, al servicio de una Iglesia mártir, pero que vive con alegría y esperanza su fe en Jesucristo, dando muestras palpables de que la fe cambia la vida. Christopher también da testimonio de ello.
“Realmente durante mi adolescencia y juventud estuve muy alejado de Dios. Crecí en un ambiente lleno de violencia, especialmente he sufrido violencia por parte de mi padre, que era un hombre alcohólico y destruido. Yo vengo de la ciudad de Mati, en la provincia de Davao Oriental, al sur de Filipinas, una región en la que hay guerrillas antigubernamentales. Soy de una familia pobre, cuando era pequeño vivíamos en una choza de paja, mis padres, mis cinco hermanos y yo. Debido a la violencia de mi padre, creció desde pequeño en mi el odio hacia todo lo que vivía y veía a mi alrededor. Este odio me llevó a desear matar a mi padre, para mí la familia era un infierno, y por eso también buscaba fuera de mi hogar un grupo de amigos con el que construir un mundo apartado de mi familia. Por supuesto, aunque mi madre sí que iba a la iglesia, yo no creía ni en Dios ni en la Iglesia”.
Extorsión, armas, tráfico de drogas...
En estas circunstancias, cuando Christopher era adolescente, empezó a formar parte de una banda callejera. Se dedicaba a vender droga en la calle y extorsionar a algunas personas, precisamente haciendo uso de la violencia, pues en su banda llevaban armas de fuego. Después de unos años así, le propusieron formar parte de algo más grande, y estuvo a punto de formar parte de una de las guerrillas antigubernamentales presentes en la isla de Mindanao. “Sigo sin entender como estuve a punto de terminar así, y más aún, de cómo he podido salir de ahí y estar ahora contando esto”, comenta el joven seminarista.
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“Todo cambió, inesperadamente, a través de mi padre. Dios le utilizó para intervenir en mi vida y mostrarme otro camino posible. Y fue que un día mi padre dejó de beber, estaba muy destruido por el alcohol. Yo además le noté distinto, porque ya no reaccionaba contra mí pegándome o castigándome físicamente. Entonces, recuerdo que un día pregunté a mi madre qué le estaba pasando a mi padre. Ella me contó que le había invitado a unas catequesis para adultos en la iglesia de nuestro barrio, cerca de nuestra casa. Mi madre ya había empezado a ir y más tarde mi padre hizo estas catequesis invitado por ella y entonces empezaron a ir juntos a la iglesia", cuenta.
El sorprendente cambio de su violento padre
Ante esta situación, prosigue en su relato, “estaba sorprendido por este cambio tan radical de mi padre. Él incluso encontró un trabajo y empezó a llevar una vida normal, porque antes nunca había trabajado. Mandaba a mi madre al mercado a vender flores. Recuerdo que yo me preguntaba: 'Cómo puede ser que un hombre cambie así. Cómo puede ser que una persona que no podía vivir sin beber, de repente lo deje'. Era un hombre destruido y ahora era una persona normal. Yo estaba también destruido, vendía drogas, llevaba armas, era un pandillero. Estaba harto de ello, pero no encontraba una salida. No tenía dirección en la vida. Entonces un día tuve el valor de decirle a mi padre: '¿Qué has hecho para ahora tener un trabajo y dejar la bebida? ¿Quiero lo mismo que tú?'. Él me habló entonces de ese grupo del que formaba ahora parte en la parroquia, se llamaba Camino Neocatecumenal. Y me invitó a escuchar unas catequesis. Entonces pensé que no tenía mucho que perder, y fui.”
