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sábado, 28 de agosto de 2021

El milagro eucarístico de O Cebreiro: cuando el campesino dio una lección de fe al monje benedictino 26072021

 

El milagro se produjo cuando el monje se burló de la fe del campesino

El milagro eucarístico de O Cebreiro: cuando el campesino dio una lección de fe al monje benedictino

Cáliz y patena del milagro eucarístico de O Cebreiro
Cáliz y patena del milagro eucarístico de O Cebreiro

En el corazón del Camino de Santiago, en la primera localidad que hay entrando en Galicia, El Cebrero (O Cebreiro, en gallego), la ruta Jacobea ofrece un especial regalo a los peregrinos y a los devotos de la Eucaristía de todo el mundo. Allí, en torno al año 1300 se produjo un milagro eucarístico que se difundió por toda Europa gracias a los peregrinos y en el que intervino la fe auténtica de un campesino ante el misterio de la Eucaristía y las dudas de un monje benedictino. La conocida como “Iglesia del milagro Eucarístico” es un templo prerrománico del siglo IX, quizá contemporánea al descubrimiento de los restos del Apóstol Santiago en Compostela, puesto que parece que fue erigida por los benedictinos el año 836, y lamentablemente venida a menos desde que los monjes fueron expulsados por la desamortización de Mendizábal. El milagro, en gran medida desconocido en la actualidad, está presente en el escudo de Galicia, y su influencia es palpable en las leyendas de la búsqueda del Santo Grial e, incluso, sirvió para inspirar a Wagner su opera Parsifal.

Santa María La Real de O Cebreiro

La iglesia prerrománica de Santa María La Real de O Cebreiro

Tenemos varias fuentes para conocer el milagro, pero quizá la más acreditada data de los primeros años del siglo XVII siendo redactada por el P. Yepes, un cronista benedictino que narra los hechos de la siguiente manera:

» Cerca de los años de mil y trescientos había un vecino vasallo de la casa del Zebrero en un pueblo que dista a media legua llamado Barja Mayor, el cual tenía tanta devoción con el santo sacrificio de la misa que por ninguna ocupación ni inclemencia de los tiempos recios faltaba de oír misa. Es aquella tierra combatida de todos los aires, y suele cargar tanta nieve que no sólo se toman los caminos, pero se cubren las casas y el mismo monasterio, la iglesia, y hospital suelen quedar sepultados, y allá dentro viven con fuegos y luces de candelas, porque la del cielo en muchos días no se suele ver, y si la caridad (a quien no pueden matar ríos ni cielos) no tuviese allí entretenidos a los monjes para servir a los pobres, parece imposible apetecer aquella vivienda. Un día, pues, muy recio y tempestuoso lidió y peleó el buen hombre y forcejeó contra los vientos, nieve y tempestades; rompió por las nieves y como pudo llegó a la iglesia.

» Estaba un clérigo de los capellanes diciendo misa, bien descuidado de que en aquel tiempo trabajoso pudiese nadie subir a oír misas. Había ya consagrado la hostia y el cáliz cuando el hombre llegó, y espantándose cuando le vio, menespreciole entre sí mismo, diciendo: “¡Cuál viene este otro con una tan grande tempestad y tan fatigado ver un poco de pan y de vino! El Señor, que en las concavidades de la tierra y en partes escondidas obra sus maravillas, la hizo tan grande en aquella iglesia, a esta sazón, que luego la hostia se convirtió en carne y el vino en sangre, que viendo Su Majestad abrir los ojos de aquel miserable ministro que había dudado y pagar tan gran devoción como mostró aquel buen hombre, viniendo a oír misa con tantas incomodidades”.

Capilla donde se conservan las Reliquias del Prodigio

Capilla donde se conservan las Reliquias del Prodigio

Los relicarios

La Iglesia del Milagro Eucarístico, o Santa María la Real, que es su auténtico nombre, custodia las pruebas del milagro, así como los mausoleos del monje y del campesino, que se llamaba Juan Santín. En la capilla del milagro hay una vitrina en donde se encuentran el cáliz y la patena donde se produjo el milagro, ambas son joyas de orfebrería románicas del siglo XII, y el relicario que custodia la carne y la sangre de Cristo.

