Sobrevivió dos horas bajo los escombros de una iglesia en Panamá: «Dios me dio serenidad total»
El testimonio de Amador García se suma -mientras la Iglesia recorre sitios afectados por el terremoto del 9 de octubre- al de quienes atribuyen a Dios la supervivencia de sus seres queridos.

El sismo que sacudió Panamá el 9 de octubre también dejó testimonios de fe y una Iglesia cercana con las comunidades afectadas
Dos horas bajo los escombros de una iglesia. Ese fue el tiempo que Amador García permaneció atrapado después de que el terremoto que sacudió Panamá el 9 de octubre provocara el derrumbe de la torre del templo de San Isidro de Soná, en la provincia de Veraguas. Sobrevivió. Y, según el relato publicado por el medio local Telemetro, lo hizo aferrado a su fe y aceptando la voluntad de Dios.
García llevaba más de 20 años al servicio de esa parroquia. El lugar que había formado parte de su vida durante décadas se convirtió, en cuestión de segundos, en una estructura derrumbada que amenazaba su propia supervivencia.
«Para mí (es un milagro), porque muchas personas me han dicho que cualquier otro no hubiese salido casi que ileso de ese lugar. Yo hacía mi labor tratando de dar lo mejor de mí. No simplemente porque era la iglesia, sino porque mi papá me enseñó eso, señaló.