Este joven explica que “la comunidad para mí fue una ayuda para acercarme a Dios y ver a lo que el Señor me llamaba. Eran un grupo de gente de distintas edades, algunos jóvenes como yo. Eso me hizo ver de otra manera a la Iglesia, porque yo pensaba que estas cosas eran solo para los curas. La dinámica de este grupo era la celebración de la Eucaristía en comunidad, la celebración litúrgica de la Palabras y las convivencias mensuales con los hermanos. Y así, poco a poco, Dios me fue apartando de mi banda y me ayudó a abandonar estas cosas que me hacían daño. Encontré un trabajo, en una oficina de tráfico, donde me encargaba de los trámites para renovar los permisos de conducir.”
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La peregrinación que le mostró su vocación
Después de varios años en esta comunidad, Christopher recuerda perfectamente el momento en el que Dios le hizo ver que le llamaba al sacerdocio: “Fue en una peregrinación que hicimos con mi comunidad a un santuario de la Virgen María. Yo entonces tenía novia, pero durante aquel viaje, en los momentos de oración tuve un pensamiento profundo de que quizá Dios me había elegido para ser sacerdote y servir a otras personas que buscan a Dios como yo lo buscaba. Sentí que Dios me llamaba a otra cosa, a anunciar su amor, como presbítero".
Esta idea hacía surgir en mi un sentimiento de agradecimiento, de repasar mi vida, ver de dónde yo había salido, y comprobar cómo Dios nunca me había abandonado. Así que hablé con mis catequistas, que son quienes nos acompañan a todas las personas que formamos una misma comunidad. Les conté que veía que Dios me llamaba a ser presbítero y ellos me invitaron a acudir a un encuentro vocacional. De ahí, acudí a una convivencia que realiza el Camino Neocatecumenal en Porto San Giorgio, en Italia, para candidatos al seminario. Y entonces al final de la convivencia se hizo un sorteo para ser enviado a cualquier seminario Redemptoris Mater que hay por el mundo", comenta.
En el sorteo le tocó el Seminario en Pakistán
De este modo, Christopher recuerda "cuando de una bolsa saqué un papel en el que aparecía el nombre de Karachi, Pakistán. En seguida pensé que no, que yo no iba a ir a Pakistán. Irme tan lejos de casa era muy difícil para mí, ya estaba siendo duro haber dejado mi trabajo, a mi novia, mi familia, para marcharme al seminario. Así que bueno, para que veas cómo Dios se sirve de las personas y de los acontecimientos de la vida. Cuando regresé a Filipinas, después de aquella convivencia en Italia, el rector del Seminario Redemptoris Mater de Manila me dijo: 'No te puedes ir a tu casa – como vivía muy lejos de la capital, al sur, en la isla de Mindanao- sin antes solicitar tu visado, un visado simple de turista. Porque tienes que coger un vuelo de vuelta a tu ciudad, gastarte más dinero. Es mejor que hagas el papeleo ahora'. Yo estaba decidido a decir que no a ir a Pakistán, porque me daba miedo. Las noticias que tenía de este país era de grupos talibanes, ataques a iglesias, y encima atentados contra cristianos. Pero de nuevo Dios me trastocó mis planes.”
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El seminario está situado a la parroquia de Nuestra Señora de Fátima y está muy vinculada a ella
La señal de Dios
Christopher narra cómo hizo caso al rector y se quedó en Manila para solicitar el visado. Fue a la embajada de Pakistán, hizo el trámite y explicó que quería ir para visitar a la Iglesia en Pakistán y el seminario de Karachi. “Entonces, cuando me avisaron de que mi visado estaba listo, al cabo de unos pocos días, fui de nuevo a la embajada y me llevé la sorpresa de que me habían concedido no un visado de turista, sino un visado de visita para un mes, que es casi el doble de días que un visado de turista. Entonces vi una señal de Dios, que me quería aquí, porque incluso conseguir un visado de turista para Pakistán a veces es muy difícil. Es más, una vez llegué a Karachi, al cabo del mes de mi permiso, solicité un visado más extenso y me concedieron, algo todavía más increíble, un visado de misionero para 5 años: algo completamente imposible para muchos misioneros que llevan años viviendo aquí en Pakistán. Además, yo no había pedido una visa de misionero, sino de turista, y los papeles que había entregado eran solo para una visa normal de turista. Esto fue sin duda una intervención totalmente de Dios, no se trata de un algo que yo hubiera planeado.”