Junto al altar se encuentra la imagen de Santa María la Real. Se trata de una talla románica, y aunque el P. Yepes no lo señala en su narración, la tradición afirma que la Virgen inclinó su cabeza para poder observar el Santo Milagro y se quedó en la posición en la que se encuentra actualmente. Es interesante observar que a la izquierda del altar se encuentra el sepulcro del que quizá haya sido el párroco más famoso de este templo, don Elías Valiña Sampedro, fallecido en 1989, que emprendió las restauraciones de esta iglesia y pasará a la historia por ser el gran impulsor del Camino de Santiago en la segunda mitad del siglo XX.

Imagen de la Virgen en la iglesia del Milagro Eucarístico

Imagen de la Virgen en la iglesia del Milagro Eucarístico, la cual, según la tradición, se inclinó para ver el milagro

Los Reyes Católicos y el milagro eucarístico

Los Reyes católicos en su peregrinación a Compostela, en el año 1486, se hospedaron con los benedictinos y pudieron contemplar el milagro. Durante casi doscientos años, la Hostia convertida en Carne permaneció sobre la patena, por lo que la Reina Isabel encargó un relicario de cristal para poder custodiar el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El cronista benedictino, el P. Yepes, hacía referencia al milagro en estos términos: “Yo, aunque indigno, he visto y adorado este santo misterio, he visto las dos ampollas en una de ellas está la sangre, que parece apenas coagulada, roja como la de un cabrito recién sacrificado, he visto también la carne, que es roja y seca”.

En la actualidad es posible venerar las reliquias en la fiesta del Corpus Domini, el 15 de agosto y el 8 de septiembre, pues son sacadas en procesión junto con la imagen de la Virgen que inclinó su cabeza.

Escudo de Galicia, con el cáliz de O Cebreiro

Escudo de Galicia, con el cáliz de O Cebreiro

Wagner y el milagro eucarístico

No hay duda que la influencia y el conocimiento que ha habido de este milagro en toda Europa ha podido influir en numerosos poemas vinculados con la búsqueda del Santo Grial. De hecho, don Elías Valiña, quien fuera el párroco de O Cebreiro y estudioso del tema, señaló en una ocasión que “para muchos autores, el Cebrero con su milagro ha proporcionado el tema a Wagner para la composición del Parsifal. Así, el famoso país de Parsifal es Galicia; el templo indestructible sito en la montaña, el santuario del Cebrero; y el Grial misterioso, el cáliz del Cebrero”.

miércoles, 28 de octubre de 2020

12 errores que no se perdonan en las homilías y predicaciones: los fieles desconectan, hartos... 28102020

 Inicio / Nueva Evangelización

Los combate el libro «Entre la espada y la pared», con la actriz y maestra Assumpta Serna

12 errores que no se perdonan en las homilías y predicaciones: los fieles desconectan, hartos...

Los sacerdotes y predicadores deben preparar bien lo que quieren decir y evitar estos 12 errores... o los fieles desconectan
Los sacerdotes y predicadores deben preparar bien lo que quieren decir y evitar estos 12 errores... o los fieles desconectan

P.J.G./ReL

La popular actriz Assumpta Serna y su marido Scott Cleverdon, responsables y fundadores en Madrid de una escuela para actores, oradores y comunicadores, han empezado a colaborar con entidades eclesiales en cursillos de formación y comunicación, tanto para laicos como para sacerdotes.

Su relación con la comunicación católica empezó en 2017, con el rodaje de la película Red de Libertad, la historia de la monja Helena Studler que ayudaba a muchas personas a huir de los nazis. Les gustó trabajar con el director Pablo Moreno y el sacerdote Juan Carlos Sánchez y su equipo y han repetido ahora con una película sobre San Antonio María Claret.

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Fruto de varios cursillos y encuentros con sacerdotes, parroquianos y profesores, ha surgido el libro Entre la espada y la pared (Ed. San Pablo) lleno de ideas para comunicar bien el Evangelio.

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El libro incluye ideas y consejos muy aplicables sobre cómo mejorar las homilías, cómo hablar ante la cámara, cómo leer en misa, cómo vocalizar mejor (incluso con algunas páginas de ejercicios vocales).