Amador García, el hombre que sobrevivió dos horas bajos los escombros de una iglesia en Panamá.
«En otro momento quizás hubiera intentado removerme o hacer algo, pero no. En ese momento Dios me dio esa serenidad total. Me entregué a su voluntad. Respiraba solamente con la boca. En un momento cuando me estaban sacando sentí un poco de temor porque sentí que la respiración se me hacía más corta y tenía que respirar más seguido. No es fácil estar dos horas debajo de escombros respirando así», indicó.
Pero el desenlace no fue menos conmovedor que las palabras del propio Amador, pues fue su propio hermano quien -tras cruzar una línea de seguridad- pudo ayudar a rescatarlo con vida.
«Estaba como debajo de tres metros de escombro. Fue algo desesperante (…) estaba como sepultado vivo», señaló el hermano, quien recibió ayuda para remover los escombros, escarbar y poder ver con vida a su hermano.
Su historia, difundida por el medio panameño el 26 de octubre, se suma a la de otras personas que encontraron en la fe una manera de expresar lo vivido durante el sismo y de afrontar sus consecuencias.
El terremoto no solo dañó viviendas, carreteras y edificios públicos. También golpeó templos que constituían lugares de encuentro y referencia para las comunidades. En medio de esa destrucción, los testimonios de los supervivientes muestran distintas maneras de nombrar lo ocurrido: algunos hablan de milagro. Otros, de gratitud. Y también están los que encuentran en Dios una forma de afrontar la incertidumbre y empezar de nuevo.
«Eso es un milagro de Dios»
En Soná, una madre vivió momentos de angustia cuando su vivienda se desplomó y uno de sus hijos quedó atrapado entre los escombros. Al principio, el niño no respondía a los llamados de la familia. Cuando comenzaban a perder la esperanza de encontrarlo, escucharon su voz.
La palabra «mamá» permitió localizarlo. El menor fue rescatado sin lesiones aparentes.
«Eso es un milagro de Dios, porque el niño no nos contestaba», contó la mujer a Telemetro el mismo día del terremoto. Su relato pone el foco en esos instantes en los que una familia pasa de temer lo peor a recuperar la esperanza, sin saber todavía cómo podrá reconstruir su vida después de la tragedia.
Otro testimonio llegó desde El Paraíso Tres, también en el distrito de Soná. Allí, dos niños, de tres y siete años, y una tía quedaron atrapados debajo de una cama cuando se derrumbó la vivienda familiar. Los tres fueron encontrados con vida.
Raymundo González atribuyó la supervivencia de sus familiares a Jesús Nazareno.
«Somos fieles creyentes de la imagen de Jesús Nazareno y creo que eso salvó a mi familia de morir aplastada entre los escombros», expresó Raymundo.
Su abuelo, José Nicolás González, también expresó su agradecimiento a Dios. La alegría de haberlos encontrado vivos convivía, sin embargo, con una pérdida concreta: la familia, integrada por doce personas, se había quedado sin hogar.
Las historias de ambas familias fueron recogidas por medios panameños como Telemetro, Día a Día y Crítica. No son relatos de personas que hayan salido indemnes de todas las consecuencias del terremoto, sino de familias que, después del miedo y la destrucción, encontraron motivos para agradecer mientras afrontaban una nueva realidad.
«Tengo que iniciar de cero»
La fe también aparece en el testimonio de Faustino Sánchez, vecino de Los Lajones, en el distrito de Cañazas, provincia de Veraguas. El terremoto destruyó su casa de quincha y lo dejó ante la necesidad de reconstruir su vida material.
Durante el sismo, Sánchez intentó proteger a una de sus hijas, auxiliar a su padre y alertar a los vecinos para que salieran de sus viviendas. Después, cuando tuvo que enfrentarse a las pérdidas, expresó una convicción que resume su manera de afrontar lo sucedido.
«Yo pienso que Dios sabe por qué hace las cosas», dijo a Telemetro. También recordó que había postergado una diligencia que tenía prevista para ese día, por lo que se encontraba en su comunidad cuando comenzó el movimiento sísmico.
«¿Qué voy a hacer? Tengo que iniciar de cero», planteó al describir la situación en la que había quedado su familia.
Su relato no habla de una recuperación inmediata ni de respuestas fáciles. Habla de la dificultad de aceptar la pérdida y de la necesidad de seguir adelante. La confianza en Dios aparece allí junto a la preocupación por la vivienda, los bienes perdidos y el futuro.
Una Iglesia que sale al encuentro de los damnificados
Mientras los supervivientes intentan recuperar la normalidad, en los últimos días la Iglesia panameña ha recorrido las zonas afectadas para conocer los daños, escuchar a las familias y evaluar la situación de sus templos.
El 26 de octubre, monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, arzobispo de Panamá y presidente de la Conferencia Episcopal Panameña, encabezó una visita a templos afectados por el terremoto en las provincias de Los Santos, Herrera, Coclé y Veraguas. Ese mismo día, junto con monseñor Rafael Valdivieso Miranda, obispo de Chitré, visitó comunidades de Los Santos y Herrera para acercarse a las familias que habían perdido sus viviendas.
Según informó Vatican News, los prelados escucharon los testimonios de los damnificados y les transmitieron un mensaje de consuelo, fe y esperanza. También compartieron la cercanía del papa León XIV con el pueblo panameño.
El recorrido continuó el 27 de octubre en Coclé. Ulloa visitó la catedral San Juan Bautista de Penonomé y la parroquia San Juan Bautista de Antón, donde se registraron daños estructurales. Allí destacó la importancia de recuperar los edificios religiosos, especialmente aquellos que forman parte del patrimonio histórico del país.
La tarea no se limita a reparar paredes. Los templos afectados son lugares donde generaciones de panameños recibieron los sacramentos, celebraron sus acontecimientos familiares y despidieron a sus seres queridos. La reconstrucción, por tanto, tiene también una dimensión comunitaria y espiritual.
«No son paredes, es comunidad viva»
La magnitud de los daños quedó reflejada en un reportaje de la agencia EFE publicado el 16 de octubre. La Archidiócesis de Panamá había contabilizado trece templos dañados, mientras las autoridades evaluaban las consecuencias para edificios de valor patrimonial.
En La Colorada, la capilla de San Sebastián sufrió graves destrozos. Fulvia Pérez, presidenta del comité católico de la localidad, contempló los daños en el templo y en la imagen de su santo patrono. La destrucción afectaba un lugar que formaba parte de la identidad de la comunidad.
En Llano de Piedra, la capilla Santa Rosa de Lima también quedó seriamente dañada. El sacerdote Álvaro Sáez explicó a EFE que los vecinos sentían temor, pero conservaban la esperanza. Ante la imposibilidad de utilizar algunos templos, los sacerdotes comenzaron a celebrar la fe en espacios improvisados: casas, portales, campos y lugares públicos.
«No son paredes, es comunidad viva», resumió Sáez al describir esa experiencia de una Iglesia que continúa reuniéndose aunque sus edificios hayan quedado dañados.
La imagen de sacerdotes que llevan los elementos litúrgicos de un lugar a otro expresa una dimensión central de la respuesta eclesial: el acompañamiento no queda suspendido hasta que se reconstruyan las estructuras.
Reconstruir después del terremoto
El sismo del 9 de octubre dejó a numerosas familias sin viviendas y afectó edificios religiosos de importancia histórica y comunitaria. En los días posteriores, los testimonios de los supervivientes revelaron tanto la dimensión material de la tragedia como las distintas maneras de afrontarla.
Amador García sobrevivió dos horas atrapado bajo los escombros de un templo al que había dedicado más de veinte años de servicio. Una madre encontró a su hijo gracias a la voz que llegaba desde una casa derrumbada. La familia de Raymundo González recuperó con vida a tres de sus integrantes y atribuyó su salvación a Jesús Nazareno. Faustino Sánchez, después de perder su vivienda, expresó su confianza en que Dios sabe por qué suceden las cosas.
Son experiencias diferentes, pero comparten una pregunta: cómo continuar cuando aquello que parecía seguro desaparece en segundos.
La respuesta no se agota en las palabras de consuelo. También se juega en la posibilidad de recuperar una casa, volver a celebrar la Eucaristía en un templo seguro y acompañar a quienes todavía deben comenzar de cero.
En Panamá, mientras avanzan las evaluaciones tras algunas semanas del sismo y se preparan las tareas de reconstrucción, la Iglesia intenta mantener abiertos esos espacios de encuentro, incluso cuando ya no quedan paredes que los sostengan. Porque, como recordó el sacerdote Álvaro Sáez, la comunidad puede seguir viva a pesar de que su templo haya quedado en ruinas.




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