Por último, Christopher comenta que al llegar a Karachi, no fue nada fácil adaptarse a una cultura totalmente distinta y en una ciudad muy grande, llena de contaminación y basura. “Pero lo que yo he experimentado en estos años de seminario aquí, lo que me ha hecho ver que Dios me quiere aquí, es ver cómo la gente está tan necesitada de una palabra de esperanza, están necesitados del amor de Dios. Y otro punto clave ha sido descubrir la belleza de la Evangelización. Eso me sostiene, porque he tenido crisis en estos años. Pero lo que anima aquí es la catequización en las parroquias, anunciar a Jesús, aunque sea pobremente. También me sostiene mi comunidad, mi comunidad en Filipinas y mi comunidad aquí en Pakistán".
El rector de Karachi, un español de Córdoba
El seminario Redemptoris Mater de Karachi comenzó en el año 2006, a petición del entonces arzobispo Evarist Pinto. Está ubicado junto a la parroquia Nuestra Señora de Fátima. Realmente se trata de la casa parroquial que ha sido habilitada como zona de formación y residencia para los 12 seminaristas que viven allí actualmente. El rector es el sacerdote cordobés Luis Esquinas, que además es párroco Ntra. Sra. de Fátima. “Doy las gracias a Ayuda a la Iglesia Necesitad por el apoyo a la Iglesia en Pakistán. Esperamos que podáis también ayudarnos a mejorar este seminario. Es importante transmitir que los cristianos en Pakistán y este país, siguen necesitados de una palabra de esperanza, de un verdadero encuentro que Cristo que se da a través del anuncio del Evangelio, por parte de toda la Iglesia universal.”, se despide Christopher Anbania. 
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El cardenal Coutts es en este momento el arzobispo de Karachi
La Iglesia católica en Pakistán es una institución que atiende a las necesidades pastorales de una comunidad muy pequeña en el país. Los cristianos de Pakistán son apenas el 4% de la población, siendo los católicos cerca de la mitad, con casi 4 millones de fieles repartidos por todo el país. La creciente presión del integrismo islámico, los casos de atentados en templos, secuestros y asesinatos, o las conocidas como leyes de la blasfemia, que atentan contra la libertad de expresión y religión, son las fuertes barreras que se encuentran los cristianos paquistaníes día a día. A esto se suma la marginación social, debido a la discriminación religiosa, que hace que los cristianos ocupen trabajos de servidumbre, como la fabricación de ladrillos. Pese a todo, se trata de una Iglesia joven, que está abierta al mundo, y que recibe misioneros como Christopher cuyas vidas hablan de la universalidad auténtica de la Iglesia católica.
La importante labor de la minoría católica
Además, la Iglesia católica también desarrolla una gran labor caritativa y social, a través de la educación y la sanidad, muy importantes para toda la sociedad. Esto es algo apreciado incluso por las familias musulmanas, de todos los niveles sociales, que llevan a sus hijos a colegios católicos, pues valoran la calidad de la educación y el respeto por las creencias de todos. La fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada lleva apoyando a la Iglesia católica en Pakistán desde hace décadas. En el año 2018 envió ayuda pastoral por un total de 1,6 millones de euros para proyectos de formación del clero, construcción de templos, estipendios de misa, sostenimiento de religiosas, material catequético o vehículos para la misión.