La Iglesia española casi nunca ha encargado encuestas ni sondeos sobre nada (desde hace décadas se limita a asumir las que encargan otros, incluyendo las de sus enemigos). Sin embargo, cuando alguna entidad católica ha sondeado a los feligreses, y también en el extranjero, se ha constatado que la mayor queja de los fieles son las malas homilías: aburridas, sin sustancia o incomprensibles.

En 2017 el periodista Álex Navajas constataba que "el 90 por ciento de las homilías que escucho son son completamente prescindibles y aburridas. No son más que una repetición de palabras angostas y barrocas mezcladas con cierta ñoñería sensibloide e ideas generales y ambiguas que apenas nadie entiende".

Assumpta y Scott en el libro señalan 12 errores de comunicación comunes en las malas homilías, los malos discursos y las malas predicaciones y los llaman "Los 12 errores que no se perdonan".

Los 12 errores que no se perdonan

1. No se le entiende.

No oigo lo que dice. No me habla a mí. No quiere o no siente la necesidad de comunicar. No le preocupa si no le entiendo. Parece que solo cumple con la misa, sin voluntad de hacerse entender, de llegar, de conectar. No puedo oírle.

2. No despega los ojos del texto.

No sé a quién habla, no busca los ojos, se esconde. Está rígido, su voz es monótona. Parece como que todo lo que dice es para él. Ni siquiera puedo verle. ¡Comprueba cómo les llega la comunicación, ponte en su lugar!

3. No hay respeto por lo Sagrado, por la palabra de Dios

"Hemos podido detectar falta de respeto, descuido y negligencia, al comunicar la palabra de Dios. Por ejemplo, el que ayuda al sacerdote, entra y sale en medio de la homilía y se viste con colores chillones impropios de la celebración. O mientras el sacerdote habla, se realiza la colecta. O el domingo, el cura transmite prisa en la homilía y hasta se vanagloria en público de la rapidez con la que ha predicado, para «no aburrir». Si al sacerdote no le importa dar sentido, importancia ni dignidad a la palabra de Dios, los oyentes estarán confundidos, perdidos, perderán la confianza en el que la transmite y el interés en lo que habla".

4. No tiene un mensaje claro que comunicar.

«No sé lo que me ha querido decir esta homilía. Habla mucho, pero no entiendo». Aburre al oyente si no queda claro el mensaje. Le confunde, desconecta, la homilía se le suele hacer larguísima, aunque haya durado pocos minutos. Cita textos bíblicos pero no entiendo lo que esto tiene que ver conmigo hoy.

5. No tiene estructura.

«Se repite en lo que dice, no hay orden en su exposición, no argumenta. No me acuerdo de nada de lo que ha dicho». No argumenta el tema, no conoce la estructura de exposición de cualquier historia.

6. Da órdenes en vez de exponer.

«El cura me dice lo que tengo que hacer, pero no me lo razona». Si la comunicación se produce de manera dogmática, los oyentes de hoy no reciben bien el mensaje de la palabra de Dios.

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7. No busca la cercanía ni la conexión.

Si no le importa lo que pienso, ¿para qué voy a escuchar? No hay sonrisa ni contacto positivo con las personas que asisten a la celebración. No hay interés en saber lo que los oyentes piensan o sienten. Su comunicación es triste, monótona, apagada. Los oyentes se alejan.

8. El sacerdote no transmite nada.

"Cuidado con las manos sin vida, sin armonía, asimétricas o clavadas en el ambón. Intentemos entender por qué nuestra comunicación no es fluida. El celebrante debe procurar crear, saber y dar a entender el porqué de cada movimiento y rito litúrgico. Cada movimiento es revelador de nuestra alma. No pueden tampoco hacerse por rutina".

9. Por miedo a equivocarse no arriesga con pasión al comunicar.

«El sacerdote tiene un tono aburrido, sin energía, impersonal, exhibe una voz reprimida, monótona». No se puede estar hablando de alegría o sabiduría y no tenerla, porque el oyente no le otorgará el papel de referente, de transmisor eficaz de la Palabra que anhela entender. La pasión de lo que comunica el texto bíblico debe ser transmitida por quien me lo comunica.

10. Hace demasiadas pausas.

Para adquirir un impacto dramático abusa de pausas, con lo que el oyente se siente «dirigido», obligado a pensar como él, deja de ser una comunicación honesta, lo que provoca que se retire su confianza en él.

11. No hay un propósito de esperanza positiva para mejorar.

«Si no puedo cambiar la situación, ¿para qué intentarlo?». Desmotivación del oyente: procurar que todos estén motivados a la acción, al cambio, a la conversión en sentido evangélico, que siempre será el propósito de todo buen anuncio.

12. Frases hechas que cubren la ignorancia del sacerdote.

Si intentamos cubrir nuestra ignorancia sobre el tema con frases hechas, solo lograremos la desconfianza de las personas que nos escuchan, que desconectarán sin preguntar. Para darle el título de «padre» al sacerdote, necesitamos que tenga un conocimiento profundo de nuestro mundo. Necesitamos y seguiremos necesitando referentes que nos recuerden la importancia de ir a la esencia, al espíritu y al porqué. Contra la ignorancia, el estudio.

***

Tradicionalmente, los feligreses dejan a los malos predicadores que les aburran semana tras semana durante años y años, mientras sus hijos y sobrinos, hartos, simplemente dejan de ir a la Iglesia.

Otra opción transformadora quizá sería insistirles en que mejoren sus homilías, el mayor momento de contacto hablado entre la Iglesia y los feligreses. Entre la espada y la pared es un libro que ayuda a eso, y también hay cursos.

domingo, 10 de marzo de 2019

«La misa es una cita», dice un sacerdote, y lo demuestra cotejando fases de una y partes de otra 03032019

Convincente comparación del padre Espinosa de los Monteros

«La misa es una cita», dice un sacerdote, y lo demuestra cotejando fases de una y partes de otra