lunes, 26 de noviembre de 2018

«¡Si pudiera dar ejemplo con mi vida!»: Marta, asesinada por un violador, soñaba con ser misionera

Esta joven del Camino Neocatecumenal, en proceso de beatificación, logró defender su castidad

«¡Si pudiera dar ejemplo con mi vida!»: Marta, asesinada por un violador, soñaba con ser misionera

Marta Obregón fue asesinada defendiendo su castidad y virginidad el 21 de enero de 1992, festividad de Santa Inés, virgen y mártir
Marta Obregón fue asesinada defendiendo su castidad y virginidad el 21 de enero de 1992, festividad de Santa Inés, virgen y mártir
“Oh Dios: ayúdame por favor ¡ya! (que no hay tiempo, Señor…, que la vida es muchísimo más corta de lo que, pobres ilusos, pensamos. Que cuando tú quieras nos coges y nos llevas de este suelo que nos ha tocado vivir). Ayúdame pronto a encontrarte. Ábreme bien los ojos y mi corazón (…) Solo una cosa más: que sepas que te quiero y que siempre lo he hecho, a pesar de todo”.
Este es uno de los apuntes que dejó escrito la joven Marta Obregón, cuando con tan sólo 22 años fue asaltada a la puerta de su casa y llevada a un descampado donde con todas sus fuerzas luchó por defender la virtud de la castidad y su virginidad. El asesino, conocido como 'El violador del ascensor’, no consiguió su objetivo pero asestó catorce puñaladas que acabaron con la vida de una católica enamorada de Dios y que quería ser misionera itinerante.
Una fecha muy concreta
Fue asesinada el 21 de enero de 1992, precisamente en la festividad de Santa Inés, una joven virgen romana martirizada por preservar su castidad. Además, recibió 14 puñaladas, las mismas que Santa María Goretti, asesinada y canonizada por este mismo motivo. Para muchos de los que la conocieron no fueron casualidad estos hechos.
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Su asesino, conocido como el "violador del ascensor", fue detenido por este y por numerosos crímenes más
Su proceso de beatificación se abrió en 2011 en Burgos, y está a punto de enviarse toda la documentación a Roma. Parte de ella en la que se cuenta la vida, el amor a Dios de esta joven, sus escritos y el bien que ha hecho a muchas personas ha quedado plasmado en el libro Marta Obregón, ‘Hágase’ Yo pertenezco a mi amado (Editorial Fonte Monte Carmelo), escrito por el sacerdote Saturnino López, postulador de la causa de beatificación de esta joven.
El perdón de los padres
Una de las principales gracias que Marta Obregón ha logrado es que sus padres hayan perdonado a su asesino. Pedro Luis Gallego fue detenido tras violar a 18 chicas y matar a dos, entre ellas Marta. Fue puesto en libertad tras 21 años de prisión en 2013, y ya está de nuevo en la cárcel tras violar a más mujeres. “Rezo por su asesino para que se convierta", afirmaba la madre tiempo después de la muerte. Antes incluso lo hizo el padre, que en el propio funeral ofreció este perdón.
Esta “sierva de Dios” se había enamorado profundamente de Cristo, y aquella luz irradiaba a todos lo que la rodeaban. En su diario dejaba escrito: “Dios es lo más importante en mi vida. Mi amor. Y como he conseguido llegar a esta gran verdad, no quisiera nunca perderlo. (Yo sólo quiero seguirte, Jesús)”.
Amor a la evangelización
Marta fue asesinada cuando cursaba 5º de Periodismo. En su viaje de fe descubrió en elCamino Neocatecumenal su lugar en la Iglesia y pasó de querer ser una famosa periodista a aspirar dar la vida anunciando la Buena Nueva.
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Los escritos que publicó en algunos medios de comunicación de la época mostraban esa valentía y amor a Dios que la caracterizó hasta el momento de su muerte. Días antes de morir en el Diario de Burgos escribía una carta en la que defendía a un artista que había sido criticado por defender la vida del no nacido durante una entrevista radiofónica. Como si intuyera su finitud en esta tierra aseguraba: “…'porque estamos de paso en este mundo'. Si se pensase esto un poco más…”.