Los frutos espirituales de la asistencia misa guardan proporción con la participación interior en ella, conscientes de su importancia.
Los frutos espirituales de la asistencia misa guardan proporción con la participación interior en ella, conscientes de su importancia.
Hoy es un hecho que la mayor parte de quienes se confiesan católicos no van a misa casi nunca. Y que tampoco muchos de quienes cumplen con el precepto dominical son conscientes de la importancia del acontecimiento al que asisten.
El padre Ángel Espinosa de los Monteros combate en sus predicaciones esa inconsciencia con una comparación tan efectista como eficaz para transmitir el mensaje: la misa "es una cita" y es, además, "la cita más importante". Solo con que acudiésemos a esa cita cumpliendo las normas que aplicamos de forma habitual a las citas de la vida mundana, ya se avanzaría mucho.
El padre Ángel Espinosa de los Monteros es mexicano y un predicador muy seguido en su país y en todo el mundo a través de internet.
En un vídeo que sintetiza esa idea (ver abajo), el padre Espinosa de los Monteros recuerda las fases de las que consta una cita de cierto relieve: revisarse para cerciorarse de que va uno correctamente ataviado, saludar, dialogar, intercambiar regalos, concretar el compromiso adquirido y despedirse. Desde un encuentro entre jefes de Estado a un paseo de novios, la mecánica es muy parecida
También en la misa, que es "lo más importante que te puede pasar en tu vida, el momento en que puedes recibir a Dios Nuestro Señor, a Jesús, llevártelo dentro de ti, hablar con Él personalmente... Si la misa es un encuentro con Jesús, la misa es una cita", recuerda el sacerdote: "Yo todos los días tengo una cita con Dios".
¿Cómo funcionan las citas importantes?
Te revisas
Lo primero antes de una cita importante es comprobar que uno va bien vestido y arreglado.
En la misa, es el momento en el que el oficiante nos pide que "reconozcamos nuestros pecados", y es donde muchos empiezan a perder el tiempo y se pierden la belleza de la misa, en vez de hacer exactamente eso: "Si tengo un pecado mortal, me tengo que confesar con un sacerdote, pero si tengo pecados veniales, bastaría con entrar en mi conciencia, reconocer 'Señor, te ofendí' y después declararlo a todos los hermanos con el Yo confieso, y entonces ya estoy justificado y puedo participar dignamente en estos misterios".
Saludas
El siguiente paso en una cita es decir algo agradable a quien nos recibe, alabar algo que ha hecho, preparar el momento del diálogo posterior.
En la misa, esa fase la ocuparía el Gloria: "¿Qué es el Gloria? Decirle a Dios Nuestro Señor cosas bonitas, que la Gloria es al Creador... Por eso ha que rezar o cantar el Gloria con todo el corazón".
Dialogas
A continuación, las personas que se han citado inician un diálogo en el que intercambian palabras.
"Una vez que he reconocido que yo soy miserable y que Dios es grande", llega el momento de hablar. "Las lecturas son un momento de auténtico diálogo con Dios", explica el padre Espinosa de los Monteros. Él habla con la primera lectura, respondemos con un salmo. Habla en la segunda, respondemos con el Aleluya. Para el Evangelio nos ponemos de pie porque entra Alguien: "El Evangelio no es un libro, es una persona, Jesús te habla cada vez que lees el Evangelio". Y si en las lecturas hablaba a través de la historia del pueblo de Israel, o de sus profetas, o de San Pablo y los apóstoles, ahora es Él mismo quien habla. Por tanto, "ha sido un diálogo", a misa "vienes a escuchar la Palabra de Dios": "¿Cómo voy a vivir esa Palabra si no la escuché?"
Intercambias regalos
Ya sean algunos presentes entre jefes de Estado, o una botella de vino que se lleva a una cena donde somos convidados, el final del diálogo va a acompañado de un intercambio de regalos.
¿Qué llevamos nosotros en la misa? "Agua, vino y pan, y cuando pasen la canastita", algo de dinero: "Solo Dios y tú saben cuánto puedes dar cada domingo. De lo que se trata es de que seas generoso con Dios, con las vocaciones, con el seminario, con la atención a tu parroquia, con la atención a los sacerdotes, a los apostolados..." Eso es lo que ponemos nosotros, pero ¿qué recibimos a cambio? "El Cuerpo, la Sangre y la Palabra de Dios. ¡Vaya diferencia! Nadie puede pagar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ni su palabra. Solo hay una manera de que lo que me llevo se parezca un poquito a lo que traje: que cuando el sacerdote eleva la patena y ofrece el pan, tú te ofrezcas también", y no solo no hacer el mal, sino hacer el bien y "hacer apostolado".
Te comprometes
En los últimos momentos de cualquier cita, se renuevan los compromisos adquiridos durante el diálogo.
En la misa, "Jesús se presenta en el altar para que yo pueda recibirlo. Cada misa es Viernes Santo. Lo que va a suceder en misa es lo que sucedió el Viernes Santo", aunque sea de forma incruenta. Jesús vuelve a ofrecerse: "Vuelvo a bajar al altar por mis hermanos", le dice al Padre, "para limpiarlos con mi sangre". Además, nuestros pecados no son como los de quienes mataron a Jesús (Él dijo "no saben lo que hacen"), porque nosotros tenemos detrás dos mil años de cristianismo y sí sabemos lo que hacemos: "Yo soy más pecador que ellos, yo necesito el perdón, el Cuerpo, la Sangre de Cristo para poder vivir una vida cristiana auténtica". Así que, después de comulgar, "¿cuál es mi compromiso? ¿Qué voy a hacer esta semana, este mes, este día?".
Te despides
Lo que empezó con un saludo en el encuentro entre dos personas, termina con un adiós.
¿Y en la misa? "El sacerdote nos bendice" pero... "la misa no ha terminado, ¡vayamos ahí fuera a vivir todo lo que hemos vivido acá dentro!"
El padre Espinosa de los Monteros concluye pidiendo "menos distracciones y menos preocupaciones, menos atención a las tonterías": "Ojalá cuando entraras en misa supieras que estás en una cita y todo lo demás se queda al lado para que goces de la presencia de Dios en su Palabra, en su Cuerpo y en su Sangre". Debemos ir a misa como si fuese "nuestra primera misa, nuestra última misa, nuestra única misa".

viernes, 16 de noviembre de 2018

12 impresionantes imágenes de soldados escuchando misa en pleno frente durante la I Guerra Mundial 15112018

12 impresionantes imágenes de soldados escuchando misa en pleno frente durante la I Guerra Mundial

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Los soldados escuchaban misa en las trincheras del frente, y junto a los cañones, como en esta imagen.
Los soldados escuchaban misa en las trincheras del frente, y junto a los cañones, como en esta imagen.
El pasado 11 de noviembre se cumplió el centenario de la firma del armisticio que puso fin a la I Guerra Mundial, que dejó millones de muertos y heridos, y dejó asolado buena parte del continente europeo.
La contienda comenzó el 3 de agosto de 1914 con la declaración de guerra de Alemania a Francia. A partir de aquel momento comenzó una matanza que duró cuatro largos años y que diezmaría la población del continente, eliminó casi una generación de jóvenes, entre ellos muchos católicos.
Muchos de los soldados a los que le tocó luchar eran personas de fe que debían enfrentarse a hermanos suyos de otros países. Antes de las batallas, en los hospitales de campaña, en pleno frente e incluso en las trincheras se encomendaban a Dios y celebraban allí mismo la Eucaristía.
La página New Liturgical Movement recoge algunas instantáneas publicadas en la prensa durante la I Guerra Mundial de soldados celebrando a misa, tanto en un bando como en el otro. Estas son algunas de ellas:
1. Misa en el frente en Francia durante la Primera Guerra Mundial
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2. Masa en el frente para las tropas francesas. (New York Times, febrero de 1915)
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3. Misa en la batería número 43 del regimiento de artillería número 29 entre Oostduinkerke y Nieuport (1915)
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4. Misa para las tropas francesas en el frente de Champagne en 1915
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5. El subteniente Pape celebra la Santa Misa para el 262º regimiento de infantería (1915)
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6. Las tropas alemanas asisten a la misa en la catedral belga de Amberes. (New York Times, 21 de marzo de 1915)
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7. Soldados austriacos reciben la bendición del Santísimo Sacramento en 1915 en los cárpatos. (New York Times, 23 de mayo de 1915)
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8. Misa para las tropas italianas en el frente italo-austríaco en las montañas del Tirol. (New York Times, 27 de febrero de 1916)
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9. Soldados franceses asisten a la misa antes de ir a la batalla. Fuente: Vive la France, William Heinemann, Londres, 1916.
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10. Misa en el frente
11. Soldados franceses escuchan misa en una capilla en las trincheras. (New York Times, 25 de febrero de 1917)
12. Capellán predicando en una iglesia francesa convertida en hospital

domingo, 17 de diciembre de 2017

¿POR QUÉ IR A MISA? (Reflexión)

¿POR QUÉ IR A MISA?

Por qué ir a Misa


















Una persona que siempre iba a Misa, escribió una carta al editor de un periódico quejándose de que no tenía ningún sentido ir a Misa todos los domingos. "He ido a la Iglesia durante 30 años, escribía. En ese tiempo he escuchado algo así como unos 3,000 sermones. Pero juro por mi vida, que no puedo recordar uno solo de ellos. Por eso pienso que estoy perdiendo mi tiempo y los padres están perdiendo su tiempo dando sermones. "
Para el deleite del editor, esto empezó una verdadera controversia en la columna de "Cartas al Editor". Esto continuó durante semanas hasta que alguien escribió esta nota:

"He estado casado por 30 años. Durante ese tiempo mi esposa me ha cocinado unas 32,000 comidas. Pero juro por mi vida, que no puedo recordar el menú entero de todas esas comidas. Pero sé una cosa: Esas comidas me nutrieron y me dieron la fuerza necesaria para hacer mi trabajo. Si mi esposa no me hubiera dado todas esas comidas, estaría físicamente muerto hoy. Igualmente, si no hubiera ido a la iglesia para nutrirme, ¡estaría espiritualmente muerto hoy!  Cuando tú no estás en nada.... ¡Dios si está en algo!  La fe ve lo invisible, cree lo increíble y recibe lo imposible! Da gracias a Dios por nuestra nutrición física y simplemente di:
Jesús, ¿podrías atender la puerta por favor?.
Creo en Dios como un ciego cree en el sol, no porque lo ve, sino porque lo siente".

A continuación podrán leer la catequesis impartida por el Papa Francisco el 14 de diciembre de 2017 centrada en la pregunta ¿por qué ir a Misa el domingo?:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Retomando el camino de catequesis sobre la Misa, hoy nos preguntamos: ¿Por qué ir a Misa el domingo?

La celebración dominical de la Eucaristía está al centro de la vida de la Iglesia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2177). Nosotros los cristianos vamos a Misa el domingo para encontrar al Señor resucitado, o mejor dicho para dejarnos encontrar por Él, escuchar su palabra, nutrirnos en su mesa, y así hacernos Iglesia, es decir, su Cuerpo místico viviente en el mundo.