En la revista Círculo Joven escribía sobre la Guerra del Golfo Pérsico, y no desaprovechaba la ocasión para anunciar el Evangelio a jóvenes como ella afirmando que “si, al menos nos diésemos cuenta de qué es lo que realmente importa en nuestra vida, no nos permitiríamos el lujo de contestar a nuestros padres, de despreciar a ciertos amigos (que… no es nada pero, es que son tan pesados…), de renegar de todo, en definitiva. ¡Pero, es que no nos damos cuenta de que ese, al que siempre estamos declarando la guerra, es el mismo Jesucristo, pues Él es nuestro prójimo”. “La verdadera y única paz se encuentra en Dios”, concluía el artículo.
Una pequeña crisis de fe
Marta creció en una familia muy cristiana pero a los 17 años vivió una crisis - “déjame que tropiece, que ya me levantaré”- decía a su madre, que le llevó a dejar el Club Arlanza de Burgos al que iba habitualmente. Empezó a salir por la noche y a conocer a chicos alejándose bastante de la práctica religiosa.
Fue entonces, coincidiendo con el inicio de la universidad en Madrid, cuando descubrió Taizé y fue hasta allí. En una carta escrita a una amiga suya desde este lugar en los Alpes decía: “Es curioso, pero cuando descubres algo importante en tu vida, y caes en la cuenta de cosas fundamentales que hasta entonces pasaron inadvertidas a tu lado, te encuentras francamente bien, en paz...”.
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El enamoramiento en la Iglesia
De regreso, tras un problema con un sacerdote que le negó la absolución en una confesión volvió a renegar de Dios, hasta que gracias a unas amigas suyas conoció a un sacerdote del Camino Neocatecumenal. El encuentro la dejó muy impresionada y poco después pidió hacer las catequesis y empezar a asistir a esta realidad eclesial en la que definitivamente se enamoró de Dios.
En las comunidades comenzó a desplegar sus virtudes y cualidades. Cantaba, salmodiaba, hablaba de Dios a todo el que se le pusiera por delante. Y rápidamente sintió la llamada a la evangelización. Quería ser “itinerante”, catequistas que por todo el mundo proclaman el Kerygma. Sin embargo, era todavía muy joven, apenas superaba los 20 años, y tenía que acabar la carrera de Periodismo.
En sus escritos que recoge el libro había plasmado: “Yo he pasado de la muerte a la vida. Él me ha sacado. Pero ahora le estoy eternamente agradecida (quizás de boca), y le digo: Señor, déjame que tu voluntad se haga en mí. Si lo dejo todo y te sigo porque veo que eres lo único en mi vida, el único sentido de mi existencia, me sentiré mucho mejor. ¡Pero no tengo fuerzas!”.
Asesinada tras rezar ante el Santísimo
Así fue pasando el tiempo hasta que un frío día de enero de 1992, festividad de Santa Inés, salió de estudiar del Club Arlanza tras hacer un rato de Adoración al Santísimo. El asesino la esperaba en la puerta de casa. Había recibido ante Jesús Eucaristía la fuerza suficiente para resistir el martirio al que fue sometido por amor a Dios.
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En la declaración que recoge la Positio, el agente de Policía que acudió al lugar del crimen confiesa que nunca había visto en un crimen tan horrible un rostro con tanta paz como el que transmitía Marta.
Lo mismo decía su madre. “Vi la cara de paz que tenía mi hija", contaba emocionada, "es lo que chocó a todo el mundo". La gente que la vio aseguraba que "había muerto santa porque era imposible que con esa muerte tan violenta tuviera esa cara, parecía una virgen niña, perdonando al que lo mató, si no es imposible".
"Hágase", la palabra favorita de Marta
Como joven enamorada de su amado en el entierro el féretro entró a la iglesia con el canto del Ven del Líbano Esposa, recogido del Cantar de los Cantares, y que los presentes cantaron emocionados. Justamente, días antes había hablado con una amiga sobre cómo le gustaría que fuese su entierro si moría.
“Hágase”. Esta era la palabra que siempre tenía Marta Obregón en la boca. Al igual que la Virgen, durante los dos últimos años de su vida su empeño pasaba por querer hacer la voluntad de Dios. Viendo los antecedentes de su asesino si no se hubiera resistido a la violación seguramente seguiría viva. Pero ella quería entregar todo a su Amado, y ese no era otro que Cristo. Y no se reservó nada para ella. Ni siquiera su vida.
Quería ser misionera “itinerante” y lo fue desde el mismo instante de su muerte.Conversiones, gracias espirituales y físicas, vocaciones… Mucha ha sido la ‘guerra’ que Marta ha dado desde su asesinato.
Las gracias tras su muerte
La primera gracia fue la conversión de Montserrat Agustí, amiga de la madre y que se convirtió tras el entierro. Algo se movió en su interior en aquel momento, tanto que tuvo que llamar a la madre de Marta pese a la situación que ésta estaba viviendo. “No sabes la alegría que me das, con tres personas, con tres personas que reaccionen como tú, la muerte de mi hija estará justificada; mira, el próximo sábado vienes conmigo y te confiesas con el confesor de Marta, él la conocía muy bien y te ayudará”, le dijo la madre.
Montse lo hizo y ahora confiesa: “experimenté un cambio en mi vida. El Señor me ha dado la vuelta como a un calcetín (…) Me he enamorado de Dios, como Marta”. Gracias a este primer testimonio se decidió que había que intentar abrir la causa de beatificación, pues con su muerte, pero sobre todo con su vida, Marta se había convertido con sus 22 años en un ejemplo para todos los cristianos.
Varias amigas acabaron como monjas de clausura
Otras muchas gracias se han desprendido de su muerte. Marta tenía el deseo de una vida de entrega total a Cristo, y curiosamente algunas de las amigas con las que más se juntaba son ahora monjas de clausura. Hasta cinco chicas dispersas en conventos de Caleruega, Soria o Palencia.
Una de ellas, Sor Clara María del Espíritu escribe en una carta al postulador: “Cuando dos años después de su muerte nos vimos un grupo de chicas montadas en un coche, dispuestas a hacer una experiencia en un monasterio (todas amigas de Marta), pensamos que era cosa suya, que desde el cielo estaba preparándonos algo (…), ahora me encuentro aquí, en Soria, siendo clarisa, esposa de Jesucristo, feliz y contenta”.
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Verónica Berzosa recibió en varias ocasiones a Marta en Lerma, donde tuvo profundas conversaciones con ella
Sor Verónica Berzosa, fundadora de Iesu Communio, recordaba como Marta acudió en varias ocasiones a Lerma a hablar con ella. "Me dijo: ‘es verdad, dejarse hacer por Él, eso es todo, confiar y no temer’. Sencillamente vi en ella que descansaba al estar abierta a la voluntad de Dios, sin aferrarse a ningún camino”, explicaba esta religiosa.
"¡Si pudiera dar ejemplo con mi vida!"
Además, sor Verónica aseguraba que “estoy seguro de que, en aquella hora de cruz y entrega, conoció en verdad lo que es la oración de la Iglesia entera a favor suyo, Marta no estaba sola. Por eso, su entrega me ha ayudado aún más a arrodillarme y orar estrechada al corazón de Cristo, donde se escucha el grito, la súplica, el dolor y la esperanza de todos los hijos de Dios, de nuestros hijos”.
Marta Obregón quería ser un instrumento de Dios y así lo dejó escrito. “Veo que Dios me ‘exige’ cada vez más, y aun en eso me siento privilegiada. ¡Si pudiera dar ejemplo con mi vida!”. Esto y mucho más ya lo cumplió con creces. Su ejemplo es ahora válido para toda la Iglesia
Para más información sobre la causa de beatificación de Marta pinche aquí.