Lo han comprendido, desde el primer momento, los discípulos de Jesús, los cuales han celebrado el encuentro eucarístico con el Señor en el día de la semana que los judíos llamaban “el primero de la semana” y los romanos “día del sol”, porque ese día Jesús había resucitado de los muertos y se había aparecido a los discípulos, hablando con ellos, comiendo con ellos, donándoles a ellos el Espíritu Santo (Cfr. Mt 28,1; Mc 16,9.14; Lc 24,1.13; Jn 20,1.19), como hemos escuchado en la Lectura bíblica. Incluso la gran efusión del Espíritu en Pentecostés sucede el domingo, el quincuagésimo día después de la resurrección de Jesús.

Por estas razones, el domingo es un día santo para nosotros, santificado por la celebración eucarística, presencia viva del Señor entre nosotros y para nosotros. ¡Es la Misa, pues, lo que hace al domingo cristiano! El domingo cristiano gira alrededor de la Misa. ¿Qué domingo es, para un cristiano, aquel en el cual falta el encuentro con el Señor?

Existen comunidades cristianas que, lamentablemente, no pueden gozar de la Misa cada domingo; sin embargo ellas, en este santo día, están llamadas a recogerse en oración en el nombre del Señor, escuchando la Palabra de Dios y teniendo vivo el deseo de la Eucaristía.

Algunas sociedades secularizadas han perdido el sentido cristiano del domingo iluminado por la Eucaristía. Es un pecado, esto. En este contexto es necesario reavivar esta conciencia, para recuperar el significado de la fiesta – no perder el sentido de la fiesta –, el significado de la alegría, de la comunidad parroquial, de la solidaridad, del descanso que repone el alma y el cuerpo (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2177-2188).

De todos estos valores nos es maestra la Eucaristía, domingo tras domingo. Por esto el Concilio Vaticano II ha querido reafirmar que «el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo» (Const. Sacrosanctum Concilium, 106).

La abstención dominical del trabajo no existía en los primeros siglos: es un aporte específico del cristianismo. Por tradición bíblica los judíos descansan el sábado, mientras en la sociedad romana no estaba previsto un día semanal de abstención de los trabajos serviles. Fue el sentido cristiano del vivir como hijos y no como esclavos, animado por la Eucaristía, a hacer del domingo – casi universalmente – el día de descanso.

Sin Cristo somos condenados a ser dominados por el cansancio del cotidiano, con sus preocupaciones, y del temor del mañana. El encuentro dominical con el Señor nos da la fuerza de vivir el hoy con confianza y valentía e ir adelante con esperanza. Por esto los cristianos vamos a encontrar al Señor el domingo, en la celebración eucarística.

La Comunión eucarística con Jesús, Resucitado y Vivo en eterno, anticipa el domingo sin ocaso, cuando no existirá más fatiga ni dolor ni luto ni lágrimas, sino sólo la alegría de vivir plenamente y por siempre con el Señor. También de este beato descanso nos habla la Misa del domingo, enseñándonos, en el fluir de la semana, a encomendarnos en las manos del Padre que está en los cielos.

¿Qué cosa podemos responder a quien dice que no sirve ir a Misa, ni siquiera el domingo, porque lo importante es vivir bien, amar al prójimo? Es verdad que la calidad de la vida cristiana se mide por la capacidad de amar, como ha dicho Jesús: «En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13,35); pero, ¿Cómo podemos practicar el Evangelio sin tomar la energía necesaria para hacerlo, un domingo detrás del otro, de la fuente inagotable de la Eucaristía?

No vamos a Misa para dar algo a Dios, sino para recibir de Él lo que de verdad tenemos necesidad. Lo recuerda la oración de la Iglesia, que así se dirige a Dios: «Pues aunque no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación» (Misal Romano, Prefacio Común IV).

En conclusión, ¿Por qué ir a Misa el domingo? No es suficiente responder que es un precepto de la Iglesia; esto ayuda a cuidar el valor, pero esto sólo no es suficiente. Nosotros los cristianos tenemos necesidad de participar en la Misa dominical porque sólo con la gracia de Jesús, con su presencia viva en nosotros y entre nosotros, podemos poner en práctica su mandamiento, y así ser sus testigos creíbles. Gracias.

Web católico de Javier